4. Vuelos

Dale, vamos. Es un salto no más. Vamos, vos podes. Dale. Se quedó largo rato mirando el vacío. Lo observaba, media su profundidad, examinaba los riesgos a tener en cueneta. Mientras más mires, más te vas a echar para atrás. Dale, no lo pensés que es peor. Los pies le dolían, tenía llagas que se le habían abierto al escalar superficies por de más angulosas, proeza dura para una piel tan acostumbrada a la suavidad de la ciudad. No le importaba, era solo un signo, un emblema de su permanencia ante lo excitante, la predisposición a un aire nuevo. ¿Y para cuando? El sol le picaba en la piel, su resplandor lo cegaba, el maldito astro le aumentaba el esfuerzo por mantener el equilibrio. A pesar de aquello, le resultaba más como un estimulo, un sentir que lo hervía de algo que lo comenzaba a asustarle. Mirá que estás hace rato acá arriba... Advirtió a todas las voces que lo aguardaban desde el fondo; alaridos que lo incitaban entre festejos y provocaciones, contribuían con el caos fraternal al rompimiento de su quietud. Tan solo es dejarte caer. Ya sabes que estas oportunidades se dan casi nunca. ¡Tenes que aprovechar! De cuando en cuando, asomaba la cabeza; parecía querer calcular la caída, que el tiempo de impacto, que cuanto de fuerza cinética y cuanto de la potencial gravitatoria, que la distancia, que las leyes de Newton y la masa por aceleración y vaya a saber que otras porquerías más…pero no podía recordar nada. ¿Yyy…no lo vas a hacer?, al final siempre lo mismo vos. A pesar de la filosa luz solar que le jugaba en contra, del otro lado del río, vislumbró a un grupo de personas que descansaban bajo un gran árbol. Genial. Ahora tenés espectadores. Mejor así, no seas maricón. Mirá las chicas, te miran… mirá a tus amigos, no te la van a perdonar…¡Dale, tírate!. Miraba con dificultad a esas chicas risueñas que tomaban cerveza y, como al mismo tiempo, ellas observaban toda la escena, allí simplemente, recostadas como sirenas sobre esas rocas de plata. Trató de verse a través de las gafas de sol de aquellas y solo se pudó ver ridículo, un gatito asustado que no podía bajar de un árbol. ¿Viste quienes son? Son las de la cabaña de al lado. ¿Qué vas a hacer? ¡Dale! En seguida, aquel panorama le recordó a una película que había visto años atrás, algo relacionado con un personaje en una situación similar. Sin embargo, no recordaba el título, pero si el final de aquella; siempre lo estremecía cada vez que quería nadar en algún lugar nuevo. Buehh, ¿en serio?. Ahora con eso. Es una película solamente. No vas a terminar así como Bardem. Esta despejada el agua, dale. ¿Además, si pasa algo, crees que si no le pedís a esta manga de inadaptados que te eviten las molestias, no lo van a hacer? Alguno lo hace sin chistar siquiera. Dale. Morite de miedo, cagón, pero tírate de una vez. ¡DALE! 

Gritos, viento, sirenas, voces. ¡Basta! ¿Qué importaba todo eso? Tan solo era tomar aire bien hondo, y dejar de pensar. Así pues, miró por última vez hacia abajo, ahora descansaba su vista sobre los limites reverdecientes de las sierras distantes. Escupió la primera frase que cruzó por su cabeza para consagrar la estupidez de su acto y entonces  abandonó la tierra solo por un segundo, o quizás menos… Durante ese lapso no sintió nada, no sufrió por nada. Si algún color de su identidad se le arrimó por la mente fue pura casualidad. Por un fragmento de segundo fue un pájaro fallido, fue un suicida arrepentido, fue tan solo una veta de polvo levitando en la caricia del viento. El pulso y la fatalidad le reventaban en el  pecho, furiosos, girando en revoluciones de pánico y de risa. Sin entenderlo, ni queriendo tampoco, el aire era la vida y podría llegar a ser la muerte; sin saberlo, ni queriendo tampoco, la tierra habia sido la muerte y ahora podría llegar a ser la vida. Comenzó a descender. Ya no dudaba, ni tampoco estaba convencido de algo, tan solo cumplía su papel al jugar con la gravedad; sintió que algo lo reclamaba hacia abajo, o quizás que el mundo se agrandaba y este subía y subía, dejándolo atrás. Era un cometa de piel y carne cayendo hacia el ansiado impacto. Llegaba a presentir como el calor con el  roce del aire caliente parecía despellejarle las piernas, la espalda, las tripas, para que luego, y de pronto, un frío quiebre de realidades lo envolviese en un manto de silencio. Su percepción de aquello fue como si alguien de repente lo hubiera despojado de cada gramo de energía, de cada hilo de luz vital. Abrió los ojos y todo estaba oscuro. Era la calma, todo estaba en calma. Como si ese río tuviese algo, como si  se hubiese quedado con algo. Bien. ¡Viste que no era tan difícil! Ahora vamos, es hora de subir. Te están esperando. Escuchó el cielo nuevamente allá arriba. Y sin darse cuenta, carcajadas inexplicables sentia burbujear en la boca. Tal así que, ante el hambre de oxigeno, un trampolín de agua lo hizo emerger hacia los rumores lejanos.

Otra vez luz.

 

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Algo de fruta

El tratamiento de las construcciones sociales como procedimientos literarios

Ahora que me siento indigna y mortal
creo que puedo transmitirles algún mensaje acerca de lo que es vivir.
Durazno reverdeciente, 97

Introducción

En cada etapa venidera del acontecer humano, desde los primeros movimientos literarios hasta el establecimiento de los modernos, la esfera del arte y la literatura con las dinámicas sociales, en sí mismas, han sido solidarias y de influencia recíproca entre ambas estructuras, en cualquiera de sus variantes y  formas. Una relación simbiótica y cultural a partir de la cual una nutre a la otra desde una funcionalidad referencial e histórica, mientras que la otra la transgrede, a menudo, marcando así las pautas de lectura y las formas de elaboraciones artísticas a seguir, en determinadas épocas y civilizaciones. Pero, si queremos ir un poco más allá de la base de cualquier estudio social o político respecto a la cuestión,  entonces se debe plantear en concreto, ¿de qué manera y hasta qué grado de implicancias, en las formas y en las relaciones de cada ámbito tanto el social como el artístico, trae como consecuencia la intrincada red de interrelaciones y modos que se dan entre las dos? De manera que, en el trabajo siguiente nos centraremos en analizar la trabazón compleja e interdependiente entre las representaciones literarias y el uso particular de las figuras temáticas de la sociedad, relación que desemboca en los procedimientos formales y literarios tratados en la obra de Dalia Rosetti, Durazno reverdeciente.

Es de grato interés el abordaje que se construye en el sentido general de la novela porque  tal voluntad consiste en plasmar, desde la particular mirada de la literatura, la incapacidad de conciliación entre el mundo público con el mundo privado, es decir, un enfoque  literario que aporta y atraviesa con otros sentidos, no demasiado contemplados antes, el tema de la falta de armonía que se puede suscitar entre el choque de diferentes sistemas de valores y cosmovisiones del mundo. Es mediante este juego de tensiones incesante entre los factores externos de una cultura, respecto el incumplimiento o el seguimiento de determinadas normas estéticas y comportamentales, en oposición con  la escala de valores privada de una persona, la que la determina y la justifica en sus acciones de alguna manera dentro del mundo propuesto que se construyen en la representación integra de una sociedad ficticia en la obra; conflicto que terminara derivando en la obra, en forma de procedimientos estructurales y la explotación de estas representaciones culturales en tensión continua. El análisis del trabajo presente se desarrollara en tres partes. La primera de ellas se enfocara en la representación de la infancia como elemento narrativo en cuanto mediación entre el mundo social y el de la protagonista, luego, se tratara la influencia de la representación de la sexualidad en la construcción de los personajes, y finalmente, la representación de lo sexual como elemento formal del relato.

