Anhelo

Hay veces en la que pienso, me gustaría ser poeta, y entonces con el poder de la síntesis en el filo de mi lírica emotiva, agotar de sentidos a todas las cosas del mundo solamente con un puñadito de palabras.

O también, por qué no, labrarme una virtud de cuentista o novelista, y en hojas ficticias crear realidades mejoradas, y finalmente con esas historias felices y amargas lograr llenar tanto vacío de humanidad que nos rodea.

Quizás, forjarme el esmero de un pintor, y sobre el lomo de paisajes de amnesias blancas, amalgamar en colores y trazos la infinita inercia de mi sentimiento.

O, quién sabe, a lo mejor consagrarme como un refinado escultor, y con el pulso nostálgico de mi cincel, ya sea en la madera o en la piel, tallar mis mejores sonrisas y mis mejores lamentos, para cuando llegue el día que no me quede nada para mostrar mis creaciones reemplacen mi sentir.

Tal vez, me deba volcar en la intuición de un fotógrafo, y con tan solo un botón merecerme el odio del tiempo, al sujetarlo en hermosas eternidades, al doblegarlo a suspirar para siempre en sus mejores luces.

Nada es seguro, y en uno de esos giros azarosos, quizás termine como un músico tenaz, y con un componer escrupuloso, aliviarme de las horas de angustia o de euforia. Llegar a destilar tanto veneno de sentimientos nada más que en la armonía de una furia de compases y de notas.

No sé, con mucha fuerza, puede que un hábil bailarín, y entre series de pasos livianos y de vuelos audaces quizás despegar por un rato del acoso de la muerte y la razón, que a veces resultan ser lo mismo.

O acaso, un excepcional cineasta, y reunir en una edición exquisita todos los aspectos de la vida, ya sea el terror, el amor, el conflicto, el misterio, la risa, todas y cada una en correcta sincronía y en sus porciones justas.

Hay veces que me gustaría poder perderme en algunos de estos caminos, sino es que en todos. Y, quizás con la destreza necesaria dentro de sus normas, utilizar todo el vigor de los nexos alternos que ofrecen para socavar tanta sed de comunicación entre todos, para emparejar las voluntades hacia un mismo fin.

En el fondo de cualquier silencio, la única verdad que me sopesa es esa que me alegraría alcanzar si fuera capaz de expresarme mejor en mis modos y palabras, y entonces, con un poco de calma y casualidad, que supieras que ya no es necesario que nos distanciemos para nunca retirarnos a ningún lugar. Que quisiera dejar de buscar consuelo en el quizás y así abrazar todo lo que se puede construir ahora mismo, con tan solo un chispazo de entendimiento. De ya no querer nada más, que quizás tan solo hablar, y ni siquiera eso.

Y por ahí se van todos esos caminos, por ahí despacito se va mi anhelo.

 

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Fotografía: Alan Quiroga
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Pisando caracoles

Estaba sentado sobre una hamaca esperando. No sé muy bien qué esperaba. Solo sabia que aquel mínimo balanceo era lo que más quería en ese entonces; una agitación leve, de tortuga, que se transmitía desde la cintura hacia los pies y luego se contraía y volvía al centro, y luego se desplegaba de nuevo y así. El calor era atroz y sofocante, aunque eso no impedía a la gente tomar sus latas de cerveza y, a los más perdidos, besarse bajo la penumbra de los árboles. Supuse que la vida seria eso, un absurdo vaivén de inercias que solo nos llevaban al mismo lugar, al epicentro nulo de cada acto. De qué sirven las voluntades si solo se anulan entre sí, si en realidad el resultado final no es una suma ni una resta. Movimiento, quizás, la ilusión de desplazamiento como razón última para no sentir el impulso de tirarse de clavado bajo el desenfreno de las ruedas de un camión a toda marcha. No cualquiera admite estar en busca de sueños de quietud, si es que algo parecido existe siquiera.

Estaba sentado sobre una hamaca recordando y sentí alivio en el murmullo de un cielo vino tinto. El viento traía una promesa que siempre me es bienvenida. Cualquier lamento es menos feo si el agua cambia los olores de mi ciudad. Debe ser el llanto sobre llanto de seguro. Luego, cuando una gota tocó mi nariz me sentí bien conmigo mismo, en el gesto amable de esa frescura al haberse difuminado en mi piel. Sin embargo, pensé en más profundidad y no pude evitar considerar a los caracoles: supe que sería una noche mala para ellos. Buscarían la humedad en las veredas y tal propósito solo devendría en pisotones negligentes de los peatones nocturnos, siempre indiferentes a la fragilidad de los que se toman su tiempo. Pobres infelices, pensé, solo buscaban algo de movimiento. No cualquiera se toma el trabajo de evitar destrozar las corazas en su andar.

