¡Felicidades!

Promociones de dos por uno en pan dulces y turrones, luces chillonas vistiendo las entradas de cada casa, las calles repletas de personas buscando anticiparse lo mejor posible a las ofertas de etiquetas rojas y verdes. Ok… lo voy entendiendo: se acercan las fiestas. Navidad y fin de año están a unos días de distancia, y, como no puede ser de otra manera, la sensación de una clausura inminente también. Pasa que cuando comienza a mostrarse esta verdad uno no puede evitar preguntarse, “¿qué carajo hice este año de mi vida?”. Y si no te lo preguntaste todavía, al menos lo habrás escuchado, es difícil que no aparezca en alguna conversación esto, alguna que otra observación sobre la velocidad despiadada del acontecer del 2018. ¿Y yo qué carajo hice este año de la mía? No sé si vale preguntarse por eso. Siempre me resultó un poco absurdo tener que hacer una suerte de balance de cuentas tan solo porque al ocho se le cambia un nueve en el calendario. Siempre pasan cosas, aunque uno acepté o reniegue de esta sólida sentencia. Supongo que ocurrieron un poco de ambas: el panorama está entretejido por cosas interesantes y también las banales de siempre si miro sobre el hombro. Aunque es cierto que ahora, la transición de este año al otro me agarra con los objetivos totalmente diferentes. No soy el mismo que el de agosto o marzo, aún menos que el de enero. Y puede ser que sí un poco.. que la velocidad del tiempo parezca ser reciente en la piel de cada año que se despide, pero eso es solamente porque hundido en las trabazones de nuestras comedias y tragedias diarias no esperamos que se presente el inevitable final de cada acto. El tiempo deja de pesar en la mente si se lo entiende en el ardor del efecto mismo, porque ocurre que deja de sacudir en nuestros corazones cuando se llora al mundo o, mejor aún, cuando se lo ríe. Después, es lógico que las vivencias nos parezcan insignificantes y huecas si no hacemos mucho más que agruparlas dentro de categorías anuales, es claro  que cualquier cumulo de episodios es estrecho en valor si se lo mira desde una perspectiva distante. Y Einstein seguramente se estaría revolcando en su tumba si fuera testigo de mi bruta comprensión de su pensamiento sobre el tiempo, en realidad nunca la entendí ni me tomé el tiempo, pero reconozco dentro de mi limitada sapiencia que hay mucha belleza en la precisión de esa teoría. Todo parece mucho más intenso y condensando si se lo contempla desde la vista de eternidades inabordables, fugitivas de cualquier agenda, cuando a las cosas se las sufren realmente. Y me refiero a un sufrimiento que abarca su más amplio sentido, ya sea si se sufre algo con alegrías, con heridas, con carcajadas, o bien, con gritos de locura como alaridos de orgasmos. Todo parece interminable cuando nos permitimos que la emoción interceda por nosotros. Y tal vez sea eso lo que pasa a finales de cada año, el sentir que no se ha sentido demasiado. Lo único que puedo decir de mi año al respecto es que pude permitirme sentir un poco más de lo usual y quizás también, que los planes de aparentaban ser de piedra ya no son los mismos.

Pero ni las publicidades ni los planes de asados y cierres de fin de año me hicieron tomar conciencia de un dos mil diecinueve a la vuelta de la esquina. Realmente me di cuenta que estamos transitando por las vísperas de estas fechas la semana pasada. Cuando lo noté frené en seco, como quien está a punto de caer en la orilla y se detiene justo en el borde, perplejo. Estaba corriendo – ahora salgo mucho más que antes- por una calle que desde muy chico no recordaba andar. Esto era claro por la iluminación amarillenta y antigua, el asfalto agrietado y la presencia de malos pastos abriéndose paso entre sus recovecos, la basura acumulada en las esquinas, y sobre todo esas paradas de colectivos cayéndose en pedazos de óxido y de olvido. Por un momento me sentí dentro de un Fallout, algo así como si el mundo hubiese terminado en algún momento y nadie me hubiese avisado. Y entonces corría con la luna a mi espaldas y solo me guiaba por los círculos de luz que se proyectaban en la calle empinada y rota. No tenía miedo, siempre me siento más seguro en la penumbra. Solo me resultaba curioso ese hecho que contrastaba a la vista, una ironía sutil entre ese vecindario de challets precarios y apartados, y la compleja iluminación navideña y seguramente costosa que decoraba  las puertas y los frentes de cada una de ellos. Parecía estar respirando una imagen onírica, cual sumersión soporífera de un trotar suave sobre un camino de redondeles resplandecientes, además de estar rodeado por la respiración rítmica de luces que iban y venían. Iba entretenido en esa imagen cuando en algún momento vi una casa que resaltaba entre las demás por su simpleza. Era de una complejidad tan humilde que, cuando me detuve a observar mejor, creí que se trataba de un galpón un poco más grande de lo normal. Parecía entre la oscuridad del ambiente un cubo gris, mal revocado, con una puerta sencilla como entrada que le seguía una ventana cuadrada, de rejas verdes y no muy forjadas. Me surgió una tristeza que no esperaba al ver todo eso. No sé, esa morada tan en disonancia hasta con la misma decadencia del barrio. Y muchísima más tristeza al notar que entre esas cortinas cuadriculadas cobraba vida el pulso de una luz monótona y pausada. Parecía respirar la casira cuando la luz se mitigaba en la penumbra y luego con calma regresaba a tomar aire cuando resplandecía en un ritmo moribundo, hasta con cierta armonía de angustia. Esa sensación me dio el cachetazo de que relativamente ya era fin de año. Era una angustia reflexiva, algo así como un sabor a premonición, y más aun cuando intente reconstruir en la cabeza a un dueño solitario, que, el veinticuatro a medianoche, brindaba en las tinieblas parciales de su pequeña casa hacia los brazos próximos de un año que le daría lo mismo seguramente. Me sentí triste, no lo pude evitar, y entonces volví a correr las pocas cuadras que quedaban hacia mi casa, esa vez con más rapidez.

Hoy en día, siendo sincero, resulta un poco de molestia el escribir. Y lo siento algo molesto porque no logro entender el por qué lo sigo haciendo, o quizás ese sea el asunto; lo entiendo pero es en esa verdad que en lo profundo sé que atenta con invalidar todo lo que construí mediante palabras en este año. Temo el haber no sido sincero conmigo mismo. Una relación de antídoto- enfermedad porque a pesar del desasosiego final que me genera todavía no entender mis razones, es la única manera que tengo de mantener los pies sobre la Tierra, de evitarme a mi mismo no hacer estupideces de las cuales me arrepentiría luego. Como hace algunos días, revolviendo en las hojas muertas de un viejo anotador, encontré las preguntas de lo que era yo a comienzos del año. De esos meses en los que depositaba una toneladas de por qué en las inocentes páginas, en el correr de los vientos de abriles enfermeros y de chicos jugando al basket. Apenas lo leí sentí pena por él, porque siempre supo el camino a los que desembocaban esas preguntas, solo que no quiso ver más allá de las palabras y de los aparentes hechos. Algo así como cuando se ve el flash de un rayo que se extiende por todo cielo y sin embargo no reaccionas, te quedás ahí a esperar a que cobre existencia solida cuando se vuelve sonoridad, cuando ya es tarde y te alcanza el quiebre de un relámpago. Y la verdad siempre estuvo ahí para todos, centelleando en claros signos, pero tan solo aquel esperó a nunca escuchar el estruendo que antecede a cualquier hecatombe. Me da bronca también, el chabón toda la vida manejándose sobre el principio de dos más dos son cuatro, y esa vez quiso ver que el resultado daba cinco. Hecatombe…palabra curiosa, algo divertida. Ahora es eso, intentar sumar bien aunque el resultado sea aburrido y el mismo de siempre, anticiparse a la luz antes de sufrir el sonido del derrumbe. Las cosas pasan simplemente, ¿qué se le puede hacer?, brindaré por eso seguramente en algunas noches. Y para ser honesto, mi primera intención no era una reflexión insuficiente sobre las sensaciones que se acarrean a fin de año sino que tenia pensado explayarme en una aburrida lista de las cosas que ocurrieron en mi vida durante este año. Sería un ejercicio narcicista lo segundo, una intención de informe que se escaparía con el viento y a mis verdaderas necesidades interiores. Lo mejor es que intente recuperar mi viejo modo y suelte palabras auténticas para intentar construir, nunca de manera satisfactoria, algún pensamiento que me haga entender. Pues es eso algunas noches, horas de carruseles e idas y vueltas a la heladera. Encontrar respuestas que están ahi y a pesar de comprenderlo, ya no distingo si escribo para entenderme o para lograr que me entiendan, si es que queda alguien después de todo.

