Bitácora #2

Estaba en el portón de la calle, peleando, como pasa siempre que se me congelan las manos, con las llaves. Entonces algo llama mi atención, algo que cae sobre mi caebza. Un nido de hornero se habia esablecido sobre una de las ramas de un arbol. ¿En qué momento apareció eso ahí? Y recordé todo, del intento de apagar la emoción con el vaivén hipnotizador de los días, de los meses, de un año. De todo un omitido y redondo año. Como cuando al fin te dormis, y al abrir los ojos de nuevo, solo sentís que pasaron un par de segundos en lugar de horas. Recordé que a eso llamaba angustia. Ese pulso que marca el presente e insiste en  recordarnos que todo pasa con tanta velocidad a veces, y nosotros con esa presión en las manos de deslizanos con un sabor a maniatado. Que nos vamos y nos vamos, ¿o que llegamos a lo mejor?, y un cronómetro invisible tiende a cero. La bronca del presente no exprimido a lleno, de desperdiciar los momentos que podrían acercarnos dónde deseamos en realidad, de apretar bajo las muelas ese pedazo de imposibilidad existencial. Recordé el llamado a esa angustia y eso no es bueno, y ni siquiera malo. Es, y simplemente eso. Viene incluido con el acto de nacer. Renegar de algo que nos hace humanos es casi tan absurdo cómo transitar dormidos los caminos a venir. No preguntarse por nada es lo absurdo. Cubrir ese cuestionamiento sobre el vivir de amigos, amores, experiencias hasta que su susurro ya no nos alcanzce; o eso pensemos.

Hoy vi ese hornero y sin embargo esa noticia no me devolvió nada. Solo la misma reflexión por mi andar. Preguntas que pueden llegar venenosas si se la confunde con nostalgia. Después de todo, de caminos estamos hechos, de los giros y las vueltas en contramano que nos preceden. Debe ser que lo más complicado es poder decir : ¡ahora! Darse cuenta por los terrenos que los pies transitan actualmente, digo, situarse en el presente material y hacer algo con las cosas que nos apuran a lastimarnos o que no hacen más que pesar. Hacer todo lo que este alcance para no merecer esa frustración de los destinos inalcanzables, de saltar a fuerza de desgarre, gritando, estirando lo más que se pueda los dedos y tocar eso que nos hacen felices en un ahora. Igual, lo admito: es tentador dejar pasar el presente y que todo siga un curso que nos despoje de total participación. Pensandolo bien, las máximas y principios de vida nunca fueron lo mio; pues soy tan mal profesor como alumno en esas cuestiones. Espero que no, aunque quién sabe. El tiempo es impreciso y los detalles no siempre brillan lo suficiente. Nadie está seguro cuando deja de ver nidos sobre los árboles y cuando no.

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Promesa de plata

   Era una tarde espléndida. El aire helado del río lo inundaba de una extraña complacencia, lo mismo el cielo, que se le apetecía de una calidez tan amable como si fuera la primera vez. Todo resultaba mucho más agradable en comparación a la tarea que debía afrontar momentos después, cuando el viejo Flores lo dejase en la rivera de aquella olvidada porción de isla  sobre el poderoso curso del Paraná. Y así anduvo durante todo el viaje, pensativo a pesar del motor de catarro que impulsaba al bote. Solo, ocasionalmente, el sentir de unos comentarios los guiaba a unas voces de tonadas campestres, que al igual que él compartían el viaje, y nada más que eso. No había remedio, después de todo, resultaba un extraño conocido, una especie de turista de su pasado al que solo retornaba a fuerza de cariño, impulsado por el respeto de una última voluntad. “Mirá, el hijo del loco de la isla” se escuchó en el fondo, “…el chico de los Salcedo, me habían dicho que lo mataron los ingleses en el sur” flotó más allá por la cabina.  Sin embargo, silencio. Callado, lejano en su reflexión, contemplaba a veces el horizonte azulino, y en otras, aquel colgante de plata con forma de corazón que, con recelo, no dejaba de apretar ni por un segundo en su puño: lo restregaba con la punta de sus dedos, lo abría, se aseguraba que las diminutas fotografías en su interior no hayan cambiado cuando lo cerrase. Cualquiera que hubiese prestado algo de atención habría caído en la cuenta que en el caso de haber existido una urgencia en su presente esta se  hallaba encadenada a ese colgante, a ese reluciente objeto que representaba un peso mucho mayor para él que tan solo unos cuantos gramos en su mano. Una promesa que ardía más y más a medida que se acercaba a su destino y entendía que era mejor sacarse de encima cuanto antes. Sin haberlo advertido, el viejo Flores se había aproximado cerca suyo. Al igual que él, aferró sus antebrazos en la barandilla del borde y escupió una mascada de hojas de coca hacia la bruma espumosa que brotaba con furia desde el casco. El sol todavía alumbraba cálido en lo alto, sin la turbación de ninguna estela nebulosa que amenace con opacarlo, muy al contrario a la imagen que ofrecía el viejo, que se antojaba más inquieto que de lo que creía recordar de él. Su intención parecía oscilante como repartiéndose entre fingir interpretar los signos que solo alguien como él notaria en el viento y entre queriendo darle rienda sueltas a unas palabras que no podía encontrar. Una fuerte brisa balanceó el pequeño bote junto a sus tripulantes.

    -Parece que esta noche va a estar fuerte el viento, si sigue así y hay luna llena la crecida – dijo el viejo Flores, mientras centraba su mirada a la misma dirección que el joven pasajero. El muchacho parecía no haberse dado cuenta de su presencia, algo obnubilado, algo nostálgico también, por la belleza que desprendía la salvaje postal del entorno.

   -No falta mucho para llegar, levanto unos pedidos en el camping que viene, y después te dejo a vos. Igual, qué te voy a decir… Tan chico no eras como para olvidarte así no más de todo esto. ¿Te acordás de algo?- intentó animar la conversación hacia lo familiar, pero no hubo respuesta del otro lado. El muchacho seguía con los ojos inamovibles en el infinito-. Bueno, te aviso no más. Voy a tardar un poco más de lo pensado pasar de nuevo por la isla, pues no creo que te quieras quedar hasta el otro día. A la última familia la tengo que dejar cerca del delta y esto no va a pasar hasta bastante entrada la noche ya, cuando  al fin logre pegar la vuelta.

    El viejo Flores se frotó las manos, a causa de que el soplido fresco que se elevaba desde el agua se las había tornado moradas, y quedó un rato así, como sino quisiera estar masticando más que hojas.

    -Pibe… lamento mucho tu pérdida- se sinceró, con los ojos anclados en lo profundo del río-. Era una buena mujer.

    Se miraron sin hablar. El muchacho apenas inclinó la cabeza, algo sentido, como por un lado agradeciendo el gesto, y por el otro dándole el pie al viejo para marcharse y volver a tomar el control del bote. Al quedar solo de nuevo, miró hacia arriba y presenció cómo una tanda de nubes comenzaba a asaltar el cielo. El inmaculado celeste que hasta entonces imperaba allá arriba ya no estaba.

