Algo de fruta

El tratamiento de las construcciones sociales como procedimientos literarios

Ahora que me siento indigna y mortal
creo que puedo transmitirles algún mensaje acerca de lo que es vivir.
Durazno reverdeciente, 97

Introducción

En cada etapa venidera del acontecer humano, desde los primeros movimientos literarios hasta el establecimiento de los modernos, la esfera del arte y la literatura con las dinámicas sociales, en sí mismas, han sido solidarias y de influencia recíproca entre ambas estructuras, en cualquiera de sus variantes y  formas. Una relación simbiótica y cultural a partir de la cual una nutre a la otra desde una funcionalidad referencial e histórica, mientras que la otra la transgrede, a menudo, marcando así las pautas de lectura y las formas de elaboraciones artísticas a seguir, en determinadas épocas y civilizaciones. Pero, si queremos ir un poco más allá de la base de cualquier estudio social o político respecto a la cuestión,  entonces se debe plantear en concreto, ¿de qué manera y hasta qué grado de implicancias, en las formas y en las relaciones de cada ámbito tanto el social como el artístico, trae como consecuencia la intrincada red de interrelaciones y modos que se dan entre las dos? De manera que, en el trabajo siguiente nos centraremos en analizar la trabazón compleja e interdependiente entre las representaciones literarias y el uso particular de las figuras temáticas de la sociedad, relación que desemboca en los procedimientos formales y literarios tratados en la obra de Dalia Rosetti, Durazno reverdeciente.

Es de grato interés el abordaje que se construye en el sentido general de la novela porque  tal voluntad consiste en plasmar, desde la particular mirada de la literatura, la incapacidad de conciliación entre el mundo público con el mundo privado, es decir, un enfoque  literario que aporta y atraviesa con otros sentidos, no demasiado contemplados antes, el tema de la falta de armonía que se puede suscitar entre el choque de diferentes sistemas de valores y cosmovisiones del mundo. Es mediante este juego de tensiones incesante entre los factores externos de una cultura, respecto el incumplimiento o el seguimiento de determinadas normas estéticas y comportamentales, en oposición con  la escala de valores privada de una persona, la que la determina y la justifica en sus acciones de alguna manera dentro del mundo propuesto que se construyen en la representación integra de una sociedad ficticia en la obra; conflicto que terminara derivando en la obra, en forma de procedimientos estructurales y la explotación de estas representaciones culturales en tensión continua. El análisis del trabajo presente se desarrollara en tres partes. La primera de ellas se enfocara en la representación de la infancia como elemento narrativo en cuanto mediación entre el mundo social y el de la protagonista, luego, se tratara la influencia de la representación de la sexualidad en la construcción de los personajes, y finalmente, la representación de lo sexual como elemento formal del relato.

