Tinta por tinta

La arenilla del pavimento se sentía crujir suavemente bajo el marchar incesante de Teo.  A excepción de ese sonido, junto a una voz que lo acompañaba a su espalda, el mediodía transitaba tranquilo por todo el barrio. Atrás, parado en los pedalines, Adrián leía, a veces en serio, a veces con tono chistoso, líneas y anotaciones de un libro de cuentos que sujetaba con cierta dificultad en el ajetreo. Aquel relucía un encuadernado carmesí, y además era imposible no notar una etiqueta enorme y gastada que se imponía sobre gran parte del del título así como del autor . Entre los dedos nerviosos de Adrián, era visible en ella una caligrafía de formas mansas e impecables, revelaba: “Este libro pertenece a Eduardo Santoro”. Eduardito. Una carcajada al unísono estalló en ambos. Animo que se trasladaba a la travesía al colegio, pues a pesar de haber estado pedaleando en subida todo el tramo desde la casa de Adrián, no se hallaba esfuerzo alguno en su semblante. Teo sonreía. Parecía estar a gusto con las bromas de su pasajero que contribuían tan bien con el aire amable que ofrecía la carretera. Así, mientras Adrián le explicaba qué partes del libro entraban en el examen según las notas del dueño, éste comenzaba a percibir que el camino volvía a nivelarse. Al fin, el cosquilleo conocido que anticipaba la estrepitosa bajada hacia el pueblo. Así, en seguida que el panorama se volvió a abrir  mucho más allá de la serpiente de macadam y arena notó cómo se vislumbraban las formas y los relieves de las casas y los escasos edificios entre el difuso horizonte. Ambos ya comenzaban a adentrarse en ese mambo contemplativo, ambos ya se disponían a dejarse llevar por la gravedad. Fue entonces que ambos lo notaron. Teo tragó saliva. Los muslos le habían trabajado tan ligeros y, sin embargo, ahora comenzaba a respirar algo más agitado. En el medio de esa alegría incomprendida, del terreno se recortó la figura de un armatoste que rehusaba a reflejar el brillo del sol. Su tonalidad mortecina y ausente de color contrastaba tan fuertemente con la placidez del entorno que parecía como si la noche misma se había olvidado una de sus sombras aparcada justamente en la quinta del comisario. Sin dar explicación alguna, se desvió por una calle de tierra, dejando la opción del camino rápido atrás, junto con aquel automóvil. Adrián se había dado cuenta de ésto. Seguir por el arroyo tomaría media hora más al menos. Así, antes de escuchar el rumor de la corriente, le preguntó a su piloto qué era lo que buscaba al doblar por ahí. Pero éste no respondió, solo se incorporó sobre los pedales y comenzó a descargar todo su peso sobre ellos. Cada gota de esfuerzo en su cuerpo parecía estar enfocada en alcanzar un montículo de tierra que se avistaba al final de la calle, dado que después de aquel el brazo del arroyo lo interrumpía como un abismo de agua. Otro más de sus saltos. En el contacto de sus pies, percibía el quebrar de la furia metálica de la cadena, del cuadro, del piñón haciéndose chispas. Tanto así que apenas escuchó la advertencia de su capitán enfebrecido. Faltaba poco. El aire empezó a cortarse en velocidad alrededor de la bicicleta, el zumbido del viento se agudizaba en sus oídos. Casi de la nada la nave rebosaba de impulso. Al fin y al cabo, era mejor dejar de persistir en cualquier búsqueda de razón. Ya era tarde. Y, justo antes despegar de esa improvisada rampa de tierra, como si se tratase de un acuerdo silencioso, cerró el libro como pudo, y solo se limitó a agazaparse a los hombros de su amigo. Luego, el suelo fue tan solo agua. La energía de la carrera fue tanta que todo apuntaba a que volverían a sentir la misma eternidad en las entrañas hacerlos despegar del mundo; tanta eternidad y sin embargo faltó solo un segundo para que ambos  se dieran cuenta que otro vértigo los había poseído. En ese instante, entre las piedritas y el agua, una pequeña sombra jugaba en la orilla. Teo ni siquiera tuvo tiempo de maniobrar. La bicicleta aterrizó aplastante del otro lado, por encima de un algo que cedió mucho más blando que la superficie habitual. Un quejido sordo, hueco, que los arrojó dando vueltas por los pastos y un zanjón aledaño. Tanto así que una leve pantalla de polvo se había levantado alrededor. Teo había caído en un zanjón seco. Apenas, intentó reincorporarse un dolor e pulsó en la muñeca. Un poco más lejos, mientras se sacudía el guardapolvo a manotazos, Adrián se levantó rápidamente entre yuyos y cardos muertos. Con sus mangas sueltas intentaba crearse algo de visibilidad entre la polvareda de tierra y de las páginas sueltas que revoloteaban por todos lados. El libro se había hecho pedazos. Su mirada ya se había pronunciado en cólera cuando al fin llegó a localizar a su amigo trepando a duras penas para salir de ese surco de tierra agrietada. Sin embargo, el calor de su rabia se retiró de inmediato cuando vislumbró, al borde de la corriente, un bulto desplomado que parecía casi no moverse. Se acercó algo temeroso a esa figura en el suelo, no tardó en seguirlo Teo. Pero de aquello se arrepintió de inmediato puesto que cuando los dos pudieron acceder con detalle a ese horrendo espectáculo que yacía ante sus pies, en ambos rostros pareció brotar la misma cuota de desesperación.

