La última parte

Era una mañana como cualquiera. El ruido del tráfico desde la calle, la gente alborotada, clientes caprichosos, la historia de siempre.

Estaba sentado en el bar del hotel, aprovechando el descanso para tomarme un cortado. En un momento, la vista se me fue para la avenida, más allá del portero que intercambiaba unas palabras con el botones que todavía le costaba aprenderse de memoria los pisos de cada cuarto. Entre todo ese tumulto rutinario, distinguí a un tipo parado bajo el semáforo de la esquina. Nada particular a simple vista, escribía cosas de tanto en tanto en una libreta de bolsillo, al mismo tiempo de que las personas pasaban alrededor de él, sin empujarlo o tocarlo siquiera, como si no estuviera allí. Y lo extraño no era su aspecto o algún rasgo físico en el, porqué si vamos al caso era un flaco como cualquiera: así con cara de nada, de estatura normal, nada extraordinaria que resalte más allá de las excentricidades tan habituales que uno acostumbra todos los días en la ciudad. Y así estaba, como poseído por una fuerza curiosa, e con tanta velocidad. Se me cruzó por la mente que por ahí se trataba de ese loco que desde hacía semanas era el tema en boca de todos en la ciudad. El “Asesino de las letras” le había puesto la prensa amarillista. Pues, al principio, el desgraciado se había ganado tal reputación al atacar a jóvenes estudiantes de carreras relacionadas a las letras obviamente, pero luego, quizás al aburrirse o tan solo cambiar su objeto de estudio, expandió sus preferencias a estudiosos de las ciencias duras y lógicas por igual. Hasta creo que se hablaba de alguna que otra profesora de economía o contabilidad ocasionalmente. La policía daba ruedas de prensa a cada rato intentando calmar con falsos avances en la búsqueda, pero la verdad es que aquel asesino no se cansaba de matar con toda impunidad. Es más, hasta un tal sargento había conformado una unidad especial para ponerle fin de una vez por todas a su captura, pero ni caso, era un fantasma el tipo, siempre se esfumaba. Sin embargo, al rato me pareció algo ridícula esa sentencia sobre el pobre pibe: primero porque no le hacía mal a nadie ahí con sus aires contemplativos y  segundo recordé que solo atacaba en la madrugada el asesino, cuando la noche era oportuna. Estaba muy lejano a la imagen brutal y salvaje que se manejaba de aquel demonio, pues alguien tan frágil en la superficie no podría hacer mucho daño me dije. Así me convencí de que seguro no se trataría más que un turista fascinado con la arquitectura urbana o a lo mejor un estudiante tomando sus notas; es más fácil convencerse para dejarse de preguntar por todo.

