Anhelo

Hay veces en la que pienso, me gustaría ser poeta, y entonces con el poder de la síntesis en el filo de mi lírica emotiva, agotar de sentidos a todas las cosas del mundo solamente con un puñadito de palabras.

O también, por qué no, labrarme una virtud de cuentista o novelista, y en hojas ficticias crear realidades mejoradas, y finalmente con esas historias felices y amargas lograr llenar tanto vacío de humanidad que nos rodea.

Quizás, forjarme el esmero de un pintor, y en sobre el lomo de paisajes de amnesias blancas, amalgamar en colores y trazos la infinita inercia de mi sentimiento.

O, quién sabe, a lo mejor consagrarme como un refinado escultor, y con el pulso nostálgico de mi cincel, ya sea en la madera o en la piel, tallar mis mejores sonrisas y mis mejores lamentos, para cuando llegue el día que no me quede nada para mostrar mis creaciones reemplacen mi sentir.

Tal vez, me deba volcar en la intuición de un fotógrafo, y con tan solo un botón merecerme el odio del tiempo, al sujetarlo en hermosas eternidades, al doblegarlo a suspirar para siempre en sus mejores luces.

Nada es seguro, y en uno de esos giros azarosos, quizás termine como un músico tenaz, y con un componer escrupuloso, aliviarme de las horas de angustia o de euforia. Llegar a destilar tanto veneno de sentimientos nada más que en la armonía de una furia de compases y de notas.

No sé, con mucha fuerza, puede que un hábil bailarín, y entre series de pasos livianos y de vuelos audaces quizás despegar por un rato del acoso de la muerte.

O acaso, un excepcional cineasta, y reunir en una edición exquisita todos los aspectos de la vida, ya sea el terror, el amor, el conflicto, el misterio, la risa, todas en correcta sincronía y en sus porciones justas.

Hay veces que me gustaría poder perderme en algunos de estos caminos, sino es que en todos. Y, quizás con la destreza necesaria en sus normas, utilizar todo el vigor de los nexos alternos que ofrecen para socavar tanta sed de comunicación entre todos, para emparejar las voluntades hacia un mismo fin.

En el fondo de cualquier silencio, la única verdad que me sopesa es esa que me alegraría alcanzar al expresarme mejor en mis modos y palabras, y entonces, con un poco de calma y casualidad, que supieras que ya no es necesario que nos distanciemos para nunca retirarnos a ningún lugar. Que quisiera dejar de buscar consuelo en el quizás y así abrazar todo lo que se puede construir ahora mismo, con tan solo un chispazo de entendimiento. De ya no querer nada más, que quizás tan solo hablar, y ni siquiera eso.

Y por ahí se van todos esos caminos, por ahí despacito se va mi anhelo.

 

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Fotografía: Alan Quiroga
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Del entorno

Lo tenes que escuchar con total tranquilidad, me dijo un amigo. Tenia razón, “The dark side of the moon” se saborea con los ojos cerrados, de otra forma es blasfemia. Maldito infeliz, ¿cuando no tiene razón sobre algo? Hoy es una noche de inquietudes, y esto hace que el cerebro se pierda en los eternos laberintos que aparentan no tener salidas. Me parece bien, hace rato que no problematizo un poco conmigo mismo. Pues si sigo pensando en análisis crudo llego a la idea inequívoca de que mucho de lo que soy ahora se debe a la gente que me rodea. Ya sé, un notición aquello: el entorno siempre moldea las actitudes y las aptitudes de una persona. Pero conmigo es peor el asunto, es más contagiosa la incidencia de esas presencias a las que suelo recurrir y consultar cotidianamente. Pasa que si alguien forma parte de mi vida, realmente forma parte de mi vida. Para bien o para mal, lo respeto con medallas y todo, y si lo respeto tiene total confianza para configurar mis decisiones, el permiso tácito de tomar partido en mis elecciones y perspectivas. Quiero decir que con la gente que aprecio y admiro no hay peros de por medio, cualquier indicación o consejo de parte de ellos siempre las tomo como un intento por querer mejorarme de alguna manera. He aquí, quizás, mi terrible talón de Aquiles. Después de todo, ¿qué es un amigo? Alguien que sabe qué decir y qué cosas hacer para aliviarnos, pero también alguien que puede generar el mayor daño posible en uno. La amistad es eso para mí, el máximo acto de fe de todos, quizás equiparable solo con una relación afectiva del tipo más personal. Pero por ahí andan, jugando a las pulseadas en la misma línea. ¿Qué me van a venir a hablar de la religión extrema o de fidelidad posesiva? No hay mayor confidencia peligrosa en aquel que sabe de dónde venís y hacia dónde vas. A veces hablo de estas cosas con el mismo amigo que recomienda cosas de Pink floyd, y hablamos de que menos mal que otros amistades en común están de nuestro lado porqué si llegase el día en que decidieran enemistarse con nosotros, estaríamos de seguro bien jodidos. Sobre todo se refería a ese filósofo trucho, que es tan dado para los asuntos de malicia y de caos. Me gusta sentirme en amistad de diablitos con corazones blandos.

