Amarillo para la ocasión

   Pero, qué increíble. Se debe sentir como el mejor ahí entre los autos y las motos. Jugando con el tiempo de los semáforos y el humor de la gente. ¡Uhh! Pensé que se le caía un aro, pero no. Un poco de suspenso no más. Ahí va de nuevo, ahora con cuatro. Siií, se nota… míralo no más, la tiene muy clara. Se le nota en la mirada cómo sabe entretener a un público que no desea más que escaparle a un día de furia: tan canchero jugando con la gravedad, manejando esos palos, o cómo quieran que les dicen. Increíble el pibe, un artista urbano. Y ahí está, caza el último aro en una picada imposible, una vuelta sobre sí y reverencia final, como si se consagrara ante la ovación de un público sacado del Colón. ¡Qué grandeza en esa locura! Ahora, ¿tanta seguridad puede brindar una vida bajo los semáforos? Después de todo, que sabre yo, debe de ser una vida digna desde sus ojos. Si lo pienso, al menos parece más sincera que la mía, eso es seguro. Será qie siempre me hubiese gustado acercarme a esos grupos como el suyo, desde que los veía parar en la esquina de la salida del colegio recuerdo, acercarme y pegar onda charlando y, con algo de suerte, me enseñarán piruetas y a hacer malabares y andar para todos lados y para dónde vayan y así, sentirme dentro de una familia que hubiese podido elegir, soñar un poco en mi falta de todo. Hubiese sido lindo llevar esa vida despreocupada, o a lo mejor no, pero por leo menos hubiese estado jugando y riendo entre caras amigas, pensando solo en hacer la plata justa, volver a casa y tomarme mi cervecita para dormir liviana y profunda, sin los pesos de siempre, esos como de tener qué fichar a cierta hora, o tener que recordar pasar un rato antes de la una, por la sucursal de la rotonda, para pagar el cable y el teléfono del mes pasado. Una sucesión de días anónimos sin obligaciones severas, una vida sin verdades significativas. Una hippie diría alguna tía cuadrada. Pero, que sabrán mis tías de la vida, ni siquiera intentaría entender que ese sería el único amor que quisiera seguir, revolear palos y hacer pirueta. Me da rabia pensar que voy de cabeza por ese camino, de domingos hablando al pedo de los defectos de la toda la familia y solo limitarme a que no quede con mucha mayonesa la ensalada de papa y huevo. ¿Eso serpa mi vida? Una tía tercamente solterona acosada por las versiones que no fueron de ella, enojada con el mundo y con la ensalada. Yo y ellas, ellas y yo, lo único que nos diferencia es que ellas no le escapan a las personas con las que decidieron lentamente morir. Un amor suicida hecho a la medida de una estúpida comodidad. No sé… quizás sea demasiado dura, aunque no quisiera ser como ellas, las quiero después de todo, son lo único a lo que le puedo llamar familia. Pero no, seguramente la pesada de Herrera, debe estar tramando alguna mentira cruel de por qué no fui a la oficina, me la juego que para a estas alturas haya logrado que la secretaria me esté llamando ahora mismo para saber si me paso algo; al final, nunca falté desde que entré a la empresa. Ni siquiera un parte de enfermedad o una licencia de maternidad, che. Siempre devota y firme, tan sumisa cómo lo puedo llegar a ser. Aagghh… qué decadente qué soy. Esa especie de devoción secreta por algo tan lleno de emociones y satisfacciones como lo puede un escritorio con la base vencida y tres paredes chotas. Creo que me sentí más hacia un avance estando acá arriba sentada, que en todos estos años contestando y llenando todos esos formularios y notas de depósito. Tal vez, estoy más dentro de la maldición familiar de lo que imagine; otro tipo de suicidio al que le digo amor. ¿Y por qué todo eso?, de ese miedo por salirme de lo normal, miedo por quedar por fuera de ese amor corporativo qué tan delicadamente me forme en este tiempo. Por qué simplemente no puedo amar un día de malabares y amigos bajo el sol. O peor aún, por qué pienso que el amor es algo que me hace falta. Amor: ni siquiera sé bien que es eso. Me habían vendido la idea de que esa forma de considerar el mundo era la única forma valedera de llevar a cabo una vida digna. “El amor te mejora… el amor te hace completa… el amor te hace más fuerte… el amor esto y lo otro…” ¿Y si no es así después de todo? Digo, todavía no lo entiendo pero algo hay dentro de mí que se delata, que sin razonarlo  necesariamente buscar enamorarse para sentirme plena, de tener que arrimarse al cariño de alguien más para no sentir tanta ruina alrededor. Pero, ¿quién dijo eso? Quién carajo de toda esta gente acá sentada, cree con absoluta fuerza en esta idea. Estoy segura que nadie. Quién puede aferrarse a esa idea por completo se merece un premio, o un lugar en un manicomio mas bien, pues seguir las reglas del amor y las relaciones humanas como una verdad inquebrantable es una locura. Los motivos del cariño son tantos y tan misteriosos que da mucha fiaca pensar en ello. Cada uno con sus moldes, creo yo. Es más, el amor mismo ya es un motivo por el cual se pude justificar casi cualquier acción, por más repudiable que parezca primera vista. O mejor dicho, un motivo irrealizable… Creo que es más bien eso; las personas necesitamos motivos y mientras más idealistas, mejor; queda menos culpa si no llegamos a concretarlos de la manera que los pensamos desde un principio. Supongo que para bien o para mal esa idea de querer es la que más tenemos incorporado en la cabeza y en el sentir, esa herramienta inestable que parece al alcance para encontrar algo de alivio, el remedio que nos hicieron tragar para tanta decadencia existencial. Un genio el responsable de todo ese juego, no, me expresé mal, un demonio quién haya diseñado tal aparente verdad de manera tan creíble, para que sobreviviera espléndida bien a los siglos y a las mentes de la razón, a todos esos infelices que sucumbieron al arrastre de su creencia. ¿Qué tanta verdad hay en eso, y porqué no puedo hacer nada? Tal vez, yo nunca sobreviví. Y qué hay de las otras verdades, o mejor decir, de esas presuntas verdades: del sexo y el placer, de la muerte, de la plata y la ambición, de la libertad, la soledad o, sin ir más lejos, del dolor . ¿Qué hay de todo eso? Si todo eso se siente en la piel y pesa en la mente, con peor o con la misma fuerza que creer querer a alguien, otra necesidad con diferente nombre, sin más. ¿Por qué tengo que ir encontrando a personas a las cuales amar, si ni siquiera nunca estoy segura cuándo o cómo sucede? Todos andan por ahí como si se supieran algo, como si a ese sufriemiento al cuál le rezan es el correcto y el más superior sobre los demás. Debo conseguirme uno bien rápido, un motivo para sufrir así no ando con este sabor de que me extirparon algo. Y peor aún, tanta sensación de vacio al balde, porqué ni siquiera sospecho cuales de todos esos motivos me guían verdaderamente en mis decisiones. Soy un desastre, debe ser la preocupación estúpida al ser mi primera falta en años, de salirme de vida ordenada y no llegar a una puta respuesta subida a este bondi y entre estos extraños que ya no miran, que parecen haber dejado de buscar sus respuestas hace tiempo… Uhh, no… encaró para acá. En serio, che, justo acá te tenés que sentar. Mirá que hay lugar de sobra en los asientos de atrás. Aaghhh… buehh… ¿En qué estaba…? Sí, bueno… quizás la verdad que ignoro es que no necesito la presunta verdad del amor para vivir, sobre todo no saber encajar en él. Si supiera qué razones son las que sigo ahora mismo, quizás tendría un lugar dónde poder refugiarme de todo aquello; pero, tan solo me quedan las razones de las que escapo, esas siempre son fáciles de entender. Me da curiosidad saber si éste pibe, que se acaba de sentar al lado, entenderá las razones por las cuales se mueve: me pregunto si está acá arriba para ir ver alguna noviecita o a algún familiar, quién sabe, o si irá a perder el tiempo con gente como él, a clones de personas parecidos en gustos y en cantidades de hormonas, qué no saben dónde ir. ¿Dónde ir, no? Quizás le agarró la locura, como a mí, y se subió sin pensarlo al primer colectivo que pasó cerca, y acá terminó… cabeceando de sueño sobre el hombro de una rubia avejentada en canas. Che, no te vayas a dormir ehh, por ahí piensan cualquiera y creen que somos madre e hijo. Sería tan ridículo. Pobre, de alguna manera me da cierta ternura; es muy chiquito… y feo. Tiene un aire parecido a él. Esa nariz sobre todo… esa curva peculiar que le amortigua de la misma manera esa mirada tan seria, esos ojos ensombrecidos. Aagghh. ¿Acaso tan chicos eramos? Y sí, lo suficiente para no preguntar demasiado. Cuanta confusión e ingenuidad, cuanta desesperación por llegar a lo qué somos ahora, y, sobre todo, cuanta decepción al llegar. ¡Qué lindos tiempos aquellos! Pobre chico éste, no sabe lo que se viene. La ilusión del avance le va a doler cuando se despierte que lo único que sigue adelante es la permanencia del día a día. Quizás deba advertirle, pues me hubiese gustado que una vieja en el colectivo me dijera de pendeja qué todo sería tan diferente a cómo lo planeábamos: advertirle que la ingenuidad es lo único que se va con el tiempo, y la confusión es la que siempre se mantiene igual. Así, intacta en los mejores casos, si es que no aumenta, al igual que las canas y el deseo por dormir un par de horas más; hace cuanto qué no me duermo mis benditas ocho horas. Me gustaría que la vida sea tan solo esto, de esas emociones inesperadas y frescas como cuando abrís los ojos tres o cuatro minutos antes que el despertador y sonreís bajo las sabanas por la pequeña victoria contra el tiempo, o, no sé… ,cuando te agarras el dedo chiquito contra la pata del algún mueble, y no sabes cómo racionalizar esa punzada de un mili segundo anterior a la puteada que se dispara dolorida, o de esos besos furtivos en mitad de la madrugada que nacen porqué sí, porqué se puede. No sé, cosas así que ocurren de un chispazo y hacia ningún pretensión trazada de antemano. Como una tarde cualquiera estar esperando el cincuenta y tres, en la esquina de Roma y Avenida Rivadavia, y, sin pensarlo demasiado, subirse a cualquier colectivo y sentarse sin razonar ese impulso desconocido en cualquier asiento libre y dejarse acariciar la cabeza con el viento calentito de la tarde. El por qué no puedo vivir con esa dignidad de perseguir otras verdades, es probable que nunca lo entienda: no sé, conseguirme un chongazo y verlo de cuando en cuando y así me evito tanto melodrama al pedo, o quizás meterme de lleno en la oficina, laburar como una perra y cuando junté lo suficiente me voy a la mierda de todo y de todos. Tantas verdades y motivos qué seguir y nunca aprendí cuales eran los míos. Parecida a no esperar nada al final de un día de mierda y tan solo ver una cara que deseas ver con todas tus ganas, y que con toda segurid—