A pesar de entender los cómos de toda esta porquería, no puedo lograr alejarme de estas fechas y de toda esta atmósfera que se aspira aunque no se quiera, y, mucho menos, de la espera que todo esto implica. Una particular angustia logra apropiarse de mis ansias hasta convertirlas en un sentido de desesperación absurda de querer escapar sabiendo que no se puede escapar hacia ningún lado. Será porque sé con vaga seguridad que la noche, como nunca en las noches ocurridas en el año, me pegará con tanta fuerza melancólica, con tanto reproche de las cosas perdidas y que no fueron, que seguramente olvidé que a la mañana siguiente el sol brillará sin haberse percatado de nada; inmutable como debe ser, con la misma indiferencia de siempre. Cada fiesta me siento más como Michael. En la segunda de la trilogía, cuando en ese preludio final se muestran a todos contentos y altivos, hasta que llega el jefe de la familia y bueno… él se queda solo, apartado en esa mesa mirando su vaso y ya, imposibilitado por su naturaleza, ya empezando a extrañar desde ese presente que todavía no era pasado. En cada ocasión festiva semejante, me veo más parecido idéntico y encerrado en esa escena, así, perdido en mi soledad, incapaz de hacérsela comprender al mundo de los demás y a la vez que es lo único que permanece constante de mí; el único fragmento que se reitera a pesar de que todo lo demás parece cambiar. No quiero terminar así, más allá de la ficción, no quiero terminar dentro de una pequeña casilla brindando en la oscuridad mientras un extraño se apiada de mí desde la calle agrietada. No quiero sentir que pasa el año y que me robaron cosas que nunca estuvieron en mí. No quiero sentir más la falta en mí. Pero tampoco para aplacar a esa angustia quiero formar parte de ideas y costumbres que no puedo abrazar dentro de mi propia identidad. Tal vez a este año que se va le tenga que poner la etiqueta como aquel más propenso a las contradicciones. Tenerle miedo a mi soledad sabiendo cómo funciona y que no tiene que doler es absurdo a estas alturas. Quién sabe. Pese a todo, pese a este sentimiento de cuenta regresiva, hay una idea que me está seduciendo bastante, una que un amigo me arrimó. Una posibilidad que no tenia en mente. Todavía no estoy seguro pero me gusta demasiado la idea de pasar un año nuevo con la familia que dejé alguna vez y bajo el cielo cordobés. Y sí, es más que seguro que me vaya unos días, mi barrio puede seguir manteniéndose en su orden sin mí. Quizás en algún arroyo de esos encuentre un alivio para mis contradicciones o un olvido momentáneo para mi cegadora memoria. Por lo pronto, a cualquiera que le lleguen estas palabras perdidas, tan solo le deseo unas cuantas felicidades y el abrigo de un pequeño consuelo para no alarmarse como a veces me pasa a mí al olvidarme que nada importa realmente. No hay que alarmarse, si las cosas no resultaron suceder como se pensaron en un primer momento, siempre hay tiempo para re acomodarse en propósitos y empezar a luchar por un cambio que sume hacia un porvenir más cálido. En fin, ¡Felicidades! Y a no bajar la guardia que aunque nos encuentre un año nuevo, la vida será igual de hermosa o de trágica al día siguiente.

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Acordes de un día más II

No quise ver la hora, pero sabia que no faltaba mucho. Tanto así, que baje las escaleras, rápido, aunque no tenia demasiada necesidad; será que simplemente ahora puedo hacerlo. ¡Ska, ska, ska badu badu! Que ganas de salir a correr que tenía. A veces me sale esa onda eufórica del parkour y me dan ganas de trepar paredes, rodar sobre techos, saltar el capó de los coches; a veces me tiene que salir obligado esa euforia por olvidarme las llaves del portón de casa en algún otro lado; a veces esa euforia y yo nos quedamos reventados contra el piso. Una vez escaleras abajo, llegué a la fotocopiadora de planta y, como siempre, estaba lleno de gente. Saqué un número que no recuerdo para la fila y consciente de la absurda espera que me esperaba, seguí para los pasillos que conectan los módulos. En el camino pensé, “seguro si mi abuela viese este número pensaría en algún significado quinielero, no sé… como el gato que silba, o el muerto que juega al yenga, cosas de la tercera edad”. Me olvidé de anotárselo. Cuando llegué hice lo de siempre, le eche un vistazo a algunos libros usados que yacían sobre una mesa improvisada, mientras le pedía un café solo, a la chica del puesto de al lado. No es el mejor pero zafa. Un poco como mi vida supongo. Me gusta comprarle a ellos por la buena onda. ¡People of Babylon! Son un grupo de estudiantes que siempre están ahí, leyendo y estudiando. En algunas ocasiones están reunidos todos los puestos, y si me acerco muy despacito, sin alterar su hábitat natural, a veces soy recompensado al oírlos hablando de música o, en otras, improvisando algún blues colorido y algo de nuestro rock criollo. Un compañero me dijo que ellos solos, con lo que hacen y venden en el pasillo, se bancan los gastos de los viajes que son necesarios para sus trabajos de investigación y preparación docente; nota al pie, ese compañero tiene la costumbre de suspirar frecuentemente, justo como una compañera de los domingos. Pensaba, mientras hojeaba la sección de poesía moderna, “algún día estaré acá probablemente, al igual que ellos, viendo pasar a todos y a todo”. Qué poético, ¿no?, construirse una vida a base de café y libros. Debería consultarles alguna vez porque todavía estoy un poco a ciegas con el futuro de la cursada, solamente enfocado en las pruebas que tenía en frente; en aquella sobre todo, a la que solo le faltaba minutos para enfrentarse a mí y que no estaba seguro si la sobreviviría ileso. Un día de estos les sacaré algo de charla, parecen gente copada…”¿Que le vas a poner al café…?”, siempre en cualquiera yo, “ehhh… dos de azúcar está bien”. Al final no tenía, alterné con edulcorante. La mirada de la chica me dio cierta paz, se parecía a la de mi hermana, a pesar de los anteojos, un mirar amplio y oscuro. “Tenemos pastelitos hoy, ¿querés uno?”. Era el último día, ¿qué más daba?, “emmhh…bueno, sí”.

Me fui extrañamente animado hacia los patios de afuera y deje mi merienda de siempre sobre una mesa de ping-pong. Faltaba más que media hora para que llegue el profe. Me senté un rato, todavía tenia tiempo de repasar algo. Todavia no lo iba a hacer, a los apuntes los había dejado en la confianza de gente extraña, junto casi a todo lo de la mochila. Menos a Luca, a él y unos cuantos otros locos más siempre van conmigo. Y estaba tan ahi, solo. Tenía ganas de incordiar con mi presencia intrusa a aquellos deportistas de recreos. No hacía más que mirar aquel pequeño espacio verde, todavía no quería pensar. I look around, and all I see is… Gente. La gente parece que siempre te mira cuando te sentís por fuera de las normas. Y efectivamente, aun me parecía una película de terror. Todo grisáceo, cansina la paleta de colores. Qué primavera haragana, habrá pensado algún enamoradizo; que lindo tanta nube, ojala que llueva, habrá pensado mi alma gemela en algún otro planeta. Le pegué un sorbo al vaso y estaba bueno, a punto justo de temperatura e intensidad. No sé por qué pero recordé una frase de una película, o una serie quizás, en la que una mujer al servir una taza de café decía divertida, “Negro como la noche, dulce como el pecado”. Mientras intentaba recordar, apareció un tipo delgado y sombrío, con una clara descendencia italiana marcada en su cara. Era el profesor que al reconocerme me dirigió un discreto, “¿Qué tal?”. Se parecia a un mafioso de “Buenos muchachos”, no recuerdo el nombre. Mirá vos, había llegado temprano el tipo, seguramente esa tarde no habia asesinado a nadie. Estaba fumando, y me dio la sensación de que le generó algo de vergüenza que yo fuera testigo de ese acto extra profesional. ¿Por qué será que a los profesores les inquieta tanto mostrarse como humanos? Solo pude asentir con la frente, puesto que justo me agarró en el puro mastique de lo que restaba del pastelito. En algún momento se fue, o desapareció quizás, con esa habilidad particular que bien saben tener los docentes, siquiera antes de que pudiera decir que los demás compañeros lo esperaban arriba para consultas. Fue así, que con el cálculo del tiempo modificado, terminé el resto de la canción, luego el café, y me dispusé a ir a la condenada cola de la fotocopiadora. Para mi suerte, no había nadie al llegar; signo de que ya había pasado más de la hora en punto. Esperé un rato, y esperé un poco más. Me pusé a analizar mi situación para con la prueba, sobre que tanto era lo que recordaba y que tanto me faltaba: no estaba tan mal, algo sabía pese a la acostumbrada paranoia de nunca estar preparado. “Hola, ¿que buscabas?”, era la chica de la mañana, era raro a esa hora. “Ahhh, hola. Quería una lápicera azul”, intenté poner voz seria; nunca me sale. “Mirá, tenes común, trazo fino…”, cada vez que iba, nunca le podia sacar bien la ficha del parecido, ¿a quién me devolvia?. “Ehhm…cualquiera, mientras escriba”, no se reía como cualquiera, se sentía bien. “Esta es bastante buena, dura bastante”, miraba con un conocida discreción afinada, como quién guarda algo valioso pero a la vez intenta que la descubran. “Bueno, está bien esa. ¿Cuanto te debo?”, giraba y se desplazaba con la misma feminidad cautivante. ¡¿Quién eras?! ¡¿A quién le habías robado todos esos gestos?! No, mejor no me lo digas. “Son veinte”. Mientras abría la billetera vencido, sentía su intención expectante del otro lado del mostrador. “¿Algo más…?”

¡SAVE ME, SAVE ME, SAAAVE MEE!

