Bitácora

Resulta curioso como lo que uno quiere la mayoría de las veces se descubre detrás de las cosas que sabe que no quiere. Digo, las cosas que nos afligen día a día son claras, un conocimiento directo de los hechos que se nos presentan con todo el peso de sus durezas y filos, y deviene así porque el dolor en sí mismo es real. Lo que no se busca es de lo que verdaderamente se puede estar seguro. Uno sabe que clavarse un puñal en la mano no es una buena idea, va a doler, en cambio, nunca es claro qué caminos nos arrimarán o no a la mínima sensación felicidad, o siquiera al impulso ciego de que nuestros actos son los que nos realizarán en modo alguno. Hace no mucho, una compañera escribió un cuento sobre un juego inocente quizás, aunque detrás de las vicisitudes de esa trama ingenua, intui en ella que se revelaban verdades o ideas que la definen en mayor grado: el aproximamiento de la porción de ese absoluto que tanto cuesta definir. Versaba sobre el juego de las escondidas, pero como un telón que contenía a su vez la caótica transición de la niñez hacia la adolescencia, y sinceramente me pareció una linda historia. De una prosa simple y concreta, sin florituras de por medio que compliquen su ritmo. Ojala contagiarme de ese poder de síntesis bien lograda.

En ese momento, después de tantas colisiones con mis amadas frustraciones, entendí que en esas vidas artificiales, resguarda la significación de las pretensiones genuinas de nuestro carácter. El autor y su peculiar arte de narrar una historia, la mayoría de la veces, lleva a que ésta última funcione como una lupa rota enfocada sobre sus aspectos más íntimos y, quizás, desconocidas para sí mismo. Una lumbre, que emana desde las letras, haciendose paso a través de las grietas que llevan irremediablemente a nuestra identidad. Pues, recordé después de todo que nadie crea solo por crear. No la conozco realmente, ni tampoco hago el intento, pero cada día más, en personas como ella, me convenzo del poder que tiene la expresión de una historia, al menos de las sinceras. La vida puede ser eso después de todo, una escondida en la que los destinos que uno desea se esconden burlones detrás de obstáculos o destinos aparentes, a veces refugios. Por eso tan solo me voy a limitar a desmenuzarme a través de mundos que me pueda decir que me pertenezcan de alguna manera, sin que eso signifique que comprendan prolongaciones de mi totalidad como ser. Total, ya me resigne a quedarme por mucho tiempo sobre el resguardo de una certeza. Para anécdotas vivenciales están las amistades, para recuerdos la noche, para errores cada nuevo amanecer. Quizás un registro de vez en cuando de mis pasos rutinarios a modo de bitácora, para guiarme masomenos en el trayecto. Solo eso. Por ahora no necesito más que veintisiete letras para crear mis propios universos y hacerlos andar dentro de las reglas que los horizontes de mi imaginario pueda proveerles. Aunque, si me pongo quisquilloso seguro que la palabra escrita no pueda contener todos los matices de la existencia, pero por lo menos todos los  asuntos de la existencia que merecen la pena entran en la maldición deliciosa de la lengua versada. Si se quiere amor, toneladas de poesías y versos habitan los estantes fisicos y virtuales del conocimiento colectivo, si se prefiere el desamor, el doble. ¿Qué más? ¿Un escape a lo fantástico?; hecho. ¿Cuentos poblado de reflexiones profundas y metafísicas?; por suerte de esas nunca faltan. ¿Drama, sexo, terror, policiales?, sí hasta incluso debe haber personas que se atrevan a tratar todo eso en las generosas novelas que lo soportan todo.

A lo mejor, no me estoy dando cuenta y no haga más que resultar soberbio en este divague de ideas, así, como los griegos sabían advertir bien con sus historias: subiendome en el mismo tren que Ícaro y queriendo asemejarme a la virtud creadora de una gracia divina. Pero acaso los dioses no usaron la literatura para encontrarse, para crearse a ellos, y en simultáneo, todo en lo que creemos, o al menos, en lo que solíamos creer. No sé, ¿cómo hacerlo? Mi aspiraciones son tan precarias como el formato de este blog: solo trato de redescubrirme en las letras y, en el proceso, hacer la paz tanto con las verdades vencidas como las que inevitablemente aparecerán como nuevas. En alguna inspiración nocturna, de todo aquello poder hacer alguna que otra historia que valga la pena.

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Mejor no hablar de ciertas cosas