La mediación de la infancia en el conflicto narrativo

A lo largo de todo el relato es evidente como entran en juego las diferentes concepciones que impregnan en el relato total. Una de las problemáticas puntuales, de las cuales se vale el discurso de la novela como motor narrativo, es el conflicto que sostiene la protagonista entre su inseguridad física respecto a cómo piensa en contraposición a las representaciones sociales que rigen en su entorno, y por lo tanto un rechazo hacia el advenimiento del tiempo concreto, en comparación con los demás grupos sociales que conforman  su realidad cotidiana. Isabel Vasallo, en Géneros, procedimientos, contextos, plasma el pensamiento que Bajtín propuso acerca de las valoraciones estéticas tratadas en cualquier obra artística y su relación con los recursos formales: “La forma de una obra […] es el indicador de cuáles son las evaluaciones que se ponen en escena, que mirada acerca del mundo se privilegia”. Es decir, que entre el abanico de figuras y modelos sociales a los que está expuesta, además de las formas de las representaciones sexuales, el conflicto se asienta sobre la configuración de una escala de valores que comprenden a la concepción de Fernanda, en relación con la representación literaria de un mundo que parece atentar contra ella a nivel moral. Una dinámica desde la no aceptación que comprende tanto a su realidad afectiva como social, y la definen desde el principio hasta el final en el contacto con los demás  grupos sociales. En esa relación de tensión subyace una reflexión sobre la experiencia de cada etapa de la edad, como también el miedo por la aceptación externa al no creerse poseedora de determinadas características, o presa de la frustración al no poder alcanzar ciertos modelos sociales que considera ideales: Fernanda se construye como una mujer adulta, solitaria, fuera de forma física, con problemas alcohólicos y establecida en una profesión que la doblega a la inconformidad de su vida y de sus elecciones pasadas. Características y modelos que a lo largo de la obra se determinan y vacilan dentro de lo entendido como bello, lo inalterable o lo agradable socialmente, en oposición con las preocupaciones como la aceptación de lo efímero del cuerpo, con la fealdad y el deterioro de lo corporal; lo joven contra lo viejo. Todo esto sumergido bajo la  forma de inseguridades superficiales de la protagonista: “Pero me veo vieja y fea y más gorda, con los cachetes más hinchados y caídos que nunca”. Relación conflictiva que implica que, entre la concepción de lo deseable y lo indeseable, haya una relación que se genere entre la belleza y la juventud en términos antinómicos. Esta disputa de tensiones internas con sus valores se ve reforzada y problematizada con la confluencia conflictiva con otras cargas que contienen las representaciones que definen a cada esfera social de la protagonista. En consecuencia, se puede explicar así sus interacciones a través del acercamiento de estas formas sociales, al buscar estar más en contacto, o no, con aquellos rasgos o deseos que considera perdidos o dignos de poseer, según sus parámetros de lo aceptable y de aquello que no lo es.

En lo que confiere a la idea de amistad se construye sin más importancia en torno a Fernanda, su única amiga. A pesar de esto se puede ver la escasa interacción entre ellas. Este funda como el testimonio que asevera las desilusiones de los sueños no alcanzados y de aspiraciones e aspiraciones abandonadas con el paso de los años. Escasas son las apariciones de ella, pero de gran carácter descriptivo, que sirven para adentrar en una temprana presentación del conflicto que atañe a la protagonista, una relación que se despliega por contraste entre la vida aquella única amistad que posee, considerada como exitosa y envidiable, con la inconformidad que mantiene inmersa en las circunstancias mundanas y reiterativas de su rutina. Por lo tanto, su amiga representa aquella  juventud abolida por el paso de un tiempo silencioso, un periodo inalcanzable, además de representar la promesa fallida de un futuro próspero, que nunca llegó. Tal frustración con las circunstancias toma la forma en la búsqueda de una respuesta conciliadora entre lo establecido y su descontento. Necesidad que se conecta directamente con las ideas sobre la infancia y los sueños como estadios salvadores, conceptos que explican satisfactoriamente autores como Walter Benjamín, como según entiende Miguel Vedda en la realidad de la desesperación: “Estas figuraciones infantiles poseen un contenido utópico verdadero que aguarda su desciframiento redentor; son, en otras palabras, imágenes de sueño que aguardan el despertar”. Es por eso que, frente a la frustración por los símbolos y las relaciones culturales que la doblegan en el presente, busca consuelo y redención en la figura ingenua y siempre naciente de la infancia, como método de liberación conceptual y replanteamiento reflexivo. Discute incesante con sus concepciones e imágenes presentes y hay una fuerte tendencia implícita de querer alcanzar esta fase primera, de estadio salvador de aquellas idealizaciones ritualizadas y establecidas. Esta necesidad por la vuelta a la juventud abreva en la forma de sus aproximaciones con los diferentes bloques de su grupo cultural. Dichas interacciones casi siempre son bajo un tono pasivo de apropiamiento y de asimilación para con los rasgos que denotan cierto “aniñamiento” por parte del otro; hay un distingo en la formas de  las acciones y el comportamiento de la protagonista respecto a la interacción con aquellos grupos a los cuales no se vincula de esta manera, con aquellos que sí.

De modo tal, que en el interés afectivo que comparte con Asilana  se sostiene en demasía el sentido en conjunto de la obra, porque es mediante las progresivas interacciones con ella en las cuales se construye una idea concreta de recuperación. En consonancia con el título mismo de la obra, la relación que establece con ella se funda en un sentido de resarcimiento de los deseos y los proyectos suspendidos. Aquella es una posibilidad, más allá de la sexualidad y la emoción, de volver a reflexionar sobre su posición en la vida y otra manera de encarar a los temores de la edad. Esa relación la despierta de sus concepciones previas y le aporta las facilidades necesarias para caer en otro punto de vista sobre las cuestiones subyacentes a la edad y a la muerte. La dinámica de su relación se basa en ese un intercambio, aquello que  ambas necesitan para “reverdecer”: que se traduce desde el lado de Fernanda en la contención afectiva y en un proyecto de vida como el reanudación del deseo materno, y en el caso de Asilana como medida terapéutica para con su pasado trágico. La fruta como la síntesis simbólica de la necesidad de redención y de cierta “depuración” conceptual a través de la búsqueda de la infancia en los diferentes vínculos sociales.

