Emilia Galotti: virtud y deseo

    Autores notables como Lessing, precursores del drama moderno como tal, han sabido marcar en sus obras un sentido de compromiso en tanto que promulgaban educar al público mediante el arte mismo, es decir, que en sus elaboraciones pretendían poner en juego el análisis de la realidad y las condiciones de la diferencia de estratos sociales, no encasillándose solo a producciones artísticas que apuntarán fundamentalmente al entretenimiento y la dispersión. En el siguiente texto se pretende abordar la relación de los principales personajes femeninos, Emilia y la condesa Orsina, con los valores de deseo y de virtud, teniendo en cuenta su ordenación en tanto a la disposición estamental y la posición ante el poder, en el registro de lo sensual. Se debe señalar que el análisis se limitará a aquellos sucesos pertinentes a la cuestión como las introducciones y las participaciones de cada una en el desarrollo de los eventos finales.

    En un primer acercamiento, la obra establece la pertenencia marcada de cada personaje en relación a sus estamentos sociales, y en consecuencia, la respectiva disposición de los valores típicos a cada clase, usuales en la estructura de la tragedia aristocrática. Como indica Jordi Jane: “…los valores burgueses, la virtud, la razón, la sinceridad, la honradez y la fidelidad, pasan a primer término, contrapuestos globalmente al vicio de la corte…” (Jordi Jané, 1998:74). Esto se puede ver en que ambos personajes femeninos se introducen de la misma manera ausente e indirecta en el primer acto de la obra, particularidad que posibilita a que la forma artística sugiera la primera distribución general de valores sobre estas subjetividades que insinúan el carácter de las mujeres en cuestión: “…los diálogos introducen al espectador en la situación y van perfilando los caracteres de los personajes” (Jané, 1998: 75).  Más allá de la reflexión artística que subyace en el diálogo, los retratos que el pintor ofrece al Príncipe, fungen como recipientes de los prematuros juicios que apuntan a predisponer los rasgos de cada mujer comentada, a su vez, que lo hacen en la clave de una  aparente concordancia con los caracteres despectivos o favorables atribuidos usualmente a la nobleza y burguesía. Refiriéndose al retrato de la condesa Orsina, con connotaciones desdeñosas hacia su persona: “…Todo lo bueno que el arte puede hacer con los ojos de la condesa, grandes, salientes hoscos y fijos, lo ha hecho usted, Conti, y con fidelidad…” (Lessing, 1998; 92). Al contrario, el caso de Emilia, se la construye sin vacilar, en vistas de una apreciación más justa y afable en base de sus facciones angeladas y la exaltación de la corporeidad; el sujeto de una clase de principios regios y virtuosos es sometido en objeto, pero ahora por el deseo inestable de la clase dominante y no su rechazo: “¡Ah bella obra de arte! Es cierto que te poseo? ¡Quien pudiera poseerte también a ti, la más bella obra maestra de la naturaleza!” (Lessing, 1998; 95).

    Así pues, tal constitución subjetiva del entorno sobre ambas mujeres, cambiará, es decir, que el sentido de correspondencia de los valores, en cuanto el deseo y el honor, en relación directa con el orden estamental de cada personaje y la subjetivación de éstas, se merma al tomar cada una de ellas la voz reflexiva y el control sobre  sus propias acciones y motivaciones. En el caso de Emilia será algo más complejo dado que en el segundo acto, una vez más, a fuerza de diálogos y descripciones de terceros, tal trastocación de los valores se despliega de manera más tardía, aunque desde los términos de una aproximación más en sintonía con su persona: el sujeto como objeto  se desplaza, ahora, a  un plano espiritual y pulcro que no flaquea en coherencia con su carácter integro. Además, tal construcción del sujeto portador de valores impolutos y válidos éticamente, se consagra aún más al estar en estrecha conexión social y familiar con personajes que reflejan comportamientos y principios  tan polarizados, en comparación a la naturaleza dionisiaca de la nobleza: el Conde Appiani y, su padre, Odoardo. Es por eso, que el carácter sumiso y endeble de Emilia a las ordenaciones morales y divinas no logra subvertirse en una voluntad autónoma y critica de sí misma, sino que, en la última secuencia, una vez desprovista de estas figuras de honor y frente al inexorable dominio del poder aristocrático y de su antojo hecho ley, es que toma un rol determinante y activo, diferente al sostenido con anterioridad.

    Por otra parte, a diferencia de los demás personajes, en ellas se evidencian los rasgos más marcados en relación a la virtud y al vicio, en tanto acepción del poder como seducción y de la avocación al deseo y la pasión; la aceptación del componente sexual resulta otro parámetro para el dinamismo del cambio de valores tanto de la burguesía y la nobleza. En un principio, a Orsina nos la presentan como una figura de temperamento histérico y de inclinaciones despreciables, bajo la mirada del Príncipe y del pintor. Luego, se revelará que este personaje comprende aspectos más complejos que un simple amorío olvidado  o la búsqueda inmediata por la satisfacción privada; no solo representa la aceptación de ese carácter sensual, sino, que ella es la conjunción tanto de una actitud de apertura y de comprensión en los designios del poder motivado por el deseo a la vez que el ejercicio de la razón y el intelecto necesario para poder llevarlo a cabo. Tanto así que poder reflexivo la salvaguarda de las maquinaciones y estrategias  sinuosas de Marinelli, aquel personaje que refleja el uso de la razón como instrumento del poder tirano, y logra ver  más allá del juego de la verborragia seductiva y de los modales que esconden motivaciones taimadas, lenguaje de apariencias de un mundo al que acostumbra. Además, Orsina es plenamente consciente de las apariencias protocolares y de las convenciones impulsadas por el vicio personal que comporta el mundo cortesano, como de su propio papel dentro de éste mismo. A pesar de su escasa participación, en el acto cuarto y primero, resulta de una intervención significativa, ya que dentro de su carácter, que a primeras instancias se la presenta dentro de la clave de la frivolidad y la apatía, su participación es crucial en la facilitación y reforzamiento de las convicciones ideológicas de Odoardo; a pesar, de ser la razón y la sensualidad en comunión, reconoce y, de igual manera, es solidaria con la naturaleza intransigente de la casta en oposición, de los principios que forman al camino del estrato burgués, regido por el decoro y la virtud. Dirigiéndose a Odoardo: “Lo veo en su semblante, digno y respetable. Usted también es razonable, pero con una palabra podría dejar de serlo” (Lessing, 1974:146). Ocurre en esa intervención que, como personaje resoluto y activo, la condesa moviliza la acción y la reversión de la puesta en escena, hilada con antelación por parte de las motivaciones de la nobleza, al interpelar a la templanza del padre burgués y a sus miedos, cuestión que devendrá en el cierre trágico por parte de su contraparte simbólica, Emilia.

    No obstante, la situación de Emilia que, en su desesperación al saberse capaz en algún momento de sentirse tentada por los mismos placeres terrenales y frívolos a los que toda su vida evadió, decide encontrar en la muerte una posibilidad de escape en detrimento a la seducción ulterior del mundo cortesano y de  sus propuestas, que no hacen más que implicar para ella la anulación de una vida de decoro y de honor; un grito de rechazo ante el yugo del poder: “La seducción es la verdadera violencia… Por mis venas también corre sangre, padre, sangre joven y caliente como la de cualquiera. También mis sentidos son sentidos”. De esta manera, su naturaleza sensual es descubierta y comprendida, pero no concretada y aceptada con el mismo raciocinio y carácter que Orsina, así mismo, pudiendo  al decidir finalmente mantener su ciega devoción en sus principios primeros y heredados. Heller reflexiona acerca del poder: “Hoy, no menos que en la época de Lessing, emergen situaciones límites en las que solo se puede renunciar al poder por medio de una muerte voluntaria. El suicidio es la única variante extrema de aislamiento” (Heller, 1998:164). La libertad y su elección, no recaen, para Emilia, en la asimilación de su aspecto sexual y pasional, sino en renegar de éste, y encontrar en la muerte una vía para mantener su honor o deberes morales intactos, hecho que implica en la renuncia de su vida, por manos de su padre cabe decir, con tal de que esta no se envicie con la ferviente seducción del poder tirano, a esa propuesta de perderse en la búsqueda del placer sin escrúpulos.

    Siempre es bueno rescatar las perspectivas de figuras influyentes en las dinámicas modernas de nuestra literatura, sobre todo, en el padre del drama burgués. Los sentidos que tomaban los vaivenes dinámicos que comprenden a las figuras femeninas más significativas en la obra, y cómo esta disposición de los valores se estructura sobre la clave de la pertenencia a determinado estrato social y la aceptación del poder, en el sentido de sensibilidad y seducción.

Bibliografía

Lessing, Gotthold, Emilia Galotti, trad. Jordi Jané. Madrid: Ediciones Cátedra, 1998.

Heller, Agnes, Iluminismo vs. Fundamentalismo: el ejemplo de Lessing. 1998

Emilia_Galotti_(acto_quinto,_escena_VIII)

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4. Vuelos

Dale, vamos. Es un salto no más. Vamos, vos podes. Dale. Se quedó largo rato mirando el vacío. Lo observaba, media su profundidad, examinaba los riesgos a tener en cueneta. Mientras más mires, más te vas a echar para atrás. Dale, no lo pensés que es peor. Los pies le dolían, tenía llagas que se le habían abierto al escalar superficies por de más angulosas, proeza dura para una piel tan acostumbrada a la suavidad de la ciudad. No le importaba, era solo un signo, un emblema de su permanencia ante lo excitante, la predisposición a un aire nuevo. ¿Y para cuando? El sol le picaba en la piel, su resplandor lo cegaba, el maldito astro le aumentaba el esfuerzo por mantener el equilibrio. A pesar de aquello, le resultaba más como un estimulo, un sentir que lo hervía de algo que lo comenzaba a asustarle. Mirá que estás hace rato acá arriba... Advirtió a todas las voces que lo aguardaban desde el fondo; alaridos que lo incitaban entre festejos y provocaciones, contribuían con el caos fraternal al rompimiento de su quietud. Tan solo es dejarte caer. Ya sabes que estas oportunidades se dan casi nunca. ¡Tenes que aprovechar! De cuando en cuando, asomaba la cabeza; parecía querer calcular la caída, que el tiempo de impacto, que cuanto de fuerza cinética y cuanto de la potencial gravitatoria, que la distancia, que las leyes de Newton y la masa por aceleración y vaya a saber que otras porquerías más…pero no podía recordar nada. ¿Yyy…no lo vas a hacer?, al final siempre lo mismo vos. A pesar de la filosa luz solar que le jugaba en contra, del otro lado del río, vislumbró a un grupo de personas que descansaban bajo un gran árbol. Genial. Ahora tenés espectadores. Mejor así, no seas maricón. Mirá las chicas, te miran… mirá a tus amigos, no te la van a perdonar…¡Dale, tírate!. Miraba con dificultad a esas chicas risueñas que tomaban cerveza y, como al mismo tiempo, ellas observaban toda la escena, allí simplemente, recostadas como sirenas sobre esas rocas de plata. Trató de verse a través de las gafas de sol de aquellas y solo se pudó ver ridículo, un gatito asustado que no podía bajar de un árbol. ¿Viste quienes son? Son las de la cabaña de al lado. ¿Qué vas a hacer? ¡Dale! En seguida, aquel panorama le recordó a una película que había visto años atrás, algo relacionado con un personaje en una situación similar. Sin embargo, no recordaba el título, pero si el final de aquella; siempre lo estremecía cada vez que quería nadar en algún lugar nuevo. Buehh, ¿en serio?. Ahora con eso. Es una película solamente. No vas a terminar así como Bardem. Esta despejada el agua, dale. ¿Además, si pasa algo, crees que si no le pedís a esta manga de inadaptados que te eviten las molestias, no lo van a hacer? Alguno lo hace sin chistar siquiera. Dale. Morite de miedo, cagón, pero tírate de una vez. ¡DALE! 