La mediación de la infancia en el conflicto narrativo

A lo largo de todo el relato es evidente como entran en juego las diferentes concepciones que impregnan en el relato total. Una de las problemáticas puntuales, de las cuales se vale el discurso de la novela como motor narrativo, es el conflicto que sostiene la protagonista entre su inseguridad física respecto a cómo piensa en contraposición a las representaciones sociales que rigen en su entorno, y por lo tanto un rechazo hacia el advenimiento del tiempo concreto, en comparación con los demás grupos sociales que conforman  su realidad cotidiana. Isabel Vasallo, en Géneros, procedimientos, contextos, plasma el pensamiento que Bajtín propuso acerca de las valoraciones estéticas tratadas en cualquier obra artística y su relación con los recursos formales: “La forma de una obra […] es el indicador de cuáles son las evaluaciones que se ponen en escena, que mirada acerca del mundo se privilegia”. Es decir, que entre el abanico de figuras y modelos sociales a los que está expuesta, además de las formas de las representaciones sexuales, el conflicto se asienta sobre la configuración de una escala de valores que comprenden a la concepción de Fernanda, en relación con la representación literaria de un mundo que parece atentar contra ella a nivel moral. Una dinámica desde la no aceptación que comprende tanto a su realidad afectiva como social, y la definen desde el principio hasta el final en el contacto con los demás  grupos sociales. En esa relación de tensión subyace una reflexión sobre la experiencia de cada etapa de la edad, como también el miedo por la aceptación externa al no creerse poseedora de determinadas características, o presa de la frustración al no poder alcanzar ciertos modelos sociales que considera ideales: Fernanda se construye como una mujer adulta, solitaria, fuera de forma física, con problemas alcohólicos y establecida en una profesión que la doblega a la inconformidad de su vida y de sus elecciones pasadas. Características y modelos que a lo largo de la obra se determinan y vacilan dentro de lo entendido como bello, lo inalterable o lo agradable socialmente, en oposición con las preocupaciones como la aceptación de lo efímero del cuerpo, con la fealdad y el deterioro de lo corporal; lo joven contra lo viejo. Todo esto sumergido bajo la  forma de inseguridades superficiales de la protagonista: “Pero me veo vieja y fea y más gorda, con los cachetes más hinchados y caídos que nunca”. Relación conflictiva que implica que, entre la concepción de lo deseable y lo indeseable, haya una relación que se genere entre la belleza y la juventud en términos antinómicos. Esta disputa de tensiones internas con sus valores se ve reforzada y problematizada con la confluencia conflictiva con otras cargas que contienen las representaciones que definen a cada esfera social de la protagonista. En consecuencia, se puede explicar así sus interacciones a través del acercamiento de estas formas sociales, al buscar estar más en contacto, o no, con aquellos rasgos o deseos que considera perdidos o dignos de poseer, según sus parámetros de lo aceptable y de aquello que no lo es.

En lo que confiere a la idea de amistad se construye sin más importancia en torno a Fernanda, su única amiga. A pesar de esto se puede ver la escasa interacción entre ellas. Este funda como el testimonio que asevera las desilusiones de los sueños no alcanzados y de aspiraciones e aspiraciones abandonadas con el paso de los años. Escasas son las apariciones de ella, pero de gran carácter descriptivo, que sirven para adentrar en una temprana presentación del conflicto que atañe a la protagonista, una relación que se despliega por contraste entre la vida aquella única amistad que posee, considerada como exitosa y envidiable, con la inconformidad que mantiene inmersa en las circunstancias mundanas y reiterativas de su rutina. Por lo tanto, su amiga representa aquella  juventud abolida por el paso de un tiempo silencioso, un periodo inalcanzable, además de representar la promesa fallida de un futuro próspero, que nunca llegó. Tal frustración con las circunstancias toma la forma en la búsqueda de una respuesta conciliadora entre lo establecido y su descontento. Necesidad que se conecta directamente con las ideas sobre la infancia y los sueños como estadios salvadores, conceptos que explican satisfactoriamente autores como Walter Benjamín, como según entiende Miguel Vedda en la realidad de la desesperación: “Estas figuraciones infantiles poseen un contenido utópico verdadero que aguarda su desciframiento redentor; son, en otras palabras, imágenes de sueño que aguardan el despertar”. Es por eso que, frente a la frustración por los símbolos y las relaciones culturales que la doblegan en el presente, busca consuelo y redención en la figura ingenua y siempre naciente de la infancia, como método de liberación conceptual y replanteamiento reflexivo. Discute incesante con sus concepciones e imágenes presentes y hay una fuerte tendencia implícita de querer alcanzar esta fase primera, de estadio salvador de aquellas idealizaciones ritualizadas y establecidas. Esta necesidad por la vuelta a la juventud abreva en la forma de sus aproximaciones con los diferentes bloques de su grupo cultural. Dichas interacciones casi siempre son bajo un tono pasivo de apropiamiento y de asimilación para con los rasgos que denotan cierto “aniñamiento” por parte del otro; hay un distingo en la formas de  las acciones y el comportamiento de la protagonista respecto a la interacción con aquellos grupos a los cuales no se vincula de esta manera, con aquellos que sí.