Es en la imagen del fruto de la que se puede rescatar ciertas correspondencias semánticas con este proceder, tal sucede en la definición que nos brinda el  Diccionario de símbolos, de Jean Chevalier: “Símbolo de la abundancia, desbordando del cuerno de la diosa de la fecundidad o de las copas en los banquetes de los dioses. En razón de las semillas que contiene, Guenón lo ha comparado al huevo del mundo. Símbolo de los orígenes”. Entre las connotaciones que se destilan del título, se comparten ciertos sentidos referidos a la juventud y a la ansiada posibilidad de volver a los primeros estadios previos a la madurez. “Reverdecer”, una vuelta hacia lo ingenuo, lo verde, hacia lo que no está curtido y acelerado por el dictamen de las normas culturales y por sus percepciones estéticas. Incluso, esa actitud hacia la regresión, entendida como su tendencia incesante de la búsqueda de una niñez irrecuperable, aparte de las interacciones con los grupos sociales y sus imágenes, se concentra fuertemente en ciertas partes de la obra con el sentido de la maternidad. Como la mención de sus deseos de ser madre y concretar la imagen clásica de una familia. Como punto por agregar, tal sentido de la regresión como salvación, es consistente y se condensa en la figura de Maximiliano, su hijo en pleno proceso de gestación. Es en esta relación que se desarrolla mediante la figura de su bebé, representación estrecha con lo originario y la inocencia, tal como, una vez más, se define en Diccionario de símbolos: “El embrión simboliza la potencialidad, el estado de no manifestación, pero también la suma de las posibilidades del ser […]”. La posibilidad de lo que puede llegar a ser en detrimento a lo que ya es, de alguna manera la vuelta a lo joven sobre lo viejo, siempre se presenta en el vínculo con personajes que presentan tales caracteres de infancia o de inocencia. Mediante esta dimensión logra llegar a reflexiones y a pensamientos por fuera de su percepción habitual y, si bien nunca es demasiado clara la distinción clara de entidades entre ella misma  y la de su hijo, es en consecuencia que en esta ambigüedad se consolida el personaje infantil, en el cual recae el sentido pleno de la infancia, en una aproximación introspectiva en las bases de un juego dialógico con ella misma. esto aún más se pone en duda cuando unas páginas antes de su primera aparición, ya ocurre un momento de inflexión en la manera en que anteriormente se presentaban los pensamientos internos de Fernanda. En aquella ocasión ella comienza una suerte de dialogo interno consigo mismo como respuesta ante lo incontenible de la culpa y de lo inconciliable de la situación “fatal”, la muerte de una planta. La presentación de estos aspectos internos, luego, se repite en forma y estilo de manera imperceptible en los contactos de dialogo con su hijo, hasta mucho continua en escena después de haber perdido el embarazo. Es decir, que hasta en su forma de pensar y sentir intenta reducir y equiparar en la figura de su hijo, Maximilano, para así sentirse a salvo de las formas rígidas e inalcanzables de la madurez y la rigidez de las representaciones sociales de las que se siente prisionera: “El niño me hace feliz. No quiero que nazca, quiero que se quede a vivir dentro mío, para siempre”. Aquí se vierte plenamente el juego en el escape, de esas valoraciones propias y externas que la definen y la conducen de manera conflictiva a lo largo de la obra, y que alcanza cierto grado de contención en la idea de  un nuevo comenzar, posible desde la perspectiva hacia el pasado, hacia lo primigenio.

La figura de lo sexual como procedimiento en la caracterización de los personajes  

Además, de la representación de la infancia, la protagonista se vincula de determinadas formas con los diversos grupos sociales que comprenden su vida personal. Una de esas dimensiones es la sexualidad, objeto de gran peso y de indiscriminada concurrencia en el devenir de la obra que, dentro de ese dispositivo social al que está ligada, se desarrolla desde un rol simple, crudo y elaborado, con la intención de cierta obscenidad contundente. De manera que, no se realiza la omisión de estos acontecimientos sino que se busca desarrollar en todo momento como algo de lo cotidiano, con soltura y como una alternativa de complementación en la aproximación hacia un otro. La imagen del sexo no es solo parte de la temática general de la obra a tratar, sino es que es un aspecto capital del desarrollo de esta misma. El sentido de lo sexual está inscripto en todo momento en el relato, ya sea de manera directa y sin concesiones, como también en sentidos sugerentes y ambiguos. Esta representación de lo sexual constante en este mundo ficticio, sucede de manera detallada y desprovista de un tono imbuido en un sentimentalismo expresivo o en la emoción condescendiente. El concepto del sexo no está atravesado por una suerte de concepción romántica, en el sentido de la emotividad gratuita, ni se desenvuelven bajo un tono de un sentir culposo, sino que esta racionalizada por sus participantes y es un acto efímero, que nace desde el impulso y la necesidad de una expresión física inmediata. Este sentido primario a la vez que ocupa el papel del tema principal de la obra, también le sirve como recurso. Es por eso, que la identidad sexual de cada personaje no se corresponde a las valoraciones o a los juicios morales concernientes a la realidad. La diversidad sexual, en cuanto identidad y el marco de su cosmovisión, no entran en conflicto, es más, existe una armonía y una comprensión que no se discute en ningún momento. Como bien desarrolla María Moreno, en su artículo “La flor de mi secreto”: “En “Durazno reverdeciente”, “en los bordes de sus peripecias sexuales, se intenta, en cambio, un cálculo descarnado sobre el quién es quién en la cultura del futuro”. Para la protagonista, y la mayoría de los personajes, el signo de lo sexual es una clave que los define a nivel de caracterización y motivación ante el mundo, pero es la comprensión vivencial que desarrollen con este lo que generara un vaivén de conflictos. En aquel futuro alternativo, el alcance de cada voluntad sexual solo está limitada por las acciones de cada persona, a saber, que no existen influencias sociales que busquen construir y moldear un sentido moral que funja como aparato moldeador y regularizador sobre estas representaciones sociales, y por esto, que en esta manera apartada de este mundo narrativo de las convenciones de la realidad, para oponerse  se evidencia en la libertad de la naturaleza sexual que se trata en la novela y, más aun, se ve sintetizada en la postura de Fernanda respecto a los demás personajes. En ningún momento la protagonista muestra una desaprobación o rechazo claro por la diversidad de identidades sexuales que comprenden su entorno. Lo que se consideraría poco habitual dentro de nuestra normal cultural, en aquella ficción se vuelve algo normalizado, hasta mundano. Por ejemplo, la fuerte predominancia de la orientación homosexual sobre la heterosexual, personas transexuales, la convergencia sin distinciones valorativas o de prejuicio entre estas identidades sexuales. Al contrario, estas construcciones se cristalizan en la construcción de cada personaje el grado de emancipación de la novela respecto al modelo y a los valores propuestos estandarizados de nuestro mundo real en cuanto a la figuración sexual. Fernanda solo se relaciona en la intimidad con mujeres, en otras palabras, su deseo sexual se limita a ellas. Existe un desapego tácito hacia la figura masculina, a pesar de existir una oscilación latente entre sus orientaciones sexuales, la afinidad o la importancia que se le da al hombre es casi nula dentro de su cosmovisión social. Como agregado, el hombre no se muestra bajo un tono conciliador con la vida de la protagonista: se demuestra que aquellos tienen una relevancia menor en cuanto presencia de personajes, y cuando hacen acto de presencia se construyen siendo parte de una pasado de fracasos emocionales o vueltas a escena que descolocan a la protagonista. El único acercamiento de manera amable a la concepción de la masculinidad es cuando decide entablar un contacto con Juan, aquel chico del bar que era transexual. Aunque no se descarta dentro de la representación de lo sexual construida al hombre, y por ende al aspecto heterosexual de Fernanda, siempre los únicos puntos de encuentro con aquella figura son desde la afinidad hacia lo femenino y el juego de la indeterminación sexual.