Cuando llegué al aula, justo se estaban repartiendo las hojas de los parciales. Apenas crucé el marco de la puerta pude sentir como todas las cabezas temerosas se colgaban de mí. Quizás esperaban una excusa que aplazara lo inevitable, algo así como una amenaza de bomba, o alguna amante despechada del profe que haga flor de quilombo. Tal vez tendría que haber hecho algo relacionado a la primera opción. Me senté en mi lugar, y noté como en aquel curso, que en memorias del comienzo muchos teníamos que sentarnos  hasta en el pasillo, en ese momento solo eramos un puñadito de estudiantes. La regla se repite en todos lados, no importa a donde vaya. Y me estaba empezando a imaginar las razones de falta de esos compañeros que entonces no se encontraban allí, cuando el profesor me extendió el parcial, parco y rigido como el beso de la muerte que recibe Freddo. “¡Graaacias por venir!“, fue la última burla que escuche desde los auriculares. El examen fue como cualquier examen: nunca se sabe por donde comenzar. Pero era sobre todo de análisis lingüístico y en eso mas o menos la piloteo. Palabras van y palabras vienen, cuando salí de mi concentración el aula estaba casi vacía otra vez, ya era de noche y me dolía la mano. Delante del pizarrón mal borroneado estaba el profe con su celular, seguramente dando la orden para que se “encargaran” de alguna miembro de la familia enemiga. Desde la otra punta de la fila de la que me encontraba. una chica estaba mordiendo la punta de la lápicera. Se parecía a ese amor de alguna otra vida, aquel en que alguna primavera olvidada recibiera, de la mano de un pibe de pelos largos e ingenuos, un ramo de orquídeas. Quisé sacarme la espina de una duda y estaba por preguntarle si le habían gustado al final, si habían sido de su agrado, cuando un fatal, “ya vayan cerrando, chicos”, nos adentraba en los últimos minutos del descuento. Es así que al profe, después de dos escasas inagotables horas, le deje tres hojas de hermosa fruta a corregir; con mi odiada y salvadora marca personal que consiste en una intención de letra firme y moderada al principio, para terminar en todas las lineas en firuletes parecidos a cables de tinta estirados y rulientos. Capaz que esa fue mi bendición; siempre tuve la teoría de que los profesores ni siquiera se esforzaban en leer mis hojas, mi cursiva rapaz. Siempre ligaba por parte de ellos un : “Usted tiene letra de médico, ¿y si se dedica a eso?… su prueba parece una receta de farmacia…a ver si mejora la caligrafía…etc.”, entonces, casi siempre aquel pibe desprolijo decía para sus adentros “sí, bueno… pero usted siempre me aprueba, así que nos vemos el año siguiente”. Parece que este profe sicialiano algo entendió de todo lo escrito porque a los días me enteré de que me fue bien. Volví a mi asiento para guardar las cosas y largarme a la noche de un viernes ilimitado en alternativas. Ya no había peso que me entorpezca los segundos, solo el propio, el de siempre. Me equipe con una prisa mal disimulada al ponerme todo mi armamento cotidiano; el celular, la cadena- billetera, una cuadernito gastado y la eterna música que se volvía a incrustar de vuelta en cada oído. Nena, donde estés… ¿cómo, cómo estás? Pero esa puerta no se iba a abrir por nadie, más que por mi partida. La cambié. Despedí al profe de ojeras mafiosas y a ese amor que nunca fue y ni era, y entonces empuje la puerta con algo de bronca. Chau, no va más, profe: seguro que lo recordaré al mirar una de Scorsece. Chau, no va más, amor primero: el que te tendría que recordar hace tiempo ya no existe. Correas al hombro, salí algo festivo del aula. Ahora sí. Casi sonriendo, otra vez casi con ganas de correr sin razón alguna por todo el pasillo. Pero fue solo un impulso fugaz esa vez. ¿Y ahora qué? Ya no estaba aburrido, ya no estaba inquieto. Me gustaba más la anterior. Por desgracia, volvia a estar tranquilo conmigo mismo. Tenés que olvidar, nena no podés. Mi pensar volvía a su ritmo costumbrista, a bardearme siempre desde el pasado. Está tristeza no puede ser. ¿Y ahora qué? Que algo mejor tiene que haber. Sí, podría ser aquello, pero no sé quisiera aunque pudiese salirme de mí mismo. Tal vez no puedo, o no quiero, no lo sé… ¿Qué sabra ese? El resto del camino, anduve sin andar hasta la parada, contestando pensamientos de otros, peleándome con los míos, desplazándome estupefacto en el presente y saludando al pasado que volvia a reclamar su espacio sin pedir permiso. Sin el deseo de ir a ningún lado, sin las ganas de festejar con nadie. Solo dejando que la inercia humana movilizara mis pies, dejándome caer por la vereda para luego, al fin volver a impactar sobre mi viejo cráter. Algo por donde salir a andar. Cualquier intento de celebración es inútil cuando no te encontrás en ningún lado, cuando los ojos de quién desearías hallarte no hacen más que sumergirse en la distancia. Llegué a la garita, y me quedé mirando el final de la calle. Y como si lo hubieran planeado, justo cuando se avistaba a lo lejos las luces de mi colectivo, Ciro me abandonó ya sin energias, junto a las voces y consejos de los demás en la lista.  Me dejó ahí de nuevo conmigo mismo, no sin antes darme una palmada en el hombro, al decirme que quizás es solo la sensación del momento, que todo pasa. Me lo repitió un par de veces, no me queda otra que empezar a creerle.

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Acordes de un día más I

¿Y entonces qué? Estaba ahí, solo. Otro día de clases, o quizás sea más apropiado decir, uno de los tantos últimos. Ahí, sentado mirando sin mirar toda la habitación. A veces es lindo un poco de tranquilidad por fuera de todo. Había llegado una hora antes para repasar por el examen. Aviso de spoilers: no repase nada. Y eso que había guardado el celular y hasta la billetera por temor a distraerme. Sucede que a veces me pongo a hacer limpieza de papelitos y entonces me pierdo en un viaje memorial de todas las cosas olvidadas y que se fueron acumulando en su interior. No sé, de alguna manera estaba estúpidamente confiado, o simplemente no me importaba demasiado la nota. Si empiezo a desconfiar de mi suerte estoy perdido. ¿Pero por qué no si era una de las más jodidas? El asunto es que me pueden cuando las cosas de siempre se tornan en situaciones inusuales, cuando el pan de cada día se deforma en elementos que rompen con las relaciones habituales del día a día, no sé supongamos una hermosa y grasienta factura rellena con dulce de leche adentro. Seguro habré pensado algo así, tenia algo de hambre. Y eso es lo que ocurría: el aula estaba vacía, casi silenciosa, solo se pudiéndose oler un color frío y azul. De hecho, se colaba por todo el aire una luz que brotaba desde las ventanas del fondo y que le proveía de tono estático y angustiante al ambiente, al mejor estilo de esos fondos descoloridos de las películas de terror; o más bien, se parecía a esas viñetas ultrarrelistas que saben plasmar tan bien los mangas de Urasawa o de Oku, cuando muestran los rincones lúgubres de las aulas de algún colegio. En algún momento, la atmósfera hubiera incitado terror sino fuera por una melodía poderosa y ahogada, ritmo que no sabia bien de donde nacía. Debería de haber sido la sensación de vacío y de impunidad ciertamente, un sentir que me incitaba a aprovechar el estar ante los ojos de nadie. ¿Pero aprovechar qué? Estaba aburrido, inquieto, algo raro que me evitaba el pensar. No quería pensar, la materia gris se había quedado en primera. Quizás porqué de donde venia, un aula vacía solo ocurría en días de paro o de fumigación. Quizás en la soledad no hay dolor, de pensar en nada. O quizás era el hecho de que me habia desvelado la noche anterior entre pensamientos y mates. Y justo la única cosa que me venia a la mente era que no tenia muchas ganas de pensar, quería hacer algo. ¿De donde venia ese bandoneón? Y eso que, con anterioridad, había dispuesto todas las cosas en orden y listas para iniciar con la lectura en cualquier momento, sin embargo no. Dale no más, dale que va, que allá en el horno nos vamos a encontrar. Primero me molestaba la campera, me la saque, después era el pupitre, esa maravilla de la modernidad cuya comodidad es equivalente solamente a las maquinarias de tortura de la Edad Media; no lograba adaptarlo a la espalda, me molestaba. Me puse a probar los de alrededor, ¿quien me iba a decir algo?, luego comencé con los que estaban adelante y casi que me pierdo en una inútil búsqueda del asiento perfecto, sino me hubiese encontrado de repente tan idiota en la mitad del aula buscando el angulo ideal en cada uno de ellos. Después de mi lapso de vergüenza propia, me llamó la atención el pizarrón de repente. Todavía tenia los bosquejos borrosos de la clase anterior. Y había una tiza…y no había nadie… No había necesidad pero lo tenía que hacer. Primero probé la caligrafía con mi nombre; aparentemente escribo mucho mejor que en papel. Luego intente dibujar, pero aquella no era una tiza mágica, me salió una deformidad. Por último, quise compartir para siempre un nombre que aquel lugar no conocia ni conocerá jamás, una intimidad sobre esa madera indiferente, y en mitad de la frase la tiza se me rompió en varios fragmentos insalvables. No podía seguir. Ofuscado, borré los garabatos de esa plancha verde y, al darme la vuelta, por un segundo sentí como si el aula estuviese llena de gente. Pensé que tal vez era eso lo que sentía el profesor cuando tenia que estar ahí parado intentando mantener el hilo de la atención de docenas de personas. No cualquiera, ehhh. Espero que no este muy lejano el día en que tenga que enfrentarme a ese vértigo pero también tener lo que hace falta para ese entonces. Hey, teacher, leave the kids alone! Cuando se desvaneció ese amague de premonición me vi de nuevo en el aula y no supe que hacer conmigo de nuevo. Pasa que a veces sucede así pero ya no me alarma tanto. Sabia que hacer en realidad, el contacto visual con los apuntes que brillaban bajo un sospechoso halo de luz me lo insinuaba. Solo para decirme que hacer se me muestran en señales los vestigios divinos. Las divinidades y la culpa suelen ir de la mano. Pensé culposo todos los temas que tenia que repasar aún y en una elipsis temporal me vi recostado sobre el blancuzco marco de las ventanas. No hace mucho tiempo hoy, yo quiero encontrar los cielos maravillas. Era un cielo paciente, una tarde clara. Algo me molestaba en el pecho, me di cuenta que eran los auriculares que tenia colgando del cuello. Los apreté un poco para notar si estaban prendidos y entonces Piazolla me comenzaba a hablar con su melodía a través de la mano. ¡Uyy, la batería! Sin darme cuenta, me quede largo rato mirando un partido de cinco que se disputaba a una cuadra distante. Se podía ver bien y con cierto privilegio porque era alto el piso en donde estaba. Era como una opera urbana verlos danzar a esos jugadores anónimos bajo el ritmo nostálgico de un Astor tan vivo. Mientras que esos bailarines involuntarios puteaban y se apasionaban en el caldo del juego, pensaba, apoyado contra la ventana, en que hace rato que no jugamos a la pelota con los chicos, mas o menos desde que aquel amigo se había marchado de vuelta a los pagos de sus amores de fernet y tonadas chistosas. Me quedé pensando también en lo poco divertido que me resulta mirar un partido de fútbol. Al advertirme desinteresado, vire la mirada y mi distracción se enfocó en otra cosa más general. Era el paisaje barrial de alrededor, de esas casas enanas y paredes simples, de ese tango tan conocido compuesto por tardes de ladrillo hueco y de autopistas lejanas. No sé donde queda exactamente ese lugar, pues mas allá de los limites de la universidad jamas me moví. Cuantos serán esos lugares anónimos que pretenden ser allanados por mi paso y yo todavía acá. Sur, paredón y después… Algún día de estos, quizás con alguna razón o alguna tristeza que me empuje. Todo muerto, ya lo sé. ¿Era tarde aún? Al final, cuando sentí que la dispersión, o la culpa, había sido suficiente me puse a leer los temas que había dejado en el aire. Sentí temor porque me lleguen a preguntar justo eso que no había reforzado de buena manera. Una hora después me reiría por lo bajo, al darme cuenta que así terminaría siendo. No sé por qué soy así a veces; a sabiendas que debo prepararme lo mejor posible, dejo que el tiempo me coma y me encuentre con los pantalones bajos. Un auto sabotaje consentido. Me quede otro largo rato mirando el techo. Manchas de humedad invadían algunos cuadrados de pvc; en cualquier momento ganarían la batalla. Y en otros, el material se encontraba casi inmaculado, solo con pequeños puntos, como si fueran sutiles pinceladas de pecas claras sobre la piel blanca de una espalda. Sin tocarme la puerta, recuerdo entrometido. Otra vez pasaba. Por un par de minutos  me hice el tonto, no quise entender aquella metáfora meláconlica. Y como no puede ser de otra forma, a pesar de los esfuerzos al instante empece a sentir algo. No quería sentir, ni presentir, y de todas maneras ahí estaba de nuevo mi propio gran lunar en el pecho. Estaba raro todo eso, el pensar me fustigaba, no era agradable, nunca lo es. Era como una adicción que me consumia. ¡Despair, hangover and ecstasy! Cerré los ojos bien fuertes y después de mucha fuerza amnésica volví en sí, al presente.