Hace algunos años, un par exactamente, solía aprovechar las sofocantes madrugadas de febrero y salía a caminar, sin motivo o razón precisa alguna, por las tan difamadas veredas de mi ciudad. Tiempo después creí que todos esos paseos nocturnos se debían a una chica, o mejor dicho al adiós de aquella, pero no, no era así… No sé por qué hacia eso en realidad, era otra cosa, mucho peor que un simple desamor; siempre hay otra cosa asomando por detrás de una despedida. Tristeza o dolor sospechaba, pero, a pesar de todo, no era más que algo de angustia, eso era claro. Y lo podía intuir porqué, sabiendo que a mí nunca me gustaron las caminatas de ningún tiempo -me resultaban algo tedioso, una actividad relacionada a la gente mayor y gastada, un prejuicio infundado de aquel tiempo junto a docenas de otros- me pasaba como ahora, no podía contener el impulso de querer calmar algo que no sabia bien dónde ardía ni cómo podría hacerlo, solo necesitaba salir al exterior, creyendo poder encontrar alguna respuesta en algún escondrijo oscuro. Caminaba y caminaba sin un destino en mente, por la mejor y peor parte de la ciudad, esa de luces amarillas y antiguas, la de los pecados a flor de piel. Me había pintado la onda de la música clásica, recuerdo, y por ahí andaba: un flacucho en ojotas a las tres de la madrugada con los ojos vagos y puestos en nada y a la vez en todo, en ese acontecer de patrullas recaudadoras deteniendo motos e infelices en cada esquina, las plazas atestadas de bandas de indeseables reclamando a carcajadas y a botellas su lugar en la noche, las laboriosas chicas que pasaban desafiantes en miradas y piernas camino, con un hambre cazador, al viejo Oktubre, una luna que no se me mostraba por completo, que se refugiaba detrás de un edificio o nubarrón como escondiendose de algo, y todo esto mientras me endulzaban los oídos los suntuosos vientos y los compases de toda genialidad barroca reflejada en “Las cuatro estaciones” o, adecuado justamente para ese entonces, mi eterna “Moonlight sonata” -esa composición tiene algo, como un efecto extratemporal que nace desde el temblar de ese piano, sobre todo los primeros minutos, como si cada vez que la escuchara fuera la misma persona a través de los años-. Es gracioso si lo pienso ahora, resulta que era agradable toda esa escena; pensar, sin pensarlo, que quizás podía darle algo de clase a la decadencia de todos esos corazones que respiran brea y penares de todo tipo, que quizás ahí podría hacer algo y darle algo de control, de armonía, a tanta desesperación urbana. Todo el mundillo nocturno era visto bajo mis ojos o, a lo mejor, yo era visto por todo ese mundillo. Nunca importó, pues hay peores miedos que atender a los pavores que puede suscitar la noche, es más, de algún modo siempre me siento seguro caminando sobre sus horas; en sintonía, como un animal nocturno más. Todo esa sensación de pertenencia me calmaba de alguna manera, hacia menos insoportable el calor en la piel y el rugir en la cabeza, pero aún seguía sin encontrar lo que ignoraba buscar Una respuesta, una jodida señal que acabase con la inquietud que no me dejaba dormir, con esa pulsión que brota extraña y amorfa, y no hace más que amenazar con reventarme el esternón desde adentro -así a lo Alien-, y luego uno siente la necesidad de querer gritar, de querer putear, ganas ardientes de al menos poder matar o llorar un poco, de destrozar el mundo tan solo para aplacar por algunos segundos siquiera tanto anhelo de nada, tanta desesperación inconclusa y sorda. Eso ocurre… asi lo sentía muchas veces como ocurria en esas noches. No hace mucho, me di cuenta que todo esto sucedia cuando las ocupaciones de siempre se esfumaban o terminaban de repente, y así se comenzaban a ver otras relaciones e hilos detrás de todo, de los vínculos, de las estructuras inadvertidas, de eso que estaba ahí pero que hasta ese entonces había algo más brillante e inofensivo a lo que entregarle la vida. Comienza de nuevo el preguntar demasiado por todo y a la vez saber demasiado de nada, de sumirse en esas preguntas con las que te podes llegar a perder irremediablemente. Lo siento ocurrir pero ya no es tan grave, es un sin sentido que no muerde. Solo te sigue por dónde vayas, tanto así, que en cada regreso o en cada soledad, escuchas algo que resuenan sobre tus pasos, a veces puntitas de pie y en otras estampidas estrepitosas, y al darte vuelta no hay nada, solo aire y tiempo. Es curioso, el primer impulso al reconocer la angustia es enfocarse en la falta, de esas cosas que creemos necesitar o que nos gustaría tener en lo inmediato de nuestras posibilidades. Y es por eso que ante la mínima sombra de vacío ya salimos a vender nuestra soledad al peor postor o nos damos festines de bienestar material comprando cosas que nos acarician solamente por un ratito. Y aún más curioso: nunca encontré respuesta, en nada, solo impulsos de esperanza y promesas de aventura en nuevos besos y en rumbos desconocidos; entiendo que nunca la encontraré. Alivios provisorios que fueron necesarios remedos ante tanta incertidumbre vivencial; de los casos cuando el remedio fue peor que la enfermedad, a todo ese poso de incógnitas se ensanchó en una gravedad de nostalgia, en las ganas que me quedaron de algunas personas, en horas inciertas que quisiera repetir aunque ya no existan. Y aquellas caminatas, de Bach y de fieras crepusculares, fueron noches y noches que buscaba en el ejercicio de la reflexión, y algo más por la influencia de paisajes sombríos, respuestas que me indicarán cómo proseguir, qué camino tomar a continuación. Todo fue inútil sin embargo, solo obtuve un poco de aire en esos días… eso y que me detuvieran un par de veces por actitud sospechosa y una involuntaria pinta de skinhead por la falta de pelo, de todo. Acto seguido, a la semana, mi resolución fue tomar una oportunidad inesperada y, con bolso en mano y un par de promesas deshechas, partir hacia un nuevo comienzo.

Y ahora estamos acá, ante la misma pregunta sin final. La misma cuestión con la que todos cargan, pero solo algunos advierten. Y… pobres desdichados, ¡Qué lindo club éste, el nuestro! Miembro existencial de esa misma pregunta que suele aparecer ante todos, en la calma de la almohada, o en el miedo ante la pérdida, justo un instante antes de dormirnos o justo después de abrir los ojos y que la mente se ponga en marcha incesante. Y así andamos, sabiendo que es una fuerza difícil de domar la angustia porqué, si bien puede ayudarnos a entender las cualidades y los logros en los que estamos apoyados, también puede devorar tempestiva cualquier designio de confianza o la ilusión por el buen porvenir. Encontré una metáfora, es una mar de preguntas que nos moviliza hacia su oleaje implacable, y bien podemos pasar las horas intentando alcanzar tierras que nunca sabremos ver, o bien podemos confiar en esa estructura que nos da soporte y que nos llevará a un lugar mejor. Pero por más que crea entender cómo funciona todo esto solo soy un prisionero más de las vicisitudes de la existencia en general, un prisionero que solo sabe de qué están hecha sus cadenas, cuanto pesan. Es por eso que, por favor, no se extrañe nadie si el día de mañana vuelvo a escribir sobre nuevos nombres, sobre nuevos proyectos, sobre nuevos placeres y dolores, todo aquello es una maniobra inútil de saciar esa sed de respuestas. Nadie enseña eso, ¿no?, digo, en el colegio, entre algunas de esas materias de suicidio, o los padres también, en lugar de hablar de cómo copular o quejarse del presidente del turno, hacer un poco de filosofía barata y spoilearle la vida a sus hijos, que digan que siempre nos será la misma pregunta, en suspenso a veces y otras latiendo impetuosa, como fuego en las entrañas; desde la luz hasta la oscuridad siempre será un final sin fin. A veces flasheo e intento imaginar a un responsable ficticio de nuestro posible origen y de las circunstancias pertinentes a éste. Imagino que quién nos haya fabricado pusó la marca de la angustia como sello distintivo de la humanidad, como un limite para no desafiar nuestra finitud; y no hablo de una deidad o algo por el estilo, sino un sádico ebanista o escultor que estaba aburrido simplemente y quería ver qué onda con nosotros. Habrá dicho entre la nada celestial: “Che, Marta, vení. No, no es una boludes, dale vení. Escucha esto: ya pobré con los dinosaurios y viste que no salió muy bien, después con los hombres lagarto y se escondieron en algún lugar profundo de la Tierra, qué tal si ahora hago muñequitos, algunos feos y otros no tanto, pero aca está lo interesante, nunca van a saber muy bien por qué hacen lo qué hacen, quizás a veces cómo lo hacen pero hasta ahí no más, y entonces esto va a hacer que se muevan y que aprendan y que mejoren y que odien y que se crean dioses, que piensen que se enamoran y que aman como una virtud, y que sostengan tener control absoluto sobre el destino y de sus elecciones, que pretendan ser superiores a lo que los rodea, que hasta al mismo devenir estén confiados de resolver en el futuro con su insuficiente técnica, que le recen a trivialidades y se desmerezcan y envidien en los logros y las ganancias ajenas, que se masacren en innumerables atrocidades solo para que algunos vivan mejor a costa de la decadencia de la mayoría. Pero sobre todo, que la confusión sea la causa de todas sus acciones, y como efecto que sufran, y que estén solos en ese sufrimiento, y no sepan otra cosa más que intentar tapar ese dolor con cosas de falsa satisfacción e insustanciales, al no saber cómo comunicar ese padecer a la comprensión del entorno, al no saber detectar el dolor de la incertidumbre en la mirada vecina y así lastimarlos en un instinto animal de desesperación, y despellejarse así mismos, a cualquier atisbo de expectativa e ilusión, amedrentar cualquier pensamiento atrevido con comportamientos nocivamente conformistas, y vivir tristemente con un rastro interminable de los cadáveres de esperanzas y pretensiones que resuenan en ecos de reclamos y nostalgia. Y entonces… morir. ¿Ehh, qué te parece? Andá, poneme la pava por favor. Dale, haceme la gauchada mientras empiezo por el primero.”

