1. Trenes

     Era un domingo tan soleado. El traqueteo ensordecedor del tren hacía casi imposible cualquier conversación en ese vagón. No muy lejos de la puerta de ascenso se encontraban sentados y divertidos un hombre con dos niños. El nene, de unos cinco años mas o menos, parecía disfrutar con entusiasmo el paisaje y los campos que pasaban más allá de la ventanilla. Miraba con curiosidad esas pequeñas manchas oscuras y blancas entre el dorado pastizal. Cómo esas escenas campestres pasaban fugaces cual proyección de una película: parecían adquirir cierta animación, cuadro por cuadro, cada vez que su imagen se interrumpía con las plantas y con los delgados troncos que cada tanto rozaban de cerca el pellejo metálico del tren. Si alguno de esos animales hubiesen advertido a la distancia esa maquinaria chirriante, que avanzaba a toda velocidad; si tan solo por un segundo hubieran levantado la cabeza sobre el alimento vegetal, seguro habrían notado que sobre esa bestia escandalosa un pequeño rostro se iluminaba en muecas de novedad, al observar todos esos signos desconocidamente maravillosos. Era un domingo tan soleado.

    En frente de él, una pequeña niña dejaba deshacer un helado de agua sobre su mano a la vez que atendía las palabras del que podría ser el papá. Este, con un pañuelo de tela, le limpió las manos y el pegote de las mejillas, manchadas con caramelo y fruta  artificial. La niña le respondió con una sonrisa encantandora. El pañuelo siempre olía a frutillas. Cada tanto, podía verse a un inspector que venia de aquí para allá, a lo largo del pasillo, cortando boletos y parando de vez en cuando a hablar con algún pasajero. Tenía cara de ofuscado, de vida perdida, algo que ver con el peso de ciertas tinieblas latentes que abrevaban en  un gesto estricto en el mirar; hecho  agravado aún más con el porte de un bigote tosco y oscuro. Cuando pasó cerca de ellos, se detuvo fijando su atención en el niño. El muchacho no se había dado cuenta de esa presencia, hasta que la pesada mano de su padre le agitó el hombro. Estaba ensimismado sobre el marco de la ventana, como tomando postura para en cualquier momento comenzar su vuelo y salir revoloteando de esa serpiente mecánica. Cuando se giró hacia el interior del tren, notó tanto en la cara del padre como en la del inspector un tono serio, casi inquisidor. La niña seguía divertida, concentrada en su helado y en el balanceo ritmico de sus piernas. Puede que haya sido que una luz se extinguió en el muchacho, que abandonando su postura de espectador del mundo, se dejaba caer sobre el respaldo del acolchado asiento. Humillado, deshecho. El hombre parecía avergonzado también, pero con una culpa que no era la suya seguramente.  Le dijo algo a esa autoridad circunstancial, le dio los boletos y luego este último continuó su rumbo pasillo atrás. El muchacho siguió con la mirada sobre el piso, al mismo tiempo que escuchaba la voz rígida de aquel que guardase el pañuelo manchado. No volvió a levantar la cabeza por un buen rato. No, hasta que la nena, aburrida de ya no tener un helado entre las manos, se dispuso a hablarle al padre con exceso de gestos y de energía. El tren se hacia escuchar, la nena también: – Quiero otro cuand…CHACTUCHACTUCHAC…¿Falta mucho pa…CHACTUCHACTUCHAC…el abuelo debe estar esper…CHACTUCHACTUCHAC….esta vez uno de crema con choc…CHACTUCHACTUCHAC…ese señor parecía mal…CHACTUCHACTUCHAC… Al padre parecía causarle mucha gracia tal entusiasmo en tan minúsculo cuerpo. Todo parecia ser más de lo normal. Ese domingo era tan soleado.

