Botella al mar

Últimamente me visitan muchas amistades, y algunas que tal vez no lo sean tanto. No importa, disfruto conversar con cada una de ellas. Aparecen como si se tratase de un sketch cómico estilo sitcom: saliendo uno y al minuto apareciendo otro, y así, como si se las ingeniasen para turnarse en secreto y a continuación aportando cada uno su chiste. Quizás debe ser porque no me mueva mucho durante el día, soy un punto de interés al alcance; esta semana tocó devolver las horas invertidas en una fugaz escapada a esa vida que nunca termine de abrazar. Un respiro de agua y de arena. No sé, esas personas logran llenarme los días, cosa que no ocurría antes. Sus voces me convidan con buenos ánimos, y algunos me hacen notar de que les parezco cambiado en cierta forma. No sé, quizás… puede que sienta la mirada menos pesada. Nunca sabria decir con seguridad cuando algo ya no es más en mí.

Uno de estos amigos, sin saber que yo sé, dentro de poco seria padre. Es algo injusto para las mujeres pensar que ellas solas dominan el deporte del chisme. No me lo dijo y me divierte percibir cómo arremete hacia cualquier otro tema a mano cada vez que intento una confesión de su boca. No lo puedo culpar, es mejor evitar avalanchas de bromas y alboroto innecesario por parte de nosotros. ¿Quién lo diría, no?, hasta estremece un poco saber que uno de nosotros genera un comienzo en otro ser. En otra ocasión, uno de estos amigos me arrimó la noticia de que una antigua compañera de colegio había fallecido, después de una larga y complicada enfermedad. Nunca la conocí más allá de un hola en los recreos. Por lo que sabia, era parecida a mí en algún punto, de esas personas que no se suelen recordar por algún atributo en especial. Una hermana en la discreción. No pude hacer nada para defenderme de esa novedad, pues una profunda pena me asaltó el humor, en aquella tarde. Luego, en reflexiones de almohada, esa sensación derivaría en un terror desconocido que me sacudia la piel. Era claro: ya no eramos intocables, nunca lo fuimos. Tal asi, que me pongo a pensar cada tarde, intentando buscar explicaciones lógicas a la aparente levedad de mis padeceres. Pero no hay punto de comparación a tráves de la razón, porque las ideas no tienen nada que ver. Estoy más jodido de lo que creia en mi absurdo privado. Y es, en el fracaso de un diagnóstico en concreto, que vuelvo a ese padre encubierto y a esa chica de perfil bajo, y me hallo ridículo al considerarme ante aquellos. Como si todavia no pudiera negarme a sentarme a jugar entre la gravedad de ambos extremos. Cada vez que lo advierto, el tiempo respira con más vehemencia impaciente y ni siquiera me digno a escoger un bando, tan inapropiado con mi proceder de niño. No queriendo madurar sentires verdes por un modo de vincularme con el mundo y la gente más responsable que el actual. Se trata de mariposas y de un niño que no sabe sentir de otra forma más curtida, el incansable juego. Al mismo tiempo me vislumbro sin control alguno, de flanco a la muerte y a la vida, y en medio de esa lucha trágica me obliga a acompañarlo mientras juega con la misma mariposa inquieta. Qué idiotez tan tierna aquella, se merece su destino, siempre observándola perderse entre las nubes. Bien por ese anhelo alado, mal por aquel nene encaprichado.

De vez en cuando, sueño que despierto y al extender la mano para apagar la condenada alarma, esta allí ese mensaje. No puedo hacer mucho: cientos de huracanes encienden mi pecho y el cuerpo me queda chico para tanta emoción. ¡Al fin, esta allí! Entonces ya no es la alarma impostora. Es una melodía implacable que me trompea la cara con la misma realidad de desgano barrial, y los ojos comienzan a abrirse en desilusión. Sin embargo descubrí que no quiero aprender. Ya sea despierto o durmiendo siempre espero que suenen esas palabras en mi pantalla. Ese muchacho no entiende, la muerte y la vida le carecen de tanto sentido ante esa ardor primario. Y no lo entiendo. Confieso que resolví muchas veces en abandonar a ese niño a su suerte, en algún rincón olvidado. Sin embargo, siempre encuentra el camino de regreso. En medio de la batalla, su mariposa lo trae de vuelta.