Sin embargo, hay gente en la que no confío plenamente pero aún permito que me influyan de la misma manera significativa. Y no es que no confío debido a cómo son por sí mismos, sino es que todavía no se dio el tiempo necesario para entregarle por completo mis sombras y mis resplandores; y, lo que aprecio también, que ellos tampoco revelan fantasmas o pesares propios. Y es raro porqué todos los giros bruscos que di últimamente se deben a ellos. Quiero decir que fomentan con su presencia en mis días mi lado más saludable y disciplinado si se quiere. Puedo decir que gracias a ellos dejé viejos vicios que me acechaban sin tregua. Abracé el deporte y dejé por completo el tabaco, entrené con más vehemencia bruta y las piernas se me fortalecieron, hasta casi sin darme cuenta se me altero la dieta, ya no como carne ni recurro a llenar mis ansias si  no tengo hambre; las burlas de los amigos ahora sí están justificadas como el elemento problemático de los asados.

Entre ellos. está el pibe que me enseña, la persona más recta y honesta que conocí en mi puta vida. Y no solo me enseña a entrenar el cuerpo y a saber cómo usarlo en situaciones de conflicto, sino que también me inculca con enseñanzas necesarias para mejorar mi disciplina; virtud que de por sí siempre fue nula en mí. Me hizo deshacerme de los prejuicios sobre la meditación, y además me transmite, siempre que puede, técnicas para dormir, para concentrarme, para moldear la motivación propia. Tan valiosa persona y pensar que antes solo lo veia como un compañero de universidad más. Y le pongo ganas y escucho dentro de sus clases y por fuera de ellas, no es dificultad ignorar el hecho de que casi tenemos la misma edad. Aunque en alguna situación no puedo evitar equipararme con alguna escena de entrenamiento de esas peliculas de artes marciales hollywoodenses, y se me escapa una risa que no puedo explicar. Sería algo así como un sensei. aunque el término adecuado es sifu; él se conforma de que tan solo le diga Julián.

También, está una compañera con la que a veces coincidimos en clases. Ella también se encarga de la parte de estiramiento y flexión, pero todo eso es lo de menos. Es la persona más alegre y positiva que me cruce alguna vez. Pero no es alguien positiva desde la hipocresia asquerosa de ignorar el realismo de la vida, sino que ella ve todo el panorama y prefiere enfocarse en las cosas que se pueden arreglar y mejorar. Es de esas almas buenas que intentan hacer el bien en todo lo que esté a su alcance. Motivación pura. Es raro verla sin su sonrisa intensa, pero siempre sincera. Sin embargo, en algunas conversaciones algunas sombras se le escapan; sombras que intuyo conocer más de lo necesario, y que parecen sofrenarla de cuando en cuando. Entró algo después que yo, así que sería mi hermana menor; aunque solo la llamo por su nombre, Juana.

Por alguna razón, les sigo cayendo bien todavía y no me importa el nunca escuchar que me presenten como alguien de confiar, o que nunca me digan que soy un amigo; me conformo con que me consideren como un par de ellos no más. Alguien deseable al menos con quién pasar un par de horas. Puede parecer algo egoísta, pero tan solo me dejo nutrir y alimentar de lo que me pueden ofrecer las fuerzas de aquellos dos, porqué siempre son para llegar a un lugar mejor. Y con mi eterna banda de amigos, los adoro y siempre tendrán mi mano para cualquier problema, pero ellos son tan parecidos a mí que tan solo suelo llegar a los lugares de siempre- Y después, conmigo mismo… bueno, soy tan destructivo a solas, que no puedo evitar escapar de mi mismo y termino deslizándome hacia atrás, ebrio en los lugares escondidos de mi memoria.

Dentro de poco, masomenos al final del mes, se vienen un par de fechas que no sé todavía cómo afrontaré sin perderme en el intento. Por un lado está el examen de Wing-Chun, la mitad de la primera forma, asunto para el cuál ya me siento más que preparado gracias a esta gente. Y por el otro lado, se aproxima una fecha en la que no puedo hacer nada más que esperar a que pase, de aguantar el puñetazo en la cara con total impunidad. Tal vez no me corresponda sentir esta sensación pero no lo puedo evitar, todavía no puedo escapar a estar atento. Por lo menos, ya sea entre aureolas o tridentes, todo es más llevadero con las conversaciones de estas personas.