   ¡AUUCHH! ¿Qué le pasa?, no sabe manejar el boludo éste. Uyy, no, me está mirando por el espejito, creo que se dio cuenta por mi cara… o será qué después de tratar tantos años con la gente aprendió a intuir lo que piensan. No sé, por las dudas pienso en otra cosa… mmhhh… ahh, no se me ocurre nada para despistarlo… mmhhh… Pfff, pero, ¡qué estupidez! Mirá si va a tener poderes mentales, apenas puede esquivar un bache, apenas parece más mayor que la bella durmiente que tengo al lado. Quizás es como dice Caro y yo tenga la cabeza atrofiada de tanto pensamiento al pedo. Tiene razón, y sobre toda de la manera simpáticacona cómo lo dice. Me pregunto si antes de irse la muy colgada habrá apagado el aire, como le recordé anoche. Me pregunto de donde sacará tanta motivación para tener siempre una sonrisa pegada en la cara; hasta me pone nerviosa tanta alegría permanente en ese cuerpito de muñeca. Nunca la vi quieta en casa, ni tampoco llorar, ¿en qué momento del día se angustia esa chica? Quizás me equivoque fiero y ya habrá llorado lo suyo en algún pasado que desconozco, de esas cosas que todavía no me confía. Supongo que habrá llorado tanto que ahora no puede hacer nada más que reír. Será ese el caso a lo mejor, llorar hasta el hartazgo y la sequía espiritual hasta que no hagan más que brotar carcajadas. No lo sé, lo mío diría que es a la inversa. Y seguramente se reiría de todo esto: del chófer que me sigue por los espejitos con esa mirada de ojete o del pibe que se está babeando sobre mi brazo. ¿Lo despierto?… No sé bien, me da cosa, parece cansado. Ella no lo despertaría, su peligrosa amabilidad no se lo permitiría. Lo dejaría tranquilo ahí aunque se le durmiese el brazo por el peso, aunque, para no sacarlo de su sueño, implicará que se le pudra en gangrena medio cuerpo. Un buen gesto, ella no sueña pero le regala una sonrisa a los que sí pueden. Eso sí, seguramente se mataría de risa la muy guacha, apreciaría la ironía de toda la situación. Ahora creo entenderla, quizás la única verdad a la que hay rendirse sea algo parecido a lo que se ofrece en todo esto, a esta falta de un destino seguro, a este abrigo inesperado de un día de calma y de sol. Es buena piba, de esas escasa “buena gente” que ya casi no se encuentra. Pobre, con la compañera con la que vino a parar. Me acuerdo cuando apareció, no hace mucho, con ese masacote de pelos sobre los brazos. Sino fuera que necesitaba ayuda con el alquiler, le hubiese cerrado la puerta en la cara seguro; Tobi, más problemas que compañía trajo ese perro… No recuerdo si le cambié el agua… ¿lo hice?… Ah, sí, sí, se la cambié. La manera en que lo quiere y lo mima pareciera que toda una maternidad estuviese contenida en ese cariño. Me hace acordar a mamá. La puedo imaginar ahora, ansiando llegar a casa para ver esa cara de nada, volviendo del laburo seguramente, contemplando el mismo cielo que yo. Pero, nunca en paz, siempre en movimiento. Pues, no se sabe con ella, si llega a casa para irse o si se va de casa para regresar. Debería casarme con ella y entonces me evitaría muchos problemas con todo, con los chabones, con la familia, con la idea molesta de llegar en la noche y no ver unas llaves sobre la mesa. Sí, podría hacerlo, no me costaría mucho fabricarme esa mentira, y así en las reuniones familiares quedar cubierta ante las preguntas de algún familiar choto, que cuando quiera indagar de más con un: “¿Y cómo está mi sobrino? Pero, qué lástima… ¡linda pareja que hacían juntos!”, yo contestaría: “Ahh no sé, no lo pude seguir en sus fantasías y lo dejé. Ahora salgó con mi mejor amiga, soy torta. Mírala, está ella riéndose de los chistes boludos del tío Antonio”. Sería hermoso verles la cara. Le pagaría lo que me pida a Caro si me hiciera la segunda en esa. Lástima, si la amistad solo tuviese ese aliciente necesario que cubre todo lo sexual, seria la interacción perfecta; aunque ni para amistad me gusten las chicas, lo consideraría seriamente… ¿qué mejor acuerdo social que ese?; un contrato que cubre el cariño y la satisfacción. O capaz puede que sea una cuadrada y sí, deben haber amistades que no se confunden en los limites ambiguos del amor y el sexo, y por ahí andan llevando a cabo sus formas perfectas en las relaciones personales, con la receta escondida solo para los qué no están contaminados. O yo sea una infradotada de espíritu y de mente, y no hago más que liarme con las personas incorrectas de siempre. Quizás yo sea la incorrecta. Cómo era… na, na, na, naah, naah, na, na, na, naah… ahh, sí…”Un cuore que no tropiece treinta y cinco veces con la misma piedra”… yo ya voy treinta y seis masomenos. Aagghh… si pudiera hacer como ella y empezar a reírme como una linda tonta, sería una mejora de seguro. Si fuera una cuarta parte de lo que es ella me hubiera olvidado de mí misma y habría dicho que sí, hubiera dejado que se me pudra el alma por no despertar a nadie. Quizás eso sea el amor, después de tanta filosofía de tardes amarillas, quizás sea tan solo cuidar del sueño de la persona que uno tiene al lado. Y ésta sí que es una linda tarde. Me gusta cuando el sol no tiene sabor a un aire de muerte sofocante y solo pica suave sobre la cara y los parpados, justo como ahora, con el viento de su lado, soplando todo mi pelo sobre la cara de la vieja de atrás. Será que si hago un poco de fuerza y entrecierro los ojos me pueda quedar aferrada a esta especie de eternidad, aunque sea solamente por un instante. Qué lindo poder sería ese, ¿no?: con el solo gesto de poner los ojos achinados, hacer que un momento sea eterno. Me imagino la ridiculez del asunto, pues,  la gente andaría por la vida con aires de desconfianza, así, mirando a lo Clint Eastwood en cada momento de dicha. Eyy, era un buen chiste, ¿por qué no te reís, chófer? La vida debería ser esto y nada más. Tan solo esto… y no todas las cosas que me vendieron todo este tiempo. ¿Cuantos otros deben haber por ahí afuera ahora mismo, con media mejilla y todo el pómulo entumecido contra el cristal, preguntándose todas estas cosas que vienen y van hacia ningún lado? Viajando en contra del aire fresco mientras se secan los ojos, ya me los imagino, sin pensar en amores con propuestas gigantes o en las cosas que no fueron y que piden ser o de no preocuparse de que el perro no haya masticado las plantas de la vecina de al lado o que esa chupamedias no le haya inflado la cabeza al supervisor de que me hice la boluda en el trabajo, que todavía no haya mandado la visita médica a casa y la vecin—