Hoy en día, y por suerte o desgaste, el sentir de la angustia no es drama, es cosa de rutina, casi como un resfriado. Y no es para menospreciarla, sé que puede ser algo jodido de lo que arrepentirse si no se le presta atención, pero el tema es ese: hay verla fija y decirle: “Eyy, te veo”. Reconocerla sabiendo que aunque siempre esté y no pueda resolverse, va a calmarse tarde y temprano, y que no hace más que aparecer y desaparecer de vez en cuando. Hoy en día, ya no me creo una victima del mundo por considerar que mi angustia es mejor en su padecer que la del resto de los demás, es una más, es tanto como lo puedo ser yo. Sin embargo, tampoco intentó explicarla ni darla a conocer, no es necesario y si quisiera tampoco sabría como descifrarla para que alguien la comprendiese. Alguien prudente y sabio me aconsejó alguna vez acudir a un profesional, y muchas veces lo intenté con gente que creía tener cierto grado de entendimiento; nunca funcionó aquello. Al principio quizás, pero luego, después de que todo se vuelva a desordenar adentro, llegué a la verdad que cada dolor es único, cada punzada en el alma se sufre en colores indescriptibles en cada quién. Solo se puede arrimar a ese dolor distinto e intentar escuchar simplemente, tan solo estar ahí aunque cueste comprender la condena de quién te mira. Persistir en hablar de cosas dejadas de lado por conveniencia existencial, en todo eso que incomoda, apenas se ve  un poco más de cerca. Dar una mano de soporte sin dejar de atender todo lo propio. Intentar al menos, ya sea en caminatas solitarias o en el calor humano de abrazos hermanos o de sabanas desordenadas, encontrar respuestas aun si nunca se llega a una verdad satisfactoria.

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Dibujo: Lucas Capua

Amarillo para la ocasión

   Pero, qué increíble. Se debe sentir como el mejor ahí entre los autos y las motos. Jugando con el tiempo de los semáforos y el humor de la gente. ¡Uhh! Pensé que se le caía un aro, pero no. Un poco de suspenso no más. Ahí va de nuevo, ahora con cuatro. Siií, se nota… míralo no más, la tiene muy clara. Se le nota en la mirada cómo sabe entretener a un público que no desea más que escaparle a un día de furia: tan canchero jugando con la gravedad, manejando esos palos, o cómo quieran que les dicen. Increíble el pibe, un artista urbano. Y ahí está, caza el último aro en una picada imposible, una vuelta sobre sí y reverencia final, como si se consagrara ante la ovación de un público sacado del Colón. ¡Qué grandeza en esa locura! Ahora, ¿tanta seguridad puede brindar una vida bajo los semáforos? Después de todo, que sabre yo, debe de ser una vida digna desde sus ojos. Si lo pienso, al menos parece más sincera que la mía, eso es seguro. Será qie siempre me hubiese gustado acercarme a esos grupos como el suyo, desde que los veía parar en la esquina de la salida del colegio recuerdo, acercarme y pegar onda charlando y, con algo de suerte, me enseñarán piruetas y a hacer malabares y andar para todos lados y para dónde vayan y así, sentirme dentro de una familia que hubiese podido elegir, soñar un poco en mi falta de todo. Hubiese sido lindo llevar esa vida despreocupada, o a lo mejor no, pero por leo menos hubiese estado jugando y riendo entre caras amigas, pensando solo en hacer la plata justa, volver a casa y tomarme mi cervecita para dormir liviana y profunda, sin los pesos de siempre, esos como de tener qué fichar a cierta hora, o tener que recordar pasar un rato antes de la una, por la sucursal de la rotonda, para pagar el cable y el teléfono del mes pasado. Una sucesión de días anónimos sin obligaciones severas, una vida sin verdades significativas. Una hippie diría alguna tía cuadrada. Pero, que sabrán mis tías de la vida, ni siquiera intentaría entender que ese sería el único amor que quisiera seguir, revolear palos y hacer pirueta. Me da rabia pensar que voy de cabeza por ese camino, de domingos hablando al pedo de los defectos de la toda la familia y solo limitarme a que no quede con mucha mayonesa la ensalada de papa y huevo. ¿Eso serpa mi vida? Una tía tercamente solterona acosada por las versiones que no fueron de ella, enojada con el mundo y con la ensalada. Yo y ellas, ellas y yo, lo único que nos diferencia es que ellas no le escapan a las personas con las que decidieron lentamente morir. Un amor suicida hecho a la medida de una estúpida comodidad. No sé… quizás sea demasiado dura, aunque no quisiera ser como ellas, las quiero después de todo, son lo único a lo que le puedo llamar familia. Pero no, seguramente la pesada de Herrera, debe estar tramando alguna mentira cruel de por qué no fui a la oficina, me la juego que para a estas alturas haya logrado que la secretaria me esté llamando ahora mismo para saber si me paso algo; al final, nunca falté desde que entré a la empresa. Ni siquiera un parte de enfermedad o una licencia de maternidad, che. Siempre devota y firme, tan sumisa cómo lo puedo llegar a ser. Aagghh… qué decadente qué soy. Esa especie de devoción secreta por algo tan lleno de emociones y satisfacciones como lo puede un escritorio con la base vencida y tres paredes chotas. Creo que me sentí más hacia un avance estando acá arriba sentada, que en todos estos años contestando y llenando todos esos formularios y notas de depósito. Tal vez, estoy más dentro de la maldición familiar de lo que imagine; otro tipo de suicidio al que le digo amor. ¿Y por qué todo eso?, de ese miedo por salirme de lo normal, miedo por quedar por fuera de ese amor corporativo qué tan delicadamente me forme en este tiempo. Por qué simplemente no puedo amar un día de malabares y amigos bajo el sol. O peor aún, por qué pienso que el amor es algo que me hace falta. Amor: ni siquiera sé bien que es eso. Me habían vendido la idea de que esa forma de considerar el mundo era la única forma valedera de llevar a cabo una vida digna. “El amor te mejora… el amor te hace completa… el amor te hace más fuerte… el amor esto y lo otro…” ¿Y si no es así después de todo? Digo, todavía no lo entiendo pero algo hay dentro de mí que se delata, que sin razonarlo  necesariamente buscar enamorarse para sentirme plena, de tener que arrimarse al cariño de alguien más para no sentir tanta ruina alrededor. Pero, ¿quién dijo eso? Quién carajo de toda esta gente acá sentada, cree con absoluta fuerza en esta idea. Estoy segura que nadie. Quién puede aferrarse a esa idea por completo se merece un premio, o un lugar en un manicomio mas bien, pues seguir las reglas del amor y las relaciones humanas como una verdad inquebrantable es una locura. Los motivos del cariño son tantos y tan misteriosos que da mucha fiaca pensar en ello. Cada uno con sus moldes, creo yo. Es más, el amor mismo ya es un motivo por el cual se pude justificar casi cualquier acción, por más repudiable que parezca primera vista. O mejor dicho, un motivo irrealizable… Creo que es más bien eso; las personas necesitamos motivos y mientras más idealistas, mejor; queda menos culpa si no llegamos a concretarlos de la manera que los pensamos desde un principio. Supongo que para bien o para mal esa idea de querer es la que más tenemos incorporado en la cabeza y en el sentir, esa herramienta inestable que parece al alcance para encontrar algo de alivio, el remedio que nos hicieron tragar para tanta decadencia existencial. Un genio el responsable de todo ese juego, no, me expresé mal, un demonio quién haya diseñado tal aparente verdad de manera tan creíble, para que sobreviviera espléndida bien a los siglos y a las mentes de la razón, a todos esos infelices que sucumbieron al arrastre de su creencia. ¿Qué tanta verdad hay en eso, y porqué no puedo hacer nada? Tal vez, yo nunca sobreviví. Y qué hay de las otras verdades, o mejor decir, de esas presuntas verdades: del sexo y el placer, de la muerte, de la plata y la ambición, de la libertad, la soledad o, sin ir más lejos, del dolor . ¿Qué hay de todo eso? Si todo eso se siente en la piel y pesa en la mente, con peor o con la misma fuerza que creer querer a alguien, otra necesidad con diferente nombre, sin más. ¿Por qué tengo que ir encontrando a personas a las cuales amar, si ni siquiera nunca estoy segura cuándo o cómo sucede? Todos andan por ahí como si se supieran algo, como si a ese sufriemiento al cuál le rezan es el correcto y el más superior sobre los demás. Debo conseguirme uno bien rápido, un motivo para sufrir así no ando con este sabor de que me extirparon algo. Y peor aún, tanta sensación de vacio al balde, porqué ni siquiera sospecho cuales de todos esos motivos me guían verdaderamente en mis decisiones. Soy un desastre, debe ser la preocupación estúpida al ser mi primera falta en años, de salirme de vida ordenada y no llegar a una puta respuesta subida a este bondi y entre estos extraños que ya no miran, que parecen haber dejado de buscar sus respuestas hace tiempo… Uhh, no… encaró para acá. En serio, che, justo acá te tenés que sentar. Mirá que hay lugar de sobra en los asientos de atrás. Aaghhh… buehh… ¿En qué estaba…? Sí, bueno… quizás la verdad que ignoro es que no necesito la presunta verdad del amor para vivir, sobre todo no saber encajar en él. Si supiera qué razones son las que sigo ahora mismo, quizás tendría un lugar dónde poder refugiarme de todo aquello; pero, tan solo me quedan las razones de las que escapo, esas siempre son fáciles de entender. Me da curiosidad saber si éste pibe, que se acaba de sentar al lado, entenderá las razones por las cuales se mueve: me pregunto si está acá arriba para ir ver alguna noviecita o a algún familiar, quién sabe, o si irá a perder el tiempo con gente como él, a clones de personas parecidos en gustos y en cantidades de hormonas, qué no saben dónde ir. ¿Dónde ir, no? Quizás le agarró la locura, como a mí, y se subió sin pensarlo al primer colectivo que pasó cerca, y acá terminó… cabeceando de sueño sobre el hombro de una rubia avejentada en canas. Che, no te vayas a dormir ehh, por ahí piensan cualquiera y creen que somos madre e hijo. Sería tan ridículo. Pobre, de alguna manera me da cierta ternura; es muy chiquito… y feo. Tiene un aire parecido a él. Esa nariz sobre todo… esa curva peculiar que le amortigua de la misma manera esa mirada tan seria, esos ojos ensombrecidos. Aagghh. ¿Acaso tan chicos eramos? Y sí, lo suficiente para no preguntar demasiado. Cuanta confusión e ingenuidad, cuanta desesperación por llegar a lo qué somos ahora, y, sobre todo, cuanta decepción al llegar. ¡Qué lindos tiempos aquellos! Pobre chico éste, no sabe lo que se viene. La ilusión del avance le va a doler cuando se despierte que lo único que sigue adelante es la permanencia del día a día. Quizás deba advertirle, pues me hubiese gustado que una vieja en el colectivo me dijera de pendeja qué todo sería tan diferente a cómo lo planeábamos: advertirle que la ingenuidad es lo único que se va con el tiempo, y la confusión es la que siempre se mantiene igual. Así, intacta en los mejores casos, si es que no aumenta, al igual que las canas y el deseo por dormir un par de horas más; hace cuanto qué no me duermo mis benditas ocho horas. Me gustaría que la vida sea tan solo esto, de esas emociones inesperadas y frescas como cuando abrís los ojos tres o cuatro minutos antes que el despertador y sonreís bajo las sabanas por la pequeña victoria contra el tiempo, o, no sé… ,cuando te agarras el dedo chiquito contra la pata del algún mueble, y no sabes cómo racionalizar esa punzada de un mili segundo anterior a la puteada que se dispara dolorida, o de esos besos furtivos en mitad de la madrugada que nacen porqué sí, porqué se puede. No sé, cosas así que ocurren de un chispazo y hacia ningún pretensión trazada de antemano. Como una tarde cualquiera estar esperando el cincuenta y tres, en la esquina de Roma y Avenida Rivadavia, y, sin pensarlo demasiado, subirse a cualquier colectivo y sentarse sin razonar ese impulso desconocido en cualquier asiento libre y dejarse acariciar la cabeza con el viento calentito de la tarde. El por qué no puedo vivir con esa dignidad de perseguir otras verdades, es probable que nunca lo entienda: no sé, conseguirme un chongazo y verlo de cuando en cuando y así me evito tanto melodrama al pedo, o quizás meterme de lleno en la oficina, laburar como una perra y cuando junté lo suficiente me voy a la mierda de todo y de todos. Tantas verdades y motivos qué seguir y nunca aprendí cuales eran los míos. Parecida a no esperar nada al final de un día de mierda y tan solo ver una cara que deseas ver con todas tus ganas, y que con toda segurid—

