Pequeños saberes

Los días transcurren con el encanto de un suave devenir, suceden uno tras otro como si se tratase de la ligereza de un sueño. Y me pregunto y es raro; contradictorio y raro. Me asusta un poco, porque sinceramente no me siento asustado, o mejor dicho, no es un miedo en el sentido de los usuales sino que es más como un llamado de atención sobre algo que ya no suena como siempre. Que no suena. ¿Cómo se le llama a eso? ¿Será acaso superación o que tan solo me di por vencido en mi rutina? Quiero decir que las ansias repentinas no atacan mi paciencia sobre los proyectos futuros o por todas esas cosas que me gustaría concretar. Puedo decir que me siento bien de alguna manera que se me escapa, como si hubiese aprendido de alguna manera a aceptar que todo pasa y que los caminos se tuercen tarde o temprano en cambios inevitables. Siento que todo aquello ya no me importa, en la medida que me importaba, y me asusta, como si hallase en mi proceder la habilidad para hacer equilibrio entre las cosas por soltar y las cosas por recordar. ¿Eso es la armonía?¿Eso es la paz interna? No sé, pero se siente bien; puedo escuchar mejor mis necesidades.

Curiosamente de estas sapiencias involuntarias, o a lo mejor no, saben bien los chicos, aunque no sé si todos ellos. Por ejemplo mi sobrino: a duras penas anda a las corridas con su curiosidad y energía por toda la casa, y entonces viene y me enseña algo que estuve ansiando aprehender desde hace años. Me gusta observarlo, ver sus actitudes y como se relaciona con un mundo que busca asimilar mediante su tacto. Y a veces,  y a veces observo que en él, que cada vez que alguien le quita algo por alguna razón, ya sea por seguridad o tan solo para probar su paciencia, lo que pareciera ser una tempestad de berrinches y reclamos en llantos termina en una mirada de perplejidad comprensiva, una mirada cálida pero rigurosa hacia quien le sustrae eso de las manos. Parado por un par de segundos, como entendiendo que no hay nada que entender y sin hacer ni siquiera mueca alguna, se da la vuelta y emprende su gracioso andar hacia otro rumbo con la intención de escrutar otro objeto libres de manos que quitan. No se hace problema por las cosas que no puede controlar o poseer, la supuesta madurez no le alcanza para entender lo que es la posesión ni el apego. Me gusta esa personita porque, dentro de una libertad que no entiende aún, decide ser libre.

También está un hermano menor haciendo las veces de docente dentro de mi vida, cuyo perdón no atiende a intereses ocultos, y además carece de memoria a largo plazo ante las faltas de los otros, Y no entiendo si está bien o está mal en sus formas limpias de rencor, intuyo que cierto peligro descansa en perdonar cualquier herida sin poner limites, pero entiendo también que este pibe padece de una abundancia de sentir a diferencia de la mayoría de nosotros, de mí sobre todo. En cambio, me pasa que confundo a cada rato la capacidad del sentimiento con la de la reacción, y de esa manera camino por mi vida y ante la vida de los demás; ante el puñetazo, resentimiento, y ante el frío, memoria. Toda esta porquería de consecuencia en la emoción no pasa en él, por suerte o desgracia todavía no se contamina de todo aquello. Si pasa por alto la ofensa del otro, ya sea una tonteria o algo que verdaderamente  lo lastima, es porque  verdaderamente lo siente de esa forma: una necesidad del dar, despojada del comercio de estrategias y de conveniencias, que lo atraviesa de un modo al que no puede evadir. Entiendo cuando lo observo en los días de la vida que, no es una cuestión de poder cuando él nos perdona por alguna razón, se trata de una cuestión de perdida; de ceder porque así entiende que debe ser. En los primeros años de empezar a ser testigo de su carácter creía que se trataba de miedo, o sumisión, pero me equivocaba y mucho. Es entrega, cariño por sobre el dolor. Y en situaciones en los que no me doy cuenta, y se me va el humor o quizás no lo trate de la manera en la que se merece, siempre es el mismo gesto en sus ojos: no hay rastros de rencor en sus invitaciones posteriores a algún disgusto infantil o alguna negativa de mi parte, siempre vuelve al lado de uno ofreciendo de nuevo su compañía como un cachorrito que busca la mirada y la compañía de quién quiere. Mi pequeño cachorro. Como no puede ser de otra manera, sé que algun día de estos lo voy a mira y en su mirada ya no va a abundar tanto el perdón, que ya el precio por mi estupideces para con él me costarán caro.  Y de alguna manera me alivia eso, saber que ya no estará indefenso en su linda ingenuidad. Sucede que a la puros en virtudes se los termina devorando el mundo. Hasta nosotros mismos abarcamos casi sin querer a quienes nos permiten hacerlo, y no debería ser así. Pero tampoco se puede construir paredes alrededor de uno para evitar que se lleven trozos de confianza. De todas maneras, ¿cómo culparlos, no?

Y son cosas a las que uno no puede evitar detenerse por cinco minutos y apreciarlas siquiera. Es que en realidad, puede que tan solo seamos soberbios y locos dentro de nuestra enfermedad adulta. Puede que después de todo no enseñemos ni formemos modelos para guiar a los que vienen detrás, tal vez hay que prestarle atención a las nuevas formas de interaccionar con lo que yace afuera nuestro, de esas formas que ya traen consigo los que no están contaminados por nuestra desgastada y obsoleta humanidad.

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Dibujo: Lucas Capua
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