    Después de un rato, sucedió que el niño volvía animarse al atreverse a mirar de reojo sobre la ventanilla. Para entonces un extenso y brillante lago ocupaba la vista exterior. El cielo parecía que se había duplicado sobre la tierra, en  aquel descuido de humillación reciente. Miró a su familia, para luego darse la vuelta y apenas levantar la cabeza sobre el asiento; se cercioraba de algo en el fondo del pasillo trasero. Después de algunos segundos volvió a lo suyo, apoyándose con los codos sobre el marco de la ventana. Parecía buscar con cierto gusto que el viento le sacudiera la oscura cabellera, o quizás que el aire fresco le inunde el pecho mientras  cerraba los ojos. Padre y niña estaban inmersos en sus juegos, reían a veces y otras señalaban  cosas distribuidas por todo el pasillo y en los pasajeros. En cambio el niño comenzó a señalar cosas pero para sí mismo, aquellas que formaban parte de esa vida de afuera, en todo eso que sucedía tan fugaz e inalcanzable. Parecía ansioso de querer atrapar ese momento, de alcanzar y apretar bien fuerte esa inmensidad seductora entre sus limitados deditos. Lo intentó, vaya a saber uno por que verdaderamente. Y en algún momento casi lo logra, ese paisaje casi era suyo, tan solo había que estirar un poco más el brazo, solo un poco mas… Y entonces un ruido sordo y eterno. Quién pudiera adivinar qué emoción se le avecino primero a la mente, ni bien apenas el latigazo de una sombra lo arranco de su alegría infantil. No recuerdo. Claramente lo siguiente fue dolor, sangre que se deshacía sobre su muñeca y entre sus dedos. El niño parecía confundido y horrorizado, al igual que el padre. Razones había. Con hábil reflejo sacó de su bolsillo el mismo pañuelo para envolverselo en la mano del niño, a la vez que lo regañaba entre compasivo y molesto. La ñiña no decía nada, solo balanceaba los pies. Así, el muchacho pasó lo poco que quedaba del viaje sollozando en silencio. Mirada hacia abajo y escuchando, solo escuchando palabras que ya se habían mencionado. Luego de otro rato, todos quedaron en silencio, hasta el tren mismo había cedido un poco en sus lamentos metálicos. Pero mas allá de la situación evidente, el nene no parecía llorar por el palpitar doliente de una muñeca magullada, sino que cualquier mirada curiosa habria pensado, seguramente, que en ese llanto tímido comenzaban a arder sutiles brotes incontenibles de una impotencia de no poder ser; como si tal vez hubiese comenzado a entender que a veces se paga caro el querer estar equivocado. En un momento, el tren comenzó a aminorar la velocidad, hasta que se detuvo al fin. Ellos bajaron en una vieja estación. Una vez en la plataforma, se comenzó a escuchar de nuevo los mecanismos de la máquina, indicio de que se preparaba para seguir con su camino hacia quién sabe donde. Mientras este los dejaba atrás, por una de las ventanillas, pudo ver que asomaba detrás de un bigote algo siniestro cierta cara de satisfacción que se ceñía solo sobre él. Una mirada que probablemente le haya quedado vibrante hasta el día de hoy, como el eco de una amarga enseñanza. Con los ojos ya secos, el niño también lo miró con un desprecio atroz para alguien tan pequeño. Ambos se miraron idénticos hasta que el vagón se alejó, del mismo modo que los demás vagones que le seguían y al final el mismo tren desapareció en la llanura reverdeciente. Ellos, sin mas, también se marcharon. El padre compró en un almacén dos helados y siguieron, hasta perderse por la calle principal que llevaba hacia el pequeño pueblo. Era un domingo tan soleado que el niño volvía a reír, que aquel pañuelo ya no olía a frutillas.

 

