Pisando caracoles

Estaba sentado sobre una hamaca esperando. No sé muy bien qué esperaba. Solo sabia que aquel mínimo balanceo era lo que más quería en ese entonces; una agitación leve, de tortuga, que se transmitía desde la cintura hacia los pies y luego se contraía y volvía al centro, y luego se desplegaba de nuevo y así. El calor era atroz y sofocante, aunque eso no impedía a la gente tomar sus latas de cerveza y, a los más perdidos, besarse bajo la penumbra de los árboles. Supuse que la vida seria eso, un absurdo vaivén de inercias que solo nos llevaban al mismo lugar, al epicentro nulo de cada acto. De qué sirven las voluntades si solo se anulan entre sí, si en realidad el resultado final no es una suma ni una resta. Movimiento, quizás, la ilusión de desplazamiento como razón última para no sentir el impulso de tirarse de clavado bajo el desenfreno de las ruedas de un camión a toda marcha. No cualquiera admite estar en busca de sueños de quietud, si es que algo parecido existe siquiera.

Estaba sentado sobre una hamaca recordando y sentí alivio en el murmullo de un cielo vino tinto. El viento traía una promesa que siempre me es bienvenida. Cualquier lamento es menos feo si el agua cambia los olores de mi ciudad. Debe ser el llanto sobre llanto de seguro. Luego, cuando una gota tocó mi nariz me sentí bien conmigo mismo, en el gesto amable de esa frescura al haberse difuminado en mi piel. Sin embargo, pensé en más profundidad y no pude evitar considerar a los caracoles: supe que sería una noche mala para ellos. Buscarían la humedad en las veredas y tal propósito solo devendría en pisotones negligentes de los peatones nocturnos, siempre indiferentes a la fragilidad de los que se toman su tiempo. Pobres infelices, pensé, solo buscaban algo de movimiento. No cualquiera se toma el trabajo de evitar destrozar las corazas en su andar.

Estaba sentado sobre una hamaca precipitando y sentí desconsuelo por mí mismo. La pena de saberme tarde en poder liberarme de esta ropa mojada y asfixiante; la disciplina necesaria para sacarme los mismos trapos enmohecidos y aguados ante la mirada inquisitiva de los demás. Aplastado, supe verme, en ese saber inexorable de que todas las cosas que hubieran querido decirse se lavarían en el barro, se borrarían todas mis pasiones en recuerdos vagos. No cualquiera entiende que la verdadera libertad es mandar al carajo a todo aquel que nos acostumbre a caminar bajo su paraguas.

Estaba tieso sobre una hamaca y el mundo ahora me parecía inútil y enfermo. Quizás en algún punto hacia rato me sentía de la misma manera: algo mojado, algo resfriado y siempre buscando explicaciones bajo alguna nube rosada. El agua manchaba de colores más pesados mi remera, mis pantalones, las zapatillas. De a poco, las lágrimas del aluvión me oscurecían en pequeños círculos y no me importaba. Me alarmé al no ver a nadie bailando entre la incesante cortina de agua alrededor o tan solo bebiendo de ese maravilloso momento, ¿dónde estarían los locos acalorados?¿Dónde se había ido todo el mundo? Me sentí algo inadecuado al pensar que era el único allí esperando a mojarse por completo. No cualquiera abraza la posibilidad de una ansiado resfriado.

Estaba parado sobre el asfalto y comencé a encontrar la gracia del asunto. Una noticia cálida se deslizaba persistente entre entre los jirones de mi pelo empapado. Entonces creia entender la ambivalencia en la que oscila todo este sin sentido: a veces es avance y en otras es retroceso, a veces sofoco y en otras respiro, a veces un caracol y en otras un asesino; que a veces pudo encontrarme y en otras yo desesperé encontrarla. Que nunca voy a encontrarme si siempre vuelvo. Resolví que el infierno podría ser aquello, los sinsentidos que uno se crea para acariciar una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez hasta que las manos sangren, y aún así, vamos de nuevo y otra y otra y otra… Comprendí que el mío era de agua y de silencio. No cualquiera logra jugar a ser equilibrista sobre los cordones que cortan a los sin sentidos.

De a poco la lluvia se afinaba en una suave garúa. Me quedé hasta que aquella cesó por completo y su manto rosado se desgarró irregularmente hacia todos lados, descubriendo unas escasas estrellas que asomaban entre sus rescoldos de algodón. Una vez agobiado de tantas metáforas de tormenta y moluscos, regresé a casa. Pero eso sí, atento a las baldosas: siempre es mejor si se puede evitar sentir algún crujido bajo de mis pies. Al llegar, dejé mis cosas, me sequé apenas, y me acosté con la preocupación de ya haber pensado todo aquello alguna vez. Me deje dormir en el tercer o cuarto pensamiento.

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Instantáneas

En ciertas noches tranquilas, mientras escribo o paseo en letras ajenas, presiento una figura que se escurre entre la oscuridad que me rodea. Me rio en secreto y simulo no haber notado que me observa atento. Ya no es motivo de susto. Solamente es un pequeño duende despeinado con la curiosidad y un insomnio de pañales. A continuación, es ejercicio cotidiano a seguir: con dificultad intento localizar su rostro risueño entre la cortina de tinieblas, y una vez que mi mirada fija su pequeña silueta, una risotada aguda me devuelve el gesto. Es un extraño privilegio, casi siempre me invita al mismo juego.  Lo dejo un rato y una vez saciada sus travesuras nocturnas, toca cargarlo de nuevo para devolverlo junto al sueño de su madre.

En algún verano impreciso, un hermano nos fulminaba con la noticia de que partía hacia mejores oportunidades. Entonces, en una coincidencia unánime de voluntades, la necesidad imperiosa de arponear a la tristeza y navegar en la última aventura de una amistad en ascuas se hizo misión. Quizás, el último homenaje bonaerense, cual recuerdo de una postal nocturna para que luego añorase en tierras de acentos graciosos. Así que allá nos fuimos, buscando perdernos en el fondo de una noche sempiterna. En otras palabras, lo de siempre… fuimos. Fuimos futbolistas virtuales entre gastadas, apologías de hermanas y alcohol. Fuimos hermanos apaciguando las broncas naiperas con pizzas fuleras y rockanrolles hambrientos. Fuimos caminantes crepusculares pateando las calles y llenándolas a gritos con anécdotas y recuerdos de tiempos de mejillas lampiñas. Fuimos una banda de perdedores hermosos irrumpiendo en bares y desafiantes soberbios, a propios y extraños, siempre por más fichas de pool y, todavía aún, por más pintas de cervezas. Fuimos una última vez, bajo el sosiego de una luna de pasiones rotas y de lágrimas ocultas. Y como siempre ocurre con las buenas eternidades, la nuestra acabo. Comenzábamos a percibir que la madrugada se diluía junto a nuestras pasiones. No quise quedarme hasta la mañana, el maldito sol se lo llevaría. Restaba lo inevitable… Buena suerte y hasta luego, un abrazo sentido y bajar la calle sin mirar atrás. Desde entonces algo cambiaría para todos.

