De rencores y otros vuelos

Una súbita correntada de aire cálido llenó el silencio pulcro de los pasillos, la ausencia de cada cuarto, haciendo crujir los tablones del piso. Desde uno de los dormitorios, un bulto envuelto en penumbras y sudor, se incorporó en el borde de la cama. Aún aturdido, su mano tanteaba entre los pliegues de la sabana como intentando dar con algo. Comprobó el interruptor de el velador, pero éste se rehusaba a iluminar, acto que no hacia que revelar la falta de luz en toda la casa. Suspiró largamente, y, puesto que el aire transitaba espeso y húmedo en el ambiente, intentó prender un cigarro pero le fue tarea difícil de entrada. Satisfecho ante la primer bocanada de humo, rescató de un tumulto en el piso una camisa arrugada y un holgado pantalón de jean para meterse en ellos e iniciar.

Una súbita corriente de aire cálido llenó el silencio pulcro que descansaba en los pasillos, en la ausencia de cada cuarto, el crujir del piso. Desde uno de los dormitorios, envuelto en penumbras y sudor, un bulto se incorporó en el borde de la cama. Aún aturdido, su mano tanteaba entre los pliegues de la sabana como intentando dar con algo. Comprobó el interruptor del velador, pero éste se rehusaba a iluminar, acto que no hacía más que revelar la falta de luz en toda la casa. Suspiró largamente, y, puesto que el aire transitaba espeso y húmedo en el ambiente, de algún lado sacó un cigarro pero le fue tarea difícil encenderlo de entrada. Una lumbre y bocanada. Al fin, satisfecho, rescató de un tumulto en el piso una camisa arrugada y un holgado pantalón de jean para meterse en ellos e iniciar la jornada.

Entre bostezos y refriegues de párpados, tambaleó a lo largo de un corredor inundado de fotografías, una serie interminable de sonrisas y recuerdos que lo acariciaban desde tiempos irrecuperables. Así, anduvo sin andar hasta detenerse en seco, casi por instinto, sobre el umbral de una puerta que vacilaba entreabierta. La responsable era una brisa que burlaba las hendiduras de la persiana. Se quedó un par de segundos, inmóvil, contemplando el escenario que se suscitaba desde el interior. No se podía distinguir mucho, sólo las sutiles ordenaciones de luz que caían mortecinas, cortando en diagonal el aire en tinieblas, hasta finalmente reposar sobre la piel polvorienta de una cama doble. Por encima de todo, desde un retrato pendiente en la pared, se sugerían difusas figuras que coronaban esa porción olvidada de la casa. Él observaba impasible, o un poco dormido quizás, a pesar de la incipiente oscuridad, como si no quisiera perderlos de vista, como si aquellas caras sombrías pudiesen devolverle la vista. Suspiró una larga humareda y, sin temor a despertar a nadie, cerró de un portazo mientras seguía su camino por el pasillo. Al rato, más compuesto al refrescarse la piel, se encontraba con una botella de leche en sus manos. Cerró la heladera y notó un papel pegado sobre su superficie. En el pequeño trozo se marcaba una hora y un lugar. Una cuota de ofuscación se posó sobre su semblante. Después de un trago o dos, estrujó el papel con desprecio y lo arrojó contra los jeroglíficos en crayón y pintalabios que decoraban la pared de la cocina; seres traviesos, de otros tiempos, parecían haberlos dejado como alimento de nostalgias futuras. Luego, las botas, el tintineo de unas llaves y otra puerta cerrándose.

Afuera, desde el zaguán, la imagen era tan decadente y lúgubre como lo podía ser adentro: como si el cielo hubiese encadenado al sol en una piel de lata, renunciando a los colores y designios que animasen a una idea de vida. Desde el descenso de los primeros escalones, presintió que el aire plomizo parecía extenderse amenazante más allá del pueblo y la carretera. Era temprano todavía. Con firmeza, un repentino vendaval hirviente lo sacudió en su camino al garaje, a la vez que desparramaba sus gruesos cabellos sobre las cuencas de unos ojos salvajes, casi punzantes. Al lograr refugiarse de la furia del aire, se subió sin dilaciones a una camioneta que seguramente habría conocido pasados mejores. El monstruo de metal transpiraba y emanaba polvo por todo su capote, tanto así que tuvo que tomarse un minuto para limpiar los cristales. Giró la llave y, después de algunos intentos, el motor se consagró en un rugido ronco, triunfal. Acto seguido, emprendió la marcha por un sinuoso sendero que culminaba en una amplia calle de concreto. Allí abajo de la colina, aquella bestia rodante simulaba ser el único signo viviente, únicamente disputándose el puesto con los volcánicos vientos que, con voracidad, reclamaban las calles y la quietud de los negocios cerrados. No había nadie a la vista, nada que se pudiera ver, sin embargo, a tráves pose podía intuir que no había pasado mucho desde el mediodía. Algo se batía en ese escenario peculiar de desolación, algo comenzaba a inquietarlo. Buscó sin mirar un estuche con Cd´s dentro de la guantera, puso uno de ellos pero esté se cortaba cada vez que pasaba sobre alguna imperfección del terreno.