Pequeños saberes

Los días transcurren con el encanto de un suave devenir, suceden uno tras otro como si se tratase de la ligereza de un sueño. Y me pregunto y es raro; contradictorio y raro. Me asusta un poco, porque sinceramente no me siento asustado, o mejor dicho, no es un miedo en el sentido de los usuales sino que es más como un llamado de atención sobre algo que ya no suena como siempre. Que no suena. ¿Cómo se le llama a eso? ¿Será acaso superación o que tan solo me di por vencido en mi rutina? Quiero decir que las ansias repentinas no atacan mi paciencia sobre los proyectos futuros o por todas esas cosas que me gustaría concretar. Puedo decir que me siento bien de alguna manera que se me escapa, como si hubiese aprendido de alguna manera a aceptar que todo pasa y que los caminos se tuercen tarde o temprano en cambios inevitables. Siento que todo aquello ya no me importa, en la medida que me importaba, y me asusta, como si hallase en mi proceder la habilidad para hacer equilibrio entre las cosas por soltar y las cosas por recordar. ¿Eso es la armonía?¿Eso es la paz interna? No sé, pero se siente bien; puedo escuchar mejor mis necesidades.

Curiosamente de estas sapiencias involuntarias, o a lo mejor no, saben bien los chicos, aunque no sé si todos ellos. Por ejemplo mi sobrino: a duras penas anda a las corridas con su curiosidad y energía por toda la casa, y entonces viene y me enseña algo que estuve ansiando aprehender desde hace años. Me gusta observarlo, ver sus actitudes y como se relaciona con un mundo que busca asimilar mediante su tacto. Y a veces,  y a veces observo que en él, que cada vez que alguien le quita algo por alguna razón, ya sea por seguridad o tan solo para probar su paciencia, lo que pareciera ser una tempestad de berrinches y reclamos en llantos termina en una mirada de perplejidad comprensiva, una mirada cálida pero rigurosa hacia quien le sustrae eso de las manos. Parado por un par de segundos, como entendiendo que no hay nada que entender y sin hacer ni siquiera mueca alguna, se da la vuelta y emprende su gracioso andar hacia otro rumbo con la intención de escrutar otro objeto libres de manos que quitan. No se hace problema por las cosas que no puede controlar o poseer, la supuesta madurez no le alcanza para entender lo que es la posesión ni el apego. Me gusta esa personita porque, dentro de una libertad que no entiende aún, decide ser libre.

También está un hermano menor haciendo las veces de docente dentro de mi vida, cuyo perdón no atiende a intereses ocultos, y además carece de memoria a largo plazo ante las faltas de los otros, Y no entiendo si está bien o está mal en sus formas limpias de rencor, intuyo que cierto peligro descansa en perdonar cualquier herida sin poner limites, pero entiendo también que este pibe padece de una abundancia de sentir a diferencia de la mayoría de nosotros, de mí sobre todo. En cambio, me pasa que confundo a cada rato la capacidad del sentimiento con la de la reacción, y de esa manera camino por mi vida y ante la vida de los demás; ante el puñetazo, resentimiento, y ante el frío, memoria. Toda esta porquería de consecuencia en la emoción no pasa en él, por suerte o desgracia todavía no se contamina de todo aquello. Si pasa por alto la ofensa del otro, ya sea una tonteria o algo que verdaderamente  lo lastima, es porque  verdaderamente lo siente de esa forma: una necesidad del dar, despojada del comercio de estrategias y de conveniencias, que lo atraviesa de un modo al que no puede evadir. Entiendo cuando lo observo en los días de la vida que, no es una cuestión de poder cuando él nos perdona por alguna razón, se trata de una cuestión de perdida; de ceder porque así entiende que debe ser. En los primeros años de empezar a ser testigo de su carácter creía que se trataba de miedo, o sumisión, pero me equivocaba y mucho. Es entrega, cariño por sobre el dolor. Y en situaciones en los que no me doy cuenta, y se me va el humor o quizás no lo trate de la manera en la que se merece, siempre es el mismo gesto en sus ojos: no hay rastros de rencor en sus invitaciones posteriores a algún disgusto infantil o alguna negativa de mi parte, siempre vuelve al lado de uno ofreciendo de nuevo su compañía como un cachorrito que busca la mirada y la compañía de quién quiere. Mi pequeño cachorro. Como no puede ser de otra manera, sé que algun día de estos lo voy a mira y en su mirada ya no va a abundar tanto el perdón, que ya el precio por mi estupideces para con él me costarán caro.  Y de alguna manera me alivia eso, saber que ya no estará indefenso en su linda ingenuidad. Sucede que a la puros en virtudes se los termina devorando el mundo. Hasta nosotros mismos abarcamos casi sin querer a quienes nos permiten hacerlo, y no debería ser así. Pero tampoco se puede construir paredes alrededor de uno para evitar que se lleven trozos de confianza. De todas maneras, ¿cómo culparlos, no?

Y son cosas a las que uno no puede evitar detenerse por cinco minutos y apreciarlas siquiera. Es que en realidad, puede que tan solo seamos soberbios y locos dentro de nuestra enfermedad adulta. Puede que después de todo no enseñemos ni formemos modelos para guiar a los que vienen detrás, tal vez hay que prestarle atención a las nuevas formas de interaccionar con lo que yace afuera nuestro, de esas formas que ya traen consigo los que no están contaminados por nuestra desgastada y obsoleta humanidad.

