¡Qué bien! Sabés volar

Dale, no me mires a mí, mirá para adelante. Recordá. Primero un paso y luego el otro. Aunque te cueste, aunque todavía arda. Vamos. Es cosa de cada mañana, de respirar hondo y no pensar. Y así hasta retomar el pulso. La velocidad. Cuando te diste cuenta ya estás caminando otra vez y, con algo más de paciencia, la ligereza del andar es cosa de todos los días. Pero eso sí. Una vez en carrera, no te lleves todo. Si querés una, o dos cosas a lo sumo; las que te den impulso, las que aún te sean livianas. Para despegar por completo es importante que vayas dejando alguna carga atrás. No te preocupes, nada de eso se pierde. Y puede que parezcan cargas huecas, vacías, pero  en esa falta es donde resguarda lo más insostenible del mundo. Dale, che. No es para tanto. Solo es la fatiga de reincorporarse, el pánico de volverse a caer. ¿Ya te olvidaste  de cómo hacerlo?

Ahora, bien. Levántate. Quiero ver ese primer paso.

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Fotografía: Alan Quiroga
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2. Cuentos

    Algo lo despertó. El silencio era tal en la casa, que solamente se podía escuchar los roces de las sábanas por todas las vueltas que daba sobre si mismo. Con los párpados pesados, se sentó por un largo rato en la oscuridad. Seguramente pensó que la lucha por volver a recuperar el sueño era en vano a esas alturas, porque de repente la luz encandiló toda la habitación. Abrió de par en par las ventanas. Necesitaba un poco de aire helado a lo mejor. Pero la noche no hacia más que ofrecer la humedad de un verano impiadoso. Se puso una remera cualquiera y con mucha convicción parecía estar buscando algo en la mesita de luz. Entre cartas, papeles, telegramas viejos, promesas, invitaciones, dibujos, fotos, apuntes. Recuerdos. Repasó y repasó aquel cajón. Luego, con la misma tenacidad, el escritorio. Nada. Quedaba un gran ropero pero seguro que haría mucho ruido hurgando entre las cajas de cartón y la ropa. Habrá recordado que hacia días que estaba solo en esa casa, porque en seguida se dispuso a trepar sobre los cubículos superiores de aquel. Después de algunos minutos y de polvo, se encontraba de nuevo sentado en la cama. Parecía estar pensando o tal vez empezando a despertarse del todo. Fue a la cocina y abrió la heladera. Se quedó un par de minutos mirando en el interior hasta que agarró una botella con agua fría, cual bebió hasta la mitad sin inmutarse. Después sacó de una campera, que colgaba en la pared, un cajetilla con cigarros delgados y finos. Marca que probablemente no fumaria un hombre. Y salió afuera para toparse con un cielo amenazantemente rosa. La promesa tan esperada de una lluvia. Todavia algo entredormido, sonrió ante la noticia. Se calzó lo primero que encontró y tomó las llaves, para luego adentrarse en la calle solitaria. Era tan tarde que ni los perros salían a ladrarle, que solamente él y la noche parecían advertir ese chasquido que nacían de sus ojotas y se retumbaba por los casas y las construcciones de todo el barrio. Así recorrió un par de vueltas a la cuadra, entre cigarro y pensamiento. Vuelta y vuelta hasta que en un momento, paró en seco a mitad de la calle. Algo había recuperado. Con el doble de prisa regresó a la casa, tiró las llaves en la mesa y apuntó hacia una pequeña biblioteca. No le costó mucho encontrar lo que buscaba. Un libro no muy grueso ni muy viejo; tenia el lomo algo castigado, y la contratapa pegada con cinta. Cuando lo abrió, dejó caer su nariz sobre la fragancia de esas páginas casi amarillentas. Parecía más despierto. Recorrió algunas páginas con una rapidez cuidada, hasta llegar a un hoja suelta y blanquecina que marcaba el límite entre dos capítulos. Los ojos se le perfilaron en un gesto de determinación, o de dolor quizás. Sin mirar el libro lo dejo de lado sobre una mesa, y se sentó contra una pared a leer las palabras de aquella hoja mal doblada. Lo leyó con un extraño cuidado, marcando con sus labios silenciosos aquellas oraciones en su memoria; como si aquella fuese la última oportunidad de recuperar aquellas letras. Cuando aparentaba haber terminado, dobló otra vez aquella hoja y se la quedo mirando un rato más aún. Algo habrá pasado en esa mirada vacilante porque como poseído se levantó con algo parecido a la fuerza y acto seguido, se dirigía a la bacha de la cocina. Se aseguró que no estuviera húmeda la superficie metálica y, una vez esto, dejo reposar allí aquel papel. Era una época donde siempre tenia el encendedor en algún bolsillo, así que hizo uso de él sin tener que buscarlo. Esa historia estaba tan seca, tan llena de espinas que no le costó demasiado arder una vez que, desde una punta, una llama la desgarraba para siempre en cenizas. O eso creyó aquella vez. Se quedo contemplando los restos de aquellas memorias, pero algo parecía no convencerlo. Abrió la llave de la canilla y las cenizas se fueron por la rendija hacia un falso olvido. Antes de volver a la cama, salió una vez más afuera para intentar vislumbrar una vez más la sanadora noche. Habia amanecido hace rato, solo que el sol no se veía. Las nubes seguían allí.

