Ayer, nada

Resulta que recién entro al blog y me doy cuenta de que ya pasó un año desde la primera entrada. Y la verdad no sé que tanto debería escribir acerca de esto o si guarda algo importante este hecho. Si me pongo a recordar hace mucho más de un año que lo tengo: mucho más allá de Córdoba o de psicología o de las confusiones o del pánico o mucho antes del hábito de escribir siquiera. Allá distante, cuando ni siquiera gente casual entraba sin querer o ni siquiera tenia color o un diseño definido. Tan solo era una fuente donde dejar algunas palabras en ocasiones, o alguna frustración inquieta, o muy de vez en cuando la anécdota de alguna victoria. Sin embargo, siento que por lo menos esta noche debería intentar escribir como lo hacia en esa época. Tan solo describir y contar sin muchas vueltas las cosas como son, sin demasiados adornos ni eufemismos. Como si las cosas no hubiesen cambiado, como si pudiera hacerlo.

No puedo destacar nada importante el día de hoy. Bueno, hace un par de horas dejo de ser ese día. Los limites ahora imponen diferencia. No hace mucho que llegué de la universidad y que me puedo relajar desde las primeras horas de la mañana. Esta semana fue media pesada. Para empezar me desperté a eso de las seis y algo, y tipo siete termine de juntar fuerzas para levantarme. Ni siquiera pude hacer el desayuno, saliendo disparado para el negocio. Entre los trabajos prácticos, los exámenes, el entrenamiento y los problemas del negocio, el sueño se hace pedazos. Sobre todo con el parcial. Aunque no me torture la cabeza repasando mentalmente los ejercicios para darme cuenta que me había equivocado en algunos puntos. Un error liviano para una materia que perdona el margen de error. Lo peor es que fui medio boludo porque no me sobraba tiempo para revisarlo, pero bueno… no había ansias que me pudieran de más, si salia antes ya no esperaba encontrarme con alguien. Comprendí que era posible una nota decente y entonces abrí el negocio. Me quede toda la mañana ordenando y reponiendo cosas. Leí un par de apuntes hasta que nunca llegó mi vieja. Después pasé el tiempo en la universidad hasta las nueve y algo, y regrese al local. Para resumir, repetición. Volví a ordenar el kiosco, hacer un trabajo práctico, tomar el infaltable café. Algo frecuente es que vinieron los chicos un rato y me aliviaron el tedio. La chica de arriba ya no me compra nada. Comprensible. Hace rato que nadie viene. Los policías parecen menos macanudos y una nena me pidió caramelos con una tímida y justificada sonrisa. Confieso que ya olvide mi meta de un pucho por día y que seguramente no pretenda reanudarla. Volví a casa, comí algo y con una miserable ilusión de saber mas de ella, ya no la busque. Al parecer, compartíamos un par de cosas. No sé. Es raro cuando la culpa es de uno. Morderse sin poder hacer nada, dejar perderse a conciencia. La hermosa e imperceptible jugada. Cuando te hablan y de a poco te desbloquean temas mas íntimos. Haberse adueñado de todo mi tiempo. Buscar haberse hecho un interés para mí. Convertirse en mis ideas, en sensación. Qué se yo. Ya no me conozco, pero parece que no queda tiempo y tampoco quisiera pensar. Y es lamentable. Porque hay mucho que perder si conociste a alguien y permitiste que se acerque. Mira si con el tiempo uno se da cuenta que todas las horas, todo el aire, todo el compromiso que uno cedió fue a parar en una desilusión disfrazada de idealización. Triste. Muy previsible. Y lo peor es que uno termina jodido encima, porque cuando te diste cuenta hace tiempo que ya no podes subir la guardia y la otra persona sigue siendo necesidad. En fin, parece que nunca termino de irme al carajo con esto. La idiota costumbre de complicar lo que no es. Tal vez ya deje de hablar de las cosas que arden cada noche, tal vez haya vuelva a haber algo de color algún día.

Todo parece circular ante una aparente inmovilidad. Todo…esta entrada y aquella del 2017, las canciones que escuche ese día, las que escucho ahora, ese miedo y el que esta conmigo en este momento, esa chica de la que no me puedo acordar el nombre, esa chica de la que no me puedo olvidar el nombre, la novedad, las ansias, las caras recurrentes… La vida parece ser que solo sabe darse bajo las mismas estructuras muchas veces, pero sin embargo ya le veo los hilos a esta escena eterna, y sin alegría ni tristeza siento que este ciclo se quiebra en algo que pretende ser novedad. Bajo el mismo cansancio siento que busca emerger otra fuerza, algo tenue pero más firme ante cada mismo tropiezo. Será experiencia quizás o una bronca de tres segundos. Y si es que viene algo nuevo, no se en qué sentido; no tengo mucha idea. Y no hablo en específico del amor o del éxito o de las relaciones en sí, sino de todas  las cosas que se inclinan a ya no ser lo que eran antes. Sé que al final es una estupidez pensar en eso porque si algo pude aprender de mí es que nunca tengo que hacerme caso cuando me siento así; siempre digo lo mismo, y mañana puede que termine abrazándome a los mismos fantasmas. Quisiera alguna vez poder enojarme con todo esto, conmigo y con todos y así tener el cansancio suficiente para hacer algo. Algo bueno o algo malo…por mí bien. Es algo así como estar tranquilo pero cansado al mismo tiempo, gastado de tener que tragarme los sucesos tal cual como son y ver que el mundo no hace más que girar. Algo desconfiado de volver a rearmarme en cada ocasión por temor a que me vuelvan a desarmar en cualquier momento. Porque si fuera que me vuelvo mejor después de cada caída seria un consuelo, una razón para levantarse al menos, pero lo cierto es que cuando alguien desaparece llevandose un cachito de mí, tan solo es eso, tan solo me siento un poco menos que antes. Estoy cansado pero nunca alcanza. No alcanza para poder cambiar algunas cosas que se le escapan a mi voluntad, para protegerme de memorias que arden. “Por qué quieres volverme al pasado, si el pasado no quiere volver”, decía esa canción. No queda más que darme por vencido con el pasado, porque sé que nunca voy a poder salirme de él. Solo queda apaciguarlo con algo de presente y con el consuelo de un futuro que todavía no entiende como llegar. Ayer, hoy , mañana… no importa mucho. El tiempo no tiene nada que ver en las cosas que hago. No tiene la menor relevancia si ayer hablé de desamores o de viajes, si hoy hablo de cuentos o si mañana vuelvo a escribir de lo mismo. El problema nunca fue un desacuerdo con las temporalidades, el problema siempre fue no poder hacer mucho con mis comportamientos. Con todas las ilusiones o las ideas que no sé si alguna vez podre corregir. Debe ser que el tiempo no es mucho más que solo un lienzo imaginario donde uno cree que quedan registradas todos nuestras experiencias que fueron y que seran, pero cuando vemos que  no resultan muy bellas o a lo mejor las esperadas nos terminamos enojando con la obra resultante. Gritándole a un bosquejo indiferente de todos los garabatos que definen nuestra vida. Quizás es porque nunca aprendo. Debo ser un mal artista.

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¿En busca de la felicidad?

