Instantáneas

En ciertas noches tranquilas, mientras escribo o paseo en letras ajenas, presiento una figura que se escurre entre la oscuridad que me rodea. Me rio en secreto y simulo no haber notado que me observa atento. Ya no es motivo de susto. Solamente es la curiosidad de un pequeño duende, algo despeinado con un insomnio de pañales. Luego, es un hábito que nutre: con dificultad intento localizar su rostro risueño entre la cortina de tinieblas, y una vez que mi mirada fija su pequeña silueta, una risotada aguda me devuelve el gesto. Es un extraño privilegio, casi siempre me invita al mismo juego.  Lo dejo un rato y una vez saciada sus travesuras nocturnas, toca cargarlo de nuevo. Y ahí se queda, suspirando junto al sueño maternal.

En algún verano impreciso, un hermano nos fulminaba con la noticia de que partía hacia mejores oportunidades. Entonces, en una coincidencia unánime de voluntades, la necesidad imperiosa de arponear a la tristeza y navegar en la última aventura de una amistad en ascuas se hizo misión. Quizás, el último homenaje bonaerense, cual recuerdo de una postal nocturna para que luego añorase en tierras de acentos graciosos. Así que allá nos fuimos, buscando perdernos en el fondo de una noche sempiterna. En otras palabras, lo de siempre… fuimos. Fuimos futbolistas virtuales entre gastadas, apologías de hermanas y alcohol. Fuimos hermanos apaciguando las broncas naiperas con pizzas fuleras y rockanrolles hambrientos. Fuimos caminantes crepusculares pateando las calles y llenándolas a gritos con anécdotas y recuerdos de tiempos de mejillas lampiñas. Fuimos una banda de perdedores hermosos irrumpiendo en bares y desafiantes soberbios, a propios y extraños, siempre por más fichas de pool y, todavía aún, por más pintas de cervezas. Fuimos una última vez, bajo el sosiego de una luna de pasiones rotas y de lágrimas ocultas. Y como siempre ocurre con las buenas eternidades, la nuestra acabo. Comenzábamos a percibir que la madrugada se diluía junto a nuestras pasiones. No quise quedarme hasta la mañana, el maldito sol se lo llevaría. Restaba lo inevitable… Buena suerte y hasta luego, un abrazo sentido y bajar la calle sin mirar atrás. Desde entonces algo cambiaría para todos.

Era la maldita espera de una Navidad, como no puede ser de otra manera; artificial espera. El tiempo me punzaba la paciencia así que dije, ahora vuelvo. Nadie escuchó. Zapatillas livianas y pensamientos pesados, mucho más no me hacia falta. Me disponía a correr los limites de mi cansancio, a perderme de mí mismo en calles que no me conocieran demasiado; de vez en cuando algo me pide hacerlo. Fue de ese modo, que de repente mis piernas me habían llevado a una ciudad que hace años no me pertenecía, a veredas y a calles que solo cantaban melodías de silencio y de ausencia. Cuando me di cuenta de que la gente había sido extirpada del ruido urbano, comencé a caminar con la actitud pausada de un poseedor temporal de aquellas dimensiones de cemento y cortinas metálicas. Caminé un largo rato entre edificios y formaciones de locales desiertos hasta que llegué a un lugar que conocía bien. Proseguí a medirlo en pasos y en hondas bocanadas de aire, y, después de refrescarme la frente en una fuente, me quedé tendido bajo la compañía de un árbol extranjero. Tampoco había nadie allí, nadie que valiera el esfuerzo. Vaya a saber quién, por cuanto me quedé contemplando los pedazos de cielo rebeldes que se le escapaban a la maraña de hojas y ramas; me quede contemplando e imaginando las imágenes de todos esos lugares que me esperaban y también de aquellos que no. Hasta que los faros y las luces colgantes aparecieron por toda la cuadra junto con la noticia de que ya era tarde, ya no había colectivos que me llevarían a casa. Pero eso no me importó, hace tiempo que nunca me regresaban al lugar que anhelaba.

En una de esas mañanas de colegios fugaces y soles cegadores, me encontré a la Muerte descansando con asquerosa impunidad en una vieja y desvencijada ruta. El colectivo paró entonces, y todos los ojos, con una curiosidad de piedad mórbida, la miraban a cuestas de un alma que quería volver a tomar aire al lado del camino. Los años infantes me protegieron al principio, tapándome toda la verdad del asunto, pero no sirvió aquella venda suave porque, más temprano que tarde, esa verdad alcanzaría a quebrar algo dentro de mí: al levantar la vista, las sombras en el rostro de mi viejo me dijeron todo. Un crujido. La inocencia se agrietó para siempre. Pese a la quietud de los años, de vez en cuando la vuelvo a cruzar, con la misma impunidad que acostumbra relucir, pero en cada ocasión intento no contemplarla ingenuo y estático como aquella vez. Mi viejo no lo hizo.

Fue en una tarde de misas y de gritos; fue de  esas tardes que no se limpian con el tiempo, ni con otras voces venideras. Fue bajo un árbol extranjero en el cual comenzó a quemar el hechizo de un bucle de misterios y perfumes indescifrables. Y sin darme cuenta, derramado en ese encanto, la entropía de unos dedos lastimados comenzaron a moldear mi piel en formas que nunca antes había visto. Yo solo podía parpadear ante ese acto, deseando en secreto que aquello nunca terminara. Era fascinante ese dolor, ese apego compulsivo. Cuanta dicha al ser espectador de esa obsesión inaudita por lamer heridas extrañas e ignorar los estigmas propios. Agujas y alfileres, me anticiparon unos Ramones, de regreso a casa. No importa, les dije: con ese aroma de chocolate e ilusión, que rebozaba desde mi mochila,  ya estaba convencido.

Ayer un fotógrafo renegado me explicó las razones de porqué ya no encierra con su cámara los sentires del día a día. – Seria una infidelidad -me dijo mientras jugaba con su encendedor-. Una crueldad seria privar al pasado de la posibilidad de mutación: imagínate qué aburrido además, el creerme capaz de sujetar todo tal cómo fue, en un pedazo de papel o en un puñado de pixeles. Una crueldad para vos, para mí, para cualquiera. No hay muchas personas que puedan mirar fijamente a los ojos a su pasado, sin pestañear en remordimientos o en insatisfacciones. La memoria cuenta mejor cualquier recuerdo, transforma a las realidades muertas en añoranzas más amables y pone partes vistosas en huecos que no son muy lindos de enseñar. Mejor no te mates y no preguntes más. Seguí haciendo lo que haces -se había parado y dejó un par de billetes sobre el mostrador-. Inventa cada historia, create cada final. La distancia endulza cualquier recuerdo, ya sabes. Vas a poder dormir más tranquilo.

Y entonces, tras cruzar el umbral desapareció aquel perdedor hermoso, colgando desde su cuello esas instantáneas que jamas revelaría.

Habría que inventarlas.

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Fotografía: Alan Quiroga
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