      Ufff, sí, sabes qué sí. Me molesta y mucho tener que cerrar la ventanilla. Córtate el pelo sino te querés despeinar. Lo peor de todo es que pensaba que era una vieja, y al final era bastante más pendeja que yo. Quizás tenga esperanzas después de todo, todavía tengo la vitalidad de querer hacer malabares en algún semáforo. Quizás, ni siquiera se habrán fijado en el laburo de mi escritorio vacío. Bahh, qué importa, si total nunca falte sin una razón justa que no me excusará ante la mirada inquisidora de la recursos humanos, de la víbora de Herrera. Además, seguro que Caro  me cubre en todo caso, algo inventará de porqué no estoy en cama o supuestamente moribunda. Cosa que no es mentira del todo porqué estoy enferma si lo pienso, ¡todos lo estamos! Arrastrándonos cómo podemos, solitos con nuestra fuerza moribunda para gastarla y dejar que muera en una promesa brillante venidera o en sueños que nunca terminan siendo los nuestros. Cansada, esa es la descripción en general. Al final, merezco reconocerme cansada, o ¿no? Por lo pronto, me creo merecedora de tumbarme en un quiebre moral y poner en suspenso todo mi mundo y, así, no pensar en nada. ¡En nada! No darle bola al hecho qué aún estoy a tiempo de arreglar todo a cómo era hace un par de semanas, aún sin estar segura de querer hacerlo; pero qué es lo que quiero es claro, lo entiendo de algún modo. Esto es, quiero tan solo esto; calma. Más bien es una cuestión del poder, de la incapacidad de no poder arreglar su mundo de sueños a los que no puedo abrazar con la fuerza que me piden que abrace. Futuro al que no puedo reirle. Ojala mi salvación descanse en ese simple acto, tan solo reírme y escaparle a esa tentación de complacer sus planes, de no escuchar esa culpa, esa culpa que me todavía me sigue, y sonreirle como una tonta despreocupada a este sol que me acompaña. Podes creer que nunca me fijo en el sol, siempre mirando hacia delante o a los costados y abajo, y lo único que me da un calorcito de paz en tanto frío de respuestas, es esa olvidada bola amarilla sobre mi cabeza. Perdón, siempre brillando y brillando alta y cálida sobre toda esta culpa… ¡La culpa! ¡Ahhhgg! Venia bien, qué bronca dedicarle un poco de pensamiento a todo esto… No importa, no importa… Uff… Está bien, está bien, mejor no pensar en nada, en cosas inofensivas solamente: como por ejemplo en todos estos desconocidos de viaje, en estas caras llanas y grises que obviamente se olvidarán de mí fácilmente para mañana, así como yo de ellos; o en las vetas residuales de lluvias que ya no existen sobre la ventanilla, el sucio vidrio y sus cicatrices; o de la marea de casas modestas que se suceden idénticas, una tras otra, salvo por algún que otro matiz de color que varia apenas bajo el sol, bajo una cortina dorada de luz, o del rugir calmante del motor, que murmura enojado dos asientos atrás, o del cielo claro y dorado y extenso… y profundo… y tan amarillo todo… ssss… tan amarillo… ssss… ssss… jjrrr… jjrrr… jjrrr… jjrrr… ssss… Mhhh… ¿queeé?… ¿huh?… ¡Ahh! ¡¿Quién es éste?! Ahh, esa cara, es el chófer… Sí, esta bien. Tiene razón, ya no queda nadie arriba. Ya sé, ya sé, es la última parada. Ya, ya me bajo. Encima se me durmió una pierna, al fin de todo, el brazo está bien. ¿Adónde habrá ido ese chico? Qué vieja que me siento, qué ridícula. Parezco mareada, parezco perdida. Estoy perdida. Necesito sentarme un rato. En qué momento se fue el sol… siento mucho frío. Debería estar volviendo ya, Caro y Tobi se deben estar preocupando. A ver, a este cruce lo conozco, ahí está la farmacia Stravi, el supermercado chino de la esquina… eyy, por acá pasaba el colectivo que me llevaba al barrio dónde vivíamos. Digo, a su casa. Es tan absurdo que asusta todo esto. Será que el inconsciente no hace más que jugármela en contra, o será mi propia voluntad que busca sincerarse. O será que todavía hay algo de tiempo quizás. Me pregunto si piensa lo mismo. No sé, cómo saberlo. Allá viene mi colectivo encima, mejor.  En un rato volveré a llenarme del buen humor de Caro. No estaría mal, hoy le toca cocinar a ella. Justo, el rojo del semáforo lo atrapó. Me pregunto si sera día de comida sana esta noche o me da el gusto y sale milanesas con papas rústicas. La luz parece que se quedó trabada, no cambia más. Me pregunto si algún amigo lo alcanzó a casa o si pasará por esta avenida en el de las siete menos cuarto. Maldita luz, quédate así mejor… Me pregunto si el supervisor se habrá agarrado flor de bronca conmigo por el faltazo de hoy. ¿Lo saqué afuera a Tobi antes de irme? Ese rojo quizás sea eterno. Me pregunto si ya habrá llegado a casa…

Me pregunto si será tarde.

 

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Fotografía: Alan Quiroga
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4. Vuelos

Dale, vamos. Es un salto no más. Vamos, vos podes. Dale. Se quedó largo rato mirando el vacío. Lo observaba, media su profundidad, examinaba los riesgos. Mientras más mires, más te vas a echar para atrás. Dale, no lo pensés que es peor. Los pies le dolían, tenía llagas que se le habían abierto al escalar superficies por de más angulosas, proeza dura para una piel tan acostumbrada a la suavidad de la ciudad. No le importaba, era solo un síntoma, un emblema de su permanencia ante lo excitante, ante lo nuevo. ¿Y para cuando? El sol le picaba en la piel, su resplandor lo cegaba, el maldito astro le aumentaba el esfuerzo por mantener el equilibrio. A pesar de aquello, le resultaba más como un estimulo, un sentir que lo hervía de algo que lo comenzaba a asustarle. Mirá que estás hace rato acá arriba... Advirtió a todas las voces que lo aguardaban desde el fondo; alaridos que lo incitaban entre festejos y provocaciones, contribuían con el caos fraternal al rompimiento de su quietud. Tan solo es dejarte caer. Ya sabes que estas oportunidades se dan casi nunca. ¡Tenes que aprovechar! De cuando en cuando, asomaba la cabeza; parecía querer calcular la caída, que el tiempo de impacto, que cuanto de fuerza cinética y cuanto de la potencial gravitatoria, que la distancia, que las leyes de Newton y la masa por aceleración y vaya a saber que otras porquerías más…pero no podía recordar nada. ¿Yyy…no lo vas a hacer?, al final siempre lo mismo vos. A pesar de la filosa luz solar que le jugaba en contra, del otro lado del río, vislumbró a un grupo de personas que descansaban bajo un gran árbol. Genial. Ahora tenés espectadores. Mejor así, no seas maricón. Mirá las chicas, te miran… mirá a tus amigos, no te la van a perdonar…¡Dale, tírate!. Miraba con dificultad a esas chicas risueñas que tomaban cerveza y, como al mismo tiempo, ellas observaban toda la escena, allí simplemente, recostadas como sirenas sobre esas rocas de plata. Trató de verse a través de las gafas de sol de aquellas y solo se pudó ver ridículo, un gatito asustado que no podía bajar de un árbol. ¿Viste quienes son? Son las de la cabaña de al lado. ¿Qué vas a hacer? ¡Dale! En seguida, aquel panorama le recordó a una película que había visto años atrás, algo relacionado con un personaje en una situación similar. Sin embargo, no recordaba el título, pero si el final de aquella; siempre lo estremecía cada vez que quería nadar en algún lugar nuevo. Buehh, ¿en serio?. Ahora con eso. Es una película solamente. No vas a terminar así como Bardem. Esta despejada el agua, dale. ¿Además, si pasa algo, crees que si no le pedís a esta manga de inadaptados que te eviten las molestias, no lo van a hacer? Alguno lo hace sin chistar siquiera. Dale. Morite de miedo, cagón, pero tírate de una vez. ¡DALE! 

Gritos, viento, sirenas, voces. ¡Basta! ¿Qué importaba todo eso? Tan solo era tomar aire bien hondo, y dejar de pensar. Así pues, miró por última vez hacia abajo, ahora descansaba su vista sobre los limites reverdecientes de las sierras distantes. Escupió la primera frase que cruzó por su cabeza para consagrar la estupidez de su acto y entonces  abandonó la tierra solo por un segundo, o quizás menos… Durante ese lapso no sintió nada, no sufrió por nada. Si algún color de su identidad se le arrimó por la mente fue pura casualidad. Por un fragmento de segundo fue un pájaro fallido, fue un suicida arrepentido, fue tan solo una veta de polvo levitando en la caricia del viento. El pulso y la fatalidad le reventaban en el  pecho, furiosos, girando en revoluciones de pánico y de risa. Sin entenderlo, ni queriendo tampoco, el aire era la vida y podría llegar a ser la muerte; sin saberlo, ni queriendo tampoco, la tierra habia sido la muerte y ahora podría llegar a ser la vida. Comenzó a descender. Ya no dudaba, ni tampoco estaba convencido de algo, tan solo cumplía su papel al jugar con la gravedad; sintió que algo lo reclamaba hacia abajo, o quizás que el mundo se agrandaba y este subía y subía, dejándolo atrás. Era un cometa de piel y carne cayendo hacia el ansiado impacto. Llegaba a presentir como el calor con el  roce del aire caliente parecía despellejarle las piernas, la espalda, las tripas, para que luego, y de pronto, un frío quiebre de realidades lo envolviese en un manto de silencio. Su percepción de aquello fue como si alguien de repente lo hubiera despojado de cada gramo de energía, de cada hilo de luz vital. Abrió los ojos y todo estaba oscuro. Era la calma, todo estaba en calma. Como si ese río tuviese algo, como si  se hubiese quedado con algo. Bien. ¡Viste que no era tan difícil! Ahora vamos, es hora de subir. Te están esperando. Escuchó el cielo nuevamente allá arriba. Y sin darse cuenta, carcajadas inexplicables se le efervescian en la boca. Tal así que, una vez con hambre de oxigeno, el trampolín del agua lo hizo emerger.

Otra vez luz.

