Emilia Galotti: virtud y deseo

    Autores notables como Lessing, precursores del drama moderno como tal, han sabido marcar en sus obras un sentido de compromiso en tanto que promulgaban educar al público mediante el arte mismo, es decir, que en sus elaboraciones pretendían poner en juego el análisis de la realidad y las condiciones de la diferencia de estratos sociales, no encasillándose solo a producciones artísticas que apuntarán fundamentalmente al entretenimiento y la dispersión. En el siguiente texto se pretende abordar la relación de los principales personajes femeninos, Emilia y la condesa Orsina, con los valores de deseo y de virtud, teniendo en cuenta su ordenación en tanto a la disposición estamental y la posición ante el poder, en el registro de lo sensual. Se debe señalar que el análisis se limitará a aquellos sucesos pertinentes a la cuestión como las introducciones y las participaciones de cada una en el desarrollo de los eventos finales.

    En un primer acercamiento, la obra establece la pertenencia marcada de cada personaje en relación a sus estamentos sociales, y en consecuencia, la respectiva disposición de los valores típicos a cada clase, usuales en la estructura de la tragedia aristocrática. Como indica Jordi Jane: “…los valores burgueses, la virtud, la razón, la sinceridad, la honradez y la fidelidad, pasan a primer término, contrapuestos globalmente al vicio de la corte…” (Jordi Jané, 1998:74). Esto se puede ver en que ambos personajes femeninos se introducen de la misma manera ausente e indirecta en el primer acto de la obra, particularidad que posibilita a que la forma artística sugiera la primera distribución general de valores sobre estas subjetividades que insinúan el carácter de las mujeres en cuestión: “…los diálogos introducen al espectador en la situación y van perfilando los caracteres de los personajes” (Jané, 1998: 75).  Más allá de la reflexión artística que subyace en el diálogo, los retratos que el pintor ofrece al Príncipe, fungen como recipientes de los prematuros juicios que apuntan a predisponer los rasgos de cada mujer comentada, a su vez, que lo hacen en la clave de una  aparente concordancia con los caracteres despectivos o favorables atribuidos usualmente a la nobleza y burguesía. Refiriéndose al retrato de la condesa Orsina, con connotaciones desdeñosas hacia su persona: “…Todo lo bueno que el arte puede hacer con los ojos de la condesa, grandes, salientes hoscos y fijos, lo ha hecho usted, Conti, y con fidelidad…” (Lessing, 1998; 92). Al contrario, el caso de Emilia, se la construye sin vacilar, en vistas de una apreciación más justa y afable en base de sus facciones angeladas y la exaltación de la corporeidad; el sujeto de una clase de principios regios y virtuosos es sometido en objeto, pero ahora por el deseo inestable de la clase dominante y no su rechazo: “¡Ah bella obra de arte! Es cierto que te poseo? ¡Quien pudiera poseerte también a ti, la más bella obra maestra de la naturaleza!” (Lessing, 1998; 95).

    Así pues, tal constitución subjetiva del entorno sobre ambas mujeres, cambiará, es decir, que el sentido de correspondencia de los valores, en cuanto el deseo y el honor, en relación directa con el orden estamental de cada personaje y la subjetivación de éstas, se merma al tomar cada una de ellas la voz reflexiva y el control sobre  sus propias acciones y motivaciones. En el caso de Emilia será algo más complejo dado que en el segundo acto, una vez más, a fuerza de diálogos y descripciones de terceros, tal trastocación de los valores se despliega de manera más tardía, aunque desde los términos de una aproximación más en sintonía con su persona: el sujeto como objeto  se desplaza, ahora, a  un plano espiritual y pulcro que no flaquea en coherencia con su carácter integro. Además, tal construcción del sujeto portador de valores impolutos y válidos éticamente, se consagra aún más al estar en estrecha conexión social y familiar con personajes que reflejan comportamientos y principios  tan polarizados, en comparación a la naturaleza dionisiaca de la nobleza: el Conde Appiani y, su padre, Odoardo. Es por eso, que el carácter sumiso y endeble de Emilia a las ordenaciones morales y divinas no logra subvertirse en una voluntad autónoma y critica de sí misma, sino que, en la última secuencia, una vez desprovista de estas figuras de honor y frente al inexorable dominio del poder aristocrático y de su antojo hecho ley, es que toma un rol determinante y activo, diferente al sostenido con anterioridad.