Así estuvo hasta salir de los límites del pueblo, hasta que se le antojó probar con la radio: pudo notar que, al recorrer las estaciones del dial, la mayoría de los canales eran pura interferencia, a excepción de una señal que parecía emitir un mensaje apagado, uno que se repetía indiscriminadas veces. Las indicaciones cernían sobre caminos cerrados, algo de alejarse de las ventanas, depresiones en los relieves, de evitar las inmediaciones de la intersección de la 38 y quién sabe más, y, de ese modo, la voz clara y femenina terminaba divagando entrecortada hasta perderse definitivamente en puro ruido blanco. Aquel rumor seseante se le antojaba afable, en tal sentido que no se dio cuenta que fácil era dejarse llevar por la liviandad del acelerador. La ruta le pertenecía, era claro, por eso su atención era mínima sobre la piel de aquella, de ese camino que parecía extenderse infinitamente, cual la hoja cuchilla que violentaba sobre la tierra y los campos. Todo el escenario dispersaba una energía melancólica: el incesante mar que replicaba con descaro la piel lúgubre de su contraparte en las alturas, mientras allá bien bajo, llegaba el sonido de las olas rompiendo con rigor contras las piedras afiladas que decoraban la costa, mientras que del otro lado, una llanura de inmensidades doradas, entretejidas sin orden alguno por extensiones de maíz y soja que se perdían hasta llegar a los pies de una familia de sierras abismales, imbuidas sus cabezas por anillos una niebla espectral. En algún momento, al mirar por el espejo retrovisor, bajó su marcha. De repente, las raíces de una intriga se deslizaron por su rostro. Pues, se había percatado de unas manchas que resaltaban entre la opaca atmósfera. Limpió con la manga de su campera el retrovisor empañado, pero la imagen mucho no había mejorado, sin embargo, ésto no le impedía darse cuenta que aquellas lo seguían con ímpetu, llegando hasta él, el ruido de unos cascos que surcaban las hierbas y cultivos, bien rasantes al cerco de alambre de púas. Largo rato se había distraído con esas anomalías musculadas,  inmerso estaba con el movimiento majestuoso de esas figuras, tanto así que frenó sin sutileza alguna al pasar al lado de un pintoresco lugar: una cafetería o algo similar, un respiro solidario de grandes puertas y ventanales que el asfalto cuarteado acorralaba contra el vacío de un  pronunciado acantilado. Dio la vuelta y, al echar un vistazo, no le costó encontrar lugar en el estacionamiento, salvo por un notable auto de corte ejecutivo. La ausencia se reproducía por igual en todos lados. Se detuvo, casi rozando la lujosa carrocería del intruso, y procuró un último vistazo hacia los interiores de la cafetería pero los ventanales solo le reflejaron el mismo abismo grisáceo detrás suyo, incluso se vislumbraban como fantasmas esos dos corpulentos cuerpos que lo habían acompañado desde los confines del pueblo, y ahora lo miraban del otro lado de un cerco maltrecho, relinchantes y curiosos. Sonrió como un niño. Acto seguido, ajustó el retrovisor hasta ponerlo en línea de su cara para limpiarse un rebelde rastro de dentífrico sobre la comisura de sus labios, y finalizó por acomodarse sobre la oreja unos mechones sueltos que bailaban sobre su sien. Con otro cigarro en la boca, salió enérgico hacia la entrada, como convencido, dejando por olvido la radio encendida.

Al atravesar la puerta una campanilla anunció su llegada. “¿Dónde estaban todos?” seguramente cualquier alma habría pensado al ver todos los rincones y asientos tan desolados como los paisajes anteriores. Sin embargo, notó en una de las mesas dobles, que daban de lado a uno de los amplios ventanales de la entrada, un portafolio de notable calidad, de forraje fino y oscuro, que resaltaba por sobre el tapizado gastado del asiento en el que se apoyaba. Se acomodó enfrentado al portafolio, prendió el cigarrillo y, entonces, posó su mirada a través del cristal. Del otro lado de la carretera, pastaban el par de jóvenes y magníficos potrillos las hierbas que bordeaban sobresalientes a la banquina. Parecía haberse quedado sumido en ese momento, al observar con tal intensidad y maravilla a esas tan inadecuadas manchas oscuras que resplandecían en galopes de júbilo y altanería, desafiando por igual a los vientos infernales, a la humedad soporífera, a la soledad pueblerina y sus derivas decadentes. Allá arriba, el firmamento revestido de lata, había devenido en un entretejido de nubarrones ennegrecidos, que dotaban la tierra y el horizonte de un tono grave y amenazante, como dispuesto a deshacer cualquier propósito, cualquier voluntad. Una sombra pareció eclipsarle el tenue resplandor que brotaba desde el cielo raso.

