¡Qué bien! Sabés volar

Dale, no me mires a mí, mirá para adelante. Recordá. Primero un paso y luego el otro. Aunque te cueste, aunque todavía arda. Vamos. Es cosa de cada mañana, de respirar hondo y no pensar. Y así hasta retomar el pulso. La velocidad. Cuando te diste cuenta ya estás caminando otra vez y, con algo más de paciencia, la ligereza del andar es cosa de todos los días. Pero eso sí. Una vez en carrera, no te lleves todo. Si querés una, o dos cosas a lo sumo; las que te den impulso, las que aún te sean livianas. Para despegar por completo es importante que vayas dejando alguna carga atrás. No te preocupes, nada de eso se pierde. Y puede que parezcan cargas huecas, vacías, pero  en esa falta es donde resguarda lo más insostenible del mundo. Dale, che. No es para tanto. Solo es la fatiga de reincorporarse, el pánico de volverse a caer. ¿Ya te olvidaste  de cómo hacerlo?

Ahora, bien. Levántate. Quiero ver ese primer paso.

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Fotografía: Alan Quiroga
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2. Cuentos

    Algo lo despertó. El silencio era tal en la casa, que solamente se podía escuchar los roces de las sábanas por todas las vueltas que daba sobre si mismo. Con los párpados pesados, se sentó por un largo rato en la oscuridad. Seguramente pensó que la lucha por volver a recuperar el sueño era en vano a esas alturas, porque de repente la luz encandiló toda la habitación. Abrió de par en par las ventanas. Necesitaba un poco de aire helado a lo mejor. Pero la noche no hacia más que ofrecer la humedad de un verano impiadoso. Se puso una remera cualquiera y con mucha convicción parecía estar buscando algo en la mesita de luz. Entre cartas, papeles, telegramas viejos, promesas, invitaciones, dibujos, fotos, apuntes. Recuerdos. Repasó y repasó aquel cajón. Luego, con la misma tenacidad, el escritorio. Nada. Quedaba un gran ropero pero seguro que haría mucho ruido hurgando entre las cajas de cartón y la ropa. Habrá recordado que hacia días que estaba solo en esa casa, porque en seguida se dispuso a trepar sobre los cubículos superiores de aquel. Después de algunos minutos y de polvo, se encontraba de nuevo sentado en la cama. Parecía estar pensando o tal vez empezando a despertarse del todo. Fue a la cocina y abrió la heladera. Se quedó un par de minutos mirando en el interior hasta que agarró una botella con agua fría, cual bebió hasta la mitad sin inmutarse. Después sacó de una campera, que colgaba en la pared, un cajetilla con cigarros delgados y finos. Marca que probablemente no fumaria un hombre. Y salió afuera para toparse con un cielo amenazantemente rosa. La promesa tan esperada de una lluvia. Todavia algo entredormido, sonrió ante la noticia. Se calzó lo primero que encontró y tomó las llaves, para luego adentrarse en la calle solitaria. Era tan tarde que ni los perros salían a ladrarle, que solamente él y la noche parecían advertir ese chasquido que nacían de sus ojotas y se retumbaba por los casas y las construcciones de todo el barrio. Así recorrió un par de vueltas a la cuadra, entre cigarro y pensamiento. Vuelta y vuelta hasta que en un momento, paró en seco a mitad de la calle. Algo había recuperado. Con el doble de prisa regresó a la casa, tiró las llaves en la mesa y apuntó hacia una pequeña biblioteca. No le costó mucho encontrar lo que buscaba. Un libro no muy grueso ni muy viejo; tenia el lomo algo castigado, y la contratapa pegada con cinta. Cuando lo abrió, dejó caer su nariz sobre la fragancia de esas páginas casi amarillentas. Parecía más despierto. Recorrió algunas páginas con una rapidez cuidada, hasta llegar a un hoja suelta y blanquecina que marcaba el límite entre dos capítulos. Los ojos se le perfilaron en un gesto de determinación, o de dolor quizás. Sin mirar el libro lo dejo de lado sobre una mesa, y se sentó contra una pared a leer las palabras de aquella hoja mal doblada. Lo leyó con un extraño cuidado, marcando con sus labios silenciosos aquellas oraciones en su memoria; como si aquella fuese la última oportunidad de recuperar aquellas letras. Cuando aparentaba haber terminado, dobló otra vez aquella hoja y se la quedo mirando un rato más aún. Algo habrá pasado en esa mirada vacilante porque como poseído se levantó con algo parecido a la fuerza y acto seguido, se dirigía a la bacha de la cocina. Se aseguró que no estuviera húmeda la superficie metálica y, una vez esto, dejo reposar allí aquel papel. Era una época donde siempre tenia el encendedor en algún bolsillo, así que hizo uso de él sin tener que buscarlo. Esa historia estaba tan seca, tan llena de espinas que no le costó demasiado arder una vez que, desde una punta, una llama la desgarraba para siempre en cenizas. O eso creyó aquella vez. Se quedo contemplando los restos de aquellas memorias, pero algo parecía no convencerlo. Abrió la llave de la canilla y las cenizas se fueron por la rendija hacia un falso olvido. Antes de volver a la cama, salió una vez más afuera para intentar vislumbrar una vez más la sanadora noche. Habia amanecido hace rato, solo que el sol no se veía. Las nubes seguían allí.