Cabe mencionar también que el sentido de todo lo concerniente a lo sexual es revestido por la fuerza semántica que sugiere el titulo desde el vamos. Agregado a los valores de redención y renacimiento, también posee una carga contundente y sumamente carnal. Dicho sentido simbólico, no solo se puede traducir en la naturaleza de las relaciones que experimenta la protagonista, en todas sus formas, sino que además, en varias ocasiones, se juega con la equivalencia de la consumación del deseo sexual y la percepción de lo físico vinculado a las propiedades consideradas eróticas del fruto del durazno, en cuanto a lo similar del color y la experiencia táctil de la piel, y la transgresión de la carne y el néctar dulce del fruto.

La figura de lo sexual como procedimiento formal

Pero no solamente en estas situaciones narrativas ocurre un desbordamiento del contenido sobre la forma. También la sexualidad sirve como recurso que delimita las dinámicas y las respuestas entre la protagonista y los demás personajes. En otras palabras, no solo se considera al acercamiento sexual como una forma de reconciliarse con sus propias inseguridades y de apropiarse de los rasgos deseables en la otra persona, como lo es la juventud o la seguridad de la identidad, sino que va más allá de ser tan solo un elemento que obra sobre la caracterización del personaje. La dimensión sexual también es un factor conclusivo en la mayoría de sus vínculos, como un “cable a tierra”, que mediante el efecto de la culpa o la razón, pasa a ser un recurso que arroja a Fernanda al despertar de esos encantamientos sensoriales. Cada vínculo que se presenta como un interés sexual, que a primera instancia pareciera consolidarse y desarrollarse en implicaciones más profundas que la experiencia momentánea, se disuelve o se desestima una vez transgredidas las fronteras de lo carnal. El sexo, en lugar de ser un catalizador de las pasiones, funge como un espacio en el cual no solo se explora las vicisitudes embelesadoras de lo sensorial sino que luego las corta con el filo de un instancia de reflexión implacable; una transición que puede oscilar desde el deseo del otro hacia una introspección, cuyo efecto pone en contraste los rasgos no deseables de la otra persona: “A la mañana me despierta para ir al colegio con un desayuno en la cama preparado con mucho amor por su empleada doméstica. Domesticada también para ver a su patrona drogarse y acostarse con diferentes mujeres todas las noches”.

Este sentido de lo sexual se condensa en las fantasías y en los encuentros sexuales de la protagonista, cuando el pulso narrativo ya no se sostiene bajo el diálogo, ni tampoco se alude de manera sutil a él, sino que se resuelve de manera clara y sin artificios poéticos, valiéndose cual herramienta de complementación para establecer el efecto de sentido de la escena, la imagen visual que le imprime una tensión vivencial y hasta vertiginosa, en la descripción de la situación sexual. Esto es posible, al darse sin concesiones, en los que se despliegan los detalles y el proceder de manera directa, con el fin de mostrar el rol relevante de estas escenas para el sentido general de la obra y de la psicología de los personajes: “Intento besarla pero ella se resiste. Sigue metiéndome esa carne sintética tan real. Yo no acabo. Ella lo saca y comienza a besarme como la primera vez. Nos enlazamos como dos putas calientes” De esta manera, es que no se omite o se pasa por alto en cada participación de lo sexual la descripción exhaustiva y fiel de la situación, al mismo tiempo que un tono expresivamente cotidiano de los detalles.  

La forma de lo sexual no solo marca el final de un vínculo con alguien, sino que la novela se sirve también de esa dimensión cuales trazos que delinean las instancias narrativas en el arco de evolución del personaje principal. La obra hace uso de la incapacidad de Fernanda del conflicto entre valores nuevamente, al no poder acceder a la comprensión general del sentido de lo sexual de la misma manera que lo hace el entorno con el que convive, o mejor dicho, tiene en cuenta su esta dicotomía de valoraciones y aprovecha la figura de la sexualidad, una de las dimensiones más fuertes de ese mundo narrativo,  para ir modificando y restringiendo los márgenes de este conflicto. De modo que, en un principio se puede notar tal comprensión de los valores e ideas que la atraviesan y la determinan de un modo más relacionado a la “inmadurez”, a la tendencia de una sensibilidad no digerida por la razón y la finalidad práctica del deseo: cada pareja sexual no establece límites entre la pasión fugaz y meramente física con la de una proyección emotiva y de compromiso afectivo, de esta manera, llegando a construir futuros inciertos y afectivos mediante la base del encuentro o el deseo físico. En cada oportunidad de este tipo, se muestra como al trasladar todas sus expectativas en aquella persona, como una suerte de vaciamiento desmedido de sus temores, de sus conflictos irresueltos, se manifiesta cierta inadecuación al no comprender la protagonista los mecanismos externos que prepondera en el sistema cultural. La forma de purgar sus emociones es inmediatamente a través del sexo, sin presentir las consecuencias, busca construir afecto y relaciones sólidas, en lugar de abordar esta mecánica desde un sentido funcional y de contacto efímero. Concepción que comienza a transfigurarse  hasta el momento de hacer acto de presencia Asilana en su vida. Con aquel personaje no se relaciona con los mismos parámetros que con los que se maneja con los demás vínculos de su entorno. El sentido de lo sexual sufre un desplazamiento a partir de ella, porque si bien no se concreta en ningún momento de manera explícita, toma otra forma por fuera de la concepción general con la que propone en ese contexto cultural ficticio. Se desenvuelve bajo el signo del erotismo, hasta de lo maternal inclusive, de un deseo implícito pero que acarrea cuestiones más profundas que el acto genital en sí mismo. Aquella unión particular se materializa por, y mediante, el cabello. Funciona de manera simbólica en tanto un nexo del cuidado afectivo y erótico entre las dos, la extensión de una comunión incomprendida pero distinguible de las demás formas de sexualidad. La manera en que comporta un elemento sexual por un lado y por el otro, un elemento de dedicación inaudita, desde la ternura y la delicadez, cual fuente frágil de los pasados inconciliables y postergados de ambas. Es entonces, que a partir de la interrupción abrupta del desarrollo de esa interacción particular, le es imposibilitada ahondar en esa concepción debido a la ausencia del correcto cuidado de ese nexo material que las entrelazaba a ambas, nuevamente sucede un quiebre en cuanto las consideraciones sexuales de Fernanda. En el final del arco narrativo, es el momento en el cual el pulso sexual se vuelve una práctica desprovista de consideraciones sentimentales o ambiguas. El siguiente pasaje refleja en gran medida esa nueva distancia: “Una vez cuando tenía 27 algo así como 27, quise levantarme a una mujer de 50. No me resulto…ella era culta y mucho más joven que yo ahora. Una gran señora de la clase media”. Aquella idea de la sexualidad, a la que no terminaba de suscribirse por completo en la primera instancia narrativa de la obra,  la adopta finalmente para tomar el signo de la asimilación de una sexualidad comprendida desde la base de lo pragmático sobre aquella, una postura que entiende que se correspondería más a su edad. La importancia del sexo ya no recae en una complementación de la interactividad de las personas y de un mecanismo de apropiación de los atributos físicos de los demás, y ni mucho menos conlleva a un sentido entendido desde el erotismo o del cariño como ocurría con Asilana, sino que esa idea del sexo como mera técnica social y pragmática es el único aspecto que puede ejercer y mantener todavía latente de los vestigios de lo que fue la relativa regularidad de su vida mundana. Una de las pocas cosas que se mantienen perdurables todavía, a pesar de los matices, el único elemento que le es propio y que termina por entender bajo la función de una razón primera y práctica. Elemento que, en la instancia final, la define a salvo de la insanidad o de la confusión del tiempo; la herramienta de la voluntad sexual como fragmento indisoluble de su identidad integra frente a la informalidad de la locura.

