Puerto Madryn, febrero de 2018

Caminar era salir de mi pequeño escondite por la calle España que se alarga visiblemente hasta el mar y hacia el horizonte. Tomar vino en la playa dejando que pase la tarde mientras todo se va llenando de sombras , la visión se nubla y mi cuerpo se relaja mirando las hermosas chicas pasando. Deseando sus cuerpos sentado en la arena bebía una botella alargada de vino dorado pálido como las piernas de esa piba que conocí en el Teatro del Muelle la noche anterior. Estaba sentada, esperando a que den sala, fumando sola. Su rostro de virgen selk’nam se ocultaba apenas detrás de un flequillo perfectamente simétrico. Me senté a su lado y le pedí fuego sin dejar de mirarle la cara. Detrás nuestro: la faz serena del mar dócil. A la vez quieto y la vez continuo en su avance-retroceso.

La obra terminó y fuimos a sentarnos en la arena, muy cerca el uno del otro. Casi podía sentir su respiración cálida en mi boca. Alrededor nuestro: el incesante viento y la obscuridad de la noche le ganaban a las luces de Puerto Madryn. Durante horas siguió. La sacro-santa conversación con mi hechicera ona. Cruzó a través de mí. Eran oro sus palabras que me llenaban y me envolvían. En ese confín austral del planeta. Omnipresentemente pude sentir o imaginar lo que nos rodeaba: las aves muertas en la arena, una fogata ardiendo en algún lugar del desierto, las borradas marcas del primer hombre que piso esta arena,de la primera mujer que se sentó frente a este mar tranquilo.

Se hizo tarde y de a poco iban apareciendo las primeras parejas que volvían de los boliches caminando por la playa. Algunos se acercaron a nosotros. Demasiado drogados para disimularlo. A pedir fuego. A pedir que les llamemos un taxi. Pronto amanecería. Y el sol daría termino al efímero aquelarre nocturno. Unas chicas encendieron una fogata a lo lejos. El viento traía sus carcajadas. Se las escuchaba borrachas y felices. Una de ellas nos llamaba a que nos uniésemos. Me pareció coherente que en esa noche mágica la fogata que imaginé se materializara.

Las horas previas al alba suelen ser calmas. Lenas de silencio. Vacias. O resonar con la furia de una pelea callejera, una violación en la oscuridad o alguien que , sentado en el cordón de una vereda sabe que se acaban sus ganas de existir. Había un borracho añoso durmiendo debajo de unos tamariscos. Nos acercamos a la fogata y bebimos hasta que salió el sol. Recordé unos versos y los dije a media voz: El universo deja de existir en un parpadeo/ y solo queda frente a mí/ toda la ciudad, el mar y tu rostro sereno sonriendo.

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