-Veo que seguís igual, pese a todo. ¿No aprendiste nada? Esas malas costumbres de ustedes…- interrumpió repentinamente una figura inadvertida. Al enfocarse en la fuente de esa voz, lo reconoció a medida que las manos de ésta última espantaba muy aparatosamente la nube de humo que flotaba sobre la mesa.

Se trataba de un joven que se erguía solemne frente suyo, con el peso muerto de su mano sobre la espalda de la silla, como expectante de algo, quizás de una respuesta mejor que el mero silencio de su compañero de soledad. Por contraste directo, era delgado y de complexión atlética. De su imagen se desprendía con facilidad un aspecto sobrio, correcto, la seguridad de que ningún detalle a la vista estaba dispuesto sin haber sido contemplado de antemano. Se movía con ligereza, se expresaba con suavidad.,

El sonido tenue de la lluvia se amalgamaba con la pantalla lluviosa de un televisor en la lejanía. Con un vago gesto le indicó que tomará asiento. En cambio, el joven sujeto lo observaba, con unos ojos que, contenidos detrás de unos marcos plateados, compartían la misma agudeza en su mirar; un vestigio salvaje. Por fin, se animó el extraño:

-Fui al baño a ver si estaba Nora, o alguien siquiera, pero no… nada.  Tampoco en la cocina hay nadie- mientras señalaba con un suave ademán hacia el espacio que comunicaba a los hornos con el mostrador y la barra.

-No te gastes, Nora ya no…- un estremecimiento pareció detenerlo-. Ahora se encarga el hijo del lugar.

-Ahh… ya veo. Lástima este lugar, no va a tardar mucho para caer en ruina en esas manos. Pobre Nora, que suerte con la de ese hijo- corrió el portafolios del asiento, y al fin se dejó caer en él con cautela, mientras desabrochaba el botón de su saco-. Debe estar “ocupado”, atrás en su casilla, estoy segu…

-Basta ya, – proclamó con impaciencia- ¿para qué me querías ver?

-Eh… sí, bueno. No te preocupes, también estoy con el tiempo justo, por eso estoy de paso no más-. El hombre comenzó a buscar dentro del portafolio. Con una desesperante disciplina recorría con la punta de sus dedos un manojo de carpetas y folios, mientras era escrutado atentamente, desde el otro lado de la mesa. -Sabes, debería seguir viaje a la ciudad cuanto antes. En el camino me llamaron desde la oficina para avisarme que podrían cerrar la ruta en cualquier momento. A ver… ah, sí. ¡Sabía que estaba por acá!

Prosiguió sacando una carpeta de cartulina madera. En la cara frontal tenía marcado una etiqueta con un largo número que, apenas notarlo, hizo que sacudiera la vista de nuevo hacia el paisaje desalentador que se animaba afuera, como procurando perder su atención sobre la reciente estela de agua que descendía discreta sobre los campos ondulantes de estepa y trigo. Los caballos seguían pastando con total ingenuidad; seguían allí para él.

– Mirá, aunque parezca tedioso, el trámite es fácil. Pero eso sí, la sucesión es ilegítima si no se establece la voluntad de ambas partes. Acá traje toda la documentación necesaria; es una firma no más-. El joven de fino traje se delataba entusiasmado, sus cejas se le iban en ángulo, el movimiento nervioso de sus manos desentonaba con su discurso sosegado. -Después de esto no hay más que una notificación que seguro te va a llegar de acá a un par de meses. Pero, teniendo en cuenta que estos procesos llevan lo suyo, voy a hacer que en el estudio le den más prioridad-.

Algo audaz, le puso la carpeta en sus manos y, así, continuó ofreciendo detalles como si alguien del otro lado lo escuchara.

-Después en algún momento de la semana, la gente del banco te va a llamar para resolver un par de cuestiones más, son cosas menores igual… y entonces sólo queda esperar… a que todo… ey, ¿estás conmigo?

Pasaron unos segundos, que no fue más para ambos que un letargo desesperante. Alrededor, agua y viento.

-¿Sabes qué fue lo último que dijo el viejo?- preguntó en un tono parco, como quién piensa en voz alta y no espera nada más que el eco de sus recuerdos. -¿Podes creer que ni un día falté a su cuidado? Siempre con él, para él.