    Algo más tarde, como bien había mencionado el viejo marino, aquella masiva serpiente de agua se abrió ampliamente dejando en vista de toda la tripulación de una escueta isla fluvial que cortaba su corriente en dos. Y ante la falta de referencias cercanas, nadie entendía con certeza si a medida que más se ensanchaba aquel panorama, el barco atraía a la isla o la isla los arrastraba hacia ella. A la lejanía, aquel pedazo de tierra más bien parecía una coraza de árboles y barro, una jaula premeditada que el tiempo y la naturaleza habían moldeado con el único propósito de esconder algo en su centro. Más inmerso en su presente, intentó comparar lo que se presentaba frente suyo con el recuerdo remanente de ese último día en que la había visto por última vez, pero más sencillo hubiera sido volver el tiempo atrás, debido a que la anestesia de los años habían rellenado esa trinchera de nostalgia con amarguras más inofensivas. Ya no importaba todo eso, al fin habían llegado. El muelle estaba destrozado, así que no les quedó de otra que bordear un poco más la agresiva vegetación que sobresalía por toda la orilla. Un tramo de agua no muy extenso hasta dar con una discreta playa que llevaba hacia los terrenos anteriores de la antigua finca y, que en años de rodillas sanas, el viejo prefería por favorecer el sentido de la correntada. Éste último, mientras chasqueaba la boca, con una altanera habilidad desplegó un par de maniobras, se acercó lo más que pudo a la costa, esperó que su antiguo vecino descendiera a suelo firme y, sin más tardanzas, continuo su curso río abajo. Otra vez a solas con su suerte. Pensó que lo más difícil sería viajar hasta el puerto y hablar con Flores, pero en ese momento sintió como su determinación era devorada por el rigor de una flaqueza. Incluso mucho después de haber desaparecido aquel estruendoso bote en la negra espesura del río, aquel falso visitante todavía no se había movido del sitio en el que en un primer momento había hundido sus botas. Miro por última vez el colgante y al abrir su pequeña carcasa, una felicidad perdida que les devolvía esas figuras. No tenía claro qué le diría y mucho menos portaba una vaga idea de cómo reaccionaría al verlo después de tanta distancia. Un temor que comenzaba a mermar su determinación al evocarse en su cabeza las palabras que anteriormente le había advertido Flores, apenas lo encontró en el parador del puerto. Nadie había visto a lo que quedaba de ese hombre hacia años, por el pueblo ni se mostraba. ¿Estás seguro de querer ir? Y no; su razón era imprecisa Pero, si sabia que si seguía observando estanco el símbolo de esa promesa por más tiempo no lograría concretarla. Como por costumbre, se ajustó los pliegues del pantalón un poco más bajo que las rodillas, y al corazón que habitaba su mano lo depositó en el fondo de su abrigo.

   Creía recordar, que no eran más que un par de cientos de metros, hasta dar con el tapial que contenía los jardines traseros. Ciertamente, en su niñez aquel mundo aparte le resultaba una monstruosidad de extensa, es más, en cada escapada nunca había podido abarcarla por completo al descubrir siempre algo nuevo. Y ahora era exactamente igual, quizás preocupante: aunque sus pasos abarcaban más distancia, su caminar le parecía igual de vulnerable que entonces, insuficiente en comparación. No se escuchaba el viento, ni la corriente, ni extrañamente la recordada parvada de aves que de antaño sabían reinar con sus cantos las alturas del bosque. Nada. Un silencio de funeral le otorgaba a esa lúgubre intemperie una desconexión del ritmo del tiempo, un espacio estático y repelente a cualquier acontecimiento del hombre más allá de la aguas que lo rodeaban. Y a medida que más avanzaba, más el bosque obstaculizaba su paso, borrando con el cadáver de sus cortezas y troncos cualquier rastro de dirección marcada, enredando el movimiento de sus piernas con una infinidad de ramas que colgaban por arriba, por los costados; todo esto aumentaban imperceptiblemente su ofuscación, un malestar en la frente que comenzaba a punzar. A veces se tropezaba con prolongaciones de raíces que se extendían virulentas a través de las pocas piedras que no habían sido tragadas aún por el barro, y de alguna manera seguían conformando el  maltrecho sendero. En consecuencia, intentaba pisar las partes secas sin despegar la vista del piso, tal como le habían enseñado de adaptarse al terreno. Por eso, mientras escrutaba el camino, pudo confirmar los rumores de reclusión de aquel a quien todos los ribereños consideraban una anomalía, pero su soledad le tenía sin cuidado; aquello no era reciente. En algunos segmentos, el fango mojado revelaba contornos y marcas de un andar conocido, un calzado que tan bien aprendido a distinguir a las malas. A lo largo y ancho, se trataba siempre del mismo patrón de huellas que iban y venían superpuestas, solo a veces, se intercalaba con otro rastro más escaso. Parecía un animal, un perro grande aparentemente, de una especie que, dentro de su poco conocimiento de razas, no lograba atribuirle alguna. Una pequeña sonrisa se le dibujó sin querer. Pensó que la única compañía posible para alguien así era en la lealtad desmedida de un pobre animal que no le hiciera frente a sus desvaríos. Quizás, las personas mejoran debido a las circunstancias, siguió en su reflexión, pero luego se corrigió que un monstruo no puede hacer más que empeorar. De repente, en el esfuerzo final de sus brazos, se vio liberado de aquel túnel de ramas y humedad para enfrentar un cielo que comenzaba a apagarse en un manto naranja. Aquella luz que descendía de los últimos vestigios de un sol moribundo dotaba de una soporífera nostalgia al cementerio de calabazas, tomates y otros árboles de frutas marchitas que se comenzaba a unos diez metros de él, pasando una tranca destrozada. Al sortear los maderos podridos, de los árboles solo quedaban brazos escarpados y en pica que surgían a lo largo y ancho de la tierra, y parecían darle la bienvenida o quizás reclamar algo de vida. Decidió apurar el paso para aprovechar la claridad que principiaba a retirarse, y continuó algo más de prisa que antes. Pisó la vegetación podrida que cubría la blanda superficie y avanzó despacio hasta dar con el tapial de madera que llevaba al patio trasero. Justo antes de intentar hacer pie sobre una plataforma de ladrillos carcomida en verdín y así saltar, se quedó suspendido sobre el muro al observar la sombra de la tan castigada estructura que aún simulaba erigirse firmemente ante sus ojos. ¿Qué había pasado con ese lugar? El verde y el rojo que solían proliferar todo el jardín, el olor a fruta y caramelo en  el aire, la tierra blanda recibiendo su trote travieso para volver al calor del llamado maternal. Finalmente, saltó hacia el otro lado.