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Pensamientos al azar

Antes no me gustaba escribir. Siempre me pareció algo relacionado al pasado, algo particular de gente intelectual. Pero de alguna manera las cosas siempre quisieron salir. Antes, cuando había algún pensamiento que inquietaba por de más, solía hacer grabaciones de esas reflexiones perdidas. Lo único que descubrí con todo eso fue que no me gusta mi voz; y tampoco me gusta agregarme en ese reduccionismo barato de dividir a la gente en dos categorías únicamente, pero creo que el mundo tranquilamente se podría dividir en aquellos que después de mandar un audio lo tienen que escuchar y aquellos que mandan un audio y se olvidan. No sé, ahí va un tema de tesis gratis para algún filósofo o algún estudioso de la comunicación. Sin embargo, ahora estoy rodeado de gente que no hace otra de escribir. No sé bien como me hace sentir eso. Es agradable la idea de no sentirse un bicho raro; no cuando uno busca no serlo agrede. Pero, no hablo solamente de los compañeros de universidad en general, que seguramente la mayoría lo hará por una cuestión de obligación o necesidad forzosa, sino en particular de mis compañeros de literatura. Parece ser que realmente les gusta o eso demuestran algunos signos sutiles en ellos. Casi siempre, suelo llegar un rato antes a clases, y ahí soy testigo de como lentamente el salón se va llenando de compañeros, y como a medida que se asientan y se acomodan, la mayoría saca su libreta personal o un cuaderno de notas personalizado con colores demás tonterías de la mochila o de algún bolso. Me gusta ese entorno, pero sin embargo me sigo sintiendo un un eslabón aparte entre ellos, un ignorante entre tanta cultura literaria. Además hablan con tanta autoridad de libros que siempre quise leer y de otros que en mi puta vida escuche hablar pero que resultan interesantes. No me aflijo, me da fuerza esa sensación de falta. Estoy aprendiendo mucho puedo decir, y lo más importante siento las ganas de hacerlo. La estoy sobrellevando bastante bien a las materias. En otra distinta, estamos viendo Bajtin, un teórico muy relevante de la literatura del siglo XX. El profesor lo ama. A veces imagino que hasta puede llegar a tener un tatuaje de él, de tanta fascinación que le tiene; algo así como un Bajtin en toda la espalda grabado, abriéndose paso con las manos a través de la piel, como queriendo salir. Media fuerte la imagen. Pero sí, tiene algo de razón. Fue importante en lo suyo ese ruso. El tipo hablaba de que cada actividad social de un grupo de personas tiene su propias maneras de expresarse mediante el lenguaje y que estas se distinguen mediante rasgos específicos, “los géneros discursivos propios a cada esfera de la actividad humana”. Algo así, tendría que revisar los apuntes. Lo que quiero decir es que estos géneros mueren o se resignifican cuando esa actividad a la que están ligadas desaparecen o caen en desuso. Puso de ejemplo a la vieja tendencia del blog: que en una época era una forma muy frecuente, y extendida socialmente, de expresarse, y, que con la venida de todas las redes sociales, quedó demasiado obsoleta esta clase de plataforma social. Y para rematar, siguió con: “¿Hoy en día, ustedes conocen alguien que muera de ansias por llegar a su casa y subir una entrada en un blog?”. Me reí como un estúpido, y creo que se dio cuenta. Y más allá de la anécdota tiene toda la razón; no hay punto de comparación en cuanto ventajas respecto a las demás redes. Pero creo que hay que ver las razones por las que uno todavía decide seguir acá. No creo que sea por una cuestión de aislamiento virtual, porque de alguna manera uno siempre esta mirando del otro lado, además si quisiera podría cerrar la indexión de este sitio con Internet, pero para soltar palabras en privado tengo un par de libretas en la mesita de luz. Tampoco creo que sea una tema de regodearse en la soberbia de buscar de distinguirse de la masa, de no transitar por las mismas vías que los demás. El tonto orgullo de ser unos pocos. Por lo