Apagó el cigarro en la borra de una taza usada y prosiguió, si abandonar con su mirada  el cuadro de tempestad, más bien, a sus compañeros lejanos, que entre juegos y saltos, sacudían sus crines ante la caricia de la garúa.

-En todos estos años, pesé al esfuerzo de subir esa colina, de volver a esa casa una vez más, de entrar a ese cuarto y notar que ya no quedaba mucho de él- su nariz se dilató en una sutil mueca de exaltación, imprimiendo en él un rasgo más intranquilo aún. Pesé a todo lo que fue de nosotros en esa casa, nuestra casa, y eso fue lo último…

El viento aullaba con más inclemencia.

-De alguna manera, es mejor que nunca hayas vuelto, si alguna vez te hubieras dignado a asomarte seguramente hubieras salido en lágrimas al verlo tan reducido a ese hombre, irreconocible.

-Espera- interrumpió el joven. -No tenías por qué quedarte a vivir todo ese infierno. Fue tu decisión. Desde el principio te dejé bien en claro que me haría cargo de los gastos, de todo lo que haga falta.

-¡No!- lo interrumpió agazapado con los nudillos sobre la mesa. -No te equivoques: puede ser que todavía no te des cuenta de lo que realmente hacía falta, de lo que resultaba necesario entonces. ¿Un enfermero, un poco de plata de vez en cuando? Eso era Acaso, ¿tanto te perdiste estos años para que ese apellido significase tan poco para vos? ¡Una carpeta solamente, tan solo una casa vieja y sucia!

-Ey, cálmate. Ésto es lo que quería él, ¿o no te acordás? Además, te viene bien a vos también, te va ayudar bastante: no seas terco.

De un sobresalto se incorporó como una fiera, empujando hacia atrás la silla en el exabrupto. Sobre el cristal el repiqueteo de llovizna transmutaba en furiosos chispones de agua, que solo tendían a acentuarse más y más en violencia. Las muelas resonaban a través de su barba; las ideas no menos en su cabeza.

-¡Martin!, ese nombre gritaba delirando, a él lo quería ¿no entendés? Una visita siquiera, una llamada. Hasta el último momento nos reclamaba ese nombre.

Vendavales de agua se escurrían como piedras por los techos. Su inquietud se le comunicaba en el temblor de sus manos, en párpadeos irregulares se le revelaban ideas punzantes, una tormenta de emociones.

-“Martín”, balbuceaba cada vez que podía. No había día en qué llegará, y con los ojos perdidos en la ventana, me evocase ese nombre. Y pobre Nora; “¿Dónde está mi Martín?”, se ponía a gritarle, creyendo que se trataba de mamá. Y ella, con palabras pacientes, lo tranquilizaba cómo podía. ¿Qué se supone que le diría la pobre Nora? ¡Si ni a mí me reconocía!-

Y ese fue su único y último deseo, me dijo la cara pálida de ella, cuando llegué esa tarde a la estancia.

El del traje escuchaba, a veces con la mirada pesada sobre la alianza que relucía en sus manos, otras refugiado en las pequeñas letras de los papeles que sobresalían de la carpeta.

El calor era intratable, el respirar se volvió tarea ardua. Unos cables chirriantes serpenteaban en latigazos enérgicos por todo el estacionamiento.

-Se la pasaba mirando esa foto, entre gritos y balbuceos, que no cierren la puerta para poder ver a su pequeño niño, a Martín jugando por los pasillos. Martín… ¡Martín!

El joven de traje parecía contener con fuerza una tempestad entre sus puños, se aferraba a la silla mientras seguía escuchando.

-¿Su familia dónde estaba, eh? ¿Su preciado hijo? ¿Su Martín? ¡¿Me podes decir?!- seguía frenético.

Las luces comenzaron a fallar. Las palabras, en cambio, brotaron con más vigor, más vibrantes.

-Yo… no es justo… Yo siempre trate…- el joven masticaba una réplica.

Los dos potrillos pasaron volando muy bajo sobre el techo de la camioneta.

-Jugando a los coches de lujo, a los maletines importados, a la vida soñada en la ciudad, ¿no? ¡¿DÓNDE ESTABA?!¡¿DÓNDE?!- vociferó grave intentando imponerse a la naturaleza que los envolvía. ¡DECIME! ¿VOS DÓN…

No faltó mucho más, ese fue el último despojo de humanidad que se escuchó en el lugar. Porque las mesas y las sillas comenzaron a sacudirse, los objetos y la materia se convulsionaron; una atmósfera hambrienta los reclamaba sin piedad. Entonces, no llevó más que un manojo de segundos, para que el fervor de aquella ira fuera absorbido por el azote furtivo de toneladas de metal y viento atravesando el ventanal, tan solo un instante desprevenido para que aquel escenario se elevará por los aires en un increíble vórtice de escombros, agua y caos.

