La flor que nunca cae

Esta tarde pensé en la entrega como actitud, como estilo de vida, en la capacidad de soltar todo y así entregar mi energía a la primera idea que cruzará por mi cabeza. No, perdón… no creo haber sido claro, eso no es entrega ni aunque pudiera, en realidad consideré que es lo que hace falta para no irse con las cosas que se despliegan y se van volando libres e impunes, como barriletes entre las ramas del olvido o una simple flor que la reclama la gravedad de la tierra. Volando o cayendo, inertes en ellas mismas, y nosotros con prisioneros en su devenir. Perdón, a veces me dejo llevar por un fallido sentido poético. Luego, y como una afable sorpresa, pensé en el viejo, y en un fragmento de mi infancia que aparentaba haber estado en tinieblas todo este tiempo. De repente, tendido sobre una porción de sombra y pasto, todo se volvió a ser luz, una escena como de otra vida, sin nostalgia, sin tristeza; quizás, y lo más importante, sin tiempo, de no ceder al impulso ineludible de querer volver atrás. Habrá sido el aire floral que convidaba a todo el jardín de un desestimado árbol por la ignorancia frenética de mis rutinas, el de la flor cuales pezuñas escarlatas o, mejor, como pequeñas cuchillas carmesíes… Bueno, ahí estaba viéndome como en una escena, en días de tormentas que ya no existen, de las verdaderas, de esas que se retuercen como borbotones de humo ennegrecido entre vientos implacables y relámpagos trepidantes; viéndome a mí, en el fondo de mi olvidado hogar junto a una pequeña hermana que, a la par de expectantes, contemplábamos en silencio las manos hábiles de un padre sin canas. Es casi caprichoso la vuelta de ese momento, no sé porqué justo esa escena que consideraba olvidada de mi memoria. Sin embargo, una de las cosas más notables de aquella era esa destreza heroica que suelen manejar los grandes ante los ojos primerizos, contradictorio diría porque esa particularidad casi mágica se adquiere siempre desde un pasado, en años que para los hijos son desconocidos, épocas que no corresponden a esas imágenes fuertes y eternas, que alguna vez creíamos que ni el viento ni la muerte podrían estremecer. Hoy en día al parecer todo se dobla, todo amenaza con ser provisorio, ¿por qué no lo haría el hueso y la piel? Sobre todo, esa particular soltura de seguridades se notaba en el viejo, ya que su infancia no fue tan blanda como la mía y fue curtida, según anécdotas y leyendas que se manejan dentro del circulo familiar, por una travesía turbulenta por los parajes de innumerables trabajos y oficios variopintos. Entonces, ahí estaba, con vivaces y medidos movimientos articulando varillas de caña, algunas páginas del diario Óle y pinceladas de abundante cola. Admiración era el recuerdo de la sensación, idolatría escondida por un par de razones: primero porque era increíble verlo tan entusiasmado vislumbrando, con cierto ímpetu mal disimulado, esa pequeña creación criolla, cual Da Vinci del conurbano; y, segundo, era aun más increíble, y probablemente lo más extraño de atestiguar, verlo contrario a la vieja con sus directivas y gritos desesperados que suscitaban la llamada de un pronto auxilio para juntar los montones de ropa que se secaban afuera, antes que el aguacero empape todo… valor hacía falta para tal omisión de jerarquías, pero, bueno, nos eximia el momento de aprendizaje paternal. La primera vez que sucedió, no sabíamos bien, y esto lo notaba muy fácil en el conmovedor ceño fruncido de mi hermana, que sugería justificada incomprensión, qué era lo que se traía entre manos llamándonos desde el fondo y dándonos toscas y confusas explicaciones sobre cómo plegar el papel y la correcta distribución del adhesivo cola -cuya receta equilibrada en densidad y eficacia se la debían a no se qué tatara tatara tatara abuelo-. Quiero decir, que en esas primeras aproximaciones no sabíamos nada sobre por qué tanto empecinamiento en esa empresa simple, y casi absurda, él cuyo entusiasmo invertía en poder descansar cada domingo después de una semana de perros y del desgaste continuo con la gente. Pero sí intuíamos algo cuando finalizaba su esa poca mucha manualidad, un atisbo de extrañeza al no poder seguirle el paso luego, primoroso en su entusiasmo, esto luego, para verlo encarar hacia el pequeño bosque que quedaba a no más de media cuadra de casa, un poco haciéndose el que no escuchaba, por la sonoridad del viento y los relámpagos, los cuidados lejanos de mi vieja sobre plantas con espinas y el uso de nuestros adecuados abrigos. Una vez ahí, podíamos entendíamos todo sin saber que lo entendíamos por completo; era un espectáculo, no tenía pérdida. Era menester el estar atento, no solo al dispositivo planeador y a su meticuloso protocolo de despegue, sino también al casi imperceptible relumbre extraño en su mirada. El único indicio a la mano de nuestra joven perspicacia era el contraste de aquel extraño, con la figura parca y cansada que acostumbrábamos a esperar despiertos cada medianoche. La diferencia, era otro el matiz y las dimensiones de sus pupilas, la apertura de sus parpados, esa sonrisa oxidada que, anidaba inadvertida por él mismo sobre gran parte de su rostro, reemplazaba que socavaba a esa mirada habitualmente drástica y pesada. Con destellos de años que le fueron alguna vez, seguía con el brazo extendido por todo el pastizal elevado, como si el barrilete lo paseará a él por todo el lugar, como si en cualquier momento se elevará por la amabilidad de éste y se fueran hacia dónde recordaba querer irse. El barrilete, el viento, la cortina de flores que desfallecían de los arboles, la pulga de mi hermana bailoteando bajo ellas, y el viejo, el Martinez que sigue de pie y siempre aferrado a ese hilo de algo ligero, de lo único que lo mantiene a flote aún. No me olvido más de eso, ya no, de él que no hacia más que fijarse de lleno en esa romboide lámina de letras y de papel, y cómo ésta se dejaba transcurrir entre las corrientes del aire fluvial. Era cosa linda y rara, verlo al viejo siendo lo que alguien que nunca conoceré. Esta tarde me di cuenta de eso, que ese barrilete era el emblema de su niñez, una forma de intentar trasmitírnosla en ese entonces pero que no supimos descifrar dentro de nuestra ignorancia involuntaria. Un mecanismo lineal tan sólido e inescrutable como solo poder seguir el acontecer del mundo hacia una sola dirección. Una niñez dentro de otra niñez, de la nuestra, y estas dentro de otras, de las qué vendrán. Quizás de eso se trate la familia después de todo, o quizás solo fue un interpretación mía avivado bajo un momento de reflexión bajo ese árbol.