 

3. Tardanzas

    Cuando fichó, la hora del pequeño aparato le habría avisado que era demasiada segura la posibilidad de volver a llegar tarde. No se cambió, ni saludo a sus compañeros. Se fue así, con lo puesto: un pantalón de vestir y una camisa incómoda y de corte formal, que desentonaban tan mal con el negro perdido de una campera tan castigada por el tiempo. Caminó rápido, o eso intentaba porque los zapatos le entorpecían aún más la prisa. De momento, se acercaba a la parada. No le faltaba mucha distancia cuando a lo lejos un letrero verde flúor se confundió con la luz del semáforo. Era el tan inoportuno colectivo, que se abría paso entre el tráfico a una velocidad que parecía maliciosa. No lo dudó. Empezó a correr entre la gente y los carritos de compra y los autos impacientes, agitado en su trote oxidado y con un morral que se despatarraba hacia todos lados. A pesar de todo, logró llegar con lo justo. Se colgó al pasamanos y, una vez arriba, con el último aire indico el destino. Cuando abandonó su peso en el asiento, un suspiro profundo dejó escapar en un rumor audible para todas las demás orejas extrañas y pasajeras. Entonces quedó suspendido contra la ventanilla, viendo como la tarde dejaba de ser tarde.

Cuando llegó, quizás habría notado que ya habían pasado quince minutos de la hora habitual. Pero si fue así, no le preocupo por largo tiempo, porque a medida que se acercaba al zaguán de la entrada, y veía un par de personas sobre unos pupitres maltrechos, su paso firme volvió al ritmo vago y tranquilo que habituaba. Por la pinta de esos chicos eran compañeros o algo parecido. Un pibe no mayor que él, que aparentaba intentar resistir una conversación apasionada, colorida. La otra voz atacante le pertenecía a una chica con anteojos, de pelo largo y gentil, y de sonrisa serena. Era clara la asimetría de la conversación en cuanto esfuerzo e interés de ambos. Pese a todo, decidió acercarse, algo dudoso quizás, algo despacio, como lo haría un perro lastimado. Parecía darle pena interrumpir aquel discurso tan fluido y variado. Una práctica tan íntima y cercana, pero extraña en sus reglas a la vez, quizás una contradicción que le resultaba un anhelo olvidado. Sin mas, interrumpió. La inquietud por saber era más fuerte que cualquier acto de cortesía. Saludo al chico por su nombre, para luego dirigirse a ella. No salió más que un hola resquebrajado, impersonal. Estaba limitado, no parecía saber mucho acerca de esos dos, tampoco parecía animarse a saber. Preguntó acerca de la profesora y estos le contestaron que tampoco sabían si vendría. Así, sin decir mucho más, se apartó hacia un lado. Una vez allí, recostado sobre la pared despintada, miraba el jardín de los alrededores. Aparentaba más tranquilo, como si se sacudiera de la cabeza rapada la presión del tiempo a medida que se pasaba la mano. Ahora se volvía a escuchar todo, la liviandad de una conversación sencilla y cercana, los sonidos cotidianos, los pájaros invisibles, el murmullo colectivo, y un olor amenazantemente dulce que se establecía por toda su cabeza, que le ocupaba la mente en un murmullo silvestre, extraño, como si estuviera escuchando a una flor desplegarse en el primer brillo del día.  Cuanta dulzura había en el aire, cuanta vida no vivida habitaba en esa conversación de fondo. Cosas sobre viajes, que si Brasil, que hay que juntarse a estudiar, que ella tenia una conocida en común, que sus tatuajes, que si el mar, que los malabares, que él estaba libre también en la semana. Aquel, de la campera descocida, se mostraba distante, se esforzaba para distraerse en su fatiga, como sino le pudieran llegar las palabras de aquellos. Quizás quería pero le faltaba algo de tiempo para encontrar los temas precisos que destruyeran el mito de su aparente hermetismo. ¿Era tiempo? Quizás hubiera querido preguntar algo más acerca de una simple cursada o un nombre. Quizás. Pero una mujer no muy señora, ni tampoco muy señorita, se hizo presente con las disculpas de siempre. Todos se levantaron. Ahora sí, era hora de entrar al aula.

     Salió alguno minutos antes de la hora final. Detrás de un hasta luego culposo, se acomodó la correa y se emprendió en una nueva marcha apurada. Sin embargo, a pesar del tiempo ganado, cuando llegaba a la entrada del lugar noto las luces coloridas de un colectivo que se alejaba. Se detuvo con  suspiro se hizo sonido por todo el zaguán. Habia tiempo para un café; siempre lo hay. Saludó al que atendía el salón y echo un vistazo sobre las mesas. El lugar estaba vacío, salvo por algunos profesores corrigiendo exámenes, que resultaban tan o más grises que el ambiente. Por suerte, un delicioso aroma de comida rápida y a humedad, envuelto en un rock de los 70´, hacían soportable la decadencia que se imprimía en él. Pidió un modesto café doble con un par de bizcochos  y tomó asiento en una mesita en el fondo, a medida que se acomodaba y sacaba un par de cuadernillos del morral. De lejos el reloj le daba la hora, faltaban algunos minutos para la vuelta de aquel colectivo traicionero. Tiempo le sobraba para alejarse por un rato por fuera de ese mundo que le esperaba en casa. Y así lo hizo. Abrió un libro, se desabrochó el primer botón asfixiante de la camisa, y se quedo aspirando largo y hondo el aroma de aquella infusión entre sus manos. Al rato, estaba de vuelta. Se había encontrado. Tomó el sobrecito de azúcar y lo pellizco por un extremo, pero algo lo detuvo antes de abrirlo por completo. De repente, sus ojos se tornaban en concentración, enfocados sobre el pequeño dibujo de una fragata azul sobre aquel pequeño envoltorio. Debajo de él, una inscripción en palabras suaves y en tonos poéticos lo decoraba. Se mostraba reflexivo, como intentando alcanzar el significado que proponía esa dulce frase. Quizás le era conocida: en algún lugar de seguro, en algún sitio la habría visto a esa expresión, en otra tinta , o puede que no, que le era tan ajena a su vida, como lo era la aventura o el quiebre de lo establecido. Sin embargo lo conectaba con algo incierto, lo traspasaba con su significado. Palabras que le querían decir algo, encontrarlo con algo próximo quizás. Pero, si él no creía en esas cosas. Son frases vacías al fin y al cabo, ¿no?, cosas que están ahí porque son lindas de leer. Difícil que en un papelito de azúcar llegue a caber el destino intrincado y caprichoso de alguien. Seria bueno, pero no debe funcionar tan así. Como en esas galletitas, que traen proverbios adentro o algo parecido. Nunca las probé…tampoco nunca fui al barrio chino ahora que lo pienso. Pero no, acá no hay nada de horóscopo o de adivinación. No es cosa de cuentos chinos o de las cartas astrales de la vieja. A esa frase la tengo de algún lado, es de alguien que conozco. En algún libro puede ser. Quizás la vi una vez en Capital, esa vez que me perdí un poco a propósito por la calle Florida, entre esas librerías y los puestos de flores. Qué rico ese olor a humedad y a jazmines. También, qué frío y cuanta gente que había. Un sin fin de vidrieras empañadas y brillantes, de una tarde tan de manos en los bolsillos y caminatas urbanas. Y pensar que la fiesta era en otro lado, pero yo estaba bien. O quizás era que no estaba mal. Bahh, no sé. No pertenecía al lugar donde me querían. Y sí, ya sé… siempre lo mismo. Excusas. Nadie sabe con seguridad a donde pertenece. Ahhh, ya sé. Creo haberla visto en una esquina a la frase, enmarcada sobre la vidriera de un bar. Me acuerdo bien ahora. Ese olor vagabundo. Ese cristal tan sabio. Esas palabras. Creo que esa fue la última vez que el mundo supo atravesarme con tanta fuerza, pero aquella voz que, detrás del vidrio, me gritaba desde sus lineas, al mismo tiempo que me desvestía con una razón tan firme; un cachetazo fraternal a través del tiempo. Me da culpa no haberlo leído lo suficiente, todavía tengo el libro de él con el plástico puesto y todo echando polvo en el escritorio. En algún momento. Y tampoco no sé bien si aquellas serian las mismas palabras que estas. Como era…creo que decía algo como… “Siempre quejándote de todo y a la vez fing…

-¡Hola! Perdiste el colectivo también, no… ¿Te molesta si me siento?

-…

   Tardó unos segundos en lograr contestar. Atontado, como si una epifanía lo hubiera pasado por arriba, que lo hubiese dejado mirando hacia arriba con la imagen de un cielo que no esperaba, que lo despertaba. Algo parecía haber recordado, algo. Fragmentos de palabras llovían del aire,  a medida que lo avanzaba el pulso cítrico de una inadvertida y olvidada confusión que comenzaba a conquistar el lugar. Un perfume como a azúcar y a primavera. Aquella misma esencia que alguna vez le supo sonreir algunas flores, tardes empañadas y una verdad.