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Pensamientos al azar

Antes no me gustaba escribir. Siempre me pareció algo relacionado al pasado, algo particular de gente intelectual. Pero de alguna manera las cosas siempre quisieron salir. Antes, cuando había algún pensamiento que inquietaba por de más, solía hacer grabaciones de esas reflexiones perdidas. Lo único que descubrí con todo eso fue que no me gusta mi voz; y tampoco me gusta agregarme en ese reduccionismo barato de dividir a la gente en dos categorías únicamente, pero creo que el mundo tranquilamente se podría dividir en aquellos que después de mandar un audio lo tienen que escuchar y aquellos que mandan un audio y se olvidan. No sé, ahí va un tema de tesis gratis para algún filósofo o algún estudioso de la comunicación. Sin embargo, ahora estoy rodeado de gente que no hace otra de escribir. No sé bien como me hace sentir eso. Es agradable la idea de no sentirse un bicho raro; no cuando uno busca no serlo agrede. Pero, no hablo solamente de los compañeros de universidad en general, que seguramente la mayoría lo hará por una cuestión de obligación o necesidad forzosa, sino en particular de mis compañeros de literatura. Parece ser que realmente les gusta o eso demuestran algunos signos sutiles en ellos. Casi siempre, suelo llegar un rato antes a clases, y ahí soy testigo de como lentamente el salón se va llenando de compañeros, y como a medida que se asientan y se acomodan, la mayoría saca su libreta personal o un cuaderno de notas personalizado con colores demás tonterías de la mochila o de algún bolso. Me gusta ese entorno, pero sin embargo me sigo sintiendo un un eslabón aparte entre ellos, un ignorante entre tanta cultura literaria. Además hablan con tanta autoridad de libros que siempre quise leer y de otros que en mi puta vida escuche hablar pero que resultan interesantes. No me aflijo, me da fuerza esa sensación de falta. Estoy aprendiendo mucho puedo decir, y lo más importante siento las ganas de hacerlo. La estoy sobrellevando bastante bien a las materias. En otra distinta, estamos viendo Bajtin, un teórico muy relevante de la literatura del siglo XX. El profesor lo ama. A veces imagino que hasta puede llegar a tener un tatuaje de él, de tanta fascinación que le tiene; algo así como un Bajtin en toda la espalda grabado, abriéndose paso con las manos a través de la piel, como queriendo salir. Media fuerte la imagen. Pero sí, tiene algo de razón. Fue importante en lo suyo ese ruso. El tipo hablaba de que cada actividad social de un grupo de personas tiene su propias maneras de expresarse mediante el lenguaje y que estas se distinguen mediante rasgos específicos, “los géneros discursivos propios a cada esfera de la actividad humana”. Algo así, tendría que revisar los apuntes. Lo que quiero decir es que estos géneros mueren o se resignifican cuando esa actividad a la que están ligadas desaparecen o caen en desuso. Puso de ejemplo a la vieja tendencia del blog: que en una época era una forma muy frecuente, y extendida socialmente, de expresarse, y, que con la venida de todas las redes sociales, quedó demasiado obsoleta esta clase de plataforma social. Y para rematar, siguió con: “¿Hoy en día, ustedes conocen alguien que muera de ansias por llegar a su casa y subir una entrada en un blog?”. Me reí como un estúpido, y creo que se dio cuenta. Y más allá de la anécdota tiene toda la razón; no hay punto de comparación en cuanto ventajas respecto a las demás redes. Pero creo que hay que ver las razones por las que uno todavía decide seguir acá. No creo que sea por una cuestión de aislamiento virtual, porque de alguna manera uno siempre esta mirando del otro lado, además si quisiera podría cerrar la indexión de este sitio con Internet, pero para soltar palabras en privado tengo un par de libretas en la mesita de luz. Tampoco creo que sea una tema de regodearse en la soberbia de buscar de distinguirse de la masa, de no transitar por las mismas vías que los demás. El tonto orgullo de ser unos pocos. Por lo menos no sigo escribiendo mis cosas por esos motivos. Creo, en mi caso por lo menos, que es una cuestión de rutina. Pero de rutina linda, de rituales que nutren. Ahora mismo estoy escuchando una canción que me agarro de improviso…”Still corners- The trip” me dice la pestaña del navegador, y ademas con una taza de café y algo de canela al lado del monitor; aunque a veces una cerveza también viene bien. Y tan solo esperando a que termine de morir el día al final de estas palabras. Y debería estar durmiendo, hace tiempo que no puedo descansar lo necesario, pero sin embargo si me voy ahora, si cierro los ojos para abrirlos al rato y despertar con la noticia de otra mañana, algo falta… o algo me sobra mejor dicho. Tal vez al principio me resultaba algo forzoso sentarme y escribir, aun sin saber muy bien el por que, pero ahora me resultan casi vitales estos momentos,  de dejar sujetas las palabras que me andaban revoloteando en la vuelta a casa y que casi se me escapan por la ventanilla del colectivo. Tal vez es lo único que me permito sin culpa. Hasta dormir me da culpa con tantas cosas que hacer…o que debería hacer. Pero no se, supongo que era lo que quería, estar algo ocupado como antes. De alguna manera funciona, de repente era julio y ahora ya estamos por descorchar una sidra nuevamente. Pero todo eso es una ilusión consciente, solamente se amontonan estrechos de calendario cuando me pongo a reflexionar sobre aquel el cumulo de días que pasan, porque el transcurso de cada día se despliega pausado y firme. El tiempo, si es que se puede pensar algo parecido, siempre va a ser algo con lo que me termine peleando por incomprensión. O tal vez solo termino peleando conmigo mismo. A pesar de que las cosas parecen ir con prisa, me estoy tomando mi tiempo para respirar de vez en cuando. Entre todas las cosas que estoy haciendo mal, puedo rescatar esa como una pequeña medallita de aprendizaje. Pero quien puede estar seguro de que termine aprendiendo algo después de todo. Confundo aprender con repetir algunas costumbres, como no volver tocar el horno si esta prendido o no clavarse un cuchillo en la pierna porque puede doler. Soy más de las situaciones extremas, como la segunda. Siempre hace falta algo más para reaccionar, aunque siempre quede resonando las preguntas y las dudas. Hace tiempo que no hablo con una verdadera amistad, y tengo miedo de ya no necesitarlos. De ya no prescindir de algún consejo que, al fin de cuentas, no terminaría siguiendo. Será que no quiero verlos, siempre me dan el lugar para desparramar las toneladas de porquería que llevo encima. Y es que mi vergüenza y yo nos pusimos de acuerdo y nos cansamos de dar lástima en plan de victima moribunda; sentía esa mirada sobre mí de parte de ellos, la inaguantable compasión. Igual ahora seria una linda noche para compartir una cerveza, en ese bar estilo boutique del que tanto hablan. Y conversar esta vez de cosas más mundanas o tremendas, exentas de tormentas y de cruces intimas, de dejármelas para mí y para mi almohada. Pero hoy no, aunque me gustaría. Mañana debería ir al hospital bien temprano. Una amiga de mi hermana necesita dadores de sangre, y bueno…a ver si toman la mía por buena…No sonó muy bien eso, las desventajas de escribir mientras se improvisa. En fin, estoy reconsiderando el sacrificio de un par de horas más de sueño mediocre por una buena causa. No me puedo resignar con mi hermana. Ayer hablamos: son pocos los momentos en el año en los que nos quedamos por horas gastandole la batería al celular. Una de las pocas personas con las que puedo hablar de tonterías por tanto tiempo, o de cualquier otra cosa. La distancia es una cagada cuando es verdadera. Voy a ver si puedo hacerme una escapada en estos días, pues siempre viene ella. Bueno, por hoy es suficiente. Siempre quedan cosas por decir pero el sueño y Piazolla me atacan implacables. Quizás esa sea la razón última y superadora por la cual siempre vuelvo a escribir en este pedazo tan propio y olvidado de papel digital. Siempre quedan cosas por decir…

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Dibujo: Lucas Capua

 

Acerca de la metáfora

  En el siguiente texto realizaremos una comparación entre las diferentes perspectivas sobre la metáfora ¹ de Aristóteles respecto a la de Lakoff y Johnson. Aristóteles fue un filósofo de la Antigua Grecia (siglo IV a. C), cuyas obras destacadas son La poética y El arte de la Retórica, las cuales nos basaremos. Por otra parte, George Lakoff, un lingüista, y Mark Johnson, filósofo, ambos estadounidenses (siglo XX), autores de obras como Metáforas de la vida cotidiana, material del cual también nos valdremos para la explicación de sus conceptos.

