Bitácora #2

Estaba en el portón de la calle, peleando, como pasa siempre que se me congelan las manos, con las llaves. Entonces algo llama mi atención, algo que cae sobre mi caebza. Un nido de hornero se habia esablecido sobre una de las ramas de un arbol. ¿En qué momento apareció eso ahí? Y recordé todo, del intento de apagar la emoción con el vaivén hipnotizador de los días, de los meses, de un año. De todo un omitido y redondo año. Como cuando al fin te dormis, y al abrir los ojos de nuevo, solo sentís que pasaron un par de segundos en lugar de horas. Recordé que a eso llamaba angustia. Ese pulso que marca el presente e insiste en  recordarnos que todo pasa con tanta velocidad a veces, y nosotros con esa presión en las manos de deslizanos con un sabor a maniatado. Que nos vamos y nos vamos, ¿o que llegamos a lo mejor?, y un cronómetro invisible tiende a cero. La bronca del presente no exprimido a lleno, de desperdiciar los momentos que podrían acercarnos dónde deseamos en realidad, de apretar bajo las muelas ese pedazo de imposibilidad existencial. Recordé el llamado a esa angustia y eso no es bueno, y ni siquiera malo. Es, y simplemente eso. Viene incluido con el acto de nacer. Renegar de algo que nos hace humanos es casi tan absurdo cómo transitar dormidos los caminos a venir. No preguntarse por nada es lo absurdo. Cubrir ese cuestionamiento sobre el vivir de amigos, amores, experiencias hasta que su susurro ya no nos alcanzce; o eso pensemos.

Hoy vi ese hornero y sin embargo esa noticia no me devolvió nada. Solo la misma reflexión por mi andar. Preguntas que pueden llegar venenosas si se la confunde con nostalgia. Después de todo, de caminos estamos hechos, de los giros y las vueltas en contramano que nos preceden. Debe ser que lo más complicado es poder decir : ¡ahora! Darse cuenta por los terrenos que los pies transitan actualmente, digo, situarse en el presente material y hacer algo con las cosas que nos apuran a lastimarnos o que no hacen más que pesar. Hacer todo lo que este alcance para no merecer esa frustración de los destinos inalcanzables, de saltar a fuerza de desgarre, gritando, estirando lo más que se pueda los dedos y tocar eso que nos hacen felices en un ahora. Igual, lo admito: es tentador dejar pasar el presente y que todo siga un curso que nos despoje de total participación. Pensandolo bien, las máximas y principios de vida nunca fueron lo mio; pues soy tan mal profesor como alumno en esas cuestiones. Espero que no, aunque quién sabe. El tiempo es impreciso y los detalles no siempre brillan lo suficiente. Nadie está seguro cuando deja de ver nidos sobre los árboles y cuando no.

Anuncios

Redondel

    En la tranquilidad de una sala de estar, con la bruma rojiza del sol cayendo oblicua desde un gran ventanal, una niña escribe unos versos sobre las hojas de un cuaderno.

    La imagen procede a cobrar vida sobre la fina superficie de hilo de un lienzo, que no puede evitar flamear ondulante, ante el mínimo tacto de la brisa nocturna. Desde sus materia brotan una amalgama de superposiciones y de la adecuada distribución, tanto de  trazos y colores, tatuados como fuego viviente en ella, pierden coherencia al trastabillar ante el viento. El desorden de sus ondas sólidas se desnudan parcialmente por una seguidilla de luces lejanas en el abismo. Exigentes, los focos develan con su radiación mortecina y dorada, el talle majestuoso de una figura de mármol bajo el abrigo de aquella tela ondulante. La escultura, con sus magnífica musculatura de mármol, solo se dispone a acariciar la la corriente crepuscular, en su eterna pose de campeón. Tan terrenal como despojado, solo se conforma con observar el vacío sideral desde el tambor de una cúpula, plataforma solemne en labrados y terminaciones de oro y bronce. Está misma corona una suntuosa estructura de proporciones soberbias. Se trata de un titán mortuorio cuyo peso se rige en las bases de altivas columnas, que aparentan gigantes guardianes protegiendo algo valioso más allá de las mismas. Efectivamente, si se deslizan unos ojos curiosos por la entrada, entre la escasa claridad del interior un encofrado oscuro y rectangular se halla inclinado en el corazón de la estructura, apenas iluminado por una vasija de oro que salvaguarda una llama. Flores, reliquias y tesoros decoran aquella tumba alzandola de gloria y homenaje.

    Bajo las escalinatas del mausoleo, entre danzas y cantos, unas sombras menudas y divertidas representan una historia. Entre acto y acto, y a fuerza de imposturas, erigen una crónica que cada vez resulta más nítida en las miradas del público. A diferencia de la dureza de los gigantes edilicios, construyen algo más solido e inmediato con sus cuerpos gráciles emanando con su vitalidad corpórea el eco fantasma de batallas heroicas y proezas olvidadas. Y con esa virtud carnal, rescatan del olvido con sus máscaras y trajes a nombres de un tiempo brillante, de esperanza, de dioses y héroes, de abundantes cosechas y buenas fortunas. Toda la puesta en escena para culminar en una suerte conmemoración, un nombre de campeón que se evoca en las escenas de drama y tragedia, de su memoria que todavía amenaza con alzarse desde la impotente tierra para acariciar las nubes.

    Alrededor del baile y la imitación, una congregación de instrumentos enérgicos, apenas dejan ver sus metales y formas desde la penumbra de las calles de piedra. De a momentos, la orquesta se antoja a resoplidos, en otros rafagas de violines audaces atentan contra la falsa uniformidad de los compases, y solo en momentos trozos de una percusión tintineante apacigua el ritmo esquizoide. Pero tanto caos no es más que fruto del diseño de una fino guante que, en el epicentro de aquella sonata tronante, eleva su batuta en ágiles movimientos, dispersando órdenes invisibles por doquier. Una mano dictadora de sonido y tiempo, de esa amalgama de rumores variopintos que engatusa sin tregua los oídos de los presentes, siguiendo el caos o la pausa consecuente a la voluntad de aquellos bailarines de rostros exagerados.

    Más allá del escenario, una parafernalia de cámaras y luces encierran ese entorno de encanto en dimensiones de celuloide. En el rigor de aquella empresa las lentes captan todo, intensificando de marcado sentido cualquier movimiento a la deriva, las expresiones de los rostros, los colores de los flagrantes atuendos. A la par de un bastión de micrófonos suspendidos sobre ese cúmulo de almas, que se empecinan en rescatar cualquier vestigio de sonido vibrante sobre el lomo del aire festivo. Una figura agazapada en un asiento da gritos, dispara señas, vocifera indicaciones indiscriminadamente, pero es inútil porque él también es otra pieza de ese orden. La inflexión es imposible.

    Ahora, en los restos de grafito y papel, se condensa el complejo de historias  que entreteje con dedicado cariño unos finos dedos, inadvertidamente manchados de esfuerzo y tinta. Desde y hacia ellos, en el clamor del pálpito de su prosa encendida, el continuo relato de universos paralelos pretende destilar una telaraña intrincada de sonatas, bailes, colores y formas.

    En la tranquilidad de una sala de estar, con la bruma pálida de la luna cayendo oblicua desde un gran ventanal, una mujer escribe unos versos sobre las hojas de un cuaderno.