menos no sigo escribiendo mis cosas por esos motivos. Creo, en mi caso por lo menos, que es una cuestión de rutina. Pero de rutina linda, de rituales que nutren. Ahora mismo estoy escuchando una canción que me agarro de improviso…”Still corners- The trip” me dice la pestaña del navegador, y ademas con una taza de café y algo de canela al lado del monitor; aunque a veces una cerveza también viene bien. Y tan solo esperando a que termine de morir el día al final de estas palabras. Y debería estar durmiendo, hace tiempo que no puedo descansar lo necesario, pero sin embargo si me voy ahora, si cierro los ojos para abrirlos al rato y despertar con la noticia de otra mañana, algo falta… o algo me sobra mejor dicho. Tal vez al principio me resultaba algo forzoso sentarme y escribir, aun sin saber muy bien el por que, pero ahora me resultan casi vitales estos momentos,  de dejar sujetas las palabras que me andaban revoloteando en la vuelta a casa y que casi se me escapan por la ventanilla del colectivo. Tal vez es lo único que me permito sin culpa. Hasta dormir me da culpa con tantas cosas que hacer…o que debería hacer. Pero no se, supongo que era lo que quería, estar algo ocupado como antes. De alguna manera funciona, de repente era julio y ahora ya estamos por descorchar una sidra nuevamente. Pero todo eso es una ilusión consciente, solamente se amontonan estrechos de calendario cuando me pongo a reflexionar sobre aquel el cumulo de días que pasan, porque el transcurso de cada día se despliega pausado y firme. El tiempo, si es que se puede pensar algo parecido, siempre va a ser algo con lo que me termine peleando por incomprensión. O tal vez solo termino peleando conmigo mismo. A pesar de que las cosas parecen ir con prisa, me estoy tomando mi tiempo para respirar de vez en cuando. Entre todas las cosas que estoy haciendo mal, puedo rescatar esa como una pequeña medallita de aprendizaje. Pero quien puede estar seguro de que termine aprendiendo algo después de todo. Confundo aprender con repetir algunas costumbres, como no volver tocar el horno si esta prendido o no clavarse un cuchillo en la pierna porque puede doler. Soy más de las situaciones extremas, como la segunda. Siempre hace falta algo más para reaccionar, aunque siempre quede resonando las preguntas y las dudas. Hace tiempo que no hablo con una verdadera amistad, y tengo miedo de ya no necesitarlos. De ya no prescindir de algún consejo que, al fin de cuentas, no terminaría siguiendo. Será que no quiero verlos, siempre me dan el lugar para desparramar las toneladas de porquería que llevo encima. Y es que mi vergüenza y yo nos pusimos de acuerdo y nos cansamos de dar lástima en plan de victima moribunda; sentía esa mirada sobre mí de parte de ellos, la inaguantable compasión. Igual ahora seria una linda noche para compartir una cerveza, en ese bar estilo boutique del que tanto hablan. Y conversar esta vez de cosas más mundanas o tremendas, exentas de tormentas y de cruces intimas, de dejármelas para mí y para mi almohada. Pero hoy no, aunque me gustaría. Mañana debería ir al hospital bien temprano. Una amiga de mi hermana necesita dadores de sangre, y bueno…a ver si toman la mía por buena…No sonó muy bien eso, las desventajas de escribir mientras se improvisa. En fin, estoy reconsiderando el sacrificio de un par de horas más de sueño mediocre por una buena causa. No me puedo resignar con mi hermana. Ayer hablamos: son pocos los momentos en el año en los que nos quedamos por horas gastandole la batería al celular. Una de las pocas personas con las que puedo hablar de tonterías por tanto tiempo, o de cualquier otra cosa. La distancia es una cagada cuando es verdadera. Voy a ver si puedo hacerme una escapada en estos días, pues siempre viene ella. Bueno, por hoy es suficiente. Siempre quedan cosas por decir pero el sueño y Piazolla me atacan implacables. Quizás esa sea la razón última y superadora por la cual siempre vuelvo a escribir en este pedazo tan propio y olvidado de papel digital. Siempre quedan cosas por decir…