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Desde las cenizas

     Para cuando abrió los ojos, el mal sabor del cigarro anterior seguía latente en su boca. Sin embargo, una mala costumbre de las mañanas la hizo chequear su cigarrera de lata en busca de otro. No había más, aquel había sido el último. Pero esa no era la ausencia que la había movilizado, eso no le preocupó demasiado, sino la falta de algo que no podía definir la inquietaba mucho más. Sentía en su mente los ecos recientes de una sensación sumamente agradable, como la resaca de un sueño placentero y que no podía recordar. A medida que se despabilaba intentaba darle forma a esa incógnita. De recordar quizás lo que en alguna que otra clase había aprendido sobre lo que ocurre durante ese tramo casi inexistente: en el que las neuronas comienzan a reactivarse en fogonazos de coherencia y formalidad y de que emociones se cuelgan al primer pensamiento, a los primeras imágenes familiares para así poder emerger con ellos y llegar a ser. Pero… ¿qué era eso grandioso que la había atropellado para después retirarse sin marca alguna mas que ese delicioso desgaste? Mientras usaba la cucharita de metal para dibujar con los restos de café sobre la mesa pensaba en eso, que la razón nunca le fue suficiente para explicar los vaivenes de su vida. Y lo cierto era que se encontraba sospechosamente plena a pesar de los angustioso del momento, cosa que la llevó a a cuestionarse sobre el origen de aquella dicha. Profundamente temió que esa alegría anónima correspondiera en realidad a la terca ilusión de siempre, a una que cuando asomaba no podía evitar subirse en su galope. Se sintió algo molesta consigo misma al saberse carente de la fortaleza emocional necesaria para haber hecho algo al respecto. Una falta grave a todas esas sesiones de olvidos voluntarios y de distracciones que invertía sin descanso para mantener a raya esa búsqueda de anhelo. Pero es que allí, al despegar la cabeza sobre el empañado ventanal, comenzaba a entenderlo de a poco, o mejor dicho, no hubiese querido entender que deseaba con todas sus fuerzas, y que ya no eran muchas, que cada uno de los elementos presentes en aquel desolado salón fueran tan solo lo que parecían ser y que el significado en el que se iban desnudando sus figuras y sus colores no designasen algo más que una inocente e indiferente organización de cafetín ordinario. Temió el haber deseado aquello. La ilusión secreta de que esa cortina caótica de rizos colorados, que con ternura le entorpecía la vista, la hubiese arrojado a otra realidad más cercana a esas añoranzas culposas. Lo cierto es que se vivía enredando en aquella tierna contradicción cuando en estos episodios la inundaba el arrepentimiento propio del infiel que se sufre en sus engaños. Pero para ella, la traición no se daba por la carne, ni siquiera hacia un otro; su traición iniciaba desde y hacia sí misma, y eso era lo que no se perdonaba. Efervecia una alegría suicida en ella al descubrirse victima una y otra vez  de esos juegos que le habían sido tan tontos y la vez tan profundamente cálidos, pero que ya no le pertenecían, ya no eran más. Una fuerte compulsión de buscar meter las pecas de su nariz entre los despojos más íntimos de su memoria, entre el calor de algunas trémulas brasitas que se habían quedado ardiendo todavía bajo el brillo de días mejores, u en ocasiones en el oscuro fondo de una mesita de luz. Y sin embargo, y por suerte, toda la situación del momento le decía otra cosa: esa cuenta sobre la mesa y esas sillas levantadas que indicaban clausura y el rumor de unas voces y de unas vajillas que presurosas resonaban desde la cocina y esa taza agrietada que anidaba la vieja peste de borra y de colillas fulminadas, y sobre todo el oír del derrumbe de una sonrisa a medio nacer, al percatarse de que nada de lo allí dispuesto formaba parte de sus trucos baratos e infantiles; todo aquello volvía a significar no mucho más que la obra rígida y habitual del mundo, del mismo mundo de ella y el de todos; mas no el de ellos.