 Para comenzar, Aristóteles aborda a la metáfora desde una perspectiva retórica, disciplina que comprende a las dimensiones del lenguaje y del discurso. El filósofo griego define a la metáfora como “el traslado del nombre de una cosa a otra cosa”, o en otras palabras, es el reemplazo del término de un elemento por el de otro en el cual se establece una relación de similitud.

  Por otro lado, para Lakoff y Johnson, inscriptos dentro de la perspectiva cognitivista, ciencia que se centra en el estudio de la mente humana y de su funcionamiento, la metáfora se define en “entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra”, esto implica que no solo se limitan a un abordaje lingüístico de ella, sino que también se la puede considerar en relación con el pensamiento y con la acción de las personas.

  Dentro del campo de la retórica, la metáfora es utilizada como un recurso frecuente en disciplinas del lenguaje, cuyas funciones principales recaen en la persuasión, como una forma de adecuar el discurso para lograr convencer a un auditorio, o también se puede dar con fines estéticos.

 Sin embargo, Lakoff y Johnson establecen que la metáfora actúa de manera estructurante en el sistema conceptual de las personas, es decir en los conceptos que rigen a nuestro pensamiento. Por eso plantean que nuestro “sistema conceptual” es de uso metafórico porque esta determina en gran parte la manera en la que percibimos, pensamos y actuamos en la vida cotidiana.

 En contraposición para los estadounidenses, Aristóteles propone que su empleo es relevante tanto en el discurso argumentativo como en la poesía, teniendo en cuenta solamente las formas del plano lingüístico de la metáfora.

  En cambio para los cognitivistas, si bien el uso de la metáfora se manifiesta mediante el lenguaje, este último no hace más que servir como “evidencia” del funcionamiento del mismo sistema conceptual que también usamos para pensar y para actuar. En otros términos, se extiende más allá de las dimensiones del lenguaje para dar cuenta de la forma en la que rige nuestro pensar, y en consecuencia nuestro comportamiento. En sus propias palabras “…impregna la vida, no solamente el lenguaje sino también el pensamiento y la acción”.

  A modo de ilustración veremos como entran en juego ambas posturas en el siguiente ejemplo, que se ha tomado de un texto escrito por María del Rosario Enríquez y Fernando D. de Rossi, ambos docentes universitarios. En ese texto plantean los conflictos y las dificultades a las que se enfrenta la educación argentina:

“En lugar de esto parecen que son peldaños de una escalera que no permiten subir, sino bajar cada vez más”.

  En el ejemplo, si tomamos a la metáfora como la entiende Aristóteles, podemos ver que antes del comienzo de la misma, que empieza desde “peldaños de una escalera” en adelante, ya se nos indica ese traslado con la expresión “en lugar de esto”, dándonos a entender de manera clara que “peldaños de una escalera”, el nombre de una cosa, efectivamente se encuentra en lugar de otra cosa, en este caso mencionada una línea antes en el párrafo original, que podría ser una “administración educativa” o si se quiere también una “organización educativa”.

 Por otro lado, si analizamos a esta metáfora desde la perspectiva cognitivista que adoptan Lakoff y Johnson, se la puede considerar como a una evidencia lingüística de ese uso metafórico y en la manera que este estructura sus sistemas conceptuales, es decir que mediante esta expresión lingüística nos permite acercarnos a la manera en la que los autores entienden y experimentan a esta organización educativa mediante una pensar metafórico en términos de progreso y de retroceso. La idea de una escalera que en sentido ascendente en términos de lo bueno y la idea de un sentido descendente en términos de lo malo, de lo que se debe evitar por parte de la administración educativa.

 Hasta aquí hemos desarrollado la comparación entre los conceptos sobre la metáfora entre las diferentes concepciones respecto la Retórica de Aristóteles y con el cognitivismo de Lakoff y de Johnson.

¹ La metáfora es un fenómeno cuyo estudio se extiende a diversas disciplinas lingüísticas, sociales y semiológicas. Cartaphilus, poeta y filósofo argentino, nos la define en uno de sus pasajes más célebres, extraído del artículo “Las caras de la metáfora”: “La amante de los poetas. El Fénix de los mediocres. Las alas de los cobardes. El algodón de los recalcitrantes. El agua del escritor. La prostituta de los melosos. La fresa de los elocuentes. La estrella de los vulgares. La confesión de los que callan. La espada de los que seducen. La pluma del bromista. La maestra del idiota. El fantasma de los ignorantes. El eco de los sufridos. La mentira de los realistas. La verdad de los soñadores. El juguete de los versados. El carrusel de los impacientes. La muleta de los confinados. El orgasmo de los moderados. El oxígeno de los inconformistas. La caricia del tosco. El beso del inconfesable. Aquello que no es y es al mismo tiempo. Sentidos sobre sentidos, significados dentro de significados, palabras con caretas o caretas con palabras.  Las piedras o las alas del lenguaje mismo. Lo sublime y divino de los que acaec…«Atención. Sí, vos. Vos, si  llegaste hasta acá, sos justo la clase de persona a la  que quiero rescatar. Una que es tenaz, persistente, que va más allá de los hilos, a la que va dirigida esta advertencia. O tal vez, una con tiempo por de más como para leer un pie de nota ridículamente extenso. No, perdón. No te vayas todavía. Mucho menos me denuncies con los administradores de la página. Seguí un poco más. Si ya terminaste de tragarte toda esta avalancha de pedantería lírica de antes, por favor toma conciencia. Tenemos que limpiarnos de esta mala costumbre en la lengua. La metáfora es un retroceso en el devenir de formas comunicativas. Por esto mismo, dicen que algún día el lenguaje sera la perdición de la humanidad, lo que se entiende por realidad se nos perderá en un laberinto semántico, las intenciones y el acontecer de la vida, confundidas las pobres, se quedaran inmóviles entre los puentes de lo literal y lo semejante. Las personas hablaran de miles de cosas para referirse a una sola, y pronunciaran solo una cosa para representar miles de signos. Y entonces ya no habrá autores que pretendan hablar sobre eso que nos llevo a la confusión sensorial de los días y de las noches, ya no habrá nadie que sostenga manejarse entre lo directo y lo indirecto; la verdad y lo falso serán lo mismo, los dos planos de la misma página. Dicen por ahí, que de esa manera ya no podremos escapar a la ambigüedad comunicativa, el mundo, las intenciones serán un caos de símbolos e interpretaciones… ya dejaremos de escribir del modo en que lo estoy haciendo justo ahora, porque sera la única forma de apelar al otro, de ya no poder dejar de utilizar aquello sobre lo que busco concientizar, de seguir cavando para escapar, de rascarme con el filo de este cuchillo para aliviar la comezón, de tomar más ven….¡¡¡AHHHHH!!! ¡¡¡NO SE PUEDE!!! Esta bien…alguna forma habrá…En fin, respecto a la metáfora…cuidado». Numerosos autores la consolidaron como un interesante objeto de estudio, hasta llegó a transgredir en los planos de discusión concernientes de la filosofía, bebiendo de las doctrinas existencialistas y deterministas. Hoy en día forma gran pilar de la dinámica social y del lenguaje, hasta tal punto que no se puede concebir interacciones en el habla que no sean más allá de esta herramienta discursiva”.