En eso, al preguntarle la hora al barman, me percaté de que todavía faltaba unos veinte minutos para volver a mis tareas; había estado toda la mañana con los preparativos para recibir a alguien importante, de una embajada que no recuerdo dónde, y todavía faltaba preparar las habitaciones de sus asistentes. Le di el último sorbo a la taza y, al volver mi atención más allá de los cristales de la entrada, supe que algo no andaba bien. De repente, toda esas oleadas de gente que ocupaban la principal hacia unos momentos ya no estaban, y, aún más extraño, sobre todo a esa hora tan concurrida de la mañana. No era cosa de todos los días ver la principal ausente de vida o notar el ruidoso tránsito del mediodía reducirse en silencio. Ahora, solo había quedado aquel tipo que caminaba muy despreocupadamente a lo ancho de la avenida, como si no lo estorbase nada ya, cosa que era cierto, sumido en la escritura de sus hojas. Esa tranquilidad de hacer las cosas tampoco era usual. De nuevo, intenté encontrar un par de razones para encontrarle la vuelta a la situación que se presentaba afuera, y pensé “a lo mejor tuvieron que cortar la circulación calle abajo por alguna obra o algo parecido”, pero no sé… algo no me terminaba de cerrar viendo a aquel sujeto extraño. Como si una mezcla de un temor desconocido con curiosidad me impedían despegar la vista en lo que quiera que estuviera haciendo aquel sujeto. Entonces, preguntas me volvieron a inquietar el descanso: cuestiones de qué hacia allí afuera, dando vueltas frente al edificio del hotel; por qué la mirada se le perdía en las alturas, los locales, cosas lejanas, por qué durante breves instantes la boca aparentaba moverse, como si hablase solo o con alguien invisible, ¿por qué tanto interés en anotar todo? Justo cuando no aguante más la duda y me dispuse a levantarme para ver qué pasaba afuera, el tipo se quedó observando hacia el cielo, murmuró unas palabras y, en el momento exacto que dejó de escribir, todo se volvió oscuro; como si el sol se hubiese quemado al igual que una lamparita, como si aquel fuera el responsable de apagarlo. Fueron unos segundos de total confusión, pero no hablo de esas situaciones de penumbra o de poca visibilidad en las que si haces algo de fuerza con los ojos logras ver uno que otro contorno, sino de un negro absoluto alrededor, la nada misma si es que existe algo así. Y no podría decir con seguridad cuanto duró, pero lo cierto es que una eternidad sentí pasar hasta que las iluminarias de la calle y las ventanas de los edificios cercanos se activaron, ofreciendo claridad nuevamente. Pero, para mi horrible sorpresa, el tipo había desaparecido de la avenida, al igual que todo el personal del hotel. Ahora se encontraba mirándome fijamente detrás de los reflejos de la gran puerta en la entrada. Estaba seguro, ya no era curiosidad, sino un completo sentido de alerta apoderándose de mí, sobrepasando mi razón. Y todo tendía a tornarse peor, como mi calma me abandonaba, al sentir todo el peso de sus ojos penetrantes sobre los míos, incluso cómo sus labios se movían dejando salir palabras imposibles de escuchar por la distancia. Pese al revuelto de ideas que se batía en mi cabeza, era difícil no notar como parecía trasladar cada palabra dicha en esa libretita negra que portaba con recelo, con la seguridad que solo trae la costumbre hecha habito. En ese momento, ya no me faltaba más para salir rajando de ahí; cientos de pinchazos en el pecho me alarmaban que corría peligro aguardando en aquella barra algo que no quería ni era capaz de entender. Pero ese plan quedó anulado cuando un cansancio sobrenatural se extendió por todo mi cuerpo; no podía moverme ya, no podía hacer mucho más que verlo atravesar la puerta para avanzar tranquilamente por el corredor hasta el lugar donde me encontraba. Y a medida que se aproximaba comprendía desde lo profundo de mi pánico lo absurdo del momento, del temor que despertaba aquel muchacho de rasgos ordinarios, pero era inevitable negar el presentimiento que brotaba en mí al analizar su apariencia, una amenaza invisible que no podía siquiera imaginar. Hasta que al fin pasó detrás de mí, para situarse del otro de la barra.

Como dije, no parecía ser de esos tipos violentos en si mismos, de esos que uno cruzaría indudablemente de vereda si los ve venir de frente. Más bien parecía un ratón de biblioteca, o esos de esos fundamentalistas del papel que frecuentan los cafés literarios; quiero decir, que no me hubiese resultado ningún problema derribarlo si la ocasión era oportuna. La amenaza no tenia que ver con su apariencia, por lo contrario, había tanta liviandad en su modo de moverse, de mirar, de reaccionar ante lo que lo rodeaba que me era insoportable, demasiada extraña. No me miraba, con el ceño fruncido, solo miraba el lugar y otras veces a la entrada pare luego volver a abrir su libreta y repasar las líneas que anteriormente había escrito. Tanto así que, tildado en sus pensamientos, comenzó a susurrar cosas de las que se arrepentía luego: “El silencio de la noche se había quebrado por la furia de sirenas cercanas. Solo podía significar algo aquello: el asesino había reclamado el último aliento de otra víctima”… Mhh, mejor no…  a ver así. “No había pasado mucho desde que las escalinatas de la biblioteca, el estallido de un disparo anunció. La policía sabía que no podía estar lejos de la escena del crimen. El Asesino de letras seguiría oculto en el corazón de la ciudad”.