De modo tal, que en el interés afectivo que comparte con Asilana  se sostiene en demasía el sentido en conjunto de la obra, porque es mediante las progresivas interacciones con ella en las cuales se construye una idea concreta de recuperación. En consonancia con el título mismo de la obra, la relación que establece con ella se funda en un sentido de resarcimiento de los deseos y los proyectos suspendidos. Aquella es una posibilidad, más allá de la sexualidad y la emoción, de volver a reflexionar sobre su posición en la vida y otra manera de encarar a los temores de la edad. Esa relación la despierta de sus concepciones previas y le aporta las facilidades necesarias para caer en otro punto de vista sobre las cuestiones subyacentes a la edad y a la muerte. La dinámica de su relación se basa en ese un intercambio, aquello que  ambas necesitan para “reverdecer”: que se traduce desde el lado de Fernanda en la contención afectiva y en un proyecto de vida como el reanudación del deseo materno, y en el caso de Asilana como medida terapéutica para con su pasado trágico. La fruta como la síntesis simbólica de la necesidad de redención y de cierta “depuración” conceptual a través de la búsqueda de la infancia en los diferentes vínculos sociales.

Es en la imagen del fruto de la que se puede rescatar ciertas correspondencias semánticas con este proceder, tal sucede en la definición que nos brinda el  Diccionario de símbolos, de Jean Chevalier: “Símbolo de la abundancia, desbordando del cuerno de la diosa de la fecundidad o de las copas en los banquetes de los dioses. En razón de las semillas que contiene, Guenón lo ha comparado al huevo del mundo. Símbolo de los orígenes”. Entre las connotaciones que se destilan del título, se comparten ciertos sentidos referidos a la juventud y a la ansiada posibilidad de volver a los primeros estadios previos a la madurez. “Reverdecer”, una vuelta hacia lo ingenuo, lo verde, hacia lo que no está curtido y acelerado por el dictamen de las normas culturales y por sus percepciones estéticas. Incluso, esa actitud hacia la regresión, entendida como su tendencia incesante de la búsqueda de una niñez irrecuperable, aparte de las interacciones con los grupos sociales y sus imágenes, se concentra fuertemente en ciertas partes de la obra con el sentido de la maternidad. Como la mención de sus deseos de ser madre y concretar la imagen clásica de una familia. Como punto por agregar, tal sentido de la regresión como salvación, es consistente y se condensa en la figura de Maximiliano, su hijo en pleno proceso de gestación. Es en esta relación que se desarrolla mediante la figura de su bebé, representación estrecha con lo originario y la inocencia, tal como, una vez más, se define en Diccionario de símbolos: “El embrión simboliza la potencialidad, el estado de no manifestación, pero también la suma de las posibilidades del ser […]”. La posibilidad de lo que puede llegar a ser en detrimento a lo que ya es, de alguna manera la vuelta a lo joven sobre lo viejo, siempre se presenta en el vínculo con personajes que presentan tales caracteres de infancia o de inocencia. Mediante esta dimensión logra llegar a reflexiones y a pensamientos por fuera de su percepción habitual y, si bien nunca es demasiado clara la distinción clara de entidades entre ella misma  y la de su hijo, es en consecuencia que en esta ambigüedad se consolida el personaje infantil, en el cual recae el sentido pleno de la infancia, en una aproximación introspectiva en las bases de un juego dialógico con ella misma. esto aún más se pone en duda cuando unas páginas antes de su primera aparición, ya ocurre un momento de inflexión en la manera en que anteriormente se presentaban los pensamientos internos de Fernanda. En aquella ocasión ella comienza una suerte de dialogo interno consigo mismo como respuesta ante lo incontenible de la culpa y de lo inconciliable de la situación “fatal”, la muerte de una planta. La presentación de estos aspectos internos, luego, se repite en forma y estilo de manera imperceptible en los contactos de dialogo con su hijo, hasta mucho continua en escena después de haber perdido el embarazo. Es decir, que hasta en su forma de pensar y sentir intenta reducir y equiparar en la figura de su hijo, Maximilano, para así sentirse a salvo de las formas rígidas e inalcanzables de la madurez y la rigidez de las representaciones sociales de las que se siente prisionera: “El niño me hace feliz. No quiero que nazca, quiero que se quede a vivir dentro mío, para siempre”. Aquí se vierte plenamente el juego en el escape, de esas valoraciones propias y externas que la definen y la conducen de manera conflictiva a lo largo de la obra, y que alcanza cierto grado de contención en la idea de  un nuevo comenzar, posible desde la perspectiva hacia el pasado, hacia lo primigenio.