Era la maldita espera de una Navidad, como no puede ser de otra manera; artificial espera. El tiempo me punzaba la paciencia así que dije, ahora vuelvo. Nadie escuchó. Zapatillas livianas y pensamientos pesados, mucho más no me hacia falta. Me disponía a correr los limites de mi cansancio, a perderme de mí mismo en calles que no me conocieran demasiado; de vez en cuando algo me pide hacerlo. Fue de ese modo, que de repente mis piernas me habían llevado a una ciudad que hace años no me pertenecía, a veredas y a calles que solo cantaban melodías de silencio y de ausencia. Cuando me di cuenta de que la gente había sido extirpada del ruido urbano, comencé a caminar con la actitud pausada de un poseedor temporal de aquellas dimensiones de cemento y cortinas metálicas. Caminé un largo rato entre edificios y formaciones de locales desiertos hasta que llegué a un lugar que conocía bien. Proseguí a medirlo en pasos y en hondas bocanadas de aire, y, después de refrescarme la frente en una fuente, me quedé tendido bajo la compañía de un árbol extranjero. Tampoco había nadie allí, nadie que valiera el esfuerzo. Vaya a saber quién, por cuanto me quedé contemplando los pedazos de cielo rebeldes que se le escapaban a la maraña de hojas y ramas; me quede contemplando e imaginando las imágenes de todos esos lugares que me esperaban y también de aquellos que no. Hasta que los faros y las luces colgantes aparecieron por toda la cuadra junto con la noticia de que ya era tarde, ya no había colectivos que me llevarían a casa. Pero eso no me importó, hace tiempo que nunca me regresaban al lugar que anhelaba.

En una de esas mañanas de colegios fugaces y soles cegadores, me encontré a la Muerte descansando con asquerosa impunidad en una vieja y desvencijada ruta. El colectivo paró entonces, y todos los ojos, con una curiosidad de piedad mórbida, la miraban a cuestas de un alma que quería volver a tomar aire al lado del camino. Los años infantes me protegieron al principio, tapándome toda la verdad del asunto, pero no sirvió aquella venda suave porque, más temprano que tarde, esa verdad alcanzaría a quebrar algo dentro de mí: al levantar la vista, las sombras en el rostro de mi viejo me dijeron todo. Un crujido. La inocencia se agrietó para siempre. Pese a la quietud de los años, de vez en cuando la vuelvo a cruzar, con la misma impunidad que acostumbra relucir, pero en cada ocasión intento no contemplarla ingenuo y estático como aquella vez. Mi viejo no lo hizo.

Fue en una tarde de misas y de gritos; fue de  esas tardes que no se limpian con el tiempo, ni con otras voces venideras. Fue bajo un árbol extranjero en el cual comenzó a quemar el hechizo de un bucle de misterios y perfumes indescifrables. Y sin darme cuenta, derramado en ese encanto, la entropía de unos dedos lastimados comenzaron a moldear mi piel en formas que nunca antes había visto. Yo solo podía parpadear ante ese acto, deseando en secreto que aquello nunca terminara. Era fascinante ese dolor, ese apego compulsivo. Cuanta dicha al ser espectador de esa obsesión inaudita por lamer heridas extrañas e ignorar los estigmas propios. Agujas y alfileres, me anticiparon unos Ramones, de regreso a casa. No importa, les dije: con ese aroma de chocolate e ilusión, que rebozaba desde mi mochila,  ya estaba convencido.

Ayer un fotógrafo renegado me explicó las razones de porqué ya no encierra con su cámara los sentires del día a día. – Seria una infidelidad -me dijo mientras jugaba con su encendedor-. Una crueldad seria privar al pasado de la posibilidad de mutación: imagínate qué aburrido además, el creerme capaz de sujetar todo tal cómo fue, en un pedazo de papel o en un puñado de pixeles. Una crueldad para vos, para mí, para cualquiera. No hay muchas personas que puedan mirar fijamente a los ojos a su pasado, sin pestañear en remordimientos o en insatisfacciones. La memoria cuenta mejor cualquier recuerdo, transforma a las realidades muertas en añoranzas más amables y pone partes vistosas en huecos que no son muy lindos de enseñar. Mejor no te mates y no preguntes más. Seguí haciendo lo que haces -se había parado y dejó un par de billetes sobre el mostrador-. Inventa cada historia, create cada final. La distancia endulza cualquier recuerdo, ya sabes. Vas a poder dormir más tranquilo.

Y entonces, tras cruzar el umbral desapareció aquel perdedor hermoso, colgando desde su cuello esas instantáneas que jamas revelaría.

Habría que inventarlas.

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Fotografía: Alan Quiroga

Simpatía por la empatía

A veces sentado en algún café, o alguna esquina cualquiera, me detengo por un rato y pienso que me gusta la gente. Pero ojo, no siempre, no bajo cualquier circunstancia. Solo me nace una pasión filántropa en el cuerpo cuando la gente pareciera moverse por fuera de sus disfraces. No sé, vos sabes, por ejemplo me gusta cuando se olvidan de persignarse delante de una iglesia o cuando no recurren a la facilidad dialógica de rellenar las pausas con charlas climáticas, cuando tan solo callan ante el ruido. Me gusta la gente cuando sin importarles se delatan y se les puede notar como se les mueve un pie travieso al son de una melodía lejana o cuando algún loco de esos cruza la peatonal a la vez que toca un solo de batería triunfal en el aire o cuando no pueden hacer nada y se llenan de ternura y de compasión ante algún acto desinteresado e inesperado. Qué cosa digna de escuchar también cuando por alguna razón o berrinche se quiebran de modales y se le escapan kilos y kilos de demonios en puteadas coloridas. Qué satisfacción ver a la gente cuando no se queda atrás y persigue a un colectivo, y mucho más aun me gusta cuando lo alcanzan. Me gusta curiosear a lo lejos a la gente solitaria que habita por los bancos de plazas y parques y se quedan gastando un cigarro mientras miran al mundo girar. Qué decir de la gente cuando te regala una historia, o mejor dicho un pedacito de sus vidas, sin dejar de mencionar también a esos locos en extinción que pasan con ramos de flores en la mano, triunfantes y orgullosos de posibles cariños venideros. Llegas a entrañar a esa comedia cotidiana cuando ves a la gente que pide indicaciones de calles que no conoce y sin faltar a aquellos que, por no decir que no saben ni diablo, los mandan a cualquier lado. Me gusta cuando gente extraña pasa por tu lado y te saluda sin más, solo por el placer de la cortesía vecinal, o cuando suelo toparme por la calle con maniquíes pensantes que, ausentes como carcasas huecas, hacen que me pregunte en qué reflexión de cortocircuito o en qué punto del horizonte intentarán recuperar aquellas infancias extraviadas. Me gusta la gente cuando van y vienen por las veredas y se besan y de repente discuten como niños y luego de nuevo se besan o, aún más, me gusta cuando te saludan con un apretón de mano que te deja latiendo los dedos, pero eso sí, no puede faltar una mirada respetuosa a los ojos. Me gusta la gente cuando te jubila sin preguntarte y te dice señor o cuando te cubren con pañales y te clavan un muchacho. Me gusta la gente cuando no escucha los susurros de celulares apresurados o cuando te comparte, junto unas rondas de amargos, una charla sin que las tres agujas nos estén presionen las horas. Me gusta cuando se arman de sinceridad y ante un “¿todo bien? te contestan con un no, y te confían las razones pertinentes a la dolencia, pero también disfruto de aquellos que piden a gritos de silencio que adivines entre sus “sí, todo bien” la historia de un desamor o un proyecto desmoronado. De igual forma, asunto triste cuando no quieren decir adiós y se alejan de espaldas hasta perderse de vista en el devenir de los meses. Asunto grato cuando abrazos de reencuentro estallan contra el tiempo y la distancia. Que sé yo, cosas simples, cuando te refresca el animo con un gracias o un bien marcado buenos días, o bien, cuando desnudos de argumentos prefieren ceder, del mismo modo que cuando intolerables a lo injusto deciden resistir. Y entonces, decime, ¿qué le puedo hacer? Me gusta la gente y todo eso que hace sin saber muchas veces si entiende bien las acciones que hace. Si comprende siquiera el significado calve a la estabilidad total de un rompecabezas de voluntades entretejidas. Si entiende cuando se ríe fuerte, cuando sospecha, cuando se incomoda y se queda alerta, cuando se hermanan con miedos forasteros o alegrías vecinas, cuando festejan victorias colectivas, cuando entierran broncas de herencia, cuando se olvidan de ser gente y comienzan a volver a sus guaridas para otro mañana, a volver a ser madres y padres y hermanos y amantes y amigos y soñadores, todos soñadores.