Me dio vergüenza ver la hora, el tiempo comenzaba a hacerme pagar tanta dispersión.  Todavía no había empezado con los apuntes, todavía no me hacia la idea que después de esa tarde me esperaba de nuevo la vida. Sin embargo cuando había descansado la mirada sobre las diferencias entre oración y enunciado, sentí un cambio de frecuencia en el silencio del ambiente, como una alteridad en el eco suave de la habitación. Levanté  la cabeza y no estaba solo. Unos asientos a la derecha, una rubia alta y divertida me contestaba mi mirada de sorpresa con un “buenas…”. Seguía solo. Tenia algunas expresiones, una sonrisa que me hacia acordar a una prima, de esas que cuando se despliegan muestran toda la fila superior de dientes y sin embargo les sienta tan bien. Incita confianza. Me pasa muy seguido eso también, de encontrar semejanzas en los rasgos de las personas que voy conociendo. Un día conozco a alguien y digo, “ahhh, ¿y este a quién tiene los ojos parecidos”, u otro día conozco a otra persona y pienso… “pará, habla igualito a fulano”. Es solo al principio igualmente, después me olvido de los parecidos. Tengo la teoría que es como un mecanismo para generar un grado de familiaridad con las personas desconocidas, o quizás es solo un mambo mio y la terapia me haga falta otra vez. Y es todo un tema porque el registro mental de los gestos de la familia, amistades, amores, todos se entremezclan y se vierten en las caras de otras personas novedosas y extrañas. Es medio jodido a veces, porque me toma tiempo discernir entre sentimientos bien correspondidos y en aquellos que se proyectan solo por semejanza; si no me doy cuenta a tiempo puede que termine molestándome sin saber muy bien por qué con una persona macanuda, o también que termine empalagandome el discurso de alguien que desde primeras sé que no debería escuchar. Y esta chica parecía macanuda. La chica… cierto. Nota aparte, a esta piba la cruzo de vez en cuando por la universidad, al parecer labura de no me acuerdo qué en algún departamento de edición interno o algo así. Comunicaciones, era eso; seria periodismo o algo relacionado supongo, no recuerdo bien. No importa, siempre está haciendo algo dentro del ámbito universitario, incesante la mina. “Ahh hola, no te había visto”. En resumidas cuentas la chica era de esas típicas buena onda. ¿Cómo me di cuenta? Pues, después de terminar cada cosa que decía, o en el mismo acto, acompañaba sus palabras con aquella sonrisa para nada forzada. ¿Cómo hacen esas personas? Yo me rio como un androide si lo hago con intención. En momentos, parecía que hablaba de seguido, sin mucha separación o pausas entre oraciones, algo así como yo la mayoría del tiempo, al comerme los puntos e irme por las ramas al escribir y escribir sin definir sentidos claros. Bueno…qué le voy a hacer, me entusiasmo y no me doy cuenta. Hace algunas semanas le presente un borrador a un amigo de algo que escribí. El sí es escritor y ansiaba mucho una devolución o un consejo al menos. Me recomendó, dentro de los parámetros de su amistad sin sutilezas, que agarre una lápicera y que marque cien puntos al azar sobre la hoja revisada, que de seguro iba a quedar mucho más claro y mejor de lo que estaba escrita; el muy infeliz tiene razón, gracias. Bien, continuo. La rubia solo se detenía en el fervor de su discurso cuando esperaba una pregunta por parte mía, que justificara así el proseguir de sus palabras. Comunicación sin emoción. Y sí, ya había sido suficiente al comunicarme de esa forma. Siendo sincero me gusta más escuchar que hablar, pero no sé…no tenia ganas en ese momento. Me sentía sin ganas, algo egoísta de no sentir simpatía por aquel relato puede ser, pero al mismo tiempo no quería estar ahí, como si justo hubiese recordado que a veces es bueno priorizar el animo propio en lugar de una sumisión servicial solo para agradar. Es agotador para cualquiera ser una fuente donde todos pueden dejar sus palabras, ser una nube ambulante que absorbe las palabras e inquietudes de cada uno. Palabras…palabras…palabras… nexos inexistentes en los que se van nuestras ideas, pero otras veces en lugar de unirnos, no hacen más que confundirnos. Casi me compra, confieso. Casi, casi en algún momento estuve a punto de dejar de lado mi repaso que nunca fue, al escuchar que entretejía en el devenir de su conversación algunas referencias directas al cine de los ochenta y noventa. ¿En serio, acabo de escuchar “Terminator” y  a “E.T”? ¿Acaso hizo un paralelismo de ella misma con “Duro de matar”? ¿De donde salió esta chica? Siempre es grato codearse con cualquiera que venere las mismas cosas que nos hacen felices, o que mantenga la misma linea de humor en las anécdotas cotidianas, algo de eso me hace bajar la guardia. O por lo menos solía darle ese privilegio a las personas parecidas a mí, en algún pasado no muy remoto; en alguna caminata de garuas, me enseñaron que tan solo porque alguien haya consumido las mismas cosas a las que adhiero, por más selectas y queridas que sean, no significa que sea alguien a escuchar, por eso solo no se debe forzar los vínculos. Pensar que tiempo atrás tan solo eso me bastaba para obsesionarme y empezar a confeccionar estrategias por de más intrincadas y suicidas, tan solo para generar un hola; no hace mucho seguramente al oír eso hubiera caído como idiota y hubiera intentado acumular cada ápice de data, de información sobre su vida para conocerla más. Cuando la brújula del instinto no esta afinada cualquier cosa que brilla es una salvación. Sin embargo, a pesar de las precauciones auto impuestas, aquel condimento verbal mantuvó mi atención sobre lo que hablaba, ¿por que será que la gente se libera de todo lo que no hizo o dijo, justo en las últimas clases, en los últimos momentos? Me daba cierta pena, aunque sospeché luego que no hubiese importado aquello, que mi compañera solo quería disfrutar de una charla casual, aunque eso signifique hablar sola con algún espejo. Hay gente que le gusta hablar solamente por el gustito de que no se oxiden las cuerdas vocales, de interactuar con alguien de la manera más inmediata posible. Palabras por deporte. Hasta a mí algunas veces me agarra el ataque social, y por ahí ando raspando temas de conversación a gente que tan solo espera el vuelto y que se preguntará de seguro, “Ahh…mira, el boludo este, habla después de todo”. Y acá esta la cuestión: me anda mordiendo la idea de que tal vez este sufriendo de un aburrimiento social. Y sé que es problema mio, los demás no deberían sufrirme. Y la piba tan copada, y yo tan que me había ido hace tiempo de la conversación. A pesar de que ella también tenia que estudiar, me contó miles de cosas por de mas interesantes y hasta impresionantes podría decir: que el trabajo, que conduce un programa en la agenda cultural de la universidad, que las artes modernas, pero yo solo estaba pensando en querer estudiar lo que no había estudiado; cosa que no iba a hacer seguramente. Lo más sensato era haber querido abrazar esa vida tan resplandeciente, festejarle cada proeza, pero sin embargo naahh… estaba aburrido, inquieto. Era cierto que hablaba bien, no, en realidad relataba bien las anécdotas. Gesticulación, ademanes, expresión facial, la entonación adecuada; una charlatana natural. No sé qué cara habré puesto en mi estado de suspensión, pero seguro que era la de siempre, la que surge cuando esta prendido mi modo de economía expresiva. Se abrió la puerta, eran más compañeros. Aproveché entonces, era mi momento ideal. A la vez que se unían a la charla, proseguí apoyando mis manos sobre las piernas y me paré sin tener que disimular o temer romper con la cortesía del diálogo. No tengo ganas de seguir, quiero salir en libertad. Un poco de aire, necesitaba, ¿o era libertad?. Simplemente me paré y me fui a respirar un poco de tarde gris… bahh, en realidad también baje a comprar una lápicera porque la que tenia se me había caido un rato antes por la ventana; no recuerdo cómo. Me tenía que ir, no era solamente antes el hecho de estar solo, sino que esas personas eran tan interesantes y llenas de vigor, y sin embargo yo no podía construir mis ganas de escucharlas. De todas maneras, nadie me echaria de menos, oradores con oradores se llevan mejor. Era cierto, al rato nadie se habia dado cuenta.