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Dibujo: Lucas Capua

Pisando caracoles

Estaba sentado sobre una hamaca esperando. No sé muy bien qué esperaba. Solo sabia que aquel mínimo balanceo era lo que más quería en ese entonces; una agitación leve, de tortuga, que se transmitía desde la cintura hacia los pies y luego se contraía y volvía al centro, y luego se desplegaba de nuevo y así. El calor era atroz y sofocante, aunque eso no impedía a la gente tomar sus latas de cerveza y, a los más perdidos, besarse bajo la penumbra de los árboles. Supuse que la vida seria eso, un absurdo vaivén de inercias que solo nos llevaban al mismo lugar, al epicentro nulo de cada acto. De qué sirven las voluntades si solo se anulan entre sí, si en realidad el resultado final no es una suma ni una resta. Movimiento, quizás, la ilusión de desplazamiento como razón última para no sentir el impulso de tirarse de clavado bajo el desenfreno de las ruedas de un camión a toda marcha. No cualquiera admite estar en busca de sueños de quietud, si es que algo parecido existe siquiera.

Estaba sentado sobre una hamaca recordando y sentí alivio en el murmullo de un cielo vino tinto. El viento traía una promesa que siempre me es bienvenida. Cualquier lamento es menos feo si el agua cambia los olores de mi ciudad. Debe ser el llanto sobre llanto de seguro. Luego, cuando una gota tocó mi nariz me sentí bien conmigo mismo, en el gesto amable de esa frescura al haberse difuminado en mi piel. Sin embargo, pensé en más profundidad y no pude evitar considerar a los caracoles: supe que sería una noche mala para ellos. Buscarían la humedad en las veredas y tal propósito solo devendría en pisotones negligentes de los peatones nocturnos, siempre indiferentes a la fragilidad de los que se toman su tiempo. Pobres infelices, pensé, solo buscaban algo de movimiento. No cualquiera se toma el trabajo de evitar destrozar las corazas en su andar.

Estaba sentado sobre una hamaca precipitando y sentí desconsuelo por mí mismo. La pena de saberme tarde en poder liberarme de esta ropa mojada y asfixiante; la disciplina necesaria para sacarme los mismos trapos enmohecidos y aguados ante la mirada inquisitiva de los demás. Aplastado, supe verme, en ese saber inexorable de que todas las cosas que hubieran querido decirse se lavarían en el barro, se borrarían todas mis pasiones en recuerdos vagos. No cualquiera entiende que la verdadera libertad es mandar al carajo a todo aquel que nos acostumbre a caminar bajo su paraguas.

Estaba tieso sobre una hamaca y el mundo ahora me parecía inútil y enfermo. Quizás en algún punto hacia rato me sentía de la misma manera: algo mojado, algo resfriado y siempre buscando explicaciones bajo alguna nube rosada. El agua manchaba de colores más pesados mi remera, mis pantalones, las zapatillas. De a poco, las lágrimas del aluvión me oscurecían en pequeños círculos y no me importaba. Me alarmé al no ver a nadie bailando entre la incesante cortina de agua alrededor o tan solo bebiendo de ese maravilloso momento, ¿dónde estarían los locos acalorados?¿Dónde se había ido todo el mundo? Me sentí algo inadecuado al pensar que era el único allí esperando a mojarse por completo. No cualquiera abraza la posibilidad de una ansiado resfriado.

Estaba parado sobre el asfalto y comencé a encontrar la gracia del asunto. Una noticia cálida se deslizaba persistente entre entre los jirones de mi pelo empapado. Entonces creia entender la ambivalencia en la que oscila todo este sin sentido: a veces es avance y en otras es retroceso, a veces sofoco y en otras respiro, a veces un caracol y en otras un asesino; que a veces pudo encontrarme y en otras yo desesperé encontrarla. Que nunca voy a encontrarme si siempre vuelvo. Resolví que el infierno podría ser aquello, los sinsentidos que uno se crea para acariciar una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez hasta que las manos sangren, y aún así, vamos de nuevo y otra y otra y otra… Comprendí que el mío era de agua y de silencio. No cualquiera logra jugar a ser equilibrista sobre los cordones que cortan a los sin sentidos.

De a poco la lluvia se afinaba en una suave garúa. Me quedé hasta que aquella cesó por completo y su manto rosado se desgarró irregularmente hacia todos lados, descubriendo unas escasas estrellas que asomaban entre sus rescoldos de algodón. Una vez agobiado de tantas metáforas de tormenta y moluscos, regresé a casa. Pero eso sí, atento a las baldosas: siempre es mejor si se puede evitar sentir algún crujido bajo de mis pies. Al llegar, dejé mis cosas, me sequé apenas, y me acosté con la preocupación de ya haber pensado todo aquello alguna vez. Me deje dormir en el tercer o cuarto pensamiento.

