La última parte

Era una mañana como cualquiera. El ruido del tráfico desde la calle, la gente alborotada, clientes caprichosos, la historia de siempre.

Estaba sentado en el bar del hotel, aprovechando el descanso para tomarme un cortado. En un momento, la vista se me fue para la avenida, más allá del portero que intercambiaba unas palabras con el botones que todavía le costaba aprenderse de memoria los pisos de cada cuarto. Entre todo ese tumulto rutinario, distinguí a un tipo parado bajo el semáforo de la esquina. Nada particular a simple vista, escribía cosas de tanto en tanto en una libreta de bolsillo, al mismo tiempo de que las personas pasaban alrededor de él, sin empujarlo o tocarlo siquiera, como si no estuviera allí. Y lo extraño no era su aspecto o algun rasgo fisico en el, porqué si vamos al caso era un flaco como cualquiera: así con cara de nada, de estatura normal, nada extraordinaria que resalte más allá de las excentricidades tan habituales que uno acostumbra todos los días en la ciudad. Y así estaba, como poseído por una fuerza curiosa, e con tanta velocidad. Se me cruzó por la mente que por ahí se trataba de ese loco que desde hacia semanas era el tema en boca de todos en la ciudad. El “Asesino de las letras” le había puesto la prensa amarillista. Pues, al principio, el desgraciado se había ganado tal reputación al atacar a jóvenes estudiantes de carreras relacionadas a las letras obviamente, pero luego, quizás al aburrirse o tan solo cambiar su objeto de estudio, expandió sus preferencias a estudiosos de las ciencias duras y lógicas por igual. Hasta creo que se hablaba de alguna que otra profesora de economía o contabilidad de vez en cuando. policía daba ruedas de prensa a cada rato intentando calmar con falsos avances en la búsqueda, pero la verdad es que aquel asesino no se cansaba de matar con toda impunidad. Es más, hasta un tal sargento había conformado una unidad especial para ponerle fin de una vez por todas a su captura, pero ni caso, era un fantasma el tipo, siempre se esfumaba. Sin embargo, al rato me pareció algo ridícula esa sentencia sobre el pobre pibe: primero porque no le hacia mal a nadie ahí con sus aires contemplativos y  segundo recordé que solo atacaba en la madrugada el asesino, cuando la noche era oportuna. Estaba muy lejano a la imagen brutal y salvaje que se manejaba de aquel demonio, pues alguien tan frágil en la superficie no podría hacer mucho daño me dije. Así me convencí de que seguro no se trataría más que un turista fascinado con la arquitectura urbana o a lo mejor un estudiante tomando sus notas; es más fácil convencerse para dejarse de preguntar por todo.

En eso, al preguntarle la hora al barman, me percaté de que todavía faltaba unos veinte minutos para volver a mis tareas; había estado toda la mañana con los preparativos para recibir a alguien importante, de una embajada que no recuerdo dónde, y todavía faltaba preparar las habitaciones de sus asistentes. Le di el último sorbo a la taza y, al volver mi atención más allá de los cristales de la entrada, supe que algo no andaba bien. De repente, toda esas oleadas de gente que ocupaban la principal hacia unos momentos ya no estaban, y, aún más extraño, sobre todo a esa hora tan concurrida de la mañana. No era cosa de todos los días ver la principal ausente de vida o notar el ruidoso tránsito del mediodía reducirse en silencio. Ahora, solo había quedado aquel tipo que caminaba muy despreocupadamente a lo ancho de la avenida, como si no lo estorbase nada ya, cosa que era cierto, sumido en la escritura de sus hojas. Esa tranquilidad de hacer las cosas tampoco era usual. De nuevo, intenté encontrar un par de razones para encontrarle la vuelta a la situación que se presentaba afuera, y pensé “a lo mejor tuvieron que cortar la circulación calle abajo por alguna obra o algo parecido”, pero no sé… algo no me terminaba de cerrar viendo a aquel sujeto extraño. Como si una mezcla de un temor desconocido con curiosidad me impedían despegar la vista en lo que quiera que estuviera haciendo aquel sujeto. Entonces, preguntas me volvieron a inquietar el descanso: cuestiones de qué hacia allí afuera, dando vueltas frente al edificio del hotel; por qué la mirada se le perdía en las alturas, los locales, cosas lejanas, por qué durante breves instantes la boca aparentaba moverse, como si hablase solo o con alguien invisible, ¿por qué tanto interés en anotar todo? Justo cuando no aguante más la duda y me dispuse a levantarme para ver qué pasaba afuera, el tipo se quedó observando hacia el cielo, murmuró unas palabras y, en el momento exacto que dejó de escribir, todo se volvió oscuro; como si el sol se hubiese quemado al igual que una lamparita, como si aquel fuera el responsable de apagarlo. Fueron unos segundos de total confusión, pero no hablo de esas situaciones de penumbra o de poca visibilidad en las que si haces algo de fuerza con los ojos logras ver uno que otro contorno, sino de un negro absoluto alrededor, la nada misma si es que existe algo así. Y no podría decir con seguridad cuanto duró, pero lo cierto es que una eternidad sentí pasar hasta que las iluminarias de la calle y las ventanas de los edificios cercanos se activaron, ofreciendo claridad nuevamente. Pero, para mi horrible sorpresa, el tipo había desaparecido de la avenida, al igual que todo el personal del hotel. Ahora se encontraba mirándome fijamente detrás de los reflejos de la gran puerta en la entrada. Estaba seguro, ya no era curiosidad, sino un completo sentido de alerta apoderándose de mí, sobrepasando mi razón. Y todo tendía a tornarse peor, como mi calma me abandonaba, al sentir todo el peso de sus ojos penetrantes sobre los míos, incluso cómo sus labios se movían dejando salir palabras imposibles de escuchar por la distancia. Pese al revuelto de ideas que se batía en mi cabeza, era difícil no notar como parecía trasladar cada palabra dicha en esa libretita negra que portaba con recelo, con la seguridad que solo trae la costumbre hecha habito. En ese momento, ya no me faltaba más para salir rajando de ahí; cientos de pinchazos en el pecho me alarmaban que corría peligro aguardando en aquella barra algo que no quería ni era capaz de entender. Pero ese plan quedó anulado cuando un cansancio sobrenatural se extendió por todo mi cuerpo; no podía moverme ya, no podía hacer mucho más que verlo atravesar la puerta para avanzar tranquilamente por el corredor hasta el lugar donde me encontraba. Y a medida que se aproximaba comprendía desde lo profundo de mi pánico lo absurdo del momento, del temor que despertaba aquel muchacho de rasgos ordinarios, pero era inevitable negar el presentimiento que brotaba en mí al analizar su apariencia, una amenaza invisible que no podía siquiera imaginar. Hasta que al fin pasó detrás de mí, para situarse del otro de la barra.
Como dije, no parecía ser de esos tipos violentos en si mismos, de esos que uno cruzaría indudablemente de vereda si los ve venir de frente. Más bien parecía un ratón de biblioteca, o esos de esos fundamentalistas del papel que frecuentan los cafés literarios; quiero decir, que no me hubiese resultado ningún problema derribarlo si la ocasión era oportuna. La amenaza no tenia que ver con su apariencia, por lo contrario, había tanta liviandad en su modo de moverse, de mirar, de reaccionar ante lo que lo rodeaba que me era insoportable, demasiada extraña. No me miraba, con el ceño fruncido, solo miraba el lugar y otras veces a la entrada pare luego volver a abrir su libreta y repasar las lineas que anteriormente había escrito. Tanto así que, tildado en sus pensamientos, comenzó a susurrar cosas de las que se arrepentía luego: “El silencio de la noche se había quebrado por la furia de sirenas cercanas. Solo podía significar algo aquello: el asesino había reclamado el último aliento de otra víctima”… Mhh, mejor no…  a ver así. “No había pasado mucho desde que las escalinatas de la biblioteca, el estallido de un disparo anunció. La policía sabia que no podía estar lejos de la escena del crimen. El Asesino de letras seguiría oculto en el corazón de la ciudad “.

Después de haber soltado y escrito esas frases sin demasiado sentido, una sucesión de luces rojas y azules pasaron a toda velocidad a lo largo de la principal. No me costó mucho entender que aquellas patrullas tenían que ver con este tipo que se paseaba con toda libertad, por fuera de todo lo que sucedía; no me costó hacerme la idea de que estaba indefenso, vulnerable a cualquier acto del posible demente. Satisfecho asentía como convenciéndose de algo, con una mueca retorcida en sus labios que parecía burlarse del espanto que no podía disimular. Daban ganas de gritar, todavía intentaba recobrar con desesperación mis fuerzas y así salir corriendo de ese sinsentido, o al menos para tener la mínima chance de defenderme de cualquier ataque. Sabia que todo eso era inútil, pero a esa altura mi desesperación no me dejaba retroceder en los intentos por recobrar la acción, hasta que, de repente, levantó la vista de sus asuntos y con una normalidad insoportable simuló percatarse de mi impotencia:

-Holaa…- me dijo, como si de alguna manera ya me conociera.

Ante la falta de respuesta, se quedó expectante observando mi sorpresa seguramente, con un tono tan inexpresivo que si uno tenia el coraje de sostenerle la mirada por algunos segundos podía notar cómo esta se desorbitaba más y más hacia cada extremo. No podía responder, pero la mandíbula me temblaba sin control. ¿Que quería con todo aquello?¿Qué me mantenía ahí, tan perplejo ante alguien que no podía ser más extraño que cualquiera que viese ir y venir por las puertas del hotel?

-Disculpa. Se me fue la hora, porque aproveché que justo estaba afuera, y terminé con algunos detalles que no me cerraban. Pero, en realidad te estaba buscando.

Cuando descubri que podia mover la boca, mi voz salió quebradiza, manoteando un par de palabras, sin darme tiempo a pensar siquiera.

-¿Aaa… aa… a mí?

-Sí, sí a vos, ¿sos el gerente del Gran Hotel Morrison o no?- sin lograr entender todavía, me limité a asentir con la frente-. Me costó un poco ubicarte, bah, no, en realidad bastante. Se me hizo un lío porque no recordaba bien si te había dejado en el medio o en el final. Pero bueno… acá estás.

Mientras jugaba a golpear la punta de su lapicera sobre la tapa de una hielera, el extraño se quedó en silencio, dándose cuenta de la inquietud en mi cara.

-Mirá, sé que todo puede resultar raro, y si es que todavía no te preguntaste por qué estoy acá, pues deberías hacerlo. Después de todo estás hecho para no aceptar lo que viene a continuación, más bien para no entenderlo. Y aunque entiendas el gran final está en vos no lograr aceptarlo. Te comento igual, pero, primero aguántame un segundo que termino algo…

Ya no sabía qué esperar, ya no sabia si seguía hablándome a mí o alguna presencia revoloteando dentro de su locura. Otra vez se le había perdido la mirada y comenzaba a hablar solo, guardando silencio de a ratos únicamente para escribir lo que antes se decía a sí mismo: “Dentro de los abismos de su locura, el asesino comenzaba a comprender que esta vez no seria nada fácil desaparecer en los recovecos oscuros de la ciudad. El lamento de las sirenas retumbando entre los edificios y el calor de la sangre que brotaba irreparablemente desde un agujero en su pierna se lo confirmaban contundentemente. ¿Era miedo lo que sentía o quizás el fin de su ardua tarea? Las voces que tantas veces lo habían guiado en su incomprensible búsqueda, parecían abandonarlo; desprenderse de él mediante ese rastro que dejaba impregnado sobre las vidrieras y callejones de una ciudad que reclamaba su cabeza…”

Frunció su boca como signo de aprobación y pareció que me hablaba de nuevo.