Pero es allí que ocurre, la noche me encuentra bajo la vidriera de siempre, y me alegra porqué es cuando descubro que en aquel momento se intensifica como nunca mi simpatía por la gente. Porque las calles y la ausencia de ellos te devuelven a mi lado. A vos y esa última luz de tu sonrisa apagada que, en una suave curva de fatiga, me alumbra de tranquilidad mi alma, mi todo. Entonces recuerdo que todo puede estar bien, que ahora solamente somos nosotros. Una simple ciudad de dos personas deseando, con inútil fuerza, que en la mañana no volvamos a ser parte de la gente que ahora se encuentra dormida.

Como todos los demás, me saco mi traje. Me miras y pestañeas aliviada.

Es hora de volver a casa, me decís.

Yo te sigo.

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Fotografía: Alan Quiroga

Siempre es hoy

Hoy me despertó la lluvia rumiando desde la ventana. Al principio me molestó el hecho de que me había arruinado las cosas por hacer durante el día, pero después recordé que para mí un día lluvioso vale por dos ante cualquiera de los soleados. Lo malo de la lluvia es que alguna vez tiene que parar -quizás en algunas ocasiones sea menester que pare-. Hoy me levantó una energía diferente, la revelación de una fuerza inesperada en el cuerpo. Las articulaciones livianas, las piernas turgentes, los brazos en alto. Supe que el fruto de tanta fatiga había emergido después de tanto tiempo. Hoy me dieron los primeros saludos de la mañana pensamientos más blandos que los de costumbre. Y entonces supe que podía encontrar alivio de mis reflexiones tanto en el aire caliente de la taza de un té como en oxigeno fresco de las nubes. Hoy se me abrieron los ojos con ganas de mirar otros cielos, se me envalentonó el olfato con ansias de respirar otros fuegos, los oídos volvieron sin miedo de abrazar otras promesas, mis manos vibraron abstinentes y compulsivas por acariciar el presente.

Ayer brazos amigos me recibieron con más cariño que antes, y las lindas rutinas que había dejado en suspenso volvieron a nutrirme con sus enseñanzas. Ayer retomé mi aprendizaje con más convicción, con un salto que brota desde la necesidad de ser alguien mejor cada mañana. Ayer me durmió otra voz. Una que adora los juegos y que saborea las letras con placer insólito. Una sensibilidad algo difícil de seguir, quizás porque no se presenta bajo moldes confortables ni se retrae ante las diferencias de espíritu. Ayer una frenética y hermosa locura me enseñó sus artes y su vida con tanta pasión y sinceridad que nuevamente tuve miedo de olvidarme de mis fuerzas. Ayer una flor en llamas me hizo redescubrir que siempre es grato crear espejos a través de las palabras, que nunca es cosa menor el sentir que uno puede estar arrimado y considerado por una perspectiva similar y la vez divergente del ritmo que nos imprime el mundo. Y mientras hacia pie en estas instantáneas y contemplaba mi infernal festival de ayeres, el día me pareció tan normal, tan de hemorragia cotidiana que de alguna manera ya no me importó el no escuchar las palabras que tanto tiempo desee volver a escuchar. Lo acepté, me dolió y volví a respirar. No importa, ya conozco el final. Si se escucha bien a los comportamientos adecuados no es de gran dificultad anticipar el mañana.

Hoy me desperté con la lluvia rumiando desde la ventana.

4. Vuelos

Dale, vamos. Es un salto no más. Vamos, vos podes. Dale. Se quedó largo rato mirando el vacío. Lo observaba, media su profundidad, examinaba los riesgos. Mientras más mires, más te vas a echar para atrás. Dale, no lo pensés que es peor. Los pies le dolían, tenía llagas que se le habían abierto al escalar superficies por de más angulosas, proeza dura para una piel tan acostumbrada a la suavidad de la ciudad. No le importaba, era solo un síntoma, un emblema de su permanencia ante lo excitante, ante lo nuevo. ¿Y para cuando? El sol le picaba en la piel, su resplandor lo cegaba, el maldito astro le aumentaba el esfuerzo por mantener el equilibrio. A pesar de aquello, le resultaba más como un estimulo, un sentir que lo hervía de algo que lo comenzaba a asustarle. Mirá que estás hace rato acá arriba... Advirtió a todas las voces que lo aguardaban desde el fondo; alaridos que lo incitaban entre festejos y provocaciones, contribuían con el caos fraternal al rompimiento de su quietud. Tan solo es dejarte caer. Ya sabes que estas oportunidades se dan casi nunca. ¡Tenes que aprovechar! De cuando en cuando, asomaba la cabeza; parecía querer calcular la caída, que el tiempo de impacto, que cuanto de fuerza cinética y cuanto de la potencial gravitatoria, que la distancia, que las leyes de Newton y la masa por aceleración y vaya a saber que otras porquerías más…pero no podía recordar nada. ¿Yyy…no lo vas a hacer?, al final siempre lo mismo vos. A pesar de la filosa luz solar que le jugaba en contra, del otro lado del río, vislumbró a un grupo de personas que descansaban bajo un gran árbol. Genial. Ahora tenés espectadores. Mejor así, no seas maricón. Mirá las chicas, te miran… mirá a tus amigos, no te la van a perdonar…¡Dale, tírate!. Miraba con dificultad a esas chicas risueñas que tomaban cerveza y, como al mismo tiempo, ellas observaban toda la escena, allí simplemente, recostadas como sirenas sobre esas rocas de plata. Trató de verse a través de las gafas de sol de aquellas y solo se pudó ver ridículo, un gatito asustado que no podía bajar de un árbol. ¿Viste quienes son? Son las de la cabaña de al lado. ¿Qué vas a hacer? ¡Dale! En seguida, aquel panorama le recordó a una película que había visto años atrás, algo relacionado con un personaje en una situación similar. Sin embargo, no recordaba el título, pero si el final de aquella; siempre lo estremecía cada vez que quería nadar en algún lugar nuevo. Buehh, ¿en serio?. Ahora con eso. Es una película solamente. No vas a terminar así como Bardem. Esta despejada el agua, dale. ¿Además, si pasa algo, crees que si no le pedís a esta manga de inadaptados que te eviten las molestias, no lo van a hacer? Alguno lo hace sin chistar siquiera. Dale. Morite de miedo, cagón, pero tírate de una vez. ¡DALE! 