Gritos, viento, sirenas, voces. ¡Basta! ¿Qué importaba todo eso? Tan solo era tomar aire bien hondo, y dejar de pensar. Así pues, miró por última vez hacia abajo, ahora descansaba su vista sobre los limites reverdecientes de las sierras distantes. Escupió la primera frase que cruzó por su cabeza para consagrar la estupidez de su acto y entonces  abandonó la tierra solo por un segundo, o quizás menos… Durante ese lapso no sintió nada, no sufrió por nada. Si algún color de su identidad se le arrimó por la mente fue pura casualidad. Por un fragmento de segundo fue un pájaro fallido, fue un suicida arrepentido, fue tan solo una veta de polvo levitando en la caricia del viento. El pulso y la fatalidad le reventaban en el  pecho, furiosos, girando en revoluciones de pánico y de risa. Sin entenderlo, ni queriendo tampoco, el aire era la vida y podría llegar a ser la muerte; sin saberlo, ni queriendo tampoco, la tierra habia sido la muerte y ahora podría llegar a ser la vida. Comenzó a descender. Ya no dudaba, ni tampoco estaba convencido de algo, tan solo cumplía su papel al jugar con la gravedad; sintió que algo lo reclamaba hacia abajo, o quizás que el mundo se agrandaba y este subía y subía, dejándolo atrás. Era un cometa de piel y carne cayendo hacia el ansiado impacto. Llegaba a presentir como el calor con el  roce del aire caliente parecía despellejarle las piernas, la espalda, las tripas, para que luego, y de pronto, un frío quiebre de realidades lo envolviese en un manto de silencio. Su percepción de aquello fue como si alguien de repente lo hubiera despojado de cada gramo de energía, de cada hilo de luz vital. Abrió los ojos y todo estaba oscuro. Era la calma, todo estaba en calma. Como si ese río tuviese algo, como si  se hubiese quedado con algo. Bien. ¡Viste que no era tan difícil! Ahora vamos, es hora de subir. Te están esperando. Escuchó el cielo nuevamente allá arriba. Y sin darse cuenta, carcajadas inexplicables sentia burbujear en la boca. Tal así que, ante el hambre de oxigeno, un trampolín de agua lo hizo emerger hacia los rumores lejanos.

Otra vez luz.

 

Algo de fruta

El tratamiento de las construcciones sociales como procedimientos literarios

Ahora que me siento indigna y mortal
creo que puedo transmitirles algún mensaje acerca de lo que es vivir.
Durazno reverdeciente, 97

Introducción

En cada etapa venidera del acontecer humano, desde los primeros movimientos literarios hasta el establecimiento de los modernos, la esfera del arte y la literatura con las dinámicas sociales, en sí mismas, han sido solidarias y de influencia recíproca entre ambas estructuras, en cualquiera de sus variantes y  formas. Una relación simbiótica y cultural a partir de la cual una nutre a la otra desde una funcionalidad referencial e histórica, mientras que la otra la transgrede, a menudo, marcando así las pautas de lectura y las formas de elaboraciones artísticas a seguir, en determinadas épocas y civilizaciones. Pero, si queremos ir un poco más allá de la base de cualquier estudio social o político respecto a la cuestión,  entonces se debe plantear en concreto, ¿de qué manera y hasta qué grado de implicancias, en las formas y en las relaciones de cada ámbito tanto el social como el artístico, trae como consecuencia la intrincada red de interrelaciones y modos que se dan entre las dos? De manera que, en el trabajo siguiente nos centraremos en analizar la trabazón compleja e interdependiente entre las representaciones literarias y el uso particular de las figuras temáticas de la sociedad, relación que desemboca en los procedimientos formales y literarios tratados en la obra de Dalia Rosetti, Durazno reverdeciente.

Es de grato interés el abordaje que se construye en el sentido general de la novela porque  tal voluntad consiste en plasmar, desde la particular mirada de la literatura, la incapacidad de conciliación entre el mundo público con el mundo privado, es decir, un enfoque  literario que aporta y atraviesa con otros sentidos, no demasiado contemplados antes, el tema de la falta de armonía que se puede suscitar entre el choque de diferentes sistemas de valores y cosmovisiones del mundo. Es mediante este juego de tensiones incesante entre los factores externos de una cultura, respecto el incumplimiento o el seguimiento de determinadas normas estéticas y comportamentales, en oposición con  la escala de valores privada de una persona, la que la determina y la justifica en sus acciones de alguna manera dentro del mundo propuesto que se construyen en la representación integra de una sociedad ficticia en la obra; conflicto que terminara derivando en la obra, en forma de procedimientos estructurales y la explotación de estas representaciones culturales en tensión continua. El análisis del trabajo presente se desarrollara en tres partes. La primera de ellas se enfocara en la representación de la infancia como elemento narrativo en cuanto mediación entre el mundo social y el de la protagonista, luego, se tratara la influencia de la representación de la sexualidad en la construcción de los personajes, y finalmente, la representación de lo sexual como elemento formal del relato.

La mediación de la infancia en el conflicto narrativo

A lo largo de todo el relato es evidente como entran en juego las diferentes concepciones que impregnan en el relato total. Una de las problemáticas puntuales, de las cuales se vale el discurso de la novela como motor narrativo, es el conflicto que sostiene la protagonista entre su inseguridad física respecto a cómo piensa en contraposición a las representaciones sociales que rigen en su entorno, y por lo tanto un rechazo hacia el advenimiento del tiempo concreto, en comparación con los demás grupos sociales que conforman  su realidad cotidiana. Isabel Vasallo, en Géneros, procedimientos, contextos, plasma el pensamiento que Bajtín propuso acerca de las valoraciones estéticas tratadas en cualquier obra artística y su relación con los recursos formales: “La forma de una obra […] es el indicador de cuáles son las evaluaciones que se ponen en escena, que mirada acerca del mundo se privilegia”. Es decir, que entre el abanico de figuras y modelos sociales a los que está expuesta, además de las formas de las representaciones sexuales, el conflicto se asienta sobre la configuración de una escala de valores que comprenden a la concepción de Fernanda, en relación con la representación literaria de un mundo que parece atentar contra ella a nivel moral. Una dinámica desde la no aceptación que comprende tanto a su realidad afectiva como social, y la definen desde el principio hasta el final en el contacto con los demás  grupos sociales. En esa relación de tensión subyace una reflexión sobre la experiencia de cada etapa de la edad, como también el miedo por la aceptación externa al no creerse poseedora de determinadas características, o presa de la frustración al no poder alcanzar ciertos modelos sociales que considera ideales: Fernanda se construye como una mujer adulta, solitaria, fuera de forma física, con problemas alcohólicos y establecida en una profesión que la doblega a la inconformidad de su vida y de sus elecciones pasadas. Características y modelos que a lo largo de la obra se determinan y vacilan dentro de lo entendido como bello, lo inalterable o lo agradable socialmente, en oposición con las preocupaciones como la aceptación de lo efímero del cuerpo, con la fealdad y el deterioro de lo corporal; lo joven contra lo viejo. Todo esto sumergido bajo la  forma de inseguridades superficiales de la protagonista: “Pero me veo vieja y fea y más gorda, con los cachetes más hinchados y caídos que nunca”. Relación conflictiva que implica que, entre la concepción de lo deseable y lo indeseable, haya una relación que se genere entre la belleza y la juventud en términos antinómicos. Esta disputa de tensiones internas con sus valores se ve reforzada y problematizada con la confluencia conflictiva con otras cargas que contienen las representaciones que definen a cada esfera social de la protagonista. En consecuencia, se puede explicar así sus interacciones a través del acercamiento de estas formas sociales, al buscar estar más en contacto, o no, con aquellos rasgos o deseos que considera perdidos o dignos de poseer, según sus parámetros de lo aceptable y de aquello que no lo es.

En lo que confiere a la idea de amistad se construye sin más importancia en torno a Fernanda, su única amiga. A pesar de esto se puede ver la escasa interacción entre ellas. Este funda como el testimonio que asevera las desilusiones de los sueños no alcanzados y de aspiraciones e aspiraciones abandonadas con el paso de los años. Escasas son las apariciones de ella, pero de gran carácter descriptivo, que sirven para adentrar en una temprana presentación del conflicto que atañe a la protagonista, una relación que se despliega por contraste entre la vida aquella única amistad que posee, considerada como exitosa y envidiable, con la inconformidad que mantiene inmersa en las circunstancias mundanas y reiterativas de su rutina. Por lo tanto, su amiga representa aquella  juventud abolida por el paso de un tiempo silencioso, un periodo inalcanzable, además de representar la promesa fallida de un futuro próspero, que nunca llegó. Tal frustración con las circunstancias toma la forma en la búsqueda de una respuesta conciliadora entre lo establecido y su descontento. Necesidad que se conecta directamente con las ideas sobre la infancia y los sueños como estadios salvadores, conceptos que explican satisfactoriamente autores como Walter Benjamín, como según entiende Miguel Vedda en la realidad de la desesperación: “Estas figuraciones infantiles poseen un contenido utópico verdadero que aguarda su desciframiento redentor; son, en otras palabras, imágenes de sueño que aguardan el despertar”. Es por eso que, frente a la frustración por los símbolos y las relaciones culturales que la doblegan en el presente, busca consuelo y redención en la figura ingenua y siempre naciente de la infancia, como método de liberación conceptual y replanteamiento reflexivo. Discute incesante con sus concepciones e imágenes presentes y hay una fuerte tendencia implícita de querer alcanzar esta fase primera, de estadio salvador de aquellas idealizaciones ritualizadas y establecidas. Esta necesidad por la vuelta a la juventud abreva en la forma de sus aproximaciones con los diferentes bloques de su grupo cultural. Dichas interacciones casi siempre son bajo un tono pasivo de apropiamiento y de asimilación para con los rasgos que denotan cierto “aniñamiento” por parte del otro; hay un distingo en la formas de  las acciones y el comportamiento de la protagonista respecto a la interacción con aquellos grupos a los cuales no se vincula de esta manera, con aquellos que sí.