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Dibujo: Lucas Capua

 

Acerca de la metáfora

  En el siguiente texto realizaremos una comparación entre las diferentes perspectivas sobre la metáfora ¹ de Aristóteles respecto a la de Lakoff y Johnson. Aristóteles fue un filósofo de la Antigua Grecia (siglo IV a. C), cuyas obras destacadas son La poética y El arte de la Retórica, las cuales nos basaremos. Por otra parte, George Lakoff, un lingüista, y Mark Johnson, filósofo, ambos estadounidenses (siglo XX), autores de obras como Metáforas de la vida cotidiana, material del cual también nos valdremos para la explicación de sus conceptos.

 Para comenzar, Aristóteles aborda a la metáfora desde una perspectiva retórica, disciplina que comprende a las dimensiones del lenguaje y del discurso. El filósofo griego define a la metáfora como “el traslado del nombre de una cosa a otra cosa”, o en otras palabras, es el reemplazo del término de un elemento por el de otro en el cual se establece una relación de similitud.

  Por otro lado, para Lakoff y Johnson, inscriptos dentro de la perspectiva cognitivista, ciencia que se centra en el estudio de la mente humana y de su funcionamiento, la metáfora se define en “entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra”, esto implica que no solo se limitan a un abordaje lingüístico de ella, sino que también se la puede considerar en relación con el pensamiento y con la acción de las personas.

  Dentro del campo de la retórica, la metáfora es utilizada como un recurso frecuente en disciplinas del lenguaje, cuyas funciones principales recaen en la persuasión, como una forma de adecuar el discurso para lograr convencer a un auditorio, o también se puede dar con fines estéticos.

 Sin embargo, Lakoff y Johnson establecen que la metáfora actúa de manera estructurante en el sistema conceptual de las personas, es decir en los conceptos que rigen a nuestro pensamiento. Por eso plantean que nuestro “sistema conceptual” es de uso metafórico porque esta determina en gran parte la manera en la que percibimos, pensamos y actuamos en la vida cotidiana.

 En contraposición para los estadounidenses, Aristóteles propone que su empleo es relevante tanto en el discurso argumentativo como en la poesía, teniendo en cuenta solamente las formas del plano lingüístico de la metáfora.

  En cambio para los cognitivistas, si bien el uso de la metáfora se manifiesta mediante el lenguaje, este último no hace más que servir como “evidencia” del funcionamiento del mismo sistema conceptual que también usamos para pensar y para actuar. En otros términos, se extiende más allá de las dimensiones del lenguaje para dar cuenta de la forma en la que rige nuestro pensar, y en consecuencia nuestro comportamiento. En sus propias palabras “…impregna la vida, no solamente el lenguaje sino también el pensamiento y la acción”.

  A modo de ilustración veremos como entran en juego ambas posturas en el siguiente ejemplo, que se ha tomado de un texto escrito por María del Rosario Enríquez y Fernando D. de Rossi, ambos docentes universitarios. En ese texto plantean los conflictos y las dificultades a las que se enfrenta la educación argentina:

“En lugar de esto parecen que son peldaños de una escalera que no permiten subir, sino bajar cada vez más”.