Botella al mar

Últimamente me visitan muchas amistades, y algunas que tal vez no lo sean tanto. No importa, disfruto conversar con cada una de ellas. Aparecen como si se tratase de un sketch cómico estilo sitcom: saliendo uno y al minuto apareciendo otro, y así, como si se las ingeniasen para turnarse en secreto y a continuación aportando cada uno su chiste. Quizás debe ser porque no me mueva mucho durante el día, soy un punto de interés al alcance; esta semana tocó devolver las horas invertidas en una fugaz escapada a esa vida que nunca termine de abrazar. Un respiro de agua y de arena. No sé, esas personas logran llenarme los días, cosa que no ocurría antes. Sus voces me convidan con buenos ánimos, y algunos me hacen notar de que les parezco cambiado en cierta forma. No sé, quizás… puede que sienta la mirada menos pesada. Nunca sabria decir con seguridad cuando algo ya no es más en mí.

Uno de estos amigos, sin saber que yo sé, dentro de poco seria padre. Es algo injusto para las mujeres pensar que ellas solas dominan el deporte del chisme. No me lo dijo y me divierte percibir cómo arremete hacia cualquier otro tema a mano cada vez que intento una confesión de su boca. No lo puedo culpar, es mejor evitar avalanchas de bromas y alboroto innecesario por parte de nosotros. ¿Quién lo diría, no?, hasta estremece un poco saber que uno de nosotros genera un comienzo en otro ser. En otra ocasión, uno de estos amigos me arrimó la noticia de que una antigua compañera de colegio había fallecido, después de una larga y complicada enfermedad. Nunca la conocí más allá de un hola en los recreos. Por lo que sabia, era parecida a mí en algún punto, de esas personas que no se suelen recordar por algún atributo en especial. Una hermana en la discreción. No pude hacer nada para defenderme de esa novedad, pues una profunda pena me asaltó el humor, en aquella tarde. Luego, en reflexiones de almohada, esa sensación derivaría en un terror desconocido que me sacudia la piel. Era claro: ya no eramos intocables, nunca lo fuimos. Tal asi, que me pongo a pensar cada tarde, intentando buscar explicaciones lógicas a la aparente levedad de mis padeceres. Pero no hay punto de comparación a tráves de la razón, porque las ideas no tienen nada que ver. Estoy más jodido de lo que creia en mi absurdo privado. Y es, en el fracaso de un diagnóstico en concreto, que vuelvo a ese padre encubierto y a esa chica de perfil bajo, y me hallo ridículo al considerarme ante aquellos. Como si todavia no pudiera negarme a sentarme a jugar entre la gravedad de ambos extremos. Cada vez que lo advierto, el tiempo respira con más vehemencia impaciente y ni siquiera me digno a escoger un bando, tan inapropiado con mi proceder de niño. No queriendo madurar sentires verdes por un modo de vincularme con el mundo y la gente más responsable que el actual. Se trata de mariposas y de un niño que no sabe sentir de otra forma más curtida, el incansable juego. Al mismo tiempo me vislumbro sin control alguno, de flanco a la muerte y a la vida, y en medio de esa lucha trágica me obliga a acompañarlo mientras juega con la misma mariposa inquieta. Qué idiotez tan tierna aquella, se merece su destino, siempre observándola perderse entre las nubes. Bien por ese anhelo alado, mal por aquel nene encaprichado.

De vez en cuando, sueño que despierto y al extender la mano para apagar la condenada alarma, esta allí ese mensaje. No puedo hacer mucho: cientos de huracanes encienden mi pecho y el cuerpo me queda chico para tanta emoción. ¡Al fin, esta allí! Entonces ya no es la alarma impostora. Es una melodía implacable que me trompea la cara con la misma realidad de desgano barrial, y los ojos comienzan a abrirse en desilusión. Sin embargo descubrí que no quiero aprender. Ya sea despierto o durmiendo siempre espero que suenen esas palabras en mi pantalla. Ese muchacho no entiende, la muerte y la vida le carecen de tanto sentido ante esa ardor primario. Y no lo entiendo. Confieso que resolví muchas veces en abandonar a ese niño a su suerte, en algún rincón olvidado. Sin embargo, siempre encuentra el camino de regreso. En medio de la batalla, su mariposa lo trae de vuelta.