Conclusión

A lo largo de este trabajo se ha analizado como la constitución de rasgos y el papel social, en el cual se desenvuelven las personas dentro del entorno social y ficticio de la obra, se fundamenta en una enmarañada trabazón de conflictos y relaciones entre las figuras sociales en contraste con las valoraciones de estas y las propias de la protagonista. Por esta razón podemos concluir que el conflicto narrativo se desarrolla mediante determinados procedimientos formales y temáticos en la obra, en tanto, como concepto liberador y la búsqueda por la figura de la infancia en los diferentes grupos sociales, como también en la figura de la sexualidad ya sea como factor de conclusividad o transición en la evolución de la protagonista en su intento de comprender el mundo, y también en un aspecto constructivo como delimitante en la caracterización y en las acciones de la protagonista y demás personajes.

Estos elementos analizados nos permiten afirmar que es en calor del conflicto social, en términos de diferencia inconciliable entre lo interno y externo, que las personas abrazan o rechazan ciertos esquemas y configuraciones sociales. A efectos productivos de reflexión y deconstrucción se pueden comparar las tensiones tratadas en la literatura de Durazno reverdeciente como reflejo y representaciones semejantes a las que atañe a nuestra realidad social. Una salida mediante una propuesta literaria para ver más allá a la convivencia de valores y consideraciones personales en tonos de confrontación o exclusión mutua, entender cuáles son las verdaderos tejidos, miedos y fortalezas que nos atraviesan a todos como sociedad y como humanos.  

Bibliografía

Chevalier, Jean, Gherrbran, Alaint (1986). Diccionario de los símbolos. Barcelona, Editorial Herder. Traducción y notas de Silvar, Manuel y Arturo Rodríguez.

Moreno, María (2006). “La flor de mi secreto”. Buenos Aires: Página 12.

Rosetti, Dalia (2005). “Durazno reverdeciente” en: Me encantaría que gustes de mí y otros relatos. Buenos Aires, Mansalva.

Vasallo, Isabel (2018). “Narrador”, en: Géneros, procedimientos, contextos. Buenos Aires, Argentina: Ediciones UNGS.

Vedda, Miguel (2011). “Emancipación humana y “felicidad no disciplinada”. Walter Benjamín y la poética del cuento de hadas”, en: La irrealidad de la desesperación. Buenos Aires: Gorla.

Cosas de elefantes

Tenia ganas de escribir muchas cosas esta semana, pero como siempre el olvido me ganó de mano y todavía no me las quiere devolver. El problema es que no sé donde deje la libretita en donde anoto todo lo que se me ocurre ¿No es frustrante cuando las ideas se pierden en la nada? De todas maneras, no creo que hayan sido genialidades pero eran cosas que quería rescatar de lo mundano. Como cuando recién te levantas y sabes que soñaste algo muy bueno y satisfactorio y aunque hagas demasiada fuerza neuronal no podes acceder más que a una sensación, un fantasma que se diluye con cada segundo de vigilia. Pero no hablemos del olvido. No quiero hablar de cosas que no entiendo. No sé de que quiero hablar en realidad. Ese es el tema supongo, todas estas semanas los resultados de escribir no fueron más que un compendio de borradores sin mucha forma. Tampoco es que tuviera mucho tiempo, estuve con los parciales y algunos trabajos. Pero en esos momentos de estudio, entre la teoría de este y la teoría de aquel, mi cerebro buscaba apaciguarse en alguna historia y empezaba a dispersarse en el aire con  cosas que quisiera contar cuando ocurriese un momento libre como este. Eran cosas buenas, o me parecían buenas, dignas. Pero no podía escribir, no podia darme el lujo de invertir un tiempo escaso en otra cosa que podría implicar un margen de nota letal. Y resulta extraño, ¿no?, cuando uno esta hasta el cuello de obligaciones y sin embargo la mínima boludes se convierte en la más ansiada maravilla: un mensaje cualquiera en en celular, una película que viste ochocientas veces, estar leyendo y de repente en algún descuido masticar un pensamiento y que este te lleve a otro y ese a otro y ese a otro y cuando volves a mirar el reloj ya pasaron un par de horas, o cualquier propuesta del mundo significa el sentido de la vida a seguir. Creo que entra en juego también la culpa, el deseo, las consecuencias; un juego tonto de infidelidades propias. En fin, todo tiene un sabor más irresistible cuando sentis que los segundos se te van de las manos. Quizás esa sea una forma de vivir, la más vertiginosa en las que se pueda resucitar las pasiones. Pero no me gusta, aunque es lindo disfrutar de algo que sabes que es momentáneo, las cosas rara vez salen bien si se las apura. Prefiero mi forma, tomarme mi tiempo cuando me doy un gusto: amordazar al reloj para que no me diga nada, y entonces hacer lo mio con una eternidad fabricada a la medida de mis placeres. No siempre, es claro. Solo cuando se puede, justo como ahora que estoy más libre de presiones si se quiere. Si bien las cosas a estudiar son disfrutables, en algún punto, también cualquier tipo de examen exige un criterio a superar, la tensión de ser evaluado y examinado. Otro problema también es el de la libertad, o la supuesta idea de esta. No sé muy bien que hacer con ella, en realidad nunca lo sé con seguridad. Ocurre cada vez que me siento superado en algo. ¿Hacia donde ir ahora? Como esas cosas que cuentan de los circos, de esas historias de elefantes que, atados a un vulgar y simple poste de madera, no se escapan. El truco es hacerle creer que su fuerza todavía sigue siendo la de un elefante menor, que aquel poste es inamovible, irrebatible. Y ahí se quedan, creyendo que sus fuerzas siguen siendo las mismas e insuficientes que las de la infancia. Siempre así, creyendo. Ese es el truco, pensar que nunca es suficiente y no intentarlo. ¿Pero que pasa cuando el poste cede? Quedarse perplejo o seguir, seria el asunto. Quieto, de seguro que no. Seria tonto a estas alturas. Pero en ese punto estoy ahora, en el que no tengo muy claro que hacer con mi fuerza: el tronco colapsó contra el piso abriéndose en nuevos limites, en nuevas posibilidades. Pánico y satisfacción, ¿es posible tal mezcla? Estuve pensando un poco, algunas ideas tengo,  pero no sé cuales merecerán el intento. Y que no se piense que es algo angustiante, es más, es un lindo problema. Por lo pronto, retomar algunas cosas pospuestas, algunos vínculos, algunos libros dejados a la mitad, ver alguna familia, mezclarme entre la gente, responder un poco más. Reanudar y volver a ser. Siento que es adecuado el momento para amigarse con las cosas que siguen resonando, a pesar de que todavía hay algunos postes que llevo a rastras en el caminar. Pero…¿quién no? Ya se me van a desatar de las patas con el caminar, o quizás alguien pise las sogas por mí. Para eso estamos los elefantes, ¿o no?