Creo que hay que tener cuidado con la felicidad. Sobre todo con la ajena, o con las cosas que se suponen que le hacen bien a la gente. A cada rato escucho, veo, siento, me venden y me imponen todos los caminos y las maneras de llegar hacia ella. Y no es que los rechace, sino que pasa que no creo que haya una forma valida que funcione. Es más, me gusta saber que es lo que a cada uno lo moviliza y  hasta a veces participo en la obtención de eso deseado para algún otro. Es lindo ver esas caras. El problema de base es que manejo cierto escepticismo en cuanto a todo lo relacionado a este tema. Porque si no creo que exista en concreto esta cualidad de ser feliz, mucho menos voy a abrazar todos los métodos que el mundo; o mejor dicho, que las personas, en nuestra obsesión para llegar a eso tan lejano, recorremos con inercia complaciente. Porque si fuese un estado de plenitud verdaderamente, no creo que se llegue a él mediante vías tan accesibles y efímeros. No sé… que la puerta a ese lugar se de en cosas tan mundanas alrededor nuestro. Y hablo tanto de cosas simples como hasta de las más espirituales si se quiere: una comida, un auto, viajar por el mundo, dormir caliente en un cama, aprobar un exámen, tener a alguien por quién morir, o mejor aún, tener a alguien por quién vivir, un trabajo bien pagado, el amor, el sexo, la familia, la amistad, los vicios… lo que sea que te haga doler menos el mundo, lo que sea que creas que te hace feliz.

Sin embargo nunca supe bien como es eso de estar feliz, de llegar a ese escalafón a través de estas cosas. Y también hay veces en las que olvido, o pretendo olvidar seguramente de que no creo en esa meta. Y es entonces que en algunas noches me encuentro en situaciones indeseables al fin, elecciones en las que sé a primeras que me meto solamente para olvidarme un rato de todo. Y es así que el clásico ¿que estoy haciendo acá? se hace presente. En esta búsqueda hacia la felicidad que no hace más que traer más infelicidad. Y si por casualidad en estos momentos donde me subo a alguno de estos caminos percibo que podría darse la chance de rasguñarla al menos, ocurre que también carezco de la formación emocional o del conocimiento interno suficiente como para identificarla durante en acontecer. Lo único que me indica que puedo llegar a estar radiante o con un humor de fiesta es que me vuelvo torpe hasta al extremo, un boludo digamos. No me termina sentando bien mi momento de dicha y se me baja la guardia con todo y con todos, con los que no debería ablandarme sobre todo. y así se va espantada de mi prudencia de que me vuelva vulnerable, no es porque me crea un tipo triste y eso me limite, que en algún punto lo soy., sino es que siempre cuando me advertí en un momento de felicidad, ya había pasado, ya se había convertido en la nostalgia del recuerdo. Y no dudo de que haya gente que puede controlar y hasta no darle bola a todo esto, pero a mi ya no me sirve para los días de la vida. No para todos ellos.

Tampoco creo que uno mismo se pueda reconocer feliz, o quizás si, pero es raro. No conozco a muchas personas que cuando les pregunto cómo están me responden con un rotundo feliz. Ojala pasara así, pero no suele darse eso. Me gusta tomar prestada esa frase de El secreto de sus ojos, en la que un inspector de la policía le pregunta al personaje de Darin como andaba, y este le contesta “cansado de estar feliz”, pero con la cara con la que acompaña y contradice esa linea es una joya propia de nuestro argentinismo. Un genio quién escribió esa escena. A eso me refiero, que nunca falta ese tan hipócrita “bien”, ese signo de que las cosas son una porquería detrás de todo. Como si se estuviera cumpliendo de algún modo ese futuro pasado y distópico de 1984 y que cualquier manifestación de inconformidad con la realidad este mal vista, que por el temor de alguna sanción social evitamos gritar a pulmón abierto de que algo esta roto. No hacemos más que construir aparente estabilidad para tapar todas las toneladas de insatisfacción que parecen no hacer más que acumularse en cada disgusto diario o, también, de maquillar las penas con una sonrisa delatora y para mostrarle a los demás que nada duele, que es un emblema de una fortaleza imposible ante la erosión de la angustia. De esas cosas sí se algo, de esas cosas todos saben, solo que a veces es preferible esconder esa miseria privada de los demás por el temor al rechazo supongo.  Muchas veces creí necesario, que para encajar entre la corriente, el creerse pleno y fuerte ante la presión del tic-tac, como acción contraria al pulso de las preguntas que jamás tendrán respuestas solidas; creer  tal vez de que si sigo al pie de la letra esos planes de positivismo dañino y de filosofía exitista, para algún día terminar creyendo en que esas formas de proceder son naturales. Pero de que sirve evitar la angustia o la tristeza. Son solo síntomas que hay que tener en cuenta, como señales de una enfermedad subyacente que hay que tratar si nos ponemos desde la postura de los médicos. Intento decir que no es bueno darle la espalda a la angustia con distracciones o falsas superaciones. Cuando se hacen notar es para algo. Son mensajes de cosas que hay que resolver, o por lo menos, considerar en que terminaran. De que sirve si subimos las mejores fotos a Instagram, de buscarnos una pareja con la mejor figura posible, o de ahorrar todo un año para comprar el último celular que en las semanas venideras pasara a ser viejo, y si seguimos en esa linea de pensamiento hablo de que nos llenamos de cosas que no valen, de vínculos que no nos aportan como personas sino solamente en la sumar más  a esa apariencia de simulado control, de total invulnerabilidad. Nada duele.

No creo que se debe basar en todo lo que obtenemos o lo que podemos mostrar sino en todo lo que somos y en lo que podemos mejorar. La felicidad no es más que una apariencia, intentar ser feliz es un despropósito.  Una vez escuche a alguien decir que la felicidad no esta en lo externo sino que se realiza dentro de uno. No me acuerdo bien quién, habrá sido un filosofo al que no quiero arriesgarme en pifiarle el nombre, pero que claramente entendía mucho mejor donde esta la verdadera satisfacción o a donde se debe apuntar el esfuerzo de uno. No sé, es más agradable de seguir esa propuesta, más sostenible y más duradera quizás, porque lo que uno logra en si mismo, todos los aspectos que va puliendo con tiempo, aquellas partes feas y blandas que se endurecen con perseverancia y dolor, todo ese armado de fuerza y sabiduría que te va dando sostén dentro tuyo, ¿quién carajo te las puede sacar? Ni la peor desilusión, ni la peor ausencia, ni la más triste muerte de las cosas te va a tumbar si estas bien balanceado en tus fortalezas. No sé, por ejemplo en mi vida me siento erróneamente bien cuando pienso que una de las pocas cosas de las que puedo presumir son las amistades que hice, no por el hecho en si mismo de tener gente que me reconoce como su par, sino por el tipo de gente que son, pero si me analizo por fuera de ellos no me queda mucho de mí. Pero me equivoco en pensarlos como algo mio, van más allá de mí. La mayor parte de mi consistencia o de mi identidad como valor  no está depositada tanto en lo que tengo sino vínculos a los cuales me aferro con algunas personas.  Algún que otro amor, algunas amistades, en las idealizaciones, en la familia. Sin mucha dudas no me molesta vaciarme en ellas porque es como me sale, y entonces no puedo medirme y comparar la cantidad de esfuerzo, y me vacío en esas relaciones para hallarme con los huecos de fragmentos ausentes cuando suceden que ya no están esos personas en mi vida. Después se siente como que con la ida de ese vinculo también se me va un pedacito de algo que no debería irse, y que no que intentar llenarlo con cualquier cosa a mano. O mucho peor, si bien no los veo como pertenencias a esa gente, de alguna manera las termino por incorporar a mí, a transfigurarlas para que quepan de acorde a mi necesidad de autosuficiencia. Es algo que no me había dado cuenta hasta no hace mucho y me termina dando vergüenza con solo pensarlo. Algo que hago mal y lo sé por suerte, aunque algo tarde, en eso de considerar los logros de ellos y así complementar las piezas que me faltan con sus mejores cualidades y sus inagotables triunfos. Y quiero pensar que estoy haciendo algo al respecto últimamente, pero no es fácil construir con paciencia sin poder vislumbrar los resultados en un corto plazo. Quizás nunca sepa bien en lo que derive este intento de construirme sin robarle a nadie y quizás así deba ser. No en la obtención de algo final, de algo tangible y perceptible sino que puede que al final se trate del transcurso simplemente, del viaje como suelen decir, y deba de experimentar la operación sin esperar lograr algún resultado. Laburar un poco en la soledad de uno, sin ansiedades de llegar a ningún lugar. Moldear la armonía que media entre lo que somos y lo que queremos llegar a ser. Pero que no se me tome como superado. Solamente me gustaría poder seguir este camino, el cual considero que va mejor conmigo. Cada uno con sus modos, con lo que menos le cueste.