La figura de lo sexual como procedimiento en la caracterización de los personajes  

Además, de la representación de la infancia, la protagonista se vincula de determinadas formas con los diversos grupos sociales que comprenden su vida personal. Una de esas dimensiones es la sexualidad, objeto de gran peso y de indiscriminada concurrencia en el devenir de la obra que, dentro de ese dispositivo social al que está ligada, se desarrolla desde un rol simple, crudo y elaborado, con la intención de cierta obscenidad contundente. De manera que, no se realiza la omisión de estos acontecimientos sino que se busca desarrollar en todo momento como algo de lo cotidiano, con soltura y como una alternativa de complementación en la aproximación hacia un otro. La imagen del sexo no es solo parte de la temática general de la obra a tratar, sino es que es un aspecto capital del desarrollo de esta misma. El sentido de lo sexual está inscripto en todo momento en el relato, ya sea de manera directa y sin concesiones, como también en sentidos sugerentes y ambiguos. Esta representación de lo sexual constante en este mundo ficticio, sucede de manera detallada y desprovista de un tono imbuido en un sentimentalismo expresivo o en la emoción condescendiente. El concepto del sexo no está atravesado por una suerte de concepción romántica, en el sentido de la emotividad gratuita, ni se desenvuelven bajo un tono de un sentir culposo, sino que esta racionalizada por sus participantes y es un acto efímero, que nace desde el impulso y la necesidad de una expresión física inmediata. Este sentido primario a la vez que ocupa el papel del tema principal de la obra, también le sirve como recurso. Es por eso, que la identidad sexual de cada personaje no se corresponde a las valoraciones o a los juicios morales concernientes a la realidad. La diversidad sexual, en cuanto identidad y el marco de su cosmovisión, no entran en conflicto, es más, existe una armonía y una comprensión que no se discute en ningún momento. Como bien desarrolla María Moreno, en su artículo “La flor de mi secreto”: “En “Durazno reverdeciente”, “en los bordes de sus peripecias sexuales, se intenta, en cambio, un cálculo descarnado sobre el quién es quién en la cultura del futuro”. Para la protagonista, y la mayoría de los personajes, el signo de lo sexual es una clave que los define a nivel de caracterización y motivación ante el mundo, pero es la comprensión vivencial que desarrollen con este lo que generara un vaivén de conflictos. En aquel futuro alternativo, el alcance de cada voluntad sexual solo está limitada por las acciones de cada persona, a saber, que no existen influencias sociales que busquen construir y moldear un sentido moral que funja como aparato moldeador y regularizador sobre estas representaciones sociales, y por esto, que en esta manera apartada de este mundo narrativo de las convenciones de la realidad, para oponerse  se evidencia en la libertad de la naturaleza sexual que se trata en la novela y, más aun, se ve sintetizada en la postura de Fernanda respecto a los demás personajes. En ningún momento la protagonista muestra una desaprobación o rechazo claro por la diversidad de identidades sexuales que comprenden su entorno. Lo que se consideraría poco habitual dentro de nuestra normal cultural, en aquella ficción se vuelve algo normalizado, hasta mundano. Por ejemplo, la fuerte predominancia de la orientación homosexual sobre la heterosexual, personas transexuales, la convergencia sin distinciones valorativas o de prejuicio entre estas identidades sexuales. Al contrario, estas construcciones se cristalizan en la construcción de cada personaje el grado de emancipación de la novela respecto al modelo y a los valores propuestos estandarizados de nuestro mundo real en cuanto a la figuración sexual. Fernanda solo se relaciona en la intimidad con mujeres, en otras palabras, su deseo sexual se limita a ellas. Existe un desapego tácito hacia la figura masculina, a pesar de existir una oscilación latente entre sus orientaciones sexuales, la afinidad o la importancia que se le da al hombre es casi nula dentro de su cosmovisión social. Como agregado, el hombre no se muestra bajo un tono conciliador con la vida de la protagonista: se demuestra que aquellos tienen una relevancia menor en cuanto presencia de personajes, y cuando hacen acto de presencia se construyen siendo parte de una pasado de fracasos emocionales o vueltas a escena que descolocan a la protagonista. El único acercamiento de manera amable a la concepción de la masculinidad es cuando decide entablar un contacto con Juan, aquel chico del bar que era transexual. Aunque no se descarta dentro de la representación de lo sexual construida al hombre, y por ende al aspecto heterosexual de Fernanda, siempre los únicos puntos de encuentro con aquella figura son desde la afinidad hacia lo femenino y el juego de la indeterminación sexual.