    La duda del encuentro todavía parecía acompañarlo, al merodear con extremo cuidado las puertas, las ventanas, de esa manera tal vez evitar la aspereza de un acercamiento imprudente. Con cierta timidez siguió hasta la puerta delantera del patio tocando las primeras dos veces con suavidad cordial, y, ante la falta de respuesta, las últimas lo hizo con una mayor convicción. No se convenció completamente de la falta de vida dentro del lugar hasta asomarse sobre los sucios cristales de la ventanas del comedor, para así vislumbrar cualquier cosa adentro que lo arrojasé fuera de esas ansias contradictorias que secretamente le tensaba los hombros. Pero, si el único habitante de aquella gran roca intrusa en en el medio del Paraná no se hallaba dónde debería estar, ¿dónde más podría estar? Un alivio, por la idea de no llegar a concretarse ese encuentro lo había abordado, sin embargo, aún estaba obligado a esperar una o dos horas hasta que el viejo Flores volviera de sus encargos. Sin más, casi dejándose llevar por un deseo escondido, paseó largo rato por el terreno frontal que llevaba hacia el muelle, para luego, entre resignado y culposo, regresar al patio trasero y probar suerte con la puerta con la que había dado primeramente. Para su sorpresa, apenas tocar el picaporte este cedió, anunciando la inminente apertura con un escandaloso rechinar de bisagras. El devenir del tiempo fue patente una vez que puso un pie adentro. Durante el primer fervor de su juventud se había empecinado en llenar un hueco que arrastraba hacía tiempo, con una lucha un conflicto que jamás había comprendido del todo. una lucha tan humana como irracional, que le había enseñado de primera mano cómo el frío que puede llegar a acarrear la miseria, cómo la sangre puede llegar a valer tanto o menos que el hierro wde un fusil o medio plato caliente de caldo y pan, sin embargo, en ninguna noche de ese infierno reciente, jamás se sintió tan conmovido cómo a ese olor a podredumbre y abandono que, sin permiso, se le había incrustado en los pulmones, en lo hondo de sus fosas nasales. Inmediatamente abrió de par en par la puerta para de ese modo permitir al aire del bosque purificar la atmósfera de confinamiento que se respiraba adentro. Con los ojos achinados se intentaba ayudar con la poca luz de afuera para reconocer algo al menos, rescatar los colores de aquellas añoranzas que aun se emanaban por debajo del polvo de cada objeto, en cada figura que en lugar de reconocer, la penumbra se empeñaba en mutar hacia otras por completo extrañas. Probó en gastar algo de voz en un nuevo llamado, quizás estaría arriba durmiendo o limpiando sus amadas reliquias de batalla, allá, en el piso de los dormitorios. Pero, aunque su nombre se escuchó rebotar por toda la casa, por la escalera solo bajo más silencio. No estaba preocupado, mejor así de alguna manera. Tan solo dejaría el colgante sobre la mesa y se marcharía por donde vino apenas la noche traiga consigo la luna de la rivera. El viaje lo había cansado más de lo que creyó, al sentir en los muslos estallar suavemente un suave hormigueo cada vez que los exigía de más.

   Al pasar a la cocina, se sentó en la silla y, mirando a través de la ventana, cómo un pedazo de luna se asomaba entre las copas de unos álamos, recordó con una memoria corporal el sentir de un balanceo fantasma agitar sus pantorrillas de atrás hacia adelante y así sucesivamente. Miró hacia abajo y el talle de sus pies apoyados completamente contra el piso le anunciaron que la única verdad es que nada es inmutable, y, de hecho, todo había mutado hacia mucho ya. Los juegos de aquel niño, de esas escenas irrecuperables, de hallarse exactamente en el mismo lugar cuando la tarde comenzaba a apagarse y maravillado se disponía a tan solo observar la gracia cotidiana de aquella alta mujer de suaves manos, de las dulces maravillas que solía crear con aquellas, de su sonrisa tan humana, de las bromas entre el té y galletitas caseras, de recostarse en la esponjosa alfombra del living a escuchar la radio mientras ella hundía sus dedos en su tierna cabellera, de comenzar a sentir los párpados pesados escuchando su voz, de llenar el hueco de su hombro con sus mejillas al subir las escaleras y luego acostarlo en su cama, de ceder ante un temor primitivo al escuchar el motor de Flores roncar desde el muelle y luego irse para dejar al pulso de esas botas marcando las maderas de la entrada, de ese andar etílico subiendo los escalones, de los gritos en la cocina, de el eco violento que viajaba a través de las paredes y del piso para fijarse para siempre en su mente, no con menos intensidad que ese rostro transfigurado por la penumbra, horrendo, que fingía no ver asomarse por el umbral de su cuarto, tan lejano y parecido a la vez a ese hombre de alguna otra vida, a la sonrisa de ese desconocido que su madre besaba en esa diminuta fotografía confinada dentro del corazón de plata. El tiempo no cura nada pensó, es tan indiferente como cualquier idea por sí misma, sin embargo, las acciones no, esas sí que cambian las cosas. A un cambio le antecede una acción, a una acción le antecede un cambio. Se convencía mientras esperaba, mientras divagaba en su regreso. Pues, era menester actuar aunque eso implicará afrontar todo aquello que habían dejado atrás, de honrar su recuerdo, una promesa; la maldita promesa pronunciada por la única persona a la que nunca se hubiese negado por ningún motivo. De ese modo, se dejó perder en ese trance melancólico hasta que los párpados le resultaron tan insostenibles como cuando la escuchaba a ella.  aquella medalla argenta que colgaba de sus dedos.