  En el ejemplo, si tomamos a la metáfora como la entiende Aristóteles, podemos ver que antes del comienzo de la misma, que empieza desde “peldaños de una escalera” en adelante, ya se nos indica ese traslado con la expresión “en lugar de esto”, dándonos a entender de manera clara que “peldaños de una escalera”, el nombre de una cosa, efectivamente se encuentra en lugar de otra cosa, en este caso mencionada una línea antes en el párrafo original, que podría ser una “administración educativa” o si se quiere también una “organización educativa”.

 Por otro lado, si analizamos a esta metáfora desde la perspectiva cognitivista que adoptan Lakoff y Johnson, se la puede considerar como a una evidencia lingüística de ese uso metafórico y en la manera que este estructura sus sistemas conceptuales, es decir que mediante esta expresión lingüística nos permite acercarnos a la manera en la que los autores entienden y experimentan a esta organización educativa mediante una pensar metafórico en términos de progreso y de retroceso. La idea de una escalera que en sentido ascendente en términos de lo bueno y la idea de un sentido descendente en términos de lo malo, de lo que se debe evitar por parte de la administración educativa.

 Hasta aquí hemos desarrollado la comparación entre los conceptos sobre la metáfora entre las diferentes concepciones respecto la Retórica de Aristóteles y con el cognitivismo de Lakoff y de Johnson.

¹ La metáfora es un fenómeno cuyo estudio se extiende a diversas disciplinas lingüísticas, sociales y semiológicas. Cartaphilus, poeta y filósofo argentino, nos la define en uno de sus pasajes más célebres, extraído del artículo “Las caras de la metáfora”: “La amante de los poetas. El Fénix de los mediocres. Las alas de los cobardes. El algodón de los recalcitrantes. El agua del escritor. La prostituta de los melosos. La fresa de los elocuentes. La estrella de los vulgares. La confesión de los que callan. La espada de los que seducen. La pluma del bromista. La maestra del idiota. El fantasma de los ignorantes. El eco de los sufridos. La mentira de los realistas. La verdad de los soñadores. El juguete de los versados. El carrusel de los impacientes. La muleta de los confinados. El orgasmo de los moderados. El oxígeno de los inconformistas. La caricia del tosco. El beso del inconfesable. Aquello que no es y es al mismo tiempo. Sentidos sobre sentidos, significados dentro de significados, palabras con caretas o caretas con palabras.  Las piedras o las alas del lenguaje mismo. Lo sublime y divino de los que acaec…«Atención. Sí, vos. Vos, si  llegaste hasta acá, sos justo la clase de persona a la  que quiero rescatar. Una que es tenaz, persistente, que va más allá de los hilos, a la que va dirigida esta advertencia. O tal vez, una con tiempo por de más como para leer un pie de nota ridículamente extenso. No, perdón. No te vayas todavía. Mucho menos me denuncies con los administradores de la página. Seguí un poco más. Si ya terminaste de tragarte toda esta avalancha de pedantería lírica de antes, por favor toma conciencia. Tenemos que limpiarnos de esta mala costumbre en la lengua. La metáfora es un retroceso en el devenir de formas comunicativas. Por esto mismo, dicen que algún día el lenguaje sera la perdición de la humanidad, lo que se entiende por realidad se nos perderá en un laberinto semántico, las intenciones y el acontecer de la vida, confundidas las pobres, se quedaran inmóviles entre los puentes de lo literal y lo semejante. Las personas hablaran de miles de cosas para referirse a una sola, y pronunciaran solo una cosa para representar miles de signos. Y entonces ya no habrá autores que pretendan hablar sobre eso que nos llevo a la confusión sensorial de los días y de las noches, ya no habrá nadie que sostenga manejarse entre lo directo y lo indirecto; la verdad y lo falso serán lo mismo, los dos planos de la misma página. Dicen por ahí, que de esa manera ya no podremos escapar a la ambigüedad comunicativa, el mundo, las intenciones serán un caos de símbolos e interpretaciones… ya dejaremos de escribir del modo en que lo estoy haciendo justo ahora, porque sera la única forma de apelar al otro, de ya no poder dejar de utilizar aquello sobre lo que busco concientizar, de seguir cavando para escapar, de rascarme con el filo de este cuchillo para aliviar la comezón, de tomar más ven….¡¡¡AHHHHH!!! ¡¡¡NO SE PUEDE!!! Esta bien…alguna forma habrá…En fin, respecto a la metáfora…cuidado». Numerosos autores la consolidaron como un interesante objeto de estudio, hasta llegó a transgredir en los planos de discusión concernientes de la filosofía, bebiendo de las doctrinas existencialistas y deterministas. Hoy en día forma gran pilar de la dinámica social y del lenguaje, hasta tal punto que no se puede concebir interacciones en el habla que no sean más allá de esta herramienta discursiva”.