Cabe mencionar también que el sentido de todo lo concerniente a lo sexual es revestido por la fuerza semántica que sugiere el titulo desde el vamos. Agregado a los valores de redención y renacimiento, también posee una carga contundente y sumamente carnal. Dicho sentido simbólico, no solo se puede traducir en la naturaleza de las relaciones que experimenta la protagonista, en todas sus formas, sino que además, en varias ocasiones, se juega con la equivalencia de la consumación del deseo sexual y la percepción de lo físico vinculado a las propiedades consideradas eróticas del fruto del durazno, en cuanto a lo similar del color y la experiencia táctil de la piel, y la transgresión de la carne y el néctar dulce del fruto.

La figura de lo sexual como procedimiento formal

Pero no solamente en estas situaciones narrativas ocurre un desbordamiento del contenido sobre la forma. También la sexualidad sirve como recurso que delimita las dinámicas y las respuestas entre la protagonista y los demás personajes. En otras palabras, no solo se considera al acercamiento sexual como una forma de reconciliarse con sus propias inseguridades y de apropiarse de los rasgos deseables en la otra persona, como lo es la juventud o la seguridad de la identidad, sino que va más allá de ser tan solo un elemento que obra sobre la caracterización del personaje. La dimensión sexual también es un factor conclusivo en la mayoría de sus vínculos, como un “cable a tierra”, que mediante el efecto de la culpa o la razón, pasa a ser un recurso que arroja a Fernanda al despertar de esos encantamientos sensoriales. Cada vínculo que se presenta como un interés sexual, que a primera instancia pareciera consolidarse y desarrollarse en implicaciones más profundas que la experiencia momentánea, se disuelve o se desestima una vez transgredidas las fronteras de lo carnal. El sexo, en lugar de ser un catalizador de las pasiones, funge como un espacio en el cual no solo se explora las vicisitudes embelesadoras de lo sensorial sino que luego las corta con el filo de un instancia de reflexión implacable; una transición que puede oscilar desde el deseo del otro hacia una introspección, cuyo efecto pone en contraste los rasgos no deseables de la otra persona: “A la mañana me despierta para ir al colegio con un desayuno en la cama preparado con mucho amor por su empleada doméstica. Domesticada también para ver a su patrona drogarse y acostarse con diferentes mujeres todas las noches”.

