La última parte

Era una mañana como cualquiera. El ruido del tráfico desde la calle, la gente alborotada, clientes caprichosos, la historia de siempre.

Estaba sentado en el bar del hotel, aprovechando el descanso para tomarme un cortado. En un momento, la vista se me fue para la avenida, más allá del portero que intercambiaba unas palabras con el botones que todavía le costaba aprenderse de memoria los pisos de cada cuarto. Entre todo ese tumulto rutinario, distinguí a un tipo parado bajo el semáforo de la esquina. Nada particular a simple vista, escribía cosas de tanto en tanto en una libreta de bolsillo, al mismo tiempo de que las personas pasaban alrededor de él, sin empujarlo o tocarlo siquiera, como si no estuviera allí. Y lo extraño no era su aspecto o algun rasgo fisico en el, porqué si vamos al caso era un flaco como cualquiera: así con cara de nada, de estatura normal, nada extraordinaria que resalte más allá de las excentricidades tan habituales que uno acostumbra todos los días en la ciudad. Y así estaba, como poseído por una fuerza curiosa, e con tanta velocidad. Se me cruzó por la mente que por ahí se trataba de ese loco que desde hacia semanas era el tema en boca de todos en la ciudad. El “Asesino de las letras” le había puesto la prensa amarillista. Pues, al principio, el desgraciado se había ganado tal reputación al atacar a jóvenes estudiantes de carreras relacionadas a las letras obviamente, pero luego, quizás al aburrirse o tan solo cambiar su objeto de estudio, expandió sus preferencias a estudiosos de las ciencias duras y lógicas por igual. Hasta creo que se hablaba de alguna que otra profesora de economía o contabilidad de vez en cuando. policía daba ruedas de prensa a cada rato intentando calmar con falsos avances en la búsqueda, pero la verdad es que aquel asesino no se cansaba de matar con toda impunidad. Es más, hasta un tal sargento había conformado una unidad especial para ponerle fin de una vez por todas a su captura, pero ni caso, era un fantasma el tipo, siempre se esfumaba. Sin embargo, al rato me pareció algo ridícula esa sentencia sobre el pobre pibe: primero porque no le hacia mal a nadie ahí con sus aires contemplativos y  segundo recordé que solo atacaba en la madrugada el asesino, cuando la noche era oportuna. Estaba muy lejano a la imagen brutal y salvaje que se manejaba de aquel demonio, pues alguien tan frágil en la superficie no podría hacer mucho daño me dije. Así me convencí de que seguro no se trataría más que un turista fascinado con la arquitectura urbana o a lo mejor un estudiante tomando sus notas; es más fácil convencerse para dejarse de preguntar por todo.

En eso, al preguntarle la hora al barman, me percaté de que todavía faltaba unos veinte minutos para volver a mis tareas; había estado toda la mañana con los preparativos para recibir a alguien importante, de una embajada que no recuerdo dónde, y todavía faltaba preparar las habitaciones de sus asistentes. Le di el último sorbo a la taza y, al volver mi atención más allá de los cristales de la entrada, supe que algo no andaba bien. De repente, toda esas oleadas de gente que ocupaban la principal hacia unos momentos ya no estaban, y, aún más extraño, sobre todo a esa hora tan concurrida de la mañana. No era cosa de todos los días ver la principal ausente de vida o notar el ruidoso tránsito del mediodía reducirse en silencio. Ahora, solo había quedado aquel tipo que caminaba muy despreocupadamente a lo ancho de la avenida, como si no lo estorbase nada ya, cosa que era cierto, sumido en la escritura de sus hojas. Esa tranquilidad de hacer las cosas tampoco era usual. De nuevo, intenté encontrar un par de razones para encontrarle la vuelta a la situación que se presentaba afuera, y pensé “a lo mejor tuvieron que cortar la circulación calle abajo por alguna obra o algo parecido”, pero no sé… algo no me terminaba de cerrar viendo a aquel sujeto extraño. Como si una mezcla de un temor desconocido con curiosidad me impedían despegar la vista en lo que quiera que estuviera haciendo aquel sujeto. Entonces, preguntas me volvieron a inquietar el descanso: cuestiones de qué hacia allí afuera, dando vueltas frente al edificio del hotel; por qué la mirada se le perdía en las alturas, los locales, cosas lejanas, por qué durante breves instantes la boca aparentaba moverse, como si hablase solo o con alguien invisible, ¿por qué tanto interés en anotar todo? Justo cuando no aguante más la duda y me dispuse a levantarme para ver qué pasaba afuera, el tipo se quedó observando hacia el cielo, murmuró unas palabras y, en el momento exacto que dejó de escribir, todo se volvió oscuro; como si el sol se hubiese quemado al igual que una lamparita, como si aquel fuera el responsable de apagarlo. Fueron unos segundos de total confusión, pero no hablo de esas situaciones de penumbra o de poca visibilidad en las que si haces algo de fuerza con los ojos logras ver uno que otro contorno, sino de un negro absoluto alrededor, la nada misma si es que existe algo así. Y no podría decir con seguridad cuanto duró, pero lo cierto es que una eternidad sentí pasar hasta que las iluminarias de la calle y las ventanas de los edificios cercanos se activaron, ofreciendo claridad nuevamente. Pero, para mi horrible sorpresa, el tipo había desaparecido de la avenida, al igual que todo el personal del hotel. Ahora se encontraba mirándome fijamente detrás de los reflejos de la gran puerta en la entrada. Estaba seguro, ya no era curiosidad, sino un completo sentido de alerta apoderándose de mí, sobrepasando mi razón. Y todo tendía a tornarse peor, como mi calma me abandonaba, al sentir todo el peso de sus ojos penetrantes sobre los míos, incluso cómo sus labios se movían dejando salir palabras imposibles de escuchar por la distancia. Pese al revuelto de ideas que se batía en mi cabeza, era difícil no notar como parecía trasladar cada palabra dicha en esa libretita negra que portaba con recelo, con la seguridad que solo trae la costumbre hecha habito. En ese momento, ya no me faltaba más para salir rajando de ahí; cientos de pinchazos en el pecho me alarmaban que corría peligro aguardando en aquella barra algo que no quería ni era capaz de entender. Pero ese plan quedó anulado cuando un cansancio sobrenatural se extendió por todo mi cuerpo; no podía moverme ya, no podía hacer mucho más que verlo atravesar la puerta para avanzar tranquilamente por el corredor hasta el lugar donde me encontraba. Y a medida que se aproximaba comprendía desde lo profundo de mi pánico lo absurdo del momento, del temor que despertaba aquel muchacho de rasgos ordinarios, pero era inevitable negar el presentimiento que brotaba en mí al analizar su apariencia, una amenaza invisible que no podía siquiera imaginar. Hasta que al fin pasó detrás de mí, para situarse del otro de la barra.
Como dije, no parecía ser de esos tipos violentos en si mismos, de esos que uno cruzaría indudablemente de vereda si los ve venir de frente. Más bien parecía un ratón de biblioteca, o esos de esos fundamentalistas del papel que frecuentan los cafés literarios; quiero decir, que no me hubiese resultado ningún problema derribarlo si la ocasión era oportuna. La amenaza no tenia que ver con su apariencia, por lo contrario, había tanta liviandad en su modo de moverse, de mirar, de reaccionar ante lo que lo rodeaba que me era insoportable, demasiada extraña. No me miraba, con el ceño fruncido, solo miraba el lugar y otras veces a la entrada pare luego volver a abrir su libreta y repasar las lineas que anteriormente había escrito. Tanto así que, tildado en sus pensamientos, comenzó a susurrar cosas de las que se arrepentía luego: “El silencio de la noche se había quebrado por la furia de sirenas cercanas. Solo podía significar algo aquello: el asesino había reclamado el último aliento de otra víctima”… Mhh, mejor no…  a ver así. “No había pasado mucho desde que las escalinatas de la biblioteca, el estallido de un disparo anunció. La policía sabia que no podía estar lejos de la escena del crimen. El Asesino de letras seguiría oculto en el corazón de la ciudad “.

Después de haber soltado y escrito esas frases sin demasiado sentido, una sucesión de luces rojas y azules pasaron a toda velocidad a lo largo de la principal. No me costó mucho entender que aquellas patrullas tenían que ver con este tipo que se paseaba con toda libertad, por fuera de todo lo que sucedía; no me costó hacerme la idea de que estaba indefenso, vulnerable a cualquier acto del posible demente. Satisfecho asentía como convenciéndose de algo, con una mueca retorcida en sus labios que parecía burlarse del espanto que no podía disimular. Daban ganas de gritar, todavía intentaba recobrar con desesperación mis fuerzas y así salir corriendo de ese sinsentido, o al menos para tener la mínima chance de defenderme de cualquier ataque. Sabia que todo eso era inútil, pero a esa altura mi desesperación no me dejaba retroceder en los intentos por recobrar la acción, hasta que, de repente, levantó la vista de sus asuntos y con una normalidad insoportable simuló percatarse de mi impotencia:

-Holaa…- me dijo, como si de alguna manera ya me conociera.

Ante la falta de respuesta, se quedó expectante observando mi sorpresa seguramente, con un tono tan inexpresivo que si uno tenia el coraje de sostenerle la mirada por algunos segundos podía notar cómo esta se desorbitaba más y más hacia cada extremo. No podía responder, pero la mandíbula me temblaba sin control. ¿Que quería con todo aquello?¿Qué me mantenía ahí, tan perplejo ante alguien que no podía ser más extraño que cualquiera que viese ir y venir por las puertas del hotel?

-Disculpa. Se me fue la hora, porque aproveché que justo estaba afuera, y terminé con algunos detalles que no me cerraban. Pero, en realidad te estaba buscando.

Cuando descubri que podia mover la boca, mi voz salió quebradiza, manoteando un par de palabras, sin darme tiempo a pensar siquiera.

-¿Aaa… aa… a mí?

-Sí, sí a vos, ¿sos el gerente del Gran Hotel Morrison o no?- sin lograr entender todavía, me limité a asentir con la frente-. Me costó un poco ubicarte, bah, no, en realidad bastante. Se me hizo un lío porque no recordaba bien si te había dejado en el medio o en el final. Pero bueno… acá estás.

Mientras jugaba a golpear la punta de su lapicera sobre la tapa de una hielera, el extraño se quedó en silencio, dándose cuenta de la inquietud en mi cara.

-Mirá, sé que todo puede resultar raro, y si es que todavía no te preguntaste por qué estoy acá, pues deberías hacerlo. Después de todo estás hecho para no aceptar lo que viene a continuación, más bien para no entenderlo. Y aunque entiendas el gran final está en vos no lograr aceptarlo. Te comento igual, pero, primero aguántame un segundo que termino algo…

Ya no sabía qué esperar, ya no sabia si seguía hablándome a mí o alguna presencia revoloteando dentro de su locura. Otra vez se le había perdido la mirada y comenzaba a hablar solo, guardando silencio de a ratos únicamente para escribir lo que antes se decía a sí mismo: “Dentro de los abismos de su locura, el asesino comenzaba a comprender que esta vez no seria nada fácil desaparecer en los recovecos oscuros de la ciudad. El lamento de las sirenas retumbando entre los edificios y el calor de la sangre que brotaba irreparablemente desde un agujero en su pierna se lo confirmaban contundentemente. ¿Era miedo lo que sentía o quizás el fin de su ardua tarea? Las voces que tantas veces lo habían guiado en su incomprensible búsqueda, parecían abandonarlo; desprenderse de él mediante ese rastro que dejaba impregnado sobre las vidrieras y callejones de una ciudad que reclamaba su cabeza…”

Frunció su boca como signo de aprobación y pareció que me hablaba de nuevo.