Ocurrió una vez más. Después de tanto soñar despierto llegó esa respuesta. Cada vez que siento levantar la mirada de ese mar, y salgo de ese trance, es cuando ocurre. Estaba allí, caminando despacito sobre la orilla, hasta que esa botella llegó con una ola inesperada. Estaba algo castigada por el traqueteo del mar y el tapón ya estaba picado. La levanté y comencé a leer el contenido de su mensaje. Leía sin entender, quedándome de pie un par de horas titubeando. Leía una y otra vez esas deliciosas palabras y de vez en cuando miraba en el horizonte claro, y volvía a leer cada letra y volvía a observar la franja llana del horizonte. En algún lugar, más allá de la neblina marítima y la bruma espumosa, se encontraba la isla de la que provenía ese mensaje. No había un nombre, pero sabia de quién era ese puño y letra. Sabia bien, ¿cómo olvidar?, si cada mañana peleaba contra la marea por atentar sin descanso a borrar sus dibujos en la arena. Tanto era ese esfuerzo que, en flaqueos de rendición, aunque dejase al agua llevarse cualquier rastro, al otro día allí estaba intacta la misma imagen. Ya se dibujaba sola. Y ahora era una decisión a la que creí que nunca me iba a volver enfrentar. Entre el mar y la arena. Temí por mí mismo, cualquier elección siempre me dejaba mirando entre las olas. Alguna vez, recordé que me tiré a puro nado hasta volver a pisar sus tierras: pude llegar pero solo me quedé con un poco de agua en los pulmones. Luego, escuché el revoloteo de unas alas que me dispersaron el manto de dudas hasta dejarse latente la pasión de una respuesta. Ese revoloteo. Me senté de nuevo en la arena, agarré aquel cristal de formas deliciosas y escribí en un trapo viejo lo que me permitieron los huesos de mi sentir. La deposite sobre el lomo de la blanda marea y, con un empujoncito, regresó entre vaivenes, hasta llegar a ser parte a lo lejos de esa linea que cercaba el cielo del océano. Me quedé pensando, una vez más en trance. Quizás tantas botellas no tengan un sentido claro después de todo. Siempre llegó a la idea amarga que cuando lleguen mis botellas a sus orillas, su llamado ya no será necesidad de palabras. Quizás, si es que le llegan mis palabras, ya no será la misma voluntad que tiró esa botella al mar; quizás, y como es mi suerte seguramente, tan solo volverá a acomodarse a lo que teme ser, prefiriendo olvidar algún día este juego atemporal de cristales y palabras tardías. Así, mis pies volverán a caminar irremediablemente, a la vez que escucho a las aves y sus graznidos mezclarse junto a la sinfonía incesante del agua, creyendo y tan solo ansiando creer que, como si fuera un ser diferente, ignorare la llegada de nuevos cristales agrietados. Quizás con un poco de suerte, no. Quizás esta vez sea lo contrario, y tan solo no deba hacer más que aminorar los latidos al pulso de cada oleada cotidiana. En trance y descentrado, con los brazos sobre las rodillas, sigo mirando paciente hacia el mar. Un revoloteo intrínseco me motiva a esperar.

 

Pero no, falta algo. Siempre es azúcar amargo cualquier relato. De la impotencia de no saber liberar una escritura honesta, que quema a mordidas en el puño al ser relevada por estas ridículas metáforas. Perdón, Chinaski. Por suerte nunca abrirás esta botella.

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Instantáneas

En ciertas noches tranquilas, mientras escribo o paseo en letras ajenas, presiento una figura que se escurre entre la oscuridad que me rodea. Me rio en secreto y simulo no haber notado que me observa atento. Ya no es motivo de susto. Solamente es un pequeño duende despeinado con la curiosidad y un insomnio de pañales. A continuación, es ejercicio cotidiano a seguir: con dificultad intento localizar su rostro risueño entre la cortina de tinieblas, y una vez que mi mirada fija su pequeña silueta, una risotada aguda me devuelve el gesto. Es un extraño privilegio, casi siempre me invita al mismo juego.  Lo dejo un rato y una vez saciada sus travesuras nocturnas, toca cargarlo de nuevo para devolverlo junto al sueño de su madre.

En algún verano impreciso, un hermano nos fulminaba con la noticia de que partía hacia mejores oportunidades. Entonces, en una coincidencia unánime de voluntades, la necesidad imperiosa de arponear a la tristeza y navegar en la última aventura de una amistad en ascuas se hizo misión. Quizás, el último homenaje bonaerense, cual recuerdo de una postal nocturna para que luego añorase en tierras de acentos graciosos. Así que allá nos fuimos, buscando perdernos en el fondo de una noche sempiterna. En otras palabras, lo de siempre… fuimos. Fuimos futbolistas virtuales entre gastadas, apologías de hermanas y alcohol. Fuimos hermanos apaciguando las broncas naiperas con pizzas fuleras y rockanrolles hambrientos. Fuimos caminantes crepusculares pateando las calles y llenándolas a gritos con anécdotas y recuerdos de tiempos de mejillas lampiñas. Fuimos una banda de perdedores hermosos irrumpiendo en bares y desafiantes soberbios, a propios y extraños, siempre por más fichas de pool y, todavía aún, por más pintas de cervezas. Fuimos una última vez, bajo el sosiego de una luna de pasiones rotas y de lágrimas ocultas. Y como siempre ocurre con las buenas eternidades, la nuestra acabo. Comenzábamos a percibir que la madrugada se diluía junto a nuestras pasiones. No quise quedarme hasta la mañana, el maldito sol se lo llevaría. Restaba lo inevitable… Buena suerte y hasta luego, un abrazo sentido y bajar la calle sin mirar atrás. Desde entonces algo cambiaría para todos.

