Pisando caracoles

Estaba sentado sobre una hamaca esperando. No sé muy bien qué esperaba. Solo sabia que aquel mínimo balanceo era lo que más quería en ese entonces; una agitación leve, de tortuga, que se transmitía desde la cintura hacia los pies y luego se contraía y volvía al centro, y luego se desplegaba de nuevo y así. El calor era atroz y sofocante, aunque eso no impedía a la gente tomar sus latas de cerveza y, a los más perdidos, besarse bajo la penumbra de los árboles. Supuse que la vida seria eso, un absurdo vaivén de inercias que solo nos llevaban al mismo lugar, al epicentro nulo de cada acto. De qué sirven las voluntades si solo se anulan entre sí, si en realidad el resultado final no es una suma ni una resta. Movimiento, quizás, la ilusión de desplazamiento como razón última para no sentir el impulso de tirarse de clavado bajo el desenfreno de las ruedas de un camión a toda marcha. No cualquiera admite estar en busca de sueños de quietud, si es que algo parecido existe siquiera.

Estaba sentado sobre una hamaca recordando y sentí alivio en el murmullo de un cielo vino tinto. El viento traía una promesa que siempre me es bienvenida. Cualquier lamento es menos feo si el agua cambia los olores de mi ciudad. Debe ser el llanto sobre llanto de seguro. Luego, cuando una gota tocó mi nariz me sentí bien conmigo mismo, en el gesto amable de esa frescura al haberse difuminado en mi piel. Sin embargo, pensé en más profundidad y no pude evitar considerar a los caracoles: supe que sería una noche mala para ellos. Buscarían la humedad en las veredas y tal propósito solo devendría en pisotones negligentes de los peatones nocturnos, siempre indiferentes a la fragilidad de los que se toman su tiempo. Pobres infelices, pensé, solo buscaban algo de movimiento. No cualquiera se toma el trabajo de evitar destrozar las corazas en su andar.

Estaba sentado sobre una hamaca precipitando y sentí desconsuelo por mí mismo. La pena de saberme tarde en poder liberarme de esta ropa mojada y asfixiante; la disciplina necesaria para sacarme los mismos trapos enmohecidos y aguados ante la mirada inquisitiva de los demás. Aplastado, supe verme, en ese saber inexorable de que todas las cosas que hubieran querido decirse se lavarían en el barro, se borrarían todas mis pasiones en recuerdos vagos. No cualquiera entiende que la verdadera libertad es mandar al carajo a todo aquel que nos acostumbre a caminar bajo su paraguas.

Estaba tieso sobre una hamaca y el mundo ahora me parecía inútil y enfermo. Quizás en algún punto hacia rato me sentía de la misma manera: algo mojado, algo resfriado y siempre buscando explicaciones bajo alguna nube rosada. El agua manchaba de colores más pesados mi remera, mis pantalones, las zapatillas. De a poco, las lágrimas del aluvión me oscurecían en pequeños círculos y no me importaba. Me alarmé al no ver a nadie bailando entre la incesante cortina de agua alrededor o tan solo bebiendo de ese maravilloso momento, ¿dónde estarían los locos acalorados?¿Dónde se había ido todo el mundo? Me sentí algo inadecuado al pensar que era el único allí esperando a mojarse por completo. No cualquiera abraza la posibilidad de una ansiado resfriado.

Estaba parado sobre el asfalto y comencé a encontrar la gracia del asunto. Una noticia cálida se deslizaba persistente entre entre los jirones de mi pelo empapado. Entonces creia entender la ambivalencia en la que oscila todo este sin sentido: a veces es avance y en otras es retroceso, a veces sofoco y en otras respiro, a veces un caracol y en otras un asesino; que a veces pudo encontrarme y en otras yo desesperé encontrarla. Que nunca voy a encontrarme si siempre vuelvo. Resolví que el infierno podría ser aquello, los sinsentidos que uno se crea para acariciar una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez hasta que las manos sangren, y aún así, vamos de nuevo y otra y otra y otra… Comprendí que el mío era de agua y de silencio. No cualquiera logra jugar a ser equilibrista sobre los cordones que cortan a los sin sentidos.

De a poco la lluvia se afinaba en una suave garúa. Me quedé hasta que aquella cesó por completo y su manto rosado se desgarró irregularmente hacia todos lados, descubriendo unas escasas estrellas que asomaban entre sus rescoldos de algodón. Una vez agobiado de tantas metáforas de tormenta y moluscos, regresé a casa. Pero eso sí, atento a las baldosas: siempre es mejor si se puede evitar sentir algún crujido bajo de mis pies. Al llegar, dejé mis cosas, me sequé apenas, y me acosté con la preocupación de ya haber pensado todo aquello alguna vez. Me deje dormir en el tercer o cuarto pensamiento.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s