Qué loco resulta todo… y qué injusto, además, para esas cosas que deberían yacer en calma y bajo las sombras, y de repente, tener que volver a iluminarse con el sentir de un sútil estímulo sin contemplar de antemano. Volver atrás para resolver que, irreparablemente, todo va hacia adelante. Está bien, por suerte era una memoria inofensiva, algo parecido como a encontrarse a un viejo conocido, perteneciente a otras amistades o vidas quizás, en alguna esquina de la ciudad descartadas. Y cosas de este estilo parecen surgir cuando verdaderamente te adentras en un buscado estado de inercia, de no detenerse demasiado en nada.  Tal así, que descansaba tan despreocupado bajo la sombra de esas ramas, me olvidaba de lo simple que puede ser dejarte caer sin razón, tan solo escuchando el rumiar del aire contra el verde profundo de las hojas sobre mi cabeza, pensando en la irrealizable posibilidad de una sonrisa al pasar, de tener cajas y cajas de reserva de sus mismas pastillas de siempre, y adentrarme aún más con el pasar de los segundos en esas acometidas de irreflexión para no pensar en nada por fuera de lo que está en frente de uno, y sin embargo no se advierten en la prisa de los días. Eso se necesita… remar bien fuerte, volver a casa y regresar a nuestra postura cuando queramos, vislumbrar el porvenir incipiente pero siempre ensimismado en el ahora, dentro de los engranajes de lo que acontece a nuestros ojos. Y, en definitiva, todo despertó de alguna manera, por el filo de una flor roja que cayó con cierta presión sobre mi pecho, y entonces recordé, sin dolor esta vez, que ese bosque que desprendía flores semejantes solo es desierto, que ese viento no está más, que a ese hogar ahora lo habitan sombras, que esos niños crecieron después de todo, mi viejo es más viejo, y que de esos barriletes que emprendieron vuelo hace tiempo, junto a otros pares más, todavía sobrevive el encargo de una enseñanza a transmitir algún día. Pero bajo la guardia amena de este gigante de madera y savia todo parece tan simple, tan de micro relatos y de estructuras dóciles, que, por el momento al menos, prefiero dejar esas ansias del mundo en un rinconcito aparte: olvidarme de los encargos propios y extraños, sin creerlo muy de verás, y entonces acumularlos para otro mañana, con la esperanza de otro proceder mejor. Y quizás, con algo de lo necesario, el que descansará bajo este mismo seibo, aquel idéntico extraño retomará las flores pendientes.

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Mejor no hablar de ciertas cosas

Hace algunos años, un par exactamente, solía aprovechar las sofocantes madrugadas de febrero y salía a caminar, sin motivo o razón precisa alguna, por las tan difamadas veredas de mi ciudad. Tiempo después creí que todos esos paseos nocturnos se debían a una chica, o mejor dicho al adiós de aquella, pero no, no era así… No sé por qué hacia eso en realidad, era otra cosa, mucho peor que un simple desamor; siempre hay otra cosa asomando por detrás de una despedida. Tristeza o dolor sospechaba, pero, a pesar de todo, no era más que algo de angustia, eso era claro. Y lo podía intuir porqué, sabiendo que a mí nunca me gustaron las caminatas de ningún tiempo -me resultaban algo tedioso, una actividad relacionada a la gente mayor y gastada, un prejuicio infundado de aquel tiempo junto a docenas de otros- me pasaba como ahora, no podía contener el impulso de querer calmar algo que no sabia bien dónde ardía ni cómo podría hacerlo, solo necesitaba salir al exterior, creyendo poder encontrar alguna respuesta en algún escondrijo oscuro. Caminaba y caminaba sin un destino en mente, por la mejor y peor parte de la ciudad, esa de luces amarillas y antiguas, la de los pecados a flor de piel. Me había pintado la onda de la música clásica, recuerdo, y por ahí andaba: un flacucho en ojotas a las tres de la madrugada con los ojos vagos y puestos en nada y a la vez en todo, en ese acontecer de patrullas recaudadoras deteniendo motos e infelices en cada esquina, las plazas atestadas de bandas de indeseables reclamando a carcajadas y a botellas su lugar en la noche, las laboriosas chicas que pasaban desafiantes en miradas y piernas camino, con un