1. Trenes

     Era un domingo tan soleado. El traqueteo ensordecedor del tren hacía casi imposible cualquier conversación en ese vagón. No muy lejos de la puerta de ascenso se encontraban sentados y divertidos un hombre con dos niños. El nene, de unos cinco años mas o menos, parecía disfrutar con entusiasmo el paisaje y los campos que pasaban más allá de la ventanilla. Miraba con curiosidad esas pequeñas manchas oscuras y blancas entre el dorado pastizal. Cómo esas escenas campestres pasaban fugaces cual proyección de una película: parecían adquirir cierta animación, cuadro por cuadro, cada vez que su imagen se interrumpía con las plantas y con los delgados troncos que cada tanto rozaban de cerca el pellejo metálico del tren. Si alguno de esos animales hubiesen advertido a la distancia esa maquinaria chirriante, que avanzaba a toda velocidad; si tan solo por un segundo hubieran levantado la cabeza sobre el alimento vegetal, seguro habrían notado que sobre esa bestia escandalosa un pequeño rostro se iluminaba en muecas de novedad, al observar todos esos signos desconocidamente maravillosos. Era un domingo tan soleado.

    En frente de él, una pequeña niña dejaba deshacer un helado de agua sobre su mano a la vez que atendía las palabras del que podría ser el papá. Este, con un pañuelo de tela, le limpió las manos y el pegote de las mejillas, manchadas con caramelo y fruta  artificial. La niña le respondió con una sonrisa encantandora. El pañuelo siempre olía a frutillas. Cada tanto, podía verse a un inspector que venia de aquí para allá, a lo largo del pasillo, cortando boletos y parando de vez en cuando a hablar con algún pasajero. Tenía cara de ofuscado, de vida perdida, algo que ver con el peso de ciertas tinieblas latentes que abrevaban en  un gesto estricto en el mirar; hecho  agravado aún más con el porte de un bigote tosco y oscuro. Cuando pasó cerca de ellos, se detuvo fijando su atención en el niño. El muchacho no se había dado cuenta de esa presencia, hasta que la pesada mano de su padre le agitó el hombro. Estaba ensimismado sobre el marco de la ventana, como tomando postura para en cualquier momento comenzar su vuelo y salir revoloteando de esa serpiente mecánica. Cuando se giró hacia el interior del tren, notó tanto en la cara del padre como en la del inspector un tono serio, casi inquisidor. La niña seguía divertida, concentrada en su helado y en el balanceo ritmico de sus piernas. Puede que haya sido que una luz se extinguió en el muchacho, que abandonando su postura de espectador del mundo, se dejaba caer sobre el respaldo del acolchado asiento. Humillado, deshecho. El hombre parecía avergonzado también, pero con una culpa que no era la suya seguramente.  Le dijo algo a esa autoridad circunstancial, le dio los boletos y luego este último continuó su rumbo pasillo atrás. El muchacho siguió con la mirada sobre el piso, al mismo tiempo que escuchaba la voz rígida de aquel que guardase el pañuelo manchado. No volvió a levantar la cabeza por un buen rato. No, hasta que la nena, aburrida de ya no tener un helado entre las manos, se dispuso a hablarle al padre con exceso de gestos y de energía. El tren se hacia escuchar, la nena también: – Quiero otro cuand…CHACTUCHACTUCHAC…¿Falta mucho pa…CHACTUCHACTUCHAC…el abuelo debe estar esper…CHACTUCHACTUCHAC….esta vez uno de crema con choc…CHACTUCHACTUCHAC…ese señor parecía mal…CHACTUCHACTUCHAC… Al padre parecía causarle mucha gracia tal entusiasmo en tan minúsculo cuerpo. Todo parecia ser más de lo normal. Ese domingo era tan soleado.