 

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2. Cuentos

    Algo lo despertó. El silencio era tal en la casa, que solamente se podía escuchar los roces de las sábanas por todas las vueltas que daba sobre si mismo. Con los párpados pesados, se sentó por un largo rato en la oscuridad. Seguramente pensó que la lucha por volver a recuperar el sueño era en vano a esas alturas, porque de repente la luz encandiló toda la habitación. Abrió de par en par las ventanas. Necesitaba un poco de aire helado a lo mejor. Pero la noche no hacia más que ofrecer la humedad de un verano impiadoso. Se puso una remera cualquiera y con mucha convicción parecía estar buscando algo en la mesita de luz. Entre cartas, papeles, telegramas viejos, promesas, invitaciones, dibujos, fotos, apuntes. Recuerdos. Repasó y repasó aquel cajón. Luego, con la misma tenacidad, el escritorio. Nada. Quedaba un gran ropero pero seguro que haría mucho ruido hurgando entre las cajas de cartón y la ropa. Habrá recordado que hacia días que estaba solo en esa casa, porque en seguida se dispuso a trepar sobre los cubículos superiores de aquel. Después de algunos minutos y de polvo, se encontraba de nuevo sentado en la cama. Parecía estar pensando o tal vez empezando a despertarse del todo. Fue a la cocina y abrió la heladera. Se quedó un par de minutos mirando en el interior hasta que agarró una botella con agua fría, cual bebió hasta la mitad sin inmutarse. Después sacó de una campera, que colgaba en la pared, un cajetilla con cigarros delgados y finos. Marca que probablemente no fumaria un hombre. Y salió afuera para toparse con un cielo amenazantemente rosa. La promesa tan esperada de una lluvia. Todavia algo entredormido, sonrió ante la noticia. Se calzó lo primero que encontró y tomó las llaves, para luego adentrarse en la calle solitaria. Era tan tarde que ni los perros salían a ladrarle, que solamente él y la noche parecían advertir ese chasquido que nacían de sus ojotas y se retumbaba por los casas y las construcciones de todo el barrio. Así recorrió un par de vueltas a la cuadra, entre cigarro y pensamiento. Vuelta y vuelta hasta que en un momento, paró en seco a mitad de la calle. Algo había recuperado. Con el doble de prisa regresó a la casa, tiró las llaves en la mesa y apuntó hacia una pequeña biblioteca. No le costó mucho encontrar lo que buscaba. Un libro no muy grueso ni muy viejo; tenia el lomo algo castigado, y la contratapa pegada con cinta. Cuando lo abrió, dejó caer su nariz sobre la fragancia de esas páginas casi amarillentas. Parecía más despierto. Recorrió algunas páginas con una rapidez cuidada, hasta llegar a un hoja suelta y blanquecina que marcaba el límite entre dos capítulos. Los ojos se le perfilaron en un gesto de determinación, o de dolor quizás. Sin mirar el libro lo dejo de lado sobre una mesa, y se sentó contra una pared a leer las palabras de aquella hoja mal doblada. Lo leyó con un extraño cuidado, marcando con sus labios silenciosos aquellas oraciones en su memoria; como si aquella fuese la última oportunidad de recuperar aquellas letras. Cuando aparentaba haber terminado, dobló otra vez aquella hoja y se la quedo mirando un rato más aún. Algo habrá pasado en esa mirada vacilante porque como poseído se levantó con algo parecido a la fuerza y acto seguido, se dirigía a la bacha de la cocina. Se aseguró que no estuviera húmeda la superficie metálica y, una vez esto, dejo reposar allí aquel papel. Era una época donde siempre tenia el encendedor en algún bolsillo, así que hizo uso de él sin tener que buscarlo. Esa historia estaba tan seca, tan llena de espinas que no le costó demasiado arder una vez que, desde una punta, una llama la desgarraba para siempre en cenizas. O eso creyó aquella vez. Se quedo contemplando los restos de aquellas memorias, pero algo parecía no convencerlo. Abrió la llave de la canilla y las cenizas se fueron por la rendija hacia un falso olvido. Antes de volver a la cama, salió una vez más afuera para intentar vislumbrar una vez más la sanadora noche. Habia amanecido hace rato, solo que el sol no se veía. Las nubes seguían allí.

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1. Trenes

     Era un domingo tan soleado. El traqueteo ensordecedor del tren hacía casi imposible cualquier conversación en ese vagón. No muy lejos de la puerta de ascenso se encontraban sentados y divertidos un hombre con dos niños. El nene, de unos cinco años mas o menos, parecía disfrutar con entusiasmo el paisaje y los campos que pasaban más allá de la ventanilla. Miraba con curiosidad esas pequeñas manchas oscuras y blancas entre el dorado pastizal. Cómo esas escenas campestres pasaban fugaces cual proyección de una película: parecían adquirir cierta animación, cuadro por cuadro, cada vez que su imagen se interrumpía con las plantas y con los delgados troncos que cada tanto rozaban de cerca el pellejo metálico del tren. Si alguno de esos animales hubiesen advertido a la distancia esa maquinaria chirriante, que avanzaba a toda velocidad; si tan solo por un segundo hubieran levantado la cabeza sobre el alimento vegetal, seguro habrían notado que sobre esa bestia escandalosa un pequeño rostro se iluminaba en muecas de novedad, al observar todos esos signos desconocidamente maravillosos. Era un domingo tan soleado.

    En frente de él, una pequeña niña dejaba deshacer un helado de agua sobre su mano a la vez que atendía las palabras del que podría ser el papá. Este, con un pañuelo de tela, le limpió las manos y el pegote de las mejillas, manchadas con caramelo y fruta  artificial. La niña le respondió con una sonrisa encantandora. El pañuelo siempre olía a frutillas. Cada tanto, podía verse a un inspector que venia de aquí para allá, a lo largo del pasillo, cortando boletos y parando de vez en cuando a hablar con algún pasajero. Tenía cara de ofuscado, de vida perdida, algo que ver con el peso de ciertas tinieblas latentes que abrevaban en  un gesto estricto en el mirar; hecho  agravado aún más con el porte de un bigote tosco y oscuro. Cuando pasó cerca de ellos, se detuvo fijando su atención en el niño. El muchacho no se había dado cuenta de esa presencia, hasta que la pesada mano de su padre le agitó el hombro. Estaba ensimismado sobre el marco de la ventana, como tomando postura para en cualquier momento comenzar su vuelo y salir revoloteando de esa serpiente mecánica. Cuando se giró hacia el interior del tren, notó tanto en la cara del padre como en la del inspector un tono serio, casi inquisidor. La niña seguía divertida, concentrada en su helado y en el balanceo ritmico de sus piernas. Puede que haya sido que una luz se extinguió en el muchacho, que abandonando su postura de espectador del mundo, se dejaba caer sobre el respaldo del acolchado asiento. Humillado, deshecho. El hombre parecía avergonzado también, pero con una culpa que no era la suya seguramente.  Le dijo algo a esa autoridad circunstancial, le dio los boletos y luego este último continuó su rumbo pasillo atrás. El muchacho siguió con la mirada sobre el piso, al mismo tiempo que escuchaba la voz rígida de aquel que guardase el pañuelo manchado. No volvió a levantar la cabeza por un buen rato. No, hasta que la nena, aburrida de ya no tener un helado entre las manos, se dispuso a hablarle al padre con exceso de gestos y de energía. El tren se hacia escuchar, la nena también: – Quiero otro cuand…CHACTUCHACTUCHAC…¿Falta mucho pa…CHACTUCHACTUCHAC…el abuelo debe estar esper…CHACTUCHACTUCHAC….esta vez uno de crema con choc…CHACTUCHACTUCHAC…ese señor parecía mal…CHACTUCHACTUCHAC… Al padre parecía causarle mucha gracia tal entusiasmo en tan minúsculo cuerpo. Todo parecia ser más de lo normal. Ese domingo era tan soleado.

    Después de un rato, sucedió que el niño volvía animarse al atreverse a mirar de reojo sobre la ventanilla. Para entonces un extenso y brillante lago ocupaba la vista exterior. El cielo parecía que se había duplicado sobre la tierra, en  aquel descuido de humillación reciente. Miró a su familia, para luego darse la vuelta y apenas levantar la cabeza sobre el asiento; se cercioraba de algo en el fondo del pasillo trasero. Después de algunos segundos volvió a lo suyo, apoyándose con los codos sobre el marco de la ventana. Parecía buscar con cierto gusto que el viento le sacudiera la oscura cabellera, o quizás que el aire fresco le inunde el pecho mientras  cerraba los ojos. Padre y niña estaban inmersos en sus juegos, reían a veces y otras señalaban  cosas distribuidas por todo el pasillo y en los pasajeros. En cambio el niño comenzó a señalar cosas pero para sí mismo, aquellas que formaban parte de esa vida de afuera, en todo eso que sucedía tan fugaz e inalcanzable. Parecía ansioso de querer atrapar ese momento, de alcanzar y apretar bien fuerte esa inmensidad seductora entre sus limitados deditos. Lo intentó, vaya a saber uno por que verdaderamente. Y en algún momento casi lo logra, ese paisaje casi era suyo, tan solo había que estirar un poco más el brazo, solo un poco mas… Y entonces un ruido sordo y eterno. Quién pudiera adivinar qué emoción se le avecino primero a la mente, ni bien apenas el latigazo de una sombra lo arranco de su alegría infantil. No recuerdo. Claramente lo siguiente fue dolor, sangre que se deshacía sobre su muñeca y entre sus dedos. El niño parecía confundido y horrorizado, al igual que el padre. Razones había. Con hábil reflejo sacó de su bolsillo el mismo pañuelo para envolverselo en la mano del niño, a la vez que lo regañaba entre compasivo y molesto. La ñiña no decía nada, solo balanceaba los pies. Así, el muchacho pasó lo poco que quedaba del viaje sollozando en silencio. Mirada hacia abajo y escuchando, solo escuchando palabras que ya se habían mencionado. Luego de otro rato, todos quedaron en silencio, hasta el tren mismo había cedido un poco en sus lamentos metálicos. Pero mas allá de la situación evidente, el nene no parecía llorar por el palpitar doliente de una muñeca magullada, sino que cualquier mirada curiosa habria pensado, seguramente, que en ese llanto tímido comenzaban a arder sutiles brotes incontenibles de una impotencia de no poder ser; como si tal vez hubiese comenzado a entender que a veces se paga caro el querer estar equivocado. En un momento, el tren comenzó a aminorar la velocidad, hasta que se detuvo al fin. Ellos bajaron en una vieja estación. Una vez en la plataforma, se comenzó a escuchar de nuevo los mecanismos de la máquina, indicio de que se preparaba para seguir con su camino hacia quién sabe donde. Mientras este los dejaba atrás, por una de las ventanillas, pudo ver que asomaba detrás de un bigote algo siniestro cierta cara de satisfacción que se ceñía solo sobre él. Una mirada que probablemente le haya quedado vibrante hasta el día de hoy, como el eco de una amarga enseñanza. Con los ojos ya secos, el niño también lo miró con un desprecio atroz para alguien tan pequeño. Ambos se miraron idénticos hasta que el vagón se alejó, del mismo modo que los demás vagones que le seguían y al final el mismo tren desapareció en la llanura reverdeciente. Ellos, sin mas, también se marcharon. El padre compró en un almacén dos helados y siguieron, hasta perderse por la calle principal que llevaba hacia el pequeño pueblo. Era un domingo tan soleado que el niño volvía a reír, que aquel pañuelo ya no olía a frutillas.