Este sentido de lo sexual se condensa en las fantasías y en los encuentros sexuales de la protagonista, cuando el pulso narrativo ya no se sostiene bajo el diálogo, ni tampoco se alude de manera sutil a él, sino que se resuelve de manera clara y sin artificios poéticos, valiéndose cual herramienta de complementación para establecer el efecto de sentido de la escena, la imagen visual que le imprime una tensión vivencial y hasta vertiginosa, en la descripción de la situación sexual. Esto es posible, al darse sin concesiones, en los que se despliegan los detalles y el proceder de manera directa, con el fin de mostrar el rol relevante de estas escenas para el sentido general de la obra y de la psicología de los personajes: “Intento besarla pero ella se resiste. Sigue metiéndome esa carne sintética tan real. Yo no acabo. Ella lo saca y comienza a besarme como la primera vez. Nos enlazamos como dos putas calientes” De esta manera, es que no se omite o se pasa por alto en cada participación de lo sexual la descripción exhaustiva y fiel de la situación, al mismo tiempo que un tono expresivamente cotidiano de los detalles.  

La forma de lo sexual no solo marca el final de un vínculo con alguien, sino que la novela se sirve también de esa dimensión cuales trazos que delinean las instancias narrativas en el arco de evolución del personaje principal. La obra hace uso de la incapacidad de Fernanda del conflicto entre valores nuevamente, al no poder acceder a la comprensión general del sentido de lo sexual de la misma manera que lo hace el entorno con el que convive, o mejor dicho, tiene en cuenta su esta dicotomía de valoraciones y aprovecha la figura de la sexualidad, una de las dimensiones más fuertes de ese mundo narrativo,  para ir modificando y restringiendo los márgenes de este conflicto. De modo que, en un principio se puede notar tal comprensión de los valores e ideas que la atraviesan y la determinan de un modo más relacionado a la “inmadurez”, a la tendencia de una sensibilidad no digerida por la razón y la finalidad práctica del deseo: cada pareja sexual no establece límites entre la pasión fugaz y meramente física con la de una proyección emotiva y de compromiso afectivo, de esta manera, llegando a construir futuros inciertos y afectivos mediante la base del encuentro o el deseo físico. En cada oportunidad de este tipo, se muestra como al trasladar todas sus expectativas en aquella persona, como una suerte de vaciamiento desmedido de sus temores, de sus conflictos irresueltos, se manifiesta cierta inadecuación al no comprender la protagonista los mecanismos externos que prepondera en el sistema cultural. La forma de purgar sus emociones es inmediatamente a través del sexo, sin presentir las consecuencias, busca construir afecto y relaciones sólidas, en lugar de abordar esta mecánica desde un sentido funcional y de contacto efímero. Concepción que comienza a transfigurarse  hasta el momento de hacer acto de presencia Asilana en su vida. Con aquel personaje no se relaciona con los mismos parámetros que con los que se maneja con los demás vínculos de su entorno. El sentido de lo sexual sufre un desplazamiento a partir de ella, porque si bien no se concreta en ningún momento de manera explícita, toma otra forma por fuera de la concepción general con la que propone en ese contexto cultural ficticio. Se desenvuelve bajo el signo del erotismo, hasta de lo maternal inclusive, de un deseo implícito pero que acarrea cuestiones más profundas que el acto genital en sí mismo. Aquella unión particular se materializa por, y mediante, el cabello. Funciona de manera simbólica en tanto un nexo del cuidado afectivo y erótico entre las dos, la extensión de una comunión incomprendida pero distinguible de las demás formas de sexualidad. La manera en que comporta un elemento sexual por un lado y por el otro, un elemento de dedicación inaudita, desde la ternura y la delicadez, cual fuente frágil de los pasados inconciliables y postergados de ambas. Es entonces, que a partir de la interrupción abrupta del desarrollo de esa interacción particular, le es imposibilitada ahondar en esa concepción debido a la ausencia del correcto cuidado de ese nexo material que las entrelazaba a ambas, nuevamente sucede un quiebre en cuanto las consideraciones sexuales de Fernanda. En el final del arco narrativo, es el momento en el cual el pulso sexual se vuelve una práctica desprovista de consideraciones sentimentales o ambiguas. El siguiente pasaje refleja en gran medida esa nueva distancia: “Una vez cuando tenía 27 algo así como 27, quise levantarme a una mujer de 50. No me resulto…ella era culta y mucho más joven que yo ahora. Una gran señora de la clase media”. Aquella idea de la sexualidad, a la que no terminaba de suscribirse por completo en la primera instancia narrativa de la obra,  la adopta finalmente para tomar el signo de la asimilación de una sexualidad comprendida desde la base de lo pragmático sobre aquella, una postura que entiende que se correspondería más a su edad. La importancia del sexo ya no recae en una complementación de la interactividad de las personas y de un mecanismo de apropiación de los atributos físicos de los demás, y ni mucho menos conlleva a un sentido entendido desde el erotismo o del cariño como ocurría con Asilana, sino que esa idea del sexo como mera técnica social y pragmática es el único aspecto que puede ejercer y mantener todavía latente de los vestigios de lo que fue la relativa regularidad de su vida mundana. Una de las pocas cosas que se mantienen perdurables todavía, a pesar de los matices, el único elemento que le es propio y que termina por entender bajo la función de una razón primera y práctica. Elemento que, en la instancia final, la define a salvo de la insanidad o de la confusión del tiempo; la herramienta de la voluntad sexual como fragmento indisoluble de su identidad integra frente a la informalidad de la locura.