DSC03865

Cosas de elefantes

Tenia ganas de escribir muchas cosas esta semana, pero como siempre el olvido me ganó de mano y todavía no me las quiere devolver. El problema es que no sé donde deje la libretita en donde anoto todo lo que se me ocurre ¿No es frustrante cuando las ideas se pierden en la nada? De todas maneras, no creo que hayan sido genialidades pero eran cosas que quería rescatar de lo mundano. Como cuando recién te levantas y sabes que soñaste algo muy bueno y satisfactorio y aunque hagas demasiada fuerza neuronal no podes acceder más que a una sensación, un fantasma que se diluye con cada segundo de vigilia. Pero no hablemos del olvido. No quiero hablar de cosas que no entiendo. No sé de que quiero hablar en realidad. Ese es el tema supongo, todas estas semanas los resultados de escribir no fueron más que un compendio de borradores sin mucha forma. Tampoco es que tuviera mucho tiempo, estuve con los parciales y algunos trabajos. Pero en esos momentos de estudio, entre la teoría de este y la teoría de aquel, mi cerebro buscaba apaciguarse en alguna historia y empezaba a dispersarse en el aire con  cosas que quisiera contar cuando ocurriese un momento libre como este. Eran cosas buenas, o me parecían buenas, dignas. Pero no podía escribir, no podia darme el lujo de invertir un tiempo escaso en otra cosa que podría implicar un margen de nota letal. Y resulta extraño, ¿no?, cuando uno esta hasta el cuello de obligaciones y sin embargo la mínima boludes se convierte en la más ansiada maravilla: un mensaje cualquiera en en celular, una película que viste ochocientas veces, estar leyendo y de repente en algún descuido masticar un pensamiento y que este te lleve a otro y ese a otro y ese a otro y cuando volves a mirar el reloj ya pasaron un par de horas, o cualquier propuesta del mundo significa el sentido de la vida a seguir. Creo que entra en juego también la culpa, el deseo, las consecuencias; un juego tonto de infidelidades propias. En fin, todo tiene un sabor más irresistible cuando sentis que los segundos se te van de las manos. Quizás esa sea una forma de vivir, la más vertiginosa en las que se pueda resucitar las pasiones. Pero no me gusta, aunque es lindo disfrutar de algo que sabes que es momentáneo, las cosas rara vez salen bien si se las apura. Prefiero mi forma, tomarme mi tiempo cuando me doy un gusto: amordazar al reloj para que no me diga nada, y entonces hacer lo mio con una eternidad fabricada a la medida de mis placeres. No siempre, es claro. Solo cuando se puede, justo como ahora que estoy más libre de presiones si se quiere. Si bien las cosas a estudiar son disfrutables, en algún punto, también cualquier tipo de examen exige un criterio a superar, la tensión de ser evaluado y examinado. Otro problema también es el de la libertad, o la supuesta idea de esta. No sé muy bien que hacer con ella, en realidad nunca lo sé con seguridad. Ocurre cada vez que me siento superado en algo. ¿Hacia donde ir ahora? Como esas cosas que cuentan de los circos, de esas historias de elefantes que, atados a un vulgar y simple poste de madera, no se escapan. El truco es hacerle creer que su fuerza todavía sigue siendo la de un elefante menor, que aquel poste es inamovible, irrebatible. Y ahí se quedan, creyendo que sus fuerzas siguen siendo las mismas e insuficientes que las de la infancia. Siempre así, creyendo. Ese es el truco, pensar que nunca es suficiente y no intentarlo. ¿Pero que pasa cuando el poste cede? Quedarse perplejo o seguir, seria el asunto. Quieto, de seguro que no. Seria tonto a estas alturas. Pero en ese punto estoy ahora, en el que no tengo muy claro que hacer con mi fuerza: el tronco colapsó contra el piso abriéndose en nuevos limites, en nuevas posibilidades. Pánico y satisfacción, ¿es posible tal mezcla? Estuve pensando un poco, algunas ideas tengo,  pero no sé cuales merecerán el intento. Y que no se piense que es algo angustiante, es más, es un lindo problema. Por lo pronto, retomar algunas cosas pospuestas, algunos vínculos, algunos libros dejados a la mitad, ver alguna familia, mezclarme entre la gente, responder un poco más. Reanudar y volver a ser. Siento que es adecuado el momento para amigarse con las cosas que siguen resonando, a pesar de que todavía hay algunos postes que llevo a rastras en el caminar. Pero…¿quién no? Ya se me van a desatar de las patas con el caminar, o quizás alguien pise las sogas por mí. Para eso estamos los elefantes, ¿o no?