-Muy dramático, ¿no te parece? Espera a que llegue el clímax, ahí sí que… Pero, disculpa. Si no lo anotó rápido se me escapa y es bastante frustrante eso, me puedo llegar a bloquear. ¿Sabes qué pasa?, es que últimamente entendí que tengo que meterme más de lleno en la trama, revisar las cosas desde adentro, tomar notas, tachar… todo eso. Pero, esta vez… me parece… me parece que esta vez se me fue un poco la mano con ese importado que me regalaron; será que tomé con el estomago vacío, bah no sé.

-Todavía… todavía no entiendo nada.

-Está bien que no lo hagas, vas por buen camino. Como dije, para que todo ésto funcione ninguno de ustedes debería hacerlo- pasó de hoja en su libreta-. La cosa es que me di cuenta que mucho asesinato, viste… mucha muerte gratuita a estas alturas y sin una conclusión que me convenciera del todo. A ver, ayúdame, ¿qué decís de esto?: “Al llegar a la escena del crimen los agentes notaron que la causa de muerte era la usual, propia de la modalidad del Asesino de letras; una corte incisivo y certero en la garganta. En efecto, el criminal no se había aburrido de blandir su metal contra los desafortunados que solían cruzarse con él en las fatales aires nocturnos. Esa era su marca. El disparo, antes anunciado por una vecina de las cercanías, había sido efectuado desde una nueve milímetros aún cálida, en la mano sin pulso de una joven; en la otra, una placa de policía bien sujetada entre los rígidos dedos.” ¡Ajá…! se pone bueno, no. ¿No?, ¿no te gusta? Quizás tengas razón, muy controversial para estos tiempos tan delicados.

En mi mente las ideas se amontonaban en puro caos. Recuerdo que tan solo no quería quedarme ni un segundo más como un corderito esperando que aquel delirante sacará en cualquier momento un cuchillo para luego ser degollado como un idiota. Estaba seguro que ya no era miedo, otra cosa me inutilizaba la voluntad. Y ya no me importaba saber de qué iba todo este asunto, si aquel era o no ese degenerado psicótico que mataba pobres desgraciados por placer, o si no era más que un fan o un admirador del trabajo enfermo del Asesino de letras o tan solo saber que se traía entre manos con todo ese truco del apagón y de los patrulleros y con esos relatos que no dejaba de contar. ¡¿Quién era ese sujeto?!

-Solo soy alguien que quiere contar una buena historia- de repente me interrumpió, como si se me escapará aquello en voz alta, o quizás pudo realmente entrever en mis pensamientos, pero al fin, me interrumpió-. Bueno… por lo menos hablo por mí. Después, hay de todo. En cada ciudad, te digo más, en el mundo, hay millones como yo que lo hacen por causas infinitas; no sé, quizás por gusto, por descargo, por escape, puede ser terapéutico a lo mejor, o capaz que tan solo una búsqueda reveladora… no sé. Solo sé que soy uno más de ellos, y no de los mejores.

-Ma-a, ma… ¿más como ustedes?- pregunté, como esperando una verdad que seguramente no podría soportar.

-Sí. Pero lo importante no es el quién sino el qué. Y la verdad es que estuve mucho tiempo buscando el qué que sostenga a toda la trama, algo como un cierre digno a tanto suspenso, y quién mejor que el amistoso y desapercibido gerente hotelero para explicarlo con lujo de detalle. No me mires así, ¿no te haces ni una idea, no? Vas a dejar de ser un papel secundario. Escucha, vos me dirás que te parece: “El sargento LeBlanc notó en el piso el casquillo que brillaba revelador bajo la luz de la luna. Se arrimó al cuerpo, y entonces cerró los ojos de su compañera, que acusadores lo contemplaban desde el suelo, a él y a los nubarrones de tormenta que se avecinaban por el este de los edificio de la biblioteca. El tiempo era crucial, pues el aguacero barrería el rastro que se dibujaba oscuro y espeso hacia el callejón y llevaba avenida arriba. El culpable debería estar cerca y ésta oportunidad de atraparlo no se volvería a repetir. Unas gotas estallaron sobre su camisa”.

-Te lo pido por favor, te lo ruego. Soltame. No me importa si son verdad o no estas cosas que contás. En serio no me importa.

Con total indiferencia, seguía enfocado escribiendo hoja tras hoja: “Los coches patrulla cubrían todas las posibilidades: rastrillaban todas las intersecciones, los lugares de mala muerte que aún permanecían abiertos, la plazoleta del centro, el hospital, pero no, era inútil después de todo. Comenzaba a llover en la ciudad una llovizna filosa y helada, haciendo que más que nunca, Leblanc, enfocado en su propósito, se abrazaba a los despojos que el asesino había dejado momentos atrás en su agonía”.

-Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver todo esto con el asesino?¿Conmigo? No, no, no debí preguntar, prefiero no saber. Mira, ni siquiera te conozco. Déjame que me vaya y…

-Espera, espera. Ya termino, no falta mucho: “Anduvo a pie por las veredas de varias calles, al frente de los faros del coche patrulla que lo iluminaban en su camino. Casi pierde las esperanzas en el punto en que la lluvia se volvió aluvión y borró sobre el cordón del asfalto las últimas marcas que lo llevarían a su ansiada venganza, cuando al alzar la vista al final de la avenida una columna de luz se erigía ante él. El último rastro de sangre subía por las doradas escaleras del Gran Hotel Morrison”.

-¡Por favor! No sé qué me hiciste que no me puedo mover, pero te juro que desaparezco, no le cuento a nadie y me olvido de ésto.

Pero solo escribía y recitaba, o las dos cosas al mismo tiempo: “En las entradas del hotel, el portero yacía en el piso con una herida mortal en su vientre, el botones de igual modo se encontraba boca abajo como un trapo sanguinolento entre un tumulto de maletas. No había tiempo para esperar los refuerzos. Ordenó a los tres oficiales presentes cubrir las salidas traseras y de la cocina del callejón. El sargento, cauteloso y arma en mano, en el momento oportuno irrumpiría por la entrada principal. Solo estaba aguardando analítico, sin dejarse llevar por la emoción como un depredador al acecho, ya que no tenia un tiro muy claro ante el panorama. Distinguía a duras penas un par de siluetas a lo lejos, entre las penumbras de la barra, que parecían conversar pese al infierno que se sacudía afuera. Una vez en posición sobre el marco plateado del portal, con las muelas apretadas y bien alto, anunció su presencia ante los sospechosos”.

En eso, mi espíritu volvió a respirar, porque justo en ese momento noté las luces de unos patrulleros afuera, que recortaban con sus luces giratorias un grupo de personas. Sin embargo, el alivio fue en parte porque la presencia policial parecía ser voluntad de aquel ser siniestro, como que de alguna manera parecía escribir o dar registro de lo que sucedía en ese entonces. Acto seguido, en la entrada escuché una voz que con violencia nos pedía que pongamos las manos en alto y nos arrojemos inmediatamente al piso. El terror volvió a poseer el control cuando recordé que no podía moverme. La situación era tan sensible que, seguramente sino respondía a esa voz, lo siguiente seria el clásico disparar por las dudas, todavía más cuando mi indeseable compañero solo se enfocaba en escribir y escribir sobre las páginas de esa maldita libreta con más entusiasmo que antes. Solo pude rogarle en mi desesperación:

-No lo hagas, por favor. Mirá afuera, la policía está a punto de entrar. Todavía podes irte por la salida del deposito. No voy a decir nada, te lo juro… ¡Te lo ruego! ¡No me mates!

-¿Matarte?, no… no. Todo lo contrario. Estoy acá para darte una nueva vida, un rol más elevado. Pues, ya lo resolví: vos vas a ser el que cuente el capítulo más importante de mi historia. Acordate, te encargo la última parte.

Terminó de escribir unas lineas más, pero esa vez se contuvo de no decir palabra alguna y, de ese modo guardó la libreta en el bolsillo interno de su campera, mientras de un salto se incorporaba del asiento. Supe que hablar seria en vano entonces; era el fin. Cerré los ojos, creyendo que quizás tan solo me había dormido en el descanso y en cualquier momento alguien del personal me despertaría para volver a la dulce y aburrida realidad. Ojala hubiese sido de esa manera. Un golpe agudo sobre la madera de la mesa me obligó a que abriera los ojos ante una nueva realidad; una realidad ajena, compuesta por imágenes sueltas, sensaciones y recuerdos que hasta el día de hoy se me hacen imposibles de entender como partes de mí, no sé como pequeños fogonazos de una vida impuesta. A continuación, por mi mente paralizada pasaban las imágenes fugaces del barman que, desparramado sobre el mostrador de las botellas de whisky, me miraba con los ojos apagados ; ni siquiera el pantalón que se había vuelto de un bordo vivo, punzante, y goteaba en un charco del mismo color a través de las patas del asiento. Pero nada me estremeció tanto como la imagen del cuchillo que había aparecido en mi mano, de ese gran y pegajoso cuchillo que atravesaba por completo el cuerpo de esa libreta, ahora sin dueño. Sin embargo, los únicos momentos que se grabaron en mi memoria con una insólita seguridad son aquellos que contienen las palabras de aquel que ya no se encontraba en ese entonces. De ese extraño que como apareció se había retirado, ya sin podía ver cuando la mano de un policía me aplastaba la cabeza contra la fría madera, forzándome a soltar el cuchillo, forzándome a observar aquellos últimos fragmentos de locura que se abrían desde la la ultima hoja y que estaba exenta de sangre: “El sargento LeBlanc había encontrado al asesino hablando solo con los brazos temblorosos sobre la barra del bar. Su puño se cerraba sobre el tan nefasto cuchillo que terminaba en punta en el lomo oscuro de un bloc de notas. Ensimismado en sus delirios, parecía ignorar los reiterados avisos que el agente no dejaba de vociferar con furia, con un creciente conflicto para con sus emociones. Apretar el gatillo hubiera estado totalmente justificado en el reporte, tal vez una nota en su legajo; después de tanto tiempo, fogonear con su revolver una, dos, tres o cuatro veces lo hubiesen pasado por alto en la jefatura al haberse realizado la justicia de una ciudad cansada de tanta muerte. Pero, su moral deteriorada volvió a cobrar sentido cuando un cadete resuelto apareció en la cúspide de tanta incertidumbre y prosiguió con su deber al aprehenderlo violentamente contra la barra, mientras le enunciaba sus derechos. Años después, en noches heladas desoladas como aquella, de toda esa parafernalia de muerte y pánico urbano, el sargento no se convencía por completo con aquel caso. Cada vez que lo pensaba, más masticaba la amarga incertidumbre que lo arrastraba a esa última escena en el Gran Hotel Morrison, la naturaleza brutal de los crímenes no se correspondían con esa imagen decadente de aquel gerente de hotel que, entre lagrimas y balbuceos, no dejaba de repetir una y otra vez las anotaciones de esa libreta, como si aquellas matanzas no fueron obra suya, como si aquella sed asesina no le perteneciera, como si el asesino de letras todavía anduviese suelto”.