Era la maldita espera de una Navidad, como no puede ser de otra manera; artificial espera. El tiempo me punzaba la paciencia así que dije, ahora vuelvo. Nadie escuchó. Zapatillas livianas y pensamientos pesados, mucho más no me hacia falta. Me disponía a correr los limites de mi cansancio, a perderme de mí mismo en calles que no me conocieran demasiado; de vez en cuando algo me pide hacerlo. Fue de ese modo, que de repente mis piernas me habían llevado a una ciudad que hace años no me pertenecía, a veredas y a calles que solo cantaban melodías de silencio y de ausencia. Cuando me di cuenta de que la gente había sido extirpada del ruido urbano, comencé a caminar con la actitud pausada de un poseedor temporal de aquellas dimensiones de cemento y cortinas metálicas. Caminé un largo rato entre edificios y formaciones de locales desiertos hasta que llegué a un lugar que conocía bien. Proseguí a medirlo en pasos y en hondas bocanadas de aire, y, después de refrescarme la frente en una fuente, me quedé tendido bajo la compañía de un árbol extranjero. Tampoco había nadie allí, nadie que valiera el esfuerzo. Vaya a saber quién, por cuanto me quedé contemplando los pedazos de cielo rebeldes que se le escapaban a la maraña de hojas y ramas; me quede contemplando e imaginando las imágenes de todos esos lugares que me esperaban y también de aquellos que no. Hasta que los faros y las luces colgantes aparecieron por toda la cuadra junto con la noticia de que ya era tarde, ya no había colectivos que me llevarían a casa. Pero eso no me importó, hace tiempo que nunca me regresaban al lugar que anhelaba.

En una de esas mañanas de colegios fugaces y soles cegadores, me encontré a la Muerte descansando con asquerosa impunidad en una vieja y desvencijada ruta. El colectivo paró entonces, y todos los ojos, con una curiosidad de piedad mórbida, la miraban a cuestas de un alma que quería volver a tomar aire al lado del camino. Los años infantes me protegieron al principio, tapándome toda la verdad del asunto, pero no sirvió aquella venda suave porque, más temprano que tarde, esa verdad alcanzaría a quebrar algo dentro de mí: al levantar la vista, las sombras en el rostro de mi viejo me dijeron todo. Un crujido. La inocencia se agrietó para siempre. Pese a la quietud de los años, de vez en cuando la vuelvo a cruzar, con la misma impunidad que acostumbra relucir, pero en cada ocasión intento no contemplarla ingenuo y estático como aquella vez. Mi viejo no lo hizo.

Fue en una tarde de misas y de gritos; fue de  esas tardes que no se limpian con el tiempo, ni con otras voces venideras. Fue bajo un árbol extranjero en el cual comenzó a quemar el hechizo de un bucle de misterios y perfumes indescifrables. Y sin darme cuenta, derramado en ese encanto, la entropía de unos dedos lastimados comenzaron a moldear mi piel en formas que nunca antes había visto. Yo solo podía parpadear ante ese acto, deseando en secreto que aquello nunca terminara. Era fascinante ese dolor, ese apego compulsivo. Cuanta dicha al ser espectador de esa obsesión inaudita por lamer heridas extrañas e ignorar los estigmas propios. Agujas y alfileres, me anticiparon unos Ramones, de regreso a casa. No importa, les dije: con ese aroma de chocolate e ilusión, que rebozaba desde mi mochila,  ya estaba convencido.

Ayer un fotógrafo renegado me explicó las razones de porqué ya no encierra con su cámara los sentires del día a día. – Seria una infidelidad -me dijo mientras jugaba con su encendedor-. Una crueldad seria privar al pasado de la posibilidad de mutación: imagínate qué aburrido además, el creerme capaz de sujetar todo tal cómo fue, en un pedazo de papel o en un puñado de pixeles. Una crueldad para vos, para mí, para cualquiera. No hay muchas personas que puedan mirar fijamente a los ojos a su pasado, sin pestañear en remordimientos o en insatisfacciones. La memoria cuenta mejor cualquier recuerdo, transforma a las realidades muertas en añoranzas más amables y pone partes vistosas en huecos que no son muy lindos de enseñar. Mejor no te mates y no preguntes más. Seguí haciendo lo que haces -se había parado y dejó un par de billetes sobre el mostrador-. Inventa cada historia, create cada final. La distancia endulza cualquier recuerdo, ya sabes. Vas a poder dormir más tranquilo.

Y entonces, tras cruzar el umbral desapareció aquel perdedor hermoso, colgando desde su cuello esas instantáneas que jamas revelaría.

Habría que inventarlas.

