¡Qué bien! Sabés volar

Dale, no me mires a mí, mirá para adelante. Recordá. Primero un paso y luego el otro. Aunque te cueste, aunque todavía arda. Vamos. Es cosa de cada mañana, de respirar hondo y no pensar. Y así hasta retomar el pulso. La velocidad. Cuando te diste cuenta ya estás caminando otra vez y, con algo más de paciencia, la ligereza del andar es cosa de todos los días. Pero eso sí. Una vez en carrera, no te lleves todo. Si querés una, o dos cosas a lo sumo; las que te den impulso, las que aún te sean livianas. Para despegar por completo es importante que vayas dejando alguna carga atrás. No te preocupes, nada de eso se pierde. Y puede que parezcan cargas huecas, vacías, pero  en esa falta es donde resguarda lo más insostenible del mundo. Dale, che. No es para tanto. Solo es la fatiga de reincorporarse, el pánico de volverse a caer. ¿Ya te olvidaste  de cómo hacerlo?

Ahora, bien. Levántate. Quiero ver ese primer paso.

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Fotografía: Alan Quiroga
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