También hay lindas angustias, también pueden haber tristezas deliciosas. No sensaciones estereotipadas o atribuidas a lo oscuro, sino que hay cosas que uno no puede explicar bien y en ese aspecto se vuelven tristes y de alguna manera deseables. Hasta puedo decir que solo en situaciones así puedo reconocerme mucho más alegre en comparación a otras que tendrían que hacerte sentir saciado de tanta disfrute. Pero esos momentos no suelen durar más que el estribillo de una canción. Son pequeños indicios que en alguna parada de colectivo quizás, o en el silencio de la madrugada al escuchar una respiración profunda del otro lado de la almohada, o caminando bajo una lluvia cualquiera, en alguna de esas situaciones se deslizan sobre uno mismo, como pausando por un ratito la realidad y dando la posibilidad de reconocerte vivo, de abrazar esa gracia de poder que todo es posibilidad. Una vibración en el aire que dura lo mismo que un pensamiento, que un sueño tal vez. Y suele llegarme un olor a optimismo y a buenas ideas que sospechosamente suceden cuando no espero nada, cuando la mente esta despierta pero en calma con sus funciones básicas. Y así son que estos instantes de entusiasmo desconocidos, de inesperados subidones de adrenalina, así como llegan se vuelven a evaporar en el viento, en el ruido de una rutina que se acuerda de volver a repetirse. Si existe la felicidad en el sentido más prostituido de la palabra, esos son los únicos restos de ella que deben quedar volando por el mundo.

 

Desde las cenizas

     Para cuando abrió los ojos, el mal sabor del cigarro anterior seguía latente en su boca. Sin embargo, una mala costumbre de las mañanas la hizo chequear su cigarrera de lata en busca de otro. No había más, aquel había sido el último. Pero esa no era la ausencia que la había movilizado, eso no le preocupó demasiado, sino la falta de algo que no podía definir la inquietaba mucho más. Sentía en su mente los ecos recientes de una sensación sumamente agradable, como la resaca de un sueño placentero y que no podía recordar. A medida que se despabilaba intentaba darle forma a esa incógnita. De recordar quizás lo que en alguna que otra clase había aprendido sobre lo que ocurre durante ese tramo casi inexistente: en el que las neuronas comienzan a reactivarse en fogonazos de coherencia y formalidad y de que emociones se cuelgan al primer pensamiento, a los primeras imágenes familiares para así poder emerger con ellos y llegar a ser. Pero… ¿qué era eso grandioso que la había atropellado para después retirarse sin marca alguna mas que ese delicioso desgaste? Mientras usaba la cucharita de metal para dibujar con los restos de café sobre la mesa pensaba en eso, que la razón nunca le fue suficiente para explicar los vaivenes de su vida. Y lo cierto era que se encontraba sospechosamente plena a pesar de los angustioso del momento, cosa que la llevó a a cuestionarse sobre el origen de aquella dicha. Profundamente temió que esa alegría anónima correspondiera en realidad a la terca ilusión de siempre, a una que cuando asomaba no podía evitar subirse en su galope. Se sintió algo molesta consigo misma al saberse carente de la fortaleza emocional necesaria para haber hecho algo al respecto. Una falta grave a todas esas sesiones de olvidos voluntarios y de distracciones que invertía sin descanso para mantener a raya esa búsqueda de anhelo. Pero es que allí, al despegar la cabeza sobre el empañado ventanal, comenzaba a entenderlo de a poco, o mejor dicho, no hubiese querido entender que deseaba con todas sus fuerzas, y que ya no eran muchas, que cada uno de los elementos presentes en aquel desolado salón fueran tan solo lo que parecían ser y que el significado en el que se iban desnudando sus figuras y sus colores no designasen algo más que una inocente e indiferente organización de cafetín ordinario. Temió el haber deseado aquello. La ilusión secreta de que esa cortina caótica de rizos colorados, que con ternura le entorpecía la vista, la hubiese arrojado a otra realidad más cercana a esas añoranzas culposas. Lo cierto es que se vivía enredando en aquella tierna contradicción cuando en estos episodios la inundaba el arrepentimiento propio del infiel que se sufre en sus engaños. Pero para ella, la traición no se daba por la carne, ni siquiera hacia un otro; su traición iniciaba desde y hacia sí misma, y eso era lo que no se perdonaba. Efervecia una alegría suicida en ella al descubrirse victima una y otra vez  de esos juegos que le habían sido tan tontos y la vez tan profundamente cálidos, pero que ya no le pertenecían, ya no eran más. Una fuerte compulsión de buscar meter las pecas de su nariz entre los despojos más íntimos de su memoria, entre el calor de algunas trémulas brasitas que se habían quedado ardiendo todavía bajo el brillo de días mejores, u en ocasiones en el oscuro fondo de una mesita de luz. Y sin embargo, y por suerte, toda la situación del momento le decía otra cosa: esa cuenta sobre la mesa y esas sillas levantadas que indicaban clausura y el rumor de unas voces y de unas vajillas que presurosas resonaban desde la cocina y esa taza agrietada que anidaba la vieja peste de borra y de colillas fulminadas, y sobre todo el oír del derrumbe de una sonrisa a medio nacer, al percatarse de que nada de lo allí dispuesto formaba parte de sus trucos baratos e infantiles; todo aquello volvía a significar no mucho más que la obra rígida y habitual del mundo, del mismo mundo de ella y el de todos; mas no el de ellos.

