Una mañana de esas

Entre amargo y amargo y un poco de música, intento transitar la mañana. Anoche dormí muy pocas horas, pero de todas maneras me siento completamente funcional, como en los viejos tiempos cuando me iba de noche y volvía a casa de noche; extraño esa facilidad que tenia al organizar mi tiempo de forma que no sobrase nada pendiente para el otro día, la forma en que me repartía con eficacia para mis amigos, mis relaciones, mi familia, el trabajo, el estudio, para mi cosas. Pero no es más que la falta de practica, a la disciplina hay que trabajarla, y en eso andamos, pasandole el plumero a la perseverancia. Pues me gusta dormir un poco de más cuando puedo, me gusta quedarme pensando entre la vigilia y el sueño hasta que algunos de los dos se quede con ese pensamiento que casi nunca llega a madurar, pero también me gusta la sensación al sacarle provecho a la mayoría de las horas, de sentir que no hay cuentas pendientes para la versión del mañana. Es una mentira, ya lo sé, el error de creerse con el control y la dirección de los eventos, de pensar que la  necesidad de llevar a cabo la mayor cantidad posible de vivencias y tareas antes de que reloj llegue al fin, la podemos solventar con nuestra nimias rutinas y nuestras simples voluntades. Supongo que es necesario sentir que vamos a algún lado para poder levantarnos cada día y que no duela tanto una revoloteo de una duda o el viento mañanero que resbala cortante por la cara.

Estaba en…estaba en que la mañana es una mañana más, circulando liviana y sin pretensiones: chicos yendo al colegio encapuchados como duendes, los laburantes esperando colectivos que parecen jamas llegar, el sol que va cambiando el color de los techos de las casas y de los comercios, las charlas esporádicas con los vecinos madrugadores, Dario en la esquina contraria saludando con su infaltable habano en la mano, el mundo abriéndose de nuevo para este pedazo de tierra. En fin, el ritmo usual de cada amanecer, al cual no acostumbro aceptar con complacencia la mayoría de las veces pero hoy admito que resulta bastante grato. Estuvo Robert también, casi cuando terminaba de asentarme y de lidiar con la porquería de pos-net que siempre me deja a gamba. Robert seria una suerte de tío político, o mejor dicho, dadas las circunstancias, le queda mejor el titulo de amigo de la familia. Es de esas personas que no saben envejecer, pero que sin embargo parecen haber vivido centenares de años por la abundancia de anécdotas en su haber. Suele venir al negocio de vez en cuando, la mayoria de ocasiones para matar el tiempo antes de hacer algún viaje a capital. También suele autoproclamarse gran jugador de pool, cosa que me gustaría poner a prueba alguna vez. Buen tipo, que sé yo. Siempre está, sin que se lo pidan cuando necesitamos una mano. Lo único que tiene es un humor algo chocante a veces, sabe aparecer de repente por la puerta y en plan de simulacro de asalto. Pues nada, le ofrecí asiento y me acompañó con la mateada amarga, mientras me compartía con las memorias de sus andadas por la vieja Garin. De la existencia de todos esos bares, boliches y casas de fichines que formaban parte del circuito nocturno de la juventud de los noventa, de todos esos lugares que tuvieron vida acá, y en Escobar también. Lugares que de seguro me hubiera gustado visitar en alguna que otra noche donde se busca un poco de distracción. Pensar que ahora son tan solo locales de ropa o comercios insípidos, flacos de historias y de vidas tal cual como lo es este. Cambien me contó de como le iba en el día a día y un par de cosas que no vienen al caso. El asunto es que no suelo relacionarme con gente con perspectivas tan radicales a las mías, o mejor dicho no suelo echar tanta amistad con personas que hacen algunas cosas demasiado distintas a mi manera de hacerlas, no por intolerancia sino por una cuestión de evitar que en algún momento no puedan convivir esas diferencias, y una parte termine por absorber a la otra, con el tiempo, como que un parecer se termina acomodando a la otra; “yo estoy al derecho, dado vuelta estas vos”, se me viene a la mente esa frase a la que no todos sabemos escaparle. En cambio, el trato con Roberto es otra cosa. Debe ser que él escucha solamente y no quiere contagiarme de su proceder, como una suerte de consejería testimonial, como que tome lo que me parece que me sirva de sus errores. Son buenas charlas, conversaciones sueltas de condescendencia o comodidad, que te cuestionan ciertas miradas sobre lo que estas haciendo sin buscar condicionarte. Es bueno de vez en cuando el contraste con personas así. Después, al rato, se fue con el trafico fatal de la panamericana esperándolo seguramente, y así quede con mi mañana calma otra vez.