-Muy dramático, ¿no te parece? Espera a que llegue el clímax, ahí sí que… Pero, disculpa. Si no lo anotó rápido se me escapa y es bastante frustrante eso, me puedo llegar a bloquear. ¿Sabes qué pasa?, es que últimamente entendí que tengo que meterme más de lleno en la trama, revisar las cosas desde adentro, tomar notas, tachar… todo eso. Pero, esta vez… me parece… me parece que esta vez se me fue un poco la mano con ese importado que me regalaron; será que tomé con el estomago vacío, bah no sé.

-Todavía… todavía no entiendo nada.

-Está bien que no lo hagas, vas por buen camino. Como dije, para que todo ésto funcione ninguno de ustedes debería hacerlo- pasó de hoja en su libreta-. La cosa es que me di cuenta que mucho asesinato, viste… mucha muerte gratuita a estas alturas y sin una conclusión que me convenciera del todo. A ver, ayúdame, ¿qué decís de esto?: “Al llegar a la escena del crimen los agentes notaron que la causa de muerte era la usual, propia de la modalidad del Asesino de letras; una corte incisivo y certero en la garganta. En efecto, el criminal no se había aburrido de blandir su metal contra los desafortunados que solían cruzarse con él en las fatales aires nocturnos. Esa era su marca. El disparo, antes anunciado por una vecina de las cercanías, había sido efectuado desde una nueve milímetros aún cálida, en la mano sin pulso de una joven; en la otra, una placa de policía bien sujetada entre los rígidos dedos.” ¡Ajá…! se pone bueno, no. ¿No?, ¿no te gusta? Quizás tengas razón, muy controversial para estos tiempos tan delicados.

En mi mente las ideas se amontonaban en puro caos. Recuerdo que tan solo no quería quedarme ni un segundo más como un corderito esperando que aquel delirante sacará en cualquier momento un cuchillo para luego ser degollado como un idiota. Estaba seguro que ya no era miedo, otra cosa me inutilizaba la voluntad. Y ya no me importaba saber de qué iba todo este asunto, si aquel era o no ese degenerado psicótico que mataba pobres desgraciados por placer, o si no era más que un fan o un admirador del trabajo enfermo del Asesino de letras o tan solo saber que se traía entre manos con todo ese truco del apagón y de los patrulleros y con esos relatos que no dejaba de contar. ¡¿Quién era ese sujeto?!

-Solo soy alguien que quiere contar una buena historia- de repente me interrumpió, como si se me escapará aquello en voz alta, o quizás pudo realmente entrever en mis pensamientos, pero al fin, me interrumpió-. Bueno… por lo menos hablo por mí. Después, hay de todo. En cada ciudad, te digo más, en el mundo, hay millones como yo que lo hacen por causas infinitas; no sé, quizás por gusto, por descargo, por escape, puede ser terapéutico a lo mejor, o capaz que tan solo una búsqueda reveladora… no sé. Solo sé que soy uno más de ellos, y no de los mejores.

-Ma-a, ma… ¿más como ustedes?- pregunté, como esperando una verdad que seguramente no podría soportar.

-Sí. Pero lo importante no es el quién sino el qué. Y la verdad es que estuve mucho tiempo buscando el qué que sostenga a toda la trama, algo como un cierre digno a tanto suspenso, y quién mejor que el amistoso y desapercibido gerente hotelero para explicarlo con lujo de detalle. No me mires así, ¿no te haces ni una idea, no? Vas a dejar de ser un papel secundario. Escucha, vos me dirás que te parece: “El sargento LeBlanc notó en el piso el casquillo que brillaba revelador bajo la luz de la luna. Se arrimó al cuerpo, y entonces cerró los ojos de su compañera, que acusadores lo contemplaban desde el suelo, a él y a los nubarrones de tormenta que se avecinaban por el este de los edificio de la biblioteca. El tiempo era crucial, pues el aguacero barrería el rastro que se dibujaba oscuro y espeso hacia el callejón y llevaba avenida arriba. El culpable debería estar cerca y ésta oportunidad de atraparlo no se volvería a repetir. Unas gotas estallaron sobre su camisa”.

-Te lo pido por favor, te lo ruego. Soltame. No me importa si son verdad o no estas cosas que contás. En serio no me importa.

Con total indiferencia, seguía enfocado escribiendo hoja tras hoja: “Los coches patrulla cubrían todas las posibilidades: rastrillaban todas las intersecciones, los lugares de mala muerte que aún permanecían abiertos, la plazoleta del centro, el hospital, pero no, era inútil después de todo. Comenzaba a llover en la ciudad una llovizna filosa y helada, haciendo que más que nunca, Leblanc, enfocado en su propósito, se abrazaba a los despojos que el asesino había dejado momentos atrás en su agonía”.

-Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver todo esto con el asesino?¿Conmigo? No, no, no debí preguntar, prefiero no saber. Mira, ni siquiera te conozco. Déjame que me vaya y…

-Espera, espera. Ya termino, no falta mucho: “Anduvo a pie por las veredas de varias calles, al frente de los faros del coche patrulla que lo iluminaban en su camino. Casi pierde las esperanzas en el punto en que la lluvia se volvió aluvión y borró sobre el cordón del asfalto las últimas marcas que lo llevarían a su ansiada venganza, cuando al alzar la vista al final de la avenida una columna de luz se erigía ante él. El último rastro de sangre subía por las doradas escaleras del Gran Hotel Morrison”.

-¡Por favor! No sé qué me hiciste que no me puedo mover, pero te juro que desaparezco, no le cuento a nadie y me olvido de ésto.

Pero solo escribía y recitaba, o las dos cosas al mismo tiempo: “En las entradas del hotel, el portero yacía en el piso con una herida mortal en su vientre, el botones de igual modo se encontraba boca abajo como un trapo sanguinolento entre un tumulto de maletas. No había tiempo para esperar los refuerzos. Ordenó a los tres oficiales presentes cubrir las salidas traseras y de la cocina del callejón. El sargento, cauteloso y arma en mano, en el momento oportuno irrumpiría por la entrada principal. Solo estaba aguardando analítico, sin dejarse llevar por la emoción como un depredador al acecho, ya que no tenia un tiro muy claro ante el panorama. Distinguía a duras penas un par de siluetas a lo lejos, entre las penumbras de la barra, que parecían conversar pese al infierno que se sacudía afuera. Una vez en posición sobre el marco plateado del portal, con las muelas apretadas y bien alto, anunció su presencia ante los sospechosos”.

En eso, mi espíritu volvió a respirar, porque justo en ese momento noté las luces de unos patrulleros afuera, que recortaban con sus luces giratorias un grupo de personas. Sin embargo, el alivio fue en parte porque la presencia policial parecía ser voluntad de aquel ser siniestro, como que de alguna manera parecía escribir o dar registro de lo que sucedía en ese entonces. Acto seguido, en la entrada escuché una voz que con violencia nos pedía que pongamos las manos en alto y nos arrojemos inmediatamente al piso. El terror volvió a poseer el control cuando recordé que no podía moverme. La situación era tan sensible que, seguramente sino respondía a esa voz, lo siguiente seria el clásico disparar por las dudas, todavía más cuando mi indeseable compañero solo se enfocaba en escribir y escribir sobre las páginas de esa maldita libreta con más entusiasmo que antes. Solo pude rogarle en mi desesperación:

-No lo hagas, por favor. Mirá afuera, la policía está a punto de entrar. Todavía podes irte por la salida del deposito. No voy a decir nada, te lo juro… ¡Te lo ruego! ¡No me mates!

-¿Matarte?, no… no. Todo lo contrario. Estoy acá para darte una nueva vida, un rol más elevado. Pues, ya lo resolví: vos vas a ser el que cuente el capítulo más importante de mi historia. Acordate, te encargo la última parte.

Terminó de escribir unas lineas más, pero esa vez se contuvo de no decir palabra alguna y, de ese modo guardó la libreta en el bolsillo interno de su campera, mientras de un salto se incorporaba del asiento. Supe que hablar seria en vano entonces; era el fin. Cerré los ojos, creyendo que quizás tan solo me había dormido en el descanso y en cualquier momento alguien del personal me despertaría para volver a la dulce y aburrida realidad. Ojala hubiese sido de esa manera. Un golpe agudo sobre la madera de la mesa me obligó a que abriera los ojos ante una nueva realidad; una realidad ajena, compuesta por imágenes sueltas, sensaciones y recuerdos que hasta el día de hoy se me hacen imposibles de entender como partes de mí, no sé como pequeños fogonazos de una vida impuesta. A continuación, por mi mente paralizada pasaban las imágenes fugaces del barman que, desparramado sobre el mostrador de las botellas de whisky, me miraba con los ojos apagados ; ni siquiera el pantalón que se había vuelto de un bordo vivo, punzante, y goteaba en un charco del mismo color a través de las patas del asiento. Pero nada me estremeció tanto como la imagen del cuchillo que había aparecido en mi mano, de ese gran y pegajoso cuchillo que atravesaba por completo el cuerpo de esa libreta, ahora sin dueño. Sin embargo, los únicos momentos que se grabaron en mi memoria con una insólita seguridad son aquellos que contienen las palabras de aquel que ya no se encontraba en ese entonces. De ese extraño que como apareció se había retirado, ya sin podía ver cuando la mano de un policía me aplastaba la cabeza contra la fría madera, forzándome a soltar el cuchillo, forzándome a observar aquellos últimos fragmentos de locura que se abrían desde la la ultima hoja y que estaba exenta de sangre: “El sargento LeBlanc había encontrado al asesino hablando solo con los brazos temblorosos sobre la barra del bar. Su puño se cerraba sobre el tan nefasto cuchillo que terminaba en punta en el lomo oscuro de un bloc de notas. Ensimismado en sus delirios, parecía ignorar los reiterados avisos que el agente no dejaba de vociferar con furia, con un creciente conflicto para con sus emociones. Apretar el gatillo hubiera estado totalmente justificado en el reporte, tal vez una nota en su legajo; después de tanto tiempo, fogonear con su revolver una, dos, tres o cuatro veces lo hubiesen pasado por alto en la jefatura al haberse realizado la justicia de una ciudad cansada de tanta muerte. Pero, su moral deteriorada volvió a cobrar sentido cuando un cadete resuelto apareció en la cúspide de tanta incertidumbre y prosiguió con su deber al aprehenderlo violentamente contra la barra, mientras le enunciaba sus derechos. Años después, en noches heladas desoladas como aquella, de toda esa parafernalia de muerte y pánico urbano, el sargento no se convencía por completo con aquel caso. Cada vez que lo pensaba, más masticaba la amarga incertidumbre que lo arrastraba a esa última escena en el Gran Hotel Morrison, la naturaleza brutal de los crímenes no se correspondían con esa imagen decadente de aquel gerente de hotel que, entre lagrimas y balbuceos, no dejaba de repetir una y otra vez las anotaciones de esa libreta, como si aquellas matanzas no fueron obra suya, como si aquella sed asesina no le perteneciera, como si el asesino de letras todavía anduviese suelto”.

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Bitácora

Resulta curioso como lo que uno quiere la mayoría de las veces se descubre detrás de las cosas que sabe que no quiere. Digo, las cosas que nos afligen día a día son claras, un conocimiento directo de los hechos que se nos presentan con todo el peso de sus durezas y filos, y deviene así porque el dolor en sí mismo es real. Lo que no se busca es de lo que verdaderamente se puede estar seguro. Uno sabe que clavarse un puñal en la mano no es una buena idea, va a doler, en cambio, nunca es claro qué caminos nos arrimarán o no a la mínima sensación felicidad, o siquiera al impulso ciego de que nuestros actos son los que nos realizarán en modo alguno. Hace no mucho, una compañera escribió un cuento sobre un juego inocente quizás, aunque detrás de las vicisitudes de esa trama ingenua, intui en ella que se revelaban verdades o ideas que la definen en mayor grado: el aproximamiento de la porción de ese absoluto que tanto cuesta definir. Versaba sobre el juego de las escondidas, pero como un telón que contenía a su vez la caótica transición de la niñez hacia la adolescencia, y sinceramente me pareció una linda historia. De una prosa simple y concreta, sin florituras de por medio que compliquen su ritmo. Ojala contagiarme de ese poder de síntesis bien lograda.