    El ridículo del descubrimiento la dejó marcada en su orgullo, con un fastidio hueco. Algo así como el cuerpo agrietado de aquella taza que miraba sin mirar. No lo llamó al mozo. Tomó su abrigo y dejó mucho más en la mesa de lo que había consumido. Una vez afuera, llenó sus pulmones con la el aire sofocante mientras se llevaba sus finos dedos sobre la cien. Pero el fastidio persistía, no aflojaba. Solo consiguió sentirse más cansada, mucho más de lo que el desgaste usual después de una jornada de apuntes y de archivos interminables la solía dejar. De forma paradójica en esa fatiga encontró la fuerza necesaria para tomarse unos segundos y así poder vislumbrarse en la distancia. Allí, sobre rodeada por los vidrios empañados de aquella entrada, se veía inmersa en la certeza de que esa noche parecía peculiar a todas las demás que pasaban indiferentes. No se podía ver mucho más de lo que una neblina calurosa proponía. Solo el silencio parecía ser visible, como si se desplazara con seguridad, escurriéndose impune por las siluetas inmensas de las edificios. Las manos las sentía entumecidas pero no buscó el abrigo en los bolsillos de su campera. Pues, no quería sentirse más culpable al dar con la hora acusadora del teléfono, o mejor dicho, por la cobarde certeza de llegar a dar con las protestas de su amiga; cosa que a esas alturas de seguro ya se habría acostumbrado en el ejercicio de cada fin de semana de por medio, al esperar verla entre el público y que nunca estuviese allí. Las traiciones parecían no hacer más que acumularse en su culpa. Y puede que haya sido esa culpa que la apresuró o algo que ver con los pálidos focos ambarinos que le imprimían un estatismo tenebroso a aquellas llanuras de concreto o, si en efecto, fue la penumbra detrás suyo que ya se había tragado las luces junto con las voces del café. De todos modos le resultaron indicios suficientes como para emprender la marcha; una buena pasajera nocturna entendía bien que en noches así, de aparente calma y silencio, a los corazones quietos se los pueden terminar devorados por la nostalgia urbana de los lugares. Le costó un poco sacudirse la torpeza de las piernas antes de posicionarse precisamente sobre la mitad de la avenida. Mientras escarbaba entre la infinitud de hojas sueltas y de notas que habitaban dentro de su morral percudido, giraba de momentos la cabeza hacia cada dirección, como si estuviera indecisa por algo. Y de repente, con una mueca de satisfacción que lo confirmaba, encontró en algún bolsillo interno un par de cigarros sospechosamente olvidados. Mecanismo ideal para estas ocasiones de emergencia tabaquera. Después de algunos intentos pudo prender uno, mientras se distraía pensante con la primera bocanada gris que se perdía difusa en la humareda blanca de la atmósfera. Tenia claro que no eran muchas las posibilidades que la aguardaban: calle arriba era el departamento, los rituales de siempre, las pilas de apuntes y de ropa para planchar, la masa de pelos, que a falta de creatividad ambas le decían Michi, el insomnio compañero y un balcón sanador, todos los testimonios silenciosos y privados que en soledades equivocadas  la ataban a todo lo que supo ser; calle abajo, era la otra cara de la moneda,  la otra mitad de los brazos abiertos y viciosos,  las posibilidades deliciosas, el arrimo de lo cautivante, de la falta de rutina, era la proximidad a todo aquello que podría ser. No importaba en realidad, solo quería saborear la sensación de creerse libre en elecciones. La decisión estaba tomada desde mucho antes de haber sucumbido al cansancio, en aquel espacio casi escondido de la cafetería en el que nadie aparentaba haberse percatado durante un buen rato de su presencia. Sabía que tenía que asistir a esa cita aunque ya fuera tarde y su amiga se encontrara en el clímax de su show, aunque llegue solo para ver la última chispa de furia pulmonar saliendo por su saxo estridente. O quizás no era tan así. Con algo de suerte, todavía seria temprano y aquella con su banda aún estuvieran sumidos en sus rituales etílicos previos al show. Cincuenta y cincuenta, nunca se sabía con ella. Pero el camino era largo a pie y no le quedaban monedas para el colectivo. Sin embargo lo más importante era que estos habían dejado de transitar hacia un buen rato probablemente, pero aunque hubiera advertido este hecho tampoco le hubiera importado. Quizás porque prefería sentirse en el rescate de algunos fragmentos de frescura infantil esquivando algo divertida la cascada de baldosas que le avanzaban en el camino. No se trataba solo de eso, era más parecido a una complacencia, que nunca pudo comprender en su totalidad, de algo que emanaba un privilegio secreto y jamas acordado respecto a ese mundo de luces y de calles frías. Como si su pulso andante fuera el único designio permitido de calor entre ese basto cementerio de pavimento y metal. Mientras más avanzaba, más empezaba a creer en esto.

    Media ciudad después, vio la vieja panadería italiana y entonces supo que no faltaba mucho; a lo mejor unas ocho cuadras más o menos para después seguir el camino del boulevard, luego cruzar las vías, y asi por fin llegar a ese pub. Ese lugar, al que escasas veces había ido, tenia un nombre muy conocido pero que nunca podía acordarse. Algo que remitía a una canción que era pura tristeza o a una leyenda de los sesenta quizás, de esas que se no hacen más que resurgir en cada juventud nueva. Era lo de menos, los nombres no hacen a un lugar pensó. No podía evitar ese olvido como tampoco podía evitar una picara sonrisa mientras imaginaba qué cara pondría aquella apasionada del saxo cuando la sorprendiese, cosa en la que nunca había sido muy diestra, por lo menos no en las buenas. Cuando quede pasmada de alegria sobre el intento de escenario al verla allí abajo a esta apasionada sin pasiones, discreta pero irremediablemente resaltante con su pelo de fuego y el esfuerzo de esa sonrisa olvidada, intentando entregarse al show y a ese ambiente que le resultaba decadente pero excitante, seguramente entre las mesas de pool o en el ajetreo de la gente, que si se hallaría contenta viéndola de nuevo intentando reconciliarse con su propia juventud o si estuviera justificadamente enojada y pasase de esto, y que si el enojo fuese verdad, cuáles deberían ser las compensaciones que tendría que idear al día siguiente para saldar su falta, y que el chico de la batería era más que probable que estuviera allí, y que sabía que de vez en cuando solía hacerle preguntas acerca de ella, y que tal vez no era muy agraciado físicamente pero parecía buena persona, y que parecía alguien atento y agradable con quien estar y que tal vez, quién sabe… hasta podría ver a donde le llevaban las cosas junto a él, pero que con ser inofensivo no es razón suficiente, y pero que cada vez que compartían miradas ese ardor que le subía por las piernas hasta sucumbir quemante en el pecho tenía que significar algo más que vergüenza o pudor, y que quizás un día de estos después con alguna excusa tonta lo invite a tomar algo, o qué quizás le gustaba más la cerveza, pero que puede que todavía era muy pronto, y que las cosas nunca salen como uno quiere tampoco, y que…