IMG_20190615_212348_2

 

 

Anuncios

De rencores y otros vuelos

Una súbita corriente de aire cálido llenó el silencio pulcro que descansaba en los pasillos, en la ausencia de cada cuarto, el crujir del piso. Desde uno de los dormitorios, envuelto en penumbras y sudor, un bulto se incorporó en el borde de la cama. Aún aturdido, su mano tanteaba entre los pliegues de la sabana como intentando dar con algo. Comprobó el interruptor del velador, pero éste se rehusaba a iluminar, acto que no hacía más que revelar la falta de luz en toda la casa. Suspiró largamente, y, puesto que el aire transitaba espeso y húmedo en el ambiente, de algún lado sacó un cigarro pero le fue tarea difícil encenderlo de entrada. Una lumbre y bocanada. Al fin, satisfecho, rescató de un tumulto en el piso una camisa arrugada y un holgado pantalón de jean para meterse en ellos e iniciar la jornada.

Entre bostezos y refriegues de párpados, tambaleó a lo largo de un corredor inundado de fotografías, una serie interminable de sonrisas y recuerdos que lo acariciaban desde tiempos irrecuperables. Así, anduvo sin andar hasta detenerse en seco, casi por instinto, sobre el umbral de una puerta que vacilaba entreabierta. La responsable era una brisa que burlaba las hendiduras de la persiana. Se quedó un par de segundos, inmóvil, contemplando el escenario que se suscitaba desde el interior. No se podía distinguir mucho, sólo las sutiles ordenaciones de luz que caían mortecinas, cortando en diagonal el aire en tinieblas, hasta finalmente reposar sobre la piel polvorienta de una cama doble. Por encima de todo, desde un retrato pendiente en la pared, se sugerían difusas figuras que coronaban esa porción olvidada de la casa. Él observaba impasible, o un poco dormido quizás, a pesar de la incipiente oscuridad, como si no quisiera perderlos de vista, como si aquellas caras sombrías pudiesen devolverle la vista. Suspiró una larga humareda y, sin temor a despertar a nadie, cerró de un portazo mientras seguía su camino por el pasillo. Al rato, más compuesto al refrescarse la piel, se encontraba con una botella de leche en sus manos. Cerró la heladera y notó un papel pegado sobre su superficie. En el pequeño trozo se marcaba una hora y un lugar. Una cuota de ofuscación se posó sobre su semblante. Después de un trago o dos, estrujó el papel con desprecio y lo arrojó contra los jeroglíficos en crayón y pintalabios que decoraban la pared de la cocina; seres traviesos, de otros tiempos, parecían haberlos dejado como alimento de nostalgias futuras. Luego, las botas, el tintineo de unas llaves y otra puerta cerrándose.

Afuera, desde el zaguán, la imagen era tan decadente y lúgubre como lo podía ser adentro: como si el cielo hubiese encadenado al sol en una piel de lata, renunciando a los colores y designios que animasen a una idea de vida. Desde el descenso de los primeros escalones, presintió que el aire plomizo parecía extenderse amenazante más allá del pueblo y la carretera. Era temprano todavía. Con firmeza, un repentino vendaval hirviente lo sacudió en su camino al garage, a la vez que desparramaba sus gruesos cabellos sobre las cuencas de unos ojos salvajes, casi punzantes. Al lograr refugiarse de la furia del aire, se subió sin dilaciones a una camioneta que seguramente habría conocido pasados mejores. El monstruo de metal transpiraba y emanaba polvo por todo su capote, tanto así que tuvo que tomarse un minuto para limpiar los cristales. Giró la llave y, después de algunos intentos, el motor se consagró en un rugido ronco, triunfal. Acto seguido, emprendió la marcha por un sinuoso sendero que culminaba en una amplia calle de concreto. Allí abajo de la colina, aquella bestia rodante simulaba ser el único signo viviente, únicamente disputándose el puesto con los volcánicos vientos que, con voracidad, reclamaban las calles y la quietud de los negocios cerrados. No había nadie a la vista, nada que se pudiera ver, sin embargo, a tráves pose podía intuir que no había pasado mucho desde el mediodía. Algo se batía en ese escenario peculiar de desolación, algo comenzaba a inquietarlo. Buscó sin mirar un estuche con Cd´s dentro de la guantera, puso uno de ellos pero esté se cortaba cada vez que pasaba sobre alguna imperfección del terreno.

Así estuvo hasta salir de los límites del pueblo, hasta que se le antojó probar con la radio: pudo notar que, al recorrer las estaciones del dial, la mayoría de los canales eran pura interferencia, a excepción de una señal que parecía emitir un mensaje apagado, uno que se repetía indiscriminadas veces. Las indicaciones cernían sobre caminos cerrados, algo de alejarse de las ventanas, depresiones en los relieves, de evitar las inmediaciones de la intersección de la 38 y quién sabe más, y, de ese modo, la voz clara y femenina terminaba divagando entrecortada hasta perderse definitivamente en puro ruido blanco. Aquel rumor seseante se le antojaba afable, en tal sentido que no se dio cuenta que fácil era dejarse llevar por la liviandad del acelerador. La ruta le pertenecía, era claro, por eso su atención era mínima sobre la piel de aquella, de ese camino que parecía extenderse infinitamente, cual la hoja cuchilla que violentaba sobre la tierra y los campos. Todo el escenario dispersaba una energía melancólica: el incesante mar que replicaba con descaro la piel lúgubre de su contraparte en las alturas, mientras allá bien bajo, llegaba el sonido de las olas rompiendo con rigor contras las piedras afiladas que decoraban la costa, mientras que del otro lado, una llanura de inmensidades doradas, entretejidas sin orden alguno por extensiones de maíz y soja que se perdían hasta llegar a los pies de una familia de sierras abismales, imbuidas sus cabezas por anillos una niebla espectral. En algún momento, al mirar por el espejo retrovisor, bajó su marcha. De repente, las raíces de una intriga se deslizaron por su rostro. Pues, se había percatado de unas manchas que resaltaban entre la opaca atmósfera. Limpió con la manga de su campera el retrovisor empañado, pero la imagen mucho no había mejorado, sin embargo, ésto no le impedía darse cuenta que aquellas lo seguían con ímpetu, llegando hasta él, el ruido de unos cascos que surcaban las hierbas y cultivos, bien rasantes al cerco de alambre de púas. Largo rato se habia distraido con esas anomalías musculadas,  inmerso estaba con el movimiento majestuoso de esas figuras, tanto así que frenó sin sutileza alguna al pasar al lado de un pintoresco lugar: una cafetería o algo similar, un respiro solidario de grandes puertas y ventanales que el asfalto cuarteado acorralaba contra el vacío de un  pronunciado acantilado. Dio la vuelta y, al echar un vistazo, no le costó encontrar lugar en el estacionamiento, salvo por un notable auto de corte ejecutivo. La ausencia se reproducía por igual en todos lados. Se detuvo, casi rozando la lujosa carrocería del intruso, y procuró un último vistazo hacia los interiores de la cafetería pero los ventanales solo le reflejaron el mismo abismo grisáceo detrás suyo, incluso se vislumbraban como fantasmas esos dos corpulentos cuerpos que lo habían acompañado desde los confines del pueblo, y ahora lo miraban del otro lado de un cerco maltrecho, relinchantes y curiosos. Sonrió como un niño. Acto seguido, ajustó el retrovisor hasta ponerlo en línea de su cara para limpiarse un rebelde rastro de dentífrico sobre la comisura de sus labios, y finalizó por acomodarse sobre la oreja unos mechones sueltos que bailaban sobre su sien. Con otro cigarro en la boca, salió enérgico hacia la entrada, como convencido, dejando por olvido la radio encendida.

Al atravesar la puerta una campanilla anunció su llegada. “¿Dónde estaban todos?” seguramente cualquier alma habría pensado al ver todos los rincones y asientos tan desolados como los paisajes anteriores. Sin embargo, notó en una de las mesas dobles, que daban de lado a uno de los amplios ventanales de la entrada, un portafolio de notable calidad, de forraje fino y oscuro, que resaltaba por sobre el tapizado gastado del asiento en el que se apoyaba. Se acomodó enfrentado al portafolio, prendió el cigarrillo y, entonces, posó su mirada a través del cristal. Del otro lado de la carretera, pastaban el par de jóvenes y magníficos potrillos las hierbas que bordeaban sobresalientes a la banquina. Parecía haberse quedado sumido en ese momento, al observar con tal intensidad y maravilla a esas tan inadecuadas manchas oscuras que resplandecían en galopes de jubilo y altanería, desafiando por igual a los vientos infernales, a la humedad soporífera, a la soledad pueblerina y sus derivas decadentes. Allá arriba, el firmamento revestido de lata, había devenido en un entretejido de nubarrones ennegrecidos, que dotaban la tierra y el horizonte de un tono grave y amenazante, como dispuesto a deshacer cualquier propósito, cualquier voluntad. Una sombra pareció eclipsarle el tenue resplandor que brotaba desde el cielo raso.

-Veo que seguís igual, pese a todo. ¿No aprendiste nada? Esas malas costumbres de ustedes…- interrumpió repentinamente una figura inadvertida. Al enfocarse en la fuente de esa voz, lo reconoció a medida que las manos de ésta última espantaba muy aparatosamente la nube de humo que flotaba sobre la mesa.

Se trataba de un joven que se erguía solemne frente suyo, con el peso muerto de su mano sobre la espalda de la silla, como expectante de algo, quizás de una respuesta mejor que el mero silencio de su compañero de soledad. Por contraste directo, era delgado y de complexión atlética. De su imagen se desprendía con facilidad un aspecto sobrio, correcto, la seguridad de que ningún detalle a la vista estaba dispuesto sin haber sido contemplado de antemano. Se movía con ligereza, se expresaba con suavidad.,

El sonido tenue de la lluvia se amalgamaba con la pantalla lluviosa de un televisor en la lejanía. Con un vago gesto le indicó que tomará asiento. En cambio, el joven sujeto lo observaba, con unos ojos que, contenidos detrás de unos marcos plateados, compartían la misma agudeza en su mirar; un vestigio salvaje. Por fin, se animó el extraño:

-Fui al baño a ver si estaba Nora, o alguien siquiera, pero no… nada.  Tampoco en la cocina hay nadie- mientras señalaba con un suave ademán hacia el espacio que comunicaba a los hornos con el mostrador y la barra.

-No te gastes, Nora ya no…- un estremecimiento pareció detenerlo-. Ahora se encarga el hijo del lugar.

-Ahh… ya veo. Lástima este lugar, no va a tardar mucho para caer en ruina en esas manos. Pobre Nora, que suerte con la de ese hijo- corrió el portafolios del asiento, y al fin se de dejó caer en él con cautela, mientras desabrochaba el botón de su saco-. Debe estar “ocupado”, atrás en su casilla, estoy segu…

-Basta ya, – proclamó con impaciencia- ¿para qué me querías ver?

-Eh… sí, bueno. No te preocupes, también estoy con el tiempo justo, por eso estoy de paso no más-. El hombre comenzó a buscar dentro del portafolio. Con una desesperante disciplina recorría con la punta de sus dedos un manojo de carpetas y folios, mientras era escrutado atentamente, desde el otro lado de la mesa. -Sabes, debería seguir viaje a la ciudad cuanto antes. En el camino me llamaron desde la oficina para avisarme que podrían cerrar la ruta en cualquier momento. A ver… ah, sí. ¡Sabía que estaba por acá!

Prosiguió sacando una carpeta de cartulina madera. En la cara frontal tenía marcado una etiqueta con un largo número que, apenas notarlo, hizo que sacudiera la vista de nuevo hacia el paisaje desalentador que se animaba afuera, como procurando perder su atención sobre la reciente estela de agua que descendía discreta sobre los campos ondulantes de estepa y trigo. Los caballos seguían pastando con total ingenuidad; seguían allí para él.