Aquella sombra de antes, ahora tenía los ojos completamente abiertos, desorbitados. Miraba absorta el cielo como si algo de sí misma se le escapara por entre las nubes. Sobre sus zapatos, una botellita de plástico con piedras brillantes y de diferentes formas, se habían esparcido y apuntaban a rodar con el flujo del agua. Algo no andaba bien, esto no podía estar pasando. No podía. Pero la realidad era implacable y los anclaba de lleno en ese fragmento excepcional de tiempo. Entre maravillados e inútiles no podían comprender aún que desde lo terrible que implicaba escena actual, algo todavía más amenazante se escondía entre los síntomas de la superficie: más allá de los saltos convulsivos que sacudían ese cuerpo, de los movimientos erráticos que lo hacían arquearse cada vez en imposible ángulo; más allá de los soplos de aliento que regurgitaba cada vez que abría la boca como un pescado; más allá de la protuberancia que se le marcaba sobre las dimensiones incorrectas de un cuello ennegrecido. No. Teo, más que Adrián, sabía que siempre hay consecuencias al ir contra la sabiduría del barrio, contra las leyendas y las costumbres. Y esa tierna sombra ahí tirada era una consecuencia. La misma que habían visto infinidad de veces a las puertas del colegio, en cada timbrazo, tan sonriente y alegre al bajar y subir a su antojo por un automóvil oscuro, gigante. Y no todos podían decir que volvían a bajar una vez que subían.