hambre cazador, al viejo Oktubre, una luna que no se me mostraba por completo, que se refugiaba detrás de un edificio o nubarrón como escondiendose de algo, y todo esto mientras me endulzaban los oídos los suntuosos vientos y los compases de toda genialidad barroca reflejada en “Las cuatro estaciones” o, adecuado justamente para ese entonces, mi eterna “Moonlight sonata” -esa composición tiene algo, como un efecto extratemporal que nace desde el temblar de ese piano, sobre todo los primeros minutos, como si cada vez que la escuchara fuera la misma persona a través de los años-. Es gracioso si lo pienso ahora, resulta que era agradable toda esa escena; pensar, sin pensarlo, que quizás podía darle algo de clase a la decadencia de todos esos corazones que respiran brea y penares de todo tipo, que quizás ahí podría hacer algo y darle algo de control, de armonía, a tanta desesperación urbana. Todo el mundillo nocturno era visto bajo mis ojos o, a lo mejor, yo era visto por todo ese mundillo. Nunca importó, pues hay peores miedos que atender que a los pavores que puede suscitar la noche, es más, de algún modo siempre me siento seguro caminando sobre sus horas; en sintonía, como un animal nocturno más. Todo esa sensación de pertenencia me calmaba de alguna manera, hacia menos insoportable el calor en la piel y el calor en la cabeza, pero aún seguía sin encontrar lo que salía a buscar. Una respuesta, una jodida señal que acabase con la inquietud que no me dejaba dormir, con esa pulsión que brota extraña y amorfa, y no hace más que amenazar con reventarme el esternón desde adentro, y luego uno siente la necesidad de querer gritar, de querer putear, ganas ardientes de al menos poder matar o llorar un poco, de destrozar el mundo tan solo para aplacar por algunos segundos tanto anhelo de nada, tanta desesperación inconclusa y sorda. Eso ocurre… asi lo sentía muchas veces como las de esas noches. Me di cuenta que ocurria cuando las ocupaciones de siempre se esfumaban o terminaban de repente, y así se comenzaban a ver otras relaciones e hilos detrás de todo, de los vínculos, de las estructuras inadvertidas, de eso que estaba ahí pero que hasta ese entonces había algo más brillante e inofensivo a lo que entregarle la vida. Comienza de nuevo el preguntar demasiado por todo y a la vez saber demasiado de nada, de sumirse en esas preguntas con las que te podes llegar a perder irremediablemente. Lo siento ocurrir pero ya no es tan grave, es un sin sentido que no muerde. Solo te sigue por dónde vayas, tanto así, que en cada regreso o en cada soledad, escuchas algo que resuenan sobre tus pasos, a veces puntitas de pie y en otras estampidas estrepitosas, y al darte vuelta no hay nada, solo aire y tiempo. Es curioso, el primer impulso al reconocer la angustia es enfocarse en la falta, de esas cosas que creemos necesitar o que nos gustaría tener en lo inmediato de nuestras posibilidades. Y es por eso que ante la mínima sombra de vacío ya salimos a vender nuestra soledad al peor postor o nos damos festines de bienestar material comprando cosas que nos acarician solamente por un ratito. Y aún más curioso: nunca encontré respuesta, en nada, solo impulsos de esperanza y promesas de aventura en nuevos besos y en rumbos desconocidos; entiendo que nunca la encontraré. Alivios provisorios que fueron necesarios remedos ante tanta incertidu,mbre vivencial; de los casos cuando el remedio fue peor que la enfermedad, a todo ese poso de incógnitas se ensanchó en una gravedad de nostalgia, en las ganas que me quedaron de algunas personas, en horas inciertas que quisiera repetir aunque ya no existan. Y aquellas caminatas, de Bach y fieras crepusculares, fueron noches y noches que buscaba en el ejercicio de la reflexión, y algo más por la influencia de paisajes sombríos, respuestas que me indicarán cómo proseguir, qué camino tomar a continuación. Todo fue inútil, solo obtuve un poco de aire en esos días… y que me detuvieran un par de veces por actitud sospechosa y una involuntaria pinta de skinhead. Acto seguido, a la semana, mi resolución fue tomar una oportunidad inesperada y, con bolso en mano y un par de promesas deshechas, partir hacia un nuevo comienzo.