3. Tardanzas

    Cuando fichó, la hora del pequeño aparato le habría avisado que era demasiada segura la posibilidad de volver a llegar tarde. No se cambió, ni saludo a sus compañeros. Se fue así, con lo puesto: un pantalón de vestir y una camisa incómoda y de corte formal, que desentonaban tan mal con el negro perdido de una campera tan castigada por el tiempo. Caminó rápido, o eso intentaba porque los zapatos le entorpecían aún más la prisa. De momento, se acercaba a la parada. No le faltaba mucha distancia cuando a lo lejos un letrero verde flúor se confundió con la luz del semáforo. Era el tan inoportuno colectivo, que se abría paso entre el tráfico a una velocidad que parecía maliciosa. No lo dudó. Empezó a correr entre la gente y los carritos de compra y los autos impacientes, agitado en su trote oxidado y con un morral que se despatarraba hacia todos lados. A pesar de todo, logró llegar con lo justo. Se colgó al pasamanos y, una vez arriba, con el último aire indico el destino. Cuando abandonó su peso en el asiento, un suspiro profundo dejó escapar en un rumor audible para todas las demás orejas extrañas y pasajeras. Entonces quedó suspendido contra la ventanilla, viendo como la tarde dejaba de ser tarde.

Cuando llegó, quizás habría notado que ya habían pasado quince minutos de la hora habitual. Pero si fue así, no le preocupo por largo tiempo, porque a medida que se acercaba al zaguán de la entrada, y veía un par de personas sobre unos pupitres maltrechos, su paso firme volvió al ritmo vago y tranquilo que habituaba. Por la pinta de esos chicos eran compañeros o algo parecido. Un pibe no mayor que él, que aparentaba intentar resistir una conversación apasionada, colorida. La otra voz atacante le pertenecía a una chica con anteojos, de pelo largo y gentil, y de sonrisa serena. Era clara la asimetría de la conversación en cuanto esfuerzo e interés de ambos. Pese a todo, decidió acercarse, algo dudoso quizás, algo despacio, como lo haría un perro lastimado. Parecía darle pena interrumpir aquel discurso tan fluido y variado. Una práctica tan íntima y cercana, pero extraña en sus reglas a la vez, quizás una contradicción que le resultaba un anhelo olvidado. Sin mas, interrumpió. La inquietud por saber era más fuerte que cualquier acto de cortesía. Saludo al chico por su nombre, para luego dirigirse a ella. No salió más que un hola resquebrajado, impersonal. Estaba limitado, no parecía saber mucho acerca de esos dos, tampoco parecía animarse a saber. Preguntó acerca de la profesora y estos le contestaron que tampoco sabían si vendría. Así, sin decir mucho más, se apartó hacia un lado. Una vez allí, recostado sobre la pared despintada, miraba el jardín de los alrededores. Aparentaba más tranquilo, como si se sacudiera de la cabeza rapada la presión del tiempo a medida que se pasaba la mano. Ahora se volvía a escuchar todo, la liviandad de una conversación sencilla y cercana, los sonidos cotidianos, los pájaros invisibles, el murmullo colectivo, y un olor amenazantemente dulce que se establecía por toda su cabeza, que le ocupaba la mente en un murmullo silvestre, extraño, como si estuviera escuchando a una flor desplegarse en el primer brillo del día.  Cuanta dulzura había en el aire, cuanta vida no vivida habitaba en esa conversación de fondo. Cosas sobre viajes, que si Brasil, que hay que juntarse a estudiar, que ella tenia una conocida en común, que sus tatuajes, que si el mar, que los malabares, que él estaba libre también en la semana. Aquel, de la campera descocida, se mostraba distante, se esforzaba para distraerse en su fatiga, como sino le pudieran llegar las palabras de aquellos. Quizás quería pero le faltaba algo de tiempo para encontrar los temas precisos que destruyeran el mito de su aparente hermetismo. ¿Era tiempo? Quizás hubiera querido preguntar algo más acerca de una simple cursada o un nombre. Quizás. Pero una mujer no muy señora, ni tampoco muy señorita, se hizo presente con las disculpas de siempre. Todos se levantaron. Ahora sí, era hora de entrar al aula.

     Salió alguno minutos antes de la hora final. Detrás de un hasta luego culposo, se acomodó la correa y se emprendió en una nueva marcha apurada. Sin embargo, a pesar del tiempo ganado, cuando llegaba a la entrada del lugar noto las luces coloridas de un colectivo que se alejaba. Se detuvo con  suspiro se hizo sonido por todo el zaguán. Habia tiempo para un café; siempre lo hay. Saludó al que atendía el salón y echo un vistazo sobre las mesas. El lugar estaba vacío, salvo por algunos profesores corrigiendo exámenes, que resultaban tan o más grises que el ambiente. Por suerte, un delicioso aroma de comida rápida y a humedad, envuelto en un rock de los 70´, hacían soportable la decadencia que se imprimía en él. Pidió un modesto café doble con un par de bizcochos  y tomó asiento en una mesita en el fondo, a medida que se acomodaba y sacaba un par de cuadernillos del morral. De lejos el reloj le daba la hora, faltaban algunos minutos para la vuelta de aquel colectivo traicionero. Tiempo le sobraba para alejarse por un rato por fuera de ese mundo que le esperaba en casa. Y así lo hizo. Abrió un libro, se desabrochó el primer botón asfixiante de la camisa, y se quedo aspirando largo y hondo el aroma de aquella infusión entre sus manos. Al rato, estaba de vuelta. Se había encontrado. Tomó el sobrecito de azúcar y lo pellizco por un extremo, pero algo lo detuvo antes de abrirlo por completo. De repente, sus ojos se tornaban en concentración, enfocados sobre el pequeño dibujo de una fragata azul sobre aquel pequeño envoltorio. Debajo de él, una inscripción en palabras suaves y en tonos poéticos lo decoraba. Se mostraba reflexivo, como intentando alcanzar el significado que proponía esa dulce frase. Quizás le era conocida: en algún lugar de seguro, en algún sitio la habría visto a esa expresión, en otra tinta , o puede que no, que le era tan ajena a su vida, como lo era la aventura o el quiebre de lo establecido. Sin embargo lo conectaba con algo incierto, lo traspasaba con su significado. Palabras que le querían decir algo, encontrarlo con algo próximo quizás. Pero, si él no creía en esas cosas. Son frases vacías al fin y al cabo, ¿no?, cosas que están ahí porque son lindas de leer. Difícil que en un papelito de azúcar llegue a caber el destino intrincado y caprichoso de alguien. Seria bueno, pero no debe funcionar tan así. Como en esas galletitas, que traen proverbios adentro o algo parecido. Nunca las probé…tampoco nunca fui al barrio chino ahora que lo pienso. Pero no, acá no hay nada de horóscopo o de adivinación. No es cosa de cuentos chinos o de las cartas astrales de la vieja. A esa frase la tengo de algún lado, es de alguien que conozco. En algún libro puede ser. Quizás la vi una vez en Capital, esa vez que me perdí un poco a propósito por la calle Florida, entre esas librerías y los puestos de flores. Qué rico ese olor a humedad y a jazmines. También, qué frío y cuanta gente que había. Un sin fin de vidrieras empañadas y brillantes, de una tarde tan de manos en los bolsillos y caminatas urbanas. Y pensar que la fiesta era en otro lado, pero yo estaba bien. O quizás era que no estaba mal. Bahh, no sé. No pertenecía al lugar donde me querían. Y sí, ya sé… siempre lo mismo. Excusas. Nadie sabe con seguridad a donde pertenece. Ahhh, ya sé. Creo haberla visto en una esquina a la frase, enmarcada sobre la vidriera de un bar. Me acuerdo bien ahora. Ese olor vagabundo. Ese cristal tan sabio. Esas palabras. Creo que esa fue la última vez que el mundo supo atravesarme con tanta fuerza, pero aquella voz que, detrás del vidrio, me gritaba desde sus lineas, al mismo tiempo que me desvestía con una razón tan firme; un cachetazo fraternal a través del tiempo. Me da culpa no haberlo leído lo suficiente, todavía tengo el libro de él con el plástico puesto y todo echando polvo en el escritorio. En algún momento. Y tampoco no sé bien si aquellas serian las mismas palabras que estas. Como era…creo que decía algo como… “Siempre quejándote de todo y a la vez fing…

-¡Hola! Perdiste el colectivo también, no… ¿Te molesta si me siento?