En ese momento, después de tantas colisiones con mis amadas frustraciones, entendí que en esas vidas artificiales, resguarda la significación de las pretensiones genuinas de nuestro carácter. El autor y su peculiar arte de narrar una historia, la mayoría de la veces, lleva a que ésta última funcione como una lupa rota enfocada sobre sus aspectos más íntimos y, quizás, desconocidas para sí mismo. Una lumbre, que emana desde las letras, haciendose paso a través de las grietas que llevan irremediablemente a nuestra identidad. Pues, recordé después de todo que nadie crea solo por crear. No la conozco realmente, ni tampoco hago el intento, pero cada día más, en personas como ella, me convenzo del poder que tiene la expresión de una historia, al menos de las sinceras. La vida puede ser eso después de todo, una escondida en la que los destinos que uno desea se esconden burlones detrás de obstáculos o destinos aparentes, a veces refugios. Por eso tan solo me voy a limitar a desmenuzarme a través de mundos que me pueda decir que me pertenezcan de alguna manera, sin que eso signifique que comprendan prolongaciones de mi totalidad como ser. Total, ya me resigne a quedarme por mucho tiempo sobre el resguardo de una certeza. Para anécdotas vivenciales están las amistades, para recuerdos la noche, para errores cada nuevo amanecer. Quizás un registro de vez en cuando de mis pasos rutinarios a modo de bitácora, para guiarme masomenos en el trayecto. Solo eso. Por ahora no necesito más que veintisiete letras para crear mis propios universos y hacerlos andar dentro de las reglas que los horizontes de mi imaginario pueda proveerles. Aunque, si me pongo quisquilloso seguro que la palabra escrita no pueda contener todos los matices de la existencia, pero por lo menos todos los  asuntos de la existencia que merecen la pena entran en la maldición deliciosa de la lengua versada. Si se quiere amor, toneladas de poesías y versos habitan los estantes fisicos y virtuales del conocimiento colectivo, si se prefiere el desamor, el doble. ¿Qué más? ¿Un escape a lo fantástico?; hecho. ¿Cuentos poblado de reflexiones profundas y metafísicas?; por suerte de esas nunca faltan. ¿Drama, sexo, terror, policiales?, sí hasta incluso debe haber personas que se atrevan a tratar todo eso en las generosas novelas que lo soportan todo.

A lo mejor, no me estoy dando cuenta y no haga más que resultar soberbio en este divague de ideas, así, como los griegos sabían advertir bien con sus historias: subiendome en el mismo tren que Ícaro y queriendo asemejarme a la virtud creadora de una gracia divina. Pero acaso los dioses no usaron la literatura para encontrarse, para crearse a ellos, y en simultáneo, todo en lo que creemos, o al menos, en lo que solíamos creer. No sé, ¿cómo hacerlo? Mi aspiraciones son tan precarias como el formato de este blog: solo trato de redescubrirme en las letras y, en el proceso, hacer la paz tanto con las verdades vencidas como las que inevitablemente aparecerán como nuevas. En alguna inspiración nocturna, de todo aquello poder hacer alguna que otra historia que valga la pena.

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Emilia Galotti: virtud y deseo

    Autores notables como Lessing, precursores del drama moderno como tal, han sabido marcar en sus obras un sentido de compromiso en tanto que promulgaban educar al público mediante el arte mismo, es decir, que en sus elaboraciones pretendían poner en juego el análisis de la realidad y las condiciones de la diferencia de estratos sociales, no encasillándose solo a producciones artísticas que apuntarán fundamentalmente al entretenimiento y la dispersión. En el siguiente texto se pretende abordar la relación de los principales personajes femeninos, Emilia y la condesa Orsina, con los valores de deseo y de virtud, teniendo en cuenta su ordenación en tanto a la disposición estamental y la posición ante el poder, en el registro de lo sensual. Se debe señalar que el análisis se limitará a aquellos sucesos pertinentes a la cuestión como las introducciones y las participaciones de cada una en el desarrollo de los eventos finales.

    En un primer acercamiento, la obra establece la pertenencia marcada de cada personaje en relación a sus estamentos sociales, y en consecuencia, la respectiva disposición de los valores típicos a cada clase, usuales en la estructura de la tragedia aristocrática. Como indica Jordi Jane: “…los valores burgueses, la virtud, la razón, la sinceridad, la honradez y la fidelidad, pasan a primer término, contrapuestos globalmente al vicio de la corte…” (Jordi Jané, 1998:74). Esto se puede ver en que ambos personajes femeninos se introducen de la misma manera ausente e indirecta en el primer acto de la obra, particularidad que posibilita a que la forma artística sugiera la primera distribución general de valores sobre estas subjetividades que insinúan el carácter de las mujeres en cuestión: “…los diálogos introducen al espectador en la situación y van perfilando los caracteres de los personajes” (Jané, 1998: 75).  Más allá de la reflexión artística que subyace en el diálogo, los retratos que el pintor ofrece al Príncipe, fungen como recipientes de los prematuros juicios que apuntan a predisponer los rasgos de cada mujer comentada, a su vez, que lo hacen en la clave de una  aparente concordancia con los caracteres despectivos o favorables atribuidos usualmente a la nobleza y burguesía. Refiriéndose al retrato de la condesa Orsina, con connotaciones desdeñosas hacia su persona: “…Todo lo bueno que el arte puede hacer con los ojos de la condesa, grandes, salientes hoscos y fijos, lo ha hecho usted, Conti, y con fidelidad…” (Lessing, 1998; 92). Al contrario, el caso de Emilia, se la construye sin vacilar, en vistas de una apreciación más justa y afable en base de sus facciones angeladas y la exaltación de la corporeidad; el sujeto de una clase de principios regios y virtuosos es sometido en objeto, pero ahora por el deseo inestable de la clase dominante y no su rechazo: “¡Ah bella obra de arte! Es cierto que te poseo? ¡Quien pudiera poseerte también a ti, la más bella obra maestra de la naturaleza!” (Lessing, 1998; 95).

    Así pues, tal constitución subjetiva del entorno sobre ambas mujeres, cambiará, es decir, que el sentido de correspondencia de los valores, en cuanto el deseo y el honor, en relación directa con el orden estamental de cada personaje y la subjetivación de éstas, se merma al tomar cada una de ellas la voz reflexiva y el control sobre  sus propias acciones y motivaciones. En el caso de Emilia será algo más complejo dado que en el segundo acto, una vez más, a fuerza de diálogos y descripciones de terceros, tal trastocación de los valores se despliega de manera más tardía, aunque desde los términos de una aproximación más en sintonía con su persona: el sujeto como objeto  se desplaza, ahora, a  un plano espiritual y pulcro que no flaquea en coherencia con su carácter integro. Además, tal construcción del sujeto portador de valores impolutos y válidos éticamente, se consagra aún más al estar en estrecha conexión social y familiar con personajes que reflejan comportamientos y principios  tan polarizados, en comparación a la naturaleza dionisiaca de la nobleza: el Conde Appiani y, su padre, Odoardo. Es por eso, que el carácter sumiso y endeble de Emilia a las ordenaciones morales y divinas no logra subvertirse en una voluntad autónoma y critica de sí misma, sino que, en la última secuencia, una vez desprovista de estas figuras de honor y frente al inexorable dominio del poder aristocrático y de su antojo hecho ley, es que toma un rol determinante y activo, diferente al sostenido con anterioridad.

    Por otra parte, a diferencia de los demás personajes, en ellas se evidencian los rasgos más marcados en relación a la virtud y al vicio, en tanto acepción del poder como seducción y de la avocación al deseo y la pasión; la aceptación del componente sexual resulta otro parámetro para el dinamismo del cambio de valores tanto de la burguesía y la nobleza. En un principio, a Orsina nos la presentan como una figura de temperamento histérico y de inclinaciones despreciables, bajo la mirada del Príncipe y del pintor. Luego, se revelará que este personaje comprende aspectos más complejos que un simple amorío olvidado  o la búsqueda inmediata por la satisfacción privada; no solo representa la aceptación de ese carácter sensual, sino, que ella es la conjunción tanto de una actitud de apertura y de comprensión en los designios del poder motivado por el deseo a la vez que el ejercicio de la razón y el intelecto necesario para poder llevarlo a cabo. Tanto así que poder reflexivo la salvaguarda de las maquinaciones y estrategias  sinuosas de Marinelli, aquel personaje que refleja el uso de la razón como instrumento del poder tirano, y logra ver  más allá del juego de la verborragia seductiva y de los modales que esconden motivaciones taimadas, lenguaje de apariencias de un mundo al que acostumbra. Además, Orsina es plenamente consciente de las apariencias protocolares y de las convenciones impulsadas por el vicio personal que comporta el mundo cortesano, como de su propio papel dentro de éste mismo. A pesar de su escasa participación, en el acto cuarto y primero, resulta de una intervención significativa, ya que dentro de su carácter, que a primeras instancias se la presenta dentro de la clave de la frivolidad y la apatía, su participación es crucial en la facilitación y reforzamiento de las convicciones ideológicas de Odoardo; a pesar, de ser la razón y la sensualidad en comunión, reconoce y, de igual manera, es solidaria con la naturaleza intransigente de la casta en oposición, de los principios que forman al camino del estrato burgués, regido por el decoro y la virtud. Dirigiéndose a Odoardo: “Lo veo en su semblante, digno y respetable. Usted también es razonable, pero con una palabra podría dejar de serlo” (Lessing, 1974:146). Ocurre en esa intervención que, como personaje resoluto y activo, la condesa moviliza la acción y la reversión de la puesta en escena, hilada con antelación por parte de las motivaciones de la nobleza, al interpelar a la templanza del padre burgués y a sus miedos, cuestión que devendrá en el cierre trágico por parte de su contraparte simbólica, Emilia.

    No obstante, la situación de Emilia que, en su desesperación al saberse capaz en algún momento de sentirse tentada por los mismos placeres terrenales y frívolos a los que toda su vida evadió, decide encontrar en la muerte una posibilidad de escape en detrimento a la seducción ulterior del mundo cortesano y de  sus propuestas, que no hacen más que implicar para ella la anulación de una vida de decoro y de honor; un grito de rechazo ante el yugo del poder: “La seducción es la verdadera violencia… Por mis venas también corre sangre, padre, sangre joven y caliente como la de cualquiera. También mis sentidos son sentidos”. De esta manera, su naturaleza sensual es descubierta y comprendida, pero no concretada y aceptada con el mismo raciocinio y carácter que Orsina, así mismo, pudiendo  al decidir finalmente mantener su ciega devoción en sus principios primeros y heredados. Heller reflexiona acerca del poder: “Hoy, no menos que en la época de Lessing, emergen situaciones límites en las que solo se puede renunciar al poder por medio de una muerte voluntaria. El suicidio es la única variante extrema de aislamiento” (Heller, 1998:164). La libertad y su elección, no recaen, para Emilia, en la asimilación de su aspecto sexual y pasional, sino en renegar de éste, y encontrar en la muerte una vía para mantener su honor o deberes morales intactos, hecho que implica en la renuncia de su vida, por manos de su padre cabe decir, con tal de que esta no se envicie con la ferviente seducción del poder tirano, a esa propuesta de perderse en la búsqueda del placer sin escrúpulos.