Pensamientos al azar

Antes no me gustaba escribir. Siempre me pareció algo relacionado al pasado, algo particular de gente intelectual. Pero de alguna manera las cosas siempre quisieron salir. Antes, cuando había algún pensamiento que inquietaba por de más, solía hacer grabaciones de esas reflexiones perdidas. Lo único que descubrí con todo eso fue que no me gusta mi voz; y tampoco me gusta agregarme en ese reduccionismo barato de dividir a la gente en dos categorías únicamente, pero creo que el mundo tranquilamente se podría dividir en aquellos que después de mandar un audio lo tienen que escuchar y aquellos que mandan un audio y se olvidan. No sé, ahí va un tema de tesis gratis para algún filósofo o algún estudioso de la comunicación. Sin embargo, ahora estoy rodeado de gente que no hace otra de escribir. No sé bien como me hace sentir eso. Es agradable la idea de no sentirse un bicho raro; no cuando uno busca no serlo agrede. Pero, no hablo solamente de los compañeros de universidad en general, que seguramente la mayoría lo hará por una cuestión de obligación o necesidad forzosa, sino en particular de mis compañeros de literatura. Parece ser que realmente les gusta o eso demuestran algunos signos sutiles en ellos. Casi siempre, suelo llegar un rato antes a clases, y ahí soy testigo de como lentamente el salón se va llenando de compañeros, y como a medida que se asientan y se acomodan, la mayoría saca su libreta personal o un cuaderno de notas personalizado con colores demás tonterías de la mochila o de algún bolso. Me gusta ese entorno, pero sin embargo me sigo sintiendo un un eslabón aparte entre ellos, un ignorante entre tanta cultura literaria. Además hablan con tanta autoridad de libros que siempre quise leer y de otros que en mi puta vida escuche hablar pero que resultan interesantes. No me aflijo, me da fuerza esa sensación de falta. Estoy aprendiendo mucho puedo decir, y lo más importante siento las ganas de hacerlo. La estoy sobrellevando bastante bien a las materias. En otra distinta, estamos viendo Bajtin, un teórico muy relevante de la literatura del siglo XX. El profesor lo ama. A veces imagino que hasta puede llegar a tener un tatuaje de él, de tanta fascinación que le tiene; algo así como un Bajtin en toda la espalda grabado, abriéndose paso con las manos a través de la piel, como queriendo salir. Media fuerte la imagen. Pero sí, tiene algo de razón. Fue importante en lo suyo ese ruso. El tipo hablaba de que cada actividad social de un grupo de personas tiene su propias maneras de expresarse mediante el lenguaje y que estas se distinguen mediante rasgos específicos, “los géneros discursivos propios a cada esfera de la actividad humana”. Algo así, tendría que revisar los apuntes. Lo que quiero decir es que estos géneros mueren o se resignifican cuando esa actividad a la que están ligadas desaparecen o caen en desuso. Puso de ejemplo a la vieja tendencia del blog: que en una época era una forma muy frecuente, y extendida socialmente, de expresarse, y, que con la venida de todas las redes sociales, quedó demasiado obsoleta esta clase de plataforma social. Y para rematar, siguió con: “¿Hoy en día, ustedes conocen alguien que muera de ansias por llegar a su casa y subir una entrada en un blog?”. Me reí como un estúpido, y creo que se dio cuenta. Y más allá de la anécdota tiene toda la razón; no hay punto de comparación en cuanto ventajas respecto a las demás redes. Pero creo que hay que ver las razones por las que uno todavía decide seguir acá. No creo que sea por una cuestión de aislamiento virtual, porque de alguna manera uno siempre esta mirando del otro lado, además si quisiera podría cerrar la indexión de este sitio con Internet, pero para soltar palabras en privado tengo un par de libretas en la mesita de luz. Tampoco creo que sea una tema de regodearse en la soberbia de buscar de distinguirse de la masa, de no transitar por las mismas vías que los demás. El tonto orgullo de ser unos pocos. Por lo menos no sigo escribiendo mis cosas por esos motivos. Creo, en mi caso por lo menos, que es una cuestión de rutina. Pero de rutina linda, de rituales que nutren. Ahora mismo estoy escuchando una canción que me agarro de improviso…”Still corners- The trip” me dice la pestaña del navegador, y ademas con una taza de café y algo de canela al lado del monitor; aunque a veces una cerveza también viene bien. Y tan solo esperando a que termine de morir el día al final de estas palabras. Y debería estar durmiendo, hace tiempo que no puedo descansar lo necesario, pero sin embargo si me voy ahora, si cierro los ojos para abrirlos al rato y despertar con la noticia de otra mañana, algo falta… o algo me sobra mejor dicho. Tal vez al principio me resultaba algo forzoso sentarme y escribir, aun sin saber muy bien el por que, pero ahora me resultan casi vitales estos momentos,  de dejar sujetas las palabras que me andaban revoloteando en la vuelta a casa y que casi se me escapan por la ventanilla del colectivo. Tal vez es lo único que me permito sin culpa. Hasta dormir me da culpa con tantas cosas que hacer…o que debería hacer. Pero no se, supongo que era lo que quería, estar algo ocupado como antes. De alguna manera funciona, de repente era julio y ahora ya estamos por descorchar una sidra nuevamente. Pero todo eso es una ilusión consciente, solamente se amontonan estrechos de calendario cuando me pongo a reflexionar sobre aquel el cumulo de días que pasan, porque el transcurso de cada día se despliega pausado y firme. El tiempo, si es que se puede pensar algo parecido, siempre va a ser algo con lo que me termine peleando por incomprensión. O tal vez solo termino peleando conmigo mismo. A pesar de que las cosas parecen ir con prisa, me estoy tomando mi tiempo para respirar de vez en cuando. Entre todas las cosas que estoy haciendo mal, puedo rescatar esa como una pequeña medallita de aprendizaje. Pero quien puede estar seguro de que termine aprendiendo algo después de todo. Confundo aprender con repetir algunas costumbres, como no volver tocar el horno si esta prendido o no clavarse un cuchillo en la pierna porque puede doler. Soy más de las situaciones extremas, como la segunda. Siempre hace falta algo más para reaccionar, aunque siempre quede resonando las preguntas y las dudas. Hace tiempo que no hablo con una verdadera amistad, y tengo miedo de ya no necesitarlos. De ya no prescindir de algún consejo que, al fin de cuentas, no terminaría siguiendo. Será que no quiero verlos, siempre me dan el lugar para desparramar las toneladas de porquería que llevo encima. Y es que mi vergüenza y yo nos pusimos de acuerdo y nos cansamos de dar lástima en plan de victima moribunda; sentía esa mirada sobre mí de parte de ellos, la inaguantable compasión. Igual ahora seria una linda noche para compartir una cerveza, en ese bar estilo boutique del que tanto hablan. Y conversar esta vez de cosas más mundanas o tremendas, exentas de tormentas y de cruces intimas, de dejármelas para mí y para mi almohada. Pero hoy no, aunque me gustaría. Mañana debería ir al hospital bien temprano. Una amiga de mi hermana necesita dadores de sangre, y bueno…a ver si toman la mía por buena…No sonó muy bien eso, las desventajas de escribir mientras se improvisa. En fin, estoy reconsiderando el sacrificio de un par de horas más de sueño mediocre por una buena causa. No me puedo resignar con mi hermana. Ayer hablamos: son pocos los momentos en el año en los que nos quedamos por horas gastandole la batería al celular. Una de las pocas personas con las que puedo hablar de tonterías por tanto tiempo, o de cualquier otra cosa. La distancia es una cagada cuando es verdadera. Voy a ver si puedo hacerme una escapada en estos días, pues siempre viene ella. Bueno, por hoy es suficiente. Siempre quedan cosas por decir pero el sueño y Piazolla me atacan implacables. Quizás esa sea la razón última y superadora por la cual siempre vuelvo a escribir en este pedazo tan propio y olvidado de papel digital. Siempre quedan cosas por decir…

DSC03845
Dibujo: Lucas Capua

 

Acerca de la metáfora

  En el siguiente texto realizaremos una comparación entre las diferentes perspectivas sobre la metáfora ¹ de Aristóteles respecto a la de Lakoff y Johnson. Aristóteles fue un filósofo de la Antigua Grecia (siglo IV a. C), cuyas obras destacadas son La poética y El arte de la Retórica, las cuales nos basaremos. Por otra parte, George Lakoff, un lingüista, y Mark Johnson, filósofo, ambos estadounidenses (siglo XX), autores de obras como Metáforas de la vida cotidiana, material del cual también nos valdremos para la explicación de sus conceptos.

 Para comenzar, Aristóteles aborda a la metáfora desde una perspectiva retórica, disciplina que comprende a las dimensiones del lenguaje y del discurso. El filósofo griego define a la metáfora como “el traslado del nombre de una cosa a otra cosa”, o en otras palabras, es el reemplazo del término de un elemento por el de otro en el cual se establece una relación de similitud.

  Por otro lado, para Lakoff y Johnson, inscriptos dentro de la perspectiva cognitivista, ciencia que se centra en el estudio de la mente humana y de su funcionamiento, la metáfora se define en “entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra”, esto implica que no solo se limitan a un abordaje lingüístico de ella, sino que también se la puede considerar en relación con el pensamiento y con la acción de las personas.

  Dentro del campo de la retórica, la metáfora es utilizada como un recurso frecuente en disciplinas del lenguaje, cuyas funciones principales recaen en la persuasión, como una forma de adecuar el discurso para lograr convencer a un auditorio, o también se puede dar con fines estéticos.

 Sin embargo, Lakoff y Johnson establecen que la metáfora actúa de manera estructurante en el sistema conceptual de las personas, es decir en los conceptos que rigen a nuestro pensamiento. Por eso plantean que nuestro “sistema conceptual” es de uso metafórico porque esta determina en gran parte la manera en la que percibimos, pensamos y actuamos en la vida cotidiana.

 En contraposición para los estadounidenses, Aristóteles propone que su empleo es relevante tanto en el discurso argumentativo como en la poesía, teniendo en cuenta solamente las formas del plano lingüístico de la metáfora.

  En cambio para los cognitivistas, si bien el uso de la metáfora se manifiesta mediante el lenguaje, este último no hace más que servir como “evidencia” del funcionamiento del mismo sistema conceptual que también usamos para pensar y para actuar. En otros términos, se extiende más allá de las dimensiones del lenguaje para dar cuenta de la forma en la que rige nuestro pensar, y en consecuencia nuestro comportamiento. En sus propias palabras “…impregna la vida, no solamente el lenguaje sino también el pensamiento y la acción”.

  A modo de ilustración veremos como entran en juego ambas posturas en el siguiente ejemplo, que se ha tomado de un texto escrito por María del Rosario Enríquez y Fernando D. de Rossi, ambos docentes universitarios. En ese texto plantean los conflictos y las dificultades a las que se enfrenta la educación argentina:

“En lugar de esto parecen que son peldaños de una escalera que no permiten subir, sino bajar cada vez más”.