Ocurrió una vez más. Después de tanto soñar despierto llegó esa respuesta. Cada vez que siento levantar la mirada de ese mar, y salgo de ese trance, es cuando ocurre. Estaba allí, caminando despacito sobre la orilla, hasta que esa botella llegó con una ola inesperada. Estaba algo castigada por el traqueteo del mar y el tapón ya estaba picado. La levanté y comencé a leer el contenido de su mensaje. Leía sin entender, quedándome de pie un par de horas titubeando. Leía una y otra vez esas deliciosas palabras y de vez en cuando miraba en el horizonte claro, y volvía a leer cada letra y volvía a observar la franja llana del horizonte. En algún lugar, más allá de la neblina marítima y la bruma espumosa, se encontraba la isla de la que provenía ese mensaje. No había un nombre, pero sabia de quién era ese puño y letra. Sabia bien, ¿cómo olvidar?, si cada mañana peleaba contra la marea por atentar sin descanso a borrar sus dibujos en la arena. Tanto era ese esfuerzo que, en flaqueos de rendición, aunque dejase al agua llevarse cualquier rastro, al otro día allí estaba intacta la misma imagen. Ya se dibujaba sola. Y ahora era una decisión a la que creí que nunca me iba a volver enfrentar. Entre el mar y la arena. Temí por mí mismo, cualquier elección siempre me dejaba mirando entre las olas. Alguna vez, recordé que me tiré a puro nado hasta volver a pisar sus tierras: pude llegar pero solo me quedé con un poco de agua en los pulmones. Luego, escuché el revoloteo de unas alas que me dispersaron el manto de dudas hasta dejarse latente la pasión de una respuesta. Ese revoloteo. Me senté de nuevo en la arena, agarré aquel cristal de formas deliciosas y escribí en un trapo viejo lo que me permitieron los huesos de mi sentir. La deposite sobre el lomo de la blanda marea y, con un empujoncito, regresó entre vaivenes, hasta llegar a ser parte a lo lejos de esa linea que cercaba el cielo del océano. Me quedé pensando, una vez más en trance. Quizás tantas botellas no tengan un sentido claro después de todo. Siempre llegó a la idea amarga que cuando lleguen mis botellas a sus orillas, su llamado ya no será necesidad de palabras. Quizás, si es que le llegan mis palabras, ya no será la misma voluntad que tiró esa botella al mar; quizás, y como es mi suerte seguramente, tan solo volverá a acomodarse a lo que teme ser, prefiriendo olvidar algún día este juego atemporal de cristales y palabras tardías. Así, mis pies volverán a caminar irremediablemente, a la vez que escucho a las aves y sus graznidos mezclarse junto a la sinfonía incesante del agua, creyendo y tan solo ansiando creer que, como si fuera un ser diferente, ignorare la llegada de nuevos cristales agrietados. Quizás con un poco de suerte, no. Quizás esta vez sea lo contrario, y tan solo no deba hacer más que aminorar los latidos al pulso de cada oleada cotidiana. En trance y descentrado, con los brazos sobre las rodillas, sigo mirando paciente hacia el mar. Un revoloteo intrínseco me motiva a esperar.

 

Pero no, falta algo. Siempre es azúcar amargo cualquier relato. De la impotencia de no saber liberar una escritura honesta, que quema a mordidas en el puño al ser relevada por estas ridículas metáforas. Perdón, Chinaski. Por suerte nunca abrirás esta botella.

Instantáneas

En ciertas noches tranquilas, mientras escribo o paseo en letras ajenas, presiento una figura que se escurre entre la oscuridad que me rodea. Me rio en secreto y simulo no haber notado que me observa atento. Ya no es motivo de susto. Solamente es un pequeño duende despeinado con la curiosidad y un insomnio de pañales. A continuación, es ejercicio cotidiano a seguir: con dificultad intento localizar su rostro risueño entre la cortina de tinieblas, y una vez que mi mirada fija su pequeña silueta, una risotada aguda me devuelve el gesto. Es un extraño privilegio, casi siempre me invita al mismo juego.  Lo dejo un rato y una vez saciada sus travesuras nocturnas, toca cargarlo de nuevo para devolverlo junto al sueño de su madre.

En algún verano impreciso, un hermano nos fulminaba con la noticia de que partía hacia mejores oportunidades. Entonces, en una coincidencia unánime de voluntades, la necesidad imperiosa de arponear a la tristeza y navegar en la última aventura de una amistad en ascuas se hizo misión. Quizás, el último homenaje bonaerense, cual recuerdo de una postal nocturna para que luego añorase en tierras de acentos graciosos. Así que allá nos fuimos, buscando perdernos en el fondo de una noche sempiterna. En otras palabras, lo de siempre… fuimos. Fuimos futbolistas virtuales entre gastadas, apologías de hermanas y alcohol. Fuimos hermanos apaciguando las broncas naiperas con pizzas fuleras y rockanrolles hambrientos. Fuimos caminantes crepusculares pateando las calles y llenándolas a gritos con anécdotas y recuerdos de tiempos de mejillas lampiñas. Fuimos una banda de perdedores hermosos irrumpiendo en bares y desafiantes soberbios, a propios y extraños, siempre por más fichas de pool y, todavía aún, por más pintas de cervezas. Fuimos una última vez, bajo el sosiego de una luna de pasiones rotas y de lágrimas ocultas. Y como siempre ocurre con las buenas eternidades, la nuestra acabo. Comenzábamos a percibir que la madrugada se diluía junto a nuestras pasiones. No quise quedarme hasta la mañana, el maldito sol se lo llevaría. Restaba lo inevitable… Buena suerte y hasta luego, un abrazo sentido y bajar la calle sin mirar atrás. Desde entonces algo cambiaría para todos.