Después de haber soltado y escrito esas frases sin demasiado sentido, una sucesión de luces rojas y azules pasaron a toda velocidad a lo largo de la principal. No me costó mucho entender que aquellas patrullas tenían que ver con este tipo que se paseaba con toda libertad, por fuera de todo lo que sucedía; no me costó hacerme la idea de que estaba indefenso, vulnerable a cualquier acto del posible demente. Satisfecho asentía como convenciéndose de algo, con una mueca retorcida en sus labios que parecía burlarse del espanto que no podía disimular. Daban ganas de gritar, todavía intentaba recobrar con desesperación mis fuerzas y así salir corriendo de ese sinsentido, o al menos para tener la mínima chance de defenderme de cualquier ataque. Sabía que todo eso era inútil, pero a esa altura mi desesperación no me dejaba retroceder en los intentos por recobrar la acción, hasta que, de repente, levantó la vista de sus asuntos y con una normalidad insoportable simuló percatarse de mi impotencia:

-Holaa…- me dijo, como si de alguna manera ya me conociera.

Ante la falta de respuesta, se quedó expectante observando mi sorpresa seguramente, con un tono tan inexpresivo que si uno tenía el coraje de sostenerle la mirada por algunos segundos podía notar cómo esta se desorbitaba más y más hacia cada extremo. No podía responder, pero la mandíbula me temblaba sin control. ¿Qué quería con todo aquello?¿Qué me mantenía ahí, tan perplejo ante alguien que no podía ser más extraño que cualquiera que viese ir y venir por las puertas del hotel?

-Disculpa. Se me fue la hora, porque aproveché que justo estaba afuera, y terminé con algunos detalles que no me cerraban. Pero, en realidad te estaba buscando.

Cuando descubrí que podía mover la boca, mi voz salió quebradiza, manoteando un par de palabras, sin darme tiempo a pensar siquiera.

-¿Aaa… aa… a mí?

-Sí, sí a vos,  ¿sos el gerente del Gran Hotel Morrison o no?- sin lograr entender todavía, me limité a asentir con la frente-. Me costó un poco ubicarte, bah, no, en realidad bastante. Se me hizo un lío porque no recordaba bien si te había dejado en el medio o en el final. Pero bueno… acá estás.

Mientras jugaba a golpear la punta de su lapicera sobre la tapa de una hielera, el extraño se quedó en silencio, dándose cuenta de la inquietud en mi cara.

-Mirá, sé que todo puede resultar raro, y si es que todavía no te preguntaste por qué estoy acá, pues deberías hacerlo. Después de todo estás hecho para no aceptar lo que viene a continuación, más bien para no entenderlo. Y aunque entiendas el gran final está en vos no lograr aceptarlo. Te comento igual, pero, primero aguántame un segundo que termino algo…

Ya no sabía qué esperar, ya no sabía si seguía hablándome a mí o alguna presencia revoloteando dentro de su locura. Otra vez se le había perdido la mirada y comenzaba a hablar solo, guardando silencio de a ratos únicamente para escribir lo que antes se decía a sí mismo: “Dentro de los abismos de su locura, el asesino comenzaba a comprender que esta vez no sería nada fácil desaparecer en los recovecos oscuros de la ciudad. El lamento de las sirenas retumbando entre los edificios y el calor de la sangre que brotaba irreparablemente desde un agujero en su pierna se lo confirmaban contundentemente. ¿Era miedo lo que sentía o quizás el fin de su ardua tarea? Las voces que tantas veces lo habían guiado en su incomprensible búsqueda, parecían abandonarlo; desprenderse de él mediante ese rastro que dejaba impregnado sobre las vidrieras y callejones de una ciudad que reclamaba su cabeza…”.

