Mejor no hablar de ciertas cosas

Hace algunos años, un par exactamente, solía aprovechar las sofocantes madrugadas de febrero y salía a caminar, sin motivo o razón precisa alguna, por las tan difamadas veredas de mi ciudad. Tiempo después creí que todos esos paseos nocturnos se debían a una chica, o mejor dicho al adiós de aquella, pero no, no era así… No sé por qué hacia eso en realidad, era otra cosa, mucho peor que un simple desamor; siempre hay otra cosa asomando por detrás de una despedida. Tristeza o dolor sospechaba, pero, a pesar de todo, no era más que algo de angustia, eso era claro. Y lo podía intuir porqué, sabiendo que a mí nunca me gustaron las caminatas de ningún tiempo -me resultaban algo tedioso, una actividad relacionada a la gente mayor y gastada, un prejuicio infundado de aquel tiempo junto a docenas de otros- me pasaba como ahora, no podía contener el impulso de querer calmar algo que no sabia bien dónde ardía ni cómo podría hacerlo, solo necesitaba salir al exterior, creyendo poder encontrar alguna respuesta en algún escondrijo oscuro. Caminaba y caminaba sin un destino en mente, por la mejor y peor parte de la ciudad, esa de luces amarillas y antiguas, la de los pecados a flor de piel. Me había pintado la onda de la música clásica, recuerdo, y por ahí andaba: un flacucho en ojotas a las tres de la madrugada con los ojos vagos y puestos en nada y a la vez en todo, en ese acontecer de patrullas recaudadoras deteniendo motos e infelices en cada esquina, las plazas atestadas de bandas de indeseables reclamando a carcajadas y a botellas su lugar en la noche, las laboriosas chicas que pasaban desafiantes en miradas y piernas camino, con un hambre cazador, al viejo Oktubre, una luna que no se me mostraba por completo, que se refugiaba detrás de un edificio o nubarrón como escondiendose de algo, y todo esto mientras me endulzaban los oídos los suntuosos vientos y los compases de toda genialidad barroca reflejada en “Las cuatro estaciones” o, adecuado justamente para ese entonces, mi eterna “Moonlight sonata” -esa composición tiene algo, como un efecto extratemporal que nace desde el temblar de ese piano, sobre todo los primeros minutos, como si cada vez que la escuchara fuera la misma persona a través de los años-. Es gracioso si lo pienso ahora, resulta que era agradable toda esa escena; pensar, sin pensarlo, que quizás podía darle algo de clase a la decadencia de todos esos corazones que respiran brea y penares de todo tipo, que quizás ahí podría hacer algo y darle algo de control, de armonía, a tanta desesperación urbana. Todo el mundillo nocturno era visto bajo mis ojos o, a lo mejor, yo era visto por todo ese mundillo. Nunca importó, pues hay peores miedos que atender a los pavores que puede suscitar la noche, es más, de algún modo siempre me siento seguro caminando sobre sus horas; en sintonía, como un animal nocturno más. Todo esa sensación de pertenencia me calmaba de alguna manera, hacia menos insoportable el calor en la piel y el rugir en la cabeza, pero aún seguía sin encontrar lo que ignoraba buscar Una respuesta, una jodida señal que acabase con la inquietud que no me dejaba dormir, con esa pulsión que brota extraña y amorfa, y no hace más que amenazar con reventarme el esternón desde adentro -así a lo Alien-, y luego uno siente la necesidad de querer gritar, de querer putear, ganas ardientes de al menos poder matar o llorar un poco, de destrozar el mundo tan solo para aplacar por algunos segundos siquiera tanto anhelo de nada, tanta desesperación inconclusa y sorda. Eso ocurre… asi lo sentía muchas veces como ocurria en esas noches. No hace mucho, me di cuenta que todo esto sucedia cuando las ocupaciones de siempre se esfumaban o terminaban de repente, y así se comenzaban a ver otras relaciones e hilos detrás de todo, de los vínculos, de las estructuras inadvertidas, de eso que estaba ahí pero que hasta ese entonces había algo más brillante e inofensivo a lo que entregarle la vida. Comienza de nuevo el