Y ahora estamos acá, ante la misma pregunta sin final. La misma cuestión con la que todos cargan, pero solo algunos advierten, pobres desdichados ¡Qué lindo club! Esa misma pregunta que suele aparecer ante todos, en la calma de la almohada, o en el miedo ante la pérdida, justo un instante antes de dormirnos o justo después de abrir los ojos y que la mente se pone en marcha. Es una fuerza difícil de domar la angustia porqué, si bien puede ayudarnos a entender las cualidades y los logros en los que estamos apoyados, también puede devorar tempestiva cualquier designio de confianza o la ilusión por el buen porvenir. Encontré una metáfora, es una mar de preguntas que nos moviliza hacia su oleaje implacable, y bien podemos pasar las horas intentando alcanzar tierras que nunca sabremos ver, o bien podemos confiar en esa estructura que nos da soporte y que nos llevará a un lugar mejor. Pero por más que crea entender cómo funciona todo esto solo soy un prisionero más de las vicisitudes de la existencia en general, un prisionero que solo sabe de qué están hecha sus cadenas, cuanto pesan. Es por eso que, por favor no se extrañe nadie si el día de mañana vuelvo a escribir sobre nuevos nombres, sobre nuevos proyectos, sobre nuevos placeres y dolores, todo aquello es una maniobra inútil de saciar esa sed de respuestas. Nadie enseña eso, ¿no?, digo, en el colegio, entre algunas de esas materias de suicidio, o los padres también, en lugar de hablar de cómo copular o quejarse del presidente del turno, hacer un poco de filosofía barata y spoilearle la vida a sus hijos, que digan que siempre nos será la misma pregunta, en suspenso a veces y otras latiendo impetuosa, como fuego en las entrañas; desde la luz hasta la oscuridad siempre será un final sin fin. A veces flasheo e intento imaginar a un responsable ficticio de nuestro posible origen y de las circunstancias pertinentes a éste. Imagino que quién nos haya fabricado pusó la marca de la angustia como sello distintivo de la humanidad, como un limite para no desafiar nuestra finitud; y no hablo de una deidad o algo por el estilo, sino un sádico ebanista o escultor que estaba aburrido simplemente y quería ver qué onda con nosotros. Habrá dicho entre la nada celestial: “Che, Marta, vení. No, no es una boludes, dale vení. Escucha esto: ya pobré con los dinosaurios y viste que no salió muy bien, después con los hombres lagarto y se escondieron en algún lugar profundo de la Tierra, qué tal si ahora hago muñequitos, algunos feos y otros no tanto, pero aca está lo interesante, nunca van a saber muy bien por qué hacen lo qué hacen, quizás a veces cómo lo hacen pero hasta ahí no más, y entonces esto va a hacer que se muevan y que aprendan y que mejoren y que odien y que se crean dioses, que piensen que se enamoran y que aman como una virtud, y que sostengan tener control absoluto sobre el destino y de sus elecciones, que pretendan ser superiores a lo que los rodea, que hasta al mismo devenir estén confiados de resolver en el futuro con su insuficiente técnica, que le recen a trivialidades y se desmerezcan y envidien en los logros y las ganancias ajenas, que se masacren en innumerables atrocidades solo para que algunos vivan mejor a costa de la decadencia de la mayoría. Pero sobre todo, que la confusión sea la causa de todas sus acciones, y como efecto que sufran, y que estén solos en ese sufrimiento, y no sepan otra cosa más que intentar tapar ese dolor con cosas de falsa satisfacción e insustanciales, al no saber cómo comunicar ese padecer a la comprensión del entorno, al no saber detectar el dolor de la incertidumbre en la mirada vecina y así lastimarlos en un instinto animal de desesperación, y despellejarse así mismos, a cualquier atisbo de expectativa e ilusión, amedrentar cualquier pensamiento atrevido con comportamientos nocivamente conformistas, y vivir tristemente con un rastro interminable de los cadáveres de esperanzas y pretensiones que resuenan en ecos de reclamos y nostalgia. Y entonces… morir. ¿Ehh, qué te parece? Andá, poneme la pava por favor. Dale, haceme la gauchada mientras empiezo por el primero.”

Hoy en día, y por suerte o desgaste, el sentir de la angustia no es drama, es cosa de rutina, casi como un resfriado. Y no es para menospreciarla, sé que puede ser algo jodido de lo que arrepentirse si no se le presta atención, pero el tema es ese: hay verla fija y decirle: “Eyy, te veo”. Reconocerla sabiendo que aunque siempre esté y no pueda resolverse, va a calmarse tarde y temprano, y que no hace más que aparecer y desaparecer de vez en cuando. Hoy en día, ya no me creo una victima del mundo por considerar que mi angustia es mejor en su padecer que la del resto de los demás, es una más, es tanto como lo puedo ser yo. Sin embargo, tampoco intentó explicarla ni darla a conocer, no es necesario y si quisiera tampoco sabría como descifrarla para que alguien la comprendiese. Alguien prudente y sabio me aconsejó alguna vez un profesional, muchas veces lo intenté con gente que creía tener cierto grado de entendimiento; nunca funcionó aquello. Al principio quizás, pero luego, después de todo se vuelva a desordenar adentro, llegué a la verdad que cada dolor es único, cada punzada en el alma se sufre en colores indescriptibles en cada uno. Solo se puede arrimar a ese dolor distinto e intentar escuchar simplemente, tan solo estar ahí aunque cueste comprender la condena de quién te mira. Persistir en hablar de cosas dejadas de lado por conveniencia existencial, en todo eso que incomoda apenas se ve  un poco más de cerca. Dar una mano de soporte sin dejar de atender todo lo propio. Intentar al menos, ya sea en caminatas solitarias o en el calor humano de abrazos hermanos o de sabanas desordenadas, encontrar respuestas aun si nunca se llega a una verdad satisfactoria.