Frunció su boca como signo de aprobación y pareció que me hablaba de nuevo.

-Muy dramático, ¿no te parece? Espera a que llegue el clímax, ahí sí que… Pero, disculpa. Si no lo anotó rápido se me escapa y es bastante frustrante eso, me puedo llegar a bloquear. ¿Sabes qué pasa?, es que últimamente entendí que tengo que meterme más de lleno en la trama, revisar las cosas desde adentro, tomar notas, tachar… todo eso. Pero, esta vez… me parece… me parece que esta vez se me fue un poco la mano con ese importado que me regalaron; será que tomé con el estómago vacío, bah no sé.

-Todavía… todavía no entiendo nada.

-Está bien que no lo hagas, vas por buen camino. Como dije, para que todo ésto funcione ninguno de ustedes debería hacerlo- pasó de hoja en su libreta-. La cosa es que me di cuenta que mucho asesinato, viste… mucha muerte gratuita a estas alturas y sin una conclusión que me convenciera del todo. A ver, ayúdame, ¿qué decís de esto?: “Al llegar a la escena del crimen los agentes notaron que la causa de muerte era la usual, propia de la modalidad del Asesino de letras; una corte incisivo y certero en la garganta. En efecto, el criminal no se había aburrido de blandir su metal contra los desafortunados que solían cruzarse con él durante los fatales aires nocturnos. Esa era su marca. El disparo, antes anunciado por una vecina de las cercanías, había sido efectuado desde una nueve milímetros aún cálida, en la mano sin pulso de una joven; en la otra, una placa de policía bien sujetada entre los rígidos dedos.” ¡Ajá…! se pone bueno, no. ¿No?, ¿no te gusta? Quizás tengas razón, muy controversial para estos tiempos tan delicados.

En mi mente las ideas se amontonaban en puro caos. Recuerdo que tan solo no quería quedarme ni un segundo más como un corderito esperando que aquel delirante saque en cualquier momento un cuchillo para luego ser degollado como un idiota. Estaba seguro que ya no era miedo, otra cosa me inutilizaba la voluntad. Y ya no me importaba saber de qué iba todo este asunto, si aquel era o no ese degenerado psicótico que mataba pobres desgraciados por placer, o si no era más que un fan o un admirador del trabajo enfermo del Asesino de letras o tan solo saber que se traía entre manos con todo ese truco del apagón y de los patrulleros y con esos relatos que no dejaba de contar. ¡¿Quién era ese sujeto?!

-Solo soy alguien que quiere contar una buena historia- de repente me interrumpió, como si se me escapará aquello en voz alta, o quizás pudo realmente entrever en mis pensamientos, pero al fin, me interrumpió-. Bueno… por lo menos hablo por mí. Después, hay de todo. En cada ciudad, te digo más, en el mundo, hay millones como yo que lo hacen por causas infinitas; no sé, quizás por gusto, por descargo, por escape, puede ser terapéutico a lo mejor, o capaz que tan solo una búsqueda reveladora… no sé. Solo sé que soy uno más de ellos, y no de los mejores.

-Maa… ¿más como ustedes?- pregunté, como esperando una verdad que seguramente no podría soportar.