    Después de un rato, sucedió que el niño volvía animarse al atreverse a mirar de reojo sobre la ventanilla. Para entonces un extenso y brillante lago ocupaba la vista exterior. El cielo parecía que se había duplicado sobre la tierra, en  aquel descuido de humillación reciente. Miró a su familia, para luego darse la vuelta y apenas levantar la cabeza sobre el asiento; se cercioraba de algo en el fondo del pasillo trasero. Después de algunos segundos volvió a lo suyo, apoyándose con los codos sobre el marco de la ventana. Parecía buscar con cierto gusto que el viento le sacudiera la oscura cabellera, o quizás que el aire fresco le inunde el pecho mientras  cerraba los ojos. Padre y niña estaban inmersos en sus juegos, reían a veces y otras señalaban  cosas distribuidas por todo el pasillo y en los pasajeros. En cambio el niño comenzó a señalar cosas pero para sí mismo, aquellas que formaban parte de esa vida de afuera, en todo eso que sucedía tan fugaz e inalcanzable. Parecía ansioso de querer atrapar ese momento, de alcanzar y apretar bien fuerte esa inmensidad seductora entre sus limitados deditos. Lo intentó, vaya a saber uno por que verdaderamente. Y en algún momento casi lo logra, ese paisaje casi era suyo, tan solo había que estirar un poco más el brazo, solo un poco mas… Y entonces un ruido sordo y eterno. Quién pudiera adivinar qué emoción se le avecino primero a la mente, ni bien apenas el latigazo de una sombra lo arranco de su alegría infantil. No recuerdo. Claramente lo siguiente fue dolor, sangre que se deshacía sobre su muñeca y entre sus dedos. El niño parecía confundido y horrorizado, al igual que el padre. Razones había. Con hábil reflejo sacó de su bolsillo el mismo pañuelo para envolverselo en la mano del niño, a la vez que lo regañaba entre compasivo y molesto. La ñiña no decía nada, solo balanceaba los pies. Así, el muchacho pasó lo poco que quedaba del viaje sollozando en silencio. Mirada hacia abajo y escuchando, solo escuchando palabras que ya se habían mencionado. Luego de otro rato, todos quedaron en silencio, hasta el tren mismo había cedido un poco en sus lamentos metálicos. Pero mas allá de la situación evidente, el nene no parecía llorar por el palpitar doliente de una muñeca magullada, sino que cualquier mirada curiosa habria pensado, seguramente, que en ese llanto tímido comenzaban a arder sutiles brotes incontenibles de una impotencia de no poder ser; como si tal vez hubiese comenzado a entender que a veces se paga caro el querer estar equivocado. En un momento, el tren comenzó a aminorar la velocidad, hasta que se detuvo al fin. Ellos bajaron en una vieja estación. Una vez en la plataforma, se comenzó a escuchar de nuevo los mecanismos de la máquina, indicio de que se preparaba para seguir con su camino hacia quién sabe donde. Mientras este los dejaba atrás, por una de las ventanillas, pudo ver que asomaba detrás de un bigote algo siniestro cierta cara de satisfacción que se ceñía solo sobre él. Una mirada que probablemente le haya quedado vibrante hasta el día de hoy, como el eco de una amarga enseñanza. Con los ojos ya secos, el niño también lo miró con un desprecio atroz para alguien tan pequeño. Ambos se miraron idénticos hasta que el vagón se alejó, del mismo modo que los demás vagones que le seguían y al final el mismo tren desapareció en la llanura reverdeciente. Ellos, sin mas, también se marcharon. El padre compró en un almacén dos helados y siguieron, hasta perderse por la calle principal que llevaba hacia el pequeño pueblo. Era un domingo tan soleado que el niño volvía a reír, que aquel pañuelo ya no olía a frutillas.

 

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El juego

El árbol de mandarinas de Chris. Todo el día estuve pensando en ese árbol. Hace tiempo que no como mandarinas, hace tiempo que no lo veo a Chris tampoco. ¿Que habrá sido de ese árbol? O los días en los que jugábamos a la pelota. De esas tardes anaranjadas y distantes donde llegaban las seis y el barrio era una fiesta, un sabor a carnaval deportivo, de salir de casa en casa recolectando a los jugadores para ir a esa canchita de a la vuelta, bromeando y haciendo pases por la calle. Era otro mundo ahí, parecía que vivía la infancia de otro pibe cuando volvia con el viejo. Grandes, chicos, vecinos y hasta gente de otros barrios, a veces, teníamos patente ese ritual tan criollo de correr y correr, y bromear y gritar y enojarnos hasta que la oscuridad de la noche nos impedía seguir. Y ni siquiera terminaba ahí el asunto porque todo seguía en el almacén de la esquina, sentados bajo un árbol para tomar algo y a recalcar al más de madera o aguantando a los agrandados cuando contaban las mejores jugadas. Todo eran bromas picaras y los vecinos eran familia, era juego. Y lo excepcional era que no había que convencer a nadie, era algo que se esperaba durante todo el día, armandose los equipos desde el dia anterior. Hasta mi hermana iba: hábil volante y definidora de situaciones. Siempre vestia una camiseta que le quedaba como un poncho y arrastrando unos botines que heredaba de mí a medida que crecía. Agil, era como una pulga moviéndose entre los veteranos y los chicos más fornidos. Pensar que ahora esa imagen parece tan distante de la que porta ahora y la pulga pasó a ser un sobrino que me tira el cepillo de dientes y otras cosas al inodoro. Se podía decir que era libre cuando volvia volvia casa de la infancia, mi nombre tenia valor en ese barrio olvidado, todos nos conocíamos y sabíamos de donde veníamos. Es mas, había veces en las que nos íbamos antes del partido a la canchita con uno o dos amigos de ese entonces a practicar un rato, sino era que estábamos en la parrilla de la colectora, intentando adentrarnos con dificultad en el arte del pool (cada ficha era sagrada y nosotros eramos un queso). Pero tambien pasaba que a veces iba solo a esa canchita. Y entonces mataba la hora de la siesta explorando el lugar, porque siempre habia algo nuevo cada vez que volvía: alguna planta que no había advertido, algún bicho bajo un tronco podrido o en algún árbol, o arrancaba los matojos de pasto malo para que no tropezáramos después en el juego. Todo esto hasta que me aburría para luego acostarme en cualquier espacio verde que aun hubiese sobrevivido al desgaste de las pisadas. Y entonces ahí me quedaba, tan solo experimentando el acontecer del momento, sin anteponer el pensamiento a la sensación. No habia preguntas sobre el porque de ese cielo tan celeste, o de que esas nubes que se trasladaban casi moverse, en esos rayos solares que manchaban mis brazos en el aire, o del viento que se desparramaba contra las hojas de esa hilera de pinos monumentales que cercaban la cancha. Tal vez sí me hacia preguntas, pero no pensando en obtener respuestas ni tampoco queriendo hacerlas mías. Eran preguntas en modo de reconocerme allí,  afirmando la belleza de todo eso, como intentando anclarlas, extenderlas para mí para que no acaben. También pienso mucho en esos fines de semanas cuando mi viejo me llevaba a la casa primera, no, a la segunda. La primera era Fonavi, en ese bloque de departamentos despintados que se pueden ver desde la ruta. Siempre me llamo la intención ese fragmento de ciudad entre tanto construcción común. Todavía no sabia caminar y sin embargo tengo fugaces memorias de los paseos nocturnos en coche y de las múltiples pequeñas placitas de juegos que hay entre edificio y edificio. O de la torre de agua, gris e inerte que parecía ser como el personaje malo entre esos actores de piedra derruidos y rojizos. A veces sueño con ese bloque de departamentos, que puedo caminar entre sus rincones y los pasillos de esa pequeña ciudad, pero siempre  está oscuro y lo único que brillan son las ventanas que parecen guiños amarillos que se extienden hacia el infinito, y entre más ando entre aquellos edificios más siento que hay algo ademas de mí recorriendo esos recovecos. El tema es que nunca sé si yo lo tengo que encontrar o si eso me tiene que encontrar a mí. Nunca nos vimos todavía. Me gusta ese sueño.