  En el ejemplo, si tomamos a la metáfora como la entiende Aristóteles, podemos ver que antes del comienzo de la misma, que empieza desde “peldaños de una escalera” en adelante, ya se nos indica ese traslado con la expresión “en lugar de esto”, dándonos a entender de manera clara que “peldaños de una escalera”, el nombre de una cosa, efectivamente se encuentra en lugar de otra cosa, en este caso mencionada una línea antes en el párrafo original, que podría ser una “administración educativa” o si se quiere también una “organización educativa”.

 Por otro lado, si analizamos a esta metáfora desde la perspectiva cognitivista que adoptan Lakoff y Johnson, se la puede considerar como a una evidencia lingüística de ese uso metafórico y en la manera que este estructura sus sistemas conceptuales, es decir que mediante esta expresión lingüística nos permite acercarnos a la manera en la que los autores entienden y experimentan a esta organización educativa mediante una pensar metafórico en términos de progreso y de retroceso. La idea de una escalera que en sentido ascendente en términos de lo bueno y la idea de un sentido descendente en términos de lo malo, de lo que se debe evitar por parte de la administración educativa.

 Hasta aquí hemos desarrollado la comparación entre los conceptos sobre la metáfora entre las diferentes concepciones respecto la Retórica de Aristóteles y con el cognitivismo de Lakoff y de Johnson.

¹ La metáfora es un fenómeno cuyo estudio se extiende a diversas disciplinas lingüísticas, sociales y semiológicas. Cartaphilus, poeta y filósofo argentino, nos la define en uno de sus pasajes más célebres, extraído del artículo “Las caras de la metáfora”: “La amante de los poetas. El Fénix de los mediocres. Las alas de los cobardes. El algodón de los recalcitrantes. El agua del escritor. La prostituta de los melosos. La fresa de los elocuentes. La estrella de los vulgares. La confesión de los que callan. La espada de los que seducen. La pluma del bromista. La maestra del idiota. El fantasma de los ignorantes. El eco de los sufridos. La mentira de los realistas. La verdad de los soñadores. El juguete de los versados. El carrusel de los impacientes. La muleta de los confinados. El orgasmo de los moderados. El oxígeno de los inconformistas. La caricia del tosco. El beso del inconfesable. Aquello que no es y es al mismo tiempo. Sentidos sobre sentidos, significados dentro de significados, palabras con caretas o caretas con palabras.  Las piedras o las alas del lenguaje mismo. Lo sublime y divino de los que acaec…«Atención. Sí, vos. Vos, si  llegaste hasta acá, sos justo la clase de persona a la  que quiero rescatar. Una que es tenaz, persistente, que va más allá de los hilos, a la que va dirigida esta advertencia. O tal vez, una con tiempo por de más como para leer un pie de nota ridículamente extenso. No, perdón. No te vayas todavía. Mucho menos me denuncies con los administradores de la página. Seguí un poco más. Si ya terminaste de tragarte toda esta avalancha de pedantería lírica de antes, por favor toma conciencia. Tenemos que limpiarnos de esta mala costumbre en la lengua. La metáfora es un retroceso en el devenir de formas comunicativas. Por esto mismo, dicen que algún día el lenguaje sera la perdición de la humanidad, lo que se entiende por realidad se nos perderá en un laberinto semántico, las intenciones y el acontecer de la vida, confundidas las pobres, se quedaran inmóviles entre los puentes de lo literal y lo semejante. Las personas hablaran de miles de cosas para referirse a una sola, y pronunciaran solo una cosa para representar miles de signos. Y entonces ya no habrá autores que pretendan hablar sobre eso que nos llevo a la confusión sensorial de los días y de las noches, ya no habrá nadie que sostenga manejarse entre lo directo y lo indirecto; la verdad y lo falso serán lo mismo, los dos planos de la misma página. Dicen por ahí, que de esa manera ya no podremos escapar a la ambigüedad comunicativa, el mundo, las intenciones serán un caos de símbolos e interpretaciones… ya dejaremos de escribir del modo en que lo estoy haciendo justo ahora, porque sera la única forma de apelar al otro, de ya no poder dejar de utilizar aquello sobre lo que busco concientizar, de seguir cavando para escapar, de rascarme con el filo de este cuchillo para aliviar la comezón, de tomar más ven….¡¡¡AHHHHH!!! ¡¡¡NO SE PUEDE!!! Esta bien…alguna forma habrá…En fin, respecto a la metáfora…cuidado». Numerosos autores la consolidaron como un interesante objeto de estudio, hasta llegó a transgredir en los planos de discusión concernientes de la filosofía, bebiendo de las doctrinas existencialistas y deterministas. Hoy en día forma gran pilar de la dinámica social y del lenguaje, hasta tal punto que no se puede concebir interacciones en el habla que no sean más allá de esta herramienta discursiva”.

Desde las cenizas

     Para cuando abrió los ojos, el mal sabor del cigarro anterior seguía latente en su boca. Sin embargo, una mala costumbre de las mañanas la hizo chequear su cigarrera de lata en busca de otro. No había más, aquel había sido el último. Pero esa no era la ausencia que la había movilizado, eso no le preocupó demasiado, sino la falta de algo que no podía definir la inquietaba mucho más. Sentía en su mente los ecos recientes de una sensación sumamente agradable, como la resaca de un sueño placentero y que no podía recordar. A medida que se despabilaba intentaba darle forma a esa incógnita. De recordar quizás lo que en alguna que otra clase había aprendido sobre lo que ocurre durante ese tramo casi inexistente: en el que las neuronas comienzan a reactivarse en fogonazos de coherencia y formalidad y de que emociones se cuelgan al primer pensamiento, a los primeras imágenes familiares para así poder emerger con ellos y llegar a ser. Pero… ¿qué era eso grandioso que la había atropellado para después retirarse sin marca alguna mas que ese delicioso desgaste? Mientras usaba la cucharita de metal para dibujar con los restos de café sobre la mesa pensaba en eso, que la razón nunca le fue suficiente para explicar los vaivenes de su vida. Y lo cierto era que se encontraba sospechosamente plena a pesar de los angustioso del momento, cosa que la llevó a a cuestionarse sobre el origen de aquella dicha. Profundamente temió que esa alegría anónima correspondiera en realidad a la terca ilusión de siempre, a una que cuando asomaba no podía evitar subirse en su galope. Se sintió algo molesta consigo misma al saberse carente de la fortaleza emocional necesaria para haber hecho algo al respecto. Una falta grave a todas esas sesiones de olvidos voluntarios y de distracciones que invertía sin descanso para mantener a raya esa búsqueda de anhelo. Pero es que allí, al despegar la cabeza sobre el empañado ventanal, comenzaba a entenderlo de a poco, o mejor dicho, no hubiese querido entender que deseaba con todas sus fuerzas, y que ya no eran muchas, que cada uno de los elementos presentes en aquel desolado salón fueran tan solo lo que parecían ser y que el significado en el que se iban desnudando sus figuras y sus colores no designasen algo más que una inocente e indiferente organización de cafetín ordinario. Temió el haber deseado aquello. La ilusión secreta de que esa cortina caótica de rizos colorados, que con ternura le entorpecía la vista, la hubiese arrojado a otra realidad más cercana a esas añoranzas culposas. Lo cierto es que se vivía enredando en aquella tierna contradicción cuando en estos episodios la inundaba el arrepentimiento propio del infiel que se sufre en sus engaños. Pero para ella, la traición no se daba por la carne, ni siquiera hacia un otro; su traición iniciaba desde y hacia sí misma, y eso era lo que no se perdonaba. Efervecia una alegría suicida en ella al descubrirse victima una y otra vez  de esos juegos que le habían sido tan tontos y la vez tan profundamente cálidos, pero que ya no le pertenecían, ya no eran más. Una fuerte compulsión de buscar meter las pecas de su nariz entre los despojos más íntimos de su memoria, entre el calor de algunas trémulas brasitas que se habían quedado ardiendo todavía bajo el brillo de días mejores, u en ocasiones en el oscuro fondo de una mesita de luz. Y sin embargo, y por suerte, toda la situación del momento le decía otra cosa: esa cuenta sobre la mesa y esas sillas levantadas que indicaban clausura y el rumor de unas voces y de unas vajillas que presurosas resonaban desde la cocina y esa taza agrietada que anidaba la vieja peste de borra y de colillas fulminadas, y sobre todo el oír del derrumbe de una sonrisa a medio nacer, al percatarse de que nada de lo allí dispuesto formaba parte de sus trucos baratos e infantiles; todo aquello volvía a significar no mucho más que la obra rígida y habitual del mundo, del mismo mundo de ella y el de todos; mas no el de ellos.