Estaba sentado sobre una hamaca precipitando y sentí desconsuelo por mí mismo. La pena de saberme tarde en poder liberarme de esta ropa mojada y asfixiante; la disciplina necesaria para sacarme los mismos trapos enmohecidos y aguados ante la mirada inquisitiva de los demás. Aplastado, supe verme, en ese saber inexorable de que todas las cosas que hubieran querido decirse se lavarían en el barro, se borrarían todas mis pasiones en recuerdos vagos. No cualquiera entiende que la verdadera libertad es mandar al carajo a todo aquel que nos acostumbre a caminar bajo su paraguas.

Estaba tieso sobre una hamaca y el mundo ahora me parecía inútil y enfermo. Quizás en algún punto hacia rato me sentía de la misma manera: algo mojado, algo resfriado y siempre buscando explicaciones bajo alguna nube rosada. El agua manchaba de colores más pesados mi remera, mis pantalones, las zapatillas. De a poco, las lágrimas del aluvión me oscurecían en pequeños círculos y no me importaba. Me alarmé al no ver a nadie bailando entre la incesante cortina de agua alrededor o tan solo bebiendo de ese maravilloso momento, ¿dónde estarían los locos acalorados?¿Dónde se había ido todo el mundo? Me sentí algo inadecuado al pensar que era el único allí esperando a mojarse por completo. No cualquiera abraza la posibilidad de una ansiado resfriado.

Estaba parado sobre el asfalto y comencé a encontrar la gracia del asunto. Una noticia cálida se deslizaba persistente entre entre los jirones de mi pelo empapado. Entonces creia entender la ambivalencia en la que oscila todo este sin sentido: a veces es avance y en otras es retroceso, a veces sofoco y en otras respiro, a veces un caracol y en otras un asesino; que a veces pudo encontrarme y en otras yo desesperé encontrarla. Que nunca voy a encontrarme si siempre vuelvo. Resolví que el infierno podría ser aquello, los sinsentidos que uno se crea para acariciar una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez hasta que las manos sangren, y aún así, vamos de nuevo y otra y otra y otra… Comprendí que el mío era de agua y de silencio. No cualquiera logra jugar a ser equilibrista sobre los cordones que cortan a los sin sentidos.

De a poco la lluvia se afinaba en una suave garúa. Me quedé hasta que aquella cesó por completo y su manto rosado se desgarró irregularmente hacia todos lados, descubriendo unas escasas estrellas que asomaban entre sus rescoldos de algodón. Una vez agobiado de tantas metáforas de tormenta y moluscos, regresé a casa. Pero eso sí, atento a las baldosas: siempre es mejor si se puede evitar sentir algún crujido bajo de mis pies. Al llegar, dejé mis cosas, me sequé apenas, y me acosté con la preocupación de ya haber pensado todo aquello alguna vez. Me deje dormir en el tercer o cuarto pensamiento.

Instantáneas

En ciertas noches tranquilas, mientras escribo o paseo en letras ajenas, presiento una figura que se escurre entre la oscuridad que me rodea. Me rio en secreto y simulo no haber notado que me observa atento. Ya no es motivo de susto. Solamente es un pequeño duende despeinado con la curiosidad y un insomnio de pañales. A continuación, es ejercicio cotidiano a seguir: con dificultad intento localizar su rostro risueño entre la cortina de tinieblas, y una vez que mi mirada fija su pequeña silueta, una risotada aguda me devuelve el gesto. Es un extraño privilegio, casi siempre me invita al mismo juego.  Lo dejo un rato y una vez saciada sus travesuras nocturnas, toca cargarlo de nuevo para devolverlo junto al sueño de su madre.