Adrián miró hacia los alrededores pero no había nadie a la vista. No había testigos, ningún auto que se ciera aún; solo ellos. Sin darse cuenta, notó que Teo se había alejado de su lado, y ahora se encontraba arrodillado al lado de esa figura que amenazaba con apagarse con cada suspiro. A diferencia de Adrián, se hallaba mucho más preocupado que curioso. Sin decir nada la miraba bajo de él. La recorría sin tocarla con sus brazos temblorosos en el aire, como si quisiese de algún modo aliviar un sufrimiento que no veía pero que sabía con cruda certeza existía dentro de esa pequeña carcasa. No era de gran ayuda, y algo había que hacer. Solo meneaba la cabeza, a la vez que los ojos se le iban en ella en cada movimiento convulsivo. Las lágrimas resbalaban sin esfuerzo por su gesto de piedra. Teo ya no reía. Por su parte, Adrián retrocedió unos pasos y levantó la bicicleta para comprobar su estado, no sin antes casi amenazar a su amigo de que no se animara a tocarla por nada del mundo, que ni siquiera le hablase. Creyó que ese aviso había sido suficiente; creyó. Pues, si la bici todavía andaba lo suficiente quizás se podía encontrar un doctor o algo parecido en el pueblo. Por suerte estaba impecable pese al accidente, hasta le pareció que el croma era más deslumbrante bajo la luz de sol que estaba más alto que antes. Solo una torcedura en una parte que no entendía si debía ser así o no. Dándole vueltas a esa cuestión lo sacudió un chillido bestial, atravesando su frágil compostura como un rayo de hielo. Menos mal que le había dicho que no hiciese nada. Al darse vuelta se encontró con el panorama de pesadilla. La sombra se había aferrado como una fiera a la pantorrilla de aquel idiota. En el proceso, lo había tumbado y parecía querer arrastrarlo más y más a medida que se sujetaba con más rigor a sus piernas de atleta. Sin más, Teo miraba paralizado, sus ojos se habían vaciado de cualquier vínculo con la realidad. Ya no había fuerza en él, solo de dejaba llevar por esos incomprensibles reclamos que se aferraban a sus vestiduras. El ruido del agua fue desnivelado por gritos de alarma. Adrián largó la bicicleta y antes de sucumbir a la oleada de pánico que suscitaban aquellos alaridos delatores, abrazó el último rastro de racionalidad que aún tenía. Casi de un salto, se apresuró a taparle la boca, con los pliegues de su manga, pero la cabeza se le escapaba en el intento. El esfuerzo resultaba mermado ante el instinto sin control de la mandíbula poseída por la fuerza de un sufrimiento frenético. Un rumor mecánico comenzó a toser desde la no tan lejana carretera. Su calma ahora se deshacía también, del mismo modo que las carcomidas mangas de su ropa que dejaban escurrir una sinfonía de dolor por entre sus pliegues. El llamado estentoreo les llegaba más grave, más intenso. Teo se volvía más ausente, más inútil. Entonces, en pleno horror, se percató los restos del libro y de sus cuentos esparcidos por todas partes. Eduardo… ¡Eduardito! En el mismo momento en que su mente evocó aquel nombre, el instinto ya le había tomado la delantera a su reflexión. Ahora, de aquellas fauces, que instantes atrás reclamaban un trozo de salvación, un puñado de hojas empapadas en polvo y tinta la aquietaban por completo. El tiempo se había detenido, el sol también. En algún momento, la sombra se había apagado. Cuando nuevamente comprendió todo, de la carretera no se percibía nada más. A Teo tampoco. Solo el lamento del agua abrirse paso entre las piedras.

No habían llegado tarde pero de todas maneras Adrián desplegó un manojo de disculpas ante la profesora de Historia. Un problema en el camino… la bicicleta de Teo… nada grave… no volvería a pasar. Se acomodó en su asiento habitual, pero Teo no lo hizo. Ignorando las canalladas de siempre y los saludos de sus compañeros, siguió en silencio hasta uno de los asientos vacíos del fondo. Estaba callado. Ni siquiera había salido al recreo, ni siquiera lo miraba. Incluso, al momento del examen, solo él y Eduardo se habían quedado hasta el final. Solo uno de ellos había entregado en blanco la hoja. Únicamente se animó a acercarse cuando vio que estaba por desaparecer a la salida del colegio. Lo divisó en los postes desatando su bici, cuando al momento de haber encarado  para la calle de repente paró en seco. Algo más allá de él, se podía ver un gran auto oscuro que, como una sombra entre todos, se deslizaba con una paciencia impune entre los padres de los chicos; entre la vida. Un contorno animado que en contraste amenazaba con tragarse su reducida silueta inútil, con su estúpida bicicleta y todo. Los rebajes de su potente motor rugían como si buscará algo entre la multitud, como si supiera. El ruido parecía no querer dejar de violentar la calma de ninguno, de nadie. Solo una vez que ya no se entrevía la fuente de aquel en el portón de entrada fue que la alarma en el aire se apaciguó con horrenda lentitud. Para cuando el monstruoso ruido se había esfumado, Teo ya no estaba.