De modo tal, que en el interés afectivo que comparte con Asilana  se sostiene en demasía el sentido en conjunto de la obra, porque es mediante las progresivas interacciones con ella en las cuales se construye una idea concreta de recuperación. En consonancia con el título mismo de la obra, la relación que establece con ella se funda en un sentido de resarcimiento de los deseos y los proyectos suspendidos. Aquella es una posibilidad, más allá de la sexualidad y la emoción, de volver a reflexionar sobre su posición en la vida y otra manera de encarar a los temores de la edad. Esa relación la despierta de sus concepciones previas y le aporta las facilidades necesarias para caer en otro punto de vista sobre las cuestiones subyacentes a la edad y a la muerte. La dinámica de su relación se basa en ese un intercambio, aquello que  ambas necesitan para “reverdecer”: que se traduce desde el lado de Fernanda en la contención afectiva y en un proyecto de vida como el reanudación del deseo materno, y en el caso de Asilana como medida terapéutica para con su pasado trágico. La fruta como la síntesis simbólica de la necesidad de redención y de cierta “depuración” conceptual a través de la búsqueda de la infancia en los diferentes vínculos sociales.

Es en la imagen del fruto de la que se puede rescatar ciertas correspondencias semánticas con este proceder, tal sucede en la definición que nos brinda el  Diccionario de símbolos, de Jean Chevalier: “Símbolo de la abundancia, desbordando del cuerno de la diosa de la fecundidad o de las copas en los banquetes de los dioses. En razón de las semillas que contiene, Guenón lo ha comparado al huevo del mundo. Símbolo de los orígenes”. Entre las connotaciones que se destilan del título, se comparten ciertos sentidos referidos a la juventud y a la ansiada posibilidad de volver a los primeros estadios previos a la madurez. “Reverdecer”, una vuelta hacia lo ingenuo, lo verde, hacia lo que no está curtido y acelerado por el dictamen de las normas culturales y por sus percepciones estéticas. Incluso, esa actitud hacia la regresión, entendida como su tendencia incesante de la búsqueda de una niñez irrecuperable, aparte de las interacciones con los grupos sociales y sus imágenes, se concentra fuertemente en ciertas partes de la obra con el sentido de la maternidad. Como la mención de sus deseos de ser madre y concretar la imagen clásica de una familia. Como punto por agregar, tal sentido de la regresión como salvación, es consistente y se condensa en la figura de Maximiliano, su hijo en pleno proceso de gestación. Es en esta relación que se desarrolla mediante la figura de su bebé, representación estrecha con lo originario y la inocencia, tal como, una vez más, se define en Diccionario de símbolos: “El embrión simboliza la potencialidad, el estado de no manifestación, pero también la suma de las posibilidades del ser […]”. La posibilidad de lo que puede llegar a ser en detrimento a lo que ya es, de alguna manera la vuelta a lo joven sobre lo viejo, siempre se presenta en el vínculo con personajes que presentan tales caracteres de infancia o de inocencia. Mediante esta dimensión logra llegar a reflexiones y a pensamientos por fuera de su percepción habitual y, si bien nunca es demasiado clara la distinción clara de entidades entre ella misma  y la de su hijo, es en consecuencia que en esta ambigüedad se consolida el personaje infantil, en el cual recae el sentido pleno de la infancia, en una aproximación introspectiva en las bases de un juego dialógico con ella misma. esto aún más se pone en duda cuando unas páginas antes de su primera aparición, ya ocurre un momento de inflexión en la manera en que anteriormente se presentaban los pensamientos internos de Fernanda. En aquella ocasión ella comienza una suerte de dialogo interno consigo mismo como respuesta ante lo incontenible de la culpa y de lo inconciliable de la situación “fatal”, la muerte de una planta. La presentación de estos aspectos internos, luego, se repite en forma y estilo de manera imperceptible en los contactos de dialogo con su hijo, hasta mucho continua en escena después de haber perdido el embarazo. Es decir, que hasta en su forma de pensar y sentir intenta reducir y equiparar en la figura de su hijo, Maximilano, para así sentirse a salvo de las formas rígidas e inalcanzables de la madurez y la rigidez de las representaciones sociales de las que se siente prisionera: “El niño me hace feliz. No quiero que nazca, quiero que se quede a vivir dentro mío, para siempre”. Aquí se vierte plenamente el juego en el escape, de esas valoraciones propias y externas que la definen y la conducen de manera conflictiva a lo largo de la obra, y que alcanza cierto grado de contención en la idea de  un nuevo comenzar, posible desde la perspectiva hacia el pasado, hacia lo primigenio.

La figura de lo sexual como procedimiento en la caracterización de los personajes  

Además, de la representación de la infancia, la protagonista se vincula de determinadas formas con los diversos grupos sociales que comprenden su vida personal. Una de esas dimensiones es la sexualidad, objeto de gran peso y de indiscriminada concurrencia en el devenir de la obra que, dentro de ese dispositivo social al que está ligada, se desarrolla desde un rol simple, crudo y elaborado, con la intención de cierta obscenidad contundente. De manera que, no se realiza la omisión de estos acontecimientos sino que se busca desarrollar en todo momento como algo de lo cotidiano, con soltura y como una alternativa de complementación en la aproximación hacia un otro. La imagen del sexo no es solo parte de la temática general de la obra a tratar, sino es que es un aspecto capital del desarrollo de esta misma. El sentido de lo sexual está inscripto en todo momento en el relato, ya sea de manera directa y sin concesiones, como también en sentidos sugerentes y ambiguos. Esta representación de lo sexual constante en este mundo ficticio, sucede de manera detallada y desprovista de un tono imbuido en un sentimentalismo expresivo o en la emoción condescendiente. El concepto del sexo no está atravesado por una suerte de concepción romántica, en el sentido de la emotividad gratuita, ni se desenvuelven bajo un tono de un sentir culposo, sino que esta racionalizada por sus participantes y es un acto efímero, que nace desde el impulso y la necesidad de una expresión física inmediata. Este sentido primario a la vez que ocupa el papel del tema principal de la obra, también le sirve como recurso. Es por eso, que la identidad sexual de cada personaje no se corresponde a las valoraciones o a los juicios morales concernientes a la realidad. La diversidad sexual, en cuanto identidad y el marco de su cosmovisión, no entran en conflicto, es más, existe una armonía y una comprensión que no se discute en ningún momento. Como bien desarrolla María Moreno, en su artículo “La flor de mi secreto”: “En “Durazno reverdeciente”, “en los bordes de sus peripecias sexuales, se intenta, en cambio, un cálculo descarnado sobre el quién es quién en la cultura del futuro”. Para la protagonista, y la mayoría de los personajes, el signo de lo sexual es una clave que los define a nivel de caracterización y motivación ante el mundo, pero es la comprensión vivencial que desarrollen con este lo que generara un vaivén de conflictos. En aquel futuro alternativo, el alcance de cada voluntad sexual solo está limitada por las acciones de cada persona, a saber, que no existen influencias sociales que busquen construir y moldear un sentido moral que funja como aparato moldeador y regularizador sobre estas representaciones sociales, y por esto, que en esta manera apartada de este mundo narrativo de las convenciones de la realidad, para oponerse  se evidencia en la libertad de la naturaleza sexual que se trata en la novela y, más aun, se ve sintetizada en la postura de Fernanda respecto a los demás personajes. En ningún momento la protagonista muestra una desaprobación o rechazo claro por la diversidad de identidades sexuales que comprenden su entorno. Lo que se consideraría poco habitual dentro de nuestra normal cultural, en aquella ficción se vuelve algo normalizado, hasta mundano. Por ejemplo, la fuerte predominancia de la orientación homosexual sobre la heterosexual, personas transexuales, la convergencia sin distinciones valorativas o de prejuicio entre estas identidades sexuales. Al contrario, estas construcciones se cristalizan en la construcción de cada personaje el grado de emancipación de la novela respecto al modelo y a los valores propuestos estandarizados de nuestro mundo real en cuanto a la figuración sexual. Fernanda solo se relaciona en la intimidad con mujeres, en otras palabras, su deseo sexual se limita a ellas. Existe un desapego tácito hacia la figura masculina, a pesar de existir una oscilación latente entre sus orientaciones sexuales, la afinidad o la importancia que se le da al hombre es casi nula dentro de su cosmovisión social. Como agregado, el hombre no se muestra bajo un tono conciliador con la vida de la protagonista: se demuestra que aquellos tienen una relevancia menor en cuanto presencia de personajes, y cuando hacen acto de presencia se construyen siendo parte de una pasado de fracasos emocionales o vueltas a escena que descolocan a la protagonista. El único acercamiento de manera amable a la concepción de la masculinidad es cuando decide entablar un contacto con Juan, aquel chico del bar que era transexual. Aunque no se descarta dentro de la representación de lo sexual construida al hombre, y por ende al aspecto heterosexual de Fernanda, siempre los únicos puntos de encuentro con aquella figura son desde la afinidad hacia lo femenino y el juego de la indeterminación sexual.

Cabe mencionar también que el sentido de todo lo concerniente a lo sexual es revestido por la fuerza semántica que sugiere el titulo desde el vamos. Agregado a los valores de redención y renacimiento, también posee una carga contundente y sumamente carnal. Dicho sentido simbólico, no solo se puede traducir en la naturaleza de las relaciones que experimenta la protagonista, en todas sus formas, sino que además, en varias ocasiones, se juega con la equivalencia de la consumación del deseo sexual y la percepción de lo físico vinculado a las propiedades consideradas eróticas del fruto del durazno, en cuanto a lo similar del color y la experiencia táctil de la piel, y la transgresión de la carne y el néctar dulce del fruto.

La figura de lo sexual como procedimiento formal

Pero no solamente en estas situaciones narrativas ocurre un desbordamiento del contenido sobre la forma. También la sexualidad sirve como recurso que delimita las dinámicas y las respuestas entre la protagonista y los demás personajes. En otras palabras, no solo se considera al acercamiento sexual como una forma de reconciliarse con sus propias inseguridades y de apropiarse de los rasgos deseables en la otra persona, como lo es la juventud o la seguridad de la identidad, sino que va más allá de ser tan solo un elemento que obra sobre la caracterización del personaje. La dimensión sexual también es un factor conclusivo en la mayoría de sus vínculos, como un “cable a tierra”, que mediante el efecto de la culpa o la razón, pasa a ser un recurso que arroja a Fernanda al despertar de esos encantamientos sensoriales. Cada vínculo que se presenta como un interés sexual, que a primera instancia pareciera consolidarse y desarrollarse en implicaciones más profundas que la experiencia momentánea, se disuelve o se desestima una vez transgredidas las fronteras de lo carnal. El sexo, en lugar de ser un catalizador de las pasiones, funge como un espacio en el cual no solo se explora las vicisitudes embelesadoras de lo sensorial sino que luego las corta con el filo de un instancia de reflexión implacable; una transición que puede oscilar desde el deseo del otro hacia una introspección, cuyo efecto pone en contraste los rasgos no deseables de la otra persona: “A la mañana me despierta para ir al colegio con un desayuno en la cama preparado con mucho amor por su empleada doméstica. Domesticada también para ver a su patrona drogarse y acostarse con diferentes mujeres todas las noches”.

