Refugio

Yo sin refugio

y las nubes se amotinan en lo alto.

Espeso en su reclamo eterno,

el cielo refunfuña una vez más,

sobre un páramo de gente,

 de paraguas ingenuos;

gente que desconfía.

Desconfiando se arriman

y no se miran:

de escaparates y garitas,

de albergues de lata y de vidrio,

de escondites descartables.

Millares de piernas plenas,

en un traqueteo de manía hormiguera,

que siguen mirando

o esperando;

y yo sin refugio.

Abajo la voluntad ya no es espasmo,

la acción se torna contemplación,

y arriba…

el cielo se calla

una dulce devastación.

Epifanía de agua:

el paisaje transmuta despacio,

en una acuarela inconsistente.

En el aire la máscara liquida

se posa por encima del latido urbano,

sobre mí y sobre todos

Yo sin refugio

y la taquicardia industrial adolece.

Es un universo de cuerpos de agua

acontenciendo durante la eternidad de un vértigo:

cuerpos en erráticos espirales

bailan y se unen y se repelen,

y precipitan sin control,

hasta fallecer,

sin saberlo, sin certezas

sobre un mundo de otros cuerpos,

también sin certezas.

Sobre un mundo de gente y de paraguas,

 sobre gente que solo desconfía:

de los que no beben,

de los que no maldicen,

de los que no creen.

Un mundo replegado de refugios,

y sin embargo,

yo sin alguno.

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Fotografía: Alan Quiroga

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