Gritos, viento, sirenas, voces. ¡Basta! ¿Qué importaba todo eso? Tan solo era tomar aire bien hondo, y dejar de pensar. Así pues, miró por última vez hacia abajo, ahora descansaba su vista sobre los limites reverdecientes de las sierras distantes. Escupió la primera frase que cruzó por su cabeza para consagrar la estupidez de su acto y entonces  abandonó la tierra solo por un segundo, o quizás menos… Durante ese lapso no sintió nada, no sufrió por nada. Si algún color de su identidad se le arrimó por la mente fue pura casualidad. Por un fragmento de segundo fue un pájaro fallido, fue un suicida arrepentido, fue tan solo una veta de polvo levitando en la caricia del viento. El pulso y la fatalidad le reventaban en el  pecho, furiosos, girando en revoluciones de pánico y de risa. Sin entenderlo, ni queriendo tampoco, el aire era la vida y podría llegar a ser la muerte; sin saberlo, ni queriendo tampoco, la tierra habia sido la muerte y ahora podría llegar a ser la vida. Comenzó a descender. Ya no dudaba, ni tampoco estaba convencido de algo, tan solo cumplía su papel al jugar con la gravedad; sintió que algo lo reclamaba hacia abajo, o quizás que el mundo se agrandaba y este subía y subía, dejándolo atrás. Era un cometa de piel y carne cayendo hacia el ansiado impacto. Llegaba a presentir como el calor con el  roce del aire caliente parecía despellejarle las piernas, la espalda, las tripas, para que luego, y de pronto, un frío quiebre de realidades lo envolviese en un manto de silencio. Su percepción de aquello fue como si alguien de repente lo hubiera despojado de cada gramo de energía, de cada hilo de luz vital. Abrió los ojos y todo estaba oscuro. Era la calma, todo estaba en calma. Como si ese río tuviese algo, como si  se hubiese quedado con algo. Bien. ¡Viste que no era tan difícil! Ahora vamos, es hora de subir. Te están esperando. Escuchó el cielo nuevamente allá arriba. Y sin darse cuenta, carcajadas inexplicables se le efervescian en la boca. Tal así que, una vez con hambre de oxigeno, el trampolín del agua lo hizo emerger.

Otra vez luz.

 

Algo de fruta

El tratamiento de las construcciones sociales como procedimientos literarios

Ahora que me siento indigna y mortal
creo que puedo transmitirles algún mensaje acerca de lo que es vivir.
Durazno reverdeciente, 97

Introducción

En cada etapa venidera del acontecer humano, desde los primeros movimientos literarios hasta el establecimiento de los modernos, la esfera del arte y la literatura con las dinámicas sociales, en sí mismas, han sido solidarias y de influencia recíproca entre ambas estructuras, en cualquiera de sus variantes y  formas. Una relación simbiótica y cultural a partir de la cual una nutre a la otra desde una funcionalidad referencial e histórica, mientras que la otra la transgrede, a menudo, marcando así las pautas de lectura y las formas de elaboraciones artísticas a seguir, en determinadas épocas y civilizaciones. Pero, si queremos ir un poco más allá de la base de cualquier estudio social o político respecto a la cuestión,  entonces se debe plantear en concreto, ¿de qué manera y hasta qué grado de implicancias, en las formas y en las relaciones de cada ámbito tanto el social como el artístico, trae como consecuencia la intrincada red de interrelaciones y modos que se dan entre las dos? De manera que, en el trabajo siguiente nos centraremos en analizar la trabazón compleja e interdependiente entre las representaciones literarias y el uso particular de las figuras temáticas de la sociedad, relación que desemboca en los procedimientos formales y literarios tratados en la obra de Dalia Rosetti, Durazno reverdeciente.

Es de grato interés el abordaje que se construye en el sentido general de la novela porque  tal voluntad consiste en plasmar, desde la particular mirada de la literatura, la incapacidad de conciliación entre el mundo público con el mundo privado, es decir, un enfoque  literario que aporta y atraviesa con otros sentidos, no demasiado contemplados antes, el tema de la falta de armonía que se puede suscitar entre el choque de diferentes sistemas de valores y cosmovisiones del mundo. Es mediante este juego de tensiones incesante entre los factores externos de una cultura, respecto el incumplimiento o el seguimiento de determinadas normas estéticas y comportamentales, en oposición con  la escala de valores privada de una persona, la que la determina y la justifica en sus acciones de alguna manera dentro del mundo propuesto que se construyen en la representación integra de una sociedad ficticia en la obra; conflicto que terminara derivando en la obra, en forma de procedimientos estructurales y la explotación de estas representaciones culturales en tensión continua. El análisis del trabajo presente se desarrollara en tres partes. La primera de ellas se enfocara en la representación de la infancia como elemento narrativo en cuanto mediación entre el mundo social y el de la protagonista, luego, se tratara la influencia de la representación de la sexualidad en la construcción de los personajes, y finalmente, la representación de lo sexual como elemento formal del relato.