Este sentido de lo sexual se condensa en las fantasías y en los encuentros sexuales de la protagonista, cuando el pulso narrativo ya no se sostiene bajo el diálogo, ni tampoco se alude de manera sutil a él, sino que se resuelve de manera clara y sin artificios poéticos, valiéndose cual herramienta de complementación para establecer el efecto de sentido de la escena, la imagen visual que le imprime una tensión vivencial y hasta vertiginosa, en la descripción de la situación sexual. Esto es posible, al darse sin concesiones, en los que se despliegan los detalles y el proceder de manera directa, con el fin de mostrar el rol relevante de estas escenas para el sentido general de la obra y de la psicología de los personajes: “Intento besarla pero ella se resiste. Sigue metiéndome esa carne sintética tan real. Yo no acabo. Ella lo saca y comienza a besarme como la primera vez. Nos enlazamos como dos putas calientes” De esta manera, es que no se omite o se pasa por alto en cada participación de lo sexual la descripción exhaustiva y fiel de la situación, al mismo tiempo que un tono expresivamente cotidiano de los detalles.  

La forma de lo sexual no solo marca el final de un vínculo con alguien, sino que la novela se sirve también de esa dimensión cuales trazos que delinean las instancias narrativas en el arco de evolución del personaje principal. La obra hace uso de la incapacidad de Fernanda del conflicto entre valores nuevamente, al no poder acceder a la comprensión general del sentido de lo sexual de la misma manera que lo hace el entorno con el que convive, o mejor dicho, tiene en cuenta su esta dicotomía de valoraciones y aprovecha la figura de la sexualidad, una de las dimensiones más fuertes de ese mundo narrativo,  para ir modificando y restringiendo los márgenes de este conflicto. De modo que, en un principio se puede notar tal comprensión de los valores e ideas que la atraviesan y la determinan de un modo más relacionado a la “inmadurez”, a la tendencia de una sensibilidad no digerida por la razón y la finalidad práctica del deseo: cada pareja sexual no establece límites entre la pasión fugaz y meramente física con la de una proyección emotiva y de compromiso afectivo, de esta manera, llegando a construir futuros inciertos y afectivos mediante la base del encuentro o el deseo físico. En cada oportunidad de este tipo, se muestra como al trasladar todas sus expectativas en aquella persona, como una suerte de vaciamiento desmedido de sus temores, de sus conflictos irresueltos, se manifiesta cierta inadecuación al no comprender la protagonista los mecanismos externos que prepondera en el sistema cultural. La forma de purgar sus emociones es inmediatamente a través del sexo, sin presentir las consecuencias, busca construir afecto y relaciones sólidas, en lugar de abordar esta mecánica desde un sentido funcional y de contacto efímero. Concepción que comienza a transfigurarse  hasta el momento de hacer acto de presencia Asilana en su vida. Con aquel personaje no se relaciona con los mismos parámetros que con los que se maneja con los demás vínculos de su entorno. El sentido de lo sexual sufre un desplazamiento a partir de ella, porque si bien no se concreta en ningún momento de manera explícita, toma otra forma por fuera de la concepción general con la que propone en ese contexto cultural ficticio. Se desenvuelve bajo el signo del erotismo, hasta de lo maternal inclusive, de un deseo implícito pero que acarrea cuestiones más profundas que el acto genital en sí mismo. Aquella unión particular se materializa por, y mediante, el cabello. Funciona de manera simbólica en tanto un nexo del cuidado afectivo y erótico entre las dos, la extensión de una comunión incomprendida pero distinguible de las demás formas de sexualidad. La manera en que comporta un elemento sexual por un lado y por el otro, un elemento de dedicación inaudita, desde la ternura y la delicadez, cual fuente frágil de los pasados inconciliables y postergados de ambas. Es entonces, que a partir de la interrupción abrupta del desarrollo de esa interacción particular, le es imposibilitada ahondar en esa concepción debido a la ausencia del correcto cuidado de ese nexo material que las entrelazaba a ambas, nuevamente sucede un quiebre en cuanto las consideraciones sexuales de Fernanda. En el final del arco narrativo, es el momento en el cual el pulso sexual se vuelve una práctica desprovista de consideraciones sentimentales o ambiguas. El siguiente pasaje refleja en gran medida esa nueva distancia: “Una vez cuando tenía 27 algo así como 27, quise levantarme a una mujer de 50. No me resulto…ella era culta y mucho más joven que yo ahora. Una gran señora de la clase media”. Aquella idea de la sexualidad, a la que no terminaba de suscribirse por completo en la primera instancia narrativa de la obra,  la adopta finalmente para tomar el signo de la asimilación de una sexualidad comprendida desde la base de lo pragmático sobre aquella, una postura que entiende que se correspondería más a su edad. La importancia del sexo ya no recae en una complementación de la interactividad de las personas y de un mecanismo de apropiación de los atributos físicos de los demás, y ni mucho menos conlleva a un sentido entendido desde el erotismo o del cariño como ocurría con Asilana, sino que esa idea del sexo como mera técnica social y pragmática es el único aspecto que puede ejercer y mantener todavía latente de los vestigios de lo que fue la relativa regularidad de su vida mundana. Una de las pocas cosas que se mantienen perdurables todavía, a pesar de los matices, el único elemento que le es propio y que termina por entender bajo la función de una razón primera y práctica. Elemento que, en la instancia final, la define a salvo de la insanidad o de la confusión del tiempo; la herramienta de la voluntad sexual como fragmento indisoluble de su identidad integra frente a la informalidad de la locura.

Conclusión

A lo largo de este trabajo se ha analizado como la constitución de rasgos y el papel social, en el cual se desenvuelven las personas dentro del entorno social y ficticio de la obra, se fundamenta en una enmarañada trabazón de conflictos y relaciones entre las figuras sociales en contraste con las valoraciones de estas y las propias de la protagonista. Por esta razón podemos concluir que el conflicto narrativo se desarrolla mediante determinados procedimientos formales y temáticos en la obra, en tanto, como concepto liberador y la búsqueda por la figura de la infancia en los diferentes grupos sociales, como también en la figura de la sexualidad ya sea como factor de conclusividad o transición en la evolución de la protagonista en su intento de comprender el mundo, y también en un aspecto constructivo como delimitante en la caracterización y en las acciones de la protagonista y demás personajes.

Estos elementos analizados nos permiten afirmar que es en calor del conflicto social, en términos de diferencia inconciliable entre lo interno y externo, que las personas abrazan o rechazan ciertos esquemas y configuraciones sociales. A efectos productivos de reflexión y deconstrucción se pueden comparar las tensiones tratadas en la literatura de Durazno reverdeciente como reflejo y representaciones semejantes a las que atañe a nuestra realidad social. Una salida mediante una propuesta literaria para ver más allá a la convivencia de valores y consideraciones personales en tonos de confrontación o exclusión mutua, entender cuáles son las verdaderos tejidos, miedos y fortalezas que nos atraviesan a todos como sociedad y como humanos.  

Bibliografía

Chevalier, Jean, Gherrbran, Alaint (1986). Diccionario de los símbolos. Barcelona, Editorial Herder. Traducción y notas de Silvar, Manuel y Arturo Rodríguez.

Moreno, María (2006). “La flor de mi secreto”. Buenos Aires: Página 12.

Rosetti, Dalia (2005). “Durazno reverdeciente” en: Me encantaría que gustes de mí y otros relatos. Buenos Aires, Mansalva.

Vasallo, Isabel (2018). “Narrador”, en: Géneros, procedimientos, contextos. Buenos Aires, Argentina: Ediciones UNGS.

Vedda, Miguel (2011). “Emancipación humana y “felicidad no disciplinada”. Walter Benjamín y la poética del cuento de hadas”, en: La irrealidad de la desesperación. Buenos Aires: Gorla.

3. Tardanzas

    Cuando fichó, la hora del pequeño aparato le habría avisado que era demasiada segura la posibilidad de volver a llegar tarde. No se cambió, ni saludo a sus compañeros. Se fue así, con lo puesto: un pantalón de vestir y una camisa incómoda y de corte formal, que desentonaban tan mal con el negro perdido de una campera tan castigada por el tiempo. Caminó rápido, o eso intentaba porque los zapatos le entorpecían aún más la prisa. De momento, se acercaba a la parada. No le faltaba mucha distancia cuando a lo lejos un letrero verde flúor se confundió con la luz del semáforo. Era el tan inoportuno colectivo, que se abría paso entre el tráfico a una velocidad que parecía maliciosa. No lo dudó. Empezó a correr entre la gente y los carritos de compra y los autos impacientes, agitado en su trote oxidado y con un morral que se despatarraba hacia todos lados. A pesar de todo, logró llegar con lo justo. Se colgó al pasamanos y, una vez arriba, con el último aire indico el destino. Cuando abandonó su peso en el asiento, un suspiro profundo dejó escapar en un rumor audible para todas las demás orejas extrañas y pasajeras. Entonces quedó suspendido contra la ventanilla, viendo como la tarde dejaba de ser tarde.

Cuando llegó, quizás habría notado que ya habían pasado quince minutos de la hora habitual. Pero si fue así, no le preocupo por largo tiempo, porque a medida que se acercaba al zaguán de la entrada, y veía un par de personas sobre unos pupitres maltrechos, su paso firme volvió al ritmo vago y tranquilo que habituaba. Por la pinta de esos chicos eran compañeros o algo parecido. Un pibe no mayor que él, que aparentaba intentar resistir una conversación apasionada, colorida. La otra voz atacante le pertenecía a una chica con anteojos, de pelo largo y gentil, y de sonrisa serena. Era clara la asimetría de la conversación en cuanto esfuerzo e interés de ambos. Pese a todo, decidió acercarse, algo dudoso quizás, algo despacio, como lo haría un perro lastimado. Parecía darle pena interrumpir aquel discurso tan fluido y variado. Una práctica tan íntima y cercana, pero extraña en sus reglas a la vez, quizás una contradicción que le resultaba un anhelo olvidado. Sin mas, interrumpió. La inquietud por saber era más fuerte que cualquier acto de cortesía. Saludo al chico por su nombre, para luego dirigirse a ella. No salió más que un hola resquebrajado, impersonal. Estaba limitado, no parecía saber mucho acerca de esos dos, tampoco parecía animarse a saber. Preguntó acerca de la profesora y estos le contestaron que tampoco sabían si vendría. Así, sin decir mucho más, se apartó hacia un lado. Una vez allí, recostado sobre la pared despintada, miraba el jardín de los alrededores. Aparentaba más tranquilo, como si se sacudiera de la cabeza rapada la presión del tiempo a medida que se pasaba la mano. Ahora se volvía a escuchar todo, la liviandad de una conversación sencilla y cercana, los sonidos cotidianos, los pájaros invisibles, el murmullo colectivo, y un olor amenazantemente dulce que se establecía por toda su cabeza, que le ocupaba la mente en un murmullo silvestre, extraño, como si estuviera escuchando a una flor desplegarse en el primer brillo del día.  Cuanta dulzura había en el aire, cuanta vida no vivida habitaba en esa conversación de fondo. Cosas sobre viajes, que si Brasil, que hay que juntarse a estudiar, que ella tenia una conocida en común, que sus tatuajes, que si el mar, que los malabares, que él estaba libre también en la semana. Aquel, de la campera descocida, se mostraba distante, se esforzaba para distraerse en su fatiga, como sino le pudieran llegar las palabras de aquellos. Quizás quería pero le faltaba algo de tiempo para encontrar los temas precisos que destruyeran el mito de su aparente hermetismo. ¿Era tiempo? Quizás hubiera querido preguntar algo más acerca de una simple cursada o un nombre. Quizás. Pero una mujer no muy señora, ni tampoco muy señorita, se hizo presente con las disculpas de siempre. Todos se levantaron. Ahora sí, era hora de entrar al aula.