Era la maldita espera de una Navidad, como no puede ser de otra manera; artificial espera. El tiempo me punzaba la paciencia así que dije, ahora vuelvo. Nadie escuchó. Zapatillas livianas y pensamientos pesados, mucho más no me hacia falta. Me disponía a correr los limites de mi cansancio, a perderme de mí mismo en calles que no me conocieran demasiado; de vez en cuando algo me pide hacerlo. Fue de ese modo, que de repente mis piernas me habían llevado a una ciudad que hace años no me pertenecía, a veredas y a calles que solo cantaban melodías de silencio y de ausencia. Cuando me di cuenta de que la gente había sido extirpada del ruido urbano, comencé a caminar con la actitud pausada de un poseedor temporal de aquellas dimensiones de cemento y cortinas metálicas. Caminé un largo rato entre edificios y formaciones de locales desiertos hasta que llegué a un lugar que conocía bien. Proseguí a medirlo en pasos y en hondas bocanadas de aire, y, después de refrescarme la frente en una fuente, me quedé tendido bajo la compañía de un árbol extranjero. Tampoco había nadie allí, nadie que valiera el esfuerzo. Vaya a saber quién, por cuanto me quedé contemplando los pedazos de cielo rebeldes que se le escapaban a la maraña de hojas y ramas; me quede contemplando e imaginando las imágenes de todos esos lugares que me esperaban y también de aquellos que no. Hasta que los faros y las luces colgantes aparecieron por toda la cuadra junto con la noticia de que ya era tarde, ya no había colectivos que me llevarían a casa. Pero eso no me importó, hace tiempo que nunca me regresaban al lugar que anhelaba.

En una de esas mañanas de colegios fugaces y soles cegadores, me encontré a la Muerte descansando con asquerosa impunidad en una vieja y desvencijada ruta. El colectivo paró entonces, y todos los ojos, con una curiosidad de piedad mórbida, la miraban a cuestas de un alma que quería volver a tomar aire al lado del camino. Los años infantes me protegieron al principio, tapándome toda la verdad del asunto, pero no sirvió aquella venda suave porque, más temprano que tarde, esa verdad alcanzaría a quebrar algo dentro de mí: al levantar la vista, las sombras en el rostro de mi viejo me dijeron todo. Un crujido. La inocencia se agrietó para siempre. Pese a la quietud de los años, de vez en cuando la vuelvo a cruzar, con la misma impunidad que acostumbra relucir, pero en cada ocasión intento no contemplarla ingenuo y estático como aquella vez. Mi viejo no lo hizo.

Fue en una tarde de misas y de gritos; fue de  esas tardes que no se limpian con el tiempo, ni con otras voces venideras. Fue bajo un árbol extranjero en el cual comenzó a quemar el hechizo de un bucle de misterios y perfumes indescifrables. Y sin darme cuenta, derramado en ese encanto, la entropía de unos dedos lastimados comenzaron a moldear mi piel en formas que nunca antes había visto. Yo solo podía parpadear ante ese acto, deseando en secreto que aquello nunca terminara. Era fascinante ese dolor, ese apego compulsivo. Cuanta dicha al ser espectador de esa obsesión inaudita por lamer heridas extrañas e ignorar los estigmas propios. Agujas y alfileres, me anticiparon unos Ramones, de regreso a casa. No importa, les dije: con ese aroma de chocolate e ilusión, que rebozaba desde mi mochila,  ya estaba convencido.

Ayer un fotógrafo renegado me explicó las razones de porqué ya no encierra con su cámara los sentires del día a día. – Seria una infidelidad -me dijo mientras jugaba con su encendedor-. Una crueldad seria privar al pasado de la posibilidad de mutación: imagínate qué aburrido además, el creerme capaz de sujetar todo tal cómo fue, en un pedazo de papel o en un puñado de pixeles. Una crueldad para vos, para mí, para cualquiera. No hay muchas personas que puedan mirar fijamente a los ojos a su pasado, sin pestañear en remordimientos o en insatisfacciones. La memoria cuenta mejor cualquier recuerdo, transforma a las realidades muertas en añoranzas más amables y pone partes vistosas en huecos que no son muy lindos de enseñar. Mejor no te mates y no preguntes más. Seguí haciendo lo que haces -se había parado y dejó un par de billetes sobre el mostrador-. Inventa cada historia, create cada final. La distancia endulza cualquier recuerdo, ya sabes. Vas a poder dormir más tranquilo.

Y entonces, tras cruzar el umbral desapareció aquel perdedor hermoso, colgando desde su cuello esas instantáneas que jamas revelaría.

Habría que inventarlas.