La mediación de la infancia en el conflicto narrativo

A lo largo de todo el relato es evidente como entran en juego las diferentes concepciones que impregnan en el relato total. Una de las problemáticas puntuales, de las cuales se vale el discurso de la novela como motor narrativo, es el conflicto que sostiene la protagonista entre su inseguridad física respecto a cómo piensa en contraposición a las representaciones sociales que rigen en su entorno, y por lo tanto un rechazo hacia el advenimiento del tiempo concreto, en comparación con los demás grupos sociales que conforman  su realidad cotidiana. Isabel Vasallo, en Géneros, procedimientos, contextos, plasma el pensamiento que Bajtín propuso acerca de las valoraciones estéticas tratadas en cualquier obra artística y su relación con los recursos formales: “La forma de una obra […] es el indicador de cuáles son las evaluaciones que se ponen en escena, que mirada acerca del mundo se privilegia”. Es decir, que entre el abanico de figuras y modelos sociales a los que está expuesta, además de las formas de las representaciones sexuales, el conflicto se asienta sobre la configuración de una escala de valores que comprenden a la concepción de Fernanda, en relación con la representación literaria de un mundo que parece atentar contra ella a nivel moral. Una dinámica desde la no aceptación que comprende tanto a su realidad afectiva como social, y la definen desde el principio hasta el final en el contacto con los demás  grupos sociales. En esa relación de tensión subyace una reflexión sobre la experiencia de cada etapa de la edad, como también el miedo por la aceptación externa al no creerse poseedora de determinadas características, o presa de la frustración al no poder alcanzar ciertos modelos sociales que considera ideales: Fernanda se construye como una mujer adulta, solitaria, fuera de forma física, con problemas alcohólicos y establecida en una profesión que la doblega a la inconformidad de su vida y de sus elecciones pasadas. Características y modelos que a lo largo de la obra se determinan y vacilan dentro de lo entendido como bello, lo inalterable o lo agradable socialmente, en oposición con las preocupaciones como la aceptación de lo efímero del cuerpo, con la fealdad y el deterioro de lo corporal; lo joven contra lo viejo. Todo esto sumergido bajo la  forma de inseguridades superficiales de la protagonista: “Pero me veo vieja y fea y más gorda, con los cachetes más hinchados y caídos que nunca”. Relación conflictiva que implica que, entre la concepción de lo deseable y lo indeseable, haya una relación que se genere entre la belleza y la juventud en términos antinómicos. Esta disputa de tensiones internas con sus valores se ve reforzada y problematizada con la confluencia conflictiva con otras cargas que contienen las representaciones que definen a cada esfera social de la protagonista. En consecuencia, se puede explicar así sus interacciones a través del acercamiento de estas formas sociales, al buscar estar más en contacto, o no, con aquellos rasgos o deseos que considera perdidos o dignos de poseer, según sus parámetros de lo aceptable y de aquello que no lo es.

En lo que confiere a la idea de amistad se construye sin más importancia en torno a Fernanda, su única amiga. A pesar de esto se puede ver la escasa interacción entre ellas. Este funda como el testimonio que asevera las desilusiones de los sueños no alcanzados y de aspiraciones e aspiraciones abandonadas con el paso de los años. Escasas son las apariciones de ella, pero de gran carácter descriptivo, que sirven para adentrar en una temprana presentación del conflicto que atañe a la protagonista, una relación que se despliega por contraste entre la vida aquella única amistad que posee, considerada como exitosa y envidiable, con la inconformidad que mantiene inmersa en las circunstancias mundanas y reiterativas de su rutina. Por lo tanto, su amiga representa aquella  juventud abolida por el paso de un tiempo silencioso, un periodo inalcanzable, además de representar la promesa fallida de un futuro próspero, que nunca llegó. Tal frustración con las circunstancias toma la forma en la búsqueda de una respuesta conciliadora entre lo establecido y su descontento. Necesidad que se conecta directamente con las ideas sobre la infancia y los sueños como estadios salvadores, conceptos que explican satisfactoriamente autores como Walter Benjamín, como según entiende Miguel Vedda en la realidad de la desesperación: “Estas figuraciones infantiles poseen un contenido utópico verdadero que aguarda su desciframiento redentor; son, en otras palabras, imágenes de sueño que aguardan el despertar”. Es por eso que, frente a la frustración por los símbolos y las relaciones culturales que la doblegan en el presente, busca consuelo y redención en la figura ingenua y siempre naciente de la infancia, como método de liberación conceptual y replanteamiento reflexivo. Discute incesante con sus concepciones e imágenes presentes y hay una fuerte tendencia implícita de querer alcanzar esta fase primera, de estadio salvador de aquellas idealizaciones ritualizadas y establecidas. Esta necesidad por la vuelta a la juventud abreva en la forma de sus aproximaciones con los diferentes bloques de su grupo cultural. Dichas interacciones casi siempre son bajo un tono pasivo de apropiamiento y de asimilación para con los rasgos que denotan cierto “aniñamiento” por parte del otro; hay un distingo en la formas de  las acciones y el comportamiento de la protagonista respecto a la interacción con aquellos grupos a los cuales no se vincula de esta manera, con aquellos que sí.

De modo tal, que en el interés afectivo que comparte con Asilana  se sostiene en demasía el sentido en conjunto de la obra, porque es mediante las progresivas interacciones con ella en las cuales se construye una idea concreta de recuperación. En consonancia con el título mismo de la obra, la relación que establece con ella se funda en un sentido de resarcimiento de los deseos y los proyectos suspendidos. Aquella es una posibilidad, más allá de la sexualidad y la emoción, de volver a reflexionar sobre su posición en la vida y otra manera de encarar a los temores de la edad. Esa relación la despierta de sus concepciones previas y le aporta las facilidades necesarias para caer en otro punto de vista sobre las cuestiones subyacentes a la edad y a la muerte. La dinámica de su relación se basa en ese un intercambio, aquello que  ambas necesitan para “reverdecer”: que se traduce desde el lado de Fernanda en la contención afectiva y en un proyecto de vida como el reanudación del deseo materno, y en el caso de Asilana como medida terapéutica para con su pasado trágico. La fruta como la síntesis simbólica de la necesidad de redención y de cierta “depuración” conceptual a través de la búsqueda de la infancia en los diferentes vínculos sociales.