    El ridículo del descubrimiento la dejó marcada en su orgullo, con un fastidio hueco. Algo así como el cuerpo agrietado de aquella taza que miraba sin mirar. No lo llamó al mozo. Tomó su abrigo y dejó mucho más en la mesa de lo que había consumido. Una vez afuera, llenó sus pulmones con la el aire sofocante mientras se llevaba sus finos dedos sobre la cien. Pero el fastidio persistía, no aflojaba. Solo consiguió sentirse más cansada, mucho más de lo que el desgaste usual después de una jornada de apuntes y de archivos interminables la solía dejar. De forma paradójica en esa fatiga encontró la fuerza necesaria para tomarse unos segundos y así poder vislumbrarse en la distancia. Allí, sobre rodeada por los vidrios empañados de aquella entrada, se veía inmersa en la certeza de que esa noche parecía peculiar a todas las demás que pasaban indiferentes. No se podía ver mucho más de lo que una neblina calurosa proponía. Solo el silencio parecía ser visible, como si se desplazara con seguridad, escurriéndose impune por las siluetas inmensas de las edificios. Las manos las sentía entumecidas pero no buscó el abrigo en los bolsillos de su campera. Pues, no quería sentirse más culpable al dar con la hora acusadora del teléfono, o mejor dicho, por la cobarde certeza de llegar a dar con las protestas de su amiga; cosa que a esas alturas de seguro ya se habría acostumbrado en el ejercicio de cada fin de semana de por medio, al esperar verla entre el público y que nunca estuviese allí. Las traiciones parecían no hacer más que acumularse en su culpa. Y puede que haya sido esa culpa que la apresuró o algo que ver con los pálidos focos ambarinos que le imprimían un estatismo tenebroso a aquellas llanuras de concreto o, si en efecto, fue la penumbra detrás suyo que ya se había tragado las luces junto con las voces del café. De todos modos le resultaron indicios suficientes como para emprender la marcha; una buena pasajera nocturna entendía bien que en noches así, de aparente calma y silencio, a los corazones quietos se los pueden terminar devorados por la nostalgia urbana de los lugares. Le costó un poco sacudirse la torpeza de las piernas antes de posicionarse precisamente sobre la mitad de la avenida. Mientras escarbaba entre la infinitud de hojas sueltas y de notas que habitaban dentro de su morral percudido, giraba de momentos la cabeza hacia cada dirección, como si estuviera indecisa por algo. Y de repente, con una mueca de satisfacción que lo confirmaba, encontró en algún bolsillo interno un par de cigarros sospechosamente olvidados. Mecanismo ideal para estas ocasiones de emergencia tabaquera. Después de algunos intentos pudo prender uno, mientras se distraía pensante con la primera bocanada gris que se perdía difusa en la humareda blanca de la atmósfera. Tenia claro que no eran muchas las posibilidades que la aguardaban: calle arriba era el departamento, los rituales de siempre, las pilas de apuntes y de ropa para planchar, la masa de pelos, que a falta de creatividad ambas le decían Michi, el insomnio compañero y un balcón sanador, todos los testimonios silenciosos y privados que en soledades equivocadas  la ataban a todo lo que supo ser; calle abajo, era la otra cara de la moneda,  la otra mitad de los brazos abiertos y viciosos,  las posibilidades deliciosas, el arrimo de lo cautivante, de la falta de rutina, era la proximidad a todo aquello que podría ser. No importaba en realidad, solo quería saborear la sensación de creerse libre en elecciones. La decisión estaba tomada desde mucho antes de haber sucumbido al cansancio, en aquel espacio casi escondido de la cafetería en el que nadie aparentaba haberse percatado durante un buen rato de su presencia. Sabía que tenía que asistir a esa cita aunque ya fuera tarde y su amiga se encontrara en el clímax de su show, aunque llegue solo para ver la última chispa de furia pulmonar saliendo por su saxo estridente. O quizás no era tan así. Con algo de suerte, todavía seria temprano y aquella con su banda aún estuvieran sumidos en sus rituales etílicos previos al show. Cincuenta y cincuenta, nunca se sabía con ella. Pero el camino era largo a pie y no le quedaban monedas para el colectivo. Sin embargo lo más importante era que estos habían dejado de transitar hacia un buen rato probablemente, pero aunque hubiera advertido este hecho tampoco le hubiera importado. Quizás porque prefería sentirse en el rescate de algunos fragmentos de frescura infantil esquivando algo divertida la cascada de baldosas que le avanzaban en el camino. No se trataba solo de eso, era más parecido a una complacencia, que nunca pudo comprender en su totalidad, de algo que emanaba un privilegio secreto y jamas acordado respecto a ese mundo de luces y de calles frías. Como si su pulso andante fuera el único designio permitido de calor entre ese basto cementerio de pavimento y metal. Mientras más avanzaba, más empezaba a creer en esto.

    Media ciudad después, vio la vieja panadería italiana y entonces supo que no faltaba mucho; a lo mejor unas ocho cuadras más o menos para después seguir el camino del boulevard, luego cruzar las vías, y asi por fin llegar a ese pub. Ese lugar, al que escasas veces había ido, tenia un nombre muy conocido pero que nunca podía acordarse. Algo que remitía a una canción que era pura tristeza o a una leyenda de los sesenta quizás, de esas que se no hacen más que resurgir en cada juventud nueva. Era lo de menos, los nombres no hacen a un lugar pensó. No podía evitar ese olvido como tampoco podía evitar una picara sonrisa mientras imaginaba qué cara pondría aquella apasionada del saxo cuando la sorprendiese, cosa en la que nunca había sido muy diestra, por lo menos no en las buenas. Cuando quede pasmada de alegria sobre el intento de escenario al verla allí abajo a esta apasionada sin pasiones, discreta pero irremediablemente resaltante con su pelo de fuego y el esfuerzo de esa sonrisa olvidada, intentando entregarse al show y a ese ambiente que le resultaba decadente pero excitante, seguramente entre las mesas de pool o en el ajetreo de la gente, que si se hallaría contenta viéndola de nuevo intentando reconciliarse con su propia juventud o si estuviera justificadamente enojada y pasase de esto, y que si el enojo fuese verdad, cuáles deberían ser las compensaciones que tendría que idear al día siguiente para saldar su falta, y que el chico de la batería era más que probable que estuviera allí, y que sabía que de vez en cuando solía hacerle preguntas acerca de ella, y que tal vez no era muy agraciado físicamente pero parecía buena persona, y que parecía alguien atento y agradable con quien estar y que tal vez, quién sabe… hasta podría ver a donde le llevaban las cosas junto a él, pero que con ser inofensivo no es razón suficiente, y pero que cada vez que compartían miradas ese ardor que le subía por las piernas hasta sucumbir quemante en el pecho tenía que significar algo más que vergüenza o pudor, y que quizás un día de estos después con alguna excusa tonta lo invite a tomar algo, o qué quizás le gustaba más la cerveza, pero que puede que todavía era muy pronto, y que las cosas nunca salen como uno quiere tampoco, y que…