 

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Desde las cenizas

     Para cuando abrió los ojos, el mal sabor del cigarro anterior seguía latente en su boca. Sin embargo, una mala costumbre de las mañanas la hizo chequear su cigarrera de lata en busca de otro. No había más, aquel había sido el último. Pero esa no era la ausencia que la había movilizado, eso no le preocupó demasiado, sino la falta de algo que no podía definir la inquietaba mucho más. Sentía en su mente los ecos recientes de una sensación sumamente agradable, como la resaca de un sueño placentero y que no podía recordar. A medida que se despabilaba intentaba darle forma a esa incógnita. De recordar quizás lo que en alguna que otra clase había aprendido sobre lo que ocurre durante ese tramo casi inexistente: en el que las neuronas comienzan a reactivarse en fogonazos de coherencia y formalidad y de que emociones se cuelgan al primer pensamiento, a los primeras imágenes familiares para así poder emerger con ellos y llegar a ser. Pero… ¿qué era eso grandioso que la había atropellado para después retirarse sin marca alguna mas que ese delicioso desgaste? Mientras usaba la cucharita de metal para dibujar con los restos de café sobre la mesa pensaba en eso, que la razón nunca le fue suficiente para explicar los vaivenes de su vida. Y lo cierto era que se encontraba sospechosamente plena a pesar de los angustioso del momento, cosa que la llevó a a cuestionarse sobre el origen de aquella dicha. Profundamente temió que esa alegría anónima correspondiera en realidad a la terca ilusión de siempre, a una que cuando asomaba no podía evitar subirse en su galope. Se sintió algo molesta consigo misma al saberse carente de la fortaleza emocional necesaria para haber hecho algo al respecto. Una falta grave a todas esas sesiones de olvidos voluntarios y de distracciones que invertía sin descanso para mantener a raya esa búsqueda de anhelo. Pero es que allí, al despegar la cabeza sobre el empañado ventanal, comenzaba a entenderlo de a poco, o mejor dicho, no hubiese querido entender que deseaba con todas sus fuerzas, y que ya no eran muchas, que cada uno de los elementos presentes en aquel desolado salón fueran tan solo lo que parecían ser y que el significado en el que se iban desnudando sus figuras y sus colores no designasen algo más que una inocente e indiferente organización de cafetín ordinario. Temió el haber deseado aquello. La ilusión secreta de que esa cortina caótica de rizos colorados, que con ternura le entorpecía la vista, la hubiese arrojado a otra realidad más cercana a esas añoranzas culposas. Lo cierto es que se vivía enredando en aquella tierna contradicción cuando en estos episodios la inundaba el arrepentimiento propio del infiel que se sufre en sus engaños. Pero para ella, la traición no se daba por la carne, ni siquiera hacia un otro; su traición iniciaba desde y hacia sí misma, y eso era lo que no se perdonaba. Efervecia una alegría suicida en ella al descubrirse victima una y otra vez  de esos juegos que le habían sido tan tontos y la vez tan profundamente cálidos, pero que ya no le pertenecían, ya no eran más. Una fuerte compulsión de buscar meter las pecas de su nariz entre los despojos más íntimos de su memoria, entre el calor de algunas trémulas brasitas que se habían quedado ardiendo todavía bajo el brillo de días mejores, u en ocasiones en el oscuro fondo de una mesita de luz. Y sin embargo, y por suerte, toda la situación del momento le decía otra cosa: esa cuenta sobre la mesa y esas sillas levantadas que indicaban clausura y el rumor de unas voces y de unas vajillas que presurosas resonaban desde la cocina y esa taza agrietada que anidaba la vieja peste de borra y de colillas fulminadas, y sobre todo el oír del derrumbe de una sonrisa a medio nacer, al percatarse de que nada de lo allí dispuesto formaba parte de sus trucos baratos e infantiles; todo aquello volvía a significar no mucho más que la obra rígida y habitual del mundo, del mismo mundo de ella y el de todos; mas no el de ellos.

    El ridículo del descubrimiento la dejó marcada en su orgullo, con un fastidio hueco. Algo así como el cuerpo agrietado de aquella taza que miraba sin mirar. No lo llamó al mozo. Tomó su abrigo y dejó mucho más en la mesa de lo que había consumido. Una vez afuera, llenó sus pulmones con la el aire sofocante mientras se llevaba sus finos dedos sobre la cien. Pero el fastidio persistía, no aflojaba. Solo consiguió sentirse más cansada, mucho más de lo que el desgaste usual después de una jornada de apuntes y de archivos interminables la solía dejar. De forma paradójica en esa fatiga encontró la fuerza necesaria para tomarse unos segundos y así poder vislumbrarse en la distancia. Allí, sobre rodeada por los vidrios empañados de aquella entrada, se veía inmersa en la certeza de que esa noche parecía peculiar a todas las demás que pasaban indiferentes. No se podía ver mucho más de lo que una neblina calurosa proponía. Solo el silencio parecía ser visible, como si se desplazara con seguridad, escurriéndose impune por las siluetas inmensas de las edificios. Las manos las sentía entumecidas pero no buscó el abrigo en los bolsillos de su campera. Pues, no quería sentirse más culpable al dar con la hora acusadora del teléfono, o mejor dicho, por la cobarde certeza de llegar a dar con las protestas de su amiga; cosa que a esas alturas de seguro ya se habría acostumbrado en el ejercicio de cada fin de semana de por medio, al esperar verla entre el público y que nunca estuviese allí. Las traiciones parecían no hacer más que acumularse en su culpa. Y puede que haya sido esa culpa que la apresuró o algo que ver con los pálidos focos ambarinos que le imprimían un estatismo tenebroso a aquellas llanuras de concreto o, si en efecto, fue la penumbra detrás suyo que ya se había tragado las luces junto con las voces del café. De todos modos le resultaron indicios suficientes como para emprender la marcha; una buena pasajera nocturna entendía bien que en noches así, de aparente calma y silencio, a los corazones quietos se los pueden terminar devorados por la nostalgia urbana de los lugares. Le costó un poco sacudirse la torpeza de las piernas antes de posicionarse precisamente sobre la mitad de la avenida. Mientras escarbaba entre la infinitud de hojas sueltas y de notas que habitaban dentro de su morral percudido, giraba de momentos la cabeza hacia cada dirección, como si estuviera indecisa por algo. Y de repente, con una mueca de satisfacción que lo confirmaba, encontró en algún bolsillo interno un par de cigarros sospechosamente olvidados. Mecanismo ideal para estas ocasiones de emergencia tabaquera. Después de algunos intentos pudo prender uno, mientras se distraía pensante con la primera bocanada gris que se perdía difusa en la humareda blanca de la atmósfera. Tenia claro que no eran muchas las posibilidades que la aguardaban: calle arriba era el departamento, los rituales de siempre, las pilas de apuntes y de ropa para planchar, la masa de pelos, que a falta de creatividad ambas le decían Michi, el insomnio compañero y un balcón sanador, todos los testimonios silenciosos y privados que en soledades equivocadas  la ataban a todo lo que supo ser; calle abajo, era la otra cara de la moneda,  la otra mitad de los brazos abiertos y viciosos,  las posibilidades deliciosas, el arrimo de lo cautivante, de la falta de rutina, era la proximidad a todo aquello que podría ser. No importaba en realidad, solo quería saborear la sensación de creerse libre en elecciones. La decisión estaba tomada desde mucho antes de haber sucumbido al cansancio, en aquel espacio casi escondido de la cafetería en el que nadie aparentaba haberse percatado durante un buen rato de su presencia. Sabía que tenía que asistir a esa cita aunque ya fuera tarde y su amiga se encontrara en el clímax de su show, aunque llegue solo para ver la última chispa de furia pulmonar saliendo por su saxo estridente. O quizás no era tan así. Con algo de suerte, todavía seria temprano y aquella con su banda aún estuvieran sumidos en sus rituales etílicos previos al show. Cincuenta y cincuenta, nunca se sabía con ella. Pero el camino era largo a pie y no le quedaban monedas para el colectivo. Sin embargo lo más importante era que estos habían dejado de transitar hacia un buen rato probablemente, pero aunque hubiera advertido este hecho tampoco le hubiera importado. Quizás porque prefería sentirse en el rescate de algunos fragmentos de frescura infantil esquivando algo divertida la cascada de baldosas que le avanzaban en el camino. No se trataba solo de eso, era más parecido a una complacencia, que nunca pudo comprender en su totalidad, de algo que emanaba un privilegio secreto y jamas acordado respecto a ese mundo de luces y de calles frías. Como si su pulso andante fuera el único designio permitido de calor entre ese basto cementerio de pavimento y metal. Mientras más avanzaba, más empezaba a creer en esto.