    Cuando volvió a despertar, tardó un rato en asentarse de nuevo en la realidad. Aunque sentía que pudieron haber pasado décadas, sabía que probablemente solo fue una o dos horas a lo sumo. Un ruido lo había despertado. Miró por la ventana que ofrecía vía directa hacia la entrada de piedra del frente, pero no pudo ver mucho, salvo que arriba se extendía una soberbia luna llena que cubría de un encanto blanquecino a los terrenos cercanos y a los intrincados ramajes por igual. Encendió una lámpara que por fortuna aún tenia algo de combustible, y, sin perder la calma, se limitó a escuchar los sonidos que hacía unos momentos atrás le sacudieran de su sueño. Se trataba de un repiqueteo en lo alto de la casa, que se desplazaba errático por todo el techo, haciendo llover tejas podridas y escombros por doquier. Parecía ser un animal, un aguilucho perdido quizás, pero no, eso era improbable. En efecto, la contundencia de cada golpe revelaba un peso considerable en aquella masa que curioseaba frenética sobre los tejos; algo muy macizo por la sonoridad, en busca de algo que ciertamente le había llamado la atención. Un largo momento de calma le sucedió a aquel alboroto. Ya no se escuchaba más que el fluir energético de ese gran anillo de agua que lo separaba de las costas del resto del mundo. Sin caer en una preocupación exagerada, el hombre se mantenía inmóvil para intentar captar cualquier rastro de sonido, o la dirección de la fuente que lo generaba al menos. Después de unos segundos, solo obtuvo un estallido apagado muy a lo lejos, cerca de la distante arboleda de la entrada. Comprobó por la ventana, pero aquella empresa le resultó harto difícil dado que la luna se había retirado detrás de un telón de nubes pasajeras interrumpiendo la ayuda de su lumbre en la superficie. A pesar de eso, entre la incipiente oscuridad pudo notar una figura diminuta, que se desplazaba dificultosamente a través del encadenado de piedra. parecía desnuda y jadeaba envuelta por una halo de vapor. Se trataba de un hombre, desplomado sobre sus rodillas, se quejaba y además parecía haberlo notado también a él. Pero algo no andaba bien, pues las nubes se dispersaban para liberar nuevamente a la lumbre crepuscular esparcirse sobre todo. Ahora era más claro, el espanto era palpable a la vista. La humanidad de aquella figura vieja y decadente comenzó a ebullir en una masa multiforme de tejidos, en porciones de piel que se desgarraban por al emerger bultos y bultos contraidos en pelo y carne. ientras cada segundo sufriente de esa metamorfosis parecía arrancarle un grito, horrendos alaridos que parecían maldecir a viva voz a aquel brillante satélite en lo alto. No era bueno esperar demasiado, ¿cuando lo fue? Poseído por una intuición, rápidamente abandonó la ventana, trastabillando en el proceso un par de veces con algunos obstáculos hasta acostumbrarse a la oscuridad del interior. Tanteaba con esfuerzo el marco superior de las puertas, las ventanas, y entonces un entrechocar solido lo detuvo en su búsqueda. Sabía que en algún lugar de la casa, aquel infeliz solía esconder su amada escopeta de doble cañón; se sintió mejor al escrutar con su mano su geometría mortífera, la seguridad de portar al menos una oportunidad. Al salir ante la nitidez del exterior se encontraba más resuelto: la intuición curtida en batalla le facilitó cargar sin mirar siquiera el cartucho en la recámara, recortar la corredera sin duda alguna, disponerse correctamente la culata al hombro y desempolvar el pulso de hielo y aguardar con el dedo sensitivo el momento adecuado. El mundo se había reducido a ese momento, a ese fragmento de tierra y musgo olvidado por la mano del hombre; solo él, la bestia y ese instante. Con su brillo plateado, la luna parecía favorecer más y más las horribles dimensiones de aquel ser que parecía mirarlo ansioso. Entre gruñidos, se erguía sobre un par de musculosas patas, notablemente en desproporción con el torso que se erizaba en una cólera de hambre. Cualquiera se hubiera inmutado al sentir penetrar en su rostro unos agudos ojos incandescentes que lo despellejaban a la distancia. Una pronunciada mandíbula que se fruncía y al hacerlo dejaba ver dos filas de colmillos que reflejaban el brotar incesante de una espesa saliva entre sus recovecos. Los brazos absurdamente largos, protuberancias nerviosas, se suspendían en cuña al clavarse en el piso por unas garras que más bien asemejaban ser unas negras dagas insertadas en sus prolongaciones. Súbitamente la bestia extendió sus brazos como si pudiera desgarrar el aire en el acto, y, a modo de anuncio, con un aullido animal resquebrajó la poca calma que aún se cernía sobre la isla; una declaración de muerte por parte del cazador que se sabe proveedor del destino fatal a caer sobre su presa. Ya no había escapatoria. Comenzó a avanzar con marcada lentitud  sobre sus dos piernas, un paso luego otro, hasta que luego no se pudo contener y, entre resoplidos, comenzó a trotar desaforado acortando de esta manera mucho más rápido la distancia. A lo último, el furor del momento fue demasiado para incontenible para tener que limitarse que lo hizo desplazar en perfecta sincronía sobre sus cuatro extremidades. Una furia anómala en el flujo pausado de la noche, que se rompía en una acometida veloz contra aquel que a su vez lo esperaba imperturbable en la terreno elevado que otorgaban los escalones del zaguán. Extrañamente el hombre se sentía confiado, en inesperada armonía. Ya había contenido el aire, una porción de densa humedad que eventualmente seria ultrajada del hedor de un aliento deseoso por una satisfacción animal. Solo un cartucho, una oportunidad. Aquel desparpajo de músculos y pelos cada vez cortaba más distancia, se hacia más patente el contraste de su crispado pelaje, más dentro suyo, al igual que el sonido creciente de las matas de hierba siendo afeitadas por cuchillas invisibles a la carrera. Apenas desvió la mirada al encargo de su madre que mantenía suspendida , en la misma línea que los brazos. Se enfocó en esos agudos ojos que se atrevían a avanzar hacia él como una estela espectral que se difuminaba en el ambiente. Estaba cerca. Veinte, diez, cinco, tres, un metro y, justo cuando esa furia pareciera dejar caer el filo de sus garras sobre su carne, en el salto final, el estruendo humeante de la escopeta la redujo implacable en dirección contraria. Entonces, una masa revuelta sobre el suelo. El hombre no podía respirar, la emoción no le permitía discernir si la patada del culatazo o la tensión del momento lo habían dejado estupefacto. El olor a pólvora flotando en el aire casi que lo arrastra hacia otros fríos similares al que entonces atendía. Por algún motivo besó el corazón metálico enroscado entre sus dedos, para bajar lentamente la escalera al encuentro de esa masa que yacía inerte a un par de metros. Con cada paso, los minúsculos eslabones de la cadenita tintineaban al rozar el cañón, a su vez que se fundía con su propio latir. Siguió apuntando, incluso cuando vislumbró el resultado eficaz cortesía del impacto directo de la andanada de perdigones. Ahora, aquel ser convaleciente portaba un gran cráter sanguinolento en el amplio talle de su pecho, una grieta palpitante entre costillas desechas y pelambre deshilachada. El hombre se figuró que de aquella herida se entrevía parcialmente expuesta una menuda y palpitante masa, que amagaba a apagarse pero en cambio renegaba de ceder. Se mantuvo en cautela a pesar del panorama favorable, con el arma rígida y alta, solo descansando cuando aquella figura se desinfló sobre sí misma en un tendido suspiro. El hambre en sus ojos había acaecido en un negro absoluto.

   Visto que el peligro ya era lejano, se sentó a los pies de aquella cosa. Se palpó la frente y notó que sudaba a pesar de la baja temperatura que amainaba el viento. ¿Qué era esa cosa?, habría cruzado indudablemente por su mente a medida que se sosegaba y la contemplaba, en malogrados intentos por entender. Una cuota de horror destrozó su previa templanza cuando sintió sobre su brazo como el pecho agujereado de la bestia comenzaba a sacudirse en una serie de crecientes espasmos; las convulsiones de la carne y de los huesos que sin mucho sentido se reacomodaban y rehacían por un secreto que transcendía la materia. La mirada de aquella monstruosidad seguía ausente, pero a su cuerpo lo sacudía un espectáculo diferente. Su tronco se restablecía gracias a la bruta ayuda de los enormes brazos, que arremetían como látigos zumbantes alrededor, en busca ciega de un punto de apoyo. Poco a poco, su instinto animal se había sobrepuesto al dolor y se retraía suspendido sobre sus cuclillas. Cuando al fin pudo reaccionar ante la fatalidad que se le venía, su temor apretó el gatillo por él. Un chasquido solo obtuvo, una sentencia que se reafirmaba con más crudeza cada vez que se repetía aquel sonido. ¿Cómo podría ser posible? Del disparo solo quedaba una leve grieta burbujeante de una sustancia semejante a la sangre quizás, de un elixir negro que reflejaba espesa la luz de la luna. Los chasquidos persistían, pues no se convencía. No podía ser. Y como si desde los vaivenes de la inconsciencia pudiese haber asimilado la desesperación que lo conquistaba, sintió el calor de unos ojos se abrirse en un nuevo fuego de violencia. Fue un instante, un relámpago que le impidió tomar el otro extremo de su traicionera arma y  así rezar con defenderse a palazos siquiera. Pero antes de considerarlo, en los Ya  estaba sobre él. En el forcejeo desigual, aquella enormidad intentaba arrancarle la cara al hombre, a fuerza de tarascones. Con su frágil humanidad apenas lograba esquivar los brutales ataques de la bestia que, para empeorar su suerte, con todo el peso de sus dimensiones lo aplastaba bajo sus fauces. Sin embargo, antepuso como barrera los tubos del cañón en el trayecto de las afiladas mordeduras. Los chasquidos estallando contra la dureza del arma eran tan fuertes, que el metal parecía resquebrajarse por la descomunal tensión de cada mordida. La intensidad de la contienda, se había exacerbado de tal manera, que cada gramo de voluntad en ambos  ahora se disputaba a más que a la saciedad de hambruna o a la mera intención de supervivencia. El deseo asesino se había igualado tanto en la mirada del hombre como de la de bestia, se trataba de una lucha despiadada por destruir al otro. Es por eso, que al instante, la descarga errática de los zarpazos brutales y de culatazos punzantes habían despertado alrededor de ellos una fina cortina de polvo. En el ardid de ese esfuerzo sobrehumano, la fiebre de la emoción los incapacitaba a distinguir a quién pertenecían los jirones de tela y de piel, los hilos de sangre y saliva que orbitaban alrededor. El cuero se abría, el hueso tronaba, el metal chirriaba y, en efecto, todo derivaba a un remolino en potencia de violencia, agitación y gritos iracundos. En algún momento del pleno ajetreo, la aguda vista del monstruo percibió un brillo que destacaba por sobre todo en una de las manos del hombre, que aún seguían en alza, atenazadas a la escopeta.