   Unos aullidos repentinos le cortaron el pensamiento. El silencio que entonces dominaba la ciudad, se vio sacudido por aquel rumor que se alargaba en el aire. No podía ubicar la dirección de donde podrían provenir, quizás también porque la cortina de niebla parecía alterarlo, lo multiplicaba en gravedad por alguna razón que se le escapaba. Es que así, alrededor de ella resonaban infinitos estos lamentos, atropellándose en cada superficie de cada hogar, de cada árbol, de cada poste; como si lo único que buscasen fuera un oído gentil que los albergara de algo tremendo por de más. En un principio se le había cruzado por la mente nerviosa ciertas ideas sobrenaturales o de gatos peleando por las azoteas, quizás hasta le pareció hasta el inicio del fin del mundo. Pero a pesar del escándalo apabullante de la situación, se sobrepuso por unos segundos para notar que aquellos sonidos resultaban ser algo más mecánicos y cercanos  a su plano cotidiano. Sirenas de ambulancia o de algo más grave quizás que una emergencia médica. Sin más, sintió nacer de las piernas y en su pecho un temblor, pero no de los agradables. Mas bien era como una sensación hostil en el aire, signos en su entorno difuso que no podía procesar pero que le advertían de un peligro cercano; detrás, delante, a los costados…algo terrible podría pasar. Malditas alarmas, pensó entre otras injurias. Le alteraban en sobremedida como si fueran el grito anunciante de una fiera invisible a punto de caer sobre ella, a punto de apagarla violentamente con sus colmillos en cualquier momento. Fue por ese motivo que el miedo del momento la obligó a buscar seguridad contra una pared, y era tanto aquel, que para aminorarlo con el peso de la razón, se le asomaban ideas  a asomar ideas sobrenaturales, o de ataques nucleares inminentes, de la muerte o mejor aún, el fin del mundo. La intensidad de aquellas fue tan inmensas que perdió el control y de pronto se había abandonado.  Con las manos fuertes sobre las orejas, apretando fuerte las muelas y los ojos. Y estuvo así por unos segundos o una eternidad, hasta que cayó en la cuenta de que el ruido había cesado, pero que ahora se escuchaba algo mucho peor. El silencio. Pero le se asemejaba al mismo que el de antes, el que favorecía amable la calma de un paseo nocturno. Era uno con otras intenciones claramente, cosa que la abrumó tanto que súbitamente se olvidó del frío y de su destino próximo. La tensión de la calma la empezó a seguir apenas retomó el camino. Tanto así que sin notarlo en un primer momento, se encontró caminando con una prisa ajena a ella mientras en su pecho volvía a crecer la necesidad imperiosa de alejarse de la situación en la que se creía atrapada. Algo acechaba entre la traicionera niebla y esta vez no se molestaba en ocultar su presencia. Los zumbidos de la bruma cortándose con rápidos movimientos alrededor de ella la impactaban en su deteriorada tranquilidad. Pero su emoción terminó por empeorar cuando detrás de ella, estallaban furiosos unos chasquidos sobre el cemento que se parecían aproximarse cada vez más. El primer reflejo fue el de un trote torpe hasta terminar en una huida errática y descoordinada. Se sorprendió de la reacción inesperada de ese instinto inundandola por todo el cuerpo. Algunos tirones en los muslos, la hicieron recordar que en su haber manejaba muchos vicios, menos el del ejercicio. caótico instinto de escapar. En algún momento durante ese atropello de pánico, sintió formas circulares y estructuras curvilíneas bajo sus pies, no entendía muy bien por donde iba pero tenía que ser parte del boulevard esa semirotonda que interrumpía por algunos cientos de metros a la avenida. Y con esa certeza en mente huyó hasta que creerse  lo suficientemente lejana a ese alboroto sombrío, hasta que en una vuelta espontánea vio a lo lejos con un rincón irreconocible pero absurdamente iluminado. Con una esquina que no supo ubicar en el primor de su prisa pero en ese momento se disponía a alcanzar a toda marcha. Dispuesta a dejar bien atrás eso que sentía respirarle en la nuca.

    Una vez allí, bajo la aparente seguridad de ese brillo, se dispuso a retomar el aliento a la vez que se ayudaba en el apoyo de un semáforo. Después de unos segundos, cuando de a poco el temor se le disipaba en cada respiro, se percató de que se había desviado de la avenida que la llevaba al pub. No recordaba con seguridad aquel lugar pero le parecía que había estado en algún momento parada justamente ahí. Era raro que no hallase familiar nada de lo que veía alrededor suyo; resultaba que desde niña siempre tuvo libertad  manejándose a su antojo por la ciudad, tanto por los rincones destacados como los marginados de esta misma. Y en aquellas andanzas nunca había visto un sitio parecido, que desentone tan fuertemente con las demás estructuras aledañas. Es más, podría haber jurado que desde que sus primeros recuerdos, o mucho antes de nacer siquiera, allí no había más que una zona desierta. Era un lugar que a simple vista uno diría que fue construido durante la época colonial, por el estilo y la impronta señorial difícil de confundir. ¿Cómo pudo haber pasado por alto tal diseño durante todos estos años?  Pero no menos extraño era el intenso el fulgor de unas marquesinas que parecían repeler cualquier oscuridad en la noche. Hasta la niebla, sin darse cuenta antes, parecía haberse retirado asustada de este brillo. Al fin se sintió segura. Era algo muy similar a la paz ver que todo era claridad y silencio bajo la presencia de aquel lugar. Fue en eso que sacó del morral el último cigarro que tenia y se puso merodear la vieja estructura en busca de alguna memoria rebelde sobre aquel lugar. Notó en lo alto figuras penumbrosas y confusas de distinguir sobre un gran cartel, al cual parecía no querer llegarle la luminosidad. Alcanzo a deducir que seria el nombre del lugar. Sin más, caminó sobre la acera con paso detectivesco, sin despegar la vista de las grandes letras negras que yacían sobre el ese fondo blanco arriba suyo, palabras que nombraban a una película que nunca había visto. El título le remitía a algo relacionado con pájaros mitológicos o quizás a algo de aviones. Antes de dar con una gran entrada, determinó que era un cine por las obviedades exaltantes a la vista. Ciertos elementos como esa amplia e innecesaria escalera de mármol al pie del umbral de las enormes puertas de metal dorado y cristales empañados, le daban al aspecto  general un porte muy señorial y estilizado, cosa que embelesaba la vista inicial pero que contrastaba aun más con esa porción de ciudad. También se había fijado en esas portadas que estaban remarcadas en las paredes previas a la entrada, y en ellas figuraban nombres de directores y de actores de los que jamas sintió nombrar. Hombres y mujeres de otro mundo, tragados por el olvido de las incesante creación. En una de estas imágenes, la única que parecía estar intacta, estaba la imagen de esa película que se anunciaba en la marquesina. Examinándola mejor, pudo ver que en su dibujo de estilo vintage habían unas figuras diminutas sobre la arena pareciendo escapar de otra figura a lo lejos, algo más grande y difusa que apenas se definía en contraste con un sol que amanecía detrás, o puede que atardecía. No sabia, no importaba, hace rato que le era igual definir los horizontes. Pero viendo aquel dibujo con aun más atención entendió que esa figura que los perseguía parecía ser una especie de avión y en lugar de escaparle, estas sombras diminutas parecían querer cargarlo con la ayuda de unas sogas por alguna razón. Alguien alguna vez le había comentado sobre la hermenéutica del cine, y el doble mensaje, pero si había una metáfora en esa póster le era totalmente ajena. Pero si este era un cine, como es que no lo conocía o por lo menos que no había escuchad nada sobre el.  Cosas así, y mas en esta ciudad donde la oferta cultural escaseaba, se sabían con rapidez. En el diario no había visto nada al respecto. Una inauguración reciente quizás, sin mucho tiempo para difundir la noticia. No le presto mucha atención a esto, la alegría le sobrepasaba a la curiosidad sobre aquel hallazgo. Hace muchísimo tiempo que les faltaba de un cine en la ciudad, y según las anécdotas el funcionamiento de uno le precedía mucho antes de nacer. Nunca había podido saber a flor de piel lo que era ver una película en una gran pantalla, con todo lo que eso conlleva. El reloj nunca le era muy amigo. Por eso, entre otras cosas, prefirió convencerse de que ya era tarde para llegar a tiempo donde su amiga, que en la mañana cuando la encontrase en casa se disculparía como siempre y la compensaría de alguna manera. Y de igual modo intentó convencerse de que  las razones por la que le seguían temblando las manos no eran mas que la llana emoción por la novedad del hallazgo.