     Salió alguno minutos antes de la hora final. Detrás de un hasta luego culposo, se acomodó la correa y se emprendió en una nueva marcha apurada. Sin embargo, a pesar del tiempo ganado, cuando llegaba a la entrada del lugar noto las luces coloridas de un colectivo que se alejaba. Se detuvo con  suspiro se hizo sonido por todo el zaguán. Habia tiempo para un café; siempre lo hay. Saludó al que atendía el salón y echo un vistazo sobre las mesas. El lugar estaba vacío, salvo por algunos profesores corrigiendo exámenes, que resultaban tan o más grises que el ambiente. Por suerte, un delicioso aroma de comida rápida y a humedad, envuelto en un rock de los 70´, hacían soportable la decadencia que se imprimía en él. Pidió un modesto café doble con un par de bizcochos  y tomó asiento en una mesita en el fondo, a medida que se acomodaba y sacaba un par de cuadernillos del morral. De lejos el reloj le daba la hora, faltaban algunos minutos para la vuelta de aquel colectivo traicionero. Tiempo le sobraba para alejarse por un rato por fuera de ese mundo que le esperaba en casa. Y así lo hizo. Abrió un libro, se desabrochó el primer botón asfixiante de la camisa, y se quedo aspirando largo y hondo el aroma de aquella infusión entre sus manos. Al rato, estaba de vuelta. Se había encontrado. Tomó el sobrecito de azúcar y lo pellizco por un extremo, pero algo lo detuvo antes de abrirlo por completo. De repente, sus ojos se tornaban en concentración, enfocados sobre el pequeño dibujo de una fragata azul sobre aquel pequeño envoltorio. Debajo de él, una inscripción en palabras suaves y en tonos poéticos lo decoraba. Se mostraba reflexivo, como intentando alcanzar el significado que proponía esa dulce frase. Quizás le era conocida: en algún lugar de seguro, en algún sitio la habría visto a esa expresión, en otra tinta , o puede que no, que le era tan ajena a su vida, como lo era la aventura o el quiebre de lo establecido. Sin embargo lo conectaba con algo incierto, lo traspasaba con su significado. Palabras que le querían decir algo, encontrarlo con algo próximo quizás. Pero, si él no creía en esas cosas. Son frases vacías al fin y al cabo, ¿no?, cosas que están ahí porque son lindas de leer. Difícil que en un papelito de azúcar llegue a caber el destino intrincado y caprichoso de alguien. Seria bueno, pero no debe funcionar tan así. Como en esas galletitas, que traen proverbios adentro o algo parecido. Nunca las probé…tampoco nunca fui al barrio chino ahora que lo pienso. Pero no, acá no hay nada de horóscopo o de adivinación. No es cosa de cuentos chinos o de las cartas astrales de la vieja. A esa frase la tengo de algún lado, es de alguien que conozco. En algún libro puede ser. Quizás la vi una vez en Capital, esa vez que me perdí un poco a propósito por la calle Florida, entre esas librerías y los puestos de flores. Qué rico ese olor a humedad y a jazmines. También, qué frío y cuanta gente que había. Un sin fin de vidrieras empañadas y brillantes, de una tarde tan de manos en los bolsillos y caminatas urbanas. Y pensar que la fiesta era en otro lado, pero yo estaba bien. O quizás era que no estaba mal. Bahh, no sé. No pertenecía al lugar donde me querían. Y sí, ya sé… siempre lo mismo. Excusas. Nadie sabe con seguridad a donde pertenece. Ahhh, ya sé. Creo haberla visto en una esquina a la frase, enmarcada sobre la vidriera de un bar. Me acuerdo bien ahora. Ese olor vagabundo. Ese cristal tan sabio. Esas palabras. Creo que esa fue la última vez que el mundo supo atravesarme con tanta fuerza, pero aquella voz que, detrás del vidrio, me gritaba desde sus lineas, al mismo tiempo que me desvestía con una razón tan firme; un cachetazo fraternal a través del tiempo. Me da culpa no haberlo leído lo suficiente, todavía tengo el libro de él con el plástico puesto y todo echando polvo en el escritorio. En algún momento. Y tampoco no sé bien si aquellas serian las mismas palabras que estas. Como era…creo que decía algo como… “Siempre quejándote de todo y a la vez fing…

-¡Hola! Perdiste el colectivo también, no… ¿Te molesta si me siento?

-…

   Tardó unos segundos en lograr contestar. Atontado, como si una epifanía lo hubiera pasado por arriba, que lo hubiese dejado mirando hacia arriba con la imagen de un cielo que no esperaba, que lo despertaba. Algo parecía haber recordado, algo. Fragmentos de palabras llovían del aire,  a medida que lo avanzaba el pulso cítrico de una inadvertida y olvidada confusión que comenzaba a conquistar el lugar. Un perfume como a azúcar y a primavera. Aquella misma esencia que alguna vez le supo sonreir algunas flores, tardes empañadas y una verdad.

 

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2. Cuentos

    Algo lo despertó. El silencio era tal en la casa, que solamente se podía escuchar los roces de las sábanas por todas las vueltas que daba sobre si mismo. Con los párpados pesados, se sentó por un largo rato en la oscuridad. Seguramente pensó que la lucha por volver a recuperar el sueño era en vano a esas alturas, porque de repente la luz encandiló toda la habitación. Abrió de par en par las ventanas. Necesitaba un poco de aire helado a lo mejor. Pero la noche no hacia más que ofrecer la humedad de un verano impiadoso. Se puso una remera cualquiera y con mucha convicción parecía estar buscando algo en la mesita de luz. Entre cartas, papeles, telegramas viejos, promesas, invitaciones, dibujos, fotos, apuntes. Recuerdos. Repasó y repasó aquel cajón. Luego, con la misma tenacidad, el escritorio. Nada. Quedaba un gran ropero pero seguro que haría mucho ruido hurgando entre las cajas de cartón y la ropa. Habrá recordado que hacia días que estaba solo en esa casa, porque en seguida se dispuso a trepar sobre los cubículos superiores de aquel. Después de algunos minutos y de polvo, se encontraba de nuevo sentado en la cama. Parecía estar pensando o tal vez empezando a despertarse del todo. Fue a la cocina y abrió la heladera. Se quedó un par de minutos mirando en el interior hasta que agarró una botella con agua fría, cual bebió hasta la mitad sin inmutarse. Después sacó de una campera, que colgaba en la pared, un cajetilla con cigarros delgados y finos. Marca que probablemente no fumaria un hombre. Y salió afuera para toparse con un cielo amenazantemente rosa. La promesa tan esperada de una lluvia. Todavia algo entredormido, sonrió ante la noticia. Se calzó lo primero que encontró y tomó las llaves, para luego adentrarse en la calle solitaria. Era tan tarde que ni los perros salían a ladrarle, que solamente él y la noche parecían advertir ese chasquido que nacían de sus ojotas y se retumbaba por los casas y las construcciones de todo el barrio. Así recorrió un par de vueltas a la cuadra, entre cigarro y pensamiento. Vuelta y vuelta hasta que en un momento, paró en seco a mitad de la calle. Algo había recuperado. Con el doble de prisa regresó a la casa, tiró las llaves en la mesa y apuntó hacia una pequeña biblioteca. No le costó mucho encontrar lo que buscaba. Un libro no muy grueso ni muy viejo; tenia el lomo algo castigado, y la contratapa pegada con cinta. Cuando lo abrió, dejó caer su nariz sobre la fragancia de esas páginas casi amarillentas. Parecía más despierto. Recorrió algunas páginas con una rapidez cuidada, hasta llegar a un hoja suelta y blanquecina que marcaba el límite entre dos capítulos. Los ojos se le perfilaron en un gesto de determinación, o de dolor quizás. Sin mirar el libro lo dejo de lado sobre una mesa, y se sentó contra una pared a leer las palabras de aquella hoja mal doblada. Lo leyó con un extraño cuidado, marcando con sus labios silenciosos aquellas oraciones en su memoria; como si aquella fuese la última oportunidad de recuperar aquellas letras. Cuando aparentaba haber terminado, dobló otra vez aquella hoja y se la quedo mirando un rato más aún. Algo habrá pasado en esa mirada vacilante porque como poseído se levantó con algo parecido a la fuerza y acto seguido, se dirigía a la bacha de la cocina. Se aseguró que no estuviera húmeda la superficie metálica y, una vez esto, dejo reposar allí aquel papel. Era una época donde siempre tenia el encendedor en algún bolsillo, así que hizo uso de él sin tener que buscarlo. Esa historia estaba tan seca, tan llena de espinas que no le costó demasiado arder una vez que, desde una punta, una llama la desgarraba para siempre en cenizas. O eso creyó aquella vez. Se quedo contemplando los restos de aquellas memorias, pero algo parecía no convencerlo. Abrió la llave de la canilla y las cenizas se fueron por la rendija hacia un falso olvido. Antes de volver a la cama, salió una vez más afuera para intentar vislumbrar una vez más la sanadora noche. Habia amanecido hace rato, solo que el sol no se veía. Las nubes seguían allí.

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1. Trenes

     Era un domingo tan soleado. El traqueteo ensordecedor del tren hacía casi imposible cualquier conversación en ese vagón. No muy lejos de la puerta de ascenso se encontraban sentados y divertidos un hombre con dos niños. El nene, de unos cinco años mas o menos, parecía disfrutar con entusiasmo el paisaje y los campos que pasaban más allá de la ventanilla. Miraba con curiosidad esas pequeñas manchas oscuras y blancas entre el dorado pastizal. Cómo esas escenas campestres pasaban fugaces cual proyección de una película: parecían adquirir cierta animación, cuadro por cuadro, cada vez que su imagen se interrumpía con las plantas y con los delgados troncos que cada tanto rozaban de cerca el pellejo metálico del tren. Si alguno de esos animales hubiesen advertido a la distancia esa maquinaria chirriante, que avanzaba a toda velocidad; si tan solo por un segundo hubieran levantado la cabeza sobre el alimento vegetal, seguro habrían notado que sobre esa bestia escandalosa un pequeño rostro se iluminaba en muecas de novedad, al observar todos esos signos desconocidamente maravillosos. Era un domingo tan soleado.