Es en la imagen del fruto de la que se puede rescatar ciertas correspondencias semánticas con este proceder, tal sucede en la definición que nos brinda el  Diccionario de símbolos, de Jean Chevalier: “Símbolo de la abundancia, desbordando del cuerno de la diosa de la fecundidad o de las copas en los banquetes de los dioses. En razón de las semillas que contiene, Guenón lo ha comparado al huevo del mundo. Símbolo de los orígenes”. Entre las connotaciones que se destilan del título, se comparten ciertos sentidos referidos a la juventud y a la ansiada posibilidad de volver a los primeros estadios previos a la madurez. “Reverdecer”, una vuelta hacia lo ingenuo, lo verde, hacia lo que no está curtido y acelerado por el dictamen de las normas culturales y por sus percepciones estéticas. Incluso, esa actitud hacia la regresión, entendida como su tendencia incesante de la búsqueda de una niñez irrecuperable, aparte de las interacciones con los grupos sociales y sus imágenes, se concentra fuertemente en ciertas partes de la obra con el sentido de la maternidad. Como la mención de sus deseos de ser madre y concretar la imagen clásica de una familia. Como punto por agregar, tal sentido de la regresión como salvación, es consistente y se condensa en la figura de Maximiliano, su hijo en pleno proceso de gestación. Es en esta relación que se desarrolla mediante la figura de su bebé, representación estrecha con lo originario y la inocencia, tal como, una vez más, se define en Diccionario de símbolos: “El embrión simboliza la potencialidad, el estado de no manifestación, pero también la suma de las posibilidades del ser […]”. La posibilidad de lo que puede llegar a ser en detrimento a lo que ya es, de alguna manera la vuelta a lo joven sobre lo viejo, siempre se presenta en el vínculo con personajes que presentan tales caracteres de infancia o de inocencia. Mediante esta dimensión logra llegar a reflexiones y a pensamientos por fuera de su percepción habitual y, si bien nunca es demasiado clara la distinción clara de entidades entre ella misma  y la de su hijo, es en consecuencia que en esta ambigüedad se consolida el personaje infantil, en el cual recae el sentido pleno de la infancia, en una aproximación introspectiva en las bases de un juego dialógico con ella misma. esto aún más se pone en duda cuando unas páginas antes de su primera aparición, ya ocurre un momento de inflexión en la manera en que anteriormente se presentaban los pensamientos internos de Fernanda. En aquella ocasión ella comienza una suerte de dialogo interno consigo mismo como respuesta ante lo incontenible de la culpa y de lo inconciliable de la situación “fatal”, la muerte de una planta. La presentación de estos aspectos internos, luego, se repite en forma y estilo de manera imperceptible en los contactos de dialogo con su hijo, hasta mucho continua en escena después de haber perdido el embarazo. Es decir, que hasta en su forma de pensar y sentir intenta reducir y equiparar en la figura de su hijo, Maximilano, para así sentirse a salvo de las formas rígidas e inalcanzables de la madurez y la rigidez de las representaciones sociales de las que se siente prisionera: “El niño me hace feliz. No quiero que nazca, quiero que se quede a vivir dentro mío, para siempre”. Aquí se vierte plenamente el juego en el escape, de esas valoraciones propias y externas que la definen y la conducen de manera conflictiva a lo largo de la obra, y que alcanza cierto grado de contención en la idea de  un nuevo comenzar, posible desde la perspectiva hacia el pasado, hacia lo primigenio.

La figura de lo sexual como procedimiento en la caracterización de los personajes  

Además, de la representación de la infancia, la protagonista se vincula de determinadas formas con los diversos grupos sociales que comprenden su vida personal. Una de esas dimensiones es la sexualidad, objeto de gran peso y de indiscriminada concurrencia en el devenir de la obra que, dentro de ese dispositivo social al que está ligada, se desarrolla desde un rol simple, crudo y elaborado, con la intención de cierta obscenidad contundente. De manera que, no se realiza la omisión de estos acontecimientos sino que se busca desarrollar en todo momento como algo de lo cotidiano, con soltura y como una alternativa de complementación en la aproximación hacia un otro. La imagen del sexo no es solo parte de la temática general de la obra a tratar, sino es que es un aspecto capital del desarrollo de esta misma. El sentido de lo sexual está inscripto en todo momento en el relato, ya sea de manera directa y sin concesiones, como también en sentidos sugerentes y ambiguos. Esta representación de lo sexual constante en este mundo ficticio, sucede de manera detallada y desprovista de un tono imbuido en un sentimentalismo expresivo o en la emoción condescendiente. El concepto del sexo no está atravesado por una suerte de concepción romántica, en el sentido de la emotividad gratuita, ni se desenvuelven bajo un tono de un sentir culposo, sino que esta racionalizada por sus participantes y es un acto efímero, que nace desde el impulso y la necesidad de una expresión física inmediata. Este sentido primario a la vez que ocupa el papel del tema principal de la obra, también le sirve como recurso. Es por eso, que la identidad sexual de cada personaje no se corresponde a las valoraciones o a los juicios morales concernientes a la realidad. La diversidad sexual, en cuanto identidad y el marco de su cosmovisión, no entran en conflicto, es más, existe una armonía y una comprensión que no se discute en ningún momento. Como bien desarrolla María Moreno, en su artículo “La flor de mi secreto”: “En “Durazno reverdeciente”, “en los bordes de sus peripecias sexuales, se intenta, en cambio, un cálculo descarnado sobre el quién es quién en la cultura del futuro”. Para la protagonista, y la mayoría de los personajes, el signo de lo sexual es una clave que los define a nivel de caracterización y motivación ante el mundo, pero es la comprensión vivencial que desarrollen con este lo que generara un vaivén de conflictos. En aquel futuro alternativo, el alcance de cada voluntad sexual solo está limitada por las acciones de cada persona, a saber, que no existen influencias sociales que busquen construir y moldear un sentido moral que funja como aparato moldeador y regularizador sobre estas representaciones sociales, y por esto, que en esta manera apartada de este mundo narrativo de las convenciones de la realidad, para oponerse  se evidencia en la libertad de la naturaleza sexual que se trata en la novela y, más aun, se ve sintetizada en la postura de Fernanda respecto a los demás personajes. En ningún momento la protagonista muestra una desaprobación o rechazo claro por la diversidad de identidades sexuales que comprenden su entorno. Lo que se consideraría poco habitual dentro de nuestra normal cultural, en aquella ficción se vuelve algo normalizado, hasta mundano. Por ejemplo, la fuerte predominancia de la orientación homosexual sobre la heterosexual, personas transexuales, la convergencia sin distinciones valorativas o de prejuicio entre estas identidades sexuales. Al contrario, estas construcciones se cristalizan en la construcción de cada personaje el grado de emancipación de la novela respecto al modelo y a los valores propuestos estandarizados de nuestro mundo real en cuanto a la figuración sexual. Fernanda solo se relaciona en la intimidad con mujeres, en otras palabras, su deseo sexual se limita a ellas. Existe un desapego tácito hacia la figura masculina, a pesar de existir una oscilación latente entre sus orientaciones sexuales, la afinidad o la importancia que se le da al hombre es casi nula dentro de su cosmovisión social. Como agregado, el hombre no se muestra bajo un tono conciliador con la vida de la protagonista: se demuestra que aquellos tienen una relevancia menor en cuanto presencia de personajes, y cuando hacen acto de presencia se construyen siendo parte de una pasado de fracasos emocionales o vueltas a escena que descolocan a la protagonista. El único acercamiento de manera amable a la concepción de la masculinidad es cuando decide entablar un contacto con Juan, aquel chico del bar que era transexual. Aunque no se descarta dentro de la representación de lo sexual construida al hombre, y por ende al aspecto heterosexual de Fernanda, siempre los únicos puntos de encuentro con aquella figura son desde la afinidad hacia lo femenino y el juego de la indeterminación sexual.

Cabe mencionar también que el sentido de todo lo concerniente a lo sexual es revestido por la fuerza semántica que sugiere el titulo desde el vamos. Agregado a los valores de redención y renacimiento, también posee una carga contundente y sumamente carnal. Dicho sentido simbólico, no solo se puede traducir en la naturaleza de las relaciones que experimenta la protagonista, en todas sus formas, sino que además, en varias ocasiones, se juega con la equivalencia de la consumación del deseo sexual y la percepción de lo físico vinculado a las propiedades consideradas eróticas del fruto del durazno, en cuanto a lo similar del color y la experiencia táctil de la piel, y la transgresión de la carne y el néctar dulce del fruto.