   ¡AUUCHH! ¿Qué le pasa?, no sabe manejar el boludo éste. Uyy, no, me está mirando por el espejito, creo que se dio cuenta por mi cara… o será qué después de tratar tantos años con la gente aprendió a intuir lo que piensan. No sé, por las dudas pienso en otra cosa… mmhhh… ahh, no se me ocurre nada para despistarlo… mmhhh… Pfff, pero, ¡qué estupidez! Mirá si va a tener poderes mentales, apenas puede esquivar un bache, apenas parece más mayor que la bella durmiente que tengo al lado. Quizás es como dice Caro y yo tenga la cabeza atrofiada de tanto pensamiento al pedo. Tiene razón, y sobre toda de la manera simpáticacona cómo lo dice. Me pregunto si antes de irse la muy colgada habrá apagado el aire, como le recordé anoche. Me pregunto de donde sacará tanta motivación para tener siempre una sonrisa pegada en la cara; hasta me pone nerviosa tanta alegría permanente en ese cuerpito de muñeca. Nunca la vi quieta en casa, ni tampoco llorar, ¿en qué momento del día se angustia esa chica? Quizás me equivoque fiero y ya habrá llorado lo suyo en algún pasado que desconozco, de esas cosas que todavía no me confía. Supongo que habrá llorado tanto que ahora no puede hacer nada más que reír. Será ese el caso a lo mejor, llorar hasta el hartazgo y la sequía espiritual hasta que no hagan más que brotar carcajadas. No lo sé, lo mío diría que es a la inversa. Y seguramente se reiría de todo esto: del chófer que me sigue por los espejitos con esa mirada de ojete o del pibe que se está babeando sobre mi brazo. ¿Lo despierto?… No sé bien, me da cosa, parece cansado. Ella no lo despertaría, su peligrosa amabilidad no se lo permitiría. Lo dejaría tranquilo ahí aunque se le durmiese el brazo por el peso, aunque, para no sacarlo de su sueño, implicará que se le pudra en gangrena medio cuerpo. Un buen gesto, ella no sueña pero le regala una sonrisa a los que sí pueden. Eso sí, seguramente se mataría de risa la muy guacha, apreciaría la ironía de toda la situación. Ahora creo entenderla, quizás la única verdad a la que hay rendirse sea algo parecido a lo que se ofrece en todo esto, a esta falta de un destino seguro, a este abrigo inesperado de un día de calma y de sol. Es buena piba, de esas escasa “buena gente” que ya casi no se encuentra. Pobre, con la compañera con la que vino a parar. Me acuerdo cuando apareció, no hace mucho, con ese masacote de pelos sobre los brazos. Sino fuera que necesitaba ayuda con el alquiler, le hubiese cerrado la puerta en la cara seguro; Tobi, más problemas que compañía trajo ese perro… No recuerdo si le cambié el agua… ¿lo hice?… Ah, sí, sí, se la cambié. La manera en que lo quiere y lo mima pareciera que toda una maternidad estuviese contenida en ese cariño. Me hace acordar a mamá. La puedo imaginar ahora, ansiando llegar a casa para ver esa cara de nada, volviendo del laburo seguramente, contemplando el mismo cielo que yo. Pero, nunca en paz, siempre en movimiento. Pues, no se sabe con ella, si llega a casa para irse o si se va de casa para regresar. Debería casarme con ella y entonces me evitaría muchos problemas con todo, con los chabones, con la familia, con la idea molesta de llegar en la noche y no ver unas llaves sobre la mesa. Sí, podría hacerlo, no me costaría mucho fabricarme esa mentira, y así en las reuniones familiares quedar cubierta ante las preguntas de algún familiar choto, que cuando quiera indagar de más con un: “¿Y cómo está mi sobrino? Pero, qué lástima… ¡linda pareja que hacían juntos!”, yo contestaría: “Ahh no sé, no lo pude seguir en sus fantasías y lo dejé. Ahora salgó con mi mejor amiga, soy torta. Mírala, está ella riéndose de los chistes boludos del tío Antonio”. Sería hermoso verles la cara. Le pagaría lo que me pida a Caro si me hiciera la segunda en esa. Lástima, si la amistad solo tuviese ese aliciente necesario que cubre todo lo sexual, seria la interacción perfecta; aunque ni para amistad me gusten las chicas, lo consideraría seriamente… ¿qué mejor acuerdo social que ese?; un contrato que cubre el cariño y la satisfacción. O capaz puede que sea una cuadrada y sí, deben haber amistades que no se confunden en los limites ambiguos del amor y el sexo, y por ahí andan llevando a cabo sus formas perfectas en las relaciones personales, con la receta escondida solo para los qué no están contaminados. O yo sea una infradotada de espíritu y de mente, y no hago más que liarme con las personas incorrectas de siempre. Quizás yo sea la incorrecta. Cómo era… na, na, na, naah, naah, na, na, na, naah… ahh, sí…”Un cuore que no tropiece treinta y cinco veces con la misma piedra”… yo ya voy treinta y seis masomenos. Aagghh… si pudiera hacer como ella y empezar a reírme como una linda tonta, sería una mejora de seguro. Si fuera una cuarta parte de lo que es ella me hubiera olvidado de mí misma y habría dicho que sí, hubiera dejado que se me pudra el alma por no despertar a nadie. Quizás eso sea el amor, después de tanta filosofía de tardes amarillas, quizás sea tan solo cuidar del sueño de la persona que uno tiene al lado. Y ésta sí que es una linda tarde. Me gusta cuando el sol no tiene sabor a un aire de muerte sofocante y solo pica suave sobre la cara y los parpados, justo como ahora, con el viento de su lado, soplando todo mi pelo sobre la cara de la vieja de atrás. Será que si hago un poco de fuerza y entrecierro los ojos me pueda quedar aferrada a esta especie de eternidad, aunque sea solamente por un instante. Qué lindo poder sería ese, ¿no?: con el solo gesto de poner los ojos achinados, hacer que un momento sea eterno. Me imagino la ridiculez del asunto, pues,  la gente andaría por la vida con aires de desconfianza, así, mirando a lo Clint Eastwood en cada momento de dicha. Eyy, era un buen chiste, ¿por qué no te reís, chófer? La vida debería ser esto y nada más. Tan solo esto… y no todas las cosas que me vendieron todo este tiempo. ¿Cuantos otros deben haber por ahí afuera ahora mismo, con media mejilla y todo el pómulo entumecido contra el cristal, preguntándose todas estas cosas que vienen y van hacia ningún lado? Viajando en contra del aire fresco mientras se secan los ojos, ya me los imagino, sin pensar en amores con propuestas gigantes o en las cosas que no fueron y que piden ser o de no preocuparse de que el perro no haya masticado las plantas de la vecina de al lado o que esa chupamedias no le haya inflado la cabeza al supervisor de que me hice la boluda en el trabajo, que todavía no haya mandado la visita médica a casa y la vecin—