    En frente de él, una pequeña niña dejaba deshacer un helado de agua sobre su mano a la vez que atendía las palabras del que podría ser el papá. Este, con un pañuelo de tela, le limpió las manos y el pegote de las mejillas, manchadas con caramelo y fruta  artificial. La niña le respondió con una sonrisa encantandora. El pañuelo siempre olía a frutillas. Cada tanto, podía verse a un inspector que venia de aquí para allá, a lo largo del pasillo, cortando boletos y parando de vez en cuando a hablar con algún pasajero. Tenía cara de ofuscado, de vida perdida, algo que ver con el peso de ciertas tinieblas latentes que abrevaban en  un gesto estricto en el mirar; hecho  agravado aún más con el porte de un bigote tosco y oscuro. Cuando pasó cerca de ellos, se detuvo fijando su atención en el niño. El muchacho no se había dado cuenta de esa presencia, hasta que la pesada mano de su padre le agitó el hombro. Estaba ensimismado sobre el marco de la ventana, como tomando postura para en cualquier momento comenzar su vuelo y salir revoloteando de esa serpiente mecánica. Cuando se giró hacia el interior del tren, notó tanto en la cara del padre como en la del inspector un tono serio, casi inquisidor. La niña seguía divertida, concentrada en su helado y en el balanceo ritmico de sus piernas. Puede que haya sido que una luz se extinguió en el muchacho, que abandonando su postura de espectador del mundo, se dejaba caer sobre el respaldo del acolchado asiento. Humillado, deshecho. El hombre parecía avergonzado también, pero con una culpa que no era la suya seguramente.  Le dijo algo a esa autoridad circunstancial, le dio los boletos y luego este último continuó su rumbo pasillo atrás. El muchacho siguió con la mirada sobre el piso, al mismo tiempo que escuchaba la voz rígida de aquel que guardase el pañuelo manchado. No volvió a levantar la cabeza por un buen rato. No, hasta que la nena, aburrida de ya no tener un helado entre las manos, se dispuso a hablarle al padre con exceso de gestos y de energía. El tren se hacia escuchar, la nena también: – Quiero otro cuand…CHACTUCHACTUCHAC…¿Falta mucho pa…CHACTUCHACTUCHAC…el abuelo debe estar esper…CHACTUCHACTUCHAC….esta vez uno de crema con choc…CHACTUCHACTUCHAC…ese señor parecía mal…CHACTUCHACTUCHAC… Al padre parecía causarle mucha gracia tal entusiasmo en tan minúsculo cuerpo. Todo parecia ser más de lo normal. Ese domingo era tan soleado.

    Después de un rato, sucedió que el niño volvía animarse al atreverse a mirar de reojo sobre la ventanilla. Para entonces un extenso y brillante lago ocupaba la vista exterior. El cielo parecía que se había duplicado sobre la tierra, en  aquel descuido de humillación reciente. Miró a su familia, para luego darse la vuelta y apenas levantar la cabeza sobre el asiento; se cercioraba de algo en el fondo del pasillo trasero. Después de algunos segundos volvió a lo suyo, apoyándose con los codos sobre el marco de la ventana. Parecía buscar con cierto gusto que el viento le sacudiera la oscura cabellera, o quizás que el aire fresco le inunde el pecho mientras  cerraba los ojos. Padre y niña estaban inmersos en sus juegos, reían a veces y otras señalaban  cosas distribuidas por todo el pasillo y en los pasajeros. En cambio el niño comenzó a señalar cosas pero para sí mismo, aquellas que formaban parte de esa vida de afuera, en todo eso que sucedía tan fugaz e inalcanzable. Parecía ansioso de querer atrapar ese momento, de alcanzar y apretar bien fuerte esa inmensidad seductora entre sus limitados deditos. Lo intentó, vaya a saber uno por que verdaderamente. Y en algún momento casi lo logra, ese paisaje casi era suyo, tan solo había que estirar un poco más el brazo, solo un poco mas… Y entonces un ruido sordo y eterno. Quién pudiera adivinar qué emoción se le avecino primero a la mente, ni bien apenas el latigazo de una sombra lo arranco de su alegría infantil. No recuerdo. Claramente lo siguiente fue dolor, sangre que se deshacía sobre su muñeca y entre sus dedos. El niño parecía confundido y horrorizado, al igual que el padre. Razones había. Con hábil reflejo sacó de su bolsillo el mismo pañuelo para envolverselo en la mano del niño, a la vez que lo regañaba entre compasivo y molesto. La ñiña no decía nada, solo balanceaba los pies. Así, el muchacho pasó lo poco que quedaba del viaje sollozando en silencio. Mirada hacia abajo y escuchando, solo escuchando palabras que ya se habían mencionado. Luego de otro rato, todos quedaron en silencio, hasta el tren mismo había cedido un poco en sus lamentos metálicos. Pero mas allá de la situación evidente, el nene no parecía llorar por el palpitar doliente de una muñeca magullada, sino que cualquier mirada curiosa habria pensado, seguramente, que en ese llanto tímido comenzaban a arder sutiles brotes incontenibles de una impotencia de no poder ser; como si tal vez hubiese comenzado a entender que a veces se paga caro el querer estar equivocado. En un momento, el tren comenzó a aminorar la velocidad, hasta que se detuvo al fin. Ellos bajaron en una vieja estación. Una vez en la plataforma, se comenzó a escuchar de nuevo los mecanismos de la máquina, indicio de que se preparaba para seguir con su camino hacia quién sabe donde. Mientras este los dejaba atrás, por una de las ventanillas, pudo ver que asomaba detrás de un bigote algo siniestro cierta cara de satisfacción que se ceñía solo sobre él. Una mirada que probablemente le haya quedado vibrante hasta el día de hoy, como el eco de una amarga enseñanza. Con los ojos ya secos, el niño también lo miró con un desprecio atroz para alguien tan pequeño. Ambos se miraron idénticos hasta que el vagón se alejó, del mismo modo que los demás vagones que le seguían y al final el mismo tren desapareció en la llanura reverdeciente. Ellos, sin mas, también se marcharon. El padre compró en un almacén dos helados y siguieron, hasta perderse por la calle principal que llevaba hacia el pequeño pueblo. Era un domingo tan soleado que el niño volvía a reír, que aquel pañuelo ya no olía a frutillas.

 

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Desde las cenizas

     Para cuando abrió los ojos, el mal sabor del cigarro anterior seguía latente en su boca. Sin embargo, una mala costumbre de las mañanas la hizo chequear su cigarrera de lata en busca de otro. No había más, aquel había sido el último. Pero esa no era la ausencia que la había movilizado, eso no le preocupó demasiado, sino la falta de algo que no podía definir la inquietaba mucho más. Sentía en su mente los ecos recientes de una sensación sumamente agradable, como la resaca de un sueño placentero y que no podía recordar. A medida que se despabilaba intentaba darle forma a esa incógnita. De recordar quizás lo que en alguna que otra clase había aprendido sobre lo que ocurre durante ese tramo casi inexistente: en el que las neuronas comienzan a reactivarse en fogonazos de coherencia y formalidad y de que emociones se cuelgan al primer pensamiento, a los primeras imágenes familiares para así poder emerger con ellos y llegar a ser. Pero… ¿qué era eso grandioso que la había atropellado para después retirarse sin marca alguna mas que ese delicioso desgaste? Mientras usaba la cucharita de metal para dibujar con los restos de café sobre la mesa pensaba en eso, que la razón nunca le fue suficiente para explicar los vaivenes de su vida. Y lo cierto era que se encontraba sospechosamente plena a pesar de los angustioso del momento, cosa que la llevó a a cuestionarse sobre el origen de aquella dicha. Profundamente temió que esa alegría anónima correspondiera en realidad a la terca ilusión de siempre, a una que cuando asomaba no podía evitar subirse en su galope. Se sintió algo molesta consigo misma al saberse carente de la fortaleza emocional necesaria para haber hecho algo al respecto. Una falta grave a todas esas sesiones de olvidos voluntarios y de distracciones que invertía sin descanso para mantener a raya esa búsqueda de anhelo. Pero es que allí, al despegar la cabeza sobre el empañado ventanal, comenzaba a entenderlo de a poco, o mejor dicho, no hubiese querido entender que deseaba con todas sus fuerzas, y que ya no eran muchas, que cada uno de los elementos presentes en aquel desolado salón fueran tan solo lo que parecían ser y que el significado en el que se iban desnudando sus figuras y sus colores no designasen algo más que una inocente e indiferente organización de cafetín ordinario. Temió el haber deseado aquello. La ilusión secreta de que esa cortina caótica de rizos colorados, que con ternura le entorpecía la vista, la hubiese arrojado a otra realidad más cercana a esas añoranzas culposas. Lo cierto es que se vivía enredando en aquella tierna contradicción cuando en estos episodios la inundaba el arrepentimiento propio del infiel que se sufre en sus engaños. Pero para ella, la traición no se daba por la carne, ni siquiera hacia un otro; su traición iniciaba desde y hacia sí misma, y eso era lo que no se perdonaba. Efervecia una alegría suicida en ella al descubrirse victima una y otra vez  de esos juegos que le habían sido tan tontos y la vez tan profundamente cálidos, pero que ya no le pertenecían, ya no eran más. Una fuerte compulsión de buscar meter las pecas de su nariz entre los despojos más íntimos de su memoria, entre el calor de algunas trémulas brasitas que se habían quedado ardiendo todavía bajo el brillo de días mejores, u en ocasiones en el oscuro fondo de una mesita de luz. Y sin embargo, y por suerte, toda la situación del momento le decía otra cosa: esa cuenta sobre la mesa y esas sillas levantadas que indicaban clausura y el rumor de unas voces y de unas vajillas que presurosas resonaban desde la cocina y esa taza agrietada que anidaba la vieja peste de borra y de colillas fulminadas, y sobre todo el oír del derrumbe de una sonrisa a medio nacer, al percatarse de que nada de lo allí dispuesto formaba parte de sus trucos baratos e infantiles; todo aquello volvía a significar no mucho más que la obra rígida y habitual del mundo, del mismo mundo de ella y el de todos; mas no el de ellos.