El fin de semana llegó, y en la mañana del sábado su amigo no apareció como solía acostumbrar. Adrián se había quedado todo el resto del día esperándolo en el bosquecito; el cuartel principal de sus planes de sus travesuras. Pero fue inútil. La noche principiaba a imponerse sobre todo el pueblo y de ese modo supo que debía volver. Mamá se ponía nerviosa apenas oscurecía en el barrio, y con más razón todavía, aquella tarde no cesaron de sonar sirenas prófugas del pueblo. El domingo, lo mismo. Pasó temprano por la casa de su Teo, pero las persianas le indicaban una ausencia de todo. Luego, probó suerte en el pueblo, por las canchas del club, en el bar de Julio pero en ninguno de los tugurios usuales estaba tampoco. Alguien dijo que salieron para pasar el día en el club del sindicato o algo parecido. Otro le advirtió que tenga cuidado si andaba solo por la autopista. Afortunadamente, llegó el lunes. Otro día de clases. El timbre de la una tocó y todos comenzaron a llenar el aula. Las voces animadas de los compañeros tardaron largo rato en acomodarse. Solo se aquietaron por completo cuando la voz carrasposa del profesor comenzó a pasar la lista de apellidos. A continuación, un silencio de monasterio había inundado la habitación. Adrián irrumpió justo cuando dos letras antes que él. Hacía tiempo que no tenía que tomar el colectivo. Sin hablar, el profesor lo fulminó con la mirada Tanto así que, sin pensarlo, se sentó delante de todos. Estaba justo delante del pizarrón, ocupando un asiento que no debería estar vacío. La figura en frente seguía atento a él. Hasta que al fin como una orden militar pronunció, “Falcone…”, “¡Presente!”, casi rogando respondió Adrián.  “Por esta vez se la dejo pasar”, concluyó la voz. Asintió, Adrián, para luego suspirar bien ondo con su portafolios aún en sus brazos. Los nombres siguieron su curso. Marini, Teofilo… Marini… La semi constancia de su presencia apenas se escuchó murmurar desde el fondo. ¡Era Teo! Se alegró tanto al escuchar el susurro de su amigo, que sentía una urgencia incontenible de darse vueltas y saludarlo al menos. A un metro, la voz grave siguió exigiendo confirmaciones bajo el pizarrón polvoriento: “Presente. Acá. Presente. Presente. Acá. Presente. Presente. Santoro… Santoro… Santoro, Eduardo… Está ausente. ¿Ausente?”. Todos se miraron con cierta inquietud. Eduardito ya no se ganaría la medalla de asistencia perfecta después de todo. Una avalancha de risas y de alboroto colectivo se propagaron a lo largo y ancho del salón. Todos, salvo Teo, que se había incrustado dentro sus propios hombros y amagaba a tornarse tan blanco como el guardapolvo que llevaba. En ese mismo instante fue la primera vez que dirigió su mirada hacia Adrián desde la tarde en el arroyo. Tenía la mirada como torcida, deformada. Ambos permanecieron ajenos al barullo y sin hablar compartieron la misma e intima revelación que terminó por resquebrajar algo . Adrián lo supo entonces. El libro de Eduardito había quedado en el arroyo. Teo se desmayó y pasó toda la jornada restante en la enfermería. Un rato antes de terminar el último recreo, pudo ver cómo aparecieron los padres de él y se lo llevaban. Mientras él los esperaba sentado fuera de la dirección, Adrián lo veía desde la distancia. Solo se animó a levantar la mano para saludarlo. Pero aquel siguió con la cabeza anclada sobre el piso. Luego, se abrió la puerta y sus padres salieron. Esa fue la última vez que Adrián lo vio.