   Unos aullidos repentinos le cortaron el pensamiento. El silencio que entonces dominaba la ciudad, se vio sacudido por aquel rumor que se alargaba en el aire. No podía ubicar la dirección de donde podrían provenir, quizás también porque la cortina de niebla parecía alterarlo, lo multiplicaba en gravedad por alguna razón que se le escapaba. Es que así, alrededor de ella resonaban infinitos estos lamentos, atropellándose en cada superficie de cada hogar, de cada árbol, de cada poste; como si lo único que buscasen fuera un oído gentil que los albergara de algo tremendo por de más. En un principio se le había cruzado por la mente nerviosa ciertas ideas sobrenaturales o de gatos peleando por las azoteas, quizás hasta le pareció hasta el inicio del fin del mundo. Pero a pesar del escándalo apabullante de la situación, se sobrepuso por unos segundos para notar que aquellos sonidos resultaban ser algo más mecánicos y cercanos  a su plano cotidiano. Sirenas de ambulancia o de algo más grave quizás que una emergencia médica. Sin más, sintió nacer de las piernas y en su pecho un temblor, pero no de los agradables. Mas bien era como una sensación hostil en el aire, signos en su entorno difuso que no podía procesar pero que le advertían de un peligro cercano; detrás, delante, a los costados…algo terrible podría pasar. Malditas alarmas, pensó entre otras injurias. Le alteraban en sobremedida como si fueran el grito anunciante de una fiera invisible a punto de caer sobre ella, a punto de apagarla violentamente con sus colmillos en cualquier momento. Fue por ese motivo que el miedo del momento la obligó a buscar seguridad contra una pared, y era tanto aquel, que para aminorarlo con el peso de la razón, se le asomaban ideas  a asomar ideas sobrenaturales, o de ataques nucleares inminentes, de la muerte o mejor aún, el fin del mundo. La intensidad de aquellas fue tan inmensas que perdió el control y de pronto se había abandonado.  Con las manos fuertes sobre las orejas, apretando fuerte las muelas y los ojos. Y estuvo así por unos segundos o una eternidad, hasta que cayó en la cuenta de que el ruido había cesado, pero que ahora se escuchaba algo mucho peor. El silencio. Pero le se asemejaba al mismo que el de antes, el que favorecía amable la calma de un paseo nocturno. Era uno con otras intenciones claramente, cosa que la abrumó tanto que súbitamente se olvidó del frío y de su destino próximo. La tensión de la calma la empezó a seguir apenas retomó el camino. Tanto así que sin notarlo en un primer momento, se encontró caminando con una prisa ajena a ella mientras en su pecho volvía a crecer la necesidad imperiosa de alejarse de la situación en la que se creía atrapada. Algo acechaba entre la traicionera niebla y esta vez no se molestaba en ocultar su presencia. Los zumbidos de la bruma cortándose con rápidos movimientos alrededor de ella la impactaban en su deteriorada tranquilidad. Pero su emoción terminó por empeorar cuando detrás de ella, estallaban furiosos unos chasquidos sobre el cemento que se parecían aproximarse cada vez más. El primer reflejo fue el de un trote torpe hasta terminar en una huida errática y descoordinada. Se sorprendió de la reacción inesperada de ese instinto inundandola por todo el cuerpo. Algunos tirones en los muslos, la hicieron recordar que en su haber manejaba muchos vicios, menos el del ejercicio. caótico instinto de escapar. En algún momento durante ese atropello de pánico, sintió formas circulares y estructuras curvilíneas bajo sus pies, no entendía muy bien por donde iba pero tenía que ser parte del boulevard esa semirotonda que interrumpía por algunos cientos de metros a la avenida. Y con esa certeza en mente huyó hasta que creerse  lo suficientemente lejana a ese alboroto sombrío, hasta que en una vuelta espontánea vio a lo lejos con un rincón irreconocible pero absurdamente iluminado. Con una esquina que no supo ubicar en el primor de su prisa pero en ese momento se disponía a alcanzar a toda marcha. Dispuesta a dejar bien atrás eso que sentía respirarle en la nuca.

    Una vez allí, bajo la aparente seguridad de ese brillo, se dispuso a retomar el aliento a la vez que se ayudaba en el apoyo de un semáforo. Después de unos segundos, cuando de a poco el temor se le disipaba en cada respiro, se percató de que se había desviado de la avenida que la llevaba al pub. No recordaba con seguridad aquel lugar pero le parecía que había estado en algún momento parada justamente ahí. Era raro que no hallase familiar nada de lo que veía alrededor suyo; resultaba que desde niña siempre tuvo libertad  manejándose a su antojo por la ciudad, tanto por los rincones destacados como los marginados de esta misma. Y en aquellas andanzas nunca había visto un sitio parecido, que desentone tan fuertemente con las demás estructuras aledañas. Es más, podría haber jurado que desde que sus primeros recuerdos, o mucho antes de nacer siquiera, allí no había más que una zona desierta. Era un lugar que a simple vista uno diría que fue construido durante la época colonial, por el estilo y la impronta señorial difícil de confundir. ¿Cómo pudo haber pasado por alto tal diseño durante todos estos años?  Pero no menos extraño era el intenso el fulgor de unas marquesinas que parecían repeler cualquier oscuridad en la noche. Hasta la niebla, sin darse cuenta antes, parecía haberse retirado asustada de este brillo. Al fin se sintió segura. Era algo muy similar a la paz ver que todo era claridad y silencio bajo la presencia de aquel lugar. Fue en eso que sacó del morral el último cigarro que tenia y se puso merodear la vieja estructura en busca de alguna memoria rebelde sobre aquel lugar. Notó en lo alto figuras penumbrosas y confusas de distinguir sobre un gran cartel, al cual parecía no querer llegarle la luminosidad. Alcanzo a deducir que seria el nombre del lugar. Sin más, caminó sobre la acera con paso detectivesco, sin despegar la vista de las grandes letras negras que yacían sobre el ese fondo blanco arriba suyo, palabras que nombraban a una película que nunca había visto. El título le remitía a algo relacionado con pájaros mitológicos o quizás a algo de aviones. Antes de dar con una gran entrada, determinó que era un cine por las obviedades exaltantes a la vista. Ciertos elementos como esa amplia e innecesaria escalera de mármol al pie del umbral de las enormes puertas de metal dorado y cristales empañados, le daban al aspecto  general un porte muy señorial y estilizado, cosa que embelesaba la vista inicial pero que contrastaba aun más con esa porción de ciudad. También se había fijado en esas portadas que estaban remarcadas en las paredes previas a la entrada, y en ellas figuraban nombres de directores y de actores de los que jamas sintió nombrar. Hombres y mujeres de otro mundo, tragados por el olvido de las incesante creación. En una de estas imágenes, la única que parecía estar intacta, estaba la imagen de esa película que se anunciaba en la marquesina. Examinándola mejor, pudo ver que en su dibujo de estilo vintage habían unas figuras diminutas sobre la arena pareciendo escapar de otra figura a lo lejos, algo más grande y difusa que apenas se definía en contraste con un sol que amanecía detrás, o puede que atardecía. No sabia, no importaba, hace rato que le era igual definir los horizontes. Pero viendo aquel dibujo con aun más atención entendió que esa figura que los perseguía parecía ser una especie de avión y en lugar de escaparle, estas sombras diminutas parecían querer cargarlo con la ayuda de unas sogas por alguna razón. Alguien alguna vez le había comentado sobre la hermenéutica del cine, y el doble mensaje, pero si había una metáfora en esa póster le era totalmente ajena. Pero si este era un cine, como es que no lo conocía o por lo menos que no había escuchad nada sobre el.  Cosas así, y mas en esta ciudad donde la oferta cultural escaseaba, se sabían con rapidez. En el diario no había visto nada al respecto. Una inauguración reciente quizás, sin mucho tiempo para difundir la noticia. No le presto mucha atención a esto, la alegría le sobrepasaba a la curiosidad sobre aquel hallazgo. Hace muchísimo tiempo que les faltaba de un cine en la ciudad, y según las anécdotas el funcionamiento de uno le precedía mucho antes de nacer. Nunca había podido saber a flor de piel lo que era ver una película en una gran pantalla, con todo lo que eso conlleva. El reloj nunca le era muy amigo. Por eso, entre otras cosas, prefirió convencerse de que ya era tarde para llegar a tiempo donde su amiga, que en la mañana cuando la encontrase en casa se disculparía como siempre y la compensaría de alguna manera. Y de igual modo intentó convencerse de que  las razones por la que le seguían temblando las manos no eran mas que la llana emoción por la novedad del hallazgo.