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Fotografía: Alan Quiroga

Simpatía por la empatía

A veces sentado en algún café, o alguna esquina cualquiera, me detengo por un rato y pienso que me gusta la gente. Pero ojo, no siempre, no bajo cualquier circunstancia. Solo me nace una pasión filántropa en el cuerpo cuando la gente pareciera moverse por fuera de sus disfraces. No sé, vos sabes, por ejemplo me gusta cuando se olvidan de persignarse delante de una iglesia o cuando no recurren a la facilidad dialógica de rellenar las pausas con charlas climáticas, cuando tan solo callan ante el ruido. Me gusta la gente cuando sin importarles se delatan y se les puede notar como se les mueve un pie travieso al son de una melodía lejana o cuando algún loco de esos cruza la peatonal a la vez que toca un solo de batería triunfal en el aire o cuando no pueden hacer nada y se llenan de ternura y de compasión ante algún acto desinteresado e inesperado. Qué cosa digna de escuchar también cuando por alguna razón o berrinche se quiebran de modales y se le escapan kilos y kilos de demonios en puteadas coloridas. Qué satisfacción ver a la gente cuando no se queda atrás y persigue a un colectivo, y mucho más aun me gusta cuando lo alcanzan. Me gusta curiosear a lo lejos a la gente solitaria que habita por los bancos de plazas y parques y se quedan gastando un cigarro mientras miran al mundo girar. Qué decir de la gente cuando te regala una historia, o mejor dicho un pedacito de sus vidas, sin dejar de mencionar también a esos locos en extinción que pasan con ramos de flores en la mano, triunfantes y orgullosos de posibles cariños venideros. Llegas a entrañar a esa comedia cotidiana cuando ves a la gente que pide indicaciones de calles que no conoce y sin faltar a aquellos que, por no decir que no saben ni diablo, los mandan a cualquier lado. Me gusta cuando gente extraña pasa por tu lado y te saluda sin más, solo por el placer de la cortesía vecinal, o cuando suelo toparme por la calle con maniquíes pensantes que, ausentes como carcasas huecas, hacen que me pregunte en qué reflexión de cortocircuito o en qué punto del horizonte intentarán recuperar aquellas infancias extraviadas. Me gusta la gente cuando van y vienen por las veredas y se besan y de repente discuten como niños y luego de nuevo se besan o, aún más, me gusta cuando te saludan con un apretón de mano que te deja latiendo los dedos, pero eso sí, no puede faltar una mirada respetuosa a los ojos. Me gusta la gente cuando te jubila sin preguntarte y te dice señor o cuando te cubren con pañales y te clavan un muchacho. Me gusta la gente cuando no escucha los susurros de celulares apresurados o cuando te comparte, junto unas rondas de amargos, una charla sin que las tres agujas nos estén presionen las horas. Me gusta cuando se arman de sinceridad y ante un “¿todo bien? te contestan con un no, y te confían las razones pertinentes a la dolencia, pero también disfruto de aquellos que piden a gritos de silencio que adivines entre sus “sí, todo bien” la historia de un desamor o un proyecto desmoronado. De igual forma, asunto triste cuando no quieren decir adiós y se alejan de espaldas hasta perderse de vista en el devenir de los meses. Asunto grato cuando abrazos de reencuentro estallan contra el tiempo y la distancia. Que sé yo, cosas simples, cuando te refresca el animo con un gracias o un bien marcado buenos días, o bien, cuando desnudos de argumentos prefieren ceder, del mismo modo que cuando intolerables a lo injusto deciden resistir. Y entonces, decime, ¿qué le puedo hacer? Me gusta la gente y todo eso que hace sin saber muchas veces si entiende bien las acciones que hace. Si comprende siquiera el significado calve a la estabilidad total de un rompecabezas de voluntades entretejidas. Si entiende cuando se ríe fuerte, cuando sospecha, cuando se incomoda y se queda alerta, cuando se hermanan con miedos forasteros o alegrías vecinas, cuando festejan victorias colectivas, cuando entierran broncas de herencia, cuando se olvidan de ser gente y comienzan a volver a sus guaridas para otro mañana, a volver a ser madres y padres y hermanos y amantes y amigos y soñadores, todos soñadores.

Pero es allí que ocurre, la noche me encuentra bajo la vidriera de siempre, y me alegra porqué es cuando descubro que en aquel momento se intensifica como nunca mi simpatía por la gente. Porque las calles y la ausencia de ellos te devuelven a mi lado. A vos y esa última luz de tu sonrisa apagada que, en una suave curva de fatiga, me alumbra de tranquilidad mi alma, mi todo. Entonces recuerdo que todo puede estar bien, que ahora solamente somos nosotros. Una simple ciudad de dos personas deseando, con inútil fuerza, que en la mañana no volvamos a ser parte de la gente que ahora se encuentra dormida.

Como todos los demás, me saco mi traje. Me miras y pestañeas aliviada.

Es hora de volver a casa, me decís.

Yo te sigo.