    El ridículo del descubrimiento la dejó marcada en su orgullo, con un fastidio hueco. Algo así como el cuerpo agrietado de aquella taza que miraba sin mirar. No lo llamó al mozo. Tomó su abrigo y dejó mucho más en la mesa de lo que había consumido. Una vez afuera, llenó sus pulmones con la el aire sofocante mientras se llevaba sus finos dedos sobre la cien. Pero el fastidio persistía, no aflojaba. Solo consiguió sentirse más cansada, mucho más de lo que el desgaste usual después de una jornada de apuntes y de archivos interminables la solía dejar. De forma paradójica en esa fatiga encontró la fuerza necesaria para tomarse unos segundos y así poder vislumbrarse en la distancia. Allí, sobre rodeada por los vidrios empañados de aquella entrada, se veía inmersa en la certeza de que esa noche parecía peculiar a todas las demás que pasaban indiferentes. No se podía ver mucho más de lo que una neblina calurosa proponía. Solo el silencio parecía ser visible, como si se desplazara con seguridad, escurriéndose impune por las siluetas inmensas de las edificios. Las manos las sentía entumecidas pero no buscó el abrigo en los bolsillos de su campera. Pues, no quería sentirse más culpable al dar con la hora acusadora del teléfono, o mejor dicho, por la cobarde certeza de llegar a dar con las protestas de su amiga; cosa que a esas alturas de seguro ya se habría acostumbrado en el ejercicio de cada fin de semana de por medio, al esperar verla entre el público y que nunca estuviese allí. Las traiciones parecían no hacer más que acumularse en su culpa. Y puede que haya sido esa culpa que la apresuró o algo que ver con los pálidos focos ambarinos que le imprimían un estatismo tenebroso a aquellas llanuras de concreto o, si en efecto, fue la penumbra detrás suyo que ya se había tragado las luces junto con las voces del café. De todos modos le resultaron indicios suficientes como para emprender la marcha; una buena pasajera nocturna entendía bien que en noches así, de aparente calma y silencio, a los corazones quietos se los pueden terminar devorados por la nostalgia urbana de los lugares. Le costó un poco sacudirse la torpeza de las piernas antes de posicionarse precisamente sobre la mitad de la avenida. Mientras escarbaba entre la infinitud de hojas sueltas y de notas que habitaban dentro de su morral percudido, giraba de momentos la cabeza hacia cada dirección, como si estuviera indecisa por algo. Y de repente, con una mueca de satisfacción que lo confirmaba, encontró en algún bolsillo interno un par de cigarros sospechosamente olvidados. Mecanismo ideal para estas ocasiones de emergencia tabaquera. Después de algunos intentos pudo prender uno, mientras se distraía pensante con la primera bocanada gris que se perdía difusa en la humareda blanca de la atmósfera. Tenia claro que no eran muchas las posibilidades que la aguardaban: calle arriba era el departamento, los rituales de siempre, las pilas de apuntes y de ropa para planchar, la masa de pelos, que a falta de creatividad ambas le decían Michi, el insomnio compañero y un balcón sanador, todos los testimonios silenciosos y privados que en soledades equivocadas  la ataban a todo lo que supo ser; calle abajo, era la otra cara de la moneda,  la otra mitad de los brazos abiertos y viciosos,  las posibilidades deliciosas, el arrimo de lo cautivante, de la falta de rutina, era la proximidad a todo aquello que podría ser. No importaba en realidad, solo quería saborear la sensación de creerse libre en elecciones. La decisión estaba tomada desde mucho antes de haber sucumbido al cansancio, en aquel espacio casi escondido de la cafetería en el que nadie aparentaba haberse percatado durante un buen rato de su presencia. Sabía que tenía que asistir a esa cita aunque ya fuera tarde y su amiga se encontrara en el clímax de su show, aunque llegue solo para ver la última chispa de furia pulmonar saliendo por su saxo estridente. O quizás no era tan así. Con algo de suerte, todavía seria temprano y aquella con su banda aún estuvieran sumidos en sus rituales etílicos previos al show. Cincuenta y cincuenta, nunca se sabía con ella. Pero el camino era largo a pie y no le quedaban monedas para el colectivo. Sin embargo lo más importante era que estos habían dejado de transitar hacia un buen rato probablemente, pero aunque hubiera advertido este hecho tampoco le hubiera importado. Quizás porque prefería sentirse en el rescate de algunos fragmentos de frescura infantil esquivando algo divertida la cascada de baldosas que le avanzaban en el camino. No se trataba solo de eso, era más parecido a una complacencia, que nunca pudo comprender en su totalidad, de algo que emanaba un privilegio secreto y jamas acordado respecto a ese mundo de luces y de calles frías. Como si su pulso andante fuera el único designio permitido de calor entre ese basto cementerio de pavimento y metal. Mientras más avanzaba, más empezaba a creer en esto.

    Media ciudad después, vio la vieja panadería italiana y entonces supo que no faltaba mucho; a lo mejor unas ocho cuadras más o menos para después seguir el camino del boulevard, luego cruzar las vías, y asi por fin llegar a ese pub. Ese lugar, al que escasas veces había ido, tenia un nombre muy conocido pero que nunca podía acordarse. Algo que remitía a una canción que era pura tristeza o a una leyenda de los sesenta quizás, de esas que se no hacen más que resurgir en cada juventud nueva. Era lo de menos, los nombres no hacen a un lugar pensó. No podía evitar ese olvido como tampoco podía evitar una picara sonrisa mientras imaginaba qué cara pondría aquella apasionada del saxo cuando la sorprendiese, cosa en la que nunca había sido muy diestra, por lo menos no en las buenas. Cuando quede pasmada de alegria sobre el intento de escenario al verla allí abajo a esta apasionada sin pasiones, discreta pero irremediablemente resaltante con su pelo de fuego y el esfuerzo de esa sonrisa olvidada, intentando entregarse al show y a ese ambiente que le resultaba decadente pero excitante, seguramente entre las mesas de pool o en el ajetreo de la gente, que si se hallaría contenta viéndola de nuevo intentando reconciliarse con su propia juventud o si estuviera justificadamente enojada y pasase de esto, y que si el enojo fuese verdad, cuáles deberían ser las compensaciones que tendría que idear al día siguiente para saldar su falta, y que el chico de la batería era más que probable que estuviera allí, y que sabía que de vez en cuando solía hacerle preguntas acerca de ella, y que tal vez no era muy agraciado físicamente pero parecía buena persona, y que parecía alguien atento y agradable con quien estar y que tal vez, quién sabe… hasta podría ver a donde le llevaban las cosas junto a él, pero que con ser inofensivo no es razón suficiente, y pero que cada vez que compartían miradas ese ardor que le subía por las piernas hasta sucumbir quemante en el pecho tenía que significar algo más que vergüenza o pudor, y que quizás un día de estos después con alguna excusa tonta lo invite a tomar algo, o qué quizás le gustaba más la cerveza, pero que puede que todavía era muy pronto, y que las cosas nunca salen como uno quiere tampoco, y que…