    El ridículo del descubrimiento la dejó marcada en su orgullo, con un fastidio hueco. Algo así como el cuerpo agrietado de aquella taza que miraba sin mirar. No lo llamó al mozo. Tomó su abrigo y dejó mucho más en la mesa de lo que había consumido. Una vez afuera, llenó sus pulmones con la el aire sofocante mientras se llevaba sus finos dedos sobre la cien. Pero el fastidio persistía, no aflojaba. Solo consiguió sentirse más cansada, mucho más de lo que el desgaste usual después de una jornada de apuntes y de archivos interminables la solía dejar. De forma paradójica en esa fatiga encontró la fuerza necesaria para tomarse unos segundos y así poder vislumbrarse en la distancia. Allí, sobre rodeada por los vidrios empañados de aquella entrada, se veía inmersa en la certeza de que esa noche parecía peculiar a todas las demás que pasaban indiferentes. No se podía ver mucho más de lo que una neblina calurosa proponía. Solo el silencio parecía ser visible, como si se desplazara con seguridad, escurriéndose impune por las siluetas inmensas de las edificios. Las manos las sentía entumecidas pero no buscó el abrigo en los bolsillos de su campera. Pues, no quería sentirse más culpable al dar con la hora acusadora del teléfono, o mejor dicho, por la cobarde certeza de llegar a dar con las protestas de su amiga; cosa que a esas alturas de seguro ya se habría acostumbrado en el ejercicio de cada fin de semana de por medio, al esperar verla entre el público y que nunca estuviese allí. Las traiciones parecían no hacer más que acumularse en su culpa. Y puede que haya sido esa culpa que la apresuró o algo que ver con los pálidos focos ambarinos que le imprimían un estatismo tenebroso a aquellas llanuras de concreto o, si en efecto, fue la penumbra detrás suyo que ya se había tragado las luces junto con las voces del café. De todos modos le resultaron indicios suficientes como para emprender la marcha; una buena pasajera nocturna entendía bien que en noches así, de aparente calma y silencio, a los corazones quietos se los pueden terminar devorados por la nostalgia urbana de los lugares. Le costó un poco sacudirse la torpeza de las piernas antes de posicionarse precisamente sobre la mitad de la avenida. Mientras escarbaba entre la infinitud de hojas sueltas y de notas que habitaban dentro de su morral percudido, giraba de momentos la cabeza hacia cada dirección, como si estuviera indecisa por algo. Y de repente, con una mueca de satisfacción que lo confirmaba, encontró en algún bolsillo interno un par de cigarros sospechosamente olvidados. Mecanismo ideal para estas ocasiones de emergencia tabaquera. Después de algunos intentos pudo prender uno, mientras se distraía pensante con la primera bocanada gris que se perdía difusa en la humareda blanca de la atmósfera. Tenia claro que no eran muchas las posibilidades que la aguardaban: calle arriba era el departamento, los rituales de siempre, las pilas de apuntes y de ropa para planchar, la masa de pelos, que a falta de creatividad ambas le decían Michi, el insomnio compañero y un balcón sanador, todos los testimonios silenciosos y privados que en soledades equivocadas  la ataban a todo lo que supo ser; calle abajo, era la otra cara de la moneda,  la otra mitad de los brazos abiertos y viciosos,  las posibilidades deliciosas, el arrimo de lo cautivante, de la falta de rutina, era la proximidad a todo aquello que podría ser. No importaba en realidad, solo quería saborear la sensación de creerse libre en elecciones. La decisión estaba tomada desde mucho antes de haber sucumbido al cansancio, en aquel espacio casi escondido de la cafetería en el que nadie aparentaba haberse percatado durante un buen rato de su presencia. Sabía que tenía que asistir a esa cita aunque ya fuera tarde y su amiga se encontrara en el clímax de su show, aunque llegue solo para ver la última chispa de furia pulmonar saliendo por su saxo estridente. O quizás no era tan así. Con algo de suerte, todavía seria temprano y aquella con su banda aún estuvieran sumidos en sus rituales etílicos previos al show. Cincuenta y cincuenta, nunca se sabía con ella. Pero el camino era largo a pie y no le quedaban monedas para el colectivo. Sin embargo lo más importante era que estos habían dejado de transitar hacia un buen rato probablemente, pero aunque hubiera advertido este hecho tampoco le hubiera importado. Quizás porque prefería sentirse en el rescate de algunos fragmentos de frescura infantil esquivando algo divertida la cascada de baldosas que le avanzaban en el camino. No se trataba solo de eso, era más parecido a una complacencia, que nunca pudo comprender en su totalidad, de algo que emanaba un privilegio secreto y jamas acordado respecto a ese mundo de luces y de calles frías. Como si su pulso andante fuera el único designio permitido de calor entre ese basto cementerio de pavimento y metal. Mientras más avanzaba, más empezaba a creer en esto.

    Media ciudad después, vio la vieja panadería italiana y entonces supo que no faltaba mucho; a lo mejor unas ocho cuadras más o menos para después seguir el camino del boulevard, luego cruzar las vías, y asi por fin llegar a ese pub. Ese lugar, al que escasas veces había ido, tenia un nombre muy conocido pero que nunca podía acordarse. Algo que remitía a una canción que era pura tristeza o a una leyenda de los sesenta quizás, de esas que se no hacen más que resurgir en cada juventud nueva. Era lo de menos, los nombres no hacen a un lugar pensó. No podía evitar ese olvido como tampoco podía evitar una picara sonrisa mientras imaginaba qué cara pondría aquella apasionada del saxo cuando la sorprendiese, cosa en la que nunca había sido muy diestra, por lo menos no en las buenas. Cuando quede pasmada de alegria sobre el intento de escenario al verla allí abajo a esta apasionada sin pasiones, discreta pero irremediablemente resaltante con su pelo de fuego y el esfuerzo de esa sonrisa olvidada, intentando entregarse al show y a ese ambiente que le resultaba decadente pero excitante, seguramente entre las mesas de pool o en el ajetreo de la gente, que si se hallaría contenta viéndola de nuevo intentando reconciliarse con su propia juventud o si estuviera justificadamente enojada y pasase de esto, y que si el enojo fuese verdad, cuáles deberían ser las compensaciones que tendría que idear al día siguiente para saldar su falta, y que el chico de la batería era más que probable que estuviera allí, y que sabía que de vez en cuando solía hacerle preguntas acerca de ella, y que tal vez no era muy agraciado físicamente pero parecía buena persona, y que parecía alguien atento y agradable con quien estar y que tal vez, quién sabe… hasta podría ver a donde le llevaban las cosas junto a él, pero que con ser inofensivo no es razón suficiente, y pero que cada vez que compartían miradas ese ardor que le subía por las piernas hasta sucumbir quemante en el pecho tenía que significar algo más que vergüenza o pudor, y que quizás un día de estos después con alguna excusa tonta lo invite a tomar algo, o qué quizás le gustaba más la cerveza, pero que puede que todavía era muy pronto, y que las cosas nunca salen como uno quiere tampoco, y que…

   Unos aullidos repentinos le cortaron el pensamiento. El silencio que entonces dominaba la ciudad, se vio sacudido por aquel rumor que se alargaba en el aire. No podía ubicar la dirección de donde podrían provenir, quizás también porque la cortina de niebla parecía alterarlo, lo multiplicaba en gravedad por alguna razón que se le escapaba. Es que así, alrededor de ella resonaban infinitos estos lamentos, atropellándose en cada superficie de cada hogar, de cada árbol, de cada poste; como si lo único que buscasen fuera un oído gentil que los albergara de algo tremendo por de más. En un principio se le había cruzado por la mente nerviosa ciertas ideas sobrenaturales o de gatos peleando por las azoteas, quizás hasta le pareció hasta el inicio del fin del mundo. Pero a pesar del escándalo apabullante de la situación, se sobrepuso por unos segundos para notar que aquellos sonidos resultaban ser algo más mecánicos y cercanos  a su plano cotidiano. Sirenas de ambulancia o de algo más grave quizás que una emergencia médica. Sin más, sintió nacer de las piernas y en su pecho un temblor, pero no de los agradables. Mas bien era como una sensación hostil en el aire, signos en su entorno difuso que no podía procesar pero que le advertían de un peligro cercano; detrás, delante, a los costados…algo terrible podría pasar. Malditas alarmas, pensó entre otras injurias. Le alteraban en sobremedida como si fueran el grito anunciante de una fiera invisible a punto de caer sobre ella, a punto de apagarla violentamente con sus colmillos en cualquier momento. Fue por ese motivo que el miedo del momento la obligó a buscar seguridad contra una pared, y era tanto aquel, que para aminorarlo con el peso de la razón, se le asomaban ideas  a asomar ideas sobrenaturales, o de ataques nucleares inminentes, de la muerte o mejor aún, el fin del mundo. La intensidad de aquellas fue tan inmensas que perdió el control y de pronto se había abandonado.  Con las manos fuertes sobre las orejas, apretando fuerte las muelas y los ojos. Y estuvo así por unos segundos o una eternidad, hasta que cayó en la cuenta de que el ruido había cesado, pero que ahora se escuchaba algo mucho peor. El silencio. Pero le se asemejaba al mismo que el de antes, el que favorecía amable la calma de un paseo nocturno. Era uno con otras intenciones claramente, cosa que la abrumó tanto que súbitamente se olvidó del frío y de su destino próximo. La tensión de la calma la empezó a seguir apenas retomó el camino. Tanto así que sin notarlo en un primer momento, se encontró caminando con una prisa ajena a ella mientras en su pecho volvía a crecer la necesidad imperiosa de alejarse de la situación en la que se creía atrapada. Algo acechaba entre la traicionera niebla y esta vez no se molestaba en ocultar su presencia. Los zumbidos de la bruma cortándose con rápidos movimientos alrededor de ella la impactaban en su deteriorada tranquilidad. Pero su emoción terminó por empeorar cuando detrás de ella, estallaban furiosos unos chasquidos sobre el cemento que se parecían aproximarse cada vez más. El primer reflejo fue el de un trote torpe hasta terminar en una huida errática y descoordinada. Se sorprendió de la reacción inesperada de ese instinto inundandola por todo el cuerpo. Algunos tirones en los muslos, la hicieron recordar que en su haber manejaba muchos vicios, menos el del ejercicio. caótico instinto de escapar. En algún momento durante ese atropello de pánico, sintió formas circulares y estructuras curvilíneas bajo sus pies, no entendía muy bien por donde iba pero tenía que ser parte del boulevard esa semirotonda que interrumpía por algunos cientos de metros a la avenida. Y con esa certeza en mente huyó hasta que creerse  lo suficientemente lejana a ese alboroto sombrío, hasta que en una vuelta espontánea vio a lo lejos con un rincón irreconocible pero absurdamente iluminado. Con una esquina que no supo ubicar en el primor de su prisa pero en ese momento se disponía a alcanzar a toda marcha. Dispuesta a dejar bien atrás eso que sentía respirarle en la nuca.