-…

   Tardó unos segundos en lograr contestar. Atontado, como si una epifanía lo hubiera pasado por arriba, que lo hubiese dejado mirando hacia arriba con la imagen de un cielo que no esperaba, que lo despertaba. Algo parecía haber recordado, algo. Fragmentos de palabras llovían del aire,  a medida que lo avanzaba el pulso cítrico de una inadvertida y olvidada confusión que comenzaba a conquistar el lugar. Un perfume como a azúcar y a primavera. Aquella misma esencia que alguna vez le supo sonreir algunas flores, tardes empañadas y una verdad.

 

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¡Qué bien! Sabés volar

Dale, no me mires a mí, mirá para adelante. Recordá. Primero un paso y luego el otro. Aunque te cueste, aunque todavía arda. Vamos. Es cosa de cada mañana, de respirar hondo y no pensar. Y así hasta retomar el pulso. La velocidad. Cuando te diste cuenta ya estás caminando otra vez y, con algo más de paciencia, la ligereza del andar es cosa de todos los días. Pero eso sí. Una vez en carrera, no te lleves todo. Si querés una, o dos cosas a lo sumo; las que te den impulso, las que aún te sean livianas. Para despegar por completo es importante que vayas dejando alguna carga atrás. No te preocupes, nada de eso se pierde. Y puede que parezcan cargas huecas, vacías, pero  en esa falta es donde resguarda lo más insostenible del mundo. Dale, che. No es para tanto. Solo es la fatiga de reincorporarse, el pánico de volverse a caer. ¿Ya te olvidaste  de cómo hacerlo?

Ahora, bien. Levántate. Quiero ver ese primer paso.

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Fotografía: Alan Quiroga

2. Cuentos

    Algo lo despertó. El silencio era tal en la casa, que solamente se podía escuchar los roces de las sábanas por todas las vueltas que daba sobre si mismo. Con los párpados pesados, se sentó por un largo rato en la oscuridad. Seguramente pensó que la lucha por volver a recuperar el sueño era en vano a esas alturas, porque de repente la luz encandiló toda la habitación. Abrió de par en par las ventanas. Necesitaba un poco de aire helado a lo mejor. Pero la noche no hacia más que ofrecer la humedad de un verano impiadoso. Se puso una remera cualquiera y con mucha convicción parecía estar buscando algo en la mesita de luz. Entre cartas, papeles, telegramas viejos, promesas, invitaciones, dibujos, fotos, apuntes. Recuerdos. Repasó y repasó aquel cajón. Luego, con la misma tenacidad, el escritorio. Nada. Quedaba un gran ropero pero seguro que haría mucho ruido hurgando entre las cajas de cartón y la ropa. Habrá recordado que hacia días que estaba solo en esa casa, porque en seguida se dispuso a trepar sobre los cubículos superiores de aquel. Después de algunos minutos y de polvo, se encontraba de nuevo sentado en la cama. Parecía estar pensando o tal vez empezando a despertarse del todo. Fue a la cocina y abrió la heladera. Se quedó un par de minutos mirando en el interior hasta que agarró una botella con agua fría, cual bebió hasta la mitad sin inmutarse. Después sacó de una campera, que colgaba en la pared, un cajetilla con cigarros delgados y finos. Marca que probablemente no fumaria un hombre. Y salió afuera para toparse con un cielo amenazantemente rosa. La promesa tan esperada de una lluvia. Todavia algo entredormido, sonrió ante la noticia. Se calzó lo primero que encontró y tomó las llaves, para luego adentrarse en la calle solitaria. Era tan tarde que ni los perros salían a ladrarle, que solamente él y la noche parecían advertir ese chasquido que nacían de sus ojotas y se retumbaba por los casas y las construcciones de todo el barrio. Así recorrió un par de vueltas a la cuadra, entre cigarro y pensamiento. Vuelta y vuelta hasta que en un momento, paró en seco a mitad de la calle. Algo había recuperado. Con el doble de prisa regresó a la casa, tiró las llaves en la mesa y apuntó hacia una pequeña biblioteca. No le costó mucho encontrar lo que buscaba. Un libro no muy grueso ni muy viejo; tenia el lomo algo castigado, y la contratapa pegada con cinta. Cuando lo abrió, dejó caer su nariz sobre la fragancia de esas páginas casi amarillentas. Parecía más despierto. Recorrió algunas páginas con una rapidez cuidada, hasta llegar a un hoja suelta y blanquecina que marcaba el límite entre dos capítulos. Los ojos se le perfilaron en un gesto de determinación, o de dolor quizás. Sin mirar el libro lo dejo de lado sobre una mesa, y se sentó contra una pared a leer las palabras de aquella hoja mal doblada. Lo leyó con un extraño cuidado, marcando con sus labios silenciosos aquellas oraciones en su memoria; como si aquella fuese la última oportunidad de recuperar aquellas letras. Cuando aparentaba haber terminado, dobló otra vez aquella hoja y se la quedo mirando un rato más aún. Algo habrá pasado en esa mirada vacilante porque como poseído se levantó con algo parecido a la fuerza y acto seguido, se dirigía a la bacha de la cocina. Se aseguró que no estuviera húmeda la superficie metálica y, una vez esto, dejo reposar allí aquel papel. Era una época donde siempre tenia el encendedor en algún bolsillo, así que hizo uso de él sin tener que buscarlo. Esa historia estaba tan seca, tan llena de espinas que no le costó demasiado arder una vez que, desde una punta, una llama la desgarraba para siempre en cenizas. O eso creyó aquella vez. Se quedo contemplando los restos de aquellas memorias, pero algo parecía no convencerlo. Abrió la llave de la canilla y las cenizas se fueron por la rendija hacia un falso olvido. Antes de volver a la cama, salió una vez más afuera para intentar vislumbrar una vez más la sanadora noche. Habia amanecido hace rato, solo que el sol no se veía. Las nubes seguían allí.