– Mirá, aunque parezca tedioso, el trámite es fácil. Pero eso sí, la sucesión es ilegítima si no se establece la voluntad de ambas partes. Acá traje toda la documentación necesaria; es una firma no más-. El joven de fino traje se delataba entusiasmado, sus cejas se le iban en ángulo, el movimiento nervioso de sus manos desentonaba con su discurso sosegado. -Después de esto no hay más que una notificación que seguro te va a llegar de acá a un par de meses. Pero, teniendo en cuenta que estos procesos llevan lo suyo, voy a hacer que en el estudio le den más prioridad-.

Algo audaz, le puso la carpeta en sus manos y, así, continuó ofreciendo detalles como si alguien del otro lado lo escuchara.

-Después en algún momento de la semana, la gente del banco te va a llamar para resolver un par de cuestiones más, son cosas menores igual… y entonces sólo queda esperar… a que todo… ey, ¿estás conmigo?

Pasaron unos segundos, que no fue más para ambos que un letargo desesperante. Alrededor, agua y viento.

-¿Sabes qué fue lo último que dijo el viejo?- preguntó en un tono parco, como quién piensa en voz alta y no espera nada más que el eco de sus recuerdos. -¿Podes creer que ni un día falté a su cuidado? Siempre con él, para él.

Apagó el cigarro en la borra de una taza usada y prosiguió, si abandonar con su mirada  el cuadro de tempestad, más bien, a sus compañeros lejanos, que entre juegos y saltos, sacudían sus crines ante la caricia de la garúa.

-En todos estos años, pesé al esfuerzo de subir esa colina, de volver a esa casa una vez más, de entrar a ese cuarto y notar que ya no quedaba mucho de él- su nariz se dilató en una sutil mueca de exaltación, imprimiendo en él un rasgo más intranquilo aún. Pesé a todo lo que fue de nosotros en esa casa, nuestra casa, y eso fue lo último…

El viento aullaba con más inclemencia.

-De alguna manera, es mejor que nunca hayas vuelto, si alguna vez te hubieras dignado a asomarte seguramente hubieras salido en lágrimas al verlo tan reducido a ese hombre, irreconocible.

-Espera- interrumpió el joven. -No tenías por qué quedarte a vivir todo ese infierno. Fue tu decisión . Desde el principio te dejé bien en claro que me haría cargo de los gastos, de todo lo que haga falta.

-¡No!- lo interrumpió agazapado con los nudillos sobre la mesa. -No te equivoques: puede ser que todavía no te des cuenta de lo que realmente hacía falta, de lo que resultaba necesario entonces. ¿Un enfermero, un poco de plata de vez en cuando? Eso era Acaso, ¿tanto te perdiste estos años para que ese apellido significase tan poco para vos? ¡Una carpeta solamente, tan solo una casa vieja y sucia!

-Ey, calmate. Ésto es lo que quería él, ¿o no te acordás? Además, te viene bien a vos también, te va ayudar bastante: no seas terco.

De un sobresalto se incorporó como una fiera, empujando hacia atrás la silla en el exabrupto. Sobre el cristal el repiqueteo de llovizna transmutaba en furiosos chispones de agua, que solo tendían a acentuarse más y más en violencia. Las muelas resonaban a través de su barba; las ideas no menos en su cabeza.

-¡Martin!, ese nombre gritaba delirando, a él lo quería ¿no entendés? Una visita siquiera, una llamada. Hasta el último momento nos reclamaba ese nombre.

Vendavales de agua se escurrían como piedras por los techos. Su inquietud se le comunicaba en el temblor de sus manos, en párpadeos irregulares se le revelaban ideas punzantes, una tormenta de emociones.

-“Martín”, balbuceaba cada vez que podía. No había día en qué llegará, y con los ojos perdidos en la ventana, me evocase ese nombre. Y pobre Nora; “¿Dónde está mi Martín?”, se ponía a gritarle, creyendo que se trataba de mamá. Y ella, con palabras pacientes, lo tranquilizaba cómo podía. ¿Qué se supone que le diría la pobre Nora? ¡Si ni a mí me reconocía!-

Y ese fue su único y último deseo, me dijo la cara pálida de ella, cuando llegué esa tarde a la estancia.

El del traje escuchaba, a veces con la mirada pesada sobre la alianza que relucía en sus manos, otras refugiado en las pequeñas letras de los papeles que sobresalian de la carpeta.

El calor era intratable, el respirar se volvió tarea ardua. Unos cables chirriantes serpenteaban en latigazos enérgicos por todo el estacionamiento.

-Se la pasaba mirando esa foto, entre gritos y balbuceos, que no cierren la puerta para poder ver a su pequeño niño, a Martín jugando por los pasillos. Martín… ¡Martín!

El joven de traje parecía contener con fuerza una tempestad entre sus puños, se aferraba a la silla mientras seguía escuchando.

-¿Su familia dónde estaba, eh? ¿Su preciado hijo? ¿Su Martín? ¡¿Me podes decir?!- seguía frenético.

Las luces comenzaron a fallar. Las palabras, en cambio, brotaron con más vigor, más vibrantes.

-Yo… no es justo… Yo siempre trate…- el joven masticaba una réplica.

Los dos potrillos pasaron volando muy bajo sobre el techo de la camioneta.

-Jugando a los coches de lujo, a los maletines importados, a la vida soñada en la ciudad, ¿no? ¡¿DÓNDE ESTABA?!¡¿DÓNDE?!- vociferó grave intentando imponerse a la naturaleza que los envolvía. ¡DECIME! ¿VOS DÓN…

No faltó mucho más, ese fue el último despojo de humanidad que se escuchó en el lugar. Porque las mesas y las sillas comenzaron a sacudirse, los objetos y la materia se convulsionaron; una atmósfera hambrienta los reclamaba sin piedad. Entonces, no llevó más que un manojo de segundos, para que el fervor de aquella ira fuera absorbido por el azote furtivo de toneladas de metal y viento atravesando el ventanal, tan solo un instante desprevenido para que aquel escenario se elevará por los aires en un increíble vórtice de escombros, agua y caos.

La tormenta cesó con su descargo. Como corolario de aquella, el gris de la tarde se tornaba en un rosa fulguroso cuando, sobre la base de un acantilado de rocas y musgo, un bote a motor hizo contacto con una vieja camioneta tumbada. Yacía semi inmersa en el agua, con la lumbre intermitente de sus faros, asemejaba a una suerte de astro agonizante refulgiendo con sus luces en la bruma desconsiderada del mar. Desde su cabina surgían unas voces que apenas sobrevivían al ruido de las olas arropandose contra las chapas retorcidas y los vidrios magullados. Más de cerca, resultaron no ser más que las palabras nacientes de una radio moribunda; un informe de noticias cualquiera:

-SSSS… LUEGO DEL TEMPORAL, SE DESCONOCEN AÚN LOS DATOS PRECISOS PERO SE ESTIMA QUE LOS DAÑOS MATERIALES DEL PUEBLO SON MINIM… SSSS… GRACIAS A LA RÁPIDA ACCIÓN DE LAS AUTORIDADES LOCALES Y LA GUARDIA COSTERA… SSSS… PÉRDIDAS HUMANAS NO SE REGISTRAN AÚN, SIN EMBARGO, ANTES DE EL ALERTA, FUERON REPORTADOS DOS POTRILLOS DE COMPETENCIA, PURA SANGRE ÁRABES… SSSS… ESCAPARON ASUSTADOS DEL RANCHO DE CRIANZA DE DON RI…

El lamento del viento se volvió más amable, llevándose consigo a las nubes que se retiraban en bandada; pues ya habían hecho demasiado. Ahora, el terreno sideral podía desparramarse en plenitud con sus estrellas por todo el firmamento nocturno. Desde el agua, los faros titilaron una, dos y una última vez, hasta que apagarse por completo.

-SSSS… PUEBLO INTACTO POR FORTUNA, SÓLO EL DERRUMBE DE LA VIEJA RESIDENCIA EN LA COLINA, CUYO PROPIETARIO, UN MIEMBRO DE LAS CASTAS FUNDACIONALES DEL CONDA… SSSS… FALLECIÓ EL MAYO PASADO… SSSS… SE ESTIMA QUE UN PAR DE PROYECTILES DE CONSIDERABLE VOLUMEN IMPACTARON CON TAL FUERZA EN EL TEJADO DEL… SSSS… AÚN SE DESCONOCE SI LOS PROPIETARIOS FUERON EVACUADOS AL IGUAL QUE EL PUEBLO, ANTES EL INCI… SSSS… EN OTRAS NOTICIAS, EL GOBIERNO HA DICTAMINADO NO CEDER ANTE LAS DEMANDAS DE LOS PRODUC… SSSS…

Ya no era posible más que la efervescencia del mar, hasta se podría jurar que no muy lejos de la costa, si alguien hubiese estado atento, unos relinchos conciliadores se entremezclaban con la armoniosa sonoridad que emanaba desde las ruinas del día.