La tormenta cesó con su descargo. Como corolario de aquella, el gris de la tarde se tornaba en un rosa fulguroso cuando, sobre la base de un acantilado de rocas y musgo, un bote a motor hizo contacto con una vieja camioneta tumbada. Yacía semi inmersa en el agua, con la lumbre intermitente de sus faros, asemejaba a una suerte de astro agonizante refulgiendo con sus luces en la bruma desconsiderada del mar. Desde su cabina surgían unas voces que apenas sobrevivían al ruido de las olas arropandose contra las chapas retorcidas y los vidrios magullados. Más de cerca, resultaron no ser más que las palabras nacientes de una radio moribunda; un informe de noticias cualquiera:

-SSSS… LUEGO DEL TEMPORAL, SE DESCONOCEN AÚN LOS DATOS PRECISOS PERO SE ESTIMA QUE LOS DAÑOS MATERIALES DEL PUEBLO SON MINIM… SSSS… GRACIAS A LA RÁPIDA ACCIÓN DE LAS AUTORIDADES LOCALES Y LA GUARDIA COSTERA… SSSS… PÉRDIDAS HUMANAS NO SE REGISTRAN AÚN, SIN EMBARGO, ANTES DE EL ALERTA, FUERON REPORTADOS DOS POTRILLOS DE COMPETENCIA, PURA SANGRE ÁRABES… SSSS… ESCAPARON ASUSTADOS DEL RANCHO DE CRIANZA DE DON RI…

El lamento del viento se volvió más amable, llevándose consigo a las nubes que se retiraban en bandada; pues ya habían hecho demasiado. Ahora, el terreno sideral podía desparramarse en plenitud con sus estrellas por todo el firmamento nocturno. Desde el agua, los faros titilaron una, dos y una última vez, hasta que apagarse por completo.

-SSSS… PUEBLO INTACTO POR FORTUNA, SÓLO EL DERRUMBE DE LA VIEJA RESIDENCIA EN LA COLINA, CUYO PROPIETARIO, UN MIEMBRO DE LAS CASTAS FUNDACIONALES DEL CONDA… SSSS… FALLECIÓ EL MAYO PASADO… SSSS… SE ESTIMA QUE UN PAR DE PROYECTILES DE CONSIDERABLE VOLUMEN IMPACTARON CON TAL FUERZA EN EL TEJADO DEL… SSSS… AÚN SE DESCONOCE SI LOS PROPIETARIOS FUERON EVACUADOS AL IGUAL QUE EL PUEBLO, ANTES EL INCI… SSSS… EN OTRAS NOTICIAS, EL GOBIERNO HA DICTAMINADO NO CEDER ANTE LAS DEMANDAS DE LOS PRODUC… SSSS…

Ya no era posible más que la efervescencia del mar, hasta se podría jurar que no muy lejos de la costa, si alguien hubiese estado atento, unos relinchos conciliadores se entremezclaban con la armoniosa sonoridad que emanaba desde las ruinas del día. Afuera, desde el zaguán, la imagen era tan decadente y lúgubre como lo era adentro: como si el cielo hubiese encadenado al sol en una piel de lata, renunciando a los colores y designios que resultan solidarios a la vida y a la idea de un nuevo idea; un lugar sin esperanzas. Desde allí, se intuía que esa sensación plomiza en el aire parecía extenderse amenazante y altiva más allá del pueblo y la carretera. Era temprano todavía. Con firmeza, un repentino vendaval hirviente lo sacudió en su camino al garage, desparramando sus gruesos cabellos sobre las cuencas de unos ojos salvajes, casi punzantes. Al lograr refugiarse de la furia del aire, se subió sin dilaciones a una camioneta que habría conocido pasados mejores. El monstruo de metal transpiraba y emanaba polvo por todo su capote, haciendo que tenga que tomarse un minuto para limpiar los cristales. Giró la llave y, después de algunos intentos, el motor se consagró en un rugido ronco, triunfal. Sin más vueltas, emprendió la marcha por un sinuoso sendero que culminaba en amplia calle asfaltada, y, una vez allí abajo de la colina, aquel monstruo rodante simulaba ser la única insignia, solo disputándose el puesto con  los volcánicos vientos que, voraces,  reclamaban las calles y la quietud de los escasos negocios. No había nadie a la vista, nada que se pudiera ver, sin embargo, si tendría que haber arriesgado hubiera dicho que no había pasado mucho desde el mediodía. Algo se batía en ese escenario peculiar de desolación, algo comenzaba a inquietarlo. Buscó sin mirar un estuche con Cd´s dentro de la guantera, pusó uno de ellos pero esté se cortaba cada vez que pasaba sobre alguna imperfección del terreno.