preguntar demasiado por todo y a la vez saber demasiado de nada, de sumirse en esas preguntas con las que te podes llegar a perder irremediablemente. Lo siento ocurrir pero ya no es tan grave, es un sin sentido que no muerde. Solo te sigue por dónde vayas, tanto así, que en cada regreso o en cada soledad, escuchas algo que resuenan sobre tus pasos, a veces puntitas de pie y en otras estampidas estrepitosas, y al darte vuelta no hay nada, solo aire y tiempo. Es curioso, el primer impulso al reconocer la angustia es enfocarse en la falta, de esas cosas que creemos necesitar o que nos gustaría tener en lo inmediato de nuestras posibilidades. Y es por eso que ante la mínima sombra de vacío ya salimos a vender nuestra soledad al peor postor o nos damos festines de bienestar material comprando cosas que nos acarician solamente por un ratito. Y aún más curioso: nunca encontré respuesta, en nada, solo impulsos de esperanza y promesas de aventura en nuevos besos y en rumbos desconocidos; entiendo que nunca la encontraré. Alivios provisorios que fueron necesarios remedos ante tanta incertidumbre vivencial; de los casos cuando el remedio fue peor que la enfermedad, a todo ese poso de incógnitas se ensanchó en una gravedad de nostalgia, en las ganas que me quedaron de algunas personas, en horas inciertas que quisiera repetir aunque ya no existan. Y aquellas caminatas, de Bach y de fieras crepusculares, fueron noches y noches que buscaba en el ejercicio de la reflexión, y algo más por la influencia de paisajes sombríos, respuestas que me indicarán cómo proseguir, qué camino tomar a continuación. Todo fue inútil sin embargo, solo obtuve un poco de aire en esos días… eso y que me detuvieran un par de veces por actitud sospechosa y una involuntaria pinta de skinhead por la falta de pelo, de todo. Acto seguido, a la semana, mi resolución fue tomar una oportunidad inesperada y, con bolso en mano y un par de promesas deshechas, partir hacia un nuevo comienzo.

Y ahora estamos acá, ante la misma pregunta sin final. La misma cuestión con la que todos cargan, pero solo algunos advierten. Y… pobres desdichados, ¡Qué lindo club éste, el nuestro! Miembro existencial de esa misma pregunta que suele aparecer ante todos, en la calma de la almohada, o en el miedo ante la pérdida, justo un instante antes de dormirnos o justo después de abrir los ojos y que la mente se ponga en marcha incesante. Y así andamos, sabiendo que es una fuerza difícil de domar la angustia porqué, si bien puede ayudarnos a entender las cualidades y los logros en los que estamos apoyados, también puede devorar tempestiva cualquier designio de confianza o la ilusión por el buen porvenir. Encontré una metáfora, es una mar de preguntas que nos moviliza hacia su oleaje implacable, y bien podemos pasar las horas intentando alcanzar tierras que nunca sabremos ver, o bien podemos confiar en esa estructura que nos da soporte y que nos llevará a un lugar mejor. Pero por más que crea entender cómo funciona todo esto solo soy un prisionero más de las vicisitudes de la existencia en general, un prisionero que solo sabe de qué están hecha sus cadenas, cuanto pesan. Es por eso que, por favor, no se extrañe nadie si el día de mañana vuelvo a escribir sobre nuevos nombres, sobre nuevos proyectos, sobre nuevos placeres y dolores, todo aquello es una maniobra inútil de saciar esa sed de respuestas. Nadie enseña eso, ¿no?, digo, en el colegio, entre algunas de esas materias de suicidio, o los padres también, en lugar de hablar de cómo copular o quejarse del presidente del turno, hacer un poco de filosofía barata y spoilearle la vida a sus hijos, que digan que siempre nos será la misma pregunta, en suspenso a veces y otras latiendo impetuosa, como fuego en las entrañas; desde la luz hasta la oscuridad siempre será un final sin fin. A veces flasheo e intento imaginar a un responsable ficticio de nuestro posible origen y de las circunstancias pertinentes a éste. Imagino que quién nos haya fabricado pusó la