    Siempre es bueno rescatar las perspectivas de figuras influyentes en las dinámicas modernas de nuestra literatura, sobre todo, en el padre del drama burgués. Los sentidos que tomaban los vaivenes dinámicos que comprenden a las figuras femeninas más significativas en la obra, y cómo esta disposición de los valores se estructura sobre la clave de la pertenencia a determinado estrato social y la aceptación del poder, en el sentido de sensibilidad y seducción.

Bibliografía

Lessing, Gotthold, Emilia Galotti, trad. Jordi Jané. Madrid: Ediciones Cátedra, 1998.

Heller, Agnes, Iluminismo vs. Fundamentalismo: el ejemplo de Lessing. 1998

Emilia_Galotti_(acto_quinto,_escena_VIII)

De rencores y otros vuelos

Una súbita corriente de aire cálido llenó el silencio pulcro que descansaba en los pasillos, en la ausencia de cada cuarto, el crujir del piso. Desde uno de los dormitorios, envuelto en penumbras y sudor, un bulto se incorporó en el borde de la cama. Aún aturdido, su mano tanteaba entre los pliegues de la sabana como intentando dar con algo. Comprobó el interruptor del velador, pero éste se rehusaba a iluminar, acto que no hacía más que revelar la falta de luz en toda la casa. Suspiró largamente, y, puesto que el aire transitaba espeso y húmedo en el ambiente, de algún lado sacó un cigarro pero le fue tarea difícil encenderlo de entrada. Una lumbre y bocanada. Al fin, satisfecho, rescató de un tumulto en el piso una camisa arrugada y un holgado pantalón de jean para meterse en ellos e iniciar la jornada.

Entre bostezos y refriegues de párpados, tambaleó a lo largo de un corredor inundado de fotografías, una serie interminable de sonrisas y recuerdos que lo acariciaban desde tiempos irrecuperables. Así, anduvo sin andar hasta detenerse en seco, casi por instinto, sobre el umbral de una puerta que vacilaba entreabierta. La responsable era una brisa que burlaba las hendiduras de la persiana. Se quedó un par de segundos, inmóvil, contemplando el escenario que se suscitaba desde el interior. No se podía distinguir mucho, sólo las sutiles ordenaciones de luz que caían mortecinas, cortando en diagonal el aire en tinieblas, hasta finalmente reposar sobre la piel polvorienta de una cama doble. Por encima de todo, desde un retrato pendiente en la pared, se sugerían difusas figuras que coronaban esa porción olvidada de la casa. Él observaba impasible, o un poco dormido quizás, a pesar de la incipiente oscuridad, como si no quisiera perderlos de vista, como si aquellas caras sombrías pudiesen devolverle la vista. Suspiró una larga humareda y, sin temor a despertar a nadie, cerró de un portazo mientras seguía su camino por el pasillo. Al rato, más compuesto al refrescarse la piel, se encontraba con una botella de leche en sus manos. Cerró la heladera y notó un papel pegado sobre su superficie. En el pequeño trozo se marcaba una hora y un lugar. Una cuota de ofuscación se posó sobre su semblante. Después de un trago o dos, estrujó el papel con desprecio y lo arrojó contra los jeroglíficos en crayón y pintalabios que decoraban la pared de la cocina; seres traviesos, de otros tiempos, parecían haberlos dejado como alimento de nostalgias futuras. Luego, las botas, el tintineo de unas llaves y otra puerta cerrándose.

Afuera, desde el zaguán, la imagen era tan decadente y lúgubre como lo podía ser adentro: como si el cielo hubiese encadenado al sol en una piel de lata, renunciando a los colores y designios que animasen a una idea de vida. Desde el descenso de los primeros escalones, presintió que el aire plomizo parecía extenderse amenazante más allá del pueblo y la carretera. Era temprano todavía. Con firmeza, un repentino vendaval hirviente lo sacudió en su camino al garage, a la vez que desparramaba sus gruesos cabellos sobre las cuencas de unos ojos salvajes, casi punzantes. Al lograr refugiarse de la furia del aire, se subió sin dilaciones a una camioneta que seguramente habría conocido pasados mejores. El monstruo de metal transpiraba y emanaba polvo por todo su capote, tanto así que tuvo que tomarse un minuto para limpiar los cristales. Giró la llave y, después de algunos intentos, el motor se consagró en un rugido ronco, triunfal. Acto seguido, emprendió la marcha por un sinuoso sendero que culminaba en una amplia calle de concreto. Allí abajo de la colina, aquella bestia rodante simulaba ser el único signo viviente, únicamente disputándose el puesto con los volcánicos vientos que, con voracidad, reclamaban las calles y la quietud de los negocios cerrados. No había nadie a la vista, nada que se pudiera ver, sin embargo, a tráves pose podía intuir que no había pasado mucho desde el mediodía. Algo se batía en ese escenario peculiar de desolación, algo comenzaba a inquietarlo. Buscó sin mirar un estuche con Cd´s dentro de la guantera, puso uno de ellos pero esté se cortaba cada vez que pasaba sobre alguna imperfección del terreno.

Así estuvo hasta salir de los límites del pueblo, hasta que se le antojó probar con la radio: pudo notar que, al recorrer las estaciones del dial, la mayoría de los canales eran pura interferencia, a excepción de una señal que parecía emitir un mensaje apagado, uno que se repetía indiscriminadas veces. Las indicaciones cernían sobre caminos cerrados, algo de alejarse de las ventanas, depresiones en los relieves, de evitar las inmediaciones de la intersección de la 38 y quién sabe más, y, de ese modo, la voz clara y femenina terminaba divagando entrecortada hasta perderse definitivamente en puro ruido blanco. Aquel rumor seseante se le antojaba afable, en tal sentido que no se dio cuenta que fácil era dejarse llevar por la liviandad del acelerador. La ruta le pertenecía, era claro, por eso su atención era mínima sobre la piel de aquella, de ese camino que parecía extenderse infinitamente, cual la hoja cuchilla que violentaba sobre la tierra y los campos. Todo el escenario dispersaba una energía melancólica: el incesante mar que replicaba con descaro la piel lúgubre de su contraparte en las alturas, mientras allá bien bajo, llegaba el sonido de las olas rompiendo con rigor contras las piedras afiladas que decoraban la costa, mientras que del otro lado, una llanura de inmensidades doradas, entretejidas sin orden alguno por extensiones de maíz y soja que se perdían hasta llegar a los pies de una familia de sierras abismales, imbuidas sus cabezas por anillos una niebla espectral. En algún momento, al mirar por el espejo retrovisor, bajó su marcha. De repente, las raíces de una intriga se deslizaron por su rostro. Pues, se había percatado de unas manchas que resaltaban entre la opaca atmósfera. Limpió con la manga de su campera el retrovisor empañado, pero la imagen mucho no había mejorado, sin embargo, ésto no le impedía darse cuenta que aquellas lo seguían con ímpetu, llegando hasta él, el ruido de unos cascos que surcaban las hierbas y cultivos, bien rasantes al cerco de alambre de púas. Largo rato se habia distraido con esas anomalías musculadas,  inmerso estaba con el movimiento majestuoso de esas figuras, tanto así que frenó sin sutileza alguna al pasar al lado de un pintoresco lugar: una cafetería o algo similar, un respiro solidario de grandes puertas y ventanales que el asfalto cuarteado acorralaba contra el vacío de un  pronunciado acantilado. Dio la vuelta y, al echar un vistazo, no le costó encontrar lugar en el estacionamiento, salvo por un notable auto de corte ejecutivo. La ausencia se reproducía por igual en todos lados. Se detuvo, casi rozando la lujosa carrocería del intruso, y procuró un último vistazo hacia los interiores de la cafetería pero los ventanales solo le reflejaron el mismo abismo grisáceo detrás suyo, incluso se vislumbraban como fantasmas esos dos corpulentos cuerpos que lo habían acompañado desde los confines del pueblo, y ahora lo miraban del otro lado de un cerco maltrecho, relinchantes y curiosos. Sonrió como un niño. Acto seguido, ajustó el retrovisor hasta ponerlo en línea de su cara para limpiarse un rebelde rastro de dentífrico sobre la comisura de sus labios, y finalizó por acomodarse sobre la oreja unos mechones sueltos que bailaban sobre su sien. Con otro cigarro en la boca, salió enérgico hacia la entrada, como convencido, dejando por olvido la radio encendida.

Al atravesar la puerta una campanilla anunció su llegada. “¿Dónde estaban todos?” seguramente cualquier alma habría pensado al ver todos los rincones y asientos tan desolados como los paisajes anteriores. Sin embargo, notó en una de las mesas dobles, que daban de lado a uno de los amplios ventanales de la entrada, un portafolio de notable calidad, de forraje fino y oscuro, que resaltaba por sobre el tapizado gastado del asiento en el que se apoyaba. Se acomodó enfrentado al portafolio, prendió el cigarrillo y, entonces, posó su mirada a través del cristal. Del otro lado de la carretera, pastaban el par de jóvenes y magníficos potrillos las hierbas que bordeaban sobresalientes a la banquina. Parecía haberse quedado sumido en ese momento, al observar con tal intensidad y maravilla a esas tan inadecuadas manchas oscuras que resplandecían en galopes de jubilo y altanería, desafiando por igual a los vientos infernales, a la humedad soporífera, a la soledad pueblerina y sus derivas decadentes. Allá arriba, el firmamento revestido de lata, había devenido en un entretejido de nubarrones ennegrecidos, que dotaban la tierra y el horizonte de un tono grave y amenazante, como dispuesto a deshacer cualquier propósito, cualquier voluntad. Una sombra pareció eclipsarle el tenue resplandor que brotaba desde el cielo raso.

-Veo que seguís igual, pese a todo. ¿No aprendiste nada? Esas malas costumbres de ustedes…- interrumpió repentinamente una figura inadvertida. Al enfocarse en la fuente de esa voz, lo reconoció a medida que las manos de ésta última espantaba muy aparatosamente la nube de humo que flotaba sobre la mesa.

Se trataba de un joven que se erguía solemne frente suyo, con el peso muerto de su mano sobre la espalda de la silla, como expectante de algo, quizás de una respuesta mejor que el mero silencio de su compañero de soledad. Por contraste directo, era delgado y de complexión atlética. De su imagen se desprendía con facilidad un aspecto sobrio, correcto, la seguridad de que ningún detalle a la vista estaba dispuesto sin haber sido contemplado de antemano. Se movía con ligereza, se expresaba con suavidad.,

El sonido tenue de la lluvia se amalgamaba con la pantalla lluviosa de un televisor en la lejanía. Con un vago gesto le indicó que tomará asiento. En cambio, el joven sujeto lo observaba, con unos ojos que, contenidos detrás de unos marcos plateados, compartían la misma agudeza en su mirar; un vestigio salvaje. Por fin, se animó el extraño:

-Fui al baño a ver si estaba Nora, o alguien siquiera, pero no… nada.  Tampoco en la cocina hay nadie- mientras señalaba con un suave ademán hacia el espacio que comunicaba a los hornos con el mostrador y la barra.

-No te gastes, Nora ya no…- un estremecimiento pareció detenerlo-. Ahora se encarga el hijo del lugar.

-Ahh… ya veo. Lástima este lugar, no va a tardar mucho para caer en ruina en esas manos. Pobre Nora, que suerte con la de ese hijo- corrió el portafolios del asiento, y al fin se de dejó caer en él con cautela, mientras desabrochaba el botón de su saco-. Debe estar “ocupado”, atrás en su casilla, estoy segu…

-Basta ya, – proclamó con impaciencia- ¿para qué me querías ver?

-Eh… sí, bueno. No te preocupes, también estoy con el tiempo justo, por eso estoy de paso no más-. El hombre comenzó a buscar dentro del portafolio. Con una desesperante disciplina recorría con la punta de sus dedos un manojo de carpetas y folios, mientras era escrutado atentamente, desde el otro lado de la mesa. -Sabes, debería seguir viaje a la ciudad cuanto antes. En el camino me llamaron desde la oficina para avisarme que podrían cerrar la ruta en cualquier momento. A ver… ah, sí. ¡Sabía que estaba por acá!