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4. Vuelos

Dale, vamos. Es un salto no más. Vamos, vos podes. Dale. Se quedó largo rato mirando el vacío. Lo observaba, media su profundidad, examinaba los riesgos. Mientras más mires, más te vas a echar para atrás. Dale, no lo pensés que es peor. Los pies le dolían, tenía llagas que se le habían abierto al escalar superficies por de más angulosas, proeza dura para una piel tan acostumbrada a la suavidad de la ciudad. No le importaba, era solo un síntoma, un emblema de su permanencia ante lo excitante, ante lo nuevo. ¿Y para cuando? El sol le picaba en la piel, su resplandor lo cegaba, el maldito astro le aumentaba el esfuerzo por mantener el equilibrio. A pesar de aquello, le resultaba más como un estimulo, un sentir que lo hervía de algo que lo comenzaba a asustarle. Mirá que estás hace rato acá arriba... Advirtió a todas las voces que lo aguardaban desde el fondo; alaridos que lo incitaban entre festejos y provocaciones, contribuían con el caos fraternal al rompimiento de su quietud. Tan solo es dejarte caer. Ya sabes que estas oportunidades se dan casi nunca. ¡Tenes que aprovechar! De cuando en cuando, asomaba la cabeza; parecía querer calcular la caída, que el tiempo de impacto, que cuanto de fuerza cinética y cuanto de la potencial gravitatoria, que la distancia, que las leyes de Newton y la masa por aceleración y vaya a saber que otras porquerías más…pero no podía recordar nada. ¿Yyy…no lo vas a hacer?, al final siempre lo mismo vos. A pesar de la filosa luz solar que le jugaba en contra, del otro lado del río, vislumbró a un grupo de personas que descansaban bajo un gran árbol. Genial. Ahora tenés espectadores. Mejor así, no seas maricón. Mirá las chicas, te miran… mirá a tus amigos, no te la van a perdonar…¡Dale, tírate!. Miraba con dificultad a esas chicas risueñas que tomaban cerveza y, como al mismo tiempo, ellas observaban toda la escena, allí simplemente, recostadas como sirenas sobre esas rocas de plata. Trató de verse a través de las gafas de sol de aquellas y solo se pudó ver ridículo, un gatito asustado que no podía bajar de un árbol. ¿Viste quienes son? Son las de la cabaña de al lado. ¿Qué vas a hacer? ¡Dale! En seguida, aquel panorama le recordó a una película que había visto años atrás, algo relacionado con un personaje en una situación similar. Sin embargo, no recordaba el título, pero si el final de aquella; siempre lo estremecía cada vez que quería nadar en algún lugar nuevo. Buehh, ¿en serio?. Ahora con eso. Es una película solamente. No vas a terminar así como Bardem. Esta despejada el agua, dale. ¿Además, si pasa algo, crees que si no le pedís a esta manga de inadaptados que te eviten las molestias, no lo van a hacer? Alguno lo hace sin chistar siquiera. Dale. Morite de miedo, cagón, pero tírate de una vez. ¡DALE! 

Gritos, viento, sirenas, voces. ¡Basta! ¿Qué importaba todo eso? Tan solo era tomar aire bien hondo, y dejar de pensar. Así pues, miró por última vez hacia abajo, ahora descansaba su vista sobre los limites reverdecientes de las sierras distantes. Escupió la primera frase que cruzó por su cabeza para consagrar la estupidez de su acto y entonces  abandonó la tierra solo por un segundo, o quizás menos… Durante ese lapso no sintió nada, no sufrió por nada. Si algún color de su identidad se le arrimó por la mente fue pura casualidad. Por un fragmento de segundo fue un pájaro fallido, fue un suicida arrepentido, fue tan solo una veta de polvo levitando en la caricia del viento. El pulso y la fatalidad le reventaban en el  pecho, furiosos, girando en revoluciones de pánico y de risa. Sin entenderlo, ni queriendo tampoco, el aire era la vida y podría llegar a ser la muerte; sin saberlo, ni queriendo tampoco, la tierra habia sido la muerte y ahora podría llegar a ser la vida. Comenzó a descender. Ya no dudaba, ni tampoco estaba convencido de algo, tan solo cumplía su papel al jugar con la gravedad; sintió que algo lo reclamaba hacia abajo, o quizás que el mundo se agrandaba y este subía y subía, dejándolo atrás. Era un cometa de piel y carne cayendo hacia el ansiado impacto. Llegaba a presentir como el calor con el  roce del aire caliente parecía despellejarle las piernas, la espalda, las tripas, para que luego, y de pronto, un frío quiebre de realidades lo envolviese en un manto de silencio. Su percepción de aquello fue como si alguien de repente lo hubiera despojado de cada gramo de energía, de cada hilo de luz vital. Abrió los ojos y todo estaba oscuro. Era la calma, todo estaba en calma. Como si ese río tuviese algo, como si  se hubiese quedado con algo. Bien. ¡Viste que no era tan difícil! Ahora vamos, es hora de subir. Te están esperando. Escuchó el cielo nuevamente allá arriba. Y sin darse cuenta, carcajadas inexplicables se le efervescian en la boca. Tal así que, una vez con hambre de oxigeno, el trampolín del agua lo hizo emerger.

Otra vez luz.

 