      Ufff, sí, sabes qué sí. Me molesta y mucho tener que cerrar la ventanilla. Córtate el pelo sino te querés despeinar. Lo peor de todo es que pensaba que era una vieja, y al final era bastante más pendeja que yo. Quizás tenga esperanzas después de todo, todavía tengo la vitalidad de querer hacer malabares en algún semáforo. Quizás, ni siquiera se habrán fijado en el laburo de mi escritorio vacío. Bahh, qué importa, si total nunca falte sin una razón justa que no me excusará ante la mirada inquisidora de la recursos humanos, de la víbora de Herrera. Además, seguro que Caro  me cubre en todo caso, algo inventará de porqué no estoy en cama o supuestamente moribunda. Cosa que no es mentira del todo porqué estoy enferma si lo pienso, ¡todos lo estamos! Arrastrándonos cómo podemos, solitos con nuestra fuerza moribunda para gastarla y dejar que muera en una promesa brillante venidera o en sueños que nunca terminan siendo los nuestros. Cansada, esa es la descripción en general. Al final, merezco reconocerme cansada, o ¿no? Por lo pronto, me creo merecedora de tumbarme en un quiebre moral y poner en suspenso todo mi mundo y, así, no pensar en nada. ¡En nada! No darle bola al hecho qué aún estoy a tiempo de arreglar todo a cómo era hace un par de semanas, aún sin estar segura de querer hacerlo; pero qué es lo que quiero es claro, lo entiendo de algún modo. Esto es, quiero tan solo esto; calma. Más bien es una cuestión del poder, de la incapacidad de no poder arreglar su mundo de sueños a los que no puedo abrazar con la fuerza que me piden que abrace. Futuro al que no puedo reirle. Ojala mi salvación descanse en ese simple acto, tan solo reírme y escaparle a esa tentación de complacer sus planes, de no escuchar esa culpa, esa culpa que me todavía me sigue, y sonreirle como una tonta despreocupada a este sol que me acompaña. Podes creer que nunca me fijo en el sol, siempre mirando hacia delante o a los costados y abajo, y lo único que me da un calorcito de paz en tanto frío de respuestas, es esa olvidada bola amarilla sobre mi cabeza. Perdón, siempre brillando y brillando alta y cálida sobre toda esta culpa… ¡La culpa! ¡Ahhhgg! Venia bien, qué bronca dedicarle un poco de pensamiento a todo esto… No importa, no importa… Uff… Está bien, está bien, mejor no pensar en nada, en cosas inofensivas solamente: como por ejemplo en todos estos desconocidos de viaje, en estas caras llanas y grises que obviamente se olvidarán de mí fácilmente para mañana, así como yo de ellos; o en las vetas residuales de lluvias que ya no existen sobre la ventanilla, el sucio vidrio y sus cicatrices; o de la marea de casas modestas que se suceden idénticas, una tras otra, salvo por algún que otro matiz de color que varia apenas bajo el sol, bajo una cortina dorada de luz, o del rugir calmante del motor, que murmura enojado dos asientos atrás, o del cielo claro y dorado y extenso… y profundo… y tan amarillo todo… ssss… tan amarillo… ssss… ssss… jjrrr… jjrrr… jjrrr… jjrrr… ssss… Mhhh… ¿queeé?… ¿huh?… ¡Ahh! ¡¿Quién es éste?! Ahh, esa cara, es el chófer… Sí, esta bien. Tiene razón, ya no queda nadie arriba. Ya sé, ya sé, es la última parada. Ya, ya me bajo. Encima se me durmió una pierna, al fin de todo, el brazo está bien. ¿Adónde habrá ido ese chico? Qué vieja que me siento, qué ridícula. Parezco mareada, parezco perdida. Estoy perdida. Necesito sentarme un rato. En qué momento se fue el sol… siento mucho frío. Debería estar volviendo ya, Caro y Tobi se deben estar preocupando. A ver, a este cruce lo conozco, ahí está la farmacia Stravi, el supermercado chino de la esquina… eyy, por acá pasaba el colectivo que me llevaba al barrio dónde vivíamos. Digo, a su casa. Es tan absurdo que asusta todo esto. Será que el inconsciente no hace más que jugármela en contra, o será mi propia voluntad que busca sincerarse. O será que todavía hay algo de tiempo quizás. Me pregunto si piensa lo mismo. No sé, cómo saberlo. Allá viene mi colectivo encima, mejor.  En un rato volveré a llenarme del buen humor de Caro. No estaría mal, hoy le toca cocinar a ella. Justo, el rojo del semáforo lo atrapó. Me pregunto si sera día de comida sana esta noche o me da el gusto y sale milanesas con papas rústicas. La luz parece que se quedó trabada, no cambia más. Me pregunto si algún amigo lo alcanzó a casa o si pasará por esta avenida en el de las siete menos cuarto. Maldita luz, quédate así mejor… Me pregunto si el supervisor se habrá agarrado flor de bronca conmigo por el faltazo de hoy. ¿Lo saqué afuera a Tobi antes de irme? Ese rojo quizás sea eterno. Me pregunto si ya habrá llegado a casa…