Prosiguió sacando una carpeta de cartulina madera. En la cara frontal tenía marcado una etiqueta con un largo número que, apenas notarlo, hizo que sacudiera la vista de nuevo hacia el paisaje desalentador que se animaba afuera, como procurando perder su atención sobre la reciente estela de agua que descendía discreta sobre los campos ondulantes de estepa y trigo. Los caballos seguían pastando con total ingenuidad; seguían allí para él.

– Mirá, aunque parezca tedioso, el trámite es fácil. Pero eso sí, la sucesión es ilegítima si no se establece la voluntad de ambas partes. Acá traje toda la documentación necesaria; es una firma no más-. El joven de fino traje se delataba entusiasmado, sus cejas se le iban en ángulo, el movimiento nervioso de sus manos desentonaba con su discurso sosegado. -Después de esto no hay más que una notificación que seguro te va a llegar de acá a un par de meses. Pero, teniendo en cuenta que estos procesos llevan lo suyo, voy a hacer que en el estudio le den más prioridad-.

Algo audaz, le puso la carpeta en sus manos y, así, continuó ofreciendo detalles como si alguien del otro lado lo escuchara.

-Después en algún momento de la semana, la gente del banco te va a llamar para resolver un par de cuestiones más, son cosas menores igual… y entonces sólo queda esperar… a que todo… ey, ¿estás conmigo?

Pasaron unos segundos, que no fue más para ambos que un letargo desesperante. Alrededor, agua y viento.

-¿Sabes qué fue lo último que dijo el viejo?- preguntó en un tono parco, como quién piensa en voz alta y no espera nada más que el eco de sus recuerdos. -¿Podes creer que ni un día falté a su cuidado? Siempre con él, para él.

Apagó el cigarro en la borra de una taza usada y prosiguió, si abandonar con su mirada  el cuadro de tempestad, más bien, a sus compañeros lejanos, que entre juegos y saltos, sacudían sus crines ante la caricia de la garúa.

-En todos estos años, pesé al esfuerzo de subir esa colina, de volver a esa casa una vez más, de entrar a ese cuarto y notar que ya no quedaba mucho de él- su nariz se dilató en una sutil mueca de exaltación, imprimiendo en él un rasgo más intranquilo aún. Pesé a todo lo que fue de nosotros en esa casa, nuestra casa, y eso fue lo último…

El viento aullaba con más inclemencia.

-De alguna manera, es mejor que nunca hayas vuelto, si alguna vez te hubieras dignado a asomarte seguramente hubieras salido en lágrimas al verlo tan reducido a ese hombre, irreconocible.

-Espera- interrumpió el joven. -No tenías por qué quedarte a vivir todo ese infierno. Fue tu decisión . Desde el principio te dejé bien en claro que me haría cargo de los gastos, de todo lo que haga falta.

-¡No!- lo interrumpió agazapado con los nudillos sobre la mesa. -No te equivoques: puede ser que todavía no te des cuenta de lo que realmente hacía falta, de lo que resultaba necesario entonces. ¿Un enfermero, un poco de plata de vez en cuando? Eso era Acaso, ¿tanto te perdiste estos años para que ese apellido significase tan poco para vos? ¡Una carpeta solamente, tan solo una casa vieja y sucia!

-Ey, calmate. Ésto es lo que quería él, ¿o no te acordás? Además, te viene bien a vos también, te va ayudar bastante: no seas terco.

De un sobresalto se incorporó como una fiera, empujando hacia atrás la silla en el exabrupto. Sobre el cristal el repiqueteo de llovizna transmutaba en furiosos chispones de agua, que solo tendían a acentuarse más y más en violencia. Las muelas resonaban a través de su barba; las ideas no menos en su cabeza.

-¡Martin!, ese nombre gritaba delirando, a él lo quería ¿no entendés? Una visita siquiera, una llamada. Hasta el último momento nos reclamaba ese nombre.

Vendavales de agua se escurrían como piedras por los techos. Su inquietud se le comunicaba en el temblor de sus manos, en párpadeos irregulares se le revelaban ideas punzantes, una tormenta de emociones.

-“Martín”, balbuceaba cada vez que podía. No había día en qué llegará, y con los ojos perdidos en la ventana, me evocase ese nombre. Y pobre Nora; “¿Dónde está mi Martín?”, se ponía a gritarle, creyendo que se trataba de mamá. Y ella, con palabras pacientes, lo tranquilizaba cómo podía. ¿Qué se supone que le diría la pobre Nora? ¡Si ni a mí me reconocía!-

Y ese fue su único y último deseo, me dijo la cara pálida de ella, cuando llegué esa tarde a la estancia.

El del traje escuchaba, a veces con la mirada pesada sobre la alianza que relucía en sus manos, otras refugiado en las pequeñas letras de los papeles que sobresalian de la carpeta.

El calor era intratable, el respirar se volvió tarea ardua. Unos cables chirriantes serpenteaban en latigazos enérgicos por todo el estacionamiento.

-Se la pasaba mirando esa foto, entre gritos y balbuceos, que no cierren la puerta para poder ver a su pequeño niño, a Martín jugando por los pasillos. Martín… ¡Martín!

El joven de traje parecía contener con fuerza una tempestad entre sus puños, se aferraba a la silla mientras seguía escuchando.

-¿Su familia dónde estaba, eh? ¿Su preciado hijo? ¿Su Martín? ¡¿Me podes decir?!- seguía frenético.

Las luces comenzaron a fallar. Las palabras, en cambio, brotaron con más vigor, más vibrantes.

-Yo… no es justo… Yo siempre trate…- el joven masticaba una réplica.

Los dos potrillos pasaron volando muy bajo sobre el techo de la camioneta.

-Jugando a los coches de lujo, a los maletines importados, a la vida soñada en la ciudad, ¿no? ¡¿DÓNDE ESTABA?!¡¿DÓNDE?!- vociferó grave intentando imponerse a la naturaleza que los envolvía. ¡DECIME! ¿VOS DÓN…

No faltó mucho más, ese fue el último despojo de humanidad que se escuchó en el lugar. Porque las mesas y las sillas comenzaron a sacudirse, los objetos y la materia se convulsionaron; una atmósfera hambrienta los reclamaba sin piedad. Entonces, no llevó más que un manojo de segundos, para que el fervor de aquella ira fuera absorbido por el azote furtivo de toneladas de metal y viento atravesando el ventanal, tan solo un instante desprevenido para que aquel escenario se elevará por los aires en un increíble vórtice de escombros, agua y caos.

La tormenta cesó con su descargo. Como corolario de aquella, el gris de la tarde se tornaba en un rosa fulguroso cuando, sobre la base de un acantilado de rocas y musgo, un bote a motor hizo contacto con una vieja camioneta tumbada. Yacía semi inmersa en el agua, con la lumbre intermitente de sus faros, asemejaba a una suerte de astro agonizante refulgiendo con sus luces en la bruma desconsiderada del mar. Desde su cabina surgían unas voces que apenas sobrevivían al ruido de las olas arropandose contra las chapas retorcidas y los vidrios magullados. Más de cerca, resultaron no ser más que las palabras nacientes de una radio moribunda; un informe de noticias cualquiera:

-SSSS… LUEGO DEL TEMPORAL, SE DESCONOCEN AÚN LOS DATOS PRECISOS PERO SE ESTIMA QUE LOS DAÑOS MATERIALES DEL PUEBLO SON MINIM… SSSS… GRACIAS A LA RÁPIDA ACCIÓN DE LAS AUTORIDADES LOCALES Y LA GUARDIA COSTERA… SSSS… PÉRDIDAS HUMANAS NO SE REGISTRAN AÚN, SIN EMBARGO, ANTES DE EL ALERTA, FUERON REPORTADOS DOS POTRILLOS DE COMPETENCIA, PURA SANGRE ÁRABES… SSSS… ESCAPARON ASUSTADOS DEL RANCHO DE CRIANZA DE DON RI…

El lamento del viento se volvió más amable, llevándose consigo a las nubes que se retiraban en bandada; pues ya habían hecho demasiado. Ahora, el terreno sideral podía desparramarse en plenitud con sus estrellas por todo el firmamento nocturno. Desde el agua, los faros titilaron una, dos y una última vez, hasta que apagarse por completo.

-SSSS… PUEBLO INTACTO POR FORTUNA, SÓLO EL DERRUMBE DE LA VIEJA RESIDENCIA EN LA COLINA, CUYO PROPIETARIO, UN MIEMBRO DE LAS CASTAS FUNDACIONALES DEL CONDA… SSSS… FALLECIÓ EL MAYO PASADO… SSSS… SE ESTIMA QUE UN PAR DE PROYECTILES DE CONSIDERABLE VOLUMEN IMPACTARON CON TAL FUERZA EN EL TEJADO DEL… SSSS… AÚN SE DESCONOCE SI LOS PROPIETARIOS FUERON EVACUADOS AL IGUAL QUE EL PUEBLO, ANTES EL INCI… SSSS… EN OTRAS NOTICIAS, EL GOBIERNO HA DICTAMINADO NO CEDER ANTE LAS DEMANDAS DE LOS PRODUC… SSSS…

Ya no era posible más que la efervescencia del mar, hasta se podría jurar que no muy lejos de la costa, si alguien hubiese estado atento, unos relinchos conciliadores se entremezclaban con la armoniosa sonoridad que emanaba desde las ruinas del día.