    Media ciudad después, vio la vieja panadería italiana y entonces supo que no faltaba mucho; a lo mejor unas ocho cuadras más o menos para después seguir el camino del boulevard, luego cruzar las vías, y asi por fin llegar a ese pub. Ese lugar, al que escasas veces había ido, tenia un nombre muy conocido pero que nunca podía acordarse. Algo que remitía a una canción que era pura tristeza o a una leyenda de los sesenta quizás, de esas que se no hacen más que resurgir en cada juventud nueva. Era lo de menos, los nombres no hacen a un lugar pensó. No podía evitar ese olvido como tampoco podía evitar una picara sonrisa mientras imaginaba qué cara pondría aquella apasionada del saxo cuando la sorprendiese, cosa en la que nunca había sido muy diestra, por lo menos no en las buenas. Cuando quede pasmada de alegria sobre el intento de escenario al verla allí abajo a esta apasionada sin pasiones, discreta pero irremediablemente resaltante con su pelo de fuego y el esfuerzo de esa sonrisa olvidada, intentando entregarse al show y a ese ambiente que le resultaba decadente pero excitante, seguramente entre las mesas de pool o en el ajetreo de la gente, que si se hallaría contenta viéndola de nuevo intentando reconciliarse con su propia juventud o si estuviera justificadamente enojada y pasase de esto, y que si el enojo fuese verdad, cuáles deberían ser las compensaciones que tendría que idear al día siguiente para saldar su falta, y que el chico de la batería era más que probable que estuviera allí, y que sabía que de vez en cuando solía hacerle preguntas acerca de ella, y que tal vez no era muy agraciado físicamente pero parecía buena persona, y que parecía alguien atento y agradable con quien estar y que tal vez, quién sabe… hasta podría ver a donde le llevaban las cosas junto a él, pero que con ser inofensivo no es razón suficiente, y pero que cada vez que compartían miradas ese ardor que le subía por las piernas hasta sucumbir quemante en el pecho tenía que significar algo más que vergüenza o pudor, y que quizás un día de estos después con alguna excusa tonta lo invite a tomar algo, o qué quizás le gustaba más la cerveza, pero que puede que todavía era muy pronto, y que las cosas nunca salen como uno quiere tampoco, y que…

   Unos aullidos repentinos le cortaron el pensamiento. El silencio que entonces dominaba la ciudad, se vio sacudido por aquel rumor que se alargaba en el aire. No podía ubicar la dirección de donde podrían provenir, quizás también porque la cortina de niebla parecía alterarlo, lo multiplicaba en gravedad por alguna razón que se le escapaba. Es que así, alrededor de ella resonaban infinitos estos lamentos, atropellándose en cada superficie de cada hogar, de cada árbol, de cada poste; como si lo único que buscasen fuera un oído gentil que los albergara de algo tremendo por de más. En un principio se le había cruzado por la mente nerviosa ciertas ideas sobrenaturales o de gatos peleando por las azoteas, quizás hasta le pareció hasta el inicio del fin del mundo. Pero a pesar del escándalo apabullante de la situación, se sobrepuso por unos segundos para notar que aquellos sonidos resultaban ser algo más mecánicos y cercanos  a su plano cotidiano. Sirenas de ambulancia o de algo más grave quizás que una emergencia médica. Sin más, sintió nacer de las piernas y en su pecho un temblor, pero no de los agradables. Mas bien era como una sensación hostil en el aire, signos en su entorno difuso que no podía procesar pero que le advertían de un peligro cercano; detrás, delante, a los costados…algo terrible podría pasar. Malditas alarmas, pensó entre otras injurias. Le alteraban en sobremedida como si fueran el grito anunciante de una fiera invisible a punto de caer sobre ella, a punto de apagarla violentamente con sus colmillos en cualquier momento. Fue por ese motivo que el miedo del momento la obligó a buscar seguridad contra una pared, y era tanto aquel, que para aminorarlo con el peso de la razón, se le asomaban ideas  a asomar ideas sobrenaturales, o de ataques nucleares inminentes, de la muerte o mejor aún, el fin del mundo. La intensidad de aquellas fue tan inmensas que perdió el control y de pronto se había abandonado.  Con las manos fuertes sobre las orejas, apretando fuerte las muelas y los ojos. Y estuvo así por unos segundos o una eternidad, hasta que cayó en la cuenta de que el ruido había cesado, pero que ahora se escuchaba algo mucho peor. El silencio. Pero le se asemejaba al mismo que el de antes, el que favorecía amable la calma de un paseo nocturno. Era uno con otras intenciones claramente, cosa que la abrumó tanto que súbitamente se olvidó del frío y de su destino próximo. La tensión de la calma la empezó a seguir apenas retomó el camino. Tanto así que sin notarlo en un primer momento, se encontró caminando con una prisa ajena a ella mientras en su pecho volvía a crecer la necesidad imperiosa de alejarse de la situación en la que se creía atrapada. Algo acechaba entre la traicionera niebla y esta vez no se molestaba en ocultar su presencia. Los zumbidos de la bruma cortándose con rápidos movimientos alrededor de ella la impactaban en su deteriorada tranquilidad. Pero su emoción terminó por empeorar cuando detrás de ella, estallaban furiosos unos chasquidos sobre el cemento que se parecían aproximarse cada vez más. El primer reflejo fue el de un trote torpe hasta terminar en una huida errática y descoordinada. Se sorprendió de la reacción inesperada de ese instinto inundandola por todo el cuerpo. Algunos tirones en los muslos, la hicieron recordar que en su haber manejaba muchos vicios, menos el del ejercicio. caótico instinto de escapar. En algún momento durante ese atropello de pánico, sintió formas circulares y estructuras curvilíneas bajo sus pies, no entendía muy bien por donde iba pero tenía que ser parte del boulevard esa semirotonda que interrumpía por algunos cientos de metros a la avenida. Y con esa certeza en mente huyó hasta que creerse  lo suficientemente lejana a ese alboroto sombrío, hasta que en una vuelta espontánea vio a lo lejos con un rincón irreconocible pero absurdamente iluminado. Con una esquina que no supo ubicar en el primor de su prisa pero en ese momento se disponía a alcanzar a toda marcha. Dispuesta a dejar bien atrás eso que sentía respirarle en la nuca.

    Una vez allí, bajo la aparente seguridad de ese brillo, se dispuso a retomar el aliento a la vez que se ayudaba en el apoyo de un semáforo. Después de unos segundos, cuando de a poco el temor se le disipaba en cada respiro, se percató de que se había desviado de la avenida que la llevaba al pub. No recordaba con seguridad aquel lugar pero le parecía que había estado en algún momento parada justamente ahí. Era raro que no hallase familiar nada de lo que veía alrededor suyo; resultaba que desde niña siempre tuvo libertad  manejándose a su antojo por la ciudad, tanto por los rincones destacados como los marginados de esta misma. Y en aquellas andanzas nunca había visto un sitio parecido, que desentone tan fuertemente con las demás estructuras aledañas. Es más, podría haber jurado que desde que sus primeros recuerdos, o mucho antes de nacer siquiera, allí no había más que una zona desierta. Era un lugar que a simple vista uno diría que fue construido durante la época colonial, por el estilo y la impronta señorial difícil de confundir. ¿Cómo pudo haber pasado por alto tal diseño durante todos estos años?  Pero no menos extraño era el intenso el fulgor de unas marquesinas que parecían repeler cualquier oscuridad en la noche. Hasta la niebla, sin darse cuenta antes, parecía haberse retirado asustada de este brillo. Al fin se sintió segura. Era algo muy similar a la paz ver que todo era claridad y silencio bajo la presencia de aquel lugar. Fue en eso que sacó del morral el último cigarro que tenia y se puso merodear la vieja estructura en busca de alguna memoria rebelde sobre aquel lugar. Notó en lo alto figuras penumbrosas y confusas de distinguir sobre un gran cartel, al cual parecía no querer llegarle la luminosidad. Alcanzo a deducir que seria el nombre del lugar. Sin más, caminó sobre la acera con paso detectivesco, sin despegar la vista de las grandes letras negras que yacían sobre el ese fondo blanco arriba suyo, palabras que nombraban a una película que nunca había visto. El título le remitía a algo relacionado con pájaros mitológicos o quizás a algo de aviones. Antes de dar con una gran entrada, determinó que era un cine por las obviedades exaltantes a la vista. Ciertos elementos como esa amplia e innecesaria escalera de mármol al pie del umbral de las enormes puertas de metal dorado y cristales empañados, le daban al aspecto  general un porte muy señorial y estilizado, cosa que embelesaba la vista inicial pero que contrastaba aun más con esa porción de ciudad. También se había fijado en esas portadas que estaban remarcadas en las paredes previas a la entrada, y en ellas figuraban nombres de directores y de actores de los que jamas sintió nombrar. Hombres y mujeres de otro mundo, tragados por el olvido de las incesante creación. En una de estas imágenes, la única que parecía estar intacta, estaba la imagen de esa película que se anunciaba en la marquesina. Examinándola mejor, pudo ver que en su dibujo de estilo vintage habían unas figuras diminutas sobre la arena pareciendo escapar de otra figura a lo lejos, algo más grande y difusa que apenas se definía en contraste con un sol que amanecía detrás, o puede que atardecía. No sabia, no importaba, hace rato que le era igual definir los horizontes. Pero viendo aquel dibujo con aun más atención entendió que esa figura que los perseguía parecía ser una especie de avión y en lugar de escaparle, estas sombras diminutas parecían querer cargarlo con la ayuda de unas sogas por alguna razón. Alguien alguna vez le había comentado sobre la hermenéutica del cine, y el doble mensaje, pero si había una metáfora en esa póster le era totalmente ajena. Pero si este era un cine, como es que no lo conocía o por lo menos que no había escuchad nada sobre el.  Cosas así, y mas en esta ciudad donde la oferta cultural escaseaba, se sabían con rapidez. En el diario no había visto nada al respecto. Una inauguración reciente quizás, sin mucho tiempo para difundir la noticia. No le presto mucha atención a esto, la alegría le sobrepasaba a la curiosidad sobre aquel hallazgo. Hace muchísimo tiempo que les faltaba de un cine en la ciudad, y según las anécdotas el funcionamiento de uno le precedía mucho antes de nacer. Nunca había podido saber a flor de piel lo que era ver una película en una gran pantalla, con todo lo que eso conlleva. El reloj nunca le era muy amigo. Por eso, entre otras cosas, prefirió convencerse de que ya era tarde para llegar a tiempo donde su amiga, que en la mañana cuando la encontrase en casa se disculparía como siempre y la compensaría de alguna manera. Y de igual modo intentó convencerse de que  las razones por la que le seguían temblando las manos no eran mas que la llana emoción por la novedad del hallazgo.