    El pasador de la puerta cedió sin mucha dificultad. Dentro del vestíbulo, sintió que el aire cambiaba a un calor más moderado, a uno que le acariciaba la piel. Esa sensación acrecentaba aún más por la calidez visual que se desprendía del ambiente. La finura encandilante de los tapizados vino tinto que decoraban las altas paredes, el candelabro de cristal a la misma altura que el primer piso, todo el extenso piso cubierto por alfombras que se mullían como nubes ante los pasos de la atrevida visitante, y esa melodía dulzona de violines que fluía en el ambiente y que apuntaba hacia lo que parecía ser la boletería. Al acercarse al mostrador no vio a nadie del otro lado. Solo una radio encendida con el volumen bajo y una banqueta despintada. Prosiguió a golpear con la punta de su dedo el vidrio y a esperar que alguien se asomase por la puerta que arrimaba en el fondo del cuartito. Uno, dos minutos y nadie apareció. Con la mirada le dio una vuelta más al vestíbulo y a las escaleras contiguas a este, en busca de alguien que estuviera a cargo del lugar, pero todo permanecía tieso, amarillo y quieto. Todo menos unos destellos en flashes que escapaban por un umbral en penumbras, que parecía conectar con la sala donde se daba la película. Posiblemente justo esa noche misma noches estaba ocurriendo una proyección privada. Pero no, no podía ser, si aquello era cierto, con la película ya comenzada, de seguro la puerta principal estaría bajo llave. O puede que el encargado tuviera  un altercado de algún tipo y se haya ausentado por unos minutos simplemente. Pero, entre puede y puede la impaciencia le ganó de mano porque antes de seguir abarajando más posibilidades, ya había divisado del otro lado el rollo con los boletos. Mucho titubeo no le llevó a definir lo que haría a continuación. Pues no consideraba vergonzoso el hecho de que si la llegaban a encontrar sea arrancando un ticket sin permiso, de todas maneras había dejado un puñado de plata sobre la taquilla. Lo que realmente la lleno de vergüenza de tan solo pensarlo fue que alguien la encontrase retorciéndose y estirándose ridículamente a través de la estrecha abertura del cristal. Tal esfuerzo demandó aquel atrevimiento que tuvo que deshacerse momentáneamente de sus abrigos y del morral, para poder usar las dos manos, hasta dejó apoyado lo poco que quedaba del pucho sobre una fisura en la madera. Después que logró su cometido, se hizo con sus cosas nuevamente, y con aires de sospecha se metió con prisa a la sala donde se estaba dando la película, no sin antes dejar la parte troquelada del boleto sobre una urna de metal donde rebozaban otros pedazos idénticos de papel.

   Al entrar, sintió cierto consuelo al ver que la sala estaba desolada. Que no era una función privada ni nada por el estilo, que ni siquiera había allí un solo refugiado que buscase aplacar el insomnio, en aquellas horas tardías. Bajó por el pasillo, procurando no tropezar al  distraerse con las escenas que parecen vivas sobre ese aquel rectángulo inmenso en frente suyo. Se paro justo en la mitad de todas las hileras de filas al recordar una enseñanza que pensaba olvidada. Eso la hizo buscar un asiento que formase un angulo más o menos de unos noventa grados entre su campo de visión y la pantalla. Pero antes de tomar asiento, hojeó la parte superior de donde surgían aquellos halo de luz que atravesaba toda la sala. Pero no pudo ver si había alguien detrás, solo veía sombras que iban y venían por la rendija de ese oscura abertura. Sin más vueltas, aflojó su peso sobre el asiento y al instante notó que la amortiguación del material estaba algo vencida. Algo impropio pensó y hasta inaceptable de lo que se esperaba de un cine nuevo. La cinta parecía bastante avanzada ya. Reparó en el hecho de que en la pantalla se proyectaban aquellas siluetas del póster e incluso en la misma situación, pero esa vez tenían caras y gestos, parecían personas. Le pareció sorprendente como ese chorro de luces que caía desde lograba contener todas esas caras, esos gestos, todas las imágenes que salpicaban desde esa lámina al estallar contra ella. Ahora entendía la misión que tenían por delante aquellos desconocidos. Acarreaban con sus ultimas fuerzas a la bestia de metal hasta la boca de una pendiente en la arena. De alguna manera sabia que iba a suceder, no recordaba haberla visto antes a la cinta, pero casi instintivamente el camino hacia el desenlace. Y no era lo previsible propio del género de aventuras, sino era algo más, algo semejante a esa sensación de certeza olvidada que tuvo en la cafetería. Como si aquellos instantes siguientes estuvieran grabados por una incansable repetición y solo pudiera acceder a los ecos de esas memorias. Esos hombres intentando reparar esa masa alada, el halo de luz que cortaba la oscuridad de la sala, las butacas maltrechas, el humo elevándose por las paredes; todo le sentaba tan normal.