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Dibujo: Lucas Capua

Mejor no hablar de ciertas cosas

Hace algunos años, un par exactamente, solía aprovechar las sofocantes madrugadas de febrero y salía a caminar, sin motivo o razón precisa alguna, por las tan difamadas veredas de mi ciudad. Tiempo después creí que todos esos paseos nocturnos se debían a una chica, o mejor dicho al adiós de aquella, pero no, no era así… No sé por qué hacia eso en realidad, era otra cosa, mucho peor que un simple desamor; siempre hay otra cosa asomando por detrás de una despedida. Tristeza o dolor sospechaba, pero, a pesar de todo, no era más que algo de angustia, eso era claro. Y lo podía intuir porqué, sabiendo que a mí nunca me gustaron las caminatas de ningún tiempo -me resultaban algo tedioso, una actividad relacionada a la gente mayor y gastada, un prejuicio infundado de aquel tiempo junto a docenas de otros- me pasaba como ahora, no podía contener el impulso de querer calmar algo que no sabia bien dónde ardía ni cómo podría hacerlo, solo necesitaba salir al exterior, creyendo poder encontrar alguna respuesta en algún escondrijo oscuro. Caminaba y caminaba sin un destino en mente, por la mejor y peor parte de la ciudad, esa de luces amarillas y antiguas, la de los pecados a flor de piel. Me había pintado la onda de la música clásica, recuerdo, y por ahí andaba: un flacucho en ojotas a las tres de la madrugada con los ojos vagos y puestos en nada y a la vez en todo, en ese acontecer de patrullas recaudadoras deteniendo motos e infelices en cada esquina, las plazas atestadas de bandas de indeseables reclamando a carcajadas y a botellas su lugar en la noche, las laboriosas chicas que pasaban desafiantes en miradas y piernas camino, con un hambre cazador, al viejo Oktubre, una luna que no se me mostraba por completo, que se refugiaba detrás de un edificio o nubarrón como escondiendose de algo, y todo esto mientras me endulzaban los oídos los suntuosos vientos y los compases de toda genialidad barroca reflejada en “Las cuatro estaciones” o, adecuado justamente para ese entonces, mi eterna “Moonlight sonata” -esa composición tiene algo, como un efecto extratemporal que nace desde el temblar de ese piano, sobre todo los primeros minutos, como si cada vez que la escuchara fuera la misma persona a través de los años-. Es gracioso si lo pienso ahora, resulta que era agradable toda esa escena; pensar, sin pensarlo, que quizás podía darle algo de clase a la decadencia de todos esos corazones que respiran brea y penares de todo tipo, que quizás ahí podría hacer algo y darle algo de control, de armonía, a tanta desesperación urbana. Todo el mundillo nocturno era visto bajo mis ojos o, a lo mejor, yo era visto por todo ese mundillo. Nunca importó, pues hay peores miedos que atender a los pavores que puede suscitar la noche, es más, de algún modo siempre me siento seguro caminando sobre sus horas; en sintonía, como un animal nocturno más. Todo esa sensación de pertenencia me calmaba de alguna manera, hacia menos insoportable el calor en la piel y el rugir en la cabeza, pero aún seguía sin encontrar lo que ignoraba buscar Una respuesta, una jodida señal que acabase con la inquietud que no me dejaba dormir, con esa pulsión que brota extraña y amorfa, y no hace más que amenazar con reventarme el esternón desde adentro -así a lo Alien-, y luego uno siente la necesidad de querer gritar, de querer putear, ganas ardientes de al menos poder matar o llorar un poco, de destrozar el mundo tan solo para aplacar por algunos segundos siquiera tanto anhelo de nada, tanta desesperación inconclusa y sorda. Eso ocurre… asi lo sentía muchas veces como ocurria en esas noches. No hace mucho, me di cuenta que todo esto sucedia cuando las ocupaciones de siempre se esfumaban o terminaban de repente, y así se comenzaban a ver otras relaciones e hilos detrás de todo, de los vínculos, de las estructuras inadvertidas, de eso que estaba ahí pero que hasta ese entonces había algo más brillante e inofensivo a lo que entregarle la vida. Comienza de nuevo el preguntar demasiado por todo y a la vez saber demasiado de nada, de sumirse en esas preguntas con las que te podes llegar a perder irremediablemente. Lo siento ocurrir pero ya no es tan grave, es un sin sentido que no muerde. Solo te sigue por dónde vayas, tanto así, que en cada regreso o en cada soledad, escuchas algo que resuenan sobre tus pasos, a veces puntitas de pie y en otras estampidas estrepitosas, y al darte vuelta no hay nada, solo aire y tiempo. Es curioso, el primer impulso al reconocer la angustia es enfocarse en la falta, de esas cosas que creemos necesitar o que nos gustaría tener en lo inmediato de nuestras posibilidades. Y es por eso que ante la mínima sombra de vacío ya salimos a vender nuestra soledad al peor postor o nos damos festines de bienestar material comprando cosas que nos acarician solamente por un ratito. Y aún más curioso: nunca encontré respuesta, en nada, solo impulsos de esperanza y promesas de aventura en nuevos besos y en rumbos desconocidos; entiendo que nunca la encontraré. Alivios provisorios que fueron necesarios remedos ante tanta incertidumbre vivencial; de los casos cuando el remedio fue peor que la enfermedad, a todo ese poso de incógnitas se ensanchó en una gravedad de nostalgia, en las ganas que me quedaron de algunas personas, en horas inciertas que quisiera repetir aunque ya no existan. Y aquellas caminatas, de Bach y de fieras crepusculares, fueron noches y noches que buscaba en el ejercicio de la reflexión, y algo más por la influencia de paisajes sombríos, respuestas que me indicarán cómo proseguir, qué camino tomar a continuación. Todo fue inútil sin embargo, solo obtuve un poco de aire en esos días… eso y que me detuvieran un par de veces por actitud sospechosa y una involuntaria pinta de skinhead por la falta de pelo, de todo. Acto seguido, a la semana, mi resolución fue tomar una oportunidad inesperada y, con bolso en mano y un par de promesas deshechas, partir hacia un nuevo comienzo.

Y ahora estamos acá, ante la misma pregunta sin final. La misma cuestión con la que todos cargan, pero solo algunos advierten. Y… pobres desdichados, ¡Qué lindo club éste, el nuestro! Miembro existencial de esa misma pregunta que suele aparecer ante todos, en la calma de la almohada, o en el miedo ante la pérdida, justo un instante antes de dormirnos o justo después de abrir los ojos y que la mente se ponga en marcha incesante. Y así andamos, sabiendo que es una fuerza difícil de domar la angustia porqué, si bien puede ayudarnos a entender las cualidades y los logros en los que estamos apoyados, también puede devorar tempestiva cualquier designio de confianza o la ilusión por el buen porvenir. Encontré una metáfora, es una mar de preguntas que nos moviliza hacia su oleaje implacable, y bien podemos pasar las horas intentando alcanzar tierras que nunca sabremos ver, o bien podemos confiar en esa estructura que nos da soporte y que nos llevará a un lugar mejor. Pero por más que crea entender cómo funciona todo esto solo soy un prisionero más de las vicisitudes de la existencia en general, un prisionero que solo sabe de qué están hecha sus cadenas, cuanto pesan. Es por eso que, por favor, no se extrañe nadie si el día de mañana vuelvo a escribir sobre nuevos nombres, sobre nuevos proyectos, sobre nuevos placeres y dolores, todo aquello es una maniobra inútil de saciar esa sed de respuestas. Nadie enseña eso, ¿no?, digo, en el colegio, entre algunas de esas materias de suicidio, o los padres también, en lugar de hablar de cómo copular o quejarse del presidente del turno, hacer un poco de filosofía barata y spoilearle la vida a sus hijos, que digan que siempre nos será la misma pregunta, en suspenso a veces y otras latiendo impetuosa, como fuego en las entrañas; desde la luz hasta la oscuridad siempre será un final sin fin. A veces flasheo e intento imaginar a un responsable ficticio de nuestro posible origen y de las circunstancias pertinentes a éste. Imagino que quién nos haya fabricado pusó la marca de la angustia como sello distintivo de la humanidad, como un limite para no desafiar nuestra finitud; y no hablo de una deidad o algo por el estilo, sino un sádico ebanista o escultor que estaba aburrido simplemente y quería ver qué onda con nosotros. Habrá dicho entre la nada celestial: “Che, Marta, vení. No, no es una boludes, dale vení. Escucha esto: ya pobré con los dinosaurios y viste que no salió muy bien, después con los hombres lagarto y se escondieron en algún lugar profundo de la Tierra, qué tal si ahora hago muñequitos, algunos feos y otros no tanto, pero aca está lo interesante, nunca van a saber muy bien por qué hacen lo qué hacen, quizás a veces cómo lo hacen pero hasta ahí no más, y entonces esto va a hacer que se muevan y que aprendan y que mejoren y que odien y que se crean dioses, que piensen que se enamoran y que aman como una virtud, y que sostengan tener control absoluto sobre el destino y de sus elecciones, que pretendan ser superiores a lo que los rodea, que hasta al mismo devenir estén confiados de resolver en el futuro con su insuficiente técnica, que le recen a trivialidades y se desmerezcan y envidien en los logros y las ganancias ajenas, que se masacren en innumerables atrocidades solo para que algunos vivan mejor a costa de la decadencia de la mayoría. Pero sobre todo, que la confusión sea la causa de todas sus acciones, y como efecto que sufran, y que estén solos en ese sufrimiento, y no sepan otra cosa más que intentar tapar ese dolor con cosas de falsa satisfacción e insustanciales, al no saber cómo comunicar ese padecer a la comprensión del entorno, al no saber detectar el dolor de la incertidumbre en la mirada vecina y así lastimarlos en un instinto animal de desesperación, y despellejarse así mismos, a cualquier atisbo de expectativa e ilusión, amedrentar cualquier pensamiento atrevido con comportamientos nocivamente conformistas, y vivir tristemente con un rastro interminable de los cadáveres de esperanzas y pretensiones que resuenan en ecos de reclamos y nostalgia. Y entonces… morir. ¿Ehh, qué te parece? Andá, poneme la pava por favor. Dale, haceme la gauchada mientras empiezo por el primero.”

Hoy en día, y por suerte o desgaste, el sentir de la angustia no es drama, es cosa de rutina, casi como un resfriado. Y no es para menospreciarla, sé que puede ser algo jodido de lo que arrepentirse si no se le presta atención, pero el tema es ese: hay verla fija y decirle: “Eyy, te veo”. Reconocerla sabiendo que aunque siempre esté y no pueda resolverse, va a calmarse tarde y temprano, y que no hace más que aparecer y desaparecer de vez en cuando. Hoy en día, ya no me creo una victima del mundo por considerar que mi angustia es mejor en su padecer que la del resto de los demás, es una más, es tanto como lo puedo ser yo. Sin embargo, tampoco intentó explicarla ni darla a conocer, no es necesario y si quisiera tampoco sabría como descifrarla para que alguien la comprendiese. Alguien prudente y sabio me aconsejó alguna vez acudir a un profesional, y muchas veces lo intenté con gente que creía tener cierto grado de entendimiento; nunca funcionó aquello. Al principio quizás, pero luego, después de que todo se vuelva a desordenar adentro, llegué a la verdad que cada dolor es único, cada punzada en el alma se sufre en colores indescriptibles en cada quién. Solo se puede arrimar a ese dolor distinto e intentar escuchar simplemente, tan solo estar ahí aunque cueste comprender la condena de quién te mira. Persistir en hablar de cosas dejadas de lado por conveniencia existencial, en todo eso que incomoda, apenas se ve  un poco más de cerca. Dar una mano de soporte sin dejar de atender todo lo propio. Intentar al menos, ya sea en caminatas solitarias o en el calor humano de abrazos hermanos o de sabanas desordenadas, encontrar respuestas aun si nunca se llega a una verdad satisfactoria.