marca de la angustia como sello distintivo de la humanidad, como un limite para no desafiar nuestra finitud; y no hablo de una deidad o algo por el estilo, sino un sádico ebanista o escultor que estaba aburrido simplemente y quería ver qué onda con nosotros. Habrá dicho entre la nada celestial: “Che, Marta, vení. No, no es una boludes, dale vení. Escucha esto: ya pobré con los dinosaurios y viste que no salió muy bien, después con los hombres lagarto y se escondieron en algún lugar profundo de la Tierra, qué tal si ahora hago muñequitos, algunos feos y otros no tanto, pero aca está lo interesante, nunca van a saber muy bien por qué hacen lo qué hacen, quizás a veces cómo lo hacen pero hasta ahí no más, y entonces esto va a hacer que se muevan y que aprendan y que mejoren y que odien y que se crean dioses, que piensen que se enamoran y que aman como una virtud, y que sostengan tener control absoluto sobre el destino y de sus elecciones, que pretendan ser superiores a lo que los rodea, que hasta al mismo devenir estén confiados de resolver en el futuro con su insuficiente técnica, que le recen a trivialidades y se desmerezcan y envidien en los logros y las ganancias ajenas, que se masacren en innumerables atrocidades solo para que algunos vivan mejor a costa de la decadencia de la mayoría. Pero sobre todo, que la confusión sea la causa de todas sus acciones, y como efecto que sufran, y que estén solos en ese sufrimiento, y no sepan otra cosa más que intentar tapar ese dolor con cosas de falsa satisfacción e insustanciales, al no saber cómo comunicar ese padecer a la comprensión del entorno, al no saber detectar el dolor de la incertidumbre en la mirada vecina y así lastimarlos en un instinto animal de desesperación, y despellejarse así mismos, a cualquier atisbo de expectativa e ilusión, amedrentar cualquier pensamiento atrevido con comportamientos nocivamente conformistas, y vivir tristemente con un rastro interminable de los cadáveres de esperanzas y pretensiones que resuenan en ecos de reclamos y nostalgia. Y entonces… morir. ¿Ehh, qué te parece? Andá, poneme la pava por favor. Dale, haceme la gauchada mientras empiezo por el primero.”

Hoy en día, y por suerte o desgaste, el sentir de la angustia no es drama, es cosa de rutina, casi como un resfriado. Y no es para menospreciarla, sé que puede ser algo jodido de lo que arrepentirse si no se le presta atención, pero el tema es ese: hay verla fija y decirle: “Eyy, te veo”. Reconocerla sabiendo que aunque siempre esté y no pueda resolverse, va a calmarse tarde y temprano, y que no hace más que aparecer y desaparecer de vez en cuando. Hoy en día, ya no me creo una victima del mundo por considerar que mi angustia es mejor en su padecer que la del resto de los demás, es una más, es tanto como lo puedo ser yo. Sin embargo, tampoco intentó explicarla ni darla a conocer, no es necesario y si quisiera tampoco sabría como descifrarla para que alguien la comprendiese. Alguien prudente y sabio me aconsejó alguna vez acudir a un profesional, y muchas veces lo intenté con gente que creía tener cierto grado de entendimiento; nunca funcionó aquello. Al principio quizás, pero luego, después de que todo se vuelva a desordenar adentro, llegué a la verdad que cada dolor es único, cada punzada en el alma se sufre en colores indescriptibles en cada quién. Solo se puede arrimar a ese dolor distinto e intentar escuchar simplemente, tan solo estar ahí aunque cueste comprender la condena de quién te mira. Persistir en hablar de cosas dejadas de lado por conveniencia existencial, en todo eso que incomoda, apenas se ve  un poco más de cerca. Dar una mano de soporte sin dejar de atender todo lo propio. Intentar al menos, ya sea en caminatas solitarias o en el calor humano de abrazos hermanos o de sabanas desordenadas, encontrar respuestas aun si nunca se llega a una verdad satisfactoria.

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Dibujo: Lucas Capua
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