La figura de lo sexual como procedimiento formal

Pero no solamente en estas situaciones narrativas ocurre un desbordamiento del contenido sobre la forma. También la sexualidad sirve como recurso que delimita las dinámicas y las respuestas entre la protagonista y los demás personajes. En otras palabras, no solo se considera al acercamiento sexual como una forma de reconciliarse con sus propias inseguridades y de apropiarse de los rasgos deseables en la otra persona, como lo es la juventud o la seguridad de la identidad, sino que va más allá de ser tan solo un elemento que obra sobre la caracterización del personaje. La dimensión sexual también es un factor conclusivo en la mayoría de sus vínculos, como un “cable a tierra”, que mediante el efecto de la culpa o la razón, pasa a ser un recurso que arroja a Fernanda al despertar de esos encantamientos sensoriales. Cada vínculo que se presenta como un interés sexual, que a primera instancia pareciera consolidarse y desarrollarse en implicaciones más profundas que la experiencia momentánea, se disuelve o se desestima una vez transgredidas las fronteras de lo carnal. El sexo, en lugar de ser un catalizador de las pasiones, funge como un espacio en el cual no solo se explora las vicisitudes embelesadoras de lo sensorial sino que luego las corta con el filo de un instancia de reflexión implacable; una transición que puede oscilar desde el deseo del otro hacia una introspección, cuyo efecto pone en contraste los rasgos no deseables de la otra persona: “A la mañana me despierta para ir al colegio con un desayuno en la cama preparado con mucho amor por su empleada doméstica. Domesticada también para ver a su patrona drogarse y acostarse con diferentes mujeres todas las noches”.

Este sentido de lo sexual se condensa en las fantasías y en los encuentros sexuales de la protagonista, cuando el pulso narrativo ya no se sostiene bajo el diálogo, ni tampoco se alude de manera sutil a él, sino que se resuelve de manera clara y sin artificios poéticos, valiéndose cual herramienta de complementación para establecer el efecto de sentido de la escena, la imagen visual que le imprime una tensión vivencial y hasta vertiginosa, en la descripción de la situación sexual. Esto es posible, al darse sin concesiones, en los que se despliegan los detalles y el proceder de manera directa, con el fin de mostrar el rol relevante de estas escenas para el sentido general de la obra y de la psicología de los personajes: “Intento besarla pero ella se resiste. Sigue metiéndome esa carne sintética tan real. Yo no acabo. Ella lo saca y comienza a besarme como la primera vez. Nos enlazamos como dos putas calientes” De esta manera, es que no se omite o se pasa por alto en cada participación de lo sexual la descripción exhaustiva y fiel de la situación, al mismo tiempo que un tono expresivamente cotidiano de los detalles.  

La forma de lo sexual no solo marca el final de un vínculo con alguien, sino que la novela se sirve también de esa dimensión cuales trazos que delinean las instancias narrativas en el arco de evolución del personaje principal. La obra hace uso de la incapacidad de Fernanda del conflicto entre valores nuevamente, al no poder acceder a la comprensión general del sentido de lo sexual de la misma manera que lo hace el entorno con el que convive, o mejor dicho, tiene en cuenta su esta dicotomía de valoraciones y aprovecha la figura de la sexualidad, una de las dimensiones más fuertes de ese mundo narrativo,  para ir modificando y restringiendo los márgenes de este conflicto. De modo que, en un principio se puede notar tal comprensión de los valores e ideas que la atraviesan y la determinan de un modo más relacionado a la “inmadurez”, a la tendencia de una sensibilidad no digerida por la razón y la finalidad práctica del deseo: cada pareja sexual no establece límites entre la pasión fugaz y meramente física con la de una proyección emotiva y de compromiso afectivo, de esta manera, llegando a construir futuros inciertos y afectivos mediante la base del encuentro o el deseo físico. En cada oportunidad de este tipo, se muestra como al trasladar todas sus expectativas en aquella persona, como una suerte de vaciamiento desmedido de sus temores, de sus conflictos irresueltos, se manifiesta cierta inadecuación al no comprender la protagonista los mecanismos externos que prepondera en el sistema cultural. La forma de purgar sus emociones es inmediatamente a través del sexo, sin presentir las consecuencias, busca construir afecto y relaciones sólidas, en lugar de abordar esta mecánica desde un sentido funcional y de contacto efímero. Concepción que comienza a transfigurarse  hasta el momento de hacer acto de presencia Asilana en su vida. Con aquel personaje no se relaciona con los mismos parámetros que con los que se maneja con los demás vínculos de su entorno. El sentido de lo sexual sufre un desplazamiento a partir de ella, porque si bien no se concreta en ningún momento de manera explícita, toma otra forma por fuera de la concepción general con la que propone en ese contexto cultural ficticio. Se desenvuelve bajo el signo del erotismo, hasta de lo maternal inclusive, de un deseo implícito pero que acarrea cuestiones más profundas que el acto genital en sí mismo. Aquella unión particular se materializa por, y mediante, el cabello. Funciona de manera simbólica en tanto un nexo del cuidado afectivo y erótico entre las dos, la extensión de una comunión incomprendida pero distinguible de las demás formas de sexualidad. La manera en que comporta un elemento sexual por un lado y por el otro, un elemento de dedicación inaudita, desde la ternura y la delicadez, cual fuente frágil de los pasados inconciliables y postergados de ambas. Es entonces, que a partir de la interrupción abrupta del desarrollo de esa interacción particular, le es imposibilitada ahondar en esa concepción debido a la ausencia del correcto cuidado de ese nexo material que las entrelazaba a ambas, nuevamente sucede un quiebre en cuanto las consideraciones sexuales de Fernanda. En el final del arco narrativo, es el momento en el cual el pulso sexual se vuelve una práctica desprovista de consideraciones sentimentales o ambiguas. El siguiente pasaje refleja en gran medida esa nueva distancia: “Una vez cuando tenía 27 algo así como 27, quise levantarme a una mujer de 50. No me resulto…ella era culta y mucho más joven que yo ahora. Una gran señora de la clase media”. Aquella idea de la sexualidad, a la que no terminaba de suscribirse por completo en la primera instancia narrativa de la obra,  la adopta finalmente para tomar el signo de la asimilación de una sexualidad comprendida desde la base de lo pragmático sobre aquella, una postura que entiende que se correspondería más a su edad. La importancia del sexo ya no recae en una complementación de la interactividad de las personas y de un mecanismo de apropiación de los atributos físicos de los demás, y ni mucho menos conlleva a un sentido entendido desde el erotismo o del cariño como ocurría con Asilana, sino que esa idea del sexo como mera técnica social y pragmática es el único aspecto que puede ejercer y mantener todavía latente de los vestigios de lo que fue la relativa regularidad de su vida mundana. Una de las pocas cosas que se mantienen perdurables todavía, a pesar de los matices, el único elemento que le es propio y que termina por entender bajo la función de una razón primera y práctica. Elemento que, en la instancia final, la define a salvo de la insanidad o de la confusión del tiempo; la herramienta de la voluntad sexual como fragmento indisoluble de su identidad integra frente a la informalidad de la locura.