Así estuvo hasta salir de los límites del pueblo, entonces, se le antojó probar con la radio: pudo notar que, al recorrer las estaciones del dial, la mayoría de los canales transmitían ruido de interferencia, solo hallo respuesta en una fría voz, casi inentendible por su que, monótona y pausada, emitía un mensaje que se repetía cada tanto o eso parecía: indicaciones sobre caminos cerrados, alejarse de las ventanas, evitar las inmediaciones de la intersección de la 38 y quién sabe, depresiones en los relieves, y así una voz clara y femenina divagando entrecortada hasta perderse definitivamente en ruido blanco. El ruido lluvioso de ese aparato parecía resultarle afable, tanto así que no se dio cuenta que tan fácil era dejarse llevar por el acelerador. La ruta le pertenecía. Su atención era mínima sobre la piel de la desolada carretera, un camino que parecía extenderse infinito, cortando a su paso las dimensiones del agua: por un lado, el incesante mar que parecía replicar con descaro la piel lúgubre de su contraparte en las alturas, mientras allá bien bajo, llegaba el sonido de las olas rompiendo con rigor contras las piedras afiladas que decoraban la costa, del otro, una llanura de inmensidades doradas, entretejidas sin orden alguno por extensiones de maíz y soja que se perdían hasta llegar a los pies de una familia de sierras abismales, imbuidas sus cabezas por anillos una niebla espectral. En algún momento, al mirar por el espejo retrovisor, bajo su marcha. Una intriga parecía haberlo abordado de repente. Notablemente se había percatado de unas manchas que disonaban con fuerza ante la atmosfera de grises tonos que pretendía cubrir todo con ese oxigeno denso y sofocante. Limpió con la manga de su campera el retrovisor condensado en agua y tierra, pero la imagen mucho no había mejorado, sin embargo, éste no le impedía darse cuenta que aquellas lo seguían con ímpetu salvaje, surcando las hierbas y cultivos que rasaban el cerco de alambre y púas. Se había distraído tanto con esas anomalías relinchantes, que frenó sin sutileza alguna, al pasar al lado de un pintoresco lugar que comprendía un espacio entre el asfalto y un pronunciado acantilado. No le costó encontrar lugar en el estacionamiento, salvo por un notable auto de aspecto ejecutivo, la ausencia atentaba imponerse por igual en todos lados. Se detuvo, casi rozando la lujosa carrocería del intruso, y procuró un último vistazo hacia los interiores de la cafetería pero los ventanales solo reflejaban el mismo abismo grisáceo detrás suyo, además, de a esos dos corpulentos cuerpos que lo habían acompañado desde los confines del pueblo, y ahora lo miraban del otro lado de un cerco maltrecho, relinchantes y curiosos. Sonrió como un niño, ajustó el retrovisor hasta ponerlo en línea de su cara para limpiarse un rebelde rastro de dentífrico sobre la comisura de sus labios, para finalizar de acomodarse sobre la oreja unos mechones sueltos que bailaban sobre su sien. De su campera sacó otro cigarro y salió enérgico hacia la entrada, como convencido, dejando por olvido o mero capricho el motor en marcha.

Al atravesar la puerta una campanilla anunció su llegada. “¿Dónde estaban todos?” seguramente cualquier alma habría pensado al ver todos los rincones y asientos tan desolados como los paisajes anteriores. Sin embargo, notó en una de las mesas dobles que daban de lado a uno de los amplios ventanales de la entrada, un portafolio de notable calidad, con un forraje fino y oscuro que deslumbraba por sobre el tapizado gastado del asiento en el que estaba apoyado. Se acomodó enfrentado al portafolio, prendió un cigarrillo y,  entonces, posó su mirada a través del cristal. Del otro lado de la carretera, sin que les sea demasiado esfuerzo el oxidado cerco que pretende salvaguardarlos de un tráfico fantasma, pastaban un par de jóvenes y magníficos potrillos las hierbas que bordeaban sobresalientes a la banquina. Parecía haberse quedado sumido en ese momento, con el pucho pendiendo de sus labios, al observar con tal intensidad y maravilla a esas tan inadecuadas manchas de marrón que resplandecían en galopes jubilosos y divertidos que desafiaban por igual a los vientos infernales, a la humedad soporífera, a la soledad pueblerina y sus derivas decadentes. Allá arriba, el firmamento revestido de lata, había devenido en un entretejido de nubarrones frondosos y sucios, que dotaban la tierra y el horizonte de un tono grave y amenazante, como dispuesto a deshacer cualquier propósito, cualquier voluntad. Una sombra pareció asomarse sobre su rostro.