   Unos aullidos repentinos le cortaron el pensamiento. El silencio que entonces dominaba la ciudad, se vio sacudido por aquel rumor que se alargaba en el aire. No podía ubicar la dirección de donde podrían provenir, quizás también porque la cortina de niebla parecía alterarlo, lo multiplicaba en gravedad por alguna razón que se le escapaba. Es que así, alrededor de ella resonaban infinitos estos lamentos, atropellándose en cada superficie de cada hogar, de cada árbol, de cada poste; como si lo único que buscasen fuera un oído gentil que los albergara de algo tremendo por de más. En un principio se le había cruzado por la mente nerviosa ciertas ideas sobrenaturales o de gatos peleando por las azoteas, quizás hasta le pareció hasta el inicio del fin del mundo. Pero a pesar del escándalo apabullante de la situación, se sobrepuso por unos segundos para notar que aquellos sonidos resultaban ser algo más mecánicos y cercanos  a su plano cotidiano. Sirenas de ambulancia o de algo más grave quizás que una emergencia médica. Sin más, sintió nacer de las piernas y en su pecho un temblor, pero no de los agradables. Mas bien era como una sensación hostil en el aire, signos en su entorno difuso que no podía procesar pero que le advertían de un peligro cercano; detrás, delante, a los costados…algo terrible podría pasar. Malditas alarmas, pensó entre otras injurias. Le alteraban en sobremedida como si fueran el grito anunciante de una fiera invisible a punto de caer sobre ella, a punto de apagarla violentamente con sus colmillos en cualquier momento. Fue por ese motivo que el miedo del momento la obligó a buscar seguridad contra una pared, y era tanto aquel, que para aminorarlo con el peso de la razón, se le asomaban ideas  a asomar ideas sobrenaturales, o de ataques nucleares inminentes, de la muerte o mejor aún, el fin del mundo. La intensidad de aquellas fue tan inmensas que perdió el control y de pronto se había abandonado.  Con las manos fuertes sobre las orejas, apretando fuerte las muelas y los ojos. Y estuvo así por unos segundos o una eternidad, hasta que cayó en la cuenta de que el ruido había cesado, pero que ahora se escuchaba algo mucho peor. El silencio. Pero le se asemejaba al mismo que el de antes, el que favorecía amable la calma de un paseo nocturno. Era uno con otras intenciones claramente, cosa que la abrumó tanto que súbitamente se olvidó del frío y de su destino próximo. La tensión de la calma la empezó a seguir apenas retomó el camino. Tanto así que sin notarlo en un primer momento, se encontró caminando con una prisa ajena a ella mientras en su pecho volvía a crecer la necesidad imperiosa de alejarse de la situación en la que se creía atrapada. Algo acechaba entre la traicionera niebla y esta vez no se molestaba en ocultar su presencia. Los zumbidos de la bruma cortándose con rápidos movimientos alrededor de ella la impactaban en su deteriorada tranquilidad. Pero su emoción terminó por empeorar cuando detrás de ella, estallaban furiosos unos chasquidos sobre el cemento que se parecían aproximarse cada vez más. El primer reflejo fue el de un trote torpe hasta terminar en una huida errática y descoordinada. Se sorprendió de la reacción inesperada de ese instinto inundandola por todo el cuerpo. Algunos tirones en los muslos, la hicieron recordar que en su haber manejaba muchos vicios, menos el del ejercicio. caótico instinto de escapar. En algún momento durante ese atropello de pánico, sintió formas circulares y estructuras curvilíneas bajo sus pies, no entendía muy bien por donde iba pero tenía que ser parte del boulevard esa semirotonda que interrumpía por algunos cientos de metros a la avenida. Y con esa certeza en mente huyó hasta que creerse  lo suficientemente lejana a ese alboroto sombrío, hasta que en una vuelta espontánea vio a lo lejos con un rincón irreconocible pero absurdamente iluminado. Con una esquina que no supo ubicar en el primor de su prisa pero en ese momento se disponía a alcanzar a toda marcha. Dispuesta a dejar bien atrás eso que sentía respirarle en la nuca.