   De repente la bestia se vio expuesta a aquella peculiar forma plateada que se había abierto, y que desde el interior reflejaban unos rostros ineludibles, más reveladores que cualquier luz dispuesta en las alturas. Imágenes de otros tiempos más afables que parecían rescatar en la expresión de su mirar sentidos olvidados, susurrarle nombres, devolverle recuerdos que hacía tiempo lo habían abandonado. Entonces, una sensación familiar pasó a tráves de él. La dulzura de un nombre resonaba en sus últimos residuos de humanidad, el renombre perpetuo de aquella lo interpelaba calando ondo en su mente. Una invitación a la remembranza y al conflicto; una voz parecida a aquella otra, a la que, debajo, estrujaban sus brazos. Al borde del desmayo el hombre le costó entender lo que sucedía frente suyo. Con el ojo que todavía tenía intacto, no podía parpadear ante lo inaudito del momento. Ni siquiera se daba cuenta que comenzaba a respirar de nuevo al mismo tiempo que veía a su enemigo retroceder. Entre alaridos de lamento, éste se había dispuesto con el hocico hacia el cielo, abandonado al dolor, se arrancaba pedazos de pellejo que inmediatamente volvían surgir, agitaba su cabeza sin posibilidad de escapar de sí mismo. El rostro de su madre seguía acompañándolo desde sus brazos que se mantenían estirados todavía por la adrenalina que hacía temblar cada articulación en él. Podía verla sonriendo, devolverle una sonrisa junto al cariño de ese extraño, de aquel que nunca juró conocer y que entonces sonreía también como cualquier otro hombre. Un hombre en extremo distante de aquel que se estremecía en confusión sobre su torso, de aquel que no entendía cómo escapar del veneno de la nostalgia. Había momentos para mantener la calma y este no era uno de esos. Cerró el corazón, lo enroscó bien fuerte en su puño, y en un último grito descarnado, lo incrustó de lleno a través de la sutil fisura que aun permanecía latente en el pecho de la bestia. El tiempo recrudeció en un suspiro final. Los dos se hallaban frente a frente y ahora solo se observaban. En una casualidad que le resultó curiosa, la claridad apuntaba a desvanecerse en simultáneo a esos rasgos nefastos en el otro rostro. Ahora lo entendía, se trataba simplemente del mismo monstruo, de uno familiar. Encontró pertinente dejar de apretar ese corazón, pues su encargo ya se había concretado. Finalmente, con los nervios más relajados, creyó notar desde esa boca carmesí salir unas palabras pero  porque de repente sintió como su cuerpo desfallecía, dejándolo tumbado de cara a una luna que ya no estaba. El último rumor que llegó a sus oídos fue el desplome de aquel no tan extraño sobre sus piernas. La luna se había retirado. El último pensamiento que alivió su mente, lo arrimó a esa voz que solía dormirlo de antaño, a esa promesa que ya podía considerar cumplida.

ciudad-del-este

 

 

Redondel

    En la tranquilidad de una sala de estar, con la bruma rojiza del sol cayendo oblicua desde un gran ventanal, una niña escribe unos versos sobre las hojas de un cuaderno.

    La imagen procede a cobrar vida sobre la fina superficie de hilo de un lienzo, que no puede evitar flamear ondulante, ante el mínimo tacto de la brisa nocturna. Desde sus materia brotan una amalgama de superposiciones y de la adecuada distribución, tanto de  trazos y colores, tatuados como fuego viviente en ella, pierden coherencia al trastabillar ante el viento. El desorden de sus ondas sólidas se desnudan parcialmente por una seguidilla de luces lejanas en el abismo. Exigentes, los focos develan con su radiación mortecina y dorada, el talle majestuoso de una figura de mármol bajo el abrigo de aquella tela ondulante. La escultura, con sus magnífica musculatura de mármol, solo se dispone a acariciar la la corriente crepuscular, en su eterna pose de campeón. Tan terrenal como despojado, solo se conforma con observar el vacío sideral desde el tambor de una cúpula, plataforma solemne en labrados y terminaciones de oro y bronce. Está misma corona una suntuosa estructura de proporciones soberbias. Se trata de un titán mortuorio cuyo peso se rige en las bases de altivas columnas, que aparentan gigantes guardianes protegiendo algo valioso más allá de las mismas. Efectivamente, si se deslizan unos ojos curiosos por la entrada, entre la escasa claridad del interior un encofrado oscuro y rectangular se halla inclinado en el corazón de la estructura, apenas iluminado por una vasija de oro que salvaguarda una llama. Flores, reliquias y tesoros decoran aquella tumba alzandola de gloria y homenaje.

    Bajo las escalinatas del mausoleo, entre danzas y cantos, unas sombras menudas y divertidas representan una historia. Entre acto y acto, y a fuerza de imposturas, erigen una crónica que cada vez resulta más nítida en las miradas del público. A diferencia de la dureza de los gigantes edilicios, construyen algo más solido e inmediato con sus cuerpos gráciles emanando con su vitalidad corpórea el eco fantasma de batallas heroicas y proezas olvidadas. Y con esa virtud carnal, rescatan del olvido con sus máscaras y trajes a nombres de un tiempo brillante, de esperanza, de dioses y héroes, de abundantes cosechas y buenas fortunas. Toda la puesta en escena para culminar en una suerte conmemoración, un nombre de campeón que se evoca en las escenas de drama y tragedia, de su memoria que todavía amenaza con alzarse desde la impotente tierra para acariciar las nubes.

    Alrededor del baile y la imitación, una congregación de instrumentos enérgicos, apenas dejan ver sus metales y formas desde la penumbra de las calles de piedra. De a momentos, la orquesta se antoja a resoplidos, en otros rafagas de violines audaces atentan contra la falsa uniformidad de los compases, y solo en momentos trozos de una percusión tintineante apacigua el ritmo esquizoide. Pero tanto caos no es más que fruto del diseño de una fino guante que, en el epicentro de aquella sonata tronante, eleva su batuta en ágiles movimientos, dispersando órdenes invisibles por doquier. Una mano dictadora de sonido y tiempo, de esa amalgama de rumores variopintos que engatusa sin tregua los oídos de los presentes, siguiendo el caos o la pausa consecuente a la voluntad de aquellos bailarines de rostros exagerados.

    Más allá del escenario, una parafernalia de cámaras y luces encierran ese entorno de encanto en dimensiones de celuloide. En el rigor de aquella empresa las lentes captan todo, intensificando de marcado sentido cualquier movimiento a la deriva, las expresiones de los rostros, los colores de los flagrantes atuendos. A la par de un bastión de micrófonos suspendidos sobre ese cúmulo de almas, que se empecinan en rescatar cualquier vestigio de sonido vibrante sobre el lomo del aire festivo. Una figura agazapada en un asiento da gritos, dispara señas, vocifera indicaciones indiscriminadamente, pero es inútil porque él también es otra pieza de ese orden. La inflexión es imposible.

    Ahora, en los restos de grafito y papel, se condensa el complejo de historias  que entreteje con dedicado cariño unos finos dedos, inadvertidamente manchados de esfuerzo y tinta. Desde y hacia ellos, en el clamor del pálpito de su prosa encendida, el continuo relato de universos paralelos pretende destilar una telaraña intrincada de sonatas, bailes, colores y formas.

    En la tranquilidad de una sala de estar, con la bruma pálida de la luna cayendo oblicua desde un gran ventanal, una mujer escribe unos versos sobre las hojas de un cuaderno.

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La última parte

Era una mañana como cualquiera. El ruido del tráfico desde la calle, la gente alborotada, clientes caprichosos, la historia de siempre.