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Fotografía: Alan Quiroga

Simpatía por la empatía

A veces sentado en algún café, o alguna esquina cualquiera, me detengo por un rato y pienso que me gusta la gente. Pero ojo, no siempre, no bajo cualquier circunstancia. Solo me nace una pasión filántropa en el cuerpo cuando la gente pareciera moverse por fuera de sus disfraces. No sé, vos sabes, por ejemplo me gusta cuando se olvidan de persignarse delante de una iglesia o cuando no recurren a la facilidad dialógica de rellenar las pausas con charlas climáticas, cuando tan solo callan ante el ruido. Me gusta la gente cuando sin importarles se delatan y se les puede notar como se les mueve un pie travieso al son de una melodía lejana o cuando algún loco de esos cruza la peatonal a la vez que toca un solo de batería triunfal en el aire o cuando no pueden hacer nada y se llenan de ternura y de compasión ante algún acto desinteresado e inesperado. Qué cosa digna de escuchar también cuando por alguna razón o berrinche se quiebran de modales y se le escapan kilos y kilos de demonios en puteadas coloridas. Qué satisfacción ver a la gente cuando no se queda atrás y persigue a un colectivo, y mucho más aun me gusta cuando lo alcanzan. Me gusta curiosear a lo lejos a la gente solitaria que habita por los bancos de plazas y parques y se quedan gastando un cigarro mientras miran al mundo girar. Qué decir de la gente cuando te regala una historia, o mejor dicho un pedacito de sus vidas, sin dejar de mencionar también a esos locos en extinción que pasan con ramos de flores en la mano, triunfantes y orgullosos de posibles cariños venideros. Llegas a entrañar a esa comedia cotidiana cuando ves a la gente que pide indicaciones de calles que no conoce y sin faltar a aquellos que, por no decir que no saben ni diablo, los mandan a cualquier lado. Me gusta cuando gente extraña pasa por tu lado y te saluda sin más, solo por el placer de la cortesía vecinal, o cuando suelo toparme por la calle con maniquíes pensantes que, ausentes como carcasas huecas, hacen que me pregunte en qué reflexión de cortocircuito o en qué punto del horizonte intentarán recuperar aquellas infancias extraviadas. Me gusta la gente cuando van y vienen por las veredas y se besan y de repente discuten como niños y luego de nuevo se besan o, aún más, me gusta cuando te saludan con un apretón de mano que te deja latiendo los dedos, pero eso sí, no puede faltar una mirada respetuosa a los ojos. Me gusta la gente cuando te jubila sin preguntarte y te dice señor o cuando te cubren con pañales y te clavan un muchacho. Me gusta la gente cuando no escucha los susurros de celulares apresurados o cuando te comparte, junto unas rondas de amargos, una charla sin que las tres agujas nos estén presionen las horas. Me gusta cuando se arman de sinceridad y ante un “¿todo bien? te contestan con un no, y te confían las razones pertinentes a la dolencia, pero también disfruto de aquellos que piden a gritos de silencio que adivines entre sus “sí, todo bien” la historia de un desamor o un proyecto desmoronado. De igual forma, asunto triste cuando no quieren decir adiós y se alejan de espaldas hasta perderse de vista en el devenir de los meses. Asunto grato cuando abrazos de reencuentro estallan contra el tiempo y la distancia. Que sé yo, cosas simples, cuando te refresca el animo con un gracias o un bien marcado buenos días, o bien, cuando desnudos de argumentos prefieren ceder, del mismo modo que cuando intolerables a lo injusto deciden resistir. Y entonces, decime, ¿qué le puedo hacer? Me gusta la gente y todo eso que hace sin saber muchas veces si entiende bien las acciones que hace. Si comprende siquiera el significado calve a la estabilidad total de un rompecabezas de voluntades entretejidas. Si entiende cuando se ríe fuerte, cuando sospecha, cuando se incomoda y se queda alerta, cuando se hermanan con miedos forasteros o alegrías vecinas, cuando festejan victorias colectivas, cuando entierran broncas de herencia, cuando se olvidan de ser gente y comienzan a volver a sus guaridas para otro mañana, a volver a ser madres y padres y hermanos y amantes y amigos y soñadores, todos soñadores.

Pero es allí que ocurre, la noche me encuentra bajo la vidriera de siempre, y me alegra porqué es cuando descubro que en aquel momento se intensifica como nunca mi simpatía por la gente. Porque las calles y la ausencia de ellos te devuelven a mi lado. A vos y esa última luz de tu sonrisa apagada que, en una suave curva de fatiga, me alumbra de tranquilidad mi alma, mi todo. Entonces recuerdo que todo puede estar bien, que ahora solamente somos nosotros. Una simple ciudad de dos personas deseando, con inútil fuerza, que en la mañana no volvamos a ser parte de la gente que ahora se encuentra dormida.

Como todos los demás, me saco mi traje. Me miras y pestañeas aliviada.

Es hora de volver a casa, me decís.

Yo te sigo.

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Fotografía: Alan Quiroga