    Una vez allí, bajo la aparente seguridad de ese brillo, se dispuso a retomar el aliento a la vez que se ayudaba en el apoyo de un semáforo. Después de unos segundos, cuando de a poco el temor se le disipaba en cada respiro, se percató de que se había desviado de la avenida que la llevaba al pub. No recordaba con seguridad aquel lugar pero le parecía que había estado en algún momento parada justamente ahí. Era raro que no hallase familiar nada de lo que veía alrededor suyo; resultaba que desde niña siempre tuvo libertad  manejándose a su antojo por la ciudad, tanto por los rincones destacados como los marginados de esta misma. Y en aquellas andanzas nunca había visto un sitio parecido, que desentone tan fuertemente con las demás estructuras aledañas. Es más, podría haber jurado que desde que sus primeros recuerdos, o mucho antes de nacer siquiera, allí no había más que una zona desierta. Era un lugar que a simple vista uno diría que fue construido durante la época colonial, por el estilo y la impronta señorial difícil de confundir. ¿Cómo pudo haber pasado por alto tal diseño durante todos estos años?  Pero no menos extraño era el intenso el fulgor de unas marquesinas que parecían repeler cualquier oscuridad en la noche. Hasta la niebla, sin darse cuenta antes, parecía haberse retirado asustada de este brillo. Al fin se sintió segura. Era algo muy similar a la paz ver que todo era claridad y silencio bajo la presencia de aquel lugar. Fue en eso que sacó del morral el último cigarro que tenia y se puso merodear la vieja estructura en busca de alguna memoria rebelde sobre aquel lugar. Notó en lo alto figuras penumbrosas y confusas de distinguir sobre un gran cartel, al cual parecía no querer llegarle la luminosidad. Alcanzo a deducir que seria el nombre del lugar. Sin más, caminó sobre la acera con paso detectivesco, sin despegar la vista de las grandes letras negras que yacían sobre el ese fondo blanco arriba suyo, palabras que nombraban a una película que nunca había visto. El título le remitía a algo relacionado con pájaros mitológicos o quizás a algo de aviones. Antes de dar con una gran entrada, determinó que era un cine por las obviedades exaltantes a la vista. Ciertos elementos como esa amplia e innecesaria escalera de mármol al pie del umbral de las enormes puertas de metal dorado y cristales empañados, le daban al aspecto  general un porte muy señorial y estilizado, cosa que embelesaba la vista inicial pero que contrastaba aun más con esa porción de ciudad. También se había fijado en esas portadas que estaban remarcadas en las paredes previas a la entrada, y en ellas figuraban nombres de directores y de actores de los que jamas sintió nombrar. Hombres y mujeres de otro mundo, tragados por el olvido de las incesante creación. En una de estas imágenes, la única que parecía estar intacta, estaba la imagen de esa película que se anunciaba en la marquesina. Examinándola mejor, pudo ver que en su dibujo de estilo vintage habían unas figuras diminutas sobre la arena pareciendo escapar de otra figura a lo lejos, algo más grande y difusa que apenas se definía en contraste con un sol que amanecía detrás, o puede que atardecía. No sabia, no importaba, hace rato que le era igual definir los horizontes. Pero viendo aquel dibujo con aun más atención entendió que esa figura que los perseguía parecía ser una especie de avión y en lugar de escaparle, estas sombras diminutas parecían querer cargarlo con la ayuda de unas sogas por alguna razón. Alguien alguna vez le había comentado sobre la hermenéutica del cine, y el doble mensaje, pero si había una metáfora en esa póster le era totalmente ajena. Pero si este era un cine, como es que no lo conocía o por lo menos que no había escuchad nada sobre el.  Cosas así, y mas en esta ciudad donde la oferta cultural escaseaba, se sabían con rapidez. En el diario no había visto nada al respecto. Una inauguración reciente quizás, sin mucho tiempo para difundir la noticia. No le presto mucha atención a esto, la alegría le sobrepasaba a la curiosidad sobre aquel hallazgo. Hace muchísimo tiempo que les faltaba de un cine en la ciudad, y según las anécdotas el funcionamiento de uno le precedía mucho antes de nacer. Nunca había podido saber a flor de piel lo que era ver una película en una gran pantalla, con todo lo que eso conlleva. El reloj nunca le era muy amigo. Por eso, entre otras cosas, prefirió convencerse de que ya era tarde para llegar a tiempo donde su amiga, que en la mañana cuando la encontrase en casa se disculparía como siempre y la compensaría de alguna manera. Y de igual modo intentó convencerse de que  las razones por la que le seguían temblando las manos no eran mas que la llana emoción por la novedad del hallazgo.

