1. Trenes

     Era un domingo tan soleado. El traqueteo ensordecedor del tren hacía casi imposible cualquier conversación en ese vagón. No muy lejos de la puerta de ascenso se encontraban sentados y divertidos un hombre con dos niños. El nene, de unos cinco años mas o menos, parecía disfrutar con entusiasmo el paisaje y los campos que pasaban más allá de la ventanilla. Miraba con curiosidad esas pequeñas manchas oscuras y blancas entre el dorado pastizal. Cómo esas escenas campestres pasaban fugaces cual proyección de una película: parecían adquirir cierta animación, cuadro por cuadro, cada vez que su imagen se interrumpía con las plantas y con los delgados troncos que cada tanto rozaban de cerca el pellejo metálico del tren. Si alguno de esos animales hubiesen advertido a la distancia esa maquinaria chirriante, que avanzaba a toda velocidad; si tan solo por un segundo hubieran levantado la cabeza sobre el alimento vegetal, seguro habrían notado que sobre esa bestia escandalosa un pequeño rostro se iluminaba en muecas de novedad, al observar todos esos signos desconocidamente maravillosos. Era un domingo tan soleado.

    En frente de él, una pequeña niña dejaba deshacer un helado de agua sobre su mano a la vez que atendía las palabras del que podría ser el papá. Este, con un pañuelo de tela, le limpió las manos y el pegote de las mejillas, manchadas con caramelo y fruta  artificial. La niña le respondió con una sonrisa encantandora. El pañuelo siempre olía a frutillas. Cada tanto, podía verse a un inspector que venia de aquí para allá, a lo largo del pasillo, cortando boletos y parando de vez en cuando a hablar con algún pasajero. Tenía cara de ofuscado, de vida perdida, algo que ver con el peso de ciertas tinieblas latentes que abrevaban en  un gesto estricto en el mirar; hecho  agravado aún más con el porte de un bigote tosco y oscuro. Cuando pasó cerca de ellos, se detuvo fijando su atención en el niño. El muchacho no se había dado cuenta de esa presencia, hasta que la pesada mano de su padre le agitó el hombro. Estaba ensimismado sobre el marco de la ventana, como tomando postura para en cualquier momento comenzar su vuelo y salir revoloteando de esa serpiente mecánica. Cuando se giró hacia el interior del tren, notó tanto en la cara del padre como en la del inspector un tono serio, casi inquisidor. La niña seguía divertida, concentrada en su helado y en el balanceo ritmico de sus piernas. Puede que haya sido que una luz se extinguió en el muchacho, que abandonando su postura de espectador del mundo, se dejaba caer sobre el respaldo del acolchado asiento. Humillado, deshecho. El hombre parecía avergonzado también, pero con una culpa que no era la suya seguramente.  Le dijo algo a esa autoridad circunstancial, le dio los boletos y luego este último continuó su rumbo pasillo atrás. El muchacho siguió con la mirada sobre el piso, al mismo tiempo que escuchaba la voz rígida de aquel que guardase el pañuelo manchado. No volvió a levantar la cabeza por un buen rato. No, hasta que la nena, aburrida de ya no tener un helado entre las manos, se dispuso a hablarle al padre con exceso de gestos y de energía. El tren se hacia escuchar, la nena también: – Quiero otro cuand…CHACTUCHACTUCHAC…¿Falta mucho pa…CHACTUCHACTUCHAC…el abuelo debe estar esper…CHACTUCHACTUCHAC….esta vez uno de crema con choc…CHACTUCHACTUCHAC…ese señor parecía mal…CHACTUCHACTUCHAC… Al padre parecía causarle mucha gracia tal entusiasmo en tan minúsculo cuerpo. Todo parecia ser más de lo normal. Ese domingo era tan soleado.

    Después de un rato, sucedió que el niño volvía animarse al atreverse a mirar de reojo sobre la ventanilla. Para entonces un extenso y brillante lago ocupaba la vista exterior. El cielo parecía que se había duplicado sobre la tierra, en  aquel descuido de humillación reciente. Miró a su familia, para luego darse la vuelta y apenas levantar la cabeza sobre el asiento; se cercioraba de algo en el fondo del pasillo trasero. Después de algunos segundos volvió a lo suyo, apoyándose con los codos sobre el marco de la ventana. Parecía buscar con cierto gusto que el viento le sacudiera la oscura cabellera, o quizás que el aire fresco le inunde el pecho mientras  cerraba los ojos. Padre y niña estaban inmersos en sus juegos, reían a veces y otras señalaban  cosas distribuidas por todo el pasillo y en los pasajeros. En cambio el niño comenzó a señalar cosas pero para sí mismo, aquellas que formaban parte de esa vida de afuera, en todo eso que sucedía tan fugaz e inalcanzable. Parecía ansioso de querer atrapar ese momento, de alcanzar y apretar bien fuerte esa inmensidad seductora entre sus limitados deditos. Lo intentó, vaya a saber uno por que verdaderamente. Y en algún momento casi lo logra, ese paisaje casi era suyo, tan solo había que estirar un poco más el brazo, solo un poco mas… Y entonces un ruido sordo y eterno. Quién pudiera adivinar qué emoción se le avecino primero a la mente, ni bien apenas el latigazo de una sombra lo arranco de su alegría infantil. No recuerdo. Claramente lo siguiente fue dolor, sangre que se deshacía sobre su muñeca y entre sus dedos. El niño parecía confundido y horrorizado, al igual que el padre. Razones había. Con hábil reflejo sacó de su bolsillo el mismo pañuelo para envolverselo en la mano del niño, a la vez que lo regañaba entre compasivo y molesto. La ñiña no decía nada, solo balanceaba los pies. Así, el muchacho pasó lo poco que quedaba del viaje sollozando en silencio. Mirada hacia abajo y escuchando, solo escuchando palabras que ya se habían mencionado. Luego de otro rato, todos quedaron en silencio, hasta el tren mismo había cedido un poco en sus lamentos metálicos. Pero mas allá de la situación evidente, el nene no parecía llorar por el palpitar doliente de una muñeca magullada, sino que cualquier mirada curiosa habria pensado, seguramente, que en ese llanto tímido comenzaban a arder sutiles brotes incontenibles de una impotencia de no poder ser; como si tal vez hubiese comenzado a entender que a veces se paga caro el querer estar equivocado. En un momento, el tren comenzó a aminorar la velocidad, hasta que se detuvo al fin. Ellos bajaron en una vieja estación. Una vez en la plataforma, se comenzó a escuchar de nuevo los mecanismos de la máquina, indicio de que se preparaba para seguir con su camino hacia quién sabe donde. Mientras este los dejaba atrás, por una de las ventanillas, pudo ver que asomaba detrás de un bigote algo siniestro cierta cara de satisfacción que se ceñía solo sobre él. Una mirada que probablemente le haya quedado vibrante hasta el día de hoy, como el eco de una amarga enseñanza. Con los ojos ya secos, el niño también lo miró con un desprecio atroz para alguien tan pequeño. Ambos se miraron idénticos hasta que el vagón se alejó, del mismo modo que los demás vagones que le seguían y al final el mismo tren desapareció en la llanura reverdeciente. Ellos, sin mas, también se marcharon. El padre compró en un almacén dos helados y siguieron, hasta perderse por la calle principal que llevaba hacia el pequeño pueblo. Era un domingo tan soleado que el niño volvía a reír, que aquel pañuelo ya no olía a frutillas.

 

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