Botella al mar

Últimamente me visitan muchas amistades, y algunas que tal vez no lo sean tanto. No importa, disfruto conversar con cada una de ellas. Aparecen como si se tratase de un sketch cómico estilo sitcom: saliendo uno y al minuto apareciendo otro, y así, como si se las ingeniasen para turnarse en secreto y a continuación aportando cada uno su chiste. Quizás debe ser porque no me mueva mucho durante el día, soy un punto de interés al alcance; esta semana tocó devolver las horas invertidas en una fugaz escapada a esa vida que nunca termine de abrazar. Un respiro de agua y de arena. No sé, esas personas logran llenarme los días, cosa que no ocurría antes. Sus voces me convidan con buenos ánimos, y algunos me hacen notar de que les parezco cambiado en cierta forma. No sé, quizás… puede que sienta la mirada menos pesada. Nunca sabria decir con seguridad cuando algo ya no es más en mí.

Uno de estos amigos, sin saber que yo sé, dentro de poco seria padre. Es algo injusto para las mujeres pensar que ellas solas dominan el deporte del chisme. No me lo dijo y me divierte percibir cómo arremete hacia cualquier otro tema a mano cada vez que intento una confesión de su boca. No lo puedo culpar, es mejor evitar avalanchas de bromas y alboroto innecesario por parte de nosotros. ¿Quién lo diría, no?, hasta estremece un poco saber que uno de nosotros genera un comienzo en otro ser. En otra ocasión, uno de estos amigos me arrimó la noticia de que una antigua compañera de colegio había fallecido, después de una larga y complicada enfermedad. Nunca la conocí más allá de un hola en los recreos. Por lo que sabia, era parecida a mí en algún punto, de esas personas que no se suelen recordar por algún atributo en especial. Una hermana en la discreción. No pude hacer nada para defenderme de esa novedad, pues una profunda pena me asaltó el humor, en aquella tarde. Luego, en reflexiones de almohada, esa sensación derivaría en un terror desconocido que me sacudia la piel. Era claro: ya no eramos intocables, nunca lo fuimos. Tal asi, que me pongo a pensar cada tarde, intentando buscar explicaciones lógicas a la aparente levedad de mis padeceres. Pero no hay punto de comparación a tráves de la razón, porque las ideas no tienen nada que ver. Estoy más jodido de lo que creia en mi absurdo privado. Y es, en el fracaso de un diagnóstico en concreto, que vuelvo a ese padre encubierto y a esa chica de perfil bajo, y me hallo ridículo al considerarme ante aquellos. Como si todavia no pudiera negarme a sentarme a jugar entre la gravedad de ambos extremos. Cada vez que lo advierto, el tiempo respira con más vehemencia impaciente y ni siquiera me digno a escoger un bando, tan inapropiado con mi proceder de niño. No queriendo madurar sentires verdes por un modo de vincularme con el mundo y la gente más responsable que el actual. Se trata de mariposas y de un niño que no sabe sentir de otra forma más curtida, el incansable juego. Al mismo tiempo me vislumbro sin control alguno, de flanco a la muerte y a la vida, y en medio de esa lucha trágica me obliga a acompañarlo mientras juega con la misma mariposa inquieta. Qué idiotez tan tierna aquella, se merece su destino, siempre observándola perderse entre las nubes. Bien por ese anhelo alado, mal por aquel nene encaprichado.

De vez en cuando, sueño que despierto y al extender la mano para apagar la condenada alarma, esta allí ese mensaje. No puedo hacer mucho: cientos de huracanes encienden mi pecho y el cuerpo me queda chico para tanta emoción. ¡Al fin, esta allí! Entonces ya no es la alarma impostora. Es una melodía implacable que me trompea la cara con la misma realidad de desgano barrial, y los ojos comienzan a abrirse en desilusión. Sin embargo descubrí que no quiero aprender. Ya sea despierto o durmiendo siempre espero que suenen esas palabras en mi pantalla. Ese muchacho no entiende, la muerte y la vida le carecen de tanto sentido ante esa ardor primario. Y no lo entiendo. Confieso que resolví muchas veces en abandonar a ese niño a su suerte, en algún rincón olvidado. Sin embargo, siempre encuentra el camino de regreso. En medio de la batalla, su mariposa lo trae de vuelta.

Ocurrió una vez más. Después de tanto soñar despierto llegó esa respuesta. Cada vez que siento levantar la mirada de ese mar, y salgo de ese trance, es cuando ocurre. Estaba allí, caminando despacito sobre la orilla, hasta que esa botella llegó con una ola inesperada. Estaba algo castigada por el traqueteo del mar y el tapón ya estaba picado. La levanté y comencé a leer el contenido de su mensaje. Leía sin entender, quedándome de pie un par de horas titubeando. Leía una y otra vez esas deliciosas palabras y de vez en cuando miraba en el horizonte claro, y volvía a leer cada letra y volvía a observar la franja llana del horizonte. En algún lugar, más allá de la neblina marítima y la bruma espumosa, se encontraba la isla de la que provenía ese mensaje. No había un nombre, pero sabia de quién era ese puño y letra. Sabia bien, ¿cómo olvidar?, si cada mañana peleaba contra la marea por atentar sin descanso a borrar sus dibujos en la arena. Tanto era ese esfuerzo que, en flaqueos de rendición, aunque dejase al agua llevarse cualquier rastro, al otro día allí estaba intacta la misma imagen. Ya se dibujaba sola. Y ahora era una decisión a la que creí que nunca me iba a volver enfrentar. Entre el mar y la arena. Temí por mí mismo, cualquier elección siempre me dejaba mirando entre las olas. Alguna vez, recordé que me tiré a puro nado hasta volver a pisar sus tierras: pude llegar pero solo me quedé con un poco de agua en los pulmones. Luego, escuché el revoloteo de unas alas que me dispersaron el manto de dudas hasta dejarse latente la pasión de una respuesta. Ese revoloteo. Me senté de nuevo en la arena, agarré aquel cristal de formas deliciosas y escribí en un trapo viejo lo que me permitieron los huesos de mi sentir. La deposite sobre el lomo de la blanda marea y, con un empujoncito, regresó entre vaivenes, hasta llegar a ser parte a lo lejos de esa linea que cercaba el cielo del océano. Me quedé pensando, una vez más en trance. Quizás tantas botellas no tengan un sentido claro después de todo. Siempre llegó a la idea amarga que cuando lleguen mis botellas a sus orillas, su llamado ya no será necesidad de palabras. Quizás, si es que le llegan mis palabras, ya no será la misma voluntad que tiró esa botella al mar; quizás, y como es mi suerte seguramente, tan solo volverá a acomodarse a lo que teme ser, prefiriendo olvidar algún día este juego atemporal de cristales y palabras tardías. Así, mis pies volverán a caminar irremediablemente, a la vez que escucho a las aves y sus graznidos mezclarse junto a la sinfonía incesante del agua, creyendo y tan solo ansiando creer que, como si fuera un ser diferente, ignorare la llegada de nuevos cristales agrietados. Quizás con un poco de suerte, no. Quizás esta vez sea lo contrario, y tan solo no deba hacer más que aminorar los latidos al pulso de cada oleada cotidiana. En trance y descentrado, con los brazos sobre las rodillas, sigo mirando paciente hacia el mar. Un revoloteo intrínseco me motiva a esperar.

 

Pero no, falta algo. Siempre es azúcar amargo cualquier relato. De la impotencia de no saber liberar una escritura honesta, que quema a mordidas en el puño al ser relevada por estas ridículas metáforas. Perdón, Chinaski. Por suerte nunca abrirás esta botella.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s