Estaba sentado en el bar del hotel, aprovechando el descanso para tomarme un cortado. En un momento, la vista se me fue para la avenida, más allá del portero que intercambiaba unas palabras con el botones que todavía le costaba aprenderse de memoria los pisos de cada cuarto. Entre todo ese tumulto rutinario, distinguí a un tipo parado bajo el semáforo de la esquina. Nada particular a simple vista, escribía cosas de tanto en tanto en una libreta de bolsillo, al mismo tiempo de que las personas pasaban alrededor de él, sin empujarlo o tocarlo siquiera, como si no estuviera allí. Y lo extraño no era su aspecto o algún rasgo físico en el, porqué si vamos al caso era un flaco como cualquiera: así con cara de nada, de estatura normal, nada extraordinaria que resalte más allá de las excentricidades tan habituales que uno acostumbra todos los días en la ciudad. Y así estaba, como poseído por una fuerza curiosa, e con tanta velocidad. Se me cruzó por la mente que por ahí se trataba de ese loco que desde hacía semanas era el tema en boca de todos en la ciudad. El “Asesino de las letras” le había puesto la prensa amarillista. Pues, al principio, el desgraciado se había ganado tal reputación al atacar a jóvenes estudiantes de carreras relacionadas a las letras obviamente, pero luego, quizás al aburrirse o tan solo cambiar su objeto de estudio, expandió sus preferencias a estudiosos de las ciencias duras y lógicas por igual. Hasta creo que se hablaba de alguna que otra profesora de economía o contabilidad ocasionalmente. La policía daba ruedas de prensa a cada rato intentando calmar con falsos avances en la búsqueda, pero la verdad es que aquel asesino no se cansaba de matar con toda impunidad. Es más, hasta un tal sargento había conformado una unidad especial para ponerle fin de una vez por todas a su captura, pero ni caso, era un fantasma el tipo, siempre se esfumaba. Sin embargo, al rato me pareció algo ridícula esa sentencia sobre el pobre pibe: primero porque no le hacía mal a nadie ahí con sus aires contemplativos y  segundo recordé que solo atacaba en la madrugada el asesino, cuando la noche era oportuna. Estaba muy lejano a la imagen brutal y salvaje que se manejaba de aquel demonio, pues alguien tan frágil en la superficie no podría hacer mucho daño me dije. Así me convencí de que seguro no se trataría más que un turista fascinado con la arquitectura urbana o a lo mejor un estudiante tomando sus notas; es más fácil convencerse para dejarse de preguntar por todo.

En eso, al preguntarle la hora al barman, me percaté de que todavía faltaba unos veinte minutos para volver a mis tareas; había estado toda la mañana con los preparativos para recibir a alguien importante, de una embajada que no recuerdo dónde, y todavía faltaba preparar las habitaciones de sus asistentes. Le di el último sorbo a la taza y, al volver mi atención más allá de los cristales de la entrada, supe que algo no andaba bien. De repente, toda esas oleadas de gente que ocupaban la principal hacia unos momentos ya no estaban, y, aún más extraño, sobre todo a esa hora tan concurrida de la mañana. No era cosa de todos los días ver la principal ausente de vida o notar el ruidoso tránsito del mediodía reducirse en silencio. Ahora, solo había quedado aquel tipo que caminaba muy despreocupadamente a lo ancho de la avenida, como si no lo estorbase nada ya, cosa que era cierto, sumido en la escritura de sus hojas. Esa tranquilidad de hacer las cosas tampoco era usual. De nuevo, intenté encontrar un par de razones para encontrarle la vuelta a la situación que se presentaba afuera, y pensé “a lo mejor tuvieron que cortar la circulación calle abajo por alguna obra o algo parecido”, pero no sé… algo no me terminaba de cerrar viendo a aquel sujeto extraño. Como si una mezcla de un temor desconocido con curiosidad me impedían despegar la vista en lo que quiera que estuviera haciendo aquel sujeto. Entonces, preguntas me volvieron a inquietar el descanso: cuestiones de qué hacia allí afuera, dando vueltas frente al edificio del hotel; por qué la mirada se le perdía en las alturas, los locales, cosas lejanas, por qué durante breves instantes la boca aparentaba moverse, como si hablase solo o con alguien invisible, ¿por qué tanto interés en anotar todo? Justo cuando no aguante más la duda y me dispuse a levantarme para ver qué pasaba afuera, el tipo se quedó observando hacia el cielo, murmuró unas palabras y, en el momento exacto que dejó de escribir, todo se volvió oscuro; como si el sol se hubiese quemado al igual que una lamparita, como si aquel fuera el responsable de apagarlo. Fueron unos segundos de total confusión, pero no hablo de esas situaciones de penumbra o de poca visibilidad en las que si haces algo de fuerza con los ojos logras ver uno que otro contorno, sino de un negro absoluto alrededor, la nada misma si es que existe algo así. Y no podría decir con seguridad cuanto duró, pero lo cierto es que una eternidad sentí pasar hasta que las iluminarias de la calle y las ventanas de los edificios cercanos se activaron, ofreciendo claridad nuevamente. Pero, para mi horrible sorpresa, el tipo había desaparecido de la avenida, al igual que todo el personal del hotel. Ahora se encontraba mirándome fijamente detrás de los reflejos de la gran puerta en la entrada. Estaba seguro, ya no era curiosidad, sino un completo sentido de alerta apoderándose de mí, sobrepasando mi razón. Y todo tendía a tornarse peor, como mi calma me abandonaba, al sentir todo el peso de sus ojos penetrantes sobre los míos, incluso cómo sus labios se movían dejando salir palabras imposibles de escuchar por la distancia. Pese al revuelto de ideas que se batía en mi cabeza, era difícil no notar como parecía trasladar cada palabra dicha en esa libretita negra que portaba con recelo, con la seguridad que solo trae la costumbre hecha habito. En ese momento, ya no me faltaba más para salir rajando de ahí; cientos de pinchazos en el pecho me alarmaban que corría peligro aguardando en aquella barra algo que no quería ni era capaz de entender. Pero ese plan quedó anulado cuando un cansancio sobrenatural se extendió por todo mi cuerpo; no podía moverme ya, no podía hacer mucho más que verlo atravesar la puerta para avanzar tranquilamente por el corredor hasta el lugar donde me encontraba. Y a medida que se aproximaba comprendía desde lo profundo de mi pánico lo absurdo del momento, del temor que despertaba aquel muchacho de rasgos ordinarios, pero era inevitable negar el presentimiento que brotaba en mí al analizar su apariencia, una amenaza invisible que no podía siquiera imaginar. Hasta que al fin pasó detrás de mí, para situarse del otro de la barra.

Como dije, no parecía ser de esos tipos violentos en si mismos, de esos que uno cruzaría indudablemente de vereda si los ve venir de frente. Más bien parecía un ratón de biblioteca, o esos de esos fundamentalistas del papel que frecuentan los cafés literarios; quiero decir, que no me hubiese resultado ningún problema derribarlo si la ocasión era oportuna. La amenaza no tenia que ver con su apariencia, por lo contrario, había tanta liviandad en su modo de moverse, de mirar, de reaccionar ante lo que lo rodeaba que me era insoportable, demasiada extraña. No me miraba, con el ceño fruncido, solo miraba el lugar y otras veces a la entrada pare luego volver a abrir su libreta y repasar las líneas que anteriormente había escrito. Tanto así que, tildado en sus pensamientos, comenzó a susurrar cosas de las que se arrepentía luego: “El silencio de la noche se había quebrado por la furia de sirenas cercanas. Solo podía significar algo aquello: el asesino había reclamado el último aliento de otra víctima”… Mhh, mejor no…  a ver así. “No había pasado mucho desde que las escalinatas de la biblioteca, el estallido de un disparo anunció. La policía sabía que no podía estar lejos de la escena del crimen. El Asesino de letras seguiría oculto en el corazón de la ciudad”.