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Dibujo: Lucas Capua

Amarillo para la ocasión

   Pero, qué increíble. Se debe sentir como el mejor ahí entre los autos y las motos. Jugando con el tiempo de los semáforos y el humor de la gente. ¡Uhh! Pensé que se le caía un aro, pero no. Un poco de suspenso no más. Ahí va de nuevo, ahora con cuatro. Siií, se nota… míralo no más, la tiene muy clara. Se le nota en la mirada cómo sabe entretener a un público que no desea más que escaparle a un día de furia: tan canchero jugando con la gravedad, manejando esos palos, o cómo quieran que les dicen. Increíble el pibe, un artista urbano. Y ahí está, caza el último aro en una picada imposible, una vuelta sobre sí y reverencia final, como si se consagrara ante la ovación de un público sacado del Colón. ¡Qué grandeza en esa locura! Ahora, ¿tanta seguridad puede brindar una vida bajo los semáforos? Después de todo, que sabre yo, debe de ser una vida digna desde sus ojos. Si lo pienso, al menos parece más sincera que la mía, eso es seguro. Será qie siempre me hubiese gustado acercarme a esos grupos como el suyo, desde que los veía parar en la esquina de la salida del colegio recuerdo, acercarme y pegar onda charlando y, con algo de suerte, me enseñarán piruetas y a hacer malabares y andar para todos lados y para dónde vayan y así, sentirme dentro de una familia que hubiese podido elegir, soñar un poco en mi falta de todo. Hubiese sido lindo llevar esa vida despreocupada, o a lo mejor no, pero por leo menos hubiese estado jugando y riendo entre caras amigas, pensando solo en hacer la plata justa, volver a casa y tomarme mi cervecita para dormir liviana y profunda, sin los pesos de siempre, esos como de tener qué fichar a cierta hora, o tener que recordar pasar un rato antes de la una, por la sucursal de la rotonda, para pagar el cable y el teléfono del mes pasado. Una sucesión de días anónimos sin obligaciones severas, una vida sin verdades significativas. Una hippie diría alguna tía cuadrada. Pero, que sabrán mis tías de la vida, ni siquiera intentaría entender que ese sería el único amor que quisiera seguir, revolear palos y hacer pirueta. Me da rabia pensar que voy de cabeza por ese camino, de domingos hablando al pedo de los defectos de la toda la familia y solo limitarme a que no quede con mucha mayonesa la ensalada de papa y huevo. ¿Eso serpa mi vida? Una tía tercamente solterona acosada por las versiones que no fueron de ella, enojada con el mundo y con la ensalada. Yo y ellas, ellas y yo, lo único que nos diferencia es que ellas no le escapan a las personas con las que decidieron lentamente morir. Un amor suicida hecho a la medida de una estúpida comodidad. No sé… quizás sea demasiado dura, aunque no quisiera ser como ellas, las quiero después de todo, son lo único a lo que le puedo llamar familia. Pero no, seguramente la pesada de Herrera, debe estar tramando alguna mentira cruel de por qué no fui a la oficina, me la juego que para a estas alturas haya logrado que la secretaria me esté llamando ahora mismo para saber si me paso algo; al final, nunca falté desde que entré a la empresa. Ni siquiera un parte de enfermedad o una licencia de maternidad, che. Siempre devota y firme, tan sumisa cómo lo puedo llegar a ser. Aagghh… qué decadente qué soy. Esa especie de devoción secreta por algo tan lleno de emociones y satisfacciones como lo puede un escritorio con la base vencida y tres paredes chotas. Creo que me sentí más hacia un avance estando acá arriba sentada, que en todos estos años contestando y llenando todos esos formularios y notas de depósito. Tal vez, estoy más dentro de la maldición familiar de lo que imagine; otro tipo de suicidio al que le digo amor. ¿Y por qué todo eso?, de ese miedo por salirme de lo normal, miedo por quedar por fuera de ese amor corporativo qué tan delicadamente me forme en este tiempo. Por qué simplemente no puedo amar un día de malabares y amigos bajo el sol. O peor aún, por qué pienso que el amor es algo que me hace falta. Amor: ni siquiera sé bien que es eso. Me habían vendido la idea de que esa forma de considerar el mundo era la única forma valedera de llevar a cabo una vida digna. “El amor te mejora… el amor te hace completa… el amor te hace más fuerte… el amor esto y lo otro…” ¿Y si no es así después de todo? Digo, todavía no lo entiendo pero algo hay dentro de mí que se delata, que sin razonarlo  necesariamente buscar enamorarse para sentirme plena, de tener que arrimarse al cariño de alguien más para no sentir tanta ruina alrededor. Pero, ¿quién dijo eso? Quién carajo de toda esta gente acá sentada, cree con absoluta fuerza en esta idea. Estoy segura que nadie. Quién puede aferrarse a esa idea por completo se merece un premio, o un lugar en un manicomio mas bien, pues seguir las reglas del amor y las relaciones humanas como una verdad inquebrantable es una locura. Los motivos del cariño son tantos y tan misteriosos que da mucha fiaca pensar en ello. Cada uno con sus moldes, creo yo. Es más, el amor mismo ya es un motivo por el cual se pude justificar casi cualquier acción, por más repudiable que parezca primera vista. O mejor dicho, un motivo irrealizable… Creo que es más bien eso; las personas necesitamos motivos y mientras más idealistas, mejor; queda menos culpa si no llegamos a concretarlos de la manera que los pensamos desde un principio. Supongo que para bien o para mal esa idea de querer es la que más tenemos incorporado en la cabeza y en el sentir, esa herramienta inestable que parece al alcance para encontrar algo de alivio, el remedio que nos hicieron tragar para tanta decadencia existencial. Un genio el responsable de todo ese juego, no, me expresé mal, un demonio quién haya diseñado tal aparente verdad de manera tan creíble, para que sobreviviera espléndida bien a los siglos y a las mentes de la razón, a todos esos infelices que sucumbieron al arrastre de su creencia. ¿Qué tanta verdad hay en eso, y porqué no puedo hacer nada? Tal vez, yo nunca sobreviví. Y qué hay de las otras verdades, o mejor decir, de esas presuntas verdades: del sexo y el placer, de la muerte, de la plata y la ambición, de la libertad, la soledad o, sin ir más lejos, del dolor . ¿Qué hay de todo eso? Si todo eso se siente en la piel y pesa en la mente, con peor o con la misma fuerza que creer querer a alguien, otra necesidad con diferente nombre, sin más. ¿Por qué tengo que ir encontrando a personas a las cuales amar, si ni siquiera nunca estoy segura cuándo o cómo sucede? Todos andan por ahí como si se supieran algo, como si a ese sufriemiento al cuál le rezan es el correcto y el más superior sobre los demás. Debo conseguirme uno bien rápido, un motivo para sufrir así no ando con este sabor de que me extirparon algo. Y peor aún, tanta sensación de vacio al balde, porqué ni siquiera sospecho cuales de todos esos motivos me guían verdaderamente en mis decisiones. Soy un desastre, debe ser la preocupación estúpida al ser mi primera falta en años, de salirme de vida ordenada y no llegar a una puta respuesta subida a este bondi y entre estos extraños que ya no miran, que parecen haber dejado de buscar sus respuestas hace tiempo… Uhh, no… encaró para acá. En serio, che, justo acá te tenés que sentar. Mirá que hay lugar de sobra en los asientos de atrás. Aaghhh… buehh… ¿En qué estaba…? Sí, bueno… quizás la verdad que ignoro es que no necesito la presunta verdad del amor para vivir, sobre todo no saber encajar en él. Si supiera qué razones son las que sigo ahora mismo, quizás tendría un lugar dónde poder refugiarme de todo aquello; pero, tan solo me quedan las razones de las que escapo, esas siempre son fáciles de entender. Me da curiosidad saber si éste pibe, que se acaba de sentar al lado, entenderá las razones por las cuales se mueve: me pregunto si está acá arriba para ir ver alguna noviecita o a algún familiar, quién sabe, o si irá a perder el tiempo con gente como él, a clones de personas parecidos en gustos y en cantidades de hormonas, qué no saben dónde ir. ¿Dónde ir, no? Quizás le agarró la locura, como a mí, y se subió sin pensarlo al primer colectivo que pasó cerca, y acá terminó… cabeceando de sueño sobre el hombro de una rubia avejentada en canas. Che, no te vayas a dormir ehh, por ahí piensan cualquiera y creen que somos madre e hijo. Sería tan ridículo. Pobre, de alguna manera me da cierta ternura; es muy chiquito… y feo. Tiene un aire parecido a él. Esa nariz sobre todo… esa curva peculiar que le amortigua de la misma manera esa mirada tan seria, esos ojos ensombrecidos. Aagghh. ¿Acaso tan chicos eramos? Y sí, lo suficiente para no preguntar demasiado. Cuanta confusión e ingenuidad, cuanta desesperación por llegar a lo qué somos ahora, y, sobre todo, cuanta decepción al llegar. ¡Qué lindos tiempos aquellos! Pobre chico éste, no sabe lo que se viene. La ilusión del avance le va a doler cuando se despierte que lo único que sigue adelante es la permanencia del día a día. Quizás deba advertirle, pues me hubiese gustado que una vieja en el colectivo me dijera de pendeja qué todo sería tan diferente a cómo lo planeábamos: advertirle que la ingenuidad es lo único que se va con el tiempo, y la confusión es la que siempre se mantiene igual. Así, intacta en los mejores casos, si es que no aumenta, al igual que las canas y el deseo por dormir un par de horas más; hace cuanto qué no me duermo mis benditas ocho horas. Me gustaría que la vida sea tan solo esto, de esas emociones inesperadas y frescas como cuando abrís los ojos tres o cuatro minutos antes que el despertador y sonreís bajo las sabanas por la pequeña victoria contra el tiempo, o, no sé… ,cuando te agarras el dedo chiquito contra la pata del algún mueble, y no sabes cómo racionalizar esa punzada de un mili segundo anterior a la puteada que se dispara dolorida, o de esos besos furtivos en mitad de la madrugada que nacen porqué sí, porqué se puede. No sé, cosas así que ocurren de un chispazo y hacia ningún pretensión trazada de antemano. Como una tarde cualquiera estar esperando el cincuenta y tres, en la esquina de Roma y Avenida Rivadavia, y, sin pensarlo demasiado, subirse a cualquier colectivo y sentarse sin razonar ese impulso desconocido en cualquier asiento libre y dejarse acariciar la cabeza con el viento calentito de la tarde. El por qué no puedo vivir con esa dignidad de perseguir otras verdades, es probable que nunca lo entienda: no sé, conseguirme un chongazo y verlo de cuando en cuando y así me evito tanto melodrama al pedo, o quizás meterme de lleno en la oficina, laburar como una perra y cuando junté lo suficiente me voy a la mierda de todo y de todos. Tantas verdades y motivos qué seguir y nunca aprendí cuales eran los míos. Parecida a no esperar nada al final de un día de mierda y tan solo ver una cara que deseas ver con todas tus ganas, y que con toda segurid—