1. Trenes

     Era un domingo tan soleado. El traqueteo ensordecedor del tren hacía casi imposible cualquier conversación en ese vagón. No muy lejos de la puerta de ascenso se encontraban sentados y divertidos un hombre con dos niños. El nene, de unos cinco años mas o menos, parecía disfrutar con entusiasmo el paisaje y los campos que pasaban más allá de la ventanilla. Miraba con curiosidad esas pequeñas manchas oscuras y blancas entre el dorado pastizal. Cómo esas escenas campestres pasaban fugaces cual proyección de una película: parecían adquirir cierta animación, cuadro por cuadro, cada vez que su imagen se interrumpía con las plantas y con los delgados troncos que cada tanto rozaban de cerca el pellejo metálico del tren. Si alguno de esos animales hubiesen advertido a la distancia esa maquinaria chirriante, que avanzaba a toda velocidad; si tan solo por un segundo hubieran levantado la cabeza sobre el alimento vegetal, seguro habrían notado que sobre esa bestia escandalosa un pequeño rostro se iluminaba en muecas de novedad, al observar todos esos signos desconocidamente maravillosos. Era un domingo tan soleado.

    En frente de él, una pequeña niña dejaba deshacer un helado de agua sobre su mano a la vez que atendía las palabras del que podría ser el papá. Este, con un pañuelo de tela, le limpió las manos y el pegote de las mejillas, manchadas con caramelo y fruta  artificial. La niña le respondió con una sonrisa encantandora. El pañuelo siempre olía a frutillas. Cada tanto, podía verse a un inspector que venia de aquí para allá, a lo largo del pasillo, cortando boletos y parando de vez en cuando a hablar con algún pasajero. Tenía cara de ofuscado, de vida perdida, algo que ver con el peso de ciertas tinieblas latentes que abrevaban en  un gesto estricto en el mirar; hecho  agravado aún más con el porte de un bigote tosco y oscuro. Cuando pasó cerca de ellos, se detuvo fijando su atención en el niño. El muchacho no se había dado cuenta de esa presencia, hasta que la pesada mano de su padre le agitó el hombro. Estaba ensimismado sobre el marco de la ventana, como tomando postura para en cualquier momento comenzar su vuelo y salir revoloteando de esa serpiente mecánica. Cuando se giró hacia el interior del tren, notó tanto en la cara del padre como en la del inspector un tono serio, casi inquisidor. La niña seguía divertida, concentrada en su helado y en el balanceo ritmico de sus piernas. Puede que haya sido que una luz se extinguió en el muchacho, que abandonando su postura de espectador del mundo, se dejaba caer sobre el respaldo del acolchado asiento. Humillado, deshecho. El hombre parecía avergonzado también, pero con una culpa que no era la suya seguramente.  Le dijo algo a esa autoridad circunstancial, le dio los boletos y luego este último continuó su rumbo pasillo atrás. El muchacho siguió con la mirada sobre el piso, al mismo tiempo que escuchaba la voz rígida de aquel que guardase el pañuelo manchado. No volvió a levantar la cabeza por un buen rato. No, hasta que la nena, aburrida de ya no tener un helado entre las manos, se dispuso a hablarle al padre con exceso de gestos y de energía. El tren se hacia escuchar, la nena también: – Quiero otro cuand…CHACTUCHACTUCHAC…¿Falta mucho pa…CHACTUCHACTUCHAC…el abuelo debe estar esper…CHACTUCHACTUCHAC….esta vez uno de crema con choc…CHACTUCHACTUCHAC…ese señor parecía mal…CHACTUCHACTUCHAC… Al padre parecía causarle mucha gracia tal entusiasmo en tan minúsculo cuerpo. Todo parecia ser más de lo normal. Ese domingo era tan soleado.