A veces tambien sueño con esa especie de finca siciliana, al mejor estilo de “El padrino”, de esos días que tal vez fueron sueños en realidad junto al más viejo amigo que puedo decir que tengo. Esos días asaltando el árbol de mandarinas después de jugar desaforados a cualquier cosa que ocupase nuestra imaginacion. ¿Que habra sido de ese árbol? Pero aquellas bendiciones frutales, esas de la casa de Christian tenían otro sabor, eran tan dulces. Salir del colegio e ir a su casa. Quedaba bastante lejos recuerdo, pero la mayoría de las veces él me llevaba en su bici y yo iba atrás colgado en los pedalines. Media hora nos llevaba masomenos el trayecto y siempre parecía estar presente un sol tan incandescente. Siempre parecía primavera por más cursi que suene. No nos importaba nada y eso era lo genial, si bien sufríamos todo lo que a esa edad se sufre eran como fantasmas que no podíamos ver ni percibir; los brotes de angustia se secaban con un poco de juego o bromas. Y ahí íbamos cantando y gritando en el camino, emocionados por llegar y aprovechar cada hora hasta que me pase a buscar mi vieja, implacable con el tiempo y con la sobreprotección. Las escondidas de proporciones extenuantes por los escondites ilimitados de esa especie de quinta. El olor a café eterno que se impregnaba en toda la casa y te acariciaba la nariz apenas pisar el umbral de la puerta. Las carreras sinsentido con los perros por todo el jardín, que en alguna que otra ocasión casi me arrancan el brazo. Pero Christian, (“Chris con hache” para diferenciarse de otro par de cristianes en el curso), sobre todo él, un hermano inmutable en el tiempo y en la traiciones de mi amistad. Siempre era lo que yo quería ser y sin embargo nos sentíamos de la misma especie. Nunca pude emular esa parte tan carismática de él, de esa habilidad para abordar a las personas, era gracioso como se lanzaba, con la cara rotisima y con el no previsible, al encuentro de chicas de grados mucho más arriba que el nuestro. O como sino alcanzaban las palabras le hacia frente a cualquiera no importa la edad o que el perdiera o sangrase, esa voluntad idiota y rara de seguir levantándose ante todo. Muchas veces lo vi perder pero jamás lamentarse, muchas veces también lo vi ganar pero nunca contentarse con eso alcanzado. Será por eso que no lo veo. Yo cambie, él no; solo está algo cansado. Muchas habilidades no había en mí en ese entonces recuerdo, solo sabía escaparle a los problemas y ser algo gracioso; ahora no soy bueno en ninguna de las dos cosas. Será que la única que me queda es esa, rodearme de gente única.

Sé que uno no debe apoyarse demasiado en el pasado, dicen que eso es síntoma del que el presente es inaguantable,o por lo menos el que uno no espera. Pero no es solo el hecho de recordar todo aquello, sino que tal vez ansió los modos en lo que todo eso transcurría dentro mio. Estoy seguro de que si todos esos recuerdos tan cálidos se reprodujeran de nuevo en el tiempo a partir de esta noche, por más que no se alterara ningún elemento, ninguna persona y ninguna acción, la manera en las que me llegaran no seria la misma que la de en esos años. Probablemente serian nada más que días regulares y sueltos. Las sensaciones y esos estímulos los destilaría con mi manera actual, serian otra cosa. A veces me siento eso, que esa habilidad para el juego, para la ilusión se me fue en algún momento de descuido: cuando veo un timbre en la calle ya no pienso en tocarlo y salir apurado, o cuando veo una pelota ya no pienso en hacer jueguitos, veo un pedazo de ladrillo y ya no pienso en dibujar en la calle. Pienso en volver a crear y pienso que flojera, preguntándome hacia donde me llevara cualquier decisión. El simple acto de imaginar y de crear a partir del momento, de la nada, se me hace irrealizable sino es con un propósito. No hace mucho vi muy por arriba a un autor que creía que en la infancia del hombre estaba la salvación, la salida para evitar la violencia racional. Allí se resguarda la clave para volver a empezar a ver a el mundo desde la novedad, con re interpretaciones frescas y que se desenvuelven por fuera de la comprensión ritualizada del mundo. El niño, un nene toma todo lo que sobra, todos los residuos que el hombre racional y alienado considera inútil y a partir de esos elementos comienza a crear algo nuevo, estableciendo sus propias relaciones y reglas. O algo así creí entender…Es aliviadora esa idea, pensar que se puede volver a ese estado de creación, a ese cambio de perspectiva sobre las cosas, Walter Benjamin era el autor (parecia ser un tipo con un mensaje noble entre tanta muerte e intolerancia, pero como a todos los tipos que pretender conciliar las perspectivas termina devorado por esa misma imcomprension). Estos recuerdos al azar quizás por eso vengan a cuenta, quizás porque ahora mismo no me siento mucho más que un ser tosco, ermitaño, desconfiado. ¿Como hizo Chris? Siempre con esa sonrisa de atorrante y esa vitalidad guaraní, la misma desde aquella vez creando llegó al aula de quinto detrás de la maestra para empezar a hablar y jamas callarse. Sin dejar de jugar, sin dejar de crear. Las cosas se desviaron en algún punto. Tal vez yo me desvié. Ahora suele moverme la planificación, la estrategia mortal de exprimir el tiempo en términos de “producción”, toda esa mierda que se escucha de que la vida es corta y no hay que parar por las cosas que no nos sirven. ¿Y qué sabemos que nos sirve y qué no? Las ansias por llegar a un resultado, por controlar nuestro proceder siempre pueden mas. Cuantas veces espere que algo sucediera solo para darme cuenta al llegar de que quería todo lo contrario. Puede que el impulso quedó en alguna tarde de esas jugando a las escondidas. Todo con una razón, todo por qué tiene que tener un porqué, cada llamada paciente de una respuesta, cada acción alguna finalidad. Todo esto no hace más que alejarme del presente, que algo no está bien me doy cuenta, de alejarme hasta de mí mismo: me sale lastimar si me duele, me sale despreciar si me siento olvidado, me sale la culpa si me siento equivocado. ¿En que momento comencé a creer que el mundo me debe algo?¿En que desencuentro comencé a pensar que las personas están en mi contra? No quisiera volverme un ente gris, una persona marginal de espíritu para terminar en un cliché de personaje de novela policial mirando la ciudad nocturna a través de la persiana y del humo. No quisiera y sin embargo todo tiende a normalizarse, a presentarse llano y continuo. Como si algo se rompió y cuando me muevo a través de los días siento esas piezas rotas que chocan una y otra vez dejando un eco delatador. O algo transgedi, sin darme cuenta en las reales consecuencias. Tal vez es la percepción del momento, el sentir que las cosas no desembocan en algo esperanzador que justifique el dolor. No quisiera extrañar y como ven, sin embargo extraño todas esas cosas dulces y simples que ahora vendrían bien aunque sea un poco, que harían más llevadero lo agridulce de las semanas. Debe ser el palpitar del golpe. Pues ojala pudiese ver todo con los mismos ojos que miraban solamente nubes en el cielo o tan solo queria esconderse entre los edificios. Temo haberme olvidado de cómo jugar, como volver a crear. Seria triste.