    El pasador de la puerta cedió sin mucha dificultad. Dentro del vestíbulo, sintió que el aire cambiaba a un calor más moderado, a uno que le acariciaba la piel. Esa sensación acrecentaba aún más por la calidez visual que se desprendía del ambiente. La finura encandilante de los tapizados vino tinto que decoraban las altas paredes, el candelabro de cristal a la misma altura que el primer piso, todo el extenso piso cubierto por alfombras que se mullían como nubes ante los pasos de la atrevida visitante, y esa melodía dulzona de violines que fluía en el ambiente y que apuntaba hacia lo que parecía ser la boletería. Al acercarse al mostrador no vio a nadie del otro lado. Solo una radio encendida con el volumen bajo y una banqueta despintada. Prosiguió a golpear con la punta de su dedo el vidrio y a esperar que alguien se asomase por la puerta que arrimaba en el fondo del cuartito. Uno, dos minutos y nadie apareció. Con la mirada le dio una vuelta más al vestíbulo y a las escaleras contiguas a este, en busca de alguien que estuviera a cargo del lugar, pero todo permanecía tieso, amarillo y quieto. Todo menos unos destellos en flashes que escapaban por un umbral en penumbras, que parecía conectar con la sala donde se daba la película. Posiblemente justo esa noche misma noches estaba ocurriendo una proyección privada. Pero no, no podía ser, si aquello era cierto, con la película ya comenzada, de seguro la puerta principal estaría bajo llave. O puede que el encargado tuviera  un altercado de algún tipo y se haya ausentado por unos minutos simplemente. Pero, entre puede y puede la impaciencia le ganó de mano porque antes de seguir abarajando más posibilidades, ya había divisado del otro lado el rollo con los boletos. Mucho titubeo no le llevó a definir lo que haría a continuación. Pues no consideraba vergonzoso el hecho de que si la llegaban a encontrar sea arrancando un ticket sin permiso, de todas maneras había dejado un puñado de plata sobre la taquilla. Lo que realmente la lleno de vergüenza de tan solo pensarlo fue que alguien la encontrase retorciéndose y estirándose ridículamente a través de la estrecha abertura del cristal. Tal esfuerzo demandó aquel atrevimiento que tuvo que deshacerse momentáneamente de sus abrigos y del morral, para poder usar las dos manos, hasta dejó apoyado lo poco que quedaba del pucho sobre una fisura en la madera. Después que logró su cometido, se hizo con sus cosas nuevamente, y con aires de sospecha se metió con prisa a la sala donde se estaba dando la película, no sin antes dejar la parte troquelada del boleto sobre una urna de metal donde rebozaban otros pedazos idénticos de papel.

   Al entrar, sintió cierto consuelo al ver que la sala estaba desolada. Que no era una función privada ni nada por el estilo, que ni siquiera había allí un solo refugiado que buscase aplacar el insomnio, en aquellas horas tardías. Bajó por el pasillo, procurando no tropezar al  distraerse con las escenas que parecen vivas sobre ese aquel rectángulo inmenso en frente suyo. Se paro justo en la mitad de todas las hileras de filas al recordar una enseñanza que pensaba olvidada. Eso la hizo buscar un asiento que formase un angulo más o menos de unos noventa grados entre su campo de visión y la pantalla. Pero antes de tomar asiento, hojeó la parte superior de donde surgían aquellos halo de luz que atravesaba toda la sala. Pero no pudo ver si había alguien detrás, solo veía sombras que iban y venían por la rendija de ese oscura abertura. Sin más vueltas, aflojó su peso sobre el asiento y al instante notó que la amortiguación del material estaba algo vencida. Algo impropio pensó y hasta inaceptable de lo que se esperaba de un cine nuevo. La cinta parecía bastante avanzada ya. Reparó en el hecho de que en la pantalla se proyectaban aquellas siluetas del póster e incluso en la misma situación, pero esa vez tenían caras y gestos, parecían personas. Le pareció sorprendente como ese chorro de luces que caía desde lograba contener todas esas caras, esos gestos, todas las imágenes que salpicaban desde esa lámina al estallar contra ella. Ahora entendía la misión que tenían por delante aquellos desconocidos. Acarreaban con sus ultimas fuerzas a la bestia de metal hasta la boca de una pendiente en la arena. De alguna manera sabia que iba a suceder, no recordaba haberla visto antes a la cinta, pero casi instintivamente el camino hacia el desenlace. Y no era lo previsible propio del género de aventuras, sino era algo más, algo semejante a esa sensación de certeza olvidada que tuvo en la cafetería. Como si aquellos instantes siguientes estuvieran grabados por una incansable repetición y solo pudiera acceder a los ecos de esas memorias. Esos hombres intentando reparar esa masa alada, el halo de luz que cortaba la oscuridad de la sala, las butacas maltrechas, el humo elevándose por las paredes; todo le sentaba tan normal.

   Lo normal de esa magia se hizo pedazos cuando todo comenzó a difuminarse. Al principio, creyó que solo era algo de cansancio, pero cuando el olor a materia chamuscada le penetro el olfato recién entonces noto la realidad en la que se tornaba la sala. Aquel momento era tan macabro y poderoso al mismo tiempo. La visión desordenada de ese avión,  moviéndose como una maquinaria espectral en el aire y logrando hacerse y deshacerse entre los vaivenes del humo y de la oscuridad. El estruendo altivo de orquesta avivaba con un extraño ritmo el éxtasis del momento, alterando el hambre furiosa de las llamas con cada pico de violín, por cada ráfaga de piano. El fuego se había expandido con rapidez por toda la sala; brotaba exultante desde los techos, los palcos, las butacas, la pantalla, la entrada. Hasta cierto encanto descansaba en ver como ese sofocante cielo formado de humo se tragaba todo el aire del cine. En un flaqueza de humanidad casi intenta pararse y alejarse a toda prisa de allí, pero en cambio, y aunque así lo hubiese deseado, su cuerpo no le hubiera respondido. Tal vez era  por la belleza fatal de la situación o la poca cantidad de oxígeno que restaba en la sala, pero lentamente empezó a caer en una suerte de sopor somnífero, mientras la aeronave rumiaba y tomaba carrera en lo poco que quedaba de la pantalla. En cualquier momento le parecía que aquel alzaría sobre las butacas, y aquel suceso sí que no quería perdérselo. Por supuesto que no. Se enteró que el humo le había terminado de ocupar sus pulmones, cuando los ojos le empezaron a ceder. ¿O ese humo era la niebla de antes que no le había alcanzado con tan solo asustarla? No importaba a estas alturas. Tan solo se limitó a entregarse y a contemplar todo lo que la atravesaba frente suyo, sin intentar siquiera cualquier esfuerzo de lucha en contra de aquel cálido vacío en el cual se deslizaba. Se sentía pesada y alegre. Casi dichosa de hallarse otra vez presa de esos juegos de fuegos y de fantasmas. Y fue así que todo caía en cenizas, excepto ese avión. Ese avión, no. Todavía no se decidía a despegar, por desgracia de sus pasajeros, pero seguía firme intentando abandonar el suelo. Y con lo que le quedaba de fuerza se despertó, justo un instante antes de que sus párpados se desvanecieran. Y así sintió como ese pedazo de basura metálica alada la despeinaba en su vuelo, despegando de una vez por todas desde las llamas para posiblemente perderse en algún cielo limpio de humo y de sirenas chillantes. Ojala que sí, pensó, pobre infeliz. Que pudiera encontrar un lugar bien lejos de aquel desierto de cenizas, en el que ella se estaba perdiendo de a poco. Sin dudas, hubiera deseado ver aquello. Solo podía desear. Desear haber acompañado aquel maravilloso espectáculo con el sabor de un cigarro en la boca. Pero finalmente terminó de recordar que no le quedaban más en la cigarrera. El último lo había dejado sobre el borde de una taquilla.

 

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