DSC03838
Dibujo: Lucas Capua

Amarillo para la ocasión

   Pero, qué increíble. Se debe sentir como el mejor ahí entre los autos y las motos. Jugando con el tiempo de los semáforos y el humor de la gente. ¡Uhh! Pensé que se le caía un aro, pero no. Un poco de suspenso no más. Ahí va de nuevo, ahora con cuatro. Siií, se nota… míralo no más, la tiene muy clara. Se le nota en la mirada cómo sabe entretener a un público que no desea más que escaparle a un día de furia: tan canchero jugando con la gravedad, manejando esos palos, o cómo quieran que les dicen. Increíble el pibe, un artista urbano. Y ahí está, caza el último aro en una picada imposible, una vuelta sobre sí y reverencia final, como si se consagrara ante la ovación de un público sacado del Colón. ¡Qué grandeza en esa locura! Ahora, ¿tanta seguridad puede brindar una vida bajo los semáforos? Después de todo, que sabre yo, debe de ser una vida digna desde sus ojos. Si lo pienso, al menos parece más sincera que la mía, eso es seguro. Será qie siempre me hubiese gustado acercarme a esos grupos como el suyo, desde que los veía parar en la esquina de la salida del colegio recuerdo, acercarme y pegar onda charlando y, con algo de suerte, me enseñarán piruetas y a hacer malabares y andar para todos lados y para dónde vayan y así, sentirme dentro de una familia que hubiese podido elegir, soñar un poco en mi falta de todo. Hubiese sido lindo llevar esa vida despreocupada, o a lo mejor no, pero por leo menos hubiese estado jugando y riendo entre caras amigas, pensando solo en hacer la plata justa, volver a casa y tomarme mi cervecita para dormir liviana y profunda, sin los pesos de siempre, esos como de tener qué fichar a cierta hora, o tener que recordar pasar un rato antes de la una, por la sucursal de la rotonda, para pagar el cable y el teléfono del mes pasado. Una sucesión de días anónimos sin obligaciones severas, una vida sin verdades significativas. Una hippie diría alguna tía cuadrada. Pero, que sabrán mis tías de la vida, ni siquiera intentaría entender que ese sería el único amor que quisiera seguir, revolear palos y hacer pirueta. Me da rabia pensar que voy de cabeza por ese camino, de domingos hablando al pedo de los defectos de la toda la familia y solo limitarme a que no quede con mucha mayonesa la ensalada de papa y huevo. ¿Eso serpa mi vida? Una tía tercamente solterona acosada por las versiones que no fueron de ella, enojada con el mundo y con la ensalada. Yo y ellas, ellas y yo, lo único que nos diferencia es que ellas no le escapan a las personas con las que decidieron lentamente morir. Un amor suicida hecho a la medida de una estúpida comodidad. No sé… quizás sea demasiado dura, aunque no quisiera ser como ellas, las quiero después de todo, son lo único a lo que le puedo llamar familia. Pero no, seguramente la pesada de Herrera, debe estar tramando alguna mentira cruel de por qué no fui a la oficina, me la juego que para a estas alturas haya logrado que la secretaria me esté llamando ahora mismo para saber si me paso algo; al final, nunca falté desde que entré a la empresa. Ni siquiera un parte de enfermedad o una licencia de maternidad, che. Siempre devota y firme, tan sumisa cómo lo puedo llegar a ser. Aagghh… qué decadente qué soy. Esa especie de devoción secreta por algo tan lleno de emociones y satisfacciones como lo puede un escritorio con la base vencida y tres paredes chotas. Creo que me sentí más hacia un avance estando acá arriba sentada, que en todos estos años contestando y llenando todos esos formularios y notas de depósito. Tal vez, estoy más dentro de la maldición familiar de lo que imagine; otro tipo de suicidio al que le digo amor. ¿Y por qué todo eso?, de ese miedo por salirme de lo normal, miedo por quedar por fuera de ese amor corporativo qué tan delicadamente me forme en este tiempo. Por qué simplemente no puedo amar un día de malabares y amigos bajo el sol. O peor aún, por qué pienso que el amor es algo que me hace falta. Amor: ni siquiera sé bien que es eso. Me habían vendido la idea de que esa forma de considerar el mundo era la única forma valedera de llevar a cabo una vida digna. “El amor te mejora… el amor te hace completa… el amor te hace más fuerte… el amor esto y lo otro…” ¿Y si no es así después de todo? Digo, todavía no lo entiendo pero algo hay dentro de mí que se delata, que sin razonarlo  necesariamente buscar enamorarse para sentirme plena, de tener que arrimarse al cariño de alguien más para no sentir tanta ruina alrededor. Pero, ¿quién dijo eso? Quién carajo de toda esta gente acá sentada, cree con absoluta fuerza en esta idea. Estoy segura que nadie. Quién puede aferrarse a esa idea por completo se merece un premio, o un lugar en un manicomio mas bien, pues seguir las reglas del amor y las relaciones humanas como una verdad inquebrantable es una locura. Los motivos del cariño son tantos y tan misteriosos que da mucha fiaca pensar en ello. Cada uno con sus moldes, creo yo. Es más, el amor mismo ya es un motivo por el cual se pude justificar casi cualquier acción, por más repudiable que parezca primera vista. O mejor dicho, un motivo irrealizable… Creo que es más bien eso; las personas necesitamos motivos y mientras más idealistas, mejor; queda menos culpa si no llegamos a concretarlos de la manera que los pensamos desde un principio. Supongo que para bien o para mal esa idea de querer es la que más tenemos incorporado en la cabeza y en el sentir, esa herramienta inestable que parece al alcance para encontrar algo de alivio, el remedio que nos hicieron tragar para tanta decadencia existencial. Un genio el responsable de todo ese juego, no, me expresé mal, un demonio quién haya diseñado tal aparente verdad de manera tan creíble, para que sobreviviera espléndida bien a los siglos y a las mentes de la razón, a todos esos infelices que sucumbieron al arrastre de su creencia. ¿Qué tanta verdad hay en eso, y porqué no puedo hacer nada? Tal vez, yo nunca sobreviví. Y qué hay de las otras verdades, o mejor decir, de esas presuntas verdades: del sexo y el placer, de la muerte, de la plata y la ambición, de la libertad, la soledad o, sin ir más lejos, del dolor . ¿Qué hay de todo eso? Si todo eso se siente en la piel y pesa en la mente, con peor o con la misma fuerza que creer querer a alguien, otra necesidad con diferente nombre, sin más. ¿Por qué tengo que ir encontrando a personas a las cuales amar, si ni siquiera nunca estoy segura cuándo o cómo sucede? Todos andan por ahí como si se supieran algo, como si a ese sufriemiento al cuál le rezan es el correcto y el más superior sobre los demás. Debo conseguirme uno bien rápido, un motivo para sufrir así no ando con este sabor de que me extirparon algo. Y peor aún, tanta sensación de vacio al balde, porqué ni siquiera sospecho cuales de todos esos motivos me guían verdaderamente en mis decisiones. Soy un desastre, debe ser la preocupación estúpida al ser mi primera falta en años, de salirme de vida ordenada y no llegar a una puta respuesta subida a este bondi y entre estos extraños que ya no miran, que parecen haber dejado de buscar sus respuestas hace tiempo… Uhh, no… encaró para acá. En serio, che, justo acá te tenés que sentar. Mirá que hay lugar de sobra en los asientos de atrás. Aaghhh… buehh… ¿En qué estaba…? Sí, bueno… quizás la verdad que ignoro es que no necesito la presunta verdad del amor para vivir, sobre todo no saber encajar en él. Si supiera qué razones son las que sigo ahora mismo, quizás tendría un lugar dónde poder refugiarme de todo aquello; pero, tan solo me quedan las razones de las que escapo, esas siempre son fáciles de entender. Me da curiosidad saber si éste pibe, que se acaba de sentar al lado, entenderá las razones por las cuales se mueve: me pregunto si está acá arriba para ir ver alguna noviecita o a algún familiar, quién sabe, o si irá a perder el tiempo con gente como él, a clones de personas parecidos en gustos y en cantidades de hormonas, qué no saben dónde ir. ¿Dónde ir, no? Quizás le agarró la locura, como a mí, y se subió sin pensarlo al primer colectivo que pasó cerca, y acá terminó… cabeceando de sueño sobre el hombro de una rubia avejentada en canas. Che, no te vayas a dormir ehh, por ahí piensan cualquiera y creen que somos madre e hijo. Sería tan ridículo. Pobre, de alguna manera me da cierta ternura; es muy chiquito… y feo. Tiene un aire parecido a él. Esa nariz sobre todo… esa curva peculiar que le amortigua de la misma manera esa mirada tan seria, esos ojos ensombrecidos. Aagghh. ¿Acaso tan chicos eramos? Y sí, lo suficiente para no preguntar demasiado. Cuanta confusión e ingenuidad, cuanta desesperación por llegar a lo qué somos ahora, y, sobre todo, cuanta decepción al llegar. ¡Qué lindos tiempos aquellos! Pobre chico éste, no sabe lo que se viene. La ilusión del avance le va a doler cuando se despierte que lo único que sigue adelante es la permanencia del día a día. Quizás deba advertirle, pues me hubiese gustado que una vieja en el colectivo me dijera de pendeja qué todo sería tan diferente a cómo lo planeábamos: advertirle que la ingenuidad es lo único que se va con el tiempo, y la confusión es la que siempre se mantiene igual. Así, intacta en los mejores casos, si es que no aumenta, al igual que las canas y el deseo por dormir un par de horas más; hace cuanto qué no me duermo mis benditas ocho horas. Me gustaría que la vida sea tan solo esto, de esas emociones inesperadas y frescas como cuando abrís los ojos tres o cuatro minutos antes que el despertador y sonreís bajo las sabanas por la pequeña victoria contra el tiempo, o, no sé… ,cuando te agarras el dedo chiquito contra la pata del algún mueble, y no sabes cómo racionalizar esa punzada de un mili segundo anterior a la puteada que se dispara dolorida, o de esos besos furtivos en mitad de la madrugada que nacen porqué sí, porqué se puede. No sé, cosas así que ocurren de un chispazo y hacia ningún pretensión trazada de antemano. Como una tarde cualquiera estar esperando el cincuenta y tres, en la esquina de Roma y Avenida Rivadavia, y, sin pensarlo demasiado, subirse a cualquier colectivo y sentarse sin razonar ese impulso desconocido en cualquier asiento libre y dejarse acariciar la cabeza con el viento calentito de la tarde. El por qué no puedo vivir con esa dignidad de perseguir otras verdades, es probable que nunca lo entienda: no sé, conseguirme un chongazo y verlo de cuando en cuando y así me evito tanto melodrama al pedo, o quizás meterme de lleno en la oficina, laburar como una perra y cuando junté lo suficiente me voy a la mierda de todo y de todos. Tantas verdades y motivos qué seguir y nunca aprendí cuales eran los míos. Parecida a no esperar nada al final de un día de mierda y tan solo ver una cara que deseas ver con todas tus ganas, y que con toda segurid—