    El pasador de la puerta cedió sin mucha dificultad. Dentro del vestíbulo, sintió que el aire cambiaba a un calor más moderado, a uno que le acariciaba la piel. Esa sensación acrecentaba aún más por la calidez visual que se desprendía del ambiente. La finura encandilante de los tapizados vino tinto que decoraban las altas paredes, el candelabro de cristal a la misma altura que el primer piso, todo el extenso piso cubierto por alfombras que se mullían como nubes ante los pasos de la atrevida visitante, y esa melodía dulzona de violines que fluía en el ambiente y que apuntaba hacia lo que parecía ser la boletería. Al acercarse al mostrador no vio a nadie del otro lado. Solo una radio encendida con el volumen bajo y una banqueta despintada. Prosiguió a golpear con la punta de su dedo el vidrio y a esperar que alguien se asomase por la puerta que arrimaba en el fondo del cuartito. Uno, dos minutos y nadie apareció. Con la mirada le dio una vuelta más al vestíbulo y a las escaleras contiguas a este, en busca de alguien que estuviera a cargo del lugar, pero todo permanecía tieso, amarillo y quieto. Todo menos unos destellos en flashes que escapaban por un umbral en penumbras, que parecía conectar con la sala donde se daba la película. Posiblemente justo esa noche misma noches estaba ocurriendo una proyección privada. Pero no, no podía ser, si aquello era cierto, con la película ya comenzada, de seguro la puerta principal estaría bajo llave. O puede que el encargado tuviera  un altercado de algún tipo y se haya ausentado por unos minutos simplemente. Pero, entre puede y puede la impaciencia le ganó de mano porque antes de seguir abarajando más posibilidades, ya había divisado del otro lado el rollo con los boletos. Mucho titubeo no le llevó a definir lo que haría a continuación. Pues no consideraba vergonzoso el hecho de que si la llegaban a encontrar sea arrancando un ticket sin permiso, de todas maneras había dejado un puñado de plata sobre la taquilla. Lo que realmente la lleno de vergüenza de tan solo pensarlo fue que alguien la encontrase retorciéndose y estirándose ridículamente a través de la estrecha abertura del cristal. Tal esfuerzo demandó aquel atrevimiento que tuvo que deshacerse momentáneamente de sus abrigos y del morral, para poder usar las dos manos, hasta dejó apoyado lo poco que quedaba del pucho sobre una fisura en la madera. Después que logró su cometido, se hizo con sus cosas nuevamente, y con aires de sospecha se metió con prisa a la sala donde se estaba dando la película, no sin antes dejar la parte troquelada del boleto sobre una urna de metal donde rebozaban otros pedazos idénticos de papel.

   Al entrar, sintió cierto consuelo al ver que la sala estaba desolada. Que no era una función privada ni nada por el estilo, que ni siquiera había allí un solo refugiado que buscase aplacar el insomnio, en aquellas horas tardías. Bajó por el pasillo, procurando no tropezar al  distraerse con las escenas que parecen vivas sobre ese aquel rectángulo inmenso en frente suyo. Se paro justo en la mitad de todas las hileras de filas al recordar una enseñanza que pensaba olvidada. Eso la hizo buscar un asiento que formase un angulo más o menos de unos noventa grados entre su campo de visión y la pantalla. Pero antes de tomar asiento, hojeó la parte superior de donde surgían aquellos halo de luz que atravesaba toda la sala. Pero no pudo ver si había alguien detrás, solo veía sombras que iban y venían por la rendija de ese oscura abertura. Sin más vueltas, aflojó su peso sobre el asiento y al instante notó que la amortiguación del material estaba algo vencida. Algo impropio pensó y hasta inaceptable de lo que se esperaba de un cine nuevo. La cinta parecía bastante avanzada ya. Reparó en el hecho de que en la pantalla se proyectaban aquellas siluetas del póster e incluso en la misma situación, pero esa vez tenían caras y gestos, parecían personas. Le pareció sorprendente como ese chorro de luces que caía desde lograba contener todas esas caras, esos gestos, todas las imágenes que salpicaban desde esa lámina al estallar contra ella. Ahora entendía la misión que tenían por delante aquellos desconocidos. Acarreaban con sus ultimas fuerzas a la bestia de metal hasta la boca de una pendiente en la arena. De alguna manera sabia que iba a suceder, no recordaba haberla visto antes a la cinta, pero casi instintivamente el camino hacia el desenlace. Y no era lo previsible propio del género de aventuras, sino era algo más, algo semejante a esa sensación de certeza olvidada que tuvo en la cafetería. Como si aquellos instantes siguientes estuvieran grabados por una incansable repetición y solo pudiera acceder a los ecos de esas memorias. Esos hombres intentando reparar esa masa alada, el halo de luz que cortaba la oscuridad de la sala, las butacas maltrechas, el humo elevándose por las paredes; todo le sentaba tan normal.

   Lo normal de esa magia se hizo pedazos cuando todo comenzó a difuminarse. Al principio, creyó que solo era algo de cansancio, pero cuando el olor a materia chamuscada le penetro el olfato recién entonces noto la realidad en la que se tornaba la sala. Aquel momento era tan macabro y poderoso al mismo tiempo. La visión desordenada de ese avión,  moviéndose como una maquinaria espectral en el aire y logrando hacerse y deshacerse entre los vaivenes del humo y de la oscuridad. El estruendo altivo de orquesta avivaba con un extraño ritmo el éxtasis del momento, alterando el hambre furiosa de las llamas con cada pico de violín, por cada ráfaga de piano. El fuego se había expandido con rapidez por toda la sala; brotaba exultante desde los techos, los palcos, las butacas, la pantalla, la entrada. Hasta cierto encanto descansaba en ver como ese sofocante cielo formado de humo se tragaba todo el aire del cine. En un flaqueza de humanidad casi intenta pararse y alejarse a toda prisa de allí, pero en cambio, y aunque así lo hubiese deseado, su cuerpo no le hubiera respondido. Tal vez era  por la belleza fatal de la situación o la poca cantidad de oxígeno que restaba en la sala, pero lentamente empezó a caer en una suerte de sopor somnífero, mientras la aeronave rumiaba y tomaba carrera en lo poco que quedaba de la pantalla. En cualquier momento le parecía que aquel alzaría sobre las butacas, y aquel suceso sí que no quería perdérselo. Por supuesto que no. Se enteró que el humo le había terminado de ocupar sus pulmones, cuando los ojos le empezaron a ceder. ¿O ese humo era la niebla de antes que no le había alcanzado con tan solo asustarla? No importaba a estas alturas. Tan solo se limitó a entregarse y a contemplar todo lo que la atravesaba frente suyo, sin intentar siquiera cualquier esfuerzo de lucha en contra de aquel cálido vacío en el cual se deslizaba. Se sentía pesada y alegre. Casi dichosa de hallarse otra vez presa de esos juegos de fuegos y de fantasmas. Y fue así que todo caía en cenizas, excepto ese avión. Ese avión, no. Todavía no se decidía a despegar, por desgracia de sus pasajeros, pero seguía firme intentando abandonar el suelo. Y con lo que le quedaba de fuerza se despertó, justo un instante antes de que sus párpados se desvanecieran. Y así sintió como ese pedazo de basura metálica alada la despeinaba en su vuelo, despegando de una vez por todas desde las llamas para posiblemente perderse en algún cielo limpio de humo y de sirenas chillantes. Ojala que sí, pensó, pobre infeliz. Que pudiera encontrar un lugar bien lejos de aquel desierto de cenizas, en el que ella se estaba perdiendo de a poco. Sin dudas, hubiera deseado ver aquello. Solo podía desear. Desear haber acompañado aquel maravilloso espectáculo con el sabor de un cigarro en la boca. Pero finalmente terminó de recordar que no le quedaban más en la cigarrera. El último lo había dejado sobre el borde de una taquilla.