-Sí. Pero lo importante no es el quién sino el qué. Y la verdad es que estuve mucho tiempo buscando el qué que sostenga a toda la trama, algo como un cierre digno a tanto suspenso, y quién mejor que el amistoso y desapercibido gerente hotelero para explicarlo con lujo de detalle. No me mires así, ¿no te haces ni una idea, no? Vas a dejar de ser un papel secundario. Escucha, vos me dirás que te parece: “El sargento LeBlanc notó en el piso el casquillo que brillaba revelador bajo la luz de la luna. Se arrimó al cuerpo, y entonces cerró los ojos de su compañera, que acusadores lo contemplaban desde el suelo, a él y a los nubarrones de tormenta que se avecinaban por el este de los edificio de la biblioteca. El tiempo era crucial, pues el aguacero barrería el rastro que se dibujaba oscuro y espeso hacia el callejón y llevaba avenida arriba. El culpable debería estar cerca y ésta oportunidad de atraparlo no se volvería a repetir. Unas gotas estallaron sobre su camisa”.

-Te lo pido por favor, te lo ruego. Soltáme. No me importa si son verdad o no estas cosas que contás. En serio, hace como si no escuche nada.

Con total indiferencia, seguía enfocado escribiendo hoja tras hoja: “Los coches patrulla cubrían todas las posibilidades: rastrillaban todas las intersecciones, los lugares de mala muerte que aún permanecían abiertos, la plazoleta del centro, el hospital, pero no, era inútil después de todo. Comenzaba a llover en la ciudad una llovizna filosa y helada, haciendo que más que nunca, Leblanc, enfocado en su propósito, se abrazaba a los despojos que el asesino había dejado momentos atrás en su agonía”.

-Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver todo esto con el asesino? ¿Conmigo? No, no, no debí preguntar, prefiero no saber. Mira, ni siquiera te conozco. Déjame que me vaya y…

-Espera, espera. Ya termino, no falta mucho: “Anduvo a pie por las veredas de varias calles, al frente de los faros del coche patrulla que lo iluminaban en su camino. Casi pierde las esperanzas en el punto en que la lluvia se volvió aluvión y borró sobre el cordón del asfalto las últimas marcas que lo llevarían a su ansiada venganza, cuando al alzar la vista al final de la avenida una columna de luz se erigía ante él. El último rastro de sangre subía por las doradas escaleras del Gran Hotel Morrison”.

-¡Por favor! No sé qué me hiciste que no me puedo mover, pero te juro que desaparezco, no le cuento a nadie y me olvido de esto. ¡Lo juro!

Pero solo escribía y recitaba, o las dos cosas al mismo tiempo: “En las entradas del hotel, el portero yacía en el piso con una herida mortal en su vientre, el botones de igual modo se encontraba boca abajo como un trapo sanguinolento entre un tumulto de maletas. No había tiempo para esperar los refuerzos. Ordenó a los tres oficiales presentes cubrir las salidas traseras y de la cocina del callejón. El sargento, cauteloso y arma en mano, en el momento oportuno irrumpiría por la entrada principal. Solo estaba aguardando analítico, sin dejarse llevar por la emoción como un depredador al acecho, ya que no tenía un tiro muy claro ante el panorama. Distinguía a duras penas un par de siluetas a lo lejos, entre las penumbras de la barra, que parecían conversar pese al infierno que se sacudía afuera. Una vez en posición sobre el marco plateado del portal, con las muelas apretadas y bien alto, anunció su presencia ante los sospechosos”.

En eso, sentí parte de mi alma que  volvía a respirar, porque justo en ese momento noté las luces de unos patrulleros afuera, que recortaban con sus luces giratorias un grupo de personas. Sin embargo, el alivio fue en parte porque la presencia policial parecía ser voluntad de aquel ser siniestro, como que de alguna manera parecía escribir o dar registro de lo que sucedía en ese entonces. Acto seguido, en la entrada escuché una voz que con violencia nos pedía que pongamos las manos en alto y nos arrojemos inmediatamente al piso. El terror volvió a poseer el control cuando recordé que no podía moverme. La situación era tan sensible que, seguramente sino respondía a esa voz, lo siguiente seria el clásico disparar por las dudas, todavía más cuando mi indeseable compañero solo se enfocaba en escribir y escribir sobre las páginas de esa maldita libreta con más entusiasmo que antes. Solo pude rogarle en mi desesperación:

-No lo hagas, por favor. Mirá afuera, la policía está a punto de entrar. Todavía podes irte por la salida del depósito. No voy a decir nada, te lo juro… ¡Te lo ruego! ¡No me mates!