En algún verano impreciso, un hermano nos fulminaba con la noticia de que partía hacia mejores oportunidades. Entonces, en una coincidencia unánime de voluntades, la necesidad imperiosa de arponear a la tristeza y navegar en la última aventura de una amistad en ascuas se hizo misión. Quizás, el último homenaje bonaerense, cual recuerdo de una postal nocturna para que luego añorase en tierras de acentos graciosos. Así que allá nos fuimos, buscando perdernos en el fondo de una noche sempiterna. En otras palabras, lo de siempre… fuimos. Fuimos futbolistas virtuales entre gastadas, apologías de hermanas y alcohol. Fuimos hermanos apaciguando las broncas naiperas con pizzas fuleras y rockanrolles hambrientos. Fuimos caminantes crepusculares pateando las calles y llenándolas a gritos con anécdotas y recuerdos de tiempos de mejillas lampiñas. Fuimos una banda de perdedores hermosos irrumpiendo en bares y desafiantes soberbios, a propios y extraños, siempre por más fichas de pool y, todavía aún, por más pintas de cervezas. Fuimos una última vez, bajo el sosiego de una luna de pasiones rotas y de lágrimas ocultas. Y como siempre ocurre con las buenas eternidades, la nuestra acabo. Comenzábamos a percibir que la madrugada se diluía junto a nuestras pasiones. No quise quedarme hasta la mañana, el maldito sol se lo llevaría. Restaba lo inevitable… Buena suerte y hasta luego, un abrazo sentido y bajar la calle sin mirar atrás. Desde entonces algo cambiaría para todos.

Era la maldita espera de una Navidad, como no puede ser de otra manera; artificial espera. El tiempo me punzaba la paciencia así que dije, ahora vuelvo. Nadie escuchó. Zapatillas livianas y pensamientos pesados, mucho más no me hacia falta. Me disponía a correr los limites de mi cansancio, a perderme de mí mismo en calles que no me conocieran demasiado; de vez en cuando algo me pide hacerlo. Fue de ese modo, que de repente mis piernas me habían llevado a una ciudad que hace años no me pertenecía, a veredas y a calles que solo cantaban melodías de silencio y de ausencia. Cuando me di cuenta de que la gente había sido extirpada del ruido urbano, comencé a caminar con la actitud pausada de un poseedor temporal de aquellas dimensiones de cemento y cortinas metálicas. Caminé un largo rato entre edificios y formaciones de locales desiertos hasta que llegué a un lugar que conocía bien. Proseguí a medirlo en pasos y en hondas bocanadas de aire, y, después de refrescarme la frente en una fuente, me quedé tendido bajo la compañía de un árbol extranjero. Tampoco había nadie allí, nadie que valiera el esfuerzo. Vaya a saber quién, por cuanto me quedé contemplando los pedazos de cielo rebeldes que se le escapaban a la maraña de hojas y ramas; me quede contemplando e imaginando las imágenes de todos esos lugares que me esperaban y también de aquellos que no. Hasta que los faros y las luces colgantes aparecieron por toda la cuadra junto con la noticia de que ya era tarde, ya no había colectivos que me llevarían a casa. Pero eso no me importó, hace tiempo que nunca me regresaban al lugar que anhelaba.

En una de esas mañanas de colegios fugaces y soles cegadores, me encontré a la Muerte descansando con asquerosa impunidad en una vieja y desvencijada ruta. El colectivo paró entonces, y todos los ojos, con una curiosidad de piedad mórbida, la miraban a cuestas de un alma que quería volver a tomar aire al lado del camino. Los años infantes me protegieron al principio, tapándome toda la verdad del asunto, pero no sirvió aquella venda suave porque, más temprano que tarde, esa verdad alcanzaría a quebrar algo dentro de mí: al levantar la vista, las sombras en el rostro de mi viejo me dijeron todo. Un crujido. La inocencia se agrietó para siempre. Pese a la quietud de los años, de vez en cuando la vuelvo a cruzar, con la misma impunidad que acostumbra relucir, pero en cada ocasión intento no contemplarla ingenuo y estático como aquella vez. Mi viejo no lo hizo.

Fue en una tarde de misas y de gritos; fue de  esas tardes que no se limpian con el tiempo, ni con otras voces venideras. Fue bajo un árbol extranjero en el cual comenzó a quemar el hechizo de un bucle de misterios y perfumes indescifrables. Y sin darme cuenta, derramado en ese encanto, la entropía de unos dedos lastimados comenzaron a moldear mi piel en formas que nunca antes había visto. Yo solo podía parpadear ante ese acto, deseando en secreto que aquello nunca terminara. Era fascinante ese dolor, ese apego compulsivo. Cuanta dicha al ser espectador de esa obsesión inaudita por lamer heridas extrañas e ignorar los estigmas propios. Agujas y alfileres, me anticiparon unos Ramones, de regreso a casa. No importa, les dije: con ese aroma de chocolate e ilusión, que rebozaba desde mi mochila,  ya estaba convencido.