    El pasador de la puerta cedió sin mucha dificultad. Dentro del vestíbulo, sintió que el aire cambiaba a un calor más moderado, a uno que le acariciaba la piel. Esa sensación acrecentaba aún más por la calidez visual que se desprendía del ambiente. La finura encandilante de los tapizados vino tinto que decoraban las altas paredes, el candelabro de cristal a la misma altura que el primer piso, todo el extenso piso cubierto por alfombras que se mullían como nubes ante los pasos de la atrevida visitante, y esa melodía dulzona de violines que fluía en el ambiente y que apuntaba hacia lo que parecía ser la boletería. Al acercarse al mostrador no vio a nadie del otro lado. Solo una radio encendida con el volumen bajo y una banqueta despintada. Prosiguió a golpear con la punta de su dedo el vidrio y a esperar que alguien se asomase por la puerta que arrimaba en el fondo del cuartito. Uno, dos minutos y nadie apareció. Con la mirada le dio una vuelta más al vestíbulo y a las escaleras contiguas a este, en busca de alguien que estuviera a cargo del lugar, pero todo permanecía tieso, amarillo y quieto. Todo menos unos destellos en flashes que escapaban por un umbral en penumbras, que parecía conectar con la sala donde se daba la película. Posiblemente justo esa noche misma noches estaba ocurriendo una proyección privada. Pero no, no podía ser, si aquello era cierto, con la película ya comenzada, de seguro la puerta principal estaría bajo llave. O puede que el encargado tuviera  un altercado de algún tipo y se haya ausentado por unos minutos simplemente. Pero, entre puede y puede la impaciencia le ganó de mano porque antes de seguir abarajando más posibilidades, ya había divisado del otro lado el rollo con los boletos. Mucho titubeo no le llevó a definir lo que haría a continuación. Pues no consideraba vergonzoso el hecho de que si la llegaban a encontrar sea arrancando un ticket sin permiso, de todas maneras había dejado un puñado de plata sobre la taquilla. Lo que realmente la lleno de vergüenza de tan solo pensarlo fue que alguien la encontrase retorciéndose y estirándose ridículamente a través de la estrecha abertura del cristal. Tal esfuerzo demandó aquel atrevimiento que tuvo que deshacerse momentáneamente de sus abrigos y del morral, para poder usar las dos manos, hasta dejó apoyado lo poco que quedaba del pucho sobre una fisura en la madera. Después que logró su cometido, se hizo con sus cosas nuevamente, y con aires de sospecha se metió con prisa a la sala donde se estaba dando la película, no sin antes dejar la parte troquelada del boleto sobre una urna de metal donde rebozaban otros pedazos idénticos de papel.