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Pensamientos al azar

Antes no me gustaba escribir. Siempre me pareció algo relacionado al pasado, algo particular de gente intelectual. Pero de alguna manera las cosas siempre quisieron salir. Antes, cuando había algún pensamiento que inquietaba por de más, solía hacer grabaciones de esas reflexiones perdidas. Lo único que descubrí con todo eso fue que no me gusta mi voz; y tampoco me gusta agregarme en ese reduccionismo barato de dividir a la gente en dos categorías únicamente, pero creo que el mundo tranquilamente se podría dividir en aquellos que después de mandar un audio lo tienen que escuchar y aquellos que mandan un audio y se olvidan. No sé, ahí va un tema de tesis gratis para algún filósofo o algún estudioso de la comunicación. Sin embargo, ahora estoy rodeado de gente que no hace otra de escribir. No sé bien como me hace sentir eso. Es agradable la idea de no sentirse un bicho raro; no cuando uno busca no serlo agrede. Pero, no hablo solamente de los compañeros de universidad en general, que seguramente la mayoría lo hará por una cuestión de obligación o necesidad forzosa, sino en particular de mis compañeros de literatura. Parece ser que realmente les gusta o eso demuestran algunos signos sutiles en ellos. Casi siempre, suelo llegar un rato antes a clases, y ahí soy testigo de como lentamente el salón se va llenando de compañeros, y como a medida que se asientan y se acomodan, la mayoría saca su libreta personal o un cuaderno de notas personalizado con colores demás tonterías de la mochila o de algún bolso. Me gusta ese entorno, pero sin embargo me sigo sintiendo un un eslabón aparte entre ellos, un ignorante entre tanta cultura literaria. Además hablan con tanta autoridad de libros que siempre quise leer y de otros que en mi puta vida escuche hablar pero que resultan interesantes. No me aflijo, me da fuerza esa sensación de falta. Estoy aprendiendo mucho puedo decir, y lo más importante siento las ganas de hacerlo. La estoy sobrellevando bastante bien a las materias. En otra distinta, estamos viendo Bajtin, un teórico muy relevante de la literatura del siglo XX. El profesor lo ama. A veces imagino que hasta puede llegar a tener un tatuaje de él, de tanta fascinación que le tiene; algo así como un Bajtin en toda la espalda grabado, abriéndose paso con las manos a través de la piel, como queriendo salir. Media fuerte la imagen. Pero sí, tiene algo de razón. Fue importante en lo suyo ese ruso. El tipo hablaba de que cada actividad social de un grupo de personas tiene su propias maneras de expresarse mediante el lenguaje y que estas se distinguen mediante rasgos específicos, “los géneros discursivos propios a cada esfera de la actividad humana”. Algo así, tendría que revisar los apuntes. Lo que quiero decir es que estos géneros mueren o se resignifican cuando esa actividad a la que están ligadas desaparecen o caen en desuso. Puso de ejemplo a la vieja tendencia del blog: que en una época era una forma muy frecuente, y extendida socialmente, de expresarse, y, que con la venida de todas las redes sociales, quedó demasiado obsoleta esta clase de plataforma social. Y para rematar, siguió con: “¿Hoy en día, ustedes conocen alguien que muera de ansias por llegar a su casa y subir una entrada en un blog?”. Me reí como un estúpido, y creo que se dio cuenta. Y más allá de la anécdota tiene toda la razón; no hay punto de comparación en cuanto ventajas respecto a las demás redes. Pero creo que hay que ver las razones por las que uno todavía decide seguir acá. No creo que sea por una cuestión de aislamiento virtual, porque de alguna manera uno siempre esta mirando del otro lado, además si quisiera podría cerrar la indexión de este sitio con Internet, pero para soltar palabras en privado tengo un par de libretas en la mesita de luz. Tampoco creo que sea una tema de regodearse en la soberbia de buscar de distinguirse de la masa, de no transitar por las mismas vías que los demás. El tonto orgullo de ser unos pocos. Por lo menos no sigo escribiendo mis cosas por esos motivos. Creo, en mi caso por lo menos, que es una cuestión de rutina. Pero de rutina linda, de rituales que nutren. Ahora mismo estoy escuchando una canción que me agarro de improviso…”Still corners- The trip” me dice la pestaña del navegador, y ademas con una taza de café y algo de canela al lado del monitor; aunque a veces una cerveza también viene bien. Y tan solo esperando a que termine de morir el día al final de estas palabras. Y debería estar durmiendo, hace tiempo que no puedo descansar lo necesario, pero sin embargo si me voy ahora, si cierro los ojos para abrirlos al rato y despertar con la noticia de otra mañana, algo falta… o algo me sobra mejor dicho. Tal vez al principio me resultaba algo forzoso sentarme y escribir, aun sin saber muy bien el por que, pero ahora me resultan casi vitales estos momentos,  de dejar sujetas las palabras que me andaban revoloteando en la vuelta a casa y que casi se me escapan por la ventanilla del colectivo. Tal vez es lo único que me permito sin culpa. Hasta dormir me da culpa con tantas cosas que hacer…o que debería hacer. Pero no se, supongo que era lo que quería, estar algo ocupado como antes. De alguna manera funciona, de repente era julio y ahora ya estamos por descorchar una sidra nuevamente. Pero todo eso es una ilusión consciente, solamente se amontonan estrechos de calendario cuando me pongo a reflexionar sobre aquel el cumulo de días que pasan, porque el transcurso de cada día se despliega pausado y firme. El tiempo, si es que se puede pensar algo parecido, siempre va a ser algo con lo que me termine peleando por incomprensión. O tal vez solo termino peleando conmigo mismo. A pesar de que las cosas parecen ir con prisa, me estoy tomando mi tiempo para respirar de vez en cuando. Entre todas las cosas que estoy haciendo mal, puedo rescatar esa como una pequeña medallita de aprendizaje. Pero quien puede estar seguro de que termine aprendiendo algo después de todo. Confundo aprender con repetir algunas costumbres, como no volver tocar el horno si esta prendido o no clavarse un cuchillo en la pierna porque puede doler. Soy más de las situaciones extremas, como la segunda. Siempre hace falta algo más para reaccionar, aunque siempre quede resonando las preguntas y las dudas. Hace tiempo que no hablo con una verdadera amistad, y tengo miedo de ya no necesitarlos. De ya no prescindir de algún consejo que, al fin de cuentas, no terminaría siguiendo. Será que no quiero verlos, siempre me dan el lugar para desparramar las toneladas de porquería que llevo encima. Y es que mi vergüenza y yo nos pusimos de acuerdo y nos cansamos de dar lástima en plan de victima moribunda; sentía esa mirada sobre mí de parte de ellos, la inaguantable compasión. Igual ahora seria una linda noche para compartir una cerveza, en ese bar estilo boutique del que tanto hablan. Y conversar esta vez de cosas más mundanas o tremendas, exentas de tormentas y de cruces intimas, de dejármelas para mí y para mi almohada. Pero hoy no, aunque me gustaría. Mañana debería ir al hospital bien temprano. Una amiga de mi hermana necesita dadores de sangre, y bueno…a ver si toman la mía por buena…No sonó muy bien eso, las desventajas de escribir mientras se improvisa. En fin, estoy reconsiderando el sacrificio de un par de horas más de sueño mediocre por una buena causa. No me puedo resignar con mi hermana. Ayer hablamos: son pocos los momentos en el año en los que nos quedamos por horas gastandole la batería al celular. Una de las pocas personas con las que puedo hablar de tonterías por tanto tiempo, o de cualquier otra cosa. La distancia es una cagada cuando es verdadera. Voy a ver si puedo hacerme una escapada en estos días, pues siempre viene ella. Bueno, por hoy es suficiente. Siempre quedan cosas por decir pero el sueño y Piazolla me atacan implacables. Quizás esa sea la razón última y superadora por la cual siempre vuelvo a escribir en este pedazo tan propio y olvidado de papel digital. Siempre quedan cosas por decir…

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Dibujo: Lucas Capua