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Fotografía: Alan Quiroga

Desorden

El problema era este, y lo sabía desde el comienzo. Desde que escuché a aquel bohemio esporádico con su propuesta casi insostenible. No es gran problema realmente sino es una cuestión de inconformidad con el producto resultante. Porque si el asunto es sobre qué escribir, siempre hay algo sobre lo que apuntar, como la ironía de todo esto: de la problemática de no estar seguro de qué escribir. Otro amigo suele decir que no hay mejor momento de entrenar cuando no se tiene ganas de hacerlo, y supongo que esto es una suerte de entrenamiento. Es cierto que material hay de donde agarrar. Decenas de borradores en el contador -que sinceramente no recuerdo de qué van- me imploran por ser terminados, algo así a lo “Padre… dame piernas”. Entonces, ¿el problema es el tiempo? Pero si ahora el tiempo me es relativamente abundante -por lo menos hay más espacio en mis horas libres-. Y, aunque siga administrando mi agenda igual de mal que siempre, si busco un espacio en el día para escribir lo encuentro. Siendo así, ¿quizás sea el sentimiento utilizado o la falta de él? El hecho de no escribir con la emoción correcta, si es que la hay. ¿Y cuál es esa emoción para mí? ¿Con cuál lo estoy haciendo ahora mismo? En lo usual intento escribir con calma, muy pocas con furia, y casi todas con algo de melancolía. Supongo, que en un puñado de entradas el cariño fue el artesano principal y en otras tantas el desconcierto por no saber recuperar nada ni volver a ningún lugar donde hacer pie. Si lo pienso quizás las relaciones tengan algo de eso, de germinar de determinada manera según las emociones invertidas. No soy muy despierto en cuestiones de causa- efecto; algo de sapiencia solo en las tradicionales. El odio hará crecer odio y el afecto hará crecer afecto -es claro que la regla no siempre se cumple-. Y por qué no, el sexo también es un terreno donde según con qué elemento lo alimentes el efecto será satisfactorio a más no poder o decadente en los peores escenarios. Si uno lo analiza con más profundidad el efecto queda en segundo plano, lo que importa es la transición y los modos hacia ese desenlace. Las maneras en las que se percibe el pulso de las sensaciones amalgamadas entre dos -o más, ¿por qué no?- personas coincidentes en un mismo tiempo y espacio. Por ende, más tarde o temprano la finalidad los abrazará o quizás no, a veces no es necesario. En tal caso, debe ser más acertado hablar de cuál es el propósito que se busca generar con las acciones. ¿Sigo hablando de escritura? Supongamos que sí. Acá cobra el papel principal el sentido pragmático de las palabras, ya sean usadas como una espada para adentrarse venenosas en ingenuas heridas o como una suave pluma para acariciar cualquier mirada. Hay demás usos en juego como el entretener, el informar, el explicar o, en menores casos, el de transcender. En mis siempre inútiles intentos creo perseguir aquel último, el de dejar algo de mí en todo esto explayado en hojas que no existen, pero en lo profundo de mis intenciones me conformo, y se me agasaja de sobremanera la voluntad, con saber que tan solo llegó a acariciar con alguna palabra siquiera. Siempre es mejor construir futuros a fuerza de sensaciones que hagan cosquillas sobre cualquier trastorno pasado. Ahuyentar las sombras en el otro, con un grito de alivio; algún día tal vez aprenda a curar de esa manera. Por lo pronto seguiré buscando de qué escribir, aunque no resulte necesario.

Siempre es hoy

Hoy me despertó la lluvia rumiando desde la ventana. Al principio me molestó el hecho de que me había arruinado las cosas por hacer durante el día, pero después recordé que para mí un día lluvioso vale por dos ante cualquiera de los soleados. Lo malo de la lluvia es que alguna vez tiene que parar -quizás en algunas ocasiones sea menester que pare-. Hoy me levantó una energía diferente, la revelación de una fuerza inesperada en el cuerpo. Las articulaciones livianas, las piernas turgentes, los brazos en alto. Supe que el fruto de tanta fatiga había emergido después de tanto tiempo. Hoy me dieron los primeros saludos de la mañana pensamientos más blandos que los de costumbre. Y entonces supe que podía encontrar alivio de mis reflexiones tanto en el aire caliente de la taza de un té como en oxigeno fresco de las nubes. Hoy se me abrieron los ojos con ganas de mirar otros cielos, se me envalentonó el olfato con ansias de respirar otros fuegos, los oídos volvieron sin miedo de abrazar otras promesas, mis manos vibraron abstinentes y compulsivas por acariciar el presente.

Ayer brazos amigos me recibieron con más cariño que antes, y las lindas rutinas que había dejado en suspenso volvieron a nutrirme con sus enseñanzas. Ayer retomé mi aprendizaje con más convicción, con un salto que brota desde la necesidad de ser alguien mejor cada mañana. Ayer me durmió otra voz. Una que adora los juegos y que saborea las letras con placer insólito. Una sensibilidad algo difícil de seguir, quizás porque no se presenta bajo moldes confortables ni se retrae ante las diferencias de espíritu. Ayer una frenética y hermosa locura me enseñó sus artes y su vida con tanta pasión y sinceridad que nuevamente tuve miedo de olvidarme de mis fuerzas. Ayer una flor en llamas me hizo redescubrir que siempre es grato crear espejos a través de las palabras, que nunca es cosa menor el sentir que uno puede estar arrimado y considerado por una perspectiva similar y la vez divergente del ritmo que nos imprime el mundo. Y mientras hacia pie en estas instantáneas y contemplaba mi infernal festival de ayeres, el día me pareció tan normal, tan de hemorragia cotidiana que de alguna manera ya no me importó el no escuchar las palabras que tanto tiempo desee volver a escuchar. Lo acepté, me dolió y volví a respirar. No importa, ya conozco el final. Si se escucha bien a los comportamientos adecuados no es de gran dificultad anticipar el mañana.

Hoy me desperté con la lluvia rumiando desde la ventana.