Ahora, al levantar la vista y ver en los alrededores de mi esquina, noto que la superposición de negocios también ocurre ahora mismo. Me doy cuenta de como los locales vacíos y oscuros que habitan cercanos, esperan ansiosos de ocuparse y aguardan a adoptar nuevos  nombres, nuevos sentidos, cuales cachorros de vidrio y de material que esperan en lamentos mudos la caricia de una persona que los resguarde del anonimato. Es una lástima advertir esto, que de tanto en tanto, camiones de mudanza deshacen tantas historias y memorias y se las llevan sin mucho esfuerzo a cuestas; se estaba armando una comunidad de comerciantes y vecinos, bastante solida, ademas de colaborativa. Pero es así, no queda más que estar de acuerdo con eso, del imbatible devenir de la vida. No queda más que flotar en la misma dirección en la que se desplaza esa idea, para así evitar volverse loco de lo contrario. No queda más por esperar que las compañías que ocupen esos espacios sean igual de amables o aún más que las anteriores.

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Lluvia

Estuve pensando toda la tarde, y me di cuenta de que esta semana fue un sin parar de gente conocida y desconocida, entrando y saliendo, volviendo y yéndose. Pensando y esperando alguna cara conocida, bajo el umbral de la puerta, y mirando a la gente y a sus vidas moverse por delante de ellos. Todas esas personas tan diferentes, esas variaciones con patas, los rostros de futuros por los cuales me pregunto, siendo las posibilidades que no quiero y también aquellas por las cuales daría lo que no tengo. Pensaba e intentaba recordar los momentos  y los nombres de todas esas personas que se detuvieron frente a esa puerta, y en todos los motivos por los que lo hicieron; en las que se permanecieron dudosos de atravesar esa puerta, y en las que entraron al final. Y entonces me detenía en todas aquellas que supieron entrar, y rememorar sus intenciones, si fue por una golosina, o por cortesía, si fue por cariño o por puchos, si fue por mi simple compañía o por confusión tal vez. Y cuanto fue el tiempo también, que permanecieron detrás o delante del mostrador, el numero redondo de minutos, o los fugaces segundos que les tomo, o el grosor temporal de todas esas tardes y de todas esas noches que decidieron regalarme desde el abrigo de su amistad, de sus cariños o de sus deseos. Y entre colectivo y colectivo, se me venia clara la verdad de que este local, este cuadrado de comercio, que en años de pibe recuerdo como hogar de una pareja de  abuelos, este espacio desde el cual registro esta inútil entrada, comprende una naturaleza parecida a lo que soy, o a lo que me vi envuelto en ser en el ultimo año. Como si, desde el principio en que dedique mi esfuerzo en este lugar, asimile su inevitable carácter de quietud, al permitir y al estudiar pasivo y sin saberme observador,  que todas las almas que pasaron por mí, me circularon a su antojo, me imprimieron de vida y de memorias a voluntad, como lo hacen con este kiosco. No sé si es acertada la metáfora, pero a veces me pienso de esa manera. Como una ubicación donde la gente va y viene, se queda o se va, sigue de largo o decide entrar, a veces golpeando expectantes y otras rompiendo paredes. Un desfile de visitantes con diferentes pieles e intenciones: de aquellos que quisieron quedarse un rato hasta aburrirse del recorrido y tomárselas con adioses disfrazados o con sin la necesidad de ellos; o de esos visitantes que, cada tanto, caminando por mis recovecos, olfateando y midiendo mis dimensiones, deciden quedarse y así me acarician en valores y me nutren en enseñanzas al pintarme alguna habitación de otro color o cubriendo alguna gotera, o aun de aquellos que supieron arreglarme alguna vez y se cansaron de hacerlo; y los hay ademas, de los recurrentes viajeros y no tan recurrentes también, que perciben en que momento hacerme sentir castillo cuando me hallo escondrijo y o, al revés y mas necesario, me hacen ver pocilga cuando me creo soberbia mansión; y contar también, con esas personas que no se quedan ni se van, que no quieren temer invadir pero tampoco ausentarse, sino que deciden construir a la vista de los despojos propios, cuales vecinos de la vida y de las penurias, en noches de tempestad amarga suelen ocuparme de compañía cuando me ven desequilibrado o que saben que no hay muros infranqueables en mi insuficiente resguardo cuando se sienten abombados por el temporal; e incluso no pueden faltar esos turistas que procuraron recorrerme durante días o durante minutos, procediendo curiosos por cada esquina, por cada pasillo, por cada zócalo o por cada puerta, y de repente huyeron intolerantes o temerosos por alguna mancha de humedad o alguna grieta en mis paredes, sin querer comprender o sin tomarse el tiempo preciso, de las necesidades intrínsecas para con mi estabilidad total, al tener que existir esas desprolijidades hermosamente diferentes. Y me pregunto por cada persona que conocí o crei conocer alguna vez ¿Cual habrá sido cada una?¿Cual tipo de visitantes buscaron ser , en alguna ocasión, para mi?¿Qué tipo de visitante seré yo para ellas?