    Después de un rato, sucedió que el niño volvía animarse al atreverse a mirar de reojo sobre la ventanilla. Para entonces un extenso y brillante lago ocupaba la vista exterior. El cielo parecía que se había duplicado sobre la tierra, en  aquel descuido de humillación reciente. Miró a su familia, para luego darse la vuelta y apenas levantar la cabeza sobre el asiento; se cercioraba de algo en el fondo del pasillo trasero. Después de algunos segundos volvió a lo suyo, apoyándose con los codos sobre el marco de la ventana. Parecía buscar con cierto gusto que el viento le sacudiera la oscura cabellera, o quizás que el aire fresco le inunde el pecho mientras  cerraba los ojos. Padre y niña estaban inmersos en sus juegos, reían a veces y otras señalaban  cosas distribuidas por todo el pasillo y en los pasajeros. En cambio el niño comenzó a señalar cosas pero para sí mismo, aquellas que formaban parte de esa vida de afuera, en todo eso que sucedía tan fugaz e inalcanzable. Parecía ansioso de querer atrapar ese momento, de alcanzar y apretar bien fuerte esa inmensidad seductora entre sus limitados deditos. Lo intentó, vaya a saber uno por que verdaderamente. Y en algún momento casi lo logra, ese paisaje casi era suyo, tan solo había que estirar un poco más el brazo, solo un poco mas… Y entonces un ruido sordo y eterno. Quién pudiera adivinar qué emoción se le avecino primero a la mente, ni bien apenas el latigazo de una sombra lo arranco de su alegría infantil. No recuerdo. Claramente lo siguiente fue dolor, sangre que se deshacía sobre su muñeca y entre sus dedos. El niño parecía confundido y horrorizado, al igual que el padre. Razones había. Con hábil reflejo sacó de su bolsillo el mismo pañuelo para envolverselo en la mano del niño, a la vez que lo regañaba entre compasivo y molesto. La ñiña no decía nada, solo balanceaba los pies. Así, el muchacho pasó lo poco que quedaba del viaje sollozando en silencio. Mirada hacia abajo y escuchando, solo escuchando palabras que ya se habían mencionado. Luego de otro rato, todos quedaron en silencio, hasta el tren mismo había cedido un poco en sus lamentos metálicos. Pero mas allá de la situación evidente, el nene no parecía llorar por el palpitar doliente de una muñeca magullada, sino que cualquier mirada curiosa habria pensado, seguramente, que en ese llanto tímido comenzaban a arder sutiles brotes incontenibles de una impotencia de no poder ser; como si tal vez hubiese comenzado a entender que a veces se paga caro el querer estar equivocado. En un momento, el tren comenzó a aminorar la velocidad, hasta que se detuvo al fin. Ellos bajaron en una vieja estación. Una vez en la plataforma, se comenzó a escuchar de nuevo los mecanismos de la máquina, indicio de que se preparaba para seguir con su camino hacia quién sabe donde. Mientras este los dejaba atrás, por una de las ventanillas, pudo ver que asomaba detrás de un bigote algo siniestro cierta cara de satisfacción que se ceñía solo sobre él. Una mirada que probablemente le haya quedado vibrante hasta el día de hoy, como el eco de una amarga enseñanza. Con los ojos ya secos, el niño también lo miró con un desprecio atroz para alguien tan pequeño. Ambos se miraron idénticos hasta que el vagón se alejó, del mismo modo que los demás vagones que le seguían y al final el mismo tren desapareció en la llanura reverdeciente. Ellos, sin mas, también se marcharon. El padre compró en un almacén dos helados y siguieron, hasta perderse por la calle principal que llevaba hacia el pequeño pueblo. Era un domingo tan soleado que el niño volvía a reír, que aquel pañuelo ya no olía a frutillas.

 

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