Después de haber soltado y escrito esas frases sin demasiado sentido, una sucesión de luces rojas y azules pasaron a toda velocidad a lo largo de la principal. No me costó mucho entender que aquellas patrullas tenían que ver con este tipo que se paseaba con toda libertad, por fuera de todo lo que sucedía; no me costó hacerme la idea de que estaba indefenso, vulnerable a cualquier acto del posible demente. Satisfecho asentía como convenciéndose de algo, con una mueca retorcida en sus labios que parecía burlarse del espanto que no podía disimular. Daban ganas de gritar, todavía intentaba recobrar con desesperación mis fuerzas y así salir corriendo de ese sinsentido, o al menos para tener la mínima chance de defenderme de cualquier ataque. Sabía que todo eso era inútil, pero a esa altura mi desesperación no me dejaba retroceder en los intentos por recobrar la acción, hasta que, de repente, levantó la vista de sus asuntos y con una normalidad insoportable simuló percatarse de mi impotencia:

-Holaa…- me dijo, como si de alguna manera ya me conociera.

Ante la falta de respuesta, se quedó expectante observando mi sorpresa seguramente, con un tono tan inexpresivo que si uno tenía el coraje de sostenerle la mirada por algunos segundos podía notar cómo esta se desorbitaba más y más hacia cada extremo. No podía responder, pero la mandíbula me temblaba sin control. ¿Qué quería con todo aquello?¿Qué me mantenía ahí, tan perplejo ante alguien que no podía ser más extraño que cualquiera que viese ir y venir por las puertas del hotel?

-Disculpa. Se me fue la hora, porque aproveché que justo estaba afuera, y terminé con algunos detalles que no me cerraban. Pero, en realidad te estaba buscando.

Cuando descubrí que podía mover la boca, mi voz salió quebradiza, manoteando un par de palabras, sin darme tiempo a pensar siquiera.

-¿Aaa… aa… a mí?

-Sí, sí a vos,  ¿sos el gerente del Gran Hotel Morrison o no?- sin lograr entender todavía, me limité a asentir con la frente-. Me costó un poco ubicarte, bah, no, en realidad bastante. Se me hizo un lío porque no recordaba bien si te había dejado en el medio o en el final. Pero bueno… acá estás.

Mientras jugaba a golpear la punta de su lapicera sobre la tapa de una hielera, el extraño se quedó en silencio, dándose cuenta de la inquietud en mi cara.

-Mirá, sé que todo puede resultar raro, y si es que todavía no te preguntaste por qué estoy acá, pues deberías hacerlo. Después de todo estás hecho para no aceptar lo que viene a continuación, más bien para no entenderlo. Y aunque entiendas el gran final está en vos no lograr aceptarlo. Te comento igual, pero, primero aguántame un segundo que termino algo…

Ya no sabía qué esperar, ya no sabía si seguía hablándome a mí o alguna presencia revoloteando dentro de su locura. Otra vez se le había perdido la mirada y comenzaba a hablar solo, guardando silencio de a ratos únicamente para escribir lo que antes se decía a sí mismo: “Dentro de los abismos de su locura, el asesino comenzaba a comprender que esta vez no sería nada fácil desaparecer en los recovecos oscuros de la ciudad. El lamento de las sirenas retumbando entre los edificios y el calor de la sangre que brotaba irreparablemente desde un agujero en su pierna se lo confirmaban contundentemente. ¿Era miedo lo que sentía o quizás el fin de su ardua tarea? Las voces que tantas veces lo habían guiado en su incomprensible búsqueda, parecían abandonarlo; desprenderse de él mediante ese rastro que dejaba impregnado sobre las vidrieras y callejones de una ciudad que reclamaba su cabeza…”.

Frunció su boca como signo de aprobación y pareció que me hablaba de nuevo.

-Muy dramático, ¿no te parece? Espera a que llegue el clímax, ahí sí que… Pero, disculpa. Si no lo anotó rápido se me escapa y es bastante frustrante eso, me puedo llegar a bloquear. ¿Sabes qué pasa?, es que últimamente entendí que tengo que meterme más de lleno en la trama, revisar las cosas desde adentro, tomar notas, tachar… todo eso. Pero, esta vez… me parece… me parece que esta vez se me fue un poco la mano con ese importado que me regalaron; será que tomé con el estómago vacío, bah no sé.

-Todavía… todavía no entiendo nada.

-Está bien que no lo hagas, vas por buen camino. Como dije, para que todo ésto funcione ninguno de ustedes debería hacerlo- pasó de hoja en su libreta-. La cosa es que me di cuenta que mucho asesinato, viste… mucha muerte gratuita a estas alturas y sin una conclusión que me convenciera del todo. A ver, ayúdame, ¿qué decís de esto?: “Al llegar a la escena del crimen los agentes notaron que la causa de muerte era la usual, propia de la modalidad del Asesino de letras; una corte incisivo y certero en la garganta. En efecto, el criminal no se había aburrido de blandir su metal contra los desafortunados que solían cruzarse con él durante los fatales aires nocturnos. Esa era su marca. El disparo, antes anunciado por una vecina de las cercanías, había sido efectuado desde una nueve milímetros aún cálida, en la mano sin pulso de una joven; en la otra, una placa de policía bien sujetada entre los rígidos dedos.” ¡Ajá…! se pone bueno, no. ¿No?, ¿no te gusta? Quizás tengas razón, muy controversial para estos tiempos tan delicados.

En mi mente las ideas se amontonaban en puro caos. Recuerdo que tan solo no quería quedarme ni un segundo más como un corderito esperando que aquel delirante saque en cualquier momento un cuchillo para luego ser degollado como un idiota. Estaba seguro que ya no era miedo, otra cosa me inutilizaba la voluntad. Y ya no me importaba saber de qué iba todo este asunto, si aquel era o no ese degenerado psicótico que mataba pobres desgraciados por placer, o si no era más que un fan o un admirador del trabajo enfermo del Asesino de letras o tan solo saber que se traía entre manos con todo ese truco del apagón y de los patrulleros y con esos relatos que no dejaba de contar. ¡¿Quién era ese sujeto?!

-Solo soy alguien que quiere contar una buena historia- de repente me interrumpió, como si se me escapará aquello en voz alta, o quizás pudo realmente entrever en mis pensamientos, pero al fin, me interrumpió-. Bueno… por lo menos hablo por mí. Después, hay de todo. En cada ciudad, te digo más, en el mundo, hay millones como yo que lo hacen por causas infinitas; no sé, quizás por gusto, por descargo, por escape, puede ser terapéutico a lo mejor, o capaz que tan solo una búsqueda reveladora… no sé. Solo sé que soy uno más de ellos, y no de los mejores.

-Maa… ¿más como ustedes?- pregunté, como esperando una verdad que seguramente no podría soportar.

-Sí. Pero lo importante no es el quién sino el qué. Y la verdad es que estuve mucho tiempo buscando el qué que sostenga a toda la trama, algo como un cierre digno a tanto suspenso, y quién mejor que el amistoso y desapercibido gerente hotelero para explicarlo con lujo de detalle. No me mires así, ¿no te haces ni una idea, no? Vas a dejar de ser un papel secundario. Escucha, vos me dirás que te parece: “El sargento LeBlanc notó en el piso el casquillo que brillaba revelador bajo la luz de la luna. Se arrimó al cuerpo, y entonces cerró los ojos de su compañera, que acusadores lo contemplaban desde el suelo, a él y a los nubarrones de tormenta que se avecinaban por el este de los edificio de la biblioteca. El tiempo era crucial, pues el aguacero barrería el rastro que se dibujaba oscuro y espeso hacia el callejón y llevaba avenida arriba. El culpable debería estar cerca y ésta oportunidad de atraparlo no se volvería a repetir. Unas gotas estallaron sobre su camisa”.