   ¡AUUCHH! ¿Qué le pasa?, no sabe manejar el boludo éste. Uyy, no, me está mirando por el espejito, creo que se dio cuenta por mi cara… o será qué después de tratar tantos años con la gente aprendió a intuir lo que piensan. No sé, por las dudas pienso en otra cosa… mmhhh… ahh, no se me ocurre nada para despistarlo… mmhhh… Pfff, pero, ¡qué estupidez! Mirá si va a tener poderes mentales, apenas puede esquivar un bache, apenas parece más mayor que la bella durmiente que tengo al lado. Quizás es como dice Caro y yo tenga la cabeza atrofiada de tanto pensamiento al pedo. Tiene razón, y sobre toda de la manera simpáticacona cómo lo dice. Me pregunto si antes de irse la muy colgada habrá apagado el aire, como le recordé anoche. Me pregunto de donde sacará tanta motivación para tener siempre una sonrisa pegada en la cara; hasta me pone nerviosa tanta alegría permanente en ese cuerpito de muñeca. Nunca la vi quieta en casa, ni tampoco llorar, ¿en qué momento del día se angustia esa chica? Quizás me equivoque fiero y ya habrá llorado lo suyo en algún pasado que desconozco, de esas cosas que todavía no me confía. Supongo que habrá llorado tanto que ahora no puede hacer nada más que reír. Será ese el caso a lo mejor, llorar hasta el hartazgo y la sequía espiritual hasta que no hagan más que brotar carcajadas. No lo sé, lo mío diría que es a la inversa. Y seguramente se reiría de todo esto: del chófer que me sigue por los espejitos con esa mirada de ojete o del pibe que se está babeando sobre mi brazo. ¿Lo despierto?… No sé bien, me da cosa, parece cansado. Ella no lo despertaría, su peligrosa amabilidad no se lo permitiría. Lo dejaría tranquilo ahí aunque se le durmiese el brazo por el peso, aunque, para no sacarlo de su sueño, implicará que se le pudra en gangrena medio cuerpo. Un buen gesto, ella no sueña pero le regala una sonrisa a los que sí pueden. Eso sí, seguramente se mataría de risa la muy guacha, apreciaría la ironía de toda la situación. Ahora creo entenderla, quizás la única verdad a la que hay rendirse sea algo parecido a lo que se ofrece en todo esto, a esta falta de un destino seguro, a este abrigo inesperado de un día de calma y de sol. Es buena piba, de esas escasa “buena gente” que ya casi no se encuentra. Pobre, con la compañera con la que vino a parar. Me acuerdo cuando apareció, no hace mucho, con ese masacote de pelos sobre los brazos. Sino fuera que necesitaba ayuda con el alquiler, le hubiese cerrado la puerta en la cara seguro; Tobi, más problemas que compañía trajo ese perro… No recuerdo si le cambié el agua… ¿lo hice?… Ah, sí, sí, se la cambié. La manera en que lo quiere y lo mima pareciera que toda una maternidad estuviese contenida en ese cariño. Me hace acordar a mamá. La puedo imaginar ahora, ansiando llegar a casa para ver esa cara de nada, volviendo del laburo seguramente, contemplando el mismo cielo que yo. Pero, nunca en paz, siempre en movimiento. Pues, no se sabe con ella, si llega a casa para irse o si se va de casa para regresar. Debería casarme con ella y entonces me evitaría muchos problemas con todo, con los chabones, con la familia, con la idea molesta de llegar en la noche y no ver unas llaves sobre la mesa. Sí, podría hacerlo, no me costaría mucho fabricarme esa mentira, y así en las reuniones familiares quedar cubierta ante las preguntas de algún familiar choto, que cuando quiera indagar de más con un: “¿Y cómo está mi sobrino? Pero, qué lástima… ¡linda pareja que hacían juntos!”, yo contestaría: “Ahh no sé, no lo pude seguir en sus fantasías y lo dejé. Ahora salgó con mi mejor amiga, soy torta. Mírala, está ella riéndose de los chistes boludos del tío Antonio”. Sería hermoso verles la cara. Le pagaría lo que me pida a Caro si me hiciera la segunda en esa. Lástima, si la amistad solo tuviese ese aliciente necesario que cubre todo lo sexual, seria la interacción perfecta; aunque ni para amistad me gusten las chicas, lo consideraría seriamente… ¿qué mejor acuerdo social que ese?; un contrato que cubre el cariño y la satisfacción. O capaz puede que sea una cuadrada y sí, deben haber amistades que no se confunden en los limites ambiguos del amor y el sexo, y por ahí andan llevando a cabo sus formas perfectas en las relaciones personales, con la receta escondida solo para los qué no están contaminados. O yo sea una infradotada de espíritu y de mente, y no hago más que liarme con las personas incorrectas de siempre. Quizás yo sea la incorrecta. Cómo era… na, na, na, naah, naah, na, na, na, naah… ahh, sí…”Un cuore que no tropiece treinta y cinco veces con la misma piedra”… yo ya voy treinta y seis masomenos. Aagghh… si pudiera hacer como ella y empezar a reírme como una linda tonta, sería una mejora de seguro. Si fuera una cuarta parte de lo que es ella me hubiera olvidado de mí misma y habría dicho que sí, hubiera dejado que se me pudra el alma por no despertar a nadie. Quizás eso sea el amor, después de tanta filosofía de tardes amarillas, quizás sea tan solo cuidar del sueño de la persona que uno tiene al lado. Y ésta sí que es una linda tarde. Me gusta cuando el sol no tiene sabor a un aire de muerte sofocante y solo pica suave sobre la cara y los parpados, justo como ahora, con el viento de su lado, soplando todo mi pelo sobre la cara de la vieja de atrás. Será que si hago un poco de fuerza y entrecierro los ojos me pueda quedar aferrada a esta especie de eternidad, aunque sea solamente por un instante. Qué lindo poder sería ese, ¿no?: con el solo gesto de poner los ojos achinados, hacer que un momento sea eterno. Me imagino la ridiculez del asunto, pues,  la gente andaría por la vida con aires de desconfianza, así, mirando a lo Clint Eastwood en cada momento de dicha. Eyy, era un buen chiste, ¿por qué no te reís, chófer? La vida debería ser esto y nada más. Tan solo esto… y no todas las cosas que me vendieron todo este tiempo. ¿Cuantos otros deben haber por ahí afuera ahora mismo, con media mejilla y todo el pómulo entumecido contra el cristal, preguntándose todas estas cosas que vienen y van hacia ningún lado? Viajando en contra del aire fresco mientras se secan los ojos, ya me los imagino, sin pensar en amores con propuestas gigantes o en las cosas que no fueron y que piden ser o de no preocuparse de que el perro no haya masticado las plantas de la vecina de al lado o que esa chupamedias no le haya inflado la cabeza al supervisor de que me hice la boluda en el trabajo, que todavía no haya mandado la visita médica a casa y la vecin—

      Ufff, sí, sabes qué sí. Me molesta y mucho tener que cerrar la ventanilla. Córtate el pelo sino te querés despeinar. Lo peor de todo es que pensaba que era una vieja, y al final era bastante más pendeja que yo. Quizás tenga esperanzas después de todo, todavía tengo la vitalidad de querer hacer malabares en algún semáforo. Quizás, ni siquiera se habrán fijado en el laburo de mi escritorio vacío. Bahh, qué importa, si total nunca falte sin una razón justa que no me excusará ante la mirada inquisidora de la recursos humanos, de la víbora de Herrera. Además, seguro que Caro  me cubre en todo caso, algo inventará de porqué no estoy en cama o supuestamente moribunda. Cosa que no es mentira del todo porqué estoy enferma si lo pienso, ¡todos lo estamos! Arrastrándonos cómo podemos, solitos con nuestra fuerza moribunda para gastarla y dejar que muera en una promesa brillante venidera o en sueños que nunca terminan siendo los nuestros. Cansada, esa es la descripción en general. Al final, merezco reconocerme cansada, o ¿no? Por lo pronto, me creo merecedora de tumbarme en un quiebre moral y poner en suspenso todo mi mundo y, así, no pensar en nada. ¡En nada! No darle bola al hecho qué aún estoy a tiempo de arreglar todo a cómo era hace un par de semanas, aún sin estar segura de querer hacerlo; pero qué es lo que quiero es claro, lo entiendo de algún modo. Esto es, quiero tan solo esto; calma. Más bien es una cuestión del poder, de la incapacidad de no poder arreglar su mundo de sueños a los que no puedo abrazar con la fuerza que me piden que abrace. Futuro al que no puedo reirle. Ojala mi salvación descanse en ese simple acto, tan solo reírme y escaparle a esa tentación de complacer sus planes, de no escuchar esa culpa, esa culpa que me todavía me sigue, y sonreirle como una tonta despreocupada a este sol que me acompaña. Podes creer que nunca me fijo en el sol, siempre mirando hacia delante o a los costados y abajo, y lo único que me da un calorcito de paz en tanto frío de respuestas, es esa olvidada bola amarilla sobre mi cabeza. Perdón, siempre brillando y brillando alta y cálida sobre toda esta culpa… ¡La culpa! ¡Ahhhgg! Venia bien, qué bronca dedicarle un poco de pensamiento a todo esto… No importa, no importa… Uff… Está bien, está bien, mejor no pensar en nada, en cosas inofensivas solamente: como por ejemplo en todos estos desconocidos de viaje, en estas caras llanas y grises que obviamente se olvidarán de mí fácilmente para mañana, así como yo de ellos; o en las vetas residuales de lluvias que ya no existen sobre la ventanilla, el sucio vidrio y sus cicatrices; o de la marea de casas modestas que se suceden idénticas, una tras otra, salvo por algún que otro matiz de color que varia apenas bajo el sol, bajo una cortina dorada de luz, o del rugir calmante del motor, que murmura enojado dos asientos atrás, o del cielo claro y dorado y extenso… y profundo… y tan amarillo todo… ssss… tan amarillo… ssss… ssss… jjrrr… jjrrr… jjrrr… jjrrr… ssss… Mhhh… ¿queeé?… ¿huh?… ¡Ahh! ¡¿Quién es éste?! Ahh, esa cara, es el chófer… Sí, esta bien. Tiene razón, ya no queda nadie arriba. Ya sé, ya sé, es la última parada. Ya, ya me bajo. Encima se me durmió una pierna, al fin de todo, el brazo está bien. ¿Adónde habrá ido ese chico? Qué vieja que me siento, qué ridícula. Parezco mareada, parezco perdida. Estoy perdida. Necesito sentarme un rato. En qué momento se fue el sol… siento mucho frío. Debería estar volviendo ya, Caro y Tobi se deben estar preocupando. A ver, a este cruce lo conozco, ahí está la farmacia Stravi, el supermercado chino de la esquina… eyy, por acá pasaba el colectivo que me llevaba al barrio dónde vivíamos. Digo, a su casa. Es tan absurdo que asusta todo esto. Será que el inconsciente no hace más que jugármela en contra, o será mi propia voluntad que busca sincerarse. O será que todavía hay algo de tiempo quizás. Me pregunto si piensa lo mismo. No sé, cómo saberlo. Allá viene mi colectivo encima, mejor.  En un rato volveré a llenarme del buen humor de Caro. No estaría mal, hoy le toca cocinar a ella. Justo, el rojo del semáforo lo atrapó. Me pregunto si sera día de comida sana esta noche o me da el gusto y sale milanesas con papas rústicas. La luz parece que se quedó trabada, no cambia más. Me pregunto si algún amigo lo alcanzó a casa o si pasará por esta avenida en el de las siete menos cuarto. Maldita luz, quédate así mejor… Me pregunto si el supervisor se habrá agarrado flor de bronca conmigo por el faltazo de hoy. ¿Lo saqué afuera a Tobi antes de irme? Ese rojo quizás sea eterno. Me pregunto si ya habrá llegado a casa…

Me pregunto si será tarde.

 

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Fotografía: Alan Quiroga

Anhelo

Hay veces en la que pienso, me gustaría ser poeta, y entonces con el poder de la síntesis en el filo de mi lírica emotiva, agotar de sentidos a todas las cosas del mundo solamente con un puñadito de palabras.

O también, por qué no, labrarme una virtud de cuentista o novelista, y en hojas ficticias crear realidades mejoradas, y finalmente con esas historias felices y amargas lograr llenar tanto vacío de humanidad que nos rodea.

Quizás, forjarme el esmero de un pintor, y sobre el lomo de paisajes de amnesias blancas, amalgamar en colores y trazos la infinita inercia de mi sentimiento.

O, quién sabe, a lo mejor consagrarme como un refinado escultor, y con el pulso nostálgico de mi cincel, ya sea en la madera o en la piel, tallar mis mejores sonrisas y mis mejores lamentos, para cuando llegue el día que no me quede nada para mostrar mis creaciones reemplacen mi sentir.

Tal vez, me deba volcar en la intuición de un fotógrafo, y con tan solo un botón merecerme el odio del tiempo, al sujetarlo en hermosas eternidades, al doblegarlo a suspirar para siempre en sus mejores luces.

Nada es seguro, y en uno de esos giros azarosos, quizás termine como un músico tenaz, y con un componer escrupuloso, aliviarme de las horas de angustia o de euforia. Llegar a destilar tanto veneno de sentimientos nada más que en la armonía de una furia de compases y de notas.

No sé, con mucha fuerza, puede que un hábil bailarín, y entre series de pasos livianos y de vuelos audaces quizás despegar por un rato del acoso de la muerte y la razón, que a veces resultan ser lo mismo.

O acaso, un excepcional cineasta, y reunir en una edición exquisita todos los aspectos de la vida, ya sea el terror, el amor, el conflicto, el misterio, la risa, todas y cada una en correcta sincronía y en sus porciones justas.

Hay veces que me gustaría poder perderme en algunos de estos caminos, sino es que en todos. Y, quizás con la destreza necesaria dentro de sus normas, utilizar todo el vigor de los nexos alternos que ofrecen para socavar tanta sed de comunicación entre todos, para emparejar las voluntades hacia un mismo fin.

En el fondo de cualquier silencio, la única verdad que me sopesa es esa que me alegraría alcanzar si fuera capaz de expresarme mejor en mis modos y palabras, y entonces, con un poco de calma y casualidad, que supieras que ya no es necesario que nos distanciemos para nunca retirarnos a ningún lugar. Que quisiera dejar de buscar consuelo en el quizás y así abrazar todo lo que se puede construir ahora mismo, con tan solo un chispazo de entendimiento. De ya no querer nada más, que quizás tan solo hablar, y ni siquiera eso.

Y por ahí se van todos esos caminos, por ahí despacito se va mi anhelo.

 

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Fotografía: Alan Quiroga