    Una vez allí, bajo la aparente seguridad de ese brillo, se dispuso a retomar el aliento a la vez que se ayudaba en el apoyo de un semáforo. Después de unos segundos, cuando de a poco el temor se le disipaba en cada respiro, se percató de que se había desviado de la avenida que la llevaba al pub. No recordaba con seguridad aquel lugar pero le parecía que había estado en algún momento parada justamente ahí. Era raro que no hallase familiar nada de lo que veía alrededor suyo; resultaba que desde niña siempre tuvo libertad  manejándose a su antojo por la ciudad, tanto por los rincones destacados como los marginados de esta misma. Y en aquellas andanzas nunca había visto un sitio parecido, que desentone tan fuertemente con las demás estructuras aledañas. Es más, podría haber jurado que desde que sus primeros recuerdos, o mucho antes de nacer siquiera, allí no había más que una zona desierta. Era un lugar que a simple vista uno diría que fue construido durante la época colonial, por el estilo y la impronta señorial difícil de confundir. ¿Cómo pudo haber pasado por alto tal diseño durante todos estos años?  Pero no menos extraño era el intenso el fulgor de unas marquesinas que parecían repeler cualquier oscuridad en la noche. Hasta la niebla, sin darse cuenta antes, parecía haberse retirado asustada de este brillo. Al fin se sintió segura. Era algo muy similar a la paz ver que todo era claridad y silencio bajo la presencia de aquel lugar. Fue en eso que sacó del morral el último cigarro que tenia y se puso merodear la vieja estructura en busca de alguna memoria rebelde sobre aquel lugar. Notó en lo alto figuras penumbrosas y confusas de distinguir sobre un gran cartel, al cual parecía no querer llegarle la luminosidad. Alcanzo a deducir que seria el nombre del lugar. Sin más, caminó sobre la acera con paso detectivesco, sin despegar la vista de las grandes letras negras que yacían sobre el ese fondo blanco arriba suyo, palabras que nombraban a una película que nunca había visto. El título le remitía a algo relacionado con pájaros mitológicos o quizás a algo de aviones. Antes de dar con una gran entrada, determinó que era un cine por las obviedades exaltantes a la vista. Ciertos elementos como esa amplia e innecesaria escalera de mármol al pie del umbral de las enormes puertas de metal dorado y cristales empañados, le daban al aspecto  general un porte muy señorial y estilizado, cosa que embelesaba la vista inicial pero que contrastaba aun más con esa porción de ciudad. También se había fijado en esas portadas que estaban remarcadas en las paredes previas a la entrada, y en ellas figuraban nombres de directores y de actores de los que jamas sintió nombrar. Hombres y mujeres de otro mundo, tragados por el olvido de las incesante creación. En una de estas imágenes, la única que parecía estar intacta, estaba la imagen de esa película que se anunciaba en la marquesina. Examinándola mejor, pudo ver que en su dibujo de estilo vintage habían unas figuras diminutas sobre la arena pareciendo escapar de otra figura a lo lejos, algo más grande y difusa que apenas se definía en contraste con un sol que amanecía detrás, o puede que atardecía. No sabia, no importaba, hace rato que le era igual definir los horizontes. Pero viendo aquel dibujo con aun más atención entendió que esa figura que los perseguía parecía ser una especie de avión y en lugar de escaparle, estas sombras diminutas parecían querer cargarlo con la ayuda de unas sogas por alguna razón. Alguien alguna vez le había comentado sobre la hermenéutica del cine, y el doble mensaje, pero si había una metáfora en esa póster le era totalmente ajena. Pero si este era un cine, como es que no lo conocía o por lo menos que no había escuchad nada sobre el.  Cosas así, y mas en esta ciudad donde la oferta cultural escaseaba, se sabían con rapidez. En el diario no había visto nada al respecto. Una inauguración reciente quizás, sin mucho tiempo para difundir la noticia. No le presto mucha atención a esto, la alegría le sobrepasaba a la curiosidad sobre aquel hallazgo. Hace muchísimo tiempo que les faltaba de un cine en la ciudad, y según las anécdotas el funcionamiento de uno le precedía mucho antes de nacer. Nunca había podido saber a flor de piel lo que era ver una película en una gran pantalla, con todo lo que eso conlleva. El reloj nunca le era muy amigo. Por eso, entre otras cosas, prefirió convencerse de que ya era tarde para llegar a tiempo donde su amiga, que en la mañana cuando la encontrase en casa se disculparía como siempre y la compensaría de alguna manera. Y de igual modo intentó convencerse de que  las razones por la que le seguían temblando las manos no eran mas que la llana emoción por la novedad del hallazgo.

    El pasador de la puerta cedió sin mucha dificultad. Dentro del vestíbulo, sintió que el aire cambiaba a un calor más moderado, a uno que le acariciaba la piel. Esa sensación acrecentaba aún más por la calidez visual que se desprendía del ambiente. La finura encandilante de los tapizados vino tinto que decoraban las altas paredes, el candelabro de cristal a la misma altura que el primer piso, todo el extenso piso cubierto por alfombras que se mullían como nubes ante los pasos de la atrevida visitante, y esa melodía dulzona de violines que fluía en el ambiente y que apuntaba hacia lo que parecía ser la boletería. Al acercarse al mostrador no vio a nadie del otro lado. Solo una radio encendida con el volumen bajo y una banqueta despintada. Prosiguió a golpear con la punta de su dedo el vidrio y a esperar que alguien se asomase por la puerta que arrimaba en el fondo del cuartito. Uno, dos minutos y nadie apareció. Con la mirada le dio una vuelta más al vestíbulo y a las escaleras contiguas a este, en busca de alguien que estuviera a cargo del lugar, pero todo permanecía tieso, amarillo y quieto. Todo menos unos destellos en flashes que escapaban por un umbral en penumbras, que parecía conectar con la sala donde se daba la película. Posiblemente justo esa noche misma noches estaba ocurriendo una proyección privada. Pero no, no podía ser, si aquello era cierto, con la película ya comenzada, de seguro la puerta principal estaría bajo llave. O puede que el encargado tuviera  un altercado de algún tipo y se haya ausentado por unos minutos simplemente. Pero, entre puede y puede la impaciencia le ganó de mano porque antes de seguir abarajando más posibilidades, ya había divisado del otro lado el rollo con los boletos. Mucho titubeo no le llevó a definir lo que haría a continuación. Pues no consideraba vergonzoso el hecho de que si la llegaban a encontrar sea arrancando un ticket sin permiso, de todas maneras había dejado un puñado de plata sobre la taquilla. Lo que realmente la lleno de vergüenza de tan solo pensarlo fue que alguien la encontrase retorciéndose y estirándose ridículamente a través de la estrecha abertura del cristal. Tal esfuerzo demandó aquel atrevimiento que tuvo que deshacerse momentáneamente de sus abrigos y del morral, para poder usar las dos manos, hasta dejó apoyado lo poco que quedaba del pucho sobre una fisura en la madera. Después que logró su cometido, se hizo con sus cosas nuevamente, y con aires de sospecha se metió con prisa a la sala donde se estaba dando la película, no sin antes dejar la parte troquelada del boleto sobre una urna de metal donde rebozaban otros pedazos idénticos de papel.

   Al entrar, sintió cierto consuelo al ver que la sala estaba desolada. Que no era una función privada ni nada por el estilo, que ni siquiera había allí un solo refugiado que buscase aplacar el insomnio, en aquellas horas tardías. Bajó por el pasillo, procurando no tropezar al  distraerse con las escenas que parecen vivas sobre ese aquel rectángulo inmenso en frente suyo. Se paro justo en la mitad de todas las hileras de filas al recordar una enseñanza que pensaba olvidada. Eso la hizo buscar un asiento que formase un angulo más o menos de unos noventa grados entre su campo de visión y la pantalla. Pero antes de tomar asiento, hojeó la parte superior de donde surgían aquellos halo de luz que atravesaba toda la sala. Pero no pudo ver si había alguien detrás, solo veía sombras que iban y venían por la rendija de ese oscura abertura. Sin más vueltas, aflojó su peso sobre el asiento y al instante notó que la amortiguación del material estaba algo vencida. Algo impropio pensó y hasta inaceptable de lo que se esperaba de un cine nuevo. La cinta parecía bastante avanzada ya. Reparó en el hecho de que en la pantalla se proyectaban aquellas siluetas del póster e incluso en la misma situación, pero esa vez tenían caras y gestos, parecían personas. Le pareció sorprendente como ese chorro de luces que caía desde lograba contener todas esas caras, esos gestos, todas las imágenes que salpicaban desde esa lámina al estallar contra ella. Ahora entendía la misión que tenían por delante aquellos desconocidos. Acarreaban con sus ultimas fuerzas a la bestia de metal hasta la boca de una pendiente en la arena. De alguna manera sabia que iba a suceder, no recordaba haberla visto antes a la cinta, pero casi instintivamente el camino hacia el desenlace. Y no era lo previsible propio del género de aventuras, sino era algo más, algo semejante a esa sensación de certeza olvidada que tuvo en la cafetería. Como si aquellos instantes siguientes estuvieran grabados por una incansable repetición y solo pudiera acceder a los ecos de esas memorias. Esos hombres intentando reparar esa masa alada, el halo de luz que cortaba la oscuridad de la sala, las butacas maltrechas, el humo elevándose por las paredes; todo le sentaba tan normal.

   Lo normal de esa magia se hizo pedazos cuando todo comenzó a difuminarse. Al principio, creyó que solo era algo de cansancio, pero cuando el olor a materia chamuscada le penetro el olfato recién entonces noto la realidad en la que se tornaba la sala. Aquel momento era tan macabro y poderoso al mismo tiempo. La visión desordenada de ese avión,  moviéndose como una maquinaria espectral en el aire y logrando hacerse y deshacerse entre los vaivenes del humo y de la oscuridad. El estruendo altivo de orquesta avivaba con un extraño ritmo el éxtasis del momento, alterando el hambre furiosa de las llamas con cada pico de violín, por cada ráfaga de piano. El fuego se había expandido con rapidez por toda la sala; brotaba exultante desde los techos, los palcos, las butacas, la pantalla, la entrada. Hasta cierto encanto descansaba en ver como ese sofocante cielo formado de humo se tragaba todo el aire del cine. En un flaqueza de humanidad casi intenta pararse y alejarse a toda prisa de allí, pero en cambio, y aunque así lo hubiese deseado, su cuerpo no le hubiera respondido. Tal vez era  por la belleza fatal de la situación o la poca cantidad de oxígeno que restaba en la sala, pero lentamente empezó a caer en una suerte de sopor somnífero, mientras la aeronave rumiaba y tomaba carrera en lo poco que quedaba de la pantalla. En cualquier momento le parecía que aquel alzaría sobre las butacas, y aquel suceso sí que no quería perdérselo. Por supuesto que no. Se enteró que el humo le había terminado de ocupar sus pulmones, cuando los ojos le empezaron a ceder. ¿O ese humo era la niebla de antes que no le había alcanzado con tan solo asustarla? No importaba a estas alturas. Tan solo se limitó a entregarse y a contemplar todo lo que la atravesaba frente suyo, sin intentar siquiera cualquier esfuerzo de lucha en contra de aquel cálido vacío en el cual se deslizaba. Se sentía pesada y alegre. Casi dichosa de hallarse otra vez presa de esos juegos de fuegos y de fantasmas. Y fue así que todo caía en cenizas, excepto ese avión. Ese avión, no. Todavía no se decidía a despegar, por desgracia de sus pasajeros, pero seguía firme intentando abandonar el suelo. Y con lo que le quedaba de fuerza se despertó, justo un instante antes de que sus párpados se desvanecieran. Y así sintió como ese pedazo de basura metálica alada la despeinaba en su vuelo, despegando de una vez por todas desde las llamas para posiblemente perderse en algún cielo limpio de humo y de sirenas chillantes. Ojala que sí, pensó, pobre infeliz. Que pudiera encontrar un lugar bien lejos de aquel desierto de cenizas, en el que ella se estaba perdiendo de a poco. Sin dudas, hubiera deseado ver aquello. Solo podía desear. Desear haber acompañado aquel maravilloso espectáculo con el sabor de un cigarro en la boca. Pero finalmente terminó de recordar que no le quedaban más en la cigarrera. El último lo había dejado sobre el borde de una taquilla.

 

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