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Dibujo: Lucas Capua

Amarillo para la ocasión

   Pero, qué increíble. Se debe sentir como el mejor ahí entre los autos y las motos. Jugando con el tiempo de los semáforos y el humor de la gente. ¡Uhh! Pensé que se le caía un aro, pero no. Un poco de suspenso no más. Ahí va de nuevo, ahora con cuatro. Siií, se nota… míralo no más, la tiene muy clara. Se le nota en la mirada cómo sabe entretener a un público que no desea más que escaparle a un día de furia: tan canchero jugando con la gravedad, manejando esos palos, o cómo quieran que les dicen. Increíble el pibe, un artista urbano. Y ahí está, caza el último aro en una picada imposible, una vuelta sobre sí y reverencia final, como si se consagrara ante la ovación de un público sacado del Colón. ¡Qué grandeza en esa locura! Ahora, ¿tanta seguridad puede brindar una vida bajo los semáforos? Después de todo, que sabre yo, debe de ser una vida digna desde sus ojos. Si lo pienso, al menos parece más sincera que la mía, eso es seguro. Será qie siempre me hubiese gustado acercarme a esos grupos como el suyo, desde que los veía parar en la esquina de la salida del colegio recuerdo, acercarme y pegar onda charlando y, con algo de suerte, me enseñarán piruetas y a hacer malabares y andar para todos lados y para dónde vayan y así, sentirme dentro de una familia que hubiese podido elegir, soñar un poco en mi falta de todo. Hubiese sido lindo llevar esa vida despreocupada, o a lo mejor no, pero por leo menos hubiese estado jugando y riendo entre caras amigas, pensando solo en hacer la plata justa, volver a casa y tomarme mi cervecita para dormir liviana y profunda, sin los pesos de siempre, esos como de tener qué fichar a cierta hora, o tener que recordar pasar un rato antes de la una, por la sucursal de la rotonda, para pagar el cable y el teléfono del mes pasado. Una sucesión de días anónimos sin obligaciones severas, una vida sin verdades significativas. Una hippie diría alguna tía cuadrada. Pero, que sabrán mis tías de la vida, ni siquiera intentaría entender que ese sería el único amor que quisiera seguir, revolear palos y hacer pirueta. Me da rabia pensar que voy de cabeza por ese camino, de domingos hablando al pedo de los defectos de la toda la familia y solo limitarme a que no quede con mucha mayonesa la ensalada de papa y huevo. ¿Eso serpa mi vida? Una tía tercamente solterona acosada por las versiones que no fueron de ella, enojada con el mundo y con la ensalada. Yo y ellas, ellas y yo, lo único que nos diferencia es que ellas no le escapan a las personas con las que decidieron lentamente morir. Un amor suicida hecho a la medida de una estúpida comodidad. No sé… quizás sea demasiado dura, aunque no quisiera ser como ellas, las quiero después de todo, son lo único a lo que le puedo llamar familia. Pero no, seguramente la pesada de Herrera, debe estar tramando alguna mentira cruel de por qué no fui a la oficina, me la juego que para a estas alturas haya logrado que la secretaria me esté llamando ahora mismo para saber si me paso algo; al final, nunca falté desde que entré a la empresa. Ni siquiera un parte de enfermedad o una licencia de maternidad, che. Siempre devota y firme, tan sumisa cómo lo puedo llegar a ser. Aagghh… qué decadente qué soy. Esa especie de devoción secreta por algo tan lleno de emociones y satisfacciones como lo puede un escritorio con la base vencida y tres paredes chotas. Creo que me sentí más hacia un avance estando acá arriba sentada, que en todos estos años contestando y llenando todos esos formularios y notas de depósito. Tal vez, estoy más dentro de la maldición familiar de lo que imagine; otro tipo de suicidio al que le digo amor. ¿Y por qué todo eso?, de ese miedo por salirme de lo normal, miedo por quedar por fuera de ese amor corporativo qué tan delicadamente me forme en este tiempo. Por qué simplemente no puedo amar un día de malabares y amigos bajo el sol. O peor aún, por qué pienso que el amor es algo que me hace falta. Amor: ni siquiera sé bien que es eso. Me habían vendido la idea de que esa forma de considerar el mundo era la única forma valedera de llevar a cabo una vida digna. “El amor te mejora… el amor te hace completa… el amor te hace más fuerte… el amor esto y lo otro…” ¿Y si no es así después de todo? Digo, todavía no lo entiendo pero algo hay dentro de mí que se delata, que sin razonarlo  necesariamente buscar enamorarse para sentirme plena, de tener que arrimarse al cariño de alguien más para no sentir tanta ruina alrededor. Pero, ¿quién dijo eso? Quién carajo de toda esta gente acá sentada, cree con absoluta fuerza en esta idea. Estoy segura que nadie. Quién puede aferrarse a esa idea por completo se merece un premio, o un lugar en un manicomio mas bien, pues seguir las reglas del amor y las relaciones humanas como una verdad inquebrantable es una locura. Los motivos del cariño son tantos y tan misteriosos que da mucha fiaca pensar en ello. Cada uno con sus moldes, creo yo. Es más, el amor mismo ya es un motivo por el cual se pude justificar casi cualquier acción, por más repudiable que parezca primera vista. O mejor dicho, un motivo irrealizable… Creo que es más bien eso; las personas necesitamos motivos y mientras más idealistas, mejor; queda menos culpa si no llegamos a concretarlos de la manera que los pensamos desde un principio. Supongo que para bien o para mal esa idea de querer es la que más tenemos incorporado en la cabeza y en el sentir, esa herramienta