Noviembre

Hoy sentí una necesidad casi compulsiva de escuchar “Escalera al cielo” de vuelta a casa. Salia de buscar una nota y por alguna razón tenia ganas de sentirme triste. No angustiado, sino triste, humilde. Como una oda a la liviandad y al aire sanador de noviembre, un festejo sutil de que estoy haciendo las cosas bien. Por alguna razón me sentí como el año pasado. De esos días finales en que bajaba del colectivo, me abría un caramelo de menta y chocolate y escuchaba como Plant me endulzaba el camino a clases; en esos tiempos recién los descubría, en alguna de esas noches infinitas de ejercicios y parciales olvidados. La música, la compañera de siempre. Y a esa senda quizás la pensaba como algo así a un camino que llevaba al cielo, porque ese lugar en muchas ocasiones tenia la apariencia paradisíaca de un lugar de ensueño; supongo que después de estar encerrado en un cuarto todo resulta más colorido. Un lugar apartado y lleno de angeles, pero yo sin ganas de jugar. Y así era todo eso, y así debería ser ahora…arriba siempre celeste y nublado, a los costados siempre los cuerpos de arboles densos y de arbustos que rodeaban el camino de un verde tan alegre que solo noviembre sabe cómo pintar, y abajo el trayecto uniforme y claro hacia un solo sentido, hacia el avance. Pero sobre todo al llegar era , cuando te ibas acercando a los jardines de atrás y te recibían esas bestias gigantes de madera, unos arboles de eucalipto y quebracho que vaya a saber uno que tantas cosas habrán visto durante decenas de generaciones. Y el sol siempre con su cuota de seducción, tiñiendo todo de una amarillo onírico, un brillo que te sumía en un encanto de que las cosas estaban bien, una palmadita cálida en las mejillas que indicaba que ya podías respirar un aire bueno. Me gustaba ese lugar, tenia algo de villa italiana, de raíces con olor a pasta dominguera, de cierta familiaridad que emerge desde los genes. Me gustaba. Me gustaba en cada receso bajar a ese banco de piedra y lleno de moho seco, ese pequeño jardín que daba justo frente a esa senda, y así fumar tranquilo mientras veía a toda la gente que pasaba. Viendo y venir a toda esa gente, esos profesores de materias que jamas cursé, las siluetas en serie de chicos y de chicas cuyos nombres jamas conocería y tampoco hubiera querido conocer. No estaba para eso, era tarde ya. Yo estaba ahí para calcular las fuerzas y definir circuitos, y de vez en cuando distraerme mirando por la ventana. Al principio me esforzaba por llegar temprano y apropiarme del asiento que daba a la ventana. Me gustaba distraerme y mirar a lo lejos, a esa academia de pitufos incesantes a la distancia, o preguntarme si en aquel aula habrían pasado algunos amigos míos años atrás. La fachada me salia bien, el tan solo prestarle atención a los experimentos intrincados del profe y nada más: esquivar y esquivar situaciones que me distrajeran, hasta que un día dije, ¿por qué no?, ya es tiempo. Soy bueno esquivando, hace poco lo descubrí; pero también soy bueno dejándome pegar. Me gustaba pensar que estaba saliendo de aquella jaula, sin tener que aferrarme en alguna persona que me sirva de clavo, sin tener que matar a nadie. Estaba saliendo por la mía, con esfuerzo y reflexión, semana a semana, y lo recuerdo bien porque Escobar no me dolía tanto, ya no tenia miedo de caminar sus calles. Pero se acuerdan de lo que dije entradas atrás sobre la libertad. Es todo mentira, no me hagan caso. Las personas no estamos preparados para llegar a abrazar una libertad plena y sincera, no estamos listos porque no existe cosa parecida y tampoco queremos estarlo. Cuando nos quedamos en el aire teniendo la posibilidad y el tiempo de fortalecer nuestro vuelo, nos entra el pánico y terminamos buscando cualquier excusa ya sean personas, proyectos, actividades más llamativas, o simplemente volvemos detrás de los mismas barrotes inofensivos. Mirá, tan solo pensá en alguna relación, algún deporte, algún amor, algún placer: a cada rato salimos de jaulas para meternos en otras, ya sean más cómodas o grandes, y al fin es un ejercicio de jaulas sobre jaulas todo esto. Mi fuerza estaba libre en ese entonces, era potencialidad pura, indeterminación condensada en los puños, pero resulta que siempre trae menos peso mental y moral establecer la voluntad propia dentro de los limites claros y controlables de una nueva prisión. Dejarse llevar por la costumbre, lo sencillo, lo conocido, y terminar plantando una y otra vez sobre la misma tierra agrietada esperando que crezca un hermoso naranjo. Iba bien, casi despegaba de nuevo, pero en algún momento vire derecho hacia la entrada de una nueva vieja obsesión, y no me di cuenta. No debe haber un suicidio peor que no saberse perseguidor de una obsesión silenciosa e invisible. Y así fue que en una tarde de esas, mi integridad y mis ganas de volver a empezar se desmoronaron bajo esos anteojos que cruzaban la calle. No estaba preparado pese al tiempo transcurrido, y me vi desarmándome en nostalgia por el vaivén de ese morral hippie que tanto me gustaba. Todas las dudas, los cuentos, las risas y las promesas que se habían ido con ella en algún noviembre lejano, resurgieron abriéndose paso en dolor y confusión, volviendo a gritar fuerte entre el murmullo de la gente, de los colectivos y los perdones sucesivos de otros labios culposos, cuya jaula propia aguardaba una cuadra más arriba. No me vio, o fingió no hacerlo, fue mejor así porque ya se había dicho todo lo necesario en su momento; fue amable en su silencio, fue salvadora en su sinceridad de hacerme notar que había llegado tarde, de ahorrarme desilusión y tiempo. Es por eso que esa ciudad, que de niño tanto quería por sus plazas y sus tardes de helados, comenzó a doler una vez más pero esta vez no duró demasiado, ya no había un por qué que justifique ese dolor. Es curioso, esa ciudad cada noviembre duele un poco más.

Y de esos meses que pueden resultar negativos casi siempre terminan en una revelación, en un aprendizaje forzado. Hace poco fue el cumpleaños de una chica con la que salia. Me vi inmerso en una controversia por lo que debería hacer. ¿Cual es el protocolo a seguir en estos casos? Recuerdo que el cumpleaños era un evento importante para ella, mucho antes de que empiece nuestra relación más afectiva, y sin embargo, cada noviembre era un dolor de cabeza para mí porque se mezclaba todo. La presión tácita de tener que superarme en el regalo y la preparación de cada año, junto a las otras presiones de los parciales de fin de año. Pero bueno…era gratificante verla al fin rodeada de sus amigos y disfrutando todo, era su momento de alegría. ¿Como negárselo por mis ideas contra la costumbres? Es que no me gustan los cumpleaños, por lo menos no los míos, tal vez porque lo vea como un atributo arbitrario que se le da una persona por una fecha cualquiera del año, o quizás, lo más probable es que yo sea un insensato asqueroso. El problema es que hace algunas noches quise saludarla pero no sabia cómo hacer bien para que el mensaje no fuese tomado como una intención de revancha o insinuación, porque mucho antes de que fuéramos pareja yo siempre era el primero en llamarla y felicitarla. Digo, la confusión no por el contenido del mensaje, sino por la existencia misma de aquel. Resulta que siempre fuimos proclives a la confusión del cariño y la costumbre, con el deseo y el sentido de perdida. A la primera en la que uno se sentía con la soledad pesada, ya se hacían presentes en el celular del otro mensajes de interés por saber del otro que no hacían mas que camuflar las intenciones de desesperadas de segunda vuelta. Al principio lo considerábamos como una nueva oportunidad para volver a reconstruir el vinculo doliente y así ponerle una curita al cariño, pero luego empezamos a cuestionarnos que tal vez no era bueno sostenerse tan solo de los buenos momentos pasados y de los vestigios de pasión restantes. Puede que haya terminado yo solo cuestionando eso. No se puede llevar a cabo nada sobre la costumbre, por lo menos no totalmente sobre ese único elemento. Faltaban más cosas en la fórmula y eso se hacia evidente con cada encuentro, con cada ejercicio rutinario, pero decidimos callar con el tiempo, siempre dan miedo las consecuencias de la verdad… De todas maneras, hace algunos días pensé en por qué cada nuevo cumpleaños la felicitaba después de todo lo ocurrido, si tal vez ella no esperaba mi mensaje, si tal vez solamente con ese acto no hacia más que dar entender la intención de perpetuar de alguna manera la posibilidad de revivir algo que hace tiempo dejó de existir. El por qué me dejo llevar por la costumbre algunas veces no lo entiendo, pero sí entendí que ya no es necesario seguir con los ritos que solo confunden. Todavía le guardo cariño, y me alegra saber de ella y su familia, pero tome conciencia y decidí matar, esta vez sin dudas, ese recuerdo fantasma que solo susurraba en noches de de frío. Me sentí mal, o mejor dicho, me sentí un insensible cuando pasaron las doce y no había hecho eso que tantas veces hice, pero al otro día me sentí algo mejor. Por fuera de ese sabor metálico que queda en la garganta al sentirse de piedra, de esa insensibilidad que me remontaba a tiempos en los que también decidí matar su afecto, pero aquella vez sin estar seguro de querer hacerlo, más movido por el remordimiento o por el miedo. A veces pienso que estoy pagando y que me faltan muchos más nombres por sufrir para cubrir tanto dolor que cause alguna vez. No se lo merecía, era cierto, pero a veces es necesario romper con todos los andamios de nuestra vida segura para despertar ambos de un sueño que no lleva hacia ningún lado. No soy una buena persona, lo tengo claro, pero nadie lo es: para llegar a donde está cada uno, todos cortaron flores, todos en algún momento pisaron ilusiones sin mirar el daño que se hacia con cada pisada, y si se dieron cuenta ya era tarde para hacer algo al respecto. La vida es eso supongo, a veces toca matar y otras que te maten. Y aquel que no sobrevive a ese azote es porque no entendió el juego, ese hermoso equilibrio de la fatalidad humana. La mayoría de las veces tardo mucho más de lo me gustaría admitir en entenderlo. Pero lo que sí entiendo es que los perdones jamás alcanzaron para resarcir ese cariño que deje atrás, de matar por la espalda lo que fue entre nosotros y en el peor momento encima. Todavía siento la culpa de haberla lastimado por mí egoísmo de querer estar bien, y lamento mucho haber pintado por tanto tiempo de un amor brillante a ese viejo costumbrismo vencido que nos sobrevivía. Pero, ¿saben qué?, hoy sonreí. Con un poco de tristeza quizás, con un poco de alivio o alegría, pero sonreí. Me sentí contento porque unas amistades en común me dijeron que, después de tanto tiempo, está volviendo a pintar sobre paisajes muertos. Es bueno eso, verdaderamente me alegro por ella. Su libertad se merece algo más colorido, que entone mejor con el festejo de cada cumpleaños.