Ayer un fotógrafo renegado me explicó las razones de porqué ya no encierra con su cámara los sentires del día a día. – Seria una infidelidad -me dijo mientras jugaba con su encendedor-. Una crueldad seria privar al pasado de la posibilidad de mutación: imagínate qué aburrido además, el creerme capaz de sujetar todo tal cómo fue, en un pedazo de papel o en un puñado de pixeles. Una crueldad para vos, para mí, para cualquiera. No hay muchas personas que puedan mirar fijamente a los ojos a su pasado, sin pestañear en remordimientos o en insatisfacciones. La memoria cuenta mejor cualquier recuerdo, transforma a las realidades muertas en añoranzas más amables y pone partes vistosas en huecos que no son muy lindos de enseñar. Mejor no te mates y no preguntes más. Seguí haciendo lo que haces -se había parado y dejó un par de billetes sobre el mostrador-. Inventa cada historia, create cada final. La distancia endulza cualquier recuerdo, ya sabes. Vas a poder dormir más tranquilo.

Y entonces, tras cruzar el umbral desapareció aquel perdedor hermoso, colgando desde su cuello esas instantáneas que jamas revelaría.

Habría que inventarlas.

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Fotografía: Alan Quiroga

Simpatía por la empatía

A veces sentado en algún café, o alguna esquina cualquiera, me detengo por un rato y pienso que me gusta la gente. Pero ojo, no siempre, no bajo cualquier circunstancia. Solo me nace una pasión filántropa en el cuerpo cuando la gente pareciera moverse por fuera de sus disfraces. No sé, vos sabes, por ejemplo me gusta cuando se olvidan de persignarse delante de una iglesia o cuando no recurren a la facilidad dialógica de rellenar las pausas con charlas climáticas, cuando tan solo callan ante el ruido. Me gusta la gente cuando sin importarles se delatan y se les puede notar como se les mueve un pie travieso al son de una melodía lejana o cuando algún loco de esos cruza la peatonal a la vez que toca un solo de batería triunfal en el aire o cuando no pueden hacer nada y se llenan de ternura y de compasión ante algún acto desinteresado e inesperado. Qué cosa digna de escuchar también cuando por alguna razón o berrinche se quiebran de modales y se le escapan kilos y kilos de demonios en puteadas coloridas. Qué satisfacción ver a la gente cuando no se queda atrás y persigue a un colectivo, y mucho más aun me gusta cuando lo alcanzan. Me gusta curiosear a lo lejos a la gente solitaria que habita por los bancos de plazas y parques y se quedan gastando un cigarro mientras miran al mundo girar. Qué decir de la gente cuando te regala una historia, o mejor dicho un pedacito de sus vidas, sin dejar de mencionar también a esos locos en extinción que pasan con ramos de flores en la mano, triunfantes y orgullosos de posibles cariños venideros. Llegas a entrañar a esa comedia cotidiana cuando ves a la gente que pide indicaciones de calles que no conoce y sin faltar a aquellos que, por no decir que no saben ni diablo, los mandan a cualquier lado. Me gusta cuando gente extraña pasa por tu lado y te saluda sin más, solo por el placer de la cortesía vecinal, o cuando suelo toparme por la calle con maniquíes pensantes que, ausentes como carcasas huecas, hacen que me pregunte en qué reflexión de cortocircuito o en qué punto del horizonte intentarán recuperar aquellas infancias extraviadas. Me gusta la gente cuando van y vienen por las veredas y se besan y de repente discuten como niños y luego de nuevo se besan o, aún más, me gusta cuando te saludan con un apretón de mano que te deja latiendo los dedos, pero eso sí, no puede faltar una mirada respetuosa a los ojos. Me gusta la gente cuando te jubila sin preguntarte y te dice señor o cuando te cubren con pañales y te clavan un muchacho. Me gusta la gente cuando no escucha los susurros de celulares apresurados o cuando te comparte, junto unas rondas de amargos, una charla sin que las tres agujas nos estén presionen las horas. Me gusta cuando se arman de sinceridad y ante un “¿todo bien? te contestan con un no, y te confían las razones pertinentes a la dolencia, pero también disfruto de aquellos que piden a gritos de silencio que adivines entre sus “sí, todo bien” la historia de un desamor o un proyecto desmoronado. De igual forma, asunto triste cuando no quieren decir adiós y se alejan de espaldas hasta perderse de vista en el devenir de los meses. Asunto grato cuando abrazos de reencuentro estallan contra el tiempo y la distancia. Que sé yo, cosas simples, cuando te refresca el animo con un gracias o un bien marcado buenos días, o bien, cuando desnudos de argumentos prefieren ceder, del mismo modo que cuando intolerables a lo injusto deciden resistir. Y entonces, decime, ¿qué le puedo hacer? Me gusta la gente y todo eso que hace sin saber muchas veces si entiende bien las acciones que hace. Si comprende siquiera el significado calve a la estabilidad total de un rompecabezas de voluntades entretejidas. Si entiende cuando se ríe fuerte, cuando sospecha, cuando se incomoda y se queda alerta, cuando se hermanan con miedos forasteros o alegrías vecinas, cuando festejan victorias colectivas, cuando entierran broncas de herencia, cuando se olvidan de ser gente y comienzan a volver a sus guaridas para otro mañana, a volver a ser madres y padres y hermanos y amantes y amigos y soñadores, todos soñadores.