Conclusión

A lo largo de este trabajo se ha analizado como la constitución de rasgos y el papel social, en el cual se desenvuelven las personas dentro del entorno social y ficticio de la obra, se fundamenta en una enmarañada trabazón de conflictos y relaciones entre las figuras sociales en contraste con las valoraciones de estas y las propias de la protagonista. Por esta razón podemos concluir que el conflicto narrativo se desarrolla mediante determinados procedimientos formales y temáticos en la obra, en tanto, como concepto liberador y la búsqueda por la figura de la infancia en los diferentes grupos sociales, como también en la figura de la sexualidad ya sea como factor de conclusividad o transición en la evolución de la protagonista en su intento de comprender el mundo, y también en un aspecto constructivo como delimitante en la caracterización y en las acciones de la protagonista y demás personajes.

Estos elementos analizados nos permiten afirmar que es en calor del conflicto social, en términos de diferencia inconciliable entre lo interno y externo, que las personas abrazan o rechazan ciertos esquemas y configuraciones sociales. A efectos productivos de reflexión y deconstrucción se pueden comparar las tensiones tratadas en la literatura de Durazno reverdeciente como reflejo y representaciones semejantes a las que atañe a nuestra realidad social. Una salida mediante una propuesta literaria para ver más allá a la convivencia de valores y consideraciones personales en tonos de confrontación o exclusión mutua, entender cuáles son las verdaderos tejidos, miedos y fortalezas que nos atraviesan a todos como sociedad y como humanos.  

Bibliografía

Chevalier, Jean, Gherrbran, Alaint (1986). Diccionario de los símbolos. Barcelona, Editorial Herder. Traducción y notas de Silvar, Manuel y Arturo Rodríguez.

Moreno, María (2006). “La flor de mi secreto”. Buenos Aires: Página 12.

Rosetti, Dalia (2005). “Durazno reverdeciente” en: Me encantaría que gustes de mí y otros relatos. Buenos Aires, Mansalva.

Vasallo, Isabel (2018). “Narrador”, en: Géneros, procedimientos, contextos. Buenos Aires, Argentina: Ediciones UNGS.

Vedda, Miguel (2011). “Emancipación humana y “felicidad no disciplinada”. Walter Benjamín y la poética del cuento de hadas”, en: La irrealidad de la desesperación. Buenos Aires: Gorla.

Cosas de elefantes

Tenia ganas de escribir muchas cosas esta semana, pero como siempre el olvido me ganó de mano y todavía no me las quiere devolver. El problema es que no sé donde deje la libretita en donde anoto todo lo que se me ocurre ¿No es frustrante cuando las ideas se pierden en la nada? De todas maneras, no creo que hayan sido genialidades pero eran cosas que quería rescatar de lo mundano. Como cuando recién te levantas y sabes que soñaste algo muy bueno y satisfactorio y aunque hagas demasiada fuerza neuronal no podes acceder más que a una sensación, un fantasma que se diluye con cada segundo de vigilia. Pero no hablemos del olvido. No quiero hablar de cosas que no entiendo. No sé de que quiero hablar en realidad. Ese es el tema supongo, todas estas semanas los resultados de escribir no fueron más que un compendio de borradores sin mucha forma. Tampoco es que tuviera mucho tiempo, estuve con los parciales y algunos trabajos. Pero en esos momentos de estudio, entre la teoría de este y la teoría de aquel, mi cerebro buscaba apaciguarse en alguna historia y empezaba a dispersarse en el aire con  cosas que quisiera contar cuando ocurriese un momento libre como este. Eran cosas buenas, o me parecían buenas, dignas. Pero no podía escribir, no podia darme el lujo de invertir un tiempo escaso en otra cosa que podría implicar un margen de nota letal. Y resulta extraño, ¿no?, cuando uno esta hasta el cuello de obligaciones y sin embargo la mínima boludes se convierte en la más ansiada maravilla: un mensaje cualquiera en en celular, una película que viste ochocientas veces, estar leyendo y de repente en algún descuido masticar un pensamiento y que este te lleve a otro y ese a otro y ese a otro y cuando volves a mirar el reloj ya pasaron un par de horas, o cualquier propuesta del mundo significa el sentido de la vida a seguir. Creo que entra en juego también la culpa, el deseo, las consecuencias; un juego tonto de infidelidades propias. En fin, todo tiene un sabor más irresistible cuando sentis que los segundos se te van de las manos. Quizás esa sea una forma de vivir, la más vertiginosa en las que se pueda resucitar las pasiones. Pero no me gusta, aunque es lindo disfrutar de algo que sabes que es momentáneo, las cosas rara vez salen bien si se las apura. Prefiero mi forma, tomarme mi tiempo cuando me doy un gusto: amordazar al reloj para que no me diga nada, y entonces hacer lo mio con una eternidad fabricada a la medida de mis placeres. No siempre, es claro. Solo cuando se puede, justo como ahora que estoy más libre de presiones si se quiere. Si bien las cosas a estudiar son disfrutables, en algún punto, también cualquier tipo de examen exige un criterio a superar, la tensión de ser evaluado y examinado. Otro problema también es el de la libertad, o la supuesta idea de esta. No sé muy bien que hacer con ella, en realidad nunca lo sé con seguridad. Ocurre cada vez que me siento superado en algo. ¿Hacia donde ir ahora? Como esas cosas que cuentan de los circos, de esas historias de elefantes que, atados a un vulgar y simple poste de madera, no se escapan. El truco es hacerle creer que su fuerza todavía sigue siendo la de un elefante menor, que aquel poste es inamovible, irrebatible. Y ahí se quedan, creyendo que sus fuerzas siguen siendo las mismas e insuficientes que las de la infancia. Siempre así, creyendo. Ese es el truco, pensar que nunca es suficiente y no intentarlo. ¿Pero que pasa cuando el poste cede? Quedarse perplejo o seguir, seria el asunto. Quieto, de seguro que no. Seria tonto a estas alturas. Pero en ese punto estoy ahora, en el que no tengo muy claro que hacer con mi fuerza: el tronco colapsó contra el piso abriéndose en nuevos limites, en nuevas posibilidades. Pánico y satisfacción, ¿es posible tal mezcla? Estuve pensando un poco, algunas ideas tengo,  pero no sé cuales merecerán el intento. Y que no se piense que es algo angustiante, es más, es un lindo problema. Por lo pronto, retomar algunas cosas pospuestas, algunos vínculos, algunos libros dejados a la mitad, ver alguna familia, mezclarme entre la gente, responder un poco más. Reanudar y volver a ser. Siento que es adecuado el momento para amigarse con las cosas que siguen resonando, a pesar de que todavía hay algunos postes que llevo a rastras en el caminar. Pero…¿quién no? Ya se me van a desatar de las patas con el caminar, o quizás alguien pise las sogas por mí. Para eso estamos los elefantes, ¿o no?