 

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Algo de tarea: Correspondencia de Carson McCullers

En una primera lectura, el cuento Correspondencia se extiende en cuatro cartas, donde la narración no se sostiene mediante acciones sino que se desarrolla más bien en forma de diálogo incompleto,  esto se debe a que nunca participa de él la otra parte a la cual van dirigidas esas cartas. En el marco de un programa de correspondencia, Manoel García, un adolescente brasilero, es el destinatario ausente con el cual intenta comunicarse, Henky Adams, una niña de la misma edad más o menos y estadounidense.

En las primeras instancias narrativas que comprenden las dos primeras cartas, en Henky se puede evidenciar fácilmente una postura por de más de afectuosa y entusiasta respecto al destinatario que nunca le corresponde y que, aún sin conocerlo, le concede una confianza y una simpatía ínfima e inusualmente extraña. Huellas que pueden verse en las cartas, sobre todo en las despedidas o en algunas marcas de emotividad: “Tu afectuosa amiga”, “afectuosamente tuya”, “maravillada”, “ansiosa”, y tales expresiones claras que sugieren la intención de una cercanía desde el vamos por parte del narrador que, además, le suma a este grado de afinidad el permiso implícito de poder llamarla con su diminutivo, “Henky”. Se presenta a sí misma con una actitud incomprendida y a la vez con una predisposición enamoradiza ante lo que no conoce, ante la posibilidad de estar en contacto con lo diferente, y es así mismo como ella misma se considera en algunos pasajes respecto a los demás chicos de su edad, enfatizando esta diferencia en muchos adjetivos como “diferente” o en expresiones de desinterés recíproco hacia los demás. Luego durante la tercera parte se puede notar una transición desde esa postura jovial y maravillada hacia las vetas del desencanto y de la sospecha ante la negativa de una respuesta,  una acentuación sutil en la distancia del personaje de la niña; esto se puede ver mejor en la presencia de conjeturas e interrogativas que abundan en estos párrafos, además de la firma del remitente que esta vez pone su nombre completo, “Henrietta Evans”, con la intención de hacer ver que está adoptando una postura más impersonal y distante respecto al ausente interlocutor. En la última instancia hay una ruptura en cuanto a su actitud de manera mucho más manifiesta, abandonando el estilo cordial y amistoso para pasar a un comportamiento de indignación y hostil por la certeza de saberse ignorada sin una razón a su disposición. Una vez más, una de estas huellas es la firma, mucho más formal que de costumbre: “Señorita Henrietta Evans”; la manera tajante en la que se dirige hacia el destinatario como “Mr. García”; la despedida final, desprovista de calidez alguna: “A tu disposición”; y la implacable posdata que deja patente el cambio radical hacia el desprecio.

El cuento se  hace gran provecho de las cualidades formales de este subgénero, el epistolar, con una ambivalente destreza tanto para estructurar con sutileza y simpleza los registros emotivos y comportamentales que varían en el personaje a lo largo de las cartas, como también  al hacer uso de los límites y de las formas propias de ese género a favor de justificar el juego con lo ambiguo dentro de la historia. Esto es, que plantea en reiteradas ocasiones como causa probable de la incomunicación entre ambos al contexto bélico de la segunda guerra mundial, como una dificultad en las vías de difusión de los servicios de mensajería. Al mismo tiempo juega de manera acertada a favor de la narración, con la duda de una indiferencia posible de parte de alguien que no cumple con el juego dialógico propuesto; la autora deja en el aire la incertidumbre que si en realidad las razones por una respuesta imposible son dadas por causas externas y extraordinarias a ellos, razones como las repercusiones de la guerra en todo la coyuntura mundial de entonces que amenazan durante toda la obra, pero desde un segundo plano, o si en realidad se debe a causas más triviales y próximas, como la indiferencia de un muchacho, o quizás dificultades técnicas en la entrega correcta de estas cartas. Esta dualidad dada por lo estructural y el contenido puede entenderse mejor con lo que Ricardo Piglia denomina dos historias en un cuento. Como plantea Peralta sobre el tema: “Piglia destaca como particularidad el hecho de que un cuento siempre narra dos historias”. Esto se puede entender como que la historia superficial vendría a recaer sobre relato lineal en el cual a través de cartas, una niña no puede comunicarse con un niño de otro país, y luego está la oculta, la cual de manera indicial se va entretejiendo en los pequeños espacios de la historia primera, que en el caso del cuento abarcaría esa ambigüedad antes mencionada sobre la irresolución de las verdaderas circunstancias o el desconocimiento de la situación del destinatario. Algo semejante ocurre en el cuento de Ernest Hemingway, Colinas como elefantes blancos, en el que la tensión de algo que se niega a emerger, oculta  entre los diálogos de los personajes, es implícita y constante durante todo el pulso de la  obra.

La construcción de la voz narrativa en el relato, que realiza Carson Mccullers, se sitúa en la misma perspectiva que la del personaje principal, lo que Genette llama “focalización interna”, y la mantiene constante en ella al ser obligadamente la única participe del diálogo unilateral que se compone con un personaje invisible. Al ser la única voz presentada, el de la niña, este recurso conviene a la ejecución del discurso en general porque permite el desarrollo fluido y sin intervenciones de voces alternas que entorpezcan las transiciones y las gradualidades que van tomando la postura de la protagonista en los diálogos registrados en forma de cartas; si bien el narratario está mencionado, y también en menor o mayor grado termina siendo el propio lector durante el relato, como alguien que pude haberse encontrado todas esas cartas por casualidad. Entonces, se puede ver que la falta material y efectiva de un destinatario ficcional que movilice la narración se construye agrede en pos de la intercalación de silencios en cada instancia narrativa; las ausencias entre cada carta permiten la intensificación los cambios de matices de Henky. Como bien dice Genette sobre el narratario: “…concebible materialmente como el conjunto de huellas que, el texto ofrece al lector para que interprete al relato”. Es decir que el tipo de narratario que se busca dentro de este cuento, es uno ausente, pero sin estarlo del todo, que permita valerse de los elementos del silencio y de la ausencia, con la intención de romper con la situación enunciativa básica y así lograr un efecto de mayor significación en cuanto al cambio de matices en la voz del narrador-personaje.