-Te lo pido por favor, te lo ruego. Soltáme. No me importa si son verdad o no estas cosas que contás. En serio, hace como si no escuche nada.

Con total indiferencia, seguía enfocado escribiendo hoja tras hoja: “Los coches patrulla cubrían todas las posibilidades: rastrillaban todas las intersecciones, los lugares de mala muerte que aún permanecían abiertos, la plazoleta del centro, el hospital, pero no, era inútil después de todo. Comenzaba a llover en la ciudad una llovizna filosa y helada, haciendo que más que nunca, Leblanc, enfocado en su propósito, se abrazaba a los despojos que el asesino había dejado momentos atrás en su agonía”.

-Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver todo esto con el asesino? ¿Conmigo? No, no, no debí preguntar, prefiero no saber. Mira, ni siquiera te conozco. Déjame que me vaya y…

-Espera, espera. Ya termino, no falta mucho: “Anduvo a pie por las veredas de varias calles, al frente de los faros del coche patrulla que lo iluminaban en su camino. Casi pierde las esperanzas en el punto en que la lluvia se volvió aluvión y borró sobre el cordón del asfalto las últimas marcas que lo llevarían a su ansiada venganza, cuando al alzar la vista al final de la avenida una columna de luz se erigía ante él. El último rastro de sangre subía por las doradas escaleras del Gran Hotel Morrison”.

-¡Por favor! No sé qué me hiciste que no me puedo mover, pero te juro que desaparezco, no le cuento a nadie y me olvido de esto. ¡Lo juro!

Pero solo escribía y recitaba, o las dos cosas al mismo tiempo: “En las entradas del hotel, el portero yacía en el piso con una herida mortal en su vientre, el botones de igual modo se encontraba boca abajo como un trapo sanguinolento entre un tumulto de maletas. No había tiempo para esperar los refuerzos. Ordenó a los tres oficiales presentes cubrir las salidas traseras y de la cocina del callejón. El sargento, cauteloso y arma en mano, en el momento oportuno irrumpiría por la entrada principal. Solo estaba aguardando analítico, sin dejarse llevar por la emoción como un depredador al acecho, ya que no tenía un tiro muy claro ante el panorama. Distinguía a duras penas un par de siluetas a lo lejos, entre las penumbras de la barra, que parecían conversar pese al infierno que se sacudía afuera. Una vez en posición sobre el marco plateado del portal, con las muelas apretadas y bien alto, anunció su presencia ante los sospechosos”.

En eso, sentí parte de mi alma que  volvía a respirar, porque justo en ese momento noté las luces de unos patrulleros afuera, que recortaban con sus luces giratorias un grupo de personas. Sin embargo, el alivio fue en parte porque la presencia policial parecía ser voluntad de aquel ser siniestro, como que de alguna manera parecía escribir o dar registro de lo que sucedía en ese entonces. Acto seguido, en la entrada escuché una voz que con violencia nos pedía que pongamos las manos en alto y nos arrojemos inmediatamente al piso. El terror volvió a poseer el control cuando recordé que no podía moverme. La situación era tan sensible que, seguramente sino respondía a esa voz, lo siguiente seria el clásico disparar por las dudas, todavía más cuando mi indeseable compañero solo se enfocaba en escribir y escribir sobre las páginas de esa maldita libreta con más entusiasmo que antes. Solo pude rogarle en mi desesperación:

-No lo hagas, por favor. Mirá afuera, la policía está a punto de entrar. Todavía podes irte por la salida del depósito. No voy a decir nada, te lo juro… ¡Te lo ruego! ¡No me mates!

-¿Matarte?, no… no, nada de eso. Es al revés. Estoy acá para darte una nueva vida, un rol más elevado. Pues, ya lo resolví: vos vas a ser el que cuente el capítulo más importante de mi historia. Acordáte, te encargo la última parte.

Terminó de escribir unas líneas más, pero esa vez se contuvo de no decir palabra alguna y, de ese modo guardó la libreta en el bolsillo interno de su campera, mientras de un salto se incorporaba del asiento. Supe que hablar seria en vano entonces; era el fin. Cerré los ojos, creyendo que quizás tan solo me había dormido en el descanso y en cualquier momento alguien del personal me despertaría para volver a la dulce y aburrida realidad. Ojala hubiese sido de esa manera. Un golpe agudo sobre la madera de la mesa me obligó a que abriera los ojos ante una nueva realidad; una realidad ajena, compuesta por imágenes sueltas, sensaciones y recuerdos que hasta el día de hoy se me hacen imposibles de entender como partes de mí, no sé como pequeños fogonazos de una vida impuesta. A continuación, por mi mente paralizada pasaban las imágenes fugaces del barman que, desparramado sobre el mostrador de las botellas de whisky, me miraba con los ojos apagados ; ni siquiera el pantalón que se había vuelto de un bordo vivo, punzante, y goteaba en un charco del mismo color a través de las patas del asiento. Pero nada me estremeció tanto como la imagen del cuchillo que había aparecido en mi mano, de ese gran y pegajoso cuchillo que atravesaba por completo el cuerpo de esa libreta, ahora sin dueño. Sin embargo, los únicos momentos que se grabaron en mi memoria con una insólita seguridad son aquellos que contienen las palabras de aquel que ya no se encontraba en ese entonces. De ese extraño que como apareció se había retirado, ya sin podía ver cuando la mano de un policía me aplastaba la cabeza contra la fría madera, forzándome a soltar el cuchillo, forzándome a observar aquellos últimos fragmentos de locura que se abrían desde la  última hoja y que estaba exenta de sangre: “El sargento LeBlanc había encontrado al asesino hablando solo con los brazos temblorosos sobre la barra del bar. Su puño se cerraba sobre el tan nefasto cuchillo que terminaba en punta en el lomo oscuro de un bloc de notas. Ensimismado en sus delirios, parecía ignorar los reiterados avisos que el agente no dejaba de vociferar con furia, con un creciente conflicto para con sus emociones. Apretar el gatillo hubiera estado totalmente justificado en el reporte, tal vez una nota en su legajo; después de tanto tiempo, foguear con su revolver una, dos, tres o cuatro veces lo hubiesen pasado por alto en la jefatura al haberse realizado la justicia de una ciudad cansada de tanta muerte. Pero, su moral deteriorada volvió a cobrar sentido cuando un cadete resuelto apareció en la cúspide de tanta incertidumbre y prosiguió con su deber al aprehenderlo violentamente contra la barra, mientras le enunciaba sus derechos. Años después, en noches heladas desoladas como aquella, de toda esa parafernalia de muerte y pánico urbano, el sargento no se convencía por completo con aquel caso. Cada vez que lo pensaba, más masticaba la amarga incertidumbre que lo arrastraba a esa última escena en el Gran Hotel Morrison, la naturaleza brutal de los crímenes no se correspondían con esa imagen decadente de aquel gerente de hotel que, entre lágrimas y balbuceos, no dejaba de repetir una y otra vez las anotaciones de esa libreta, como si aquellas matanzas no fueron obra suya, como si aquella sed asesina no le perteneciera, como si el asesino de letras todavía anduviese suelto”.

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