   ¡AUUCHH! ¿Qué le pasa?, no sabe manejar el boludo éste. Uyy, no, me está mirando por el espejito, creo que se dio cuenta por mi cara… o será qué después de tratar tantos años con la gente aprendió a intuir lo que piensan. No sé, por las dudas pienso en otra cosa… mmhhh… ahh, no se me ocurre nada para despistarlo… mmhhh… Pfff, pero, ¡qué estupidez! Mirá si va a tener poderes mentales, apenas puede esquivar un bache, apenas parece más mayor que la bella durmiente que tengo al lado. Quizás es como dice Caro y yo tenga la cabeza atrofiada de tanto pensamiento al pedo. Tiene razón, y sobre toda de la manera simpáticacona cómo lo dice. Me pregunto si antes de irse la muy colgada habrá apagado el aire, como le recordé anoche. Me pregunto de donde sacará tanta motivación para tener siempre una sonrisa pegada en la cara; hasta me pone nerviosa tanta alegría permanente en ese cuerpito de muñeca. Nunca la vi quieta en casa, ni tampoco llorar, ¿en qué momento del día se angustia esa chica? Quizás me equivoque fiero y ya habrá llorado lo suyo en algún pasado que desconozco, de esas cosas que todavía no me confía. Supongo que habrá llorado tanto que ahora no puede hacer nada más que reír. Será ese el caso a lo mejor, llorar hasta el hartazgo y la sequía espiritual hasta que no hagan más que brotar carcajadas. No lo sé, lo mío diría que es a la inversa. Y seguramente se reiría de todo esto: del chófer que me sigue por los espejitos con esa mirada de ojete o del pibe que se está babeando sobre mi brazo. ¿Lo despierto?… No sé bien, me da cosa, parece cansado. Ella no lo despertaría, su peligrosa amabilidad no se lo permitiría. Lo dejaría tranquilo ahí aunque se le durmiese el brazo por el peso, aunque, para no sacarlo de su sueño, implicará que se le pudra en gangrena medio cuerpo. Un buen gesto, ella no sueña pero le regala una sonrisa a los que sí pueden. Eso sí, seguramente se mataría de risa la muy guacha, apreciaría la ironía de toda la situación. Ahora creo entenderla, quizás la única verdad a la que hay rendirse sea algo parecido a lo que se ofrece en todo esto, a esta falta de un destino seguro, a este abrigo inesperado de un día de calma y de sol. Es buena piba, de esas escasa “buena gente” que ya casi no se encuentra. Pobre, con la compañera con la que vino a parar. Me acuerdo cuando apareció, no hace mucho, con ese masacote de pelos sobre los brazos. Sino fuera que necesitaba ayuda con el alquiler, le hubiese cerrado la puerta en la cara seguro; Tobi, más problemas que compañía trajo ese perro… No recuerdo si le cambié el agua… ¿lo hice?… Ah, sí, sí, se la cambié. La manera en que lo quiere y lo mima pareciera que toda una maternidad estuviese contenida en ese cariño. Me hace acordar a mamá. La puedo imaginar ahora, ansiando llegar a casa para ver esa cara de nada, volviendo del laburo seguramente, contemplando el mismo cielo que yo. Pero, nunca en paz, siempre en movimiento. Pues, no se sabe con ella, si llega a casa para irse o si se va de casa para regresar. Debería casarme con ella y entonces me evitaría muchos problemas con todo, con los chabones, con la familia, con la idea molesta de llegar en la noche y no ver unas llaves sobre la mesa. Sí, podría hacerlo, no me costaría mucho fabricarme esa mentira, y así en las reuniones familiares quedar cubierta ante las preguntas de algún familiar choto, que cuando quiera indagar de más con un: “¿Y cómo está mi sobrino? Pero, qué lástima… ¡linda pareja que hacían juntos!”, yo contestaría: “Ahh no sé, no lo pude seguir en sus fantasías y lo dejé. Ahora salgó con mi mejor amiga, soy torta. Mírala, está ella riéndose de los chistes boludos del tío Antonio”. Sería hermoso verles la cara. Le pagaría lo que me pida a Caro si me hiciera la segunda en esa. Lástima, si la amistad solo tuviese ese aliciente necesario que cubre todo lo sexual, seria la interacción perfecta; aunque ni para amistad me gusten las chicas, lo consideraría seriamente… ¿qué mejor acuerdo social que ese?; un contrato que cubre el cariño y la satisfacción. O capaz puede que sea una cuadrada y sí, deben haber amistades que no se confunden en los limites ambiguos del amor y el sexo, y por ahí andan llevando a cabo sus formas perfectas en las relaciones personales, con la receta escondida solo para los qué no están contaminados. O yo sea una infradotada de espíritu y de mente, y no hago más que liarme con las personas incorrectas de siempre. Quizás yo sea la incorrecta. Cómo era… na, na, na, naah, naah, na, na, na, naah… ahh, sí…”Un cuore que no tropiece treinta y cinco veces con la misma piedra”… yo ya voy treinta y seis masomenos. Aagghh… si pudiera hacer como ella y empezar a reírme como una linda tonta, sería una mejora de seguro. Si fuera una cuarta parte de lo que es ella me hubiera olvidado de mí misma y habría dicho que sí, hubiera dejado que se me pudra el alma por no despertar a nadie. Quizás eso sea el amor, después de tanta filosofía de tardes amarillas, quizás sea tan solo cuidar del sueño de la persona que uno tiene al lado. Y ésta sí que es una linda tarde. Me gusta cuando el sol no tiene sabor a un aire de muerte sofocante y solo pica suave sobre la cara y los parpados, justo como ahora, con el viento de su lado, soplando todo mi pelo sobre la cara de la vieja de atrás. Será que si hago un poco de fuerza y entrecierro los ojos me pueda quedar aferrada a esta especie de eternidad, aunque sea solamente por un instante. Qué lindo poder sería ese, ¿no?: con el solo gesto de poner los ojos achinados, hacer que un momento sea eterno. Me imagino la ridiculez del asunto, pues,  la gente andaría por la vida con aires de desconfianza, así, mirando a lo Clint Eastwood en cada momento de dicha. Eyy, era un buen chiste, ¿por qué no te reís, chófer? La vida debería ser esto y nada más. Tan solo esto… y no todas las cosas que me vendieron todo este tiempo. ¿Cuantos otros deben haber por ahí afuera ahora mismo, con media mejilla y todo el pómulo entumecido contra el cristal, preguntándose todas estas cosas que vienen y van hacia ningún lado? Viajando en contra del aire fresco mientras se secan los ojos, ya me los imagino, sin pensar en amores con propuestas gigantes o en las cosas que no fueron y que piden ser o de no preocuparse de que el perro no haya masticado las plantas de la vecina de al lado o que esa chupamedias no le haya inflado la cabeza al supervisor de que me hice la boluda en el trabajo, que todavía no haya mandado la visita médica a casa y la vecin—

      Ufff, sí, sabes qué sí. Me molesta y mucho tener que cerrar la ventanilla. Córtate el pelo sino te querés despeinar. Lo peor de todo es que pensaba que era una vieja, y al final era bastante más pendeja que yo. Quizás tenga esperanzas después de todo, todavía tengo la vitalidad de querer hacer malabares en algún semáforo. Quizás, ni siquiera se habrán fijado en el laburo de mi escritorio vacío. Bahh, qué importa, si total nunca falte sin una razón justa que no me excusará ante la mirada inquisidora de la recursos humanos, de la víbora de Herrera. Además, seguro que Caro  me cubre en todo caso, algo inventará de porqué no estoy en cama o supuestamente moribunda. Cosa que no es mentira del todo porqué estoy enferma si lo pienso, ¡todos lo estamos! Arrastrándonos cómo podemos, solitos con nuestra fuerza moribunda para gastarla y dejar que muera en una promesa brillante venidera o en sueños que nunca terminan siendo los nuestros. Cansada, esa es la descripción en general. Al final, merezco reconocerme cansada, o ¿no? Por lo pronto, me creo merecedora de tumbarme en un quiebre moral y poner en suspenso todo mi mundo y, así, no pensar en nada. ¡En nada! No darle bola al hecho qué aún estoy a tiempo de arreglar todo a cómo era hace un par de semanas, aún sin estar segura de querer hacerlo; pero qué es lo que quiero es claro, lo entiendo de algún modo. Esto es, quiero tan solo esto; calma. Más bien es una cuestión del poder, de la incapacidad de no poder arreglar su mundo de sueños a los que no puedo abrazar con la fuerza que me piden que abrace. Futuro al que no puedo reirle. Ojala mi salvación descanse en ese simple acto, tan solo reírme y escaparle a esa tentación de complacer sus planes, de no escuchar esa culpa, esa culpa que me todavía me sigue, y sonreirle como una tonta despreocupada a este sol que me acompaña. Podes creer que nunca me fijo en el sol, siempre mirando hacia delante o a los costados y abajo, y lo único que me da un calorcito de paz en tanto frío de respuestas, es esa olvidada bola amarilla sobre mi cabeza. Perdón, siempre brillando y brillando alta y cálida sobre toda esta culpa… ¡La culpa! ¡Ahhhgg! Venia bien, qué bronca dedicarle un poco de pensamiento a todo esto… No importa, no importa… Uff… Está bien, está bien, mejor no pensar en nada, en cosas inofensivas solamente: como por ejemplo en todos estos desconocidos de viaje, en estas caras llanas y grises que obviamente se olvidarán de mí fácilmente para mañana, así como yo de ellos; o en las vetas residuales de lluvias que ya no existen sobre la ventanilla, el sucio vidrio y sus cicatrices; o de la marea de casas modestas que se suceden idénticas, una tras otra, salvo por algún que otro matiz de color que varia apenas bajo el sol, bajo una cortina dorada de luz, o del rugir calmante del motor, que murmura enojado dos asientos atrás, o del cielo claro y dorado y extenso… y profundo… y tan amarillo todo… ssss… tan amarillo… ssss… ssss… jjrrr… jjrrr… jjrrr… jjrrr… ssss… Mhhh… ¿queeé?… ¿huh?… ¡Ahh! ¡¿Quién es éste?! Ahh, esa cara, es el chófer… Sí, esta bien. Tiene razón, ya no queda nadie arriba. Ya sé, ya sé, es la última parada. Ya, ya me bajo. Encima se me durmió una pierna, al fin de todo, el brazo está bien. ¿Adónde habrá ido ese chico? Qué vieja que me siento, qué ridícula. Parezco mareada, parezco perdida. Estoy perdida. Necesito sentarme un rato. En qué momento se fue el sol… siento mucho frío. Debería estar volviendo ya, Caro y Tobi se deben estar preocupando. A ver, a este cruce lo conozco, ahí está la farmacia Stravi, el supermercado chino de la esquina… eyy, por acá pasaba el colectivo que me llevaba al barrio dónde vivíamos. Digo, a su casa. Es tan absurdo que asusta todo esto. Será que el inconsciente no hace más que jugármela en contra, o será mi propia voluntad que busca sincerarse. O será que todavía hay algo de tiempo quizás. Me pregunto si piensa lo mismo. No sé, cómo saberlo. Allá viene mi colectivo encima, mejor.  En un rato volveré a llenarme del buen humor de Caro. No estaría mal, hoy le toca cocinar a ella. Justo, el rojo del semáforo lo atrapó. Me pregunto si sera día de comida sana esta noche o me da el gusto y sale milanesas con papas rústicas. La luz parece que se quedó trabada, no cambia más. Me pregunto si algún amigo lo alcanzó a casa o si pasará por esta avenida en el de las siete menos cuarto. Maldita luz, quédate así mejor… Me pregunto si el supervisor se habrá agarrado flor de bronca conmigo por el faltazo de hoy. ¿Lo saqué afuera a Tobi antes de irme? Ese rojo quizás sea eterno. Me pregunto si ya habrá llegado a casa…

Me pregunto si será tarde.

 

WP_004092
Fotografía: Alan Quiroga

4. Vuelos

Dale, vamos. Es un salto no más. Vamos, vos podes. Dale. Se quedó largo rato mirando el vacío. Lo observaba, media su profundidad, examinaba los riesgos. Mientras más mires, más te vas a echar para atrás. Dale, no lo pensés que es peor. Los pies le dolían, tenía llagas que se le habían abierto al escalar superficies por de más angulosas, proeza dura para una piel tan acostumbrada a la suavidad de la ciudad. No le importaba, era solo un síntoma, un emblema de su permanencia ante lo excitante, ante lo nuevo. ¿Y para cuando? El sol le picaba en la piel, su resplandor lo cegaba, el maldito astro le aumentaba el esfuerzo por mantener el equilibrio. A pesar de aquello, le resultaba más como un estimulo, un sentir que lo hervía de algo que lo comenzaba a asustarle. Mirá que estás hace rato acá arriba... Advirtió a todas las voces que lo aguardaban desde el fondo; alaridos que lo incitaban entre festejos y provocaciones, contribuían con el caos fraternal al rompimiento de su quietud. Tan solo es dejarte caer. Ya sabes que estas oportunidades se dan casi nunca. ¡Tenes que aprovechar! De cuando en cuando, asomaba la cabeza; parecía querer calcular la caída, que el tiempo de impacto, que cuanto de fuerza cinética y cuanto de la potencial gravitatoria, que la distancia, que las leyes de Newton y la masa por aceleración y vaya a saber que otras porquerías más…pero no podía recordar nada. ¿Yyy…no lo vas a hacer?, al final siempre lo mismo vos. A pesar de la filosa luz solar que le jugaba en contra, del otro lado del río, vislumbró a un grupo de personas que descansaban bajo un gran árbol. Genial. Ahora tenés espectadores. Mejor así, no seas maricón. Mirá las chicas, te miran… mirá a tus amigos, no te la van a perdonar…¡Dale, tírate!. Miraba con dificultad a esas chicas risueñas que tomaban cerveza y, como al mismo tiempo, ellas observaban toda la escena, allí simplemente, recostadas como sirenas sobre esas rocas de plata. Trató de verse a través de las gafas de sol de aquellas y solo se pudó ver ridículo, un gatito asustado que no podía bajar de un árbol. ¿Viste quienes son? Son las de la cabaña de al lado. ¿Qué vas a hacer? ¡Dale! En seguida, aquel panorama le recordó a una película que había visto años atrás, algo relacionado con un personaje en una situación similar. Sin embargo, no recordaba el título, pero si el final de aquella; siempre lo estremecía cada vez que quería nadar en algún lugar nuevo. Buehh, ¿en serio?. Ahora con eso. Es una película solamente. No vas a terminar así como Bardem. Esta despejada el agua, dale. ¿Además, si pasa algo, crees que si no le pedís a esta manga de inadaptados que te eviten las molestias, no lo van a hacer? Alguno lo hace sin chistar siquiera. Dale. Morite de miedo, cagón, pero tírate de una vez. ¡DALE! 