-Veo que seguís igual, pese a todo. ¿No aprendiste nada? Esas malas costumbres de ustedes…- interrumpió repentinamente una figura desde el otro extremo de la cafetería. A medida que se acercaba a su mesa, parecía querer espantar muy aparatosamente la nube de humo que flotaba sobre la mesa.

El del cigarro se tomó su tiempo para advertir aquella presencia, y sin decir nada, se quedó mirando inexpresivo a ese peculiar extraño que, en seguida, se erguía solemne frente suyo, con el peso muerto de su mano sobre la espalda de la silla, como expectante de algo, quizás de una respuesta mejor que el mero silencio de su compañero de soledad. Era un hombre delgado y de complexión atlética, por contraste directo, algo más joven y rasgos más amables y suaves. De su imagen se desprendía con facilidad un aspecto sobrio y correcto, la seguridad de que ningún detalle a la vista sin haber sido contemplado.

Firmes vientos se sentían arremeter contra los techos del lugar, en una sintonía apacible con el sonido de lluvia que provenía de un televisor sumido en una pantalla lluviosa y puesta en un letargo seseante. Con un vago gesto le indicó que tomará asiento. En cambio, el joven sujeto lo observaba, con unos ojos que, contenidos detrás de unos marcos plateados, compartían el mismo sentido salvaje. Por fin, se animó:

-Fui al baño a ver si estaba Nora, o alguien, pero no… nada.  Tampoco en la cocina hay nadie- mientras señalaba con un suave ademán hacia la abertura en la pared que comunicaba hacia el interior poco visible.

-No te gastes, Nora ya no…- un estremecimiento pareció detenerlo-. Ahora se encarga el hijo del lugar.

-Ahh… ya veo. Lástima este lugar, no va a tardar mucho para caer en ruina en esas manos. Pobre Nora, que suerte con la de ese hijo- corrió el portafolios del asiento, y al fin se de dejó caer en él con cautela, mientras desabrochaba el botón de su saco-. Debe estar “ocupado”, atrás en su casilla, estoy segu…

-Basta ya- proclamó ¿Para qué me querías ver?

-Eh… sí, ya veo. No te preocupes, también estoy con el tiempo justo, por eso estoy de paso no más. El hombre comenzó a buscar dentro del portafolio. Con una desesperante disciplina recorría con la punta de sus dedos un manojo de carpetas y folios, mientras era escrutado atentamente, desde el otro lado de la mesa. -Sabes, debería seguir viaje a la ciudad cuanto antes, en el camino me llamaron para avisarme que podrían cerrar la ruta en cualquier momento. A ver… Sí, sí, ¡sabía que estaba por acá!

Sacó una carpeta de cartulina madera. En la cara frontal portaba un largo número que, apenas notarlo, el otro tipo sacudió  la vista hacia el paisaje desalentador que se animaba afuera, como procurando perder su atención sobre la reciente estela de agua que descendía discreta sobre los campos ondulantes de estepa y trigo. Los caballos pastaban con total ingenuidad; seguían allí para él.

– Mirá, el trámite es fácil, aunque parezca tedioso. Pero eso sí, la sucesión es ilegítima si no se establece la voluntad de las partes que con derecho efectivo a la herencia. Acá traje toda la documentación necesaria; es una firma no más. El del traje se delataba entusiasmado, sus cejas se le iban en ángulo, el movimiento de sus manos desentonaba con su discurso sosegado. -Después de esto no hay más que una notificación que seguro te va a llegar de acá a un par de meses. Pero, teniendo en cuenta que estos procesos llevan lo suyo, voy a hacer que en el estudio le den prioridad a esto. A ver… déjame chequear que todo esté bien, Sí, acá mirá; fíjate, firma aca abajo- Le puso la carpeta en sus manos y continuó. Después, en algún momento de la semana, la gente del banco te va a llamar para resolver un par de cuestiones menores más… y entonces sólo queda esperar… ey, ¿estás conmigo?

-¿Sabes qué fue lo último que dijo el viejo?- preguntó en un tono parco, como quién piensa en voz alta y no espera nada más que el eco de sus memorias.

-Podes creer que ni un día falté a su cuidado. Apagó el cigarro en la borra de una taza usada y prosiguió, volviendo a fijar su mirada hacia el cuadro de tempestad que se figuraba sobre sus compañeros musculados que, divertidos y vitales, sacudían sus crines ante la primera garúa-. En todos estos años, pesé del esfuerzo de subir a esa estancia, de volver a esa casa una vez más, de entrar a ese cuarto y notar que ya no quedaba mucho de él, que si alguna vez te hubieras dignado a asomarte seguramente hubieras salido en lágrimas al verlo tan reducido a ese hombre, irreconocible. Siempre, ni un día…

Su nariz se dilató en una mueca exaltada, imprimiendo en él un rasgo más salvaje aun. El viento aullaba con más inclemencia.