¿Qué habrá pasado con ese árbol de mandarinas?

Sambayón y una nube

Me había olvidado cuanto detesto el helado de sambayón. No lo recordaba simplemente y por alguna razón justo lo elegí entre las decenas de variantes de esa cartelera de sabores. Eso por hacerme el loco y elegir algo diferente de lo usual. Mala suerte simplemente o quizás fue que me quería castigar mi inconsciente por alguna cosa que habré hecho. ¿Que otras cosas no me gustan y tampoco recuerdo? Además esa heladería no me gusta demasiado ahora que lo pienso, o quizás cafetería debería decir. La razón es porque te hace sentir muy expuesto estar sentado ahí. Ya sé, es mi barrio, mi gente en algún sentido pero la sensación es la misma. Algo así como hallarse inerte, detrás de las vidrieras como un maniquí o una suerte de bestia excéntrica para que la gente infinita en la calle no deje de descolocarte con miradas que vacían; y hablo de las miradas que no aportan, porque hay miradas y miradas: están de esas escasas, que uno no suele percibir casi nunca pero que van cargadas de algo más que el acto de ver, que brillan en ellas la constancia de una amistad, un erotismo o un cariño a lo mejor, y después están las demás, esas que solo te hacen sentir como algo más del paisaje urbano, en las que lucen la indiferencia cansina, el desprecio involuntario de la humanidad que te pasa por alto sin más que la idea de llegar cuanto antes al próximo lugar. Se entiende. Yo también miro así muchas veces, con un desdén no intencionado quizás. El asunto es que no siempre se puede procesar o advertir todo lo que acontece frente a uno, hay que ignorar o dejar ir cierta información para aliviar la mente. Pues muchas veces anduve por la Belgrano y me he cruzado con conocidos, hasta con amigos, que pasaron frente a mí y no los percibí metido en mis ansias de llegar o de seguro dándole vueltas a uno que otro pensamiento. Creo que estaba hablando de cafeterías…sí. Todas estas cosas las pensaba, recuerdo, mientras tragaba como un cuervo los  restos del sambayón para luego seguir con los mejores gustos. Hace tiempo que no iba a tomar helado (¿o a comer?), hace tiempo que no me disponía a escuchar historias ajenas o de limitarme del olvidado gusto de una simple charla. No está tan mal una charla trivial de vez en cuando, creo. Era eso, el cómo los demás hablaban como si nos conociéramos de la vida o de cosas que quisiéramos hacer. ¿Es necesario conocerse demasiado para hablar con fluidez de uno mismo? Me pregunto si en el futuro podré llamarlos amigos sin cuestionar demasiado ese titulo o, si alguna vez ocurre, cuanto tiempo tomará esa transición de que dejen de ser simples conocidos para ganarles algún afecto. Son buena gente, me hacen reír y no preguntan demasiado. Algo suficiente. Eso es lo curioso de la amistad o de las relaciones más complejas quizás, el hecho de que uno no recuerda bien las memorias en las que esas personas, que actualmente quiere, eran simplemente sombras, unos elementos inadvertidos del paisaje. O sí, puede que las recuerde pero esas figuras y esas sombras de lo que eran no parecen corresponderse con esas personas con las que uno ahora transita los días que vienen y que van. A veces hago fuerza mental e intento rescatar esos fragmentos de recuerdos en donde esas sombras, por las que ahora me desvivo, actúan en bucle sin saber que alguna vez nos conoceríamos a fondo; algunos recuerdos son graciosos por la ingenuidad de las situaciones, por la ignorancia o las broncas precedentes al afecto y otras me despiertan pena porque los veo como que todo pudo haber comenzado hace mucho tiempo atrás entre esas sombras y yo.  A cada rato pienso en eso. Supongo que es porque eso implica que cualquier desconocido de ahora puede llegar a ser alguien querido en el futuro. Una obviedad tonta, ya sé. También deben entrar en juego otras cosas supongo. Las miradas no cambian por una voluntad sola; el otro siempre esta involucrado en ese proceso de acercamiento: no se puede avanzar si se ponen barreras y por otra parte es en vano levantar cualquier barrera si no hay interés de aproximación del otro lado. Aunque me preocupa que en algún lado me este pasando lo contrario y no lo advierta, que algún cariño pase a ser sombra. A cada rato pienso en eso.