Conclusión

A lo largo de este trabajo se ha analizado como la constitución de rasgos y el papel social, en el cual se desenvuelven las personas dentro del entorno social y ficticio de la obra, se fundamenta en una enmarañada trabazón de conflictos y relaciones entre las figuras sociales en contraste con las valoraciones de estas y las propias de la protagonista. Por esta razón podemos concluir que el conflicto narrativo se desarrolla mediante determinados procedimientos formales y temáticos en la obra, en tanto, como concepto liberador y la búsqueda por la figura de la infancia en los diferentes grupos sociales, como también en la figura de la sexualidad ya sea como factor de conclusividad o transición en la evolución de la protagonista en su intento de comprender el mundo, y también en un aspecto constructivo como delimitante en la caracterización y en las acciones de la protagonista y demás personajes.

Estos elementos analizados nos permiten afirmar que es en calor del conflicto social, en términos de diferencia inconciliable entre lo interno y externo, que las personas abrazan o rechazan ciertos esquemas y configuraciones sociales. A efectos productivos de reflexión y deconstrucción se pueden comparar las tensiones tratadas en la literatura de Durazno reverdeciente como reflejo y representaciones semejantes a las que atañe a nuestra realidad social. Una salida mediante una propuesta literaria para ver más allá a la convivencia de valores y consideraciones personales en tonos de confrontación o exclusión mutua, entender cuáles son las verdaderos tejidos, miedos y fortalezas que nos atraviesan a todos como sociedad y como humanos.  

Bibliografía

Chevalier, Jean, Gherrbran, Alaint (1986). Diccionario de los símbolos. Barcelona, Editorial Herder. Traducción y notas de Silvar, Manuel y Arturo Rodríguez.

Moreno, María (2006). “La flor de mi secreto”. Buenos Aires: Página 12.

Rosetti, Dalia (2005). “Durazno reverdeciente” en: Me encantaría que gustes de mí y otros relatos. Buenos Aires, Mansalva.

Vasallo, Isabel (2018). “Narrador”, en: Géneros, procedimientos, contextos. Buenos Aires, Argentina: Ediciones UNGS.

Vedda, Miguel (2011). “Emancipación humana y “felicidad no disciplinada”. Walter Benjamín y la poética del cuento de hadas”, en: La irrealidad de la desesperación. Buenos Aires: Gorla.

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