Me pregunto si será tarde.

 

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Fotografía: Alan Quiroga

Anhelo

Hay veces en la que pienso, me gustaría ser poeta, y entonces con el poder de la síntesis en el filo de mi lírica emotiva, agotar de sentidos a todas las cosas del mundo solamente con un puñadito de palabras.

O también, por qué no, labrarme una virtud de cuentista o novelista, y en hojas ficticias crear realidades mejoradas, y finalmente con esas historias felices y amargas lograr llenar tanto vacío de humanidad que nos rodea.

Quizás, forjarme el esmero de un pintor, y sobre el lomo de paisajes de amnesias blancas, amalgamar en colores y trazos la infinita inercia de mi sentimiento.

O, quién sabe, a lo mejor consagrarme como un refinado escultor, y con el pulso nostálgico de mi cincel, ya sea en la madera o en la piel, tallar mis mejores sonrisas y mis mejores lamentos, para cuando llegue el día que no me quede nada para mostrar mis creaciones reemplacen mi sentir.

Tal vez, me deba volcar en la intuición de un fotógrafo, y con tan solo un botón merecerme el odio del tiempo, al sujetarlo en hermosas eternidades, al doblegarlo a suspirar para siempre en sus mejores luces.

Nada es seguro, y en uno de esos giros azarosos, quizás termine como un músico tenaz, y con un componer escrupuloso, aliviarme de las horas de angustia o de euforia. Llegar a destilar tanto veneno de sentimientos nada más que en la armonía de una furia de compases y de notas.

No sé, con mucha fuerza, puede que un hábil bailarín, y entre series de pasos livianos y de vuelos audaces quizás despegar por un rato del acoso de la muerte y la razón, que a veces resultan ser lo mismo.

O acaso, un excepcional cineasta, y reunir en una edición exquisita todos los aspectos de la vida, ya sea el terror, el amor, el conflicto, el misterio, la risa, todas y cada una en correcta sincronía y en sus porciones justas.

Hay veces que me gustaría poder perderme en algunos de estos caminos, sino es que en todos. Y, quizás con la destreza necesaria dentro de sus normas, utilizar todo el vigor de los nexos alternos que ofrecen para socavar tanta sed de comunicación entre todos, para emparejar las voluntades hacia un mismo fin.

En el fondo de cualquier silencio, la única verdad que me sopesa es esa que me alegraría alcanzar si fuera capaz de expresarme mejor en mis modos y palabras, y entonces, con un poco de calma y casualidad, que supieras que ya no es necesario que nos distanciemos para nunca retirarnos a ningún lugar. Que quisiera dejar de buscar consuelo en el quizás y así abrazar todo lo que se puede construir ahora mismo, con tan solo un chispazo de entendimiento. De ya no querer nada más, que quizás tan solo hablar, y ni siquiera eso.

Y por ahí se van todos esos caminos, por ahí despacito se va mi anhelo.

 

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Fotografía: Alan Quiroga

Pisando caracoles

Estaba sentado sobre una hamaca esperando. No sé muy bien qué esperaba. Solo sabia que aquel mínimo balanceo era lo que más quería en ese entonces; una agitación leve, de tortuga, que se transmitía desde la cintura hacia los pies y luego se contraía y volvía al centro, y luego se desplegaba de nuevo y así. El calor era atroz y sofocante, aunque eso no impedía a la gente tomar sus latas de cerveza y, a los más perdidos, besarse bajo la penumbra de los árboles. Supuse que la vida seria eso, un absurdo vaivén de inercias que solo nos llevaban al mismo lugar, al epicentro nulo de cada acto. De qué sirven las voluntades si solo se anulan entre sí, si en realidad el resultado final no es una suma ni una resta. Movimiento, quizás, la ilusión de desplazamiento como razón última para no sentir el impulso de tirarse de clavado bajo el desenfreno de las ruedas de un camión a toda marcha. No cualquiera admite estar en busca de sueños de quietud, si es que algo parecido existe siquiera.

Estaba sentado sobre una hamaca recordando y sentí alivio en el murmullo de un cielo vino tinto. El viento traía una promesa que siempre me es bienvenida. Cualquier lamento es menos feo si el agua cambia los olores de mi ciudad. Debe ser el llanto sobre llanto de seguro. Luego, cuando una gota tocó mi nariz me sentí bien conmigo mismo, en el gesto amable de esa frescura al haberse difuminado en mi piel. Sin embargo, pensé en más profundidad y no pude evitar considerar a los caracoles: supe que sería una noche mala para ellos. Buscarían la humedad en las veredas y tal propósito solo devendría en pisotones negligentes de los peatones nocturnos, siempre indiferentes a la fragilidad de los que se toman su tiempo. Pobres infelices, pensé, solo buscaban algo de movimiento. No cualquiera se toma el trabajo de evitar destrozar las corazas en su andar.