Gritos, viento, sirenas, voces. ¡Basta! ¿Qué importaba todo eso? Tan solo era tomar aire bien hondo, y dejar de pensar. Así pues, miró por última vez hacia abajo, ahora descansaba su vista sobre los limites reverdecientes de las sierras distantes. Escupió la primera frase que cruzó por su cabeza para consagrar la estupidez de su acto y entonces  abandonó la tierra solo por un segundo, o quizás menos… Durante ese lapso no sintió nada, no sufrió por nada. Si algún color de su identidad se le arrimó por la mente fue pura casualidad. Por un fragmento de segundo fue un pájaro fallido, fue un suicida arrepentido, fue tan solo una veta de polvo levitando en la caricia del viento. El pulso y la fatalidad le reventaban en el  pecho, furiosos, girando en revoluciones de pánico y de risa. Sin entenderlo, ni queriendo tampoco, el aire era la vida y podría llegar a ser la muerte; sin saberlo, ni queriendo tampoco, la tierra habia sido la muerte y ahora podría llegar a ser la vida. Comenzó a descender. Ya no dudaba, ni tampoco estaba convencido de algo, tan solo cumplía su papel al jugar con la gravedad; sintió que algo lo reclamaba hacia abajo, o quizás que el mundo se agrandaba y este subía y subía, dejándolo atrás. Era un cometa de piel y carne cayendo hacia el ansiado impacto. Llegaba a presentir como el calor con el  roce del aire caliente parecía despellejarle las piernas, la espalda, las tripas, para que luego, y de pronto, un frío quiebre de realidades lo envolviese en un manto de silencio. Su percepción de aquello fue como si alguien de repente lo hubiera despojado de cada gramo de energía, de cada hilo de luz vital. Abrió los ojos y todo estaba oscuro. Era la calma, todo estaba en calma. Como si ese río tuviese algo, como si  se hubiese quedado con algo. Bien. ¡Viste que no era tan difícil! Ahora vamos, es hora de subir. Te están esperando. Escuchó el cielo nuevamente allá arriba. Y sin darse cuenta, carcajadas inexplicables se le efervescian en la boca. Tal así que, una vez con hambre de oxigeno, el trampolín del agua lo hizo emerger.

Otra vez luz.

 

3. Tardanzas

    Cuando fichó, la hora del pequeño aparato le habría avisado que era demasiada segura la posibilidad de volver a llegar tarde. No se cambió, ni saludo a sus compañeros. Se fue así, con lo puesto: un pantalón de vestir y una camisa incómoda y de corte formal, que desentonaban tan mal con el negro perdido de una campera tan castigada por el tiempo. Caminó rápido, o eso intentaba porque los zapatos le entorpecían aún más la prisa. De momento, se acercaba a la parada. No le faltaba mucha distancia cuando a lo lejos un letrero verde flúor se confundió con la luz del semáforo. Era el tan inoportuno colectivo, que se abría paso entre el tráfico a una velocidad que parecía maliciosa. No lo dudó. Empezó a correr entre la gente y los carritos de compra y los autos impacientes, agitado en su trote oxidado y con un morral que se despatarraba hacia todos lados. A pesar de todo, logró llegar con lo justo. Se colgó al pasamanos y, una vez arriba, con el último aire indico el destino. Cuando abandonó su peso en el asiento, un suspiro profundo dejó escapar en un rumor audible para todas las demás orejas extrañas y pasajeras. Entonces quedó suspendido contra la ventanilla, viendo como la tarde dejaba de ser tarde.

Cuando llegó, quizás habría notado que ya habían pasado quince minutos de la hora habitual. Pero si fue así, no le preocupo por largo tiempo, porque a medida que se acercaba al zaguán de la entrada, y veía un par de personas sobre unos pupitres maltrechos, su paso firme volvió al ritmo vago y tranquilo que habituaba. Por la pinta de esos chicos eran compañeros o algo parecido. Un pibe no mayor que él, que aparentaba intentar resistir una conversación apasionada, colorida. La otra voz atacante le pertenecía a una chica con anteojos, de pelo largo y gentil, y de sonrisa serena. Era clara la asimetría de la conversación en cuanto esfuerzo e interés de ambos. Pese a todo, decidió acercarse, algo dudoso quizás, algo despacio, como lo haría un perro lastimado. Parecía darle pena interrumpir aquel discurso tan fluido y variado. Una práctica tan íntima y cercana, pero extraña en sus reglas a la vez, quizás una contradicción que le resultaba un anhelo olvidado. Sin mas, interrumpió. La inquietud por saber era más fuerte que cualquier acto de cortesía. Saludo al chico por su nombre, para luego dirigirse a ella. No salió más que un hola resquebrajado, impersonal. Estaba limitado, no parecía saber mucho acerca de esos dos, tampoco parecía animarse a saber. Preguntó acerca de la profesora y estos le contestaron que tampoco sabían si vendría. Así, sin decir mucho más, se apartó hacia un lado. Una vez allí, recostado sobre la pared despintada, miraba el jardín de los alrededores. Aparentaba más tranquilo, como si se sacudiera de la cabeza rapada la presión del tiempo a medida que se pasaba la mano. Ahora se volvía a escuchar todo, la liviandad de una conversación sencilla y cercana, los sonidos cotidianos, los pájaros invisibles, el murmullo colectivo, y un olor amenazantemente dulce que se establecía por toda su cabeza, que le ocupaba la mente en un murmullo silvestre, extraño, como si estuviera escuchando a una flor desplegarse en el primer brillo del día.  Cuanta dulzura había en el aire, cuanta vida no vivida habitaba en esa conversación de fondo. Cosas sobre viajes, que si Brasil, que hay que juntarse a estudiar, que ella tenia una conocida en común, que sus tatuajes, que si el mar, que los malabares, que él estaba libre también en la semana. Aquel, de la campera descocida, se mostraba distante, se esforzaba para distraerse en su fatiga, como sino le pudieran llegar las palabras de aquellos. Quizás quería pero le faltaba algo de tiempo para encontrar los temas precisos que destruyeran el mito de su aparente hermetismo. ¿Era tiempo? Quizás hubiera querido preguntar algo más acerca de una simple cursada o un nombre. Quizás. Pero una mujer no muy señora, ni tampoco muy señorita, se hizo presente con las disculpas de siempre. Todos se levantaron. Ahora sí, era hora de entrar al aula.

     Salió alguno minutos antes de la hora final. Detrás de un hasta luego culposo, se acomodó la correa y se emprendió en una nueva marcha apurada. Sin embargo, a pesar del tiempo ganado, cuando llegaba a la entrada del lugar noto las luces coloridas de un colectivo que se alejaba. Se detuvo con  suspiro se hizo sonido por todo el zaguán. Habia tiempo para un café; siempre lo hay. Saludó al que atendía el salón y echo un vistazo sobre las mesas. El lugar estaba vacío, salvo por algunos profesores corrigiendo exámenes, que resultaban tan o más grises que el ambiente. Por suerte, un delicioso aroma de comida rápida y a humedad, envuelto en un rock de los 70´, hacían soportable la decadencia que se imprimía en él. Pidió un modesto café doble con un par de bizcochos  y tomó asiento en una mesita en el fondo, a medida que se acomodaba y sacaba un par de cuadernillos del morral. De lejos el reloj le daba la hora, faltaban algunos minutos para la vuelta de aquel colectivo traicionero. Tiempo le sobraba para alejarse por un rato por fuera de ese mundo que le esperaba en casa. Y así lo hizo. Abrió un libro, se desabrochó el primer botón asfixiante de la camisa, y se quedo aspirando largo y hondo el aroma de aquella infusión entre sus manos. Al rato, estaba de vuelta. Se había encontrado. Tomó el sobrecito de azúcar y lo pellizco por un extremo, pero algo lo detuvo antes de abrirlo por completo. De repente, sus ojos se tornaban en concentración, enfocados sobre el pequeño dibujo de una fragata azul sobre aquel pequeño envoltorio. Debajo de él, una inscripción en palabras suaves y en tonos poéticos lo decoraba. Se mostraba reflexivo, como intentando alcanzar el significado que proponía esa dulce frase. Quizás le era conocida: en algún lugar de seguro, en algún sitio la habría visto a esa expresión, en otra tinta , o puede que no, que le era tan ajena a su vida, como lo era la aventura o el quiebre de lo establecido. Sin embargo lo conectaba con algo incierto, lo traspasaba con su significado. Palabras que le querían decir algo, encontrarlo con algo próximo quizás. Pero, si él no creía en esas cosas. Son frases vacías al fin y al cabo, ¿no?, cosas que están ahí porque son lindas de leer. Difícil que en un papelito de azúcar llegue a caber el destino intrincado y caprichoso de alguien. Seria bueno, pero no debe funcionar tan así. Como en esas galletitas, que traen proverbios adentro o algo parecido. Nunca las probé…tampoco nunca fui al barrio chino ahora que lo pienso. Pero no, acá no hay nada de horóscopo o de adivinación. No es cosa de cuentos chinos o de las cartas astrales de la vieja. A esa frase la tengo de algún lado, es de alguien que conozco. En algún libro puede ser. Quizás la vi una vez en Capital, esa vez que me perdí un poco a propósito por la calle Florida, entre esas librerías y los puestos de flores. Qué rico ese olor a humedad y a jazmines. También, qué frío y cuanta gente que había. Un sin fin de vidrieras empañadas y brillantes, de una tarde tan de manos en los bolsillos y caminatas urbanas. Y pensar que la fiesta era en otro lado, pero yo estaba bien. O quizás era que no estaba mal. Bahh, no sé. No pertenecía al lugar donde me querían. Y sí, ya sé… siempre lo mismo. Excusas. Nadie sabe con seguridad a donde pertenece. Ahhh, ya sé. Creo haberla visto en una esquina a la frase, enmarcada sobre la vidriera de un bar. Me acuerdo bien ahora. Ese olor vagabundo. Ese cristal tan sabio. Esas palabras. Creo que esa fue la última vez que el mundo supo atravesarme con tanta fuerza, pero aquella voz que, detrás del vidrio, me gritaba desde sus lineas, al mismo tiempo que me desvestía con una razón tan firme; un cachetazo fraternal a través del tiempo. Me da culpa no haberlo leído lo suficiente, todavía tengo el libro de él con el plástico puesto y todo echando polvo en el escritorio. En algún momento. Y tampoco no sé bien si aquellas serian las mismas palabras que estas. Como era…creo que decía algo como… “Siempre quejándote de todo y a la vez fing…

-¡Hola! Perdiste el colectivo también, no… ¿Te molesta si me siento?

-…

   Tardó unos segundos en lograr contestar. Atontado, como si una epifanía lo hubiera pasado por arriba, que lo hubiese dejado mirando hacia arriba con la imagen de un cielo que no esperaba, que lo despertaba. Algo parecía haber recordado, algo. Fragmentos de palabras llovían del aire,  a medida que lo avanzaba el pulso cítrico de una inadvertida y olvidada confusión que comenzaba a conquistar el lugar. Un perfume como a azúcar y a primavera. Aquella misma esencia que alguna vez le supo sonreir algunas flores, tardes empañadas y una verdad.