Comencemos de nuevo

Bueno, a ver… comencemos de nuevo. Es tiempo de retomar el propósito inicial después de tanto tiempo dormido. Recordar que es deber mio y solo mio afilar a diario la única espada con la que cuento. Comencemos de nuevo, pero esta vez sin ataduras, con la pluma desnuda de un proceder indulgente. Correr sin hacer piruetas locas para la mirada autocomplaciente de nadie, ni siquiera ante la mía. Escribir aunque moleste, escribir aunque no siempre cure, pero no dejar de hacerlo en ningún momento. Comencemos de nuevo, pero esta vez hay que hacerlo bien, sabiendo que es menester renegar del silencio y salir huyendo de aquellos que no saben pagar más que con ausencia. Y aunque a veces resulte tentador alimentarse de aquel fruto seco, de las confusiones que atañen el alma, entender que si bailas cada noche la misma balada agridulce con la nostalgia se corre el riesgo de mancharte de eso tan gris que ya nunca se lava. Comencemos de nuevo, aunque falten las ganas o el resultado no prometa demasiado. Si es claro que la decadencia y la vida se incordian y se aman irresueltos sobre los inestables afanes de transcendencia. Ejercitar el músculo de la letra sin importar del aspecto de la vida que se trate: del amor y el fracaso, de un nido que se avista en el árbol de la esquina, de la muerte y su consuelo, de una bronca inesperada, de la desilusión de un mundo que tiende a oscurecerse más, o quizás del miedo de oscurecerme demasiado para con el mundo. Comencemos de nuevo, pero guiándome con tan solo un puñado de estrellas en el cielo nublado. Perseguir un norte que me indique hasta donde llegará en dimensiones esta construcción irreal de prosas que respiran recuerdos y suspiran anhelos, hasta que impresiones calaran el peso de mi voz. Qué tan alto me elevara sobre todo, e inclusive de mi mismo, mi montaña de palabras y silabas. Un nuevo comienzo entendiendo que después de todo esta herida es lo único que tengo, esta sensación de siempre necesitar comenzar de nuevo y así escribir y escribir, y seguir y seguir, para sentirme vivo entre tantas dudas y tantos laberintos de voluntades. Crear y crear sin saber con certeza si las palabras terminarán por arrojarme por encima de todo esto o si tan solo sucumbiré entre ellas hasta hundirme en mi locura constante, hasta que mis manos no hagan otra cosa que beber del incansable tic- tic que dicta el teclado. No lo sé, no importa: solo hay que escribir. Y así vivir.

Comencemos de nuevo y veamos hasta donde puede llegar esta isla, mi pedazo de arena en la nada. En qué termina, si es que alguna vez termina, derivando este fragmento tan intimo y ajeno al mismo tiempo de palabras y entradas. Comencemos para ver, para medir en cuantas toneladas de espacios en blancos lograré salpicar y contaminar de todas mis sombras y las luces que conviven en mi palabrería hirviente. Comencemos de nuevo, pero sin ninguna idea clara ni intención oculta. Registrar el llanto y la risa como un ente por fuera de todo, como un hornero silencioso que con el pulso de los días y los latidos cotidianos junta paciente ramita tras ramita, pena tras pena, alegría tras alegría, sin saber muy bien la naturaleza de su imposible morada.

Comencemos de nuevo, y esta vez si tiene que arder que arda y si tiene que asustar que asuste. No volver a necesitar de nuevo el cachetazo fraternal, o tener que escuchar una seductora voz universal que me tenga que hacer recordar mi maldita condición de arquitecto irrealista. Hilvanar una monstruosa y hermosa construcción de entradas, sin las indicaciones del otro y así si alguna vez decido mirar hacia atrás contemplar con cierto orgullo aquel extraño archipiélago mental. Y entonces llevarla del hilo del pensamiento hacia todos lados, como un globo inflado de pasado y ansias que me siga flotante a todos los lugares que vaya. De tener la posibilidad para cuando lo desee de retroceder y salvaguardarme entre todos sus recovecos, qué importa si son escuetos y filosos, de escalar entre los pilares brillantes y dulces, para al fin lograr hacer pie y descansar en las cumbres de mis metáforas y luego pegar un grito, un quejido vibrante que precipite con igual fuerza en palabras nuevas que endulcen a ese ahogo. De ese ahogo, de aquella incipiente sentencia de saberme perdido a la orilla del mundo, de que pese a todo siempre seré un hermoso náufrago.

¡Felicidades!