Estaba sentado sobre una hamaca precipitando y sentí desconsuelo por mí mismo. La pena de saberme tarde en poder liberarme de esta ropa mojada y asfixiante; la disciplina necesaria para sacarme los mismos trapos enmohecidos y aguados ante la mirada inquisitiva de los demás. Aplastado, supe verme, en ese saber inexorable de que todas las cosas que hubieran querido decirse se lavarían en el barro, se borrarían todas mis pasiones en recuerdos vagos. No cualquiera entiende que la verdadera libertad es mandar al carajo a todo aquel que nos acostumbre a caminar bajo su paraguas.

Estaba tieso sobre una hamaca y el mundo ahora me parecía inútil y enfermo. Quizás en algún punto hacia rato me sentía de la misma manera: algo mojado, algo resfriado y siempre buscando explicaciones bajo alguna nube rosada. El agua manchaba de colores más pesados mi remera, mis pantalones, las zapatillas. De a poco, las lágrimas del aluvión me oscurecían en pequeños círculos y no me importaba. Me alarmé al no ver a nadie bailando entre la incesante cortina de agua alrededor o tan solo bebiendo de ese maravilloso momento, ¿dónde estarían los locos acalorados?¿Dónde se había ido todo el mundo? Me sentí algo inadecuado al pensar que era el único allí esperando a mojarse por completo. No cualquiera abraza la posibilidad de una ansiado resfriado.

Estaba parado sobre el asfalto y comencé a encontrar la gracia del asunto. Una noticia cálida se deslizaba persistente entre entre los jirones de mi pelo empapado. Entonces creia entender la ambivalencia en la que oscila todo este sin sentido: a veces es avance y en otras es retroceso, a veces sofoco y en otras respiro, a veces un caracol y en otras un asesino; que a veces pudo encontrarme y en otras yo desesperé encontrarla. Que nunca voy a encontrarme si siempre vuelvo. Resolví que el infierno podría ser aquello, los sinsentidos que uno se crea para acariciar una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez hasta que las manos sangren, y aún así, vamos de nuevo y otra y otra y otra… Comprendí que el mío era de agua y de silencio. No cualquiera logra jugar a ser equilibrista sobre los cordones que cortan a los sin sentidos.

De a poco la lluvia se afinaba en una suave garúa. Me quedé hasta que aquella cesó por completo y su manto rosado se desgarró irregularmente hacia todos lados, descubriendo unas escasas estrellas que asomaban entre sus rescoldos de algodón. Una vez agobiado de tantas metáforas de tormenta y moluscos, regresé a casa. Pero eso sí, atento a las baldosas: siempre es mejor si se puede evitar sentir algún crujido bajo de mis pies. Al llegar, dejé mis cosas, me sequé apenas, y me acosté con la preocupación de ya haber pensado todo aquello alguna vez. Me deje dormir en el tercer o cuarto pensamiento.

Instantáneas

En ciertas noches tranquilas, mientras escribo o paseo en letras ajenas, presiento una figura que se escurre entre la oscuridad que me rodea. Me rio en secreto y simulo no haber notado que me observa atento. Ya no es motivo de susto. Solamente es un pequeño duende despeinado con la curiosidad y un insomnio de pañales. A continuación, es ejercicio cotidiano a seguir: con dificultad intento localizar su rostro risueño entre la cortina de tinieblas, y una vez que mi mirada fija su pequeña silueta, una risotada aguda me devuelve el gesto. Es un extraño privilegio, casi siempre me invita al mismo juego.  Lo dejo un rato y una vez saciada sus travesuras nocturnas, toca cargarlo de nuevo para devolverlo junto al sueño de su madre.

En algún verano impreciso, un hermano nos fulminaba con la noticia de que partía hacia mejores oportunidades. Entonces, en una coincidencia unánime de voluntades, la necesidad imperiosa de arponear a la tristeza y navegar en la última aventura de una amistad en ascuas se hizo misión. Quizás, el último homenaje bonaerense, cual recuerdo de una postal nocturna para que luego añorase en tierras de acentos graciosos. Así que allá nos fuimos, buscando perdernos en el fondo de una noche sempiterna. En otras palabras, lo de siempre… fuimos. Fuimos futbolistas virtuales entre gastadas, apologías de hermanas y alcohol. Fuimos hermanos apaciguando las broncas naiperas con pizzas fuleras y rockanrolles hambrientos. Fuimos caminantes crepusculares pateando las calles y llenándolas a gritos con anécdotas y recuerdos de tiempos de mejillas lampiñas. Fuimos una banda de perdedores hermosos irrumpiendo en bares y desafiantes soberbios, a propios y extraños, siempre por más fichas de pool y, todavía aún, por más pintas de cervezas. Fuimos una última vez, bajo el sosiego de una luna de pasiones rotas y de lágrimas ocultas. Y como siempre ocurre con las buenas eternidades, la nuestra acabo. Comenzábamos a percibir que la madrugada se diluía junto a nuestras pasiones. No quise quedarme hasta la mañana, el maldito sol se lo llevaría. Restaba lo inevitable… Buena suerte y hasta luego, un abrazo sentido y bajar la calle sin mirar atrás. Desde entonces algo cambiaría para todos.

Era la maldita espera de una Navidad, como no puede ser de otra manera; artificial espera. El tiempo me punzaba la paciencia así que dije, ahora vuelvo. Nadie escuchó. Zapatillas livianas y pensamientos pesados, mucho más no me hacia falta. Me disponía a correr los limites de mi cansancio, a perderme de mí mismo en calles que no me conocieran demasiado; de vez en cuando algo me pide hacerlo. Fue de ese modo, que de repente mis piernas me habían llevado a una ciudad que hace años no me pertenecía, a veredas y a calles que solo cantaban melodías de silencio y de ausencia. Cuando me di cuenta de que la gente había sido extirpada del ruido urbano, comencé a caminar con la actitud pausada de un poseedor temporal de aquellas dimensiones de cemento y cortinas metálicas. Caminé un largo rato entre edificios y formaciones de locales desiertos hasta que llegué a un lugar que conocía bien. Proseguí a medirlo en pasos y en hondas bocanadas de aire, y, después de refrescarme la frente en una fuente, me quedé tendido bajo la compañía de un árbol extranjero. Tampoco había nadie allí, nadie que valiera el esfuerzo. Vaya a saber quién, por cuanto me quedé contemplando los pedazos de cielo rebeldes que se le escapaban a la maraña de hojas y ramas; me quede contemplando e imaginando las imágenes de todos esos lugares que me esperaban y también de aquellos que no. Hasta que los faros y las luces colgantes aparecieron por toda la cuadra junto con la noticia de que ya era tarde, ya no había colectivos que me llevarían a casa. Pero eso no me importó, hace tiempo que nunca me regresaban al lugar que anhelaba.

En una de esas mañanas de colegios fugaces y soles cegadores, me encontré a la Muerte descansando con asquerosa impunidad en una vieja y desvencijada ruta. El colectivo paró entonces, y todos los ojos, con una curiosidad de piedad mórbida, la miraban a cuestas de un alma que quería volver a tomar aire al lado del camino. Los años infantes me protegieron al principio, tapándome toda la verdad del asunto, pero no sirvió aquella venda suave porque, más temprano que tarde, esa verdad alcanzaría a quebrar algo dentro de mí: al levantar la vista, las sombras en el rostro de mi viejo me dijeron todo. Un crujido. La inocencia se agrietó para siempre. Pese a la quietud de los años, de vez en cuando la vuelvo a cruzar, con la misma impunidad que acostumbra relucir, pero en cada ocasión intento no contemplarla ingenuo y estático como aquella vez. Mi viejo no lo hizo.