 

IMG_20181109_121129

2. Cuentos

    Algo lo despertó. El silencio era tal en la casa, que solamente se podía escuchar los roces de las sábanas por todas las vueltas que daba sobre si mismo. Con los párpados pesados, se sentó por un largo rato en la oscuridad. Seguramente pensó que la lucha por volver a recuperar el sueño era en vano a esas alturas, porque de repente la luz encandiló toda la habitación. Abrió de par en par las ventanas. Necesitaba un poco de aire helado a lo mejor. Pero la noche no hacia más que ofrecer la humedad de un verano impiadoso. Se puso una remera cualquiera y con mucha convicción parecía estar buscando algo en la mesita de luz. Entre cartas, papeles, telegramas viejos, promesas, invitaciones, dibujos, fotos, apuntes. Recuerdos. Repasó y repasó aquel cajón. Luego, con la misma tenacidad, el escritorio. Nada. Quedaba un gran ropero pero seguro que haría mucho ruido hurgando entre las cajas de cartón y la ropa. Habrá recordado que hacia días que estaba solo en esa casa, porque en seguida se dispuso a trepar sobre los cubículos superiores de aquel. Después de algunos minutos y de polvo, se encontraba de nuevo sentado en la cama. Parecía estar pensando o tal vez empezando a despertarse del todo. Fue a la cocina y abrió la heladera. Se quedó un par de minutos mirando en el interior hasta que agarró una botella con agua fría, cual bebió hasta la mitad sin inmutarse. Después sacó de una campera, que colgaba en la pared, un cajetilla con cigarros delgados y finos. Marca que probablemente no fumaria un hombre. Y salió afuera para toparse con un cielo amenazantemente rosa. La promesa tan esperada de una lluvia. Todavia algo entredormido, sonrió ante la noticia. Se calzó lo primero que encontró y tomó las llaves, para luego adentrarse en la calle solitaria. Era tan tarde que ni los perros salían a ladrarle, que solamente él y la noche parecían advertir ese chasquido que nacían de sus ojotas y se retumbaba por los casas y las construcciones de todo el barrio. Así recorrió un par de vueltas a la cuadra, entre cigarro y pensamiento. Vuelta y vuelta hasta que en un momento, paró en seco a mitad de la calle. Algo había recuperado. Con el doble de prisa regresó a la casa, tiró las llaves en la mesa y apuntó hacia una pequeña biblioteca. No le costó mucho encontrar lo que buscaba. Un libro no muy grueso ni muy viejo; tenia el lomo algo castigado, y la contratapa pegada con cinta. Cuando lo abrió, dejó caer su nariz sobre la fragancia de esas páginas casi amarillentas. Parecía más despierto. Recorrió algunas páginas con una rapidez cuidada, hasta llegar a un hoja suelta y blanquecina que marcaba el límite entre dos capítulos. Los ojos se le perfilaron en un gesto de determinación, o de dolor quizás. Sin mirar el libro lo dejo de lado sobre una mesa, y se sentó contra una pared a leer las palabras de aquella hoja mal doblada. Lo leyó con un extraño cuidado, marcando con sus labios silenciosos aquellas oraciones en su memoria; como si aquella fuese la última oportunidad de recuperar aquellas letras. Cuando aparentaba haber terminado, dobló otra vez aquella hoja y se la quedo mirando un rato más aún. Algo habrá pasado en esa mirada vacilante porque como poseído se levantó con algo parecido a la fuerza y acto seguido, se dirigía a la bacha de la cocina. Se aseguró que no estuviera húmeda la superficie metálica y, una vez esto, dejo reposar allí aquel papel. Era una época donde siempre tenia el encendedor en algún bolsillo, así que hizo uso de él sin tener que buscarlo. Esa historia estaba tan seca, tan llena de espinas que no le costó demasiado arder una vez que, desde una punta, una llama la desgarraba para siempre en cenizas. O eso creyó aquella vez. Se quedo contemplando los restos de aquellas memorias, pero algo parecía no convencerlo. Abrió la llave de la canilla y las cenizas se fueron por la rendija hacia un falso olvido. Antes de volver a la cama, salió una vez más afuera para intentar vislumbrar una vez más la sanadora noche. Habia amanecido hace rato, solo que el sol no se veía. Las nubes seguían allí.

IMG_20181107_004641

1. Trenes

     Era un domingo tan soleado. El traqueteo ensordecedor del tren hacía casi imposible cualquier conversación en ese vagón. No muy lejos de la puerta de ascenso se encontraban sentados y divertidos un hombre con dos niños. El nene, de unos cinco años mas o menos, parecía disfrutar con entusiasmo el paisaje y los campos que pasaban más allá de la ventanilla. Miraba con curiosidad esas pequeñas manchas oscuras y blancas entre el dorado pastizal. Cómo esas escenas campestres pasaban fugaces cual proyección de una película: parecían adquirir cierta animación, cuadro por cuadro, cada vez que su imagen se interrumpía con las plantas y con los delgados troncos que cada tanto rozaban de cerca el pellejo metálico del tren. Si alguno de esos animales hubiesen advertido a la distancia esa maquinaria chirriante, que avanzaba a toda velocidad; si tan solo por un segundo hubieran levantado la cabeza sobre el alimento vegetal, seguro habrían notado que sobre esa bestia escandalosa un pequeño rostro se iluminaba en muecas de novedad, al observar todos esos signos desconocidamente maravillosos. Era un domingo tan soleado.

    En frente de él, una pequeña niña dejaba deshacer un helado de agua sobre su mano a la vez que atendía las palabras del que podría ser el papá. Este, con un pañuelo de tela, le limpió las manos y el pegote de las mejillas, manchadas con caramelo y fruta  artificial. La niña le respondió con una sonrisa encantandora. El pañuelo siempre olía a frutillas. Cada tanto, podía verse a un inspector que venia de aquí para allá, a lo largo del pasillo, cortando boletos y parando de vez en cuando a hablar con algún pasajero. Tenía cara de ofuscado, de vida perdida, algo que ver con el peso de ciertas tinieblas latentes que abrevaban en  un gesto estricto en el mirar; hecho  agravado aún más con el porte de un bigote tosco y oscuro. Cuando pasó cerca de ellos, se detuvo fijando su atención en el niño. El muchacho no se había dado cuenta de esa presencia, hasta que la pesada mano de su padre le agitó el hombro. Estaba ensimismado sobre el marco de la ventana, como tomando postura para en cualquier momento comenzar su vuelo y salir revoloteando de esa serpiente mecánica. Cuando se giró hacia el interior del tren, notó tanto en la cara del padre como en la del inspector un tono serio, casi inquisidor. La niña seguía divertida, concentrada en su helado y en el balanceo ritmico de sus piernas. Puede que haya sido que una luz se extinguió en el muchacho, que abandonando su postura de espectador del mundo, se dejaba caer sobre el respaldo del acolchado asiento. Humillado, deshecho. El hombre parecía avergonzado también, pero con una culpa que no era la suya seguramente.  Le dijo algo a esa autoridad circunstancial, le dio los boletos y luego este último continuó su rumbo pasillo atrás. El muchacho siguió con la mirada sobre el piso, al mismo tiempo que escuchaba la voz rígida de aquel que guardase el pañuelo manchado. No volvió a levantar la cabeza por un buen rato. No, hasta que la nena, aburrida de ya no tener un helado entre las manos, se dispuso a hablarle al padre con exceso de gestos y de energía. El tren se hacia escuchar, la nena también: – Quiero otro cuand…CHACTUCHACTUCHAC…¿Falta mucho pa…CHACTUCHACTUCHAC…el abuelo debe estar esper…CHACTUCHACTUCHAC….esta vez uno de crema con choc…CHACTUCHACTUCHAC…ese señor parecía mal…CHACTUCHACTUCHAC… Al padre parecía causarle mucha gracia tal entusiasmo en tan minúsculo cuerpo. Todo parecia ser más de lo normal. Ese domingo era tan soleado.

    Después de un rato, sucedió que el niño volvía animarse al atreverse a mirar de reojo sobre la ventanilla. Para entonces un extenso y brillante lago ocupaba la vista exterior. El cielo parecía que se había duplicado sobre la tierra, en  aquel descuido de humillación reciente. Miró a su familia, para luego darse la vuelta y apenas levantar la cabeza sobre el asiento; se cercioraba de algo en el fondo del pasillo trasero. Después de algunos segundos volvió a lo suyo, apoyándose con los codos sobre el marco de la ventana. Parecía buscar con cierto gusto que el viento le sacudiera la oscura cabellera, o quizás que el aire fresco le inunde el pecho mientras  cerraba los ojos. Padre y niña estaban inmersos en sus juegos, reían a veces y otras señalaban  cosas distribuidas por todo el pasillo y en los pasajeros. En cambio el niño comenzó a señalar cosas pero para sí mismo, aquellas que formaban parte de esa vida de afuera, en todo eso que sucedía tan fugaz e inalcanzable. Parecía ansioso de querer atrapar ese momento, de alcanzar y apretar bien fuerte esa inmensidad seductora entre sus limitados deditos. Lo intentó, vaya a saber uno por que verdaderamente. Y en algún momento casi lo logra, ese paisaje casi era suyo, tan solo había que estirar un poco más el brazo, solo un poco mas… Y entonces un ruido sordo y eterno. Quién pudiera adivinar qué emoción se le avecino primero a la mente, ni bien apenas el latigazo de una sombra lo arranco de su alegría infantil. No recuerdo. Claramente lo siguiente fue dolor, sangre que se deshacía sobre su muñeca y entre sus dedos. El niño parecía confundido y horrorizado, al igual que el padre. Razones había. Con hábil reflejo sacó de su bolsillo el mismo pañuelo para envolverselo en la mano del niño, a la vez que lo regañaba entre compasivo y molesto. La ñiña no decía nada, solo balanceaba los pies. Así, el muchacho pasó lo poco que quedaba del viaje sollozando en silencio. Mirada hacia abajo y escuchando, solo escuchando palabras que ya se habían mencionado. Luego de otro rato, todos quedaron en silencio, hasta el tren mismo había cedido un poco en sus lamentos metálicos. Pero mas allá de la situación evidente, el nene no parecía llorar por el palpitar doliente de una muñeca magullada, sino que cualquier mirada curiosa habria pensado, seguramente, que en ese llanto tímido comenzaban a arder sutiles brotes incontenibles de una impotencia de no poder ser; como si tal vez hubiese comenzado a entender que a veces se paga caro el querer estar equivocado. En un momento, el tren comenzó a aminorar la velocidad, hasta que se detuvo al fin. Ellos bajaron en una vieja estación. Una vez en la plataforma, se comenzó a escuchar de nuevo los mecanismos de la máquina, indicio de que se preparaba para seguir con su camino hacia quién sabe donde. Mientras este los dejaba atrás, por una de las ventanillas, pudo ver que asomaba detrás de un bigote algo siniestro cierta cara de satisfacción que se ceñía solo sobre él. Una mirada que probablemente le haya quedado vibrante hasta el día de hoy, como el eco de una amarga enseñanza. Con los ojos ya secos, el niño también lo miró con un desprecio atroz para alguien tan pequeño. Ambos se miraron idénticos hasta que el vagón se alejó, del mismo modo que los demás vagones que le seguían y al final el mismo tren desapareció en la llanura reverdeciente. Ellos, sin mas, también se marcharon. El padre compró en un almacén dos helados y siguieron, hasta perderse por la calle principal que llevaba hacia el pequeño pueblo. Era un domingo tan soleado que el niño volvía a reír, que aquel pañuelo ya no olía a frutillas.

 

IMG_20181110_213319