Algo de tarea: Correspondencia de Carson McCullers

En una primera lectura, el cuento Correspondencia se extiende en cuatro cartas, donde la narración no se sostiene mediante acciones sino que se desarrolla más bien en forma de diálogo incompleto,  esto se debe a que nunca participa de él la otra parte a la cual van dirigidas esas cartas. En el marco de un programa de correspondencia, Manoel García, un adolescente brasilero, es el destinatario ausente con el cual intenta comunicarse, Henky Adams, una niña de la misma edad más o menos y estadounidense.

En las primeras instancias narrativas que comprenden las dos primeras cartas, en Henky se puede evidenciar fácilmente una postura por de más de afectuosa y entusiasta respecto al destinatario que nunca le corresponde y que, aún sin conocerlo, le concede una confianza y una simpatía ínfima e inusualmente extraña. Huellas que pueden verse en las cartas, sobre todo en las despedidas o en algunas marcas de emotividad: “Tu afectuosa amiga”, “afectuosamente tuya”, “maravillada”, “ansiosa”, y tales expresiones claras que sugieren la intención de una cercanía desde el vamos por parte del narrador que, además, le suma a este grado de afinidad el permiso implícito de poder llamarla con su diminutivo, “Henky”. Se presenta a sí misma con una actitud incomprendida y a la vez con una predisposición enamoradiza ante lo que no conoce, ante la posibilidad de estar en contacto con lo diferente, y es así mismo como ella misma se considera en algunos pasajes respecto a los demás chicos de su edad, enfatizando esta diferencia en muchos adjetivos como “diferente” o en expresiones de desinterés recíproco hacia los demás. Luego durante la tercera parte se puede notar una transición desde esa postura jovial y maravillada hacia las vetas del desencanto y de la sospecha ante la negativa de una respuesta,  una acentuación sutil en la distancia del personaje de la niña; esto se puede ver mejor en la presencia de conjeturas e interrogativas que abundan en estos párrafos, además de la firma del remitente que esta vez pone su nombre completo, “Henrietta Evans”, con la intención de hacer ver que está adoptando una postura más impersonal y distante respecto al ausente interlocutor. En la última instancia hay una ruptura en cuanto a su actitud de manera mucho más manifiesta, abandonando el estilo cordial y amistoso para pasar a un comportamiento de indignación y hostil por la certeza de saberse ignorada sin una razón a su disposición. Una vez más, una de estas huellas es la firma, mucho más formal que de costumbre: “Señorita Henrietta Evans”; la manera tajante en la que se dirige hacia el destinatario como “Mr. García”; la despedida final, desprovista de calidez alguna: “A tu disposición”; y la implacable posdata que deja patente el cambio radical hacia el desprecio.

El cuento se  hace gran provecho de las cualidades formales de este subgénero, el epistolar, con una ambivalente destreza tanto para estructurar con sutileza y simpleza los registros emotivos y comportamentales que varían en el personaje a lo largo de las cartas, como también  al hacer uso de los límites y de las formas propias de ese género a favor de justificar el juego con lo ambiguo dentro de la historia. Esto es, que plantea en reiteradas ocasiones como causa probable de la incomunicación entre ambos al contexto bélico de la segunda guerra mundial, como una dificultad en las vías de difusión de los servicios de mensajería. Al mismo tiempo juega de manera acertada a favor de la narración, con la duda de una indiferencia posible de parte de alguien que no cumple con el juego dialógico propuesto; la autora deja en el aire la incertidumbre que si en realidad las razones por una respuesta imposible son dadas por causas externas y extraordinarias a ellos, razones como las repercusiones de la guerra en todo la coyuntura mundial de entonces que amenazan durante toda la obra, pero desde un segundo plano, o si en realidad se debe a causas más triviales y próximas, como la indiferencia de un muchacho, o quizás dificultades técnicas en la entrega correcta de estas cartas. Esta dualidad dada por lo estructural y el contenido puede entenderse mejor con lo que Ricardo Piglia denomina dos historias en un cuento. Como plantea Peralta sobre el tema: “Piglia destaca como particularidad el hecho de que un cuento siempre narra dos historias”. Esto se puede entender como que la historia superficial vendría a recaer sobre relato lineal en el cual a través de cartas, una niña no puede comunicarse con un niño de otro país, y luego está la oculta, la cual de manera indicial se va entretejiendo en los pequeños espacios de la historia primera, que en el caso del cuento abarcaría esa ambigüedad antes mencionada sobre la irresolución de las verdaderas circunstancias o el desconocimiento de la situación del destinatario. Algo semejante ocurre en el cuento de Ernest Hemingway, Colinas como elefantes blancos, en el que la tensión de algo que se niega a emerger, oculta  entre los diálogos de los personajes, es implícita y constante durante todo el pulso de la  obra.

La construcción de la voz narrativa en el relato, que realiza Carson Mccullers, se sitúa en la misma perspectiva que la del personaje principal, lo que Genette llama “focalización interna”, y la mantiene constante en ella al ser obligadamente la única participe del diálogo unilateral que se compone con un personaje invisible. Al ser la única voz presentada, el de la niña, este recurso conviene a la ejecución del discurso en general porque permite el desarrollo fluido y sin intervenciones de voces alternas que entorpezcan las transiciones y las gradualidades que van tomando la postura de la protagonista en los diálogos registrados en forma de cartas; si bien el narratario está mencionado, y también en menor o mayor grado termina siendo el propio lector durante el relato, como alguien que pude haberse encontrado todas esas cartas por casualidad. Entonces, se puede ver que la falta material y efectiva de un destinatario ficcional que movilice la narración se construye agrede en pos de la intercalación de silencios en cada instancia narrativa; las ausencias entre cada carta permiten la intensificación los cambios de matices de Henky. Como bien dice Genette sobre el narratario: “…concebible materialmente como el conjunto de huellas que, el texto ofrece al lector para que interprete al relato”. Es decir que el tipo de narratario que se busca dentro de este cuento, es uno ausente, pero sin estarlo del todo, que permita valerse de los elementos del silencio y de la ausencia, con la intención de romper con la situación enunciativa básica y así lograr un efecto de mayor significación en cuanto al cambio de matices en la voz del narrador-personaje.

La historia se la puede ubicar dentro de lo realista al no presentar elementos que difieran con la lógica del mundo como lo conocemos. Con una prosa que se narra desde la primera persona y mediante un lenguaje literario y cuidado.  Este estilo realista logra profundizar en lo invariable y vertiginoso de las problemáticas inmanentes a la mirada de una adolescente que no hace más que comenzar a hacerse una idea sobre el mundo pero le cuesta comunicarse con él, y esto se cristaliza en la incomunicación propia con Manoel. Es decir que el realismo del cuento no se debe a la falta de dragones o fantasmas, sino que se apoya en la manera que tiene de relacionarse ideológicamente desde los valores y los juicios que le corresponderían al grupo social y cultural que encierra a Henky. Como entiende Mijail Bajtín, el relato construye evaluaciones ideológicas, en los modos y en las formas del cuento, atribuyendo esa subjetividad  a los juicios y a los valores vinculantes a la esfera social adolescente. En consecuencia, la carga ideológica que imprime McCullers  apunta a una relación dinámica en cuanto a la obra y al lector, que queda plasmada en una evaluación sutil sobre  la  incapacidad de comunicarse  de las personas y de los conflictos que pueden llegar a traer consigo este impedimento esencial, ya sean matanzas mundiales o tiernos despechos.

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