Siempre es hoy

Hoy me despertó la lluvia rumiando desde la ventana. Al principio me molestó el hecho de que me había arruinado las cosas por hacer durante el día, pero después recordé que para mí un día lluvioso vale por dos ante cualquiera de los soleados. Lo malo de la lluvia es que alguna vez tiene que parar -quizás en algunas ocasiones sea menester que pare-. Hoy me levantó una energía diferente, la revelación de una fuerza inesperada en el cuerpo. Las articulaciones livianas, las piernas turgentes, los brazos en alto. Supe que el fruto de tanta fatiga había emergido después de tanto tiempo. Hoy me dieron los primeros saludos de la mañana pensamientos más blandos que los de costumbre. Y entonces supe que podía encontrar alivio de mis reflexiones tanto en el aire caliente de la taza de un té como en oxigeno fresco de las nubes. Hoy se me abrieron los ojos con ganas de mirar otros cielos, se me envalentonó el olfato con ansias de respirar otros fuegos, los oídos volvieron sin miedo de abrazar otras promesas, mis manos vibraron abstinentes y compulsivas por acariciar el presente.

Ayer brazos amigos me recibieron con más cariño que antes, y las lindas rutinas que había dejado en suspenso volvieron a nutrirme con sus enseñanzas. Ayer retomé mi aprendizaje con más convicción, con un salto que brota desde la necesidad de ser alguien mejor cada mañana. Ayer me durmió otra voz. Una que adora los juegos y que saborea las letras con placer insólito. Una sensibilidad algo difícil de seguir, quizás porque no se presenta bajo moldes confortables ni se retrae ante las diferencias de espíritu. Ayer una frenética y hermosa locura me enseñó sus artes y su vida con tanta pasión y sinceridad que nuevamente tuve miedo de olvidarme de mis fuerzas. Ayer una flor en llamas me hizo redescubrir que siempre es grato crear espejos a través de las palabras, que nunca es cosa menor el sentir que uno puede estar arrimado y considerado por una perspectiva similar y la vez divergente del ritmo que nos imprime el mundo. Y mientras hacia pie en estas instantáneas y contemplaba mi infernal festival de ayeres, el día me pareció tan normal, tan de hemorragia cotidiana que de alguna manera ya no me importó el no escuchar las palabras que tanto tiempo desee volver a escuchar. Lo acepté, me dolió y volví a respirar. No importa, ya conozco el final. Si se escucha bien a los comportamientos adecuados no es de gran dificultad anticipar el mañana.

Hoy me desperté con la lluvia rumiando desde la ventana.

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