Pero es allí que ocurre, la noche me encuentra bajo la vidriera de siempre, y me alegra porqué es cuando descubro que en aquel momento se intensifica como nunca mi simpatía por la gente. Porque las calles y la ausencia de ellos te devuelven a mi lado. A vos y esa última luz de tu sonrisa apagada que, en una suave curva de fatiga, me alumbra de tranquilidad mi alma, mi todo. Entonces recuerdo que todo puede estar bien, que ahora solamente somos nosotros. Una simple ciudad de dos personas deseando, con inútil fuerza, que en la mañana no volvamos a ser parte de la gente que ahora se encuentra dormida.

Como todos los demás, me saco mi traje. Me miras y pestañeas aliviada.

Es hora de volver a casa, me decís.

Yo te sigo.

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Fotografía: Alan Quiroga

Siempre es hoy

Hoy me despertó la lluvia rumiando desde la ventana. Al principio me molestó el hecho de que me había arruinado las cosas por hacer durante el día, pero después recordé que para mí un día lluvioso vale por dos ante cualquiera de los soleados. Lo malo de la lluvia es que alguna vez tiene que parar -quizás en algunas ocasiones sea menester que pare-. Hoy me levantó una energía diferente, la revelación de una fuerza inesperada en el cuerpo. Las articulaciones livianas, las piernas turgentes, los brazos en alto. Supe que el fruto de tanta fatiga había emergido después de tanto tiempo. Hoy me dieron los primeros saludos de la mañana pensamientos más blandos que los de costumbre. Y entonces supe que podía encontrar alivio de mis reflexiones tanto en el aire caliente de la taza de un té como en oxigeno fresco de las nubes. Hoy se me abrieron los ojos con ganas de mirar otros cielos, se me envalentonó el olfato con ansias de respirar otros fuegos, los oídos volvieron sin miedo de abrazar otras promesas, mis manos vibraron abstinentes y compulsivas por acariciar el presente.

Ayer brazos amigos me recibieron con más cariño que antes, y las lindas rutinas que había dejado en suspenso volvieron a nutrirme con sus enseñanzas. Ayer retomé mi aprendizaje con más convicción, con un salto que brota desde la necesidad de ser alguien mejor cada mañana. Ayer me durmió otra voz. Una que adora los juegos y que saborea las letras con placer insólito. Una sensibilidad algo difícil de seguir, quizás porque no se presenta bajo moldes confortables ni se retrae ante las diferencias de espíritu. Ayer una frenética y hermosa locura me enseñó sus artes y su vida con tanta pasión y sinceridad que nuevamente tuve miedo de olvidarme de mis fuerzas. Ayer una flor en llamas me hizo redescubrir que siempre es grato crear espejos a través de las palabras, que nunca es cosa menor el sentir que uno puede estar arrimado y considerado por una perspectiva similar y la vez divergente del ritmo que nos imprime el mundo. Y mientras hacia pie en estas instantáneas y contemplaba mi infernal festival de ayeres, el día me pareció tan normal, tan de hemorragia cotidiana que de alguna manera ya no me importó el no escuchar las palabras que tanto tiempo desee volver a escuchar. Lo acepté, me dolió y volví a respirar. No importa, ya conozco el final. Si se escucha bien a los comportamientos adecuados no es de gran dificultad anticipar el mañana.

Hoy me desperté con la lluvia rumiando desde la ventana.