-¿Matarte?, no… no, nada de eso. Es al revés. Estoy acá para darte una nueva vida, un rol más elevado. Pues, ya lo resolví: vos vas a ser el que cuente el capítulo más importante de mi historia. Acordáte, te encargo la última parte.

Terminó de escribir unas líneas más, pero esa vez se contuvo de no decir palabra alguna y, de ese modo guardó la libreta en el bolsillo interno de su campera, mientras de un salto se incorporaba del asiento. Supe que hablar seria en vano entonces; era el fin. Cerré los ojos, creyendo que quizás tan solo me había dormido en el descanso y en cualquier momento alguien del personal me despertaría para volver a la dulce y aburrida realidad. Ojala hubiese sido de esa manera. Un golpe agudo sobre la madera de la mesa me obligó a que abriera los ojos ante una nueva realidad; una realidad ajena, compuesta por imágenes sueltas, sensaciones y recuerdos que hasta el día de hoy se me hacen imposibles de entender como partes de mí, no sé como pequeños fogonazos de una vida impuesta. A continuación, por mi mente paralizada pasaban las imágenes fugaces del barman que, desparramado sobre el mostrador de las botellas de whisky, me miraba con los ojos apagados ; ni siquiera el pantalón que se había vuelto de un bordo vivo, punzante, y goteaba en un charco del mismo color a través de las patas del asiento. Pero nada me estremeció tanto como la imagen del cuchillo que había aparecido en mi mano, de ese gran y pegajoso cuchillo que atravesaba por completo el cuerpo de esa libreta, ahora sin dueño. Sin embargo, los únicos momentos que se grabaron en mi memoria con una insólita seguridad son aquellos que contienen las palabras de aquel que ya no se encontraba en ese entonces. De ese extraño que como apareció se había retirado, ya sin podía ver cuando la mano de un policía me aplastaba la cabeza contra la fría madera, forzándome a soltar el cuchillo, forzándome a observar aquellos últimos fragmentos de locura que se abrían desde la  última hoja y que estaba exenta de sangre: “El sargento LeBlanc había encontrado al asesino hablando solo con los brazos temblorosos sobre la barra del bar. Su puño se cerraba sobre el tan nefasto cuchillo que terminaba en punta en el lomo oscuro de un bloc de notas. Ensimismado en sus delirios, parecía ignorar los reiterados avisos que el agente no dejaba de vociferar con furia, con un creciente conflicto para con sus emociones. Apretar el gatillo hubiera estado totalmente justificado en el reporte, tal vez una nota en su legajo; después de tanto tiempo, foguear con su revolver una, dos, tres o cuatro veces lo hubiesen pasado por alto en la jefatura al haberse realizado la justicia de una ciudad cansada de tanta muerte. Pero, su moral deteriorada volvió a cobrar sentido cuando un cadete resuelto apareció en la cúspide de tanta incertidumbre y prosiguió con su deber al aprehenderlo violentamente contra la barra, mientras le enunciaba sus derechos. Años después, en noches heladas desoladas como aquella, de toda esa parafernalia de muerte y pánico urbano, el sargento no se convencía por completo con aquel caso. Cada vez que lo pensaba, más masticaba la amarga incertidumbre que lo arrastraba a esa última escena en el Gran Hotel Morrison, la naturaleza brutal de los crímenes no se correspondían con esa imagen decadente de aquel gerente de hotel que, entre lágrimas y balbuceos, no dejaba de repetir una y otra vez las anotaciones de esa libreta, como si aquellas matanzas no fueron obra suya, como si aquella sed asesina no le perteneciera, como si el asesino de letras todavía anduviese suelto”.

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