inestable que parece al alcance para encontrar algo de alivio, el remedio que nos hicieron tragar para tanta decadencia existencial. Un genio el responsable de todo ese juego, no, me expresé mal, un demonio quién haya diseñado tal aparente verdad de manera tan creíble, para que sobreviviera espléndida bien a los siglos y a las mentes de la razón, a todos esos infelices que sucumbieron al arrastre de su creencia. ¿Qué tanta verdad hay en eso, y porqué no puedo hacer nada? Tal vez, yo nunca sobreviví. Y qué hay de las otras verdades, o mejor decir, de esas presuntas verdades: del sexo y el placer, de la muerte, de la plata y la ambición, de la libertad, la soledad o, sin ir más lejos, del dolor . ¿Qué hay de todo eso? Si todo eso se siente en la piel y pesa en la mente, con peor o con la misma fuerza que creer querer a alguien, otra necesidad con diferente nombre, sin más. ¿Por qué tengo que ir encontrando a personas a las cuales amar, si ni siquiera nunca estoy segura cuándo o cómo sucede? Todos andan por ahí como si se supieran algo, como si a ese sufriemiento al cuál le rezan es el correcto y el más superior sobre los demás. Debo conseguirme uno bien rápido, un motivo para sufrir así no ando con este sabor de que me extirparon algo. Y peor aún, tanta sensación de vacio al balde, porqué ni siquiera sospecho cuales de todos esos motivos me guían verdaderamente en mis decisiones. Soy un desastre, debe ser la preocupación estúpida al ser mi primera falta en años, de salirme de vida ordenada y no llegar a una puta respuesta subida a este bondi y entre estos extraños que ya no miran, que parecen haber dejado de buscar sus respuestas hace tiempo… Uhh, no… encaró para acá. En serio, che, justo acá te tenés que sentar. Mirá que hay lugar de sobra en los asientos de atrás. Aaghhh… buehh… ¿En qué estaba…? Sí, bueno… quizás la verdad que ignoro es que no necesito la presunta verdad del amor para vivir, sobre todo no saber encajar en él. Si supiera qué razones son las que sigo ahora mismo, quizás tendría un lugar dónde poder refugiarme de todo aquello; pero, tan solo me quedan las razones de las que escapo, esas siempre son fáciles de entender. Me da curiosidad saber si éste pibe, que se acaba de sentar al lado, entenderá las razones por las cuales se mueve: me pregunto si está acá arriba para ir ver alguna noviecita o a algún familiar, quién sabe, o si irá a perder el tiempo con gente como él, a clones de personas parecidos en gustos y en cantidades de hormonas, qué no saben dónde ir. ¿Dónde ir, no? Quizás le agarró la locura, como a mí, y se subió sin pensarlo al primer colectivo que pasó cerca, y acá terminó… cabeceando de sueño sobre el hombro de una rubia avejentada en canas. Che, no te vayas a dormir ehh, por ahí piensan cualquiera y creen que somos madre e hijo. Sería tan ridículo. Pobre, de alguna manera me da cierta ternura; es muy chiquito… y feo. Tiene un aire parecido a él. Esa nariz sobre todo… esa curva peculiar que le amortigua de la misma manera esa mirada tan seria, esos ojos ensombrecidos. Aagghh. ¿Acaso tan chicos eramos? Y sí, lo suficiente para no preguntar demasiado. Cuanta confusión e ingenuidad, cuanta desesperación por llegar a lo qué somos ahora, y, sobre todo, cuanta decepción al llegar. ¡Qué lindos tiempos aquellos! Pobre chico éste, no sabe lo que se viene. La ilusión del avance le va a doler cuando se despierte que lo único que sigue adelante es la permanencia del día a día. Quizás deba advertirle, pues me hubiese gustado que una vieja en el colectivo me dijera de pendeja qué todo sería tan diferente a cómo lo planeábamos: advertirle que la ingenuidad es lo único que se va con el tiempo, y la confusión es la que siempre se mantiene igual. Así, intacta en los mejores casos, si es que no aumenta, al igual que las canas y el deseo por dormir un par de horas más; hace cuanto qué no me duermo mis benditas ocho horas. Me gustaría que la vida sea tan solo esto, de esas emociones inesperadas y frescas como cuando abrís los ojos tres o cuatro minutos antes que el despertador y sonreís bajo las sabanas por la pequeña victoria contra el tiempo, o, no sé… ,cuando te agarras el dedo chiquito contra la pata del algún mueble, y no sabes cómo racionalizar esa punzada de un mili segundo anterior a la puteada que se dispara dolorida, o de esos besos furtivos en mitad de la madrugada que nacen porqué sí, porqué se puede. No sé, cosas así que ocurren de un chispazo y hacia ningún pretensión trazada de antemano. Como una tarde cualquiera estar esperando el cincuenta y tres, en la esquina de Roma y Avenida Rivadavia, y, sin pensarlo demasiado, subirse a cualquier colectivo y sentarse sin razonar ese impulso desconocido en cualquier asiento libre y dejarse acariciar la cabeza con el viento calentito de la tarde. El por qué no puedo vivir con esa dignidad de perseguir otras verdades, es probable que nunca lo entienda: no sé, conseguirme un chongazo y verlo de cuando en cuando y así me evito tanto melodrama al pedo, o quizás meterme de lleno en la oficina, laburar como una perra y cuando junté lo suficiente me voy a la mierda de todo y de todos. Tantas verdades y motivos qué seguir y nunca aprendí cuales eran los míos. Parecida a no esperar nada al final de un día de mierda y tan solo ver una cara que deseas ver con todas tus ganas, y que con toda segurid—