-No tenías por qué quedarte a vivir todo ese infierno. Fue tu decisión quedarte ahí. Desde el principio te dejé bien en claro que me haría cargo de los gastos, de todo lo que haga falta.

-No- lo interrumpió marcando los nudillos sobre la mesa-. Puede ser que todavía no te des cuenta de lo que realmente hacía falta, lo que resultaba necesario entonces.

Llegué a la medianoche a la estancia, para encontrarme con luces verdes y a Nora en la entrada diciéndome todo esto. Esa tarde una tormenta así de fiera como esta me cerró el paso en la entrada al pueblo-. Se quedó en silencio por un instante, lejano, la fricción de las muelas se le marcaban debajo de la barba, del mismo modo que unas ideas que no dejaba de punzar debajo de la sien empapada de sudor. Sobre el cristal el repiqueteo de furiosas chispas de agua se acentuaban en violencia.

Martín, decía. A cada rato evocaba ese recuerdo. ¿Dónde está Martin? se ponía a gritarle a Nora, le reclamaba creyendo que veía a mamá.

Aquel de traje escuchaba, con un silencio pulcro, sin mirarlo directamente, refugiado en las pequeñas letras de los papeles que llenaban sus manos. Deja la puerta abierta, gritaba. No la cierres

No sabes cuantas noches me vi tentado de sacarlo de su engaño, de esos ratos en que se ponía a divagar en recuerdos, y veía en mí al tío y en Nora a la vieja.

Los dos potrillos comenzaron a despegarse del suelo.

¿Su familia donde estaba, eh? ¿Sus hijos? ¿Su pequeño Ernesto?

No llevó más que un manojo de segundos, para que el fervor de aquel descargo fuera absorbido por el azote furtivo de toneladas de metal y viento atravesando el ventanal, solo un instante desprevenido para que aquel escenario se elevará por los aires en un increíble vórtice de escombros, agua y caos.

No te das cuenta, una llamada era suficiente, una visita de vez en cuando. El quería que vuelva, verlo a su Ernestito por tan querido por última vez.

La tormenta había cesado en su descargo. El gris de la tarde se tornaba en un rosa fulguroso cuando, sobre la base de un acantilado de rocas y musgo, un bote a motor hizo contacto con una vieja camioneta tumbada que, con la lumbre intermitente de sus faros, asemejaba a una suerte de astro agonizante refulgiendo con sus luces en la bruma desconsiderada del mar. Desde la cabina surgían unas voces que apenas sobrevivían al ruido de las olas arropándose contra las chapas retorcidas y los vidrios magullados. Más cerca, resultaron ser las palabras naciendo desde una radio moribunda, un informe de noticias cualquiera:

-… LUEGO DEL TEMPORAL, SE DESCONOCEN AÚN LOS DATOS PRECISOS PERO SE ESTIMA QUE LOS DAÑOS MATERIALES DEL PUEBLO SON MINIM… SSSS… GRACIAS A LA RÁPIDA ACCIÓN DE LAS AUTORIDADES LOCALES Y LA GUARDIA COSTERA…PÉRDIDAS HUMANAS NO SE REGISTRAN AÚN, SIN EMBARGO, ANTES DE EL ALERTA, FUERON REPORTADOS DOS POTRILLOS DE COMPETENCIA, PURA SANGRE ÁRABES… ESCAPARON ASUSTADOS DEL RANCHO DE CRIANZA DE DON RI… -PUEBLO INTACTO, SOLO EL DERRUMBE DE LA VIEJA RESIDENCIA EN LA COLINA…, CUYO RESPETADO DE LA COMUNICDADPROPIETARIO FALLECIÓ EN FECHAS RECIENTES…UN PAR DE PROYECTILES DE CONSIDERABLE VOLUMEN IMPACTARON CON TAL FUERZA QUE… SE DESCONOCE SI LOS PROPIETARIOS FUERON EVACUADOS AL IGUAL QUE EL PUEBLO…EN OTRAS NOTICIAS, EL GOBIERNO HA DICTAMINADO NO CEDER ANTE LAS DEMANDAS DE LOS PRODUC…

El lamento del viento se volvió más amable, llevándose consigo a las nubes que se retiraban en bandada; pues ya habían hecho demasiado. Ahora, el terreno sideral podía desparramarse en plenitud con sus estrellas por todo el firmamento nocturno. Entre el agua, los faros titilaron una, dos y una última vez, hasta que se apagaron. Ya no era posible más que la efervescencia del mar, hasta se podría jurar que no muy lejos de la costa si alguien hubiese estado atento, unos relinchos conciliadores se entremezclaban con la armoniosa sonoridad que emanaba de las ruinas del día.

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Dibujo: Lucas Capua
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