Antes pensaba que eso era lo que andaba buscando, que lo que teníamos año tras año era la verdadera forma del cariño. En cambio, a pesar de los buenos momentos y las risas, todo eso era necesidad, miedo. Un ojo por ojo disfrazado de caricias; un si vos me das esto yo te doy lo otro, si vos vas para allá entonces yo voy a tal lugar. En su momento lo creí tan real a ese calor utilitario y de conveniencia recíproca, que casi no me importaba alimentarnos día a día por recuerdos y rutinas desgastadas. Como si lo nuestro siempre pidiese subirse a la misma calesita caprichosa para tan solo aburrirse a la segunda vuelta y querer bajarse. Confieso que me seria fácil seguir pensándolo así, mantener esa perspectiva sobre las relaciones, pero no puedo, a estas alturas no puedo hacer otra cosa que pelearme con esa idea. Era otra persona, eramos otros prisioneros en ese entonces. Antes me parecía que todas esas falencias era el precio justo a pagar por tan solo sentirme querido, un refugio a donde ir. Pero ese es un contrato en el que todos salen perdiendo. No me gusta hablar del amor, creo que nunca lo mencione en el blog, y no por una cuestión de evitar la cursileria o porque me genere pudor, sino porque es uno de los conceptos que más respeto. Y de la misma manera que lo respeto, no lo comprendo, siempre me parece soberbio definirlo en una forma y aplicarlo a todas las causas, a todas las personas. Pero vamos a darle algo más de variedad temática a la entrada. Para mí no es joda, es la concepción que más cuesta diferenciarse de esa intensidad en fuerza y persuasión tan propia a la religión; es esa motivación misteriosa en sus métodos y causas tanto como lo son los de la Filosofía. Nace de todo pero nunca lleva a ningún lado preciso. Y acá va mi pensamiento que nadie solicitó, una de las ideas que lamentablemente me atraviesan con mayor firmeza, idea masticada en noches en las que pinta la reflexión y además de alguna escasa experiencia en estos asuntos. Cuando comenzás a querer a alguien, al principio puede parecer una estrategia o una forma de interacción. Y hablo de querer, por fuera del sentido de la posesión, hablo de esas ganas casi incontrolables de formar parte de un cachito de vida de la otra persona. Bueno, cuando quieras, y no cuando estimes o necesites de alguien, vas a ver que no es ganancia, todo lo contrario. Querer es pérdida. Amar es lo más parecido a venerar, al deseo de que el otro te desconfigure para que pueda ser él mismo. Es la intención de desarmarte sin que te lo pidan, de suavizar tus lados filosos para que la otra persona pueda llegar a acercarse. ¿Medias naranjas, complementación? Es una estupidez eso. Si realmente llegas a querer, pénsalo bien donde estas parado y con quién, distinguí si realmente es solo necesidad de obtener algo, compañía, sexo, atención, o si realmente es algo más que hambre,  fijate si te sacude en realidad la pulsión de deconstruirte para poder construir con el otro, y para con el otro. Cuando sufras amar a alguien tené en cuenta que siempre vas a ser la mitad de nada, que nunca vas a llenarte con algo, que tenes que estar dispuesto a perder y a curar por más que te lastimen. Y suena fatal, muy desanimante, pero es así. Sino levantá la cabeza y prestalé atención a las parejas que conoces: te vas a dar cuenta rápido quienes son aquellos que solo cuentan lo que pierden y lo que ganan, y quienes son aquellos que se esfuerzan en ceder en su impostura ante el otro, en sus anhelos egoístas, en sus necesidades personales. Se trata de admirar las formas de la persona que te acompaña, mirarla y agradecer sus particularidades, sus idas y vueltas, sus contradicciones, sus enseñanzas, sus valores, el calor de su piel. Pero no todo tiene que ser sacrificio, también es necesario buscar el goce en conjunto y los buenos momentos, pero eso es complementario. La intención primaria tiene que ser de pérdida. Pues, resulta un acto de fe, quizás el más arriesgado y verdadero porque, sabiendo desde ya que tan inevitablemente humanos podemos ser las personas, no es cosa fácil decirle a alguien que tome de nosotros lo que necesite, sin restricciones o peros, para que con esos fragmentos mejoren por su lado; a veces nos terminamos llevando todo. De ahi surge el conflicto, ese material para tantas canciones de bachata y que alimenta  las eternas series de los canales de aire. Ocurre cuando esta entrega sucede en un único sentido. Cuando un infeliz se tira de espalda para que el otro lo agarre y bueno…la caída. Y está bien eso, está perfecto. Los  golpes sino dejan una enseñanza clara por lo menos te hacen poner las manos en la próxima caída. La sabiduría sería determinar hasta qué intento hay que seguir poniendo las manos, cuanta confianza vas a ceder en la próxima. ¿Da un poco de miedo no? Es una forma rara de verlo, lo sé, y hasta hace algunos años creía que era imposible, una idealización en su sentido mas platónico, irreplicable a través de la materialidad humana. Ni yo sé si lo entiendo minimamente. Creía que era imposible hasta que un amigo me presento a su futura perdición-salvación. Tantos años en su andar desencadenado se le redujeron inevitablemente en el brillo de una sonrisa contagiosa y unos ojos achinados. Increíble. Tendrían que verlos a esos dos en algún asado, o caminando por el barrio: codo a codo contra el mundo, contra cualquier diferencia o preocupación, acallando cualquier duda o cualquier historia pasada con tan solo mirarse; sin el miedo de que ninguno se vaya, los dos sosteniéndose al dejarse caer al mismo tiempo. A veces el mundo tiene eso de cruel e histérico porque parece que pone esos ejemplos para que tan solo deseemos con rozar algo así algún día, de hacernos tropezar con obsesiones y quimeras semejantes. Y pensar que este este amigo era el candidato menos pensado que podría llegar a lograr algo así con alguien. Confieso que cada vez creo más que tal vez solo algunos, esos que no necesitan razonar en su proceder, entiendan sin saberlo muy bien como llevar a cabo esta forma de quererse. Confieso que cada vez me pregunto más si es necesario complicarse tanto la vida por un ideal. ¿Pero en qué más creer sino?

Con todo esto quiero decir que, dentro de las prisiones invisibles, o invencibles, ese tipo de cárcel me parece la mejor que se puede alcanzar; invitar al otro a tomar las llaves de tu encierro para que al final no haga más que liberarte. ¿Les pasó alguna vez?¿Creyeron estar cerca de eso? Yo sí, a cada rato me confundo, y sospecho que en muchas fue a propósito, buscando escapar de otras cárceles que terminaban por sofocarme. No sé…es algo inadecuado a esta edad quizás, puede que después de todo esta idea sea la peor forma de estar con alguien, de acercarse a los demás; quizás la solución sea cortar y pisotear flores sin motivo alguno y en todo momento, así a todos nos parece normal tanta desilusión como retribución. Pero la verdad es que esta noche despierta cosas que no me esperaba. Será que nunca me muevo del mismo lugar con las personas, o será que siempre fui un invitado casual en el panorama completo de cualquiera. A estas alturas no importa supongo; sea cual sea la distracción, una prisión es una prisión de todas maneras. Pocas veces nos damos una chance de pensar. Cosa rara somos, o cosa rara soy yo: me encanta disponer de todas mis fuerzas para expresar mi libertad pero a cada rato la regalo con tanta facilidad a las jaulas más bonitas y más sonrientes. ¿Por qué buscamos siempre volver a limitarnos, si tanto nos gusta revolotear en el aire? Ni idea, seguro que hace falta morir muchas veces más para empezar a comprenderlo. Después de todo, no sé como debería sentirme, tampoco sé como quiero sentirme. Siento que seria muy fácil sentirme humillado, engañado, dolido o enojado pero también siento que tan solo esta a un paso de mí el alivio, la comprensión, la oportunidad de ahora sí poder empezar de nuevo, de seguir sin culpas. Sin embargo, a estas alturas para qué, ya de nada sirve justificarme con algún sentimiento solo para adentrarme en el fondo de mis amados bucles. Acariciar este sinsentido solo para que nos termine mordiendo. Creo que escribí mucho ya, ya perdí el hilo de los párrafos. Creo también que ya no voy a mencionar más a esas viejas sonrisas que tanto quise, de las cuales algunas termine matando y otras me terminaron por matar. Por respeto, porque ya no tiene sentido. No me queda más que agradecerles por el entusiasmo y por las caídas.