Promociones de dos por uno en pan dulces y turrones, luces chillonas vistiendo las entradas de cada casa, las calles repletas de personas buscando anticiparse lo mejor posible a las ofertas de etiquetas rojas y verdes. Ok… lo voy entendiendo: se acercan las fiestas. Navidad y fin de año están a unos días de distancia, y, como no puede ser de otra manera, la sensación de una clausura inminente también. Pasa que cuando comienza a mostrarse esta verdad uno no puede evitar preguntarse, “¿qué carajo hice este año de mi vida?”. Y si no te lo preguntaste todavía, al menos lo habrás escuchado, es difícil que no aparezca en alguna conversación esto, alguna que otra observación sobre la velocidad despiadada del acontecer del 2018. ¿Y yo qué carajo hice este año de la mía? No sé si vale preguntarse por eso. Siempre me resultó un poco absurdo tener que hacer una suerte de balance de cuentas tan solo porque al ocho se le cambia un nueve en el calendario. Siempre pasan cosas, aunque uno acepté o reniegue de esta sólida sentencia. Supongo que ocurrieron un poco de ambas: el panorama está entretejido por cosas interesantes y también las banales de siempre si miro sobre el hombro. Aunque es cierto que ahora, la transición de este año al otro me agarra con los objetivos totalmente diferentes. No soy el mismo que el de agosto o marzo, aún menos que el de enero. Y puede ser que sí un poco.. que la velocidad del tiempo parezca ser reciente en la piel de cada año que se despide, pero eso es solamente porque hundido en las trabazones de nuestras comedias y tragedias diarias no esperamos que se presente el inevitable final de cada acto. El tiempo deja de pesar en la mente si se lo entiende en el ardor del efecto mismo, porque ocurre que deja de sacudir en nuestros corazones cuando se llora al mundo o, mejor aún, cuando se lo ríe. Después, es lógico que las vivencias nos parezcan insignificantes y huecas si no hacemos mucho más que agruparlas dentro de categorías anuales, es claro  que cualquier cumulo de episodios es estrecho en valor si se lo mira desde una perspectiva distante. Y Einstein seguramente se estaría revolcando en su tumba si fuera testigo de mi bruta comprensión de su pensamiento sobre el tiempo, en realidad nunca la entendí ni me tomé el tiempo, pero reconozco dentro de mi limitada sapiencia que hay mucha belleza en la precisión de esa teoría. Todo parece mucho más intenso y condensando si se lo contempla desde la vista de eternidades inabordables, fugitivas de cualquier agenda, cuando a las cosas se las sufren realmente. Y me refiero a un sufrimiento que abarca su más amplio sentido, ya sea si se sufre algo con alegrías, con heridas, con carcajadas, o bien, con gritos de locura como alaridos de orgasmos. Todo parece interminable cuando nos permitimos que la emoción interceda por nosotros. Y tal vez sea eso lo que pasa a finales de cada año, el sentir que no se ha sentido demasiado. Lo único que puedo decir de mi año al respecto es que pude permitirme sentir un poco más de lo usual y quizás también, que los planes de aparentaban ser de piedra ya no son los mismos.

Pero ni las publicidades ni los planes de asados y cierres de fin de año me hicieron tomar conciencia de un dos mil diecinueve a la vuelta de la esquina. Realmente me di cuenta que estamos transitando por las vísperas de estas fechas la semana pasada. Cuando lo noté frené en seco, como quien está a punto de caer en la orilla y se detiene justo en el borde, perplejo. Estaba corriendo – ahora salgo mucho más que antes- por una calle que desde muy chico no recordaba andar. Esto era claro por la iluminación amarillenta y antigua, el asfalto agrietado y la presencia de malos pastos abriéndose paso entre sus recovecos, la basura acumulada en las esquinas, y sobre todo esas paradas de colectivos cayéndose en pedazos de óxido y de olvido. Por un momento me sentí dentro de un Fallout, algo así como si el mundo hubiese terminado en algún momento y nadie me hubiese avisado. Y entonces corría con la luna a mi espaldas y solo me guiaba por los círculos de luz que se proyectaban en la calle empinada y rota. No tenía miedo, siempre me siento más seguro en la penumbra. Solo me resultaba curioso ese hecho que contrastaba a la vista, una ironía sutil entre ese vecindario de challets precarios y apartados, y la compleja iluminación navideña y seguramente costosa que decoraba  las puertas y los frentes de cada una de ellos. Parecía estar respirando una imagen onírica, cual sumersión soporífera de un trotar suave sobre un camino de redondeles resplandecientes, además de estar rodeado por la respiración rítmica de luces que iban y venían. Iba entretenido en esa imagen cuando en algún momento vi una casa que resaltaba entre las demás por su simpleza. Era de una complejidad tan humilde que, cuando me detuve a observar mejor, creí que se trataba de un galpón un poco más grande de lo normal. Parecía entre la oscuridad del ambiente un cubo gris, mal revocado, con una puerta sencilla como entrada que le seguía una ventana cuadrada, de rejas verdes y no muy forjadas. Me surgió una tristeza que no esperaba al ver todo eso. No sé, esa morada tan en disonancia hasta con la misma decadencia del barrio. Y muchísima más tristeza al notar que entre esas cortinas cuadriculadas cobraba vida el pulso de una luz monótona y pausada. Parecía respirar la casira cuando la luz se mitigaba en la penumbra y luego con calma regresaba a tomar aire cuando resplandecía en un ritmo moribundo, hasta con cierta armonía de angustia. Esa sensación me dio el cachetazo de que relativamente ya era fin de año. Era una angustia reflexiva, algo así como un sabor a premonición, y más aun cuando intente reconstruir en la cabeza a un dueño solitario, que, el veinticuatro a medianoche, brindaba en las tinieblas parciales de su pequeña casa hacia los brazos próximos de un año que le daría lo mismo seguramente. Me sentí triste, no lo pude evitar, y entonces volví a correr las pocas cuadras que quedaban hacia mi casa, esa vez con más rapidez.