Y no… no es una cafetería que me guste. Me gustaba más cuando era un ciber-café, uno de los primeros del barrio. Y antes de eso una sucursal del correo argentino; lo recuerdo bien porque fue la primer imagen al bajarme en esa esquina junto a mi viejo, esa primera mañana en la que visite Garin. Si bien algunas veces voy a donde trabaja Alan es porque está de paso y sobre todo porque es él la razón de quedarme un rato. Ya casi no lo veo demasiado. Sin embargo, un día de esos, pase por esa esquina y no estaba: había cambiado de turno con una de sus compañeras. No tenia sentido quedarme. No por la sensación de que me observen esa vez, sino porque sabia que sentarme ahí no era perderme en el pensamiento, buscar en vano entre la gente infinita que pasa detrás de las vidrieras una cara en particular. Tenia que hacer tiempo. Camine sin destino fijo por las calles de una ciudad que recién se abría, sin saber muy bien el porqué, o quizás sí, sabiéndolo pero apretándolo bien fuerte para que no me reprochara nada. Caminando entre el paso apurado de la gente que me avanzaba como siempre, esquivando autos, mezclándome entre las bandadas de niños y no tan niños que salían del colegio. Deslizándome entre esas miradas desconocidas y pasajeras que contribuyen a la melancolía de las tardes, que te hacen sentir  más extraño de lo que uno se siente. Hasta que encontré lo único que necesitaba, un lugar tranquilo donde parar, y adelantar algún trabajo pendiente quizás. Era una librería que en alguna ocasión habré consultado por un par de libros, pero en aquella ocasión todavía no tenia terminada la parte contigua, recuerdo que decían que en algún momento seria una cafetería o algo por el estilo, que no hace mucho se habían trasladado de no sé donde. Entonces entré, era un lindo lugar. Agradable, modesto. Sino fueran por las mesas de afuera, pasaría inadvertido ese rinconcito tan en contraste con el otro lado de la ciudad; quizás sea mejor así. Adentro estaba vacío a excepción de un pibe con una remera de The doors con lo que parecía merendar con sus hijos; unos nenes no más grandes que mi hermano que le sacaban charla a la chica que atendía en la barra. No pude evitar reír por lo bajo. No había indiferencia en esas miradas, parecían familiares. Me senté bajo un llamativo cuadro, de cara a la calle. Así, dejé pasar algo de una hora y media entre café y café…no me decidía. Nunca me decido. Otra hora más y ya era tarde. No tenia que estar ahí. No tendría que haberle dejado al entusiasmo haberse colgado del colectivo incorrecto, ¿por qué?, si sé que las cosas nunca son tan simples. Mi lugar era una clase de repaso a treinta kilómetros de ahí. Mi lugar hace tiempo que no se corresponde con esa ciudad. En fin, para no aburrir con detalles lo único novedoso de esa tarde fue ese hallazgo porque por fuera de eso volví a caer en lo mismo de siempre. Regrese a casa por los mismos lugares, buscando una mirada entre miles. Atando ese entusiasmo de vuelta para que no volviese a morderme. Era un lindo lugar.

Con ella nunca se sabe. Debe ser ese el encanto. Creo que las personas suelen hacer cosas insólitas solo cuando tocan fondo, si no es por algo insoportable se mantienen por las mismas rutas seguras, tranquilas y predecibles. Me incluyo también, soy bastante previsible cuando creo que las cosas van bien. Sin embargo nunca pude decir eso de ella, nunca se queda en el mismo lugar, es frecuente su estado de mutación. Debe ser que está al borde del precipicio todos los días quizás. No sé, ya pasó tiempo. Solo puedo decir que fue agridulce ver esa notificación que me llevaría a su blog: amargo por la sorpresa y dulce porque siempre es bueno saber algo de ella. Hacía un par de semanas que había evitado la computadora y el celular para no enfermarme de la dependencia a las redes sociales, para no distraerme de más quizás de esos tiempos perdidos en cafeterías. Igual siempre sabiendo que se deja todo eso para al rato volver. Como suele pasar con todo. Un intento de sanidad mental, supongo. No sé si deba hacer referencia de este hecho, de ese nuevo espacio creado, no sé que tanto importe que lo mencione. El miedo de que las cosas cambien ya no tiene sentido, porque eso sucede  a cada rato para bien o para mal, nunca nada estuvo bajo mi control, nada fue mio. Pero así es con ella, cuando pienso que las cosas van en un sentido resultan que van en el contrario, y cuando me acomodo en esa nueva dirección todo se vuelve a tornar al revés. Debe ser ese el encanto. Y así fue que ayer al entrar en esa nube recordé esa sensibilidad y esas tardes; es que muchas veces trate de sacarle lo humano a esas razones, pensando erróneamente que así seria más sencillo, como un intento primitivo de victimizarme para poder seguir con una justificación al menos. Sin embargo nadie es victima ni tampoco se puede decir que alguien sea culpable. Entre decisiones mejores o peores las cosas terminaron derivando en estas y hay que darles la mano porque otra no queda. Otra no queda. Y quizás esta sea la forma precisa para poder seguir, la que cree más adecuada. No sé, ya no me pregunto por sus intenciones.  Prefiero ya no buscar significados en la ausencia y si pudiera encontrar las respuestas no sé si  debería seguir haciendo preguntas. No debería. Y es que su forma tiene algo raro, ese algo que me olvidaba, representa la otra cara quizás que tanto nombré en estos meses, ese otro punto de vista de las cosas que fueron y que son. Como Emma Zunz y Eric Grieg, saberse bajo las palabras de otra persona quizás, y no de cualquier persona. No sé, me alegra ver que encontró una manera de  dejar todo eso que le inquieta en algún lugar, aunque no sé si por una vieja sugerencia o por voluntad propia. No importa, espero que le sirva. Y no entiendo si esta manera es solamente para registrar las cosas que fueron y que le suceden o si es una forma que encontró para hablar sin hablar, no creo que amerite preguntarse a estas alturas. Pues quién me conoce algo puede decir que me gustan las historias, que me gustan ver hasta donde desembocan las travesías aunque en algún momento ya deje de estar en ellas. O que en algunas de esas, también podemos salirnos de la ficción bloguera, y entonces encontrarnos directamente, sin mediaciones, sin pretender que nos buscamos, hablarnos sin miedo de dirigirnos la palabra o de quedar en silencio, que no nos pensemos inalcanzables, todavía se pueden reducir las distancias reales e imaginarias a cero en algún mate o en algún submarino dejarlas sumergidas; aún se puede volver a hablar de sobrinos y de perros o, por qué no, de otras tonterías y dejando que el tiempo pase como siempre. Pero sé que las cosas nunca son así de sencillas. Después de tantas mordidas, al entusiasmo es mejor seguir manteniéndolo atado, así no presiona ni ahuyenta cualquier intención. Como si siempre nos terminara dominando la misma forma misteriosa, prefiriéndonos distantes como un sueño dulce y trágico. Así es más seguro supongo. Cualquier certeza es pasajera. Todo pasa a ser otra cosa a su lado sino se presta atención. Con ella nunca se sabe.

Y a pesar de que el mundo no hace más que gritarme de que todo es diferente, yo no lo veo así; por lo menos no en mí. Lo poco que cambió fue que ahora tengo que usar plantillas y que tengo que dormirme algo más temprano solamente. Mi mirada jamás cambió, sigue siendo la de siempre, la de los primeros días. La misma de esas noches, en las que bajo un árbol algo chueco esperábamos esos colectivos que parecían nunca llegar. Con eso me alcanza.