Y saben qué, me siento bien. Quizás algo obligado a sentirme así porque tampoco es que haya demasiadas opciones que pueda seguir. Ya no sirve demasiado quedarme pensando en las cosas que pude haber hecho mejor. Nunca sirvió. El asunto es cuando pensás demasiado en lo que está más allá de lo que te permiten hacer. De querer cambiar las cosas cuando nunca nada te perteneció, y peor aún, cuando resulta que al final solamente habías creído pertenecer a algo. No es superación, no llega a tanto mi capacidad emocional, tan solo es que uno se termina sintiendo ridículo después de algún tiempo al lamentarse por un futuro que nunca perdió. El pibe que me enseña, mi maestro mejor dicho,  me dijo que la ansiedad es la necesidad de futuro, mientras que la melancolía es la necesidad de pasado. Y sí, algo de razón puede que tenga, hay que buscar el equilibrio entre esos dos extremos para situarte en el presente. Y la verdad que un poco de concentración me hace falta, debería ir a esas clases de meditación que da de vez en cuando, pero por suerte con ese grupo no se puede estar serio. Es bueno reírse sin mucho sentido de vez en cuando, es bueno dejarse contagiar por sonrisas nuevas, o siquiera salir afuera y respirar un poco junto a otros. Olvidarse por unas horas de las jaulas que nos siguen y las que nos esperan, y correr, golpearnos, jodernos, caernos, levantarnos, y volver a tirarnos al piso para volver a levantarnos entre extraños, y algunos que ya no lo son tanto, pero siempre sonrientes todos; eso me llama la atención, es como si lo disfrutaran, como si les hiciera tan bien al igual que a mí participar de eso, lejos de las formas del amor, de la libertad, de las jaulas, de las culpas, de la bronca de lo que no fue. Aunque no lo sepan son de gran ayuda, me dicen sin saberlo que al final solo se puede reír y agradecer. Así que por algún tiempo intentaré aprender un poco de eso, quizás entre mate y mate, y algo incrustado entre barrotes propios y ajenos puede ser, pero sonriente al fin ante los noviembres que fueron y vendrán. ¿Qué más se puede hacer?

Ruptura

Por ahí se puede pensar que estoy confinado a esta esquina desierta, pero la verdad es que no necesito de mucho espacio para moverme. Todo lo que necesito para salirme por un rato de mi mismo esta bajo mis dedos ahora mismo. Escribir, aunque sea mal y atolondrado, para navegar un poco por fuera de mi isla personal. Y nota aparte, siento que estoy mejorando en las palabras, tal vez no se note, pero en cuestiones gramaticales y de ortografía voy mejor. Pero no, la soledad no es algo a lo que le temo, es más, casi que es un estandarte familiar, o una cruz que ya no pesa, si se quiere ver desde un lado más dramático. Pero no se sufre, es algo que está ahí y listo. Además no tengo motivos porque siempre hay alguien que por alguna razón se arrima un rato y me regalan una charla o un buen día siquiera. Por ejemplo, hace un rato pasó mi viejo por la calle del negocio, otro náufrago por excelencia; quizás un poco a él y a los Redondos se debe el nombre del blog. Hace rato que no hablaba con él y mucho menos vernos. Aunque esta vez, solamente pasó en el colectivo. No sé bien que estaba haciendo yo hasta que escuche una serenata de bocinazos que venían desde la esquina. Supe que era él, y también supe que no iba a parar hasta que salga y lo salude. Pero a veces hace eso, esas cosas que sabe que me divierten y aun más que ni siquiera espero. Cuando salí por la puerta con la mano en alto, pusó primera y salió desaforado, dedicándome un fuck you, con buena técnica hay que decir. Lo más gracioso era que se reía con una malicia tierna, parecida a esa con la que solo los nenes que acaban de hacer una travesura saben reírse. Y a todo esto se le suma el hecho de que iba cargado de pasajeros, frente a todos los extraños que de seguro se habrán preguntado la relación ylas razones de aquello. Pues, no… no había ninguna razón: otras veces, es la misma situación solo que cambia el supuesto agravio y empieza tirarme besos al mejor estilo Marylin Monroe. Pero, bueno…en realidad sí hay razones, y tienen un poco que ver con lo que dije al principio. Y es por eso también que lo adoro al chabón ese, por esas rupturas de sí mismo que tiene y muchas otras más. Esas son las formas que él tiene para salirse de sí mismo, porque después, la mayoría del tiempo el tipo es una isla pero amurallada con acantilados y pendientes de angulos imposibles de abordar. Por eso es grato ver esos pequeños momentos de inflexión en su identidad, es algo parecido al cariño, al acceso de ciertos privilegios que no cede con cualquiera. Porque resulta que a este tipo en algún momento, no se si a voluntad o si fue por descuido, hizo de la soledad algo tan propio y reconocible de él mismo como lo es nuestro apellido. A veces cierto temor me sacude cuando pienso que con la carga del nombre se transmiten otras cosas. Ni mis amigos cercanos lo conocen del todo, ni las personas con las que salí, y ni siquiera yo lo conozco del todo; no le da el lugar a cualquiera. A pesar de que supo  heredarme la melancolía por las noches perdidas e irrecuperables, es un buen tipo después de todo. Recuerdo de chico, cuando todavía creía que era mentira que los padres podían separase, despertarme de madrugada por algún mal sueño y verlo entre la oscuridad: sentado en calma y lejano, sobre la ventana del living. El no me veía, pero yo si a él, de cuando en cuando al ser iluminado por la lumbre tenue del cigarro que se le iba entre los dedos. Se notaba en momentos así de que no era el único que no podía creer en eso. Pero poder y querer son cosas totalmente diferentes. Esa fue su ruptura mayor supongo. Pero si vamos más arriba de la genealogía solitaria, mi abuelo también es algo así, un hombre de palabras precisas y concisas. A veces tenas, y otras veces tan solo terco, pero reflexivo y observador al fin; más que nada reacio al escándalo y al desorden de las fiestas familiares. Sin embargo, existen ciertos momentos en los cuales se rompe esa imagen de patriarca mayor y de autoridad, al escapársele una sonrisa disimulada por alguna broma grosera de mis tías o con algún chiste de doble sentido de los nietos. Pero no tarda mucho en recomponerse en su estado meditativo y silencioso, como si estuviese acariciando en un cumulo de dolores, de inquietudes de las que ya no esta seguro si son añoranzas perdidas o la venida de un futuro más amable. Ahí, sentado en su porte serio y distante, con los lentes fijos sobre la sección rural y de agronomía del diario mientras que con una taza de café amargo se calienta las manos vencidas y vibrantes. Son los ojos más tristes que vi en mi vida, pero no de una tristeza obscenamente anunciada y evidente, sino de una que hay que distinguir bien bajo aquellos párpados dejados, las ascuas restantes de un tiempo de sacrificio y a tierra desnuda; la vitalidad amordazada por el tiempo, que se le reduce en pequeños huecos negros, como un dibujo animado de los ´50. Y son por estas cosas que uno se da cuenta cuando decide salirse por un rato de su soledad, de romperse a si mismo por alguna pregunta o situación. Comienza a hablar de mi abuela, la madre de mi viejo, y entonces sí, es algo imperdible de ver como esa mirada de ceniza se le abre en ojos de entusiasmo, despojos ardientes de ternura y de remembranza nutritiva. Pareciera que la viese en frente suyo, cada vez que habla de lo bien que cocinaba, de sus habilidades en el baile, de los castigos severos y justificados sobre un hijo rebelde, de la fortaleza de mujer y de madre que dejo latente en todos. Me gusta cuando la revive un rato para nosotros, me gusta escuchar sobre ella porque solo la conozco a través de un retrato en oleo. Y bueno la cosa sigue más arriba si se quiere, pero solo puedo dar testimonio de los miembros que conozco, de todos estos tercos malditos en soledad que me anteceden. Tengo otros primos pero hace rato que no los conozco, nos alejamos en algún punto cuando niños. La rama masculina de la familia es así, portadores de la parquedad y la rigidez europea, mientras se puede decir que las mujeres se exaltan y festejan con esa vitalidad santacruceña, de cepa aborigen y tridente. Me acuerdo que cuando toque algo de genética en una materia, me puse a pensar mucho en mi familia. Y ya sé, ya sé…A pesar de que los rasgos del comportamiento no se transmiten a través de los genes, solo los físicos y los fisiológicos creo recordar, hay que decir que alguna cosas vienen de la mano con el nombre que a uno le meten de prepo. Pero aunque pueda parecer una critica hacia la tradición de mi familia, no es para nada de esa manera. Esos hombres son mi guía, mi modelo en la mayoría de situaciones, aunque en otras no tantas. Lo único que lamento es no poder haber aprendido todavía de ellos ciertos valores mejores, como una voluntad de piedra o volver a levantarse antes de que la cuenta llegue al diez. No haber asimilado esa fuerza insistente y bruta de siempre procurar poner la frente ante que la espalda. Por alguna razón solo me quede con la soledad autoinflingida y con las noches de buscar en el cielo lunas que ya no brillan igual. Si me pongo a pensar en las cosas que logren sacarme de lo que soy, la verdad que estaría varios minutos buscando en la mente. Y créanme que cada mañana intento despegar más de esta isla costumbrista y encontrar eso que verdaderamente me llene. Estoy en eso. Pero sí…mientras tanto, hay algunas cosas que me desarman de alguna forma: cuando abro la puerta y escucho un “hola hermano” que me abraza por la cintura, también cuando algún recuerdo me obliga a sonreír caminando entre la gente, o a veces darme el placer de una trago con alguna cara amiga o un pool amistoso con cualquiera. Pero es en el pasado el que logra despertarme en sobremanera de lo que soy. Una historia impregnada en jazmín y vainilla que siempre vuelve cuando me quedo mirando sobre la vidriera o por alguna ventana, mañanas confusas que todavía llevo conmigo en cada cosa que hago, en cada cada nombre nuevo que conozco, en cada canción que todavía suena. ¿Por que todavía? No lo sé, no sé nada con certeza. Pero sí sé esto, que es una de las pocas cosas que no quiero más seguir viendo pasar lejos de esta esquina, algo que no entiendo bien pero que estoy seguro que quiero en mi vida. El silencio se rompe, “el viento trae una copla”. Es momento de salir de acá.