Hoy en día, siendo sincero, resulta un poco de molestia el escribir. Y lo siento algo molesto porque no logro entender el por qué lo sigo haciendo, o quizás ese sea el asunto; lo entiendo pero es en esa verdad que en lo profundo sé que atenta con invalidar todo lo que construí mediante palabras en este año. Temo el haber no sido sincero conmigo mismo. Una relación de antídoto- enfermedad porque a pesar del desasosiego final que me genera todavía no entender mis razones, es la única manera que tengo de mantener los pies sobre la Tierra, de evitarme a mi mismo no hacer estupideces de las cuales me arrepentiría luego. Como hace algunos días, revolviendo en las hojas muertas de un viejo anotador, encontré las preguntas de lo que era yo a comienzos del año. De esos meses en los que depositaba una toneladas de por qué en las inocentes páginas, en el correr de los vientos de abriles enfermeros y de chicos jugando al basket. Apenas lo leí sentí pena por él, porque siempre supo el camino a los que desembocaban esas preguntas, solo que no quiso ver más allá de las palabras y de los aparentes hechos. Algo así como cuando se ve el flash de un rayo que se extiende por todo cielo y sin embargo no reaccionas, te quedás ahí a esperar a que cobre existencia solida cuando se vuelve sonoridad, cuando ya es tarde y te alcanza el quiebre de un relámpago. Y la verdad siempre estuvo ahí para todos, centelleando en claros signos, pero tan solo aquel esperó a nunca escuchar el estruendo que antecede a cualquier hecatombe. Me da bronca también, el chabón toda la vida manejándose sobre el principio de dos más dos son cuatro, y esa vez quiso ver que el resultado daba cinco. Hecatombe…palabra curiosa, algo divertida. Ahora es eso, intentar sumar bien aunque el resultado sea aburrido y el mismo de siempre, anticiparse a la luz antes de sufrir el sonido del derrumbe. Las cosas pasan simplemente, ¿qué se le puede hacer?, brindaré por eso seguramente en algunas noches. Y para ser honesto, mi primera intención no era una reflexión insuficiente sobre las sensaciones que se acarrean a fin de año sino que tenia pensado explayarme en una aburrida lista de las cosas que ocurrieron en mi vida durante este año. Sería un ejercicio narcicista lo segundo, una intención de informe que se escaparía con el viento y a mis verdaderas necesidades interiores. Lo mejor es que intente recuperar mi viejo modo y suelte palabras auténticas para intentar construir, nunca de manera satisfactoria, algún pensamiento que me haga entender. Pues es eso algunas noches, horas de carruseles e idas y vueltas a la heladera. Encontrar respuestas que están ahi y a pesar de comprenderlo, ya no distingo si escribo para entenderme o para lograr que me entiendan, si es que queda alguien después de todo.

A pesar de entender los cómos de toda esta porquería, no puedo lograr alejarme de estas fechas y de toda esta atmósfera que se aspira aunque no se quiera, y, mucho menos, de la espera que todo esto implica. Una particular angustia logra apropiarse de mis ansias hasta convertirlas en un sentido de desesperación absurda de querer escapar sabiendo que no se puede escapar hacia ningún lado. Será porque sé con vaga seguridad que la noche, como nunca en las noches ocurridas en el año, me pegará con tanta fuerza melancólica, con tanto reproche de las cosas perdidas y que no fueron, que seguramente olvidé que a la mañana siguiente el sol brillará sin haberse percatado de nada; inmutable como debe ser, con la misma indiferencia de siempre. Cada fiesta me siento más como Michael. En la segunda de la trilogía, cuando en ese preludio final se muestran a todos contentos y altivos, hasta que llega el jefe de la familia y bueno… él se queda solo, apartado en esa mesa mirando su vaso y ya, imposibilitado por su naturaleza, ya empezando a extrañar desde ese presente que todavía no era pasado. En cada ocasión festiva semejante, me veo más parecido idéntico y encerrado en esa escena, así, perdido en mi soledad, incapaz de hacérsela comprender al mundo de los demás y a la vez que es lo único que permanece constante de mí; el único fragmento que se reitera a pesar de que todo lo demás parece cambiar. No quiero terminar así, más allá de la ficción, no quiero terminar dentro de una pequeña casilla brindando en la oscuridad mientras un extraño se apiada de mí desde la calle agrietada. No quiero sentir que pasa el año y que me robaron cosas que nunca estuvieron en mí. No quiero sentir más la falta en mí. Pero tampoco para aplacar a esa angustia quiero formar parte de ideas y costumbres que no puedo abrazar dentro de mi propia identidad. Tal vez a este año que se va le tenga que poner la etiqueta como aquel más propenso a las contradicciones. Tenerle miedo a mi soledad sabiendo cómo funciona y que no tiene que doler es absurdo a estas alturas. Quién sabe. Pese a todo, pese a este sentimiento de cuenta regresiva, hay una idea que me está seduciendo bastante, una que un amigo me arrimó. Una posibilidad que no tenia en mente. Todavía no estoy seguro pero me gusta demasiado la idea de pasar un año nuevo con la familia que dejé alguna vez y bajo el cielo cordobés. Y sí, es más que seguro que me vaya unos días, mi barrio puede seguir manteniéndose en su orden sin mí. Quizás en algún arroyo de esos encuentre un alivio para mis contradicciones o un olvido momentáneo para mi cegadora memoria. Por lo pronto, a cualquiera que le lleguen estas palabras perdidas, tan solo le deseo unas cuantas felicidades y el abrigo de un pequeño consuelo para no alarmarse como a veces me pasa a mí al olvidarme que nada importa realmente. No hay que alarmarse, si las cosas no resultaron suceder como se pensaron en un primer momento, siempre hay tiempo para re acomodarse en propósitos y empezar a luchar por un cambio que sume hacia un porvenir más cálido. En fin, ¡Felicidades! Y a no bajar la guardia que aunque nos encuentre un año nuevo, la vida será igual de hermosa o de trágica al día siguiente.