Fue en una tarde de misas y de gritos; fue de  esas tardes que no se limpian con el tiempo, ni con otras voces venideras. Fue bajo un árbol extranjero en el cual comenzó a quemar el hechizo de un bucle de misterios y perfumes indescifrables. Y sin darme cuenta, derramado en ese encanto, la entropía de unos dedos lastimados comenzaron a moldear mi piel en formas que nunca antes había visto. Yo solo podía parpadear ante ese acto, deseando en secreto que aquello nunca terminara. Era fascinante ese dolor, ese apego compulsivo. Cuanta dicha al ser espectador de esa obsesión inaudita por lamer heridas extrañas e ignorar los estigmas propios. Agujas y alfileres, me anticiparon unos Ramones, de regreso a casa. No importa, les dije: con ese aroma de chocolate e ilusión, que rebozaba desde mi mochila,  ya estaba convencido.

Ayer un fotógrafo renegado me explicó las razones de porqué ya no encierra con su cámara los sentires del día a día. – Seria una infidelidad -me dijo mientras jugaba con su encendedor-. Una crueldad seria privar al pasado de la posibilidad de mutación: imagínate qué aburrido además, el creerme capaz de sujetar todo tal cómo fue, en un pedazo de papel o en un puñado de pixeles. Una crueldad para vos, para mí, para cualquiera. No hay muchas personas que puedan mirar fijamente a los ojos a su pasado, sin pestañear en remordimientos o en insatisfacciones. La memoria cuenta mejor cualquier recuerdo, transforma a las realidades muertas en añoranzas más amables y pone partes vistosas en huecos que no son muy lindos de enseñar. Mejor no te mates y no preguntes más. Seguí haciendo lo que haces -se había parado y dejó un par de billetes sobre el mostrador-. Inventa cada historia, create cada final. La distancia endulza cualquier recuerdo, ya sabes. Vas a poder dormir más tranquilo.

Y entonces, tras cruzar el umbral desapareció aquel perdedor hermoso, colgando desde su cuello esas instantáneas que jamas revelaría.

Habría que inventarlas.

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Fotografía: Alan Quiroga

Simpatía por la empatía

A veces sentado en algún café, o alguna esquina cualquiera, me detengo por un rato y pienso que me gusta la gente. Pero ojo, no siempre, no bajo cualquier circunstancia. Solo me nace una pasión filántropa en el cuerpo cuando la gente pareciera moverse por fuera de sus disfraces. No sé, vos sabes, por ejemplo me gusta cuando se olvidan de persignarse delante de una iglesia o cuando no recurren a la facilidad dialógica de rellenar las pausas con charlas climáticas, cuando tan solo callan ante el ruido. Me gusta la gente cuando sin importarles se delatan y se les puede notar como se les mueve un pie travieso al son de una melodía lejana o cuando algún loco de esos cruza la peatonal a la vez que toca un solo de batería triunfal en el aire o cuando no pueden hacer nada y se llenan de ternura y de compasión ante algún acto desinteresado e inesperado. Qué cosa digna de escuchar también cuando por alguna razón o berrinche se quiebran de modales y se le escapan kilos y kilos de demonios en puteadas coloridas. Qué satisfacción ver a la gente cuando no se queda atrás y persigue a un colectivo, y mucho más aun me gusta cuando lo alcanzan. Me gusta curiosear a lo lejos a la gente solitaria que habita por los bancos de plazas y parques y se quedan gastando un cigarro mientras miran al mundo girar. Qué decir de la gente cuando te regala una historia, o mejor dicho un pedacito de sus vidas, sin dejar de mencionar también a esos locos en extinción que pasan con ramos de flores en la mano, triunfantes y orgullosos de posibles cariños venideros. Llegas a entrañar a esa comedia cotidiana cuando ves a la gente que pide indicaciones de calles que no conoce y sin faltar a aquellos que, por no decir que no saben ni diablo, los mandan a cualquier lado. Me gusta cuando gente extraña pasa por tu lado y te saluda sin más, solo por el placer de la cortesía vecinal, o cuando suelo toparme por la calle con maniquíes pensantes que, ausentes como carcasas huecas, hacen que me pregunte en qué reflexión de cortocircuito o en qué punto del horizonte intentarán recuperar aquellas infancias extraviadas. Me gusta la gente cuando van y vienen por las veredas y se besan y de repente discuten como niños y luego de nuevo se besan o, aún más, me gusta cuando te saludan con un apretón de mano que te deja latiendo los dedos, pero eso sí, no puede faltar una mirada respetuosa a los ojos. Me gusta la gente cuando te jubila sin preguntarte y te dice señor o cuando te cubren con pañales y te clavan un muchacho. Me gusta la gente cuando no escucha los susurros de celulares apresurados o cuando te comparte, junto unas rondas de amargos, una charla sin que las tres agujas nos estén presionen las horas. Me gusta cuando se arman de sinceridad y ante un “¿todo bien? te contestan con un no, y te confían las razones pertinentes a la dolencia, pero también disfruto de aquellos que piden a gritos de silencio que adivines entre sus “sí, todo bien” la historia de un desamor o un proyecto desmoronado. De igual forma, asunto triste cuando no quieren decir adiós y se alejan de espaldas hasta perderse de vista en el devenir de los meses. Asunto grato cuando abrazos de reencuentro estallan contra el tiempo y la distancia. Que sé yo, cosas simples, cuando te refresca el animo con un gracias o un bien marcado buenos días, o bien, cuando desnudos de argumentos prefieren ceder, del mismo modo que cuando intolerables a lo injusto deciden resistir. Y entonces, decime, ¿qué le puedo hacer? Me gusta la gente y todo eso que hace sin saber muchas veces si entiende bien las acciones que hace. Si comprende siquiera el significado calve a la estabilidad total de un rompecabezas de voluntades entretejidas. Si entiende cuando se ríe fuerte, cuando sospecha, cuando se incomoda y se queda alerta, cuando se hermanan con miedos forasteros o alegrías vecinas, cuando festejan victorias colectivas, cuando entierran broncas de herencia, cuando se olvidan de ser gente y comienzan a volver a sus guaridas para otro mañana, a volver a ser madres y padres y hermanos y amantes y amigos y soñadores, todos soñadores.

Pero es allí que ocurre, la noche me encuentra bajo la vidriera de siempre, y me alegra porqué es cuando descubro que en aquel momento se intensifica como nunca mi simpatía por la gente. Porque las calles y la ausencia de ellos te devuelven a mi lado. A vos y esa última luz de tu sonrisa apagada que, en una suave curva de fatiga, me alumbra de tranquilidad mi alma, mi todo. Entonces recuerdo que todo puede estar bien, que ahora solamente somos nosotros. Una simple ciudad de dos personas deseando, con inútil fuerza, que en la mañana no volvamos a ser parte de la gente que ahora se encuentra dormida.

Como todos los demás, me saco mi traje. Me miras y pestañeas aliviada.

Es hora de volver a casa, me decís.

Yo te sigo.

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Fotografía: Alan Quiroga