   ¡AUUCHH! ¿Qué le pasa?, no sabe manejar el boludo éste. Uyy, no, me está mirando por el espejito, creo que se dio cuenta por mi cara… o será qué después de tratar tantos años con la gente aprendió a intuir lo que piensan. No sé, por las dudas pienso en otra cosa… mmhhh… ahh, no se me ocurre nada para despistarlo… mmhhh… Pfff, pero, ¡qué estupidez! Mirá si va a tener poderes mentales, apenas puede esquivar un bache, apenas parece más mayor que la bella durmiente que tengo al lado. Quizás es como dice Caro y yo tenga la cabeza atrofiada de tanto pensamiento al pedo. Tiene razón, y sobre toda de la manera simpáticacona cómo lo dice. Me pregunto si antes de irse la muy colgada habrá apagado el aire, como le recordé anoche. Me pregunto de donde sacará tanta motivación para tener siempre una sonrisa pegada en la cara; hasta me pone nerviosa tanta alegría permanente en ese cuerpito de muñeca. Nunca la vi quieta en casa, ni tampoco llorar, ¿en qué momento del día se angustia esa chica? Quizás me equivoque fiero y ya habrá llorado lo suyo en algún pasado que desconozco, de esas cosas que todavía no me confía. Supongo que habrá llorado tanto que ahora no puede hacer nada más que reír. Será ese el caso a lo mejor, llorar hasta el hartazgo y la sequía espiritual hasta que no hagan más que brotar carcajadas. No lo sé, lo mío diría que es a la inversa. Y seguramente se reiría de todo esto: del chófer que me sigue por los espejitos con esa mirada de ojete o del pibe que se está babeando sobre mi brazo. ¿Lo despierto?… No sé bien, me da cosa, parece cansado. Ella no lo despertaría, su peligrosa amabilidad no se lo permitiría. Lo dejaría tranquilo ahí aunque se le durmiese el brazo por el peso, aunque, para no sacarlo de su sueño, implicará que se le pudra en gangrena medio cuerpo. Un buen gesto, ella no sueña pero le regala una sonrisa a los que sí pueden. Eso sí, seguramente se mataría de risa la muy guacha, apreciaría la ironía de toda la situación. Ahora creo entenderla, quizás la única verdad a la que hay rendirse sea algo parecido a lo que se ofrece en todo esto, a esta falta de un destino seguro, a este abrigo inesperado de un día de calma y de sol. Es buena piba, de esas escasa “buena gente” que ya casi no se encuentra. Pobre, con la compañera con la que vino a parar. Me acuerdo cuando apareció, no hace mucho, con ese masacote de pelos sobre los brazos. Sino fuera que necesitaba ayuda con el alquiler, le hubiese cerrado la puerta en la cara seguro; Tobi, más problemas que compañía trajo ese perro… No recuerdo si le cambié el agua… ¿lo hice?… Ah, sí, sí, se la cambié. La manera en que lo quiere y lo mima pareciera que toda una maternidad estuviese contenida en ese cariño. Me hace acordar a mamá. La puedo imaginar ahora, ansiando llegar a casa para ver esa cara de nada, volviendo del laburo seguramente, contemplando el mismo cielo que yo. Pero, nunca en paz, siempre en movimiento. Pues, no se sabe con ella, si llega a casa para irse o si se va de casa para regresar. Debería casarme con ella y entonces me evitaría muchos problemas con todo, con los chabones, con la familia, con la idea molesta de llegar en la noche y no ver unas llaves sobre la mesa. Sí, podría hacerlo, no me costaría mucho fabricarme esa mentira, y así en las reuniones familiares quedar cubierta ante las preguntas de algún familiar choto, que cuando quiera indagar de más con un: “¿Y cómo está mi sobrino? Pero, qué lástima… ¡linda pareja que hacían juntos!”, yo contestaría: “Ahh no sé, no lo pude seguir en sus fantasías y lo dejé. Ahora salgó con mi mejor amiga, soy torta. Mírala, está ella riéndose de los chistes boludos del tío Antonio”. Sería hermoso verles la cara. Le pagaría lo que me pida a Caro si me hiciera la segunda en esa. Lástima, si la amistad solo tuviese ese aliciente necesario que cubre todo lo sexual, seria la interacción perfecta; aunque ni para amistad me gusten las chicas, lo consideraría seriamente… ¿qué mejor acuerdo social que ese?; un contrato que cubre el cariño y la satisfacción. O capaz puede que sea una cuadrada y sí, deben haber amistades que no se confunden en los limites ambiguos del amor y el sexo, y por ahí andan llevando a cabo sus formas perfectas en las relaciones personales, con la receta escondida solo para los qué no están contaminados. O yo sea una infradotada de espíritu y de mente, y no hago más que liarme con las personas incorrectas de siempre. Quizás yo sea la incorrecta. Cómo era… na, na, na, naah, naah, na, na, na, naah… ahh, sí…”Un cuore que no tropiece treinta y cinco veces con la misma piedra”… yo ya voy treinta y seis masomenos. Aagghh… si pudiera hacer como ella y empezar a reírme como una linda tonta, sería una mejora de seguro. Si fuera una cuarta parte de lo que es ella me hubiera olvidado de mí misma y habría dicho que sí, hubiera dejado que se me pudra el alma por no despertar a nadie. Quizás eso sea el amor, después de tanta filosofía de tardes amarillas, quizás sea tan solo cuidar del sueño de la persona que uno tiene al lado. Y ésta sí que es una linda tarde. Me gusta cuando el sol no tiene sabor a un aire de muerte sofocante y solo pica suave sobre la cara y los parpados, justo como ahora, con el viento de su lado, soplando todo mi pelo sobre la cara de la vieja de atrás. Será que si hago un poco de fuerza y entrecierro los ojos me pueda quedar aferrada a esta especie de eternidad, aunque sea solamente por un instante. Qué lindo poder sería ese, ¿no?: con el solo gesto de poner los ojos achinados, hacer que un momento sea eterno. Me imagino la ridiculez del asunto, pues,  la gente andaría por la vida con aires de desconfianza, así, mirando a lo Clint Eastwood en cada momento de dicha. Eyy, era un buen chiste, ¿por qué no te reís, chófer? La vida debería ser esto y nada más. Tan solo esto… y no todas las cosas que me vendieron todo este tiempo. ¿Cuantos otros deben haber por ahí afuera ahora mismo, con media mejilla y todo el pómulo entumecido contra el cristal, preguntándose todas estas cosas que vienen y van hacia ningún lado? Viajando en contra del aire fresco mientras se secan los ojos, ya me los imagino, sin pensar en amores con propuestas gigantes o en las cosas que no fueron y que piden ser o de no preocuparse de que el perro no haya masticado las plantas de la vecina de al lado o que esa chupamedias no le haya inflado la cabeza al supervisor de que me hice la boluda en el trabajo, que todavía no haya mandado la visita médica a casa y la vecin—