   Al entrar, sintió cierto consuelo al ver que la sala estaba desolada. Que no era una función privada ni nada por el estilo, que ni siquiera había allí un solo refugiado que buscase aplacar el insomnio, en aquellas horas tardías. Bajó por el pasillo, procurando no tropezar al  distraerse con las escenas que parecen vivas sobre ese aquel rectángulo inmenso en frente suyo. Se paro justo en la mitad de todas las hileras de filas al recordar una enseñanza que pensaba olvidada. Eso la hizo buscar un asiento que formase un angulo más o menos de unos noventa grados entre su campo de visión y la pantalla. Pero antes de tomar asiento, hojeó la parte superior de donde surgían aquellos halo de luz que atravesaba toda la sala. Pero no pudo ver si había alguien detrás, solo veía sombras que iban y venían por la rendija de ese oscura abertura. Sin más vueltas, aflojó su peso sobre el asiento y al instante notó que la amortiguación del material estaba algo vencida. Algo impropio pensó y hasta inaceptable de lo que se esperaba de un cine nuevo. La cinta parecía bastante avanzada ya. Reparó en el hecho de que en la pantalla se proyectaban aquellas siluetas del póster e incluso en la misma situación, pero esa vez tenían caras y gestos, parecían personas. Le pareció sorprendente como ese chorro de luces que caía desde lograba contener todas esas caras, esos gestos, todas las imágenes que salpicaban desde esa lámina al estallar contra ella. Ahora entendía la misión que tenían por delante aquellos desconocidos. Acarreaban con sus ultimas fuerzas a la bestia de metal hasta la boca de una pendiente en la arena. De alguna manera sabia que iba a suceder, no recordaba haberla visto antes a la cinta, pero casi instintivamente el camino hacia el desenlace. Y no era lo previsible propio del género de aventuras, sino era algo más, algo semejante a esa sensación de certeza olvidada que tuvo en la cafetería. Como si aquellos instantes siguientes estuvieran grabados por una incansable repetición y solo pudiera acceder a los ecos de esas memorias. Esos hombres intentando reparar esa masa alada, el halo de luz que cortaba la oscuridad de la sala, las butacas maltrechas, el humo elevándose por las paredes; todo le sentaba tan normal.

   Lo normal de esa magia se hizo pedazos cuando todo comenzó a difuminarse. Al principio, creyó que solo era algo de cansancio, pero cuando el olor a materia chamuscada le penetro el olfato recién entonces noto la realidad en la que se tornaba la sala. Aquel momento era tan macabro y poderoso al mismo tiempo. La visión desordenada de ese avión,  moviéndose como una maquinaria espectral en el aire y logrando hacerse y deshacerse entre los vaivenes del humo y de la oscuridad. El estruendo altivo de orquesta avivaba con un extraño ritmo el éxtasis del momento, alterando el hambre furiosa de las llamas con cada pico de violín, por cada ráfaga de piano. El fuego se había expandido con rapidez por toda la sala; brotaba exultante desde los techos, los palcos, las butacas, la pantalla, la entrada. Hasta cierto encanto descansaba en ver como ese sofocante cielo formado de humo se tragaba todo el aire del cine. En un flaqueza de humanidad casi intenta pararse y alejarse a toda prisa de allí, pero en cambio, y aunque así lo hubiese deseado, su cuerpo no le hubiera respondido. Tal vez era  por la belleza fatal de la situación o la poca cantidad de oxígeno que restaba en la sala, pero lentamente empezó a caer en una suerte de sopor somnífero, mientras la aeronave rumiaba y tomaba carrera en lo poco que quedaba de la pantalla. En cualquier momento le parecía que aquel alzaría sobre las butacas, y aquel suceso sí que no quería perdérselo. Por supuesto que no. Se enteró que el humo le había terminado de ocupar sus pulmones, cuando los ojos le empezaron a ceder. ¿O ese humo era la niebla de antes que no le había alcanzado con tan solo asustarla? No importaba a estas alturas. Tan solo se limitó a entregarse y a contemplar todo lo que la atravesaba frente suyo, sin intentar siquiera cualquier esfuerzo de lucha en contra de aquel cálido vacío en el cual se deslizaba. Se sentía pesada y alegre. Casi dichosa de hallarse otra vez presa de esos juegos de fuegos y de fantasmas. Y fue así que todo caía en cenizas, excepto ese avión. Ese avión, no. Todavía no se decidía a despegar, por desgracia de sus pasajeros, pero seguía firme intentando abandonar el suelo. Y con lo que le quedaba de fuerza se despertó, justo un instante antes de que sus párpados se desvanecieran. Y así sintió como ese pedazo de basura metálica alada la despeinaba en su vuelo, despegando de una vez por todas desde las llamas para posiblemente perderse en algún cielo limpio de humo y de sirenas chillantes. Ojala que sí, pensó, pobre infeliz. Que pudiera encontrar un lugar bien lejos de aquel desierto de cenizas, en el que ella se estaba perdiendo de a poco. Sin dudas, hubiera deseado ver aquello. Solo podía desear. Desear haber acompañado aquel maravilloso espectáculo con el sabor de un cigarro en la boca. Pero finalmente terminó de recordar que no le quedaban más en la cigarrera. El último lo había dejado sobre el borde de una taquilla.

 

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