El timbre sonó de repente. Adrián estaba en la puerta del colegio y mientras veía a su hijo desaparecer entre los demás niños, intentaba recordar cuándo fue la última vez que había visto a Teo en ese otro lugar de antaño. Su frente se arrugaba en el intento pero aún no lo sabía con exactitud. Pensó que quizás en cualquier momento lo vería bajarse de su reluciente nave, como entonces, para aterrizar con ese encanto de atorrante frente a las porteras y comprarlas con algún piropo de bolsillo quizás. Después de todo, al fin lo vería. Un bocinazo atrás lo despertó de su trance nostálgico y entonces volvió a poner primera. Distraído en sus pensamientos bajo de la autopista, y en un momento ya estaba ahí, detenido en los límites de los suburbios de la ciudad. Bajó y, al acercarse a la iglesia, fingió estudiar las formas del amplio vitral que se alzaba debajo del campanario. Desde lo alto estaban mirando. Finalmente, suspiró y cuando tocó el pasador, una señora salió en lágrimas por delante de él. Detrás una pequeña niña en trenzas, que la seguía sin entender muy bien la situación. Intentó recordar pero sus caras le resultaban desconocidas. Al atravesar el umbral siguió por el corredor principal. No supo si el puñado de personas que conversaban al lado de la máquina de café era por su amigo o si quizás por algún otro infeliz de la sala contigua. De todas maneras, sobriamente saludó a los visitantes y siguió por la puerta del fondo. Más adelante, no quiso interrumpir a otro solitario, que leía el diario en una esquina, bajo unos lentes de sol. No bien arrimó la puerta sintió como el silencio atroz del salón se le antojaba más y más pesado. Irremediablemente el panorama era desolador, aún más, al notarlo aguardando sobre una elevación en cuanto a la hilera de bancos Se acomodó la corbata, y emprendió paso tras otro, notando en el proceso que el cajón era simple y sin muchos adornos. También, junto al cofre mortuorio, el retrato de un extraño cobraba nitidez ante la poca luz que entraba del tragaluz. La puntada de un recuerdo comenzaba a vaciarlo. Una sobredosis recordó haber leído en la carta del abogado. Un frasco de pastillas y mucha velocidad. Se quedó largo rato mirando la fotografía frente suyo. Nadie entraba. Intentó llorar, pero no pudo. Solo podía escrutar con atención los rasgos de la cara que proponía ese vestigio de recuerdo detrás del cristal; pero la sonrisa era otra, la mirada era otra. Daba igual que el cajón se hallase cerrado o no, de todas maneras no lo reconocía en la sombra que proponía esa foto. Teo se había ido un viernes al cruzar ese arroyo. Luego, se vio murmurando unas palabras caducadas y decidió mejor esperar afuera. En su regreso al corredor del velatorio, notó que ahora estaba vacío. Ningún familiar había aparecido en las dos horas que aguardó entretenido en su reflexión melancólica. En un momento, sintió la boca como un desierto. Entre tanto se servía un café de la máquina, el conserje del lugar se acercó y le hizo saber que faltaba algo de hora media más para el entierro. Bueno, había tiempo suficiente para pasar por casa, ir a buscar a Benito al colegio y después volver. Terminó de un trago lo poco que quedaba en el vaso y salió por la puerta que daba a los panteones. Delante suyo pasaban los testimonios en piedra de personas y nombres que quizás podrían haber sido semejantes al trozo de vida que no conoció de su amigo. Llegó al estacionamiento más cansado. Y, en aquel momento, al sacar las llaves de su saco, el aura estática del ambiente se quebró ante un alboroto alarmante. El ruido lo sobresaltó. Se trataba de un automóvil negro. Con una lentitud de estruendo se deslizaba por detrás del lejano enrejado, allá bajo las sombras de los árboles que envolvían la calzada. No le resultó extraño no haberlo visto entre todos los demás modelos. Sin más, algo en su marcha monstruosa trastabillaba a gritos con cualquier intención de entendimiento. Adecuado en lugar, pero no en tiempo. Adrián lo siguió con la vista hasta que se perdió por la subida de la autopista. Las llaves ya no estaban en sus manos.

Al llegar a su casa, se tropezó con la alfombra del jardín que se hallaba desordenada. Suspiró algo ofuscado y cerró los ojos. Otra vez, Benito. Siquiera entró tanteó la heladera para masticar algo que había sobrado de la noche anterior, se duchó rápido y, más relajado, se sintió algo más disperso para intentar recordar cuanto había pasado. Y en eso pensaba cuando, al regresar a buscar las llaves a la cocina, mirando sin mirar, notó con el rabillo del ojo algo que resaltaba por entre la penumbra del cuarto de Benito. Volvió un par de pasos y encendió la luz para ver lo que reposaba sobre el acolchado a cuadros. Un libro de cuentos: uno muy maltratado por el fluir del tiempo. Lo levantó y abrió sus páginas machucadas de humedad y mugre. Un aroma familiar lo hizo vibrar de una sensación escondida. Y fue que, a la vez que el aire ya comenzaba a faltarle, terminó de descubrir a lo largo de su encuadernación carmesí una gran etiqueta enorme y gastada. “Este libro pertenece a Eduardo Santoro, el libro recordó por él. La fuerza abandonó sus dedos, y siendo así, en un ruido sordo la gravedad reclamó al objeto contra el suelo. Ahí mismo sobre la alfombra aún seguía latiendo aquel nombre tachado. Solo que ahora era posible notar una caligrafía de formas agresivas y rencorosas que corregía debajo de la vieja inscripción: “Este libro pertenece a Benito Falcone”.

 

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