La historia se la puede ubicar dentro de lo realista al no presentar elementos que difieran con la lógica del mundo como lo conocemos. Con una prosa que se narra desde la primera persona y mediante un lenguaje literario y cuidado.  Este estilo realista logra profundizar en lo invariable y vertiginoso de las problemáticas inmanentes a la mirada de una adolescente que no hace más que comenzar a hacerse una idea sobre el mundo pero le cuesta comunicarse con él, y esto se cristaliza en la incomunicación propia con Manoel. Es decir que el realismo del cuento no se debe a la falta de dragones o fantasmas, sino que se apoya en la manera que tiene de relacionarse ideológicamente desde los valores y los juicios que le corresponderían al grupo social y cultural que encierra a Henky. Como entiende Mijail Bajtín, el relato construye evaluaciones ideológicas, en los modos y en las formas del cuento, atribuyendo esa subjetividad  a los juicios y a los valores vinculantes a la esfera social adolescente. En consecuencia, la carga ideológica que imprime McCullers  apunta a una relación dinámica en cuanto a la obra y al lector, que queda plasmada en una evaluación sutil sobre  la  incapacidad de comunicarse  de las personas y de los conflictos que pueden llegar a traer consigo este impedimento esencial, ya sean matanzas mundiales o tiernos despechos.

It´s such a beautiful day

A veces me pasa que amo y en otras que odio todos esos domingos que suelen darse tan claros y amables; hoy fue lo primero. Domingos típicos en los que no falta oportunidad de imprimirles la etiqueta, ante falta de temas de charla, el “qué lindo día, no”. La razón por la que rescato este día en especial es que me di cuenta que estoy sanando, que la rodilla parece aflojar y que probablemente podre empezar a andar de nuevo como antes. Igual se que no hay que forzarla porque aun se siente algún que otro resentimiento articular en alguna mala maniobra, pero… es un avance, después de tanto tiempo estancado y casi rengo. Parece algo tonta esta noticia, pero no veia la hora de llegar a sentir algo de alivio al menos, y una inesperada sonrisa amaneció cuando me llenó la certeza de que no es eterno este dolor, tan absurdo a mi relativa juventud, que era cuestión de tiempo no más… Y solo corrí (mi hermano adora ese temaso, hasta me mostró la versión de un Show más): extrañaba demasiado esa sensación que deja la simpleza del correr mientras uno se instala progresivamente en el clamor de los músculos tirantes y los espamos bruscos, hasta asimilar un dominio tal donde el esfuerzo y la fatiga son casi imperceptibles y así se puede aprovechar ese momento usar  para aclarar algunas ideas; amasar los pensamientos y las canciones mientras el aire y el paisaje cambia. Y no sé a ciencia cierta que procesos fisiológicos y químicos intervienen en esa sensación casi complaciente y satisfactoria cuando terminas el recorrido, pero se puede sentir eso, que no solamente con el sacudón de endorfinas se apacigua el exceso de pasado, sino aún más, en ese coordinar de un pie delante del otro, aunque sea por un momento o hasta donde de el aliento, como se va dejando el mundo atrás, porque es imposible huirle pero en cambio se puede algunas veces adelantarse de todo lo que duele en él, o beber de ese consuelo al menos. Y a pesar de que hace tiempo estoy algo oxidado de los pulmones y de las piernas, me la banqué bastante bien supongo: algo de unas tres vueltas al boulevard entero que funge las del corazón de la ciudad, y tenia ganas de seguir, y creo que hubiera podido pero la rotula empezaba a latir y había que seguir el marco de un calentamiento, era para entrar en calor o algo asi. Estuvo bueno, agradable a diferencia de correr solo, pues muy pocas veces corrí acompañado y menos en grupo, el tener que fluir con el ritmo de varios,  muy pocas veces hice lo que hice hoy si me lo pongo a pensar. Porque a Julian, el pibe que organiza esto,  me lo cruzaba dos veces al año a lo sumo en encuentros casuales por la ciudad, desde que no somos compañeros de facultad hace ya un par de años masomenos, y tampoco nunca hubo ocasión de profundizar alguna charla o salir con él y con esos compañeros de ese entonces, y las dificultades para generar esos encuentros venian de mi falso hermetismo para con mis metas. Hay que prestar más atención en el futuro con los que estas dispuestos a decir algo. Pero por suerte, por la mecánica misteriosa de la causalidad, o no tanto, hace algunas semanas en el trámite indeseable de cambiar un regalo, el pibe que me atendió resultó ser él y después de tantas esquivadas mías en estos años, nos pusimos al día masomenos, y en eso me contó que daba clases de algo que nunca habia escuchado y que si un día quería que le avisara para empezar. Y bueno…a ver a donde lleva todo esto ahora, por lo menos para empezar a fortalecer lo que parecia no tener arreglo. Y hay que decir que no enseña mal, o me parece a mí al menos porque muchos puntos de comparación no tengo ni recuerdos  muy claros de las cosas por el estilo que hice de chico, pero de algún modo fue positivo el estar en blanco porque el sábado fue todo novedad para mí. Pero lo que sí puedo decir con certeza es que le pone garra a esto, se nota que lo apasiona y eso es un gran estimulo para un quedado como yo; el ver que el otro estalla en motivación y dedicación con lo que hace es admirable de ver, y hasta cierto punto envidiable; un viento que empuja parecido siento fluir con los estudios últimamente, con el rumbo tan reciente y a la vez no tanto, porque hace años que le ando yendo y viniedo a ese camino, pero recien ahora encuentro la la determinacion en esto, aunque creo que ni es tarde ni temprano para que todavia derive en cualquier cosa, depende de mí supongo, como siempre. Bueno… sin más que decir sobre todo aquello, me duele la rodilla ahora pero no por algo por una situacion forzada o un mal encuentro, sino que por decisión y terquedad mía, por probar de nuevo el alcance de la resistencia que la tenia tan descuidada, y puedo decir que estoy  algo orgulloso y quizá también estúpidamente saciado con este dulce dolor, porque hay cierto consuelo al final, ¿no?, en lastimarse por una razón propia o por mero capricho impulsivo.

Y hablando de cosas inusuales, Mauro se quedó anoche, y es raro. Sospecho que andaba algo melancólico, pues cuando pasa esto intenta externalizar esas preocupaciones y cuestiones mediante charlas filosóficas, y hoy se le enfrió el te por hablar, aunque un desayuno no es tan desayuno a la una de la tarde; y es bueno escucharlo a pesar de que el crea que me aburre; algún que otro consejo le rescato de todo lo que dice o algún tema o algún libro que no conocía, busca en mi y en los demás encendernos el impulso de querer conocer un poco más sobre cosas que nos alivien alguna sombra. Sin embargo, tomó lo suyo, lavó las tazas y se fue, algo apagado y como queriéndose decir algo. Sabia que no debía preguntar, así que solo alcance a decirle que no sea orgulloso. Y se fue. Es raro, el chabón, siempre tan externo al grupo pero a la vez demostrando sus ganas de pertenecer cuando lo necesita. Y en momentos donde todos hablan y discuten sobre el próximo viaje y de sus futuros autos y de las cosas que van a comprar, de todos esos destinos lejanos y borrosos, mientras ocurre ansiedad por lo mediato, él se mantiene centrado en lo suyo y en la efimeridad del presente y en su repercucion inmediata en sus queridos. Gente que te expande si las hay, en varios aspectos y muchas veces sin saberlo, porque a pesar de nuestro inicios, resultó ser buena compañía este aparato tanto en noches de cervezas y South Park como en mañanas de tostadas y café. Tal vez algún día llegue a rayar por lo menos esa sensibilidad que pretende ocultar con nosotros, y esa discursividad con fundamentos propia de su gran mochila cultural. Un buen pibe al fin, triste seguro, pero haciendo de esa tristeza una oportunidad, un posibilidad para mejorar y conocer siempre un poco más que antes para tal vez no caer ante la misma penita, sea cual fuese el nombre de turno que tenga.