Simpatía por la empatía

A veces sentado en algún café, o alguna esquina cualquiera, me detengo por un rato y pienso que me gusta la gente. Pero ojo, no siempre, no bajo cualquier circunstancia. Solo me nace una pasión filántropa en el cuerpo cuando la gente pareciera moverse por fuera de sus disfraces. No sé, vos sabes, por ejemplo me gusta cuando se olvidan de persignarse delante de una iglesia o cuando no recurren a la facilidad dialógica de rellenar las pausas con charlas climáticas, cuando tan solo callan ante el ruido. Me gusta la gente cuando sin importarles se delatan y se les puede notar como se les mueve un pie travieso al son de una melodía lejana o cuando algún loco de esos cruza la peatonal a la vez que toca un solo de batería triunfal en el aire o cuando no pueden hacer nada y se llenan de ternura y de compasión ante algún acto desinteresado e inesperado. Qué cosa digna de escuchar también cuando por alguna razón o berrinche se quiebran de modales y se le escapan kilos y kilos de demonios en puteadas coloridas. Qué satisfacción ver a la gente cuando no se queda atrás y persigue a un colectivo, y mucho más aun me gusta cuando lo alcanzan. Me gusta curiosear a lo lejos a la gente solitaria que habita por los bancos de plazas y parques y se quedan gastando un cigarro mientras miran al mundo girar. Qué decir de la gente cuando te regala una historia, o mejor dicho un pedacito de sus vidas, sin dejar de mencionar también a esos locos en extinción que pasan con ramos de flores en la mano, triunfantes y orgullosos de posibles cariños venideros. Llegas a entrañar a esa comedia cotidiana cuando ves a la gente que pide indicaciones de calles que no conoce y sin faltar a aquellos que, por no decir que no saben ni diablo, los mandan a cualquier lado. Me gusta cuando gente extraña pasa por tu lado y te saluda sin más, solo por el placer de la cortesía vecinal, o cuando suelo toparme por la calle con maniquíes pensantes que, ausentes como carcasas huecas, hacen que me pregunte en qué reflexión de cortocircuito o en qué punto del horizonte intentarán recuperar aquellas infancias extraviadas. Me gusta la gente cuando van y vienen por las veredas y se besan y de repente discuten como niños y luego de nuevo se besan o, aún más, me gusta cuando te saludan con un apretón de mano que te deja latiendo los dedos, pero eso sí, no puede faltar una mirada respetuosa a los ojos. Me gusta la gente cuando te jubila sin preguntarte y te dice señor o cuando te cubren con pañales y te clavan un muchacho. Me gusta la gente cuando no escucha los susurros de celulares apresurados o cuando te comparte, junto unas rondas de amargos, una charla sin que las tres agujas nos estén presionen las horas. Me gusta cuando se arman de sinceridad y ante un “¿todo bien? te contestan con un no, y te confían las razones pertinentes a la dolencia, pero también disfruto de aquellos que piden a gritos de silencio que adivines entre sus “sí, todo bien” la historia de un desamor o un proyecto desmoronado. De igual forma, asunto triste cuando no quieren decir adiós y se alejan de espaldas hasta perderse de vista en el devenir de los meses. Asunto grato cuando abrazos de reencuentro estallan contra el tiempo y la distancia. Que sé yo, cosas simples, cuando te refresca el animo con un gracias o un bien marcado buenos días, o bien, cuando desnudos de argumentos prefieren ceder, del mismo modo que cuando intolerables a lo injusto deciden resistir. Y entonces, decime, ¿qué le puedo hacer? Me gusta la gente y todo eso que hace sin saber muchas veces si entiende bien las acciones que hace. Si comprende siquiera el significado calve a la estabilidad total de un rompecabezas de voluntades entretejidas. Si entiende cuando se ríe fuerte, cuando sospecha, cuando se incomoda y se queda alerta, cuando se hermanan con miedos forasteros o alegrías vecinas, cuando festejan victorias colectivas, cuando entierran broncas de herencia, cuando se olvidan de ser gente y comienzan a volver a sus guaridas para otro mañana, a volver a ser madres y padres y hermanos y amantes y amigos y soñadores, todos soñadores.

Pero es allí que ocurre, la noche me encuentra bajo la vidriera de siempre, y me alegra porqué es cuando descubro que en aquel momento se intensifica como nunca mi simpatía por la gente. Porque las calles y la ausencia de ellos te devuelven a mi lado. A vos y esa última luz de tu sonrisa apagada que, en una suave curva de fatiga, me alumbra de tranquilidad mi alma, mi todo. Entonces recuerdo que todo puede estar bien, que ahora solamente somos nosotros. Una simple ciudad de dos personas deseando, con inútil fuerza, que en la mañana no volvamos a ser parte de la gente que ahora se encuentra dormida.

Como todos los demás, me saco mi traje. Me miras y pestañeas aliviada.

Es hora de volver a casa, me decís.

Yo te sigo.

IMG_2907

Fotografía: Alan Quiroga

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s