   Lo normal de esa magia se hizo pedazos cuando todo comenzó a difuminarse. Al principio, creyó que solo era algo de cansancio, pero cuando el olor a materia chamuscada le penetro el olfato recién entonces noto la realidad en la que se tornaba la sala. Aquel momento era tan macabro y poderoso al mismo tiempo. La visión desordenada de ese avión,  moviéndose como una maquinaria espectral en el aire y logrando hacerse y deshacerse entre los vaivenes del humo y de la oscuridad. El estruendo altivo de orquesta avivaba con un extraño ritmo el éxtasis del momento, alterando el hambre furiosa de las llamas con cada pico de violín, por cada ráfaga de piano. El fuego se había expandido con rapidez por toda la sala; brotaba exultante desde los techos, los palcos, las butacas, la pantalla, la entrada. Hasta cierto encanto descansaba en ver como ese sofocante cielo formado de humo se tragaba todo el aire del cine. En un flaqueza de humanidad casi intenta pararse y alejarse a toda prisa de allí, pero en cambio, y aunque así lo hubiese deseado, su cuerpo no le hubiera respondido. Tal vez era  por la belleza fatal de la situación o la poca cantidad de oxígeno que restaba en la sala, pero lentamente empezó a caer en una suerte de sopor somnífero, mientras la aeronave rumiaba y tomaba carrera en lo poco que quedaba de la pantalla. En cualquier momento le parecía que aquel alzaría sobre las butacas, y aquel suceso sí que no quería perdérselo. Por supuesto que no. Se enteró que el humo le había terminado de ocupar sus pulmones, cuando los ojos le empezaron a ceder. ¿O ese humo era la niebla de antes que no le había alcanzado con tan solo asustarla? No importaba a estas alturas. Tan solo se limitó a entregarse y a contemplar todo lo que la atravesaba frente suyo, sin intentar siquiera cualquier esfuerzo de lucha en contra de aquel cálido vacío en el cual se deslizaba. Se sentía pesada y alegre. Casi dichosa de hallarse otra vez presa de esos juegos de fuegos y de fantasmas. Y fue así que todo caía en cenizas, excepto ese avión. Ese avión, no. Todavía no se decidía a despegar, por desgracia de sus pasajeros, pero seguía firme intentando abandonar el suelo. Y con lo que le quedaba de fuerza se despertó, justo un instante antes de que sus párpados se desvanecieran. Y así sintió como ese pedazo de basura metálica alada la despeinaba en su vuelo, despegando de una vez por todas desde las llamas para posiblemente perderse en algún cielo limpio de humo y de sirenas chillantes. Ojala que sí, pensó, pobre infeliz. Que pudiera encontrar un lugar bien lejos de aquel desierto de cenizas, en el que ella se estaba perdiendo de a poco. Sin dudas, hubiera deseado ver aquello. Solo podía desear. Desear haber acompañado aquel maravilloso espectáculo con el sabor de un cigarro en la boca. Pero finalmente terminó de recordar que no le quedaban más en la cigarrera. El último lo había dejado sobre el borde de una taquilla.

 

IMG_20181112_113112

Una mañana de esas

Entre amargo y amargo y un poco de música, intento transitar la mañana. Anoche dormí muy pocas horas, pero de todas maneras me siento completamente funcional, como en los viejos tiempos cuando me iba de noche y volvía a casa de noche; extraño esa facilidad que tenia al organizar mi tiempo de forma que no sobrase nada pendiente para el otro día, la forma en que me repartía con eficacia para mis amigos, mis relaciones, mi familia, el trabajo, el estudio, para mi cosas. Pero no es más que la falta de practica, a la disciplina hay que trabajarla, y en eso andamos, pasandole el plumero a la perseverancia. Pues me gusta dormir un poco de más cuando puedo, me gusta quedarme pensando entre la vigilia y el sueño hasta que algunos de los dos se quede con ese pensamiento que casi nunca llega a madurar, pero también me gusta la sensación al sacarle provecho a la mayoría de las horas, de sentir que no hay cuentas pendientes para la versión del mañana. Es una mentira, ya lo sé, el error de creerse con el control y la dirección de los eventos, de pensar que la  necesidad de llevar a cabo la mayor cantidad posible de vivencias y tareas antes de que reloj llegue al fin, la podemos solventar con nuestra nimias rutinas y nuestras simples voluntades. Supongo que es necesario sentir que vamos a algún lado para poder levantarnos cada día y que no duela tanto una revoloteo de una duda o el viento mañanero que resbala cortante por la cara.

Estaba en…estaba en que la mañana es una mañana más, circulando liviana y sin pretensiones: chicos yendo al colegio encapuchados como duendes, los laburantes esperando colectivos que parecen jamas llegar, el sol que va cambiando el color de los techos de las casas y de los comercios, las charlas esporádicas con los vecinos madrugadores, Dario en la esquina contraria saludando con su infaltable habano en la mano, el mundo abriéndose de nuevo para este pedazo de tierra. En fin, el ritmo usual de cada amanecer, al cual no acostumbro aceptar con complacencia la mayoría de las veces pero hoy admito que resulta bastante grato. Estuvo Robert también, casi cuando terminaba de asentarme y de lidiar con la porquería de pos-net que siempre me deja a gamba. Robert seria una suerte de tío político, o mejor dicho, dadas las circunstancias, le queda mejor el titulo de amigo de la familia. Es de esas personas que no saben envejecer, pero que sin embargo parecen haber vivido centenares de años por la abundancia de anécdotas en su haber. Suele venir al negocio de vez en cuando, la mayoria de ocasiones para matar el tiempo antes de hacer algún viaje a capital. También suele autoproclamarse gran jugador de pool, cosa que me gustaría poner a prueba alguna vez. Buen tipo, que sé yo. Siempre está, sin que se lo pidan cuando necesitamos una mano. Lo único que tiene es un humor algo chocante a veces, sabe aparecer de repente por la puerta y en plan de simulacro de asalto. Pues nada, le ofrecí asiento y me acompañó con la mateada amarga, mientras me compartía con las memorias de sus andadas por la vieja Garin. De la existencia de todos esos bares, boliches y casas de fichines que formaban parte del circuito nocturno de la juventud de los noventa, de todos esos lugares que tuvieron vida acá, y en Escobar también. Lugares que de seguro me hubiera gustado visitar en alguna que otra noche donde se busca un poco de distracción. Pensar que ahora son tan solo locales de ropa o comercios insípidos, flacos de historias y de vidas tal cual como lo es este. Cambien me contó de como le iba en el día a día y un par de cosas que no vienen al caso. El asunto es que no suelo relacionarme con gente con perspectivas tan radicales a las mías, o mejor dicho no suelo echar tanta amistad con personas que hacen algunas cosas demasiado distintas a mi manera de hacerlas, no por intolerancia sino por una cuestión de evitar que en algún momento no puedan convivir esas diferencias, y una parte termine por absorber a la otra, con el tiempo, como que un parecer se termina acomodando a la otra; “yo estoy al derecho, dado vuelta estas vos”, se me viene a la mente esa frase a la que no todos sabemos escaparle. En cambio, el trato con Roberto es otra cosa. Debe ser que él escucha solamente y no quiere contagiarme de su proceder, como una suerte de consejería testimonial, como que tome lo que me parece que me sirva de sus errores. Son buenas charlas, conversaciones sueltas de condescendencia o comodidad, que te cuestionan ciertas miradas sobre lo que estas haciendo sin buscar condicionarte. Es bueno de vez en cuando el contraste con personas así. Después, al rato, se fue con el trafico fatal de la panamericana esperándolo seguramente, y así quede con mi mañana calma otra vez.

Ahora, al levantar la vista y ver en los alrededores de mi esquina, noto que la superposición de negocios también ocurre ahora mismo. Me doy cuenta de como los locales vacíos y oscuros que habitan cercanos, esperan ansiosos de ocuparse y aguardan a adoptar nuevos  nombres, nuevos sentidos, cuales cachorros de vidrio y de material que esperan en lamentos mudos la caricia de una persona que los resguarde del anonimato. Es una lástima advertir esto, que de tanto en tanto, camiones de mudanza deshacen tantas historias y memorias y se las llevan sin mucho esfuerzo a cuestas; se estaba armando una comunidad de comerciantes y vecinos, bastante solida, ademas de colaborativa. Pero es así, no queda más que estar de acuerdo con eso, del imbatible devenir de la vida. No queda más que flotar en la misma dirección en la que se desplaza esa idea, para así evitar volverse loco de lo contrario. No queda más por esperar que las compañías que ocupen esos espacios sean igual de amables o aún más que las anteriores.