    Por otra parte, a diferencia de los demás personajes, en ellas se evidencian los rasgos más marcados en relación a la virtud y al vicio, en tanto acepción del poder como seducción y de la avocación al deseo y la pasión; la aceptación del componente sexual resulta otro parámetro para el dinamismo del cambio de valores tanto de la burguesía y la nobleza. En un principio, a Orsina nos la presentan como una figura de temperamento histérico y de inclinaciones despreciables, bajo la mirada del Príncipe y del pintor. Luego, se revelará que este personaje comprende aspectos más complejos que un simple amorío olvidado  o la búsqueda inmediata por la satisfacción privada; no solo representa la aceptación de ese carácter sensual, sino, que ella es la conjunción tanto de una actitud de apertura y de comprensión en los designios del poder motivado por el deseo a la vez que el ejercicio de la razón y el intelecto necesario para poder llevarlo a cabo. Tanto así que poder reflexivo la salvaguarda de las maquinaciones y estrategias  sinuosas de Marinelli, aquel personaje que refleja el uso de la razón como instrumento del poder tirano, y logra ver  más allá del juego de la verborragia seductiva y de los modales que esconden motivaciones taimadas, lenguaje de apariencias de un mundo al que acostumbra. Además, Orsina es plenamente consciente de las apariencias protocolares y de las convenciones impulsadas por el vicio personal que comporta el mundo cortesano, como de su propio papel dentro de éste mismo. A pesar de su escasa participación, en el acto cuarto y primero, resulta de una intervención significativa, ya que dentro de su carácter, que a primeras instancias se la presenta dentro de la clave de la frivolidad y la apatía, su participación es crucial en la facilitación y reforzamiento de las convicciones ideológicas de Odoardo; a pesar, de ser la razón y la sensualidad en comunión, reconoce y, de igual manera, es solidaria con la naturaleza intransigente de la casta en oposición, de los principios que forman al camino del estrato burgués, regido por el decoro y la virtud. Dirigiéndose a Odoardo: “Lo veo en su semblante, digno y respetable. Usted también es razonable, pero con una palabra podría dejar de serlo” (Lessing, 1974:146). Ocurre en esa intervención que, como personaje resoluto y activo, la condesa moviliza la acción y la reversión de la puesta en escena, hilada con antelación por parte de las motivaciones de la nobleza, al interpelar a la templanza del padre burgués y a sus miedos, cuestión que devendrá en el cierre trágico por parte de su contraparte simbólica, Emilia.

    No obstante, la situación de Emilia que, en su desesperación al saberse capaz en algún momento de sentirse tentada por los mismos placeres terrenales y frívolos a los que toda su vida evadió, decide encontrar en la muerte una posibilidad de escape en detrimento a la seducción ulterior del mundo cortesano y de  sus propuestas, que no hacen más que implicar para ella la anulación de una vida de decoro y de honor; un grito de rechazo ante el yugo del poder: “La seducción es la verdadera violencia… Por mis venas también corre sangre, padre, sangre joven y caliente como la de cualquiera. También mis sentidos son sentidos”. De esta manera, su naturaleza sensual es descubierta y comprendida, pero no concretada y aceptada con el mismo raciocinio y carácter que Orsina, así mismo, pudiendo  al decidir finalmente mantener su ciega devoción en sus principios primeros y heredados. Heller reflexiona acerca del poder: “Hoy, no menos que en la época de Lessing, emergen situaciones límites en las que solo se puede renunciar al poder por medio de una muerte voluntaria. El suicidio es la única variante extrema de aislamiento” (Heller, 1998:164). La libertad y su elección, no recaen, para Emilia, en la asimilación de su aspecto sexual y pasional, sino en renegar de éste, y encontrar en la muerte una vía para mantener su honor o deberes morales intactos, hecho que implica en la renuncia de su vida, por manos de su padre cabe decir, con tal de que esta no se envicie con la ferviente seducción del poder tirano, a esa propuesta de perderse en la búsqueda del placer sin escrúpulos.

    Siempre es bueno rescatar las perspectivas de figuras influyentes en las dinámicas modernas de nuestra literatura, sobre todo, en el padre del drama burgués. Los sentidos que tomaban los vaivenes dinámicos que comprenden a las figuras femeninas más significativas en la obra, y cómo esta disposición de los valores se estructura sobre la clave de la pertenencia a determinado estrato social y la aceptación del poder, en el sentido de sensibilidad y seducción.

Bibliografía

Lessing, Gotthold, Emilia Galotti, trad. Jordi Jané. Madrid: Ediciones Cátedra, 1998.

Heller, Agnes, Iluminismo vs. Fundamentalismo: el ejemplo de Lessing. 1998

Emilia_Galotti_(acto_quinto,_escena_VIII)

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