      Ufff, sí, sabes qué sí. Me molesta y mucho tener que cerrar la ventanilla. Córtate el pelo sino te querés despeinar. Lo peor de todo es que pensaba que era una vieja, y al final era bastante más pendeja que yo. Quizás tenga esperanzas después de todo, todavía tengo la vitalidad de querer hacer malabares en algún semáforo. Quizás, ni siquiera se habrán fijado en el laburo de mi escritorio vacío. Bahh, qué importa, si total nunca falte sin una razón justa que no me excusará ante la mirada inquisidora de la recursos humanos, de la víbora de Herrera. Además, seguro que Caro  me cubre en todo caso, algo inventará de porqué no estoy en cama o supuestamente moribunda. Cosa que no es mentira del todo porqué estoy enferma si lo pienso, ¡todos lo estamos! Arrastrándonos cómo podemos, solitos con nuestra fuerza moribunda para gastarla y dejar que muera en una promesa brillante venidera o en sueños que nunca terminan siendo los nuestros. Cansada, esa es la descripción en general. Al final, merezco reconocerme cansada, o ¿no? Por lo pronto, me creo merecedora de tumbarme en un quiebre moral y poner en suspenso todo mi mundo y, así, no pensar en nada. ¡En nada! No darle bola al hecho qué aún estoy a tiempo de arreglar todo a cómo era hace un par de semanas, aún sin estar segura de querer hacerlo; pero qué es lo que quiero es claro, lo entiendo de algún modo. Esto es, quiero tan solo esto; calma. Más bien es una cuestión del poder, de la incapacidad de no poder arreglar su mundo de sueños a los que no puedo abrazar con la fuerza que me piden que abrace. Futuro al que no puedo reirle. Ojala mi salvación descanse en ese simple acto, tan solo reírme y escaparle a esa tentación de complacer sus planes, de no escuchar esa culpa, esa culpa que me todavía me sigue, y sonreirle como una tonta despreocupada a este sol que me acompaña. Podes creer que nunca me fijo en el sol, siempre mirando hacia delante o a los costados y abajo, y lo único que me da un calorcito de paz en tanto frío de respuestas, es esa olvidada bola amarilla sobre mi cabeza. Perdón, siempre brillando y brillando alta y cálida sobre toda esta culpa… ¡La culpa! ¡Ahhhgg! Venia bien, qué bronca dedicarle un poco de pensamiento a todo esto… No importa, no importa… Uff… Está bien, está bien, mejor no pensar en nada, en cosas inofensivas solamente: como por ejemplo en todos estos desconocidos de viaje, en estas caras llanas y grises que obviamente se olvidarán de mí fácilmente para mañana, así como yo de ellos; o en las vetas residuales de lluvias que ya no existen sobre la ventanilla, el sucio vidrio y sus cicatrices; o de la marea de casas modestas que se suceden idénticas, una tras otra, salvo por algún que otro matiz de color que varia apenas bajo el sol, bajo una cortina dorada de luz, o del rugir calmante del motor, que murmura enojado dos asientos atrás, o del cielo claro y dorado y extenso… y profundo… y tan amarillo todo… ssss… tan amarillo… ssss… ssss… jjrrr… jjrrr… jjrrr… jjrrr… ssss… Mhhh… ¿queeé?… ¿huh?… ¡Ahh! ¡¿Quién es éste?! Ahh, esa cara, es el chófer… Sí, esta bien. Tiene razón, ya no queda nadie arriba. Ya sé, ya sé, es la última parada. Ya, ya me bajo. Encima se me durmió una pierna, al fin de todo, el brazo está bien. ¿Adónde habrá ido ese chico? Qué vieja que me siento, qué ridícula. Parezco mareada, parezco perdida. Estoy perdida. Necesito sentarme un rato. En qué momento se fue el sol… siento mucho frío. Debería estar volviendo ya, Caro y Tobi se deben estar preocupando. A ver, a este cruce lo conozco, ahí está la farmacia Stravi, el supermercado chino de la esquina… eyy, por acá pasaba el colectivo que me llevaba al barrio dónde vivíamos. Digo, a su casa. Es tan absurdo que asusta todo esto. Será que el inconsciente no hace más que jugármela en contra, o será mi propia voluntad que busca sincerarse. O será que todavía hay algo de tiempo quizás. Me pregunto si piensa lo mismo. No sé, cómo saberlo. Allá viene mi colectivo encima, mejor.  En un rato volveré a llenarme del buen humor de Caro. No estaría mal, hoy le toca cocinar a ella. Justo, el rojo del semáforo lo atrapó. Me pregunto si sera día de comida sana esta noche o me da el gusto y sale milanesas con papas rústicas. La luz parece que se quedó trabada, no cambia más. Me pregunto si algún amigo lo alcanzó a casa o si pasará por esta avenida en el de las siete menos cuarto. Maldita luz, quédate así mejor… Me pregunto si el supervisor se habrá agarrado flor de bronca conmigo por el faltazo de hoy. ¿Lo saqué afuera a Tobi antes de irme? Ese rojo quizás sea eterno. Me pregunto si ya habrá llegado a casa…

Me pregunto si será tarde.

 

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Fotografía: Alan Quiroga