No creo que sea tan sencillo, no creo que seamos como estructuras de carne y hueso y algo más. Es gratuito pensar de ese modo porque el asunto resulta muchísimo mas complicado que todo este reduccionismo de bolsillo. Las personas son personas, y todo intento o cruzada  para arañar, aun, cualquier explicación minimamente concisa siempre se va a quedar corta, pues sino puedo llegar a descripciones justas con la llana arquitectura, como le gusta a Lucas, mucho menos podrán cualquier otra rama académica pretenciosa de la validez explicativa sobre el espíritu humano, como la filosofía o la psicología, aunque la primera no creo que busque la simplificación de explicaciones. Lo que quiero decir es que no soy una vivienda. Tal vez tenga algo de museo o de cafetería, pero lo cierto es que ya no quiero ser cemento, no quiero ser estructura segura donde se pueda parar, pasa que ya me encuentro agotado en mi aguardar y me es mucho más sonriente la idea de ser posibilidad. No sé, dejar de mirar el cobarde clamor de esta llovizna que no amaina ni azota, que solo me humedece los ojos y me nubla de ser golondrina, de ser río, de ser causa y efecto de alguna sonrisa pasajera, de ser falta de razón, de ser niño, de ser compromiso, de ser hombre, de ser león, de ser debilidad, de ser sustento, de ser compromiso, de ser convicción, de ser algo mas de lo que soy ahora, de ser tormenta, de ser día soleado, de no ser esta tímida lluvia, de ya no buscar salpicarme por ella. Aunque estemos quietos, no lo estamos, porque vivimos entretejiendo y dejándonos afectarnos por las voluntades y las pretensiones de otros. Y por eso verme inútil bajo ese umbral todos los días, mirando a las posibilidades pasar, mientras tomo mate contemplativo, es triste, tanto como soñarse despierto. Ver y casi entender todo ese fluir de espíritus que convergen y que varían hasta caer en la conclusión de que existen para decidir si acercarme o distanciarme de los caminos que proponen, para no caer cansado en desilusiones y dejar de seguir las canchereadas de los demonios, y mucho más cuidado evitar de adorar las falsas plumas de cualquier ángel. Hoy me encuentro mirando todas estas vidas que entran y salen impunes, desde la ilusoria altura de este umbral, y ansiando mirar otras vidas, otras vecindades, de sacarle el polvo a las piernas y pegar un salto a la hoja siguiente del calendario. Me gustaría que el que se encarga de organizar al mundo me diera ese privilegio solo por hoy, y me haga omitir por una vez el trayecto entre un estado al otro y quizás tan solo poder decir que hoy es dolor y mañana sera cicatriz, o como hoy es sonrisa, mañana sera anécdota, que hoy es ciudad y mañana sera río, que hoy es desierto y mañana sera océano, que hoy es te quiero y mañana sera olvido, que hoy es rock y mañana sera tango, que hoy es ensalada y mañana sera asado, que hoy es impotencia y mañana sera fuerza. Pero supongo que ahí esta lo sabroso de aprender, en lo que hay durante entre los estadios. Supongo que hay que vivir por completo las transiciones para aprender algo al menos. Tampoco se si hayan estadios definibles, tampoco se si saltar tan rápido desde este umbral.

Tenia pensado en hablar completamente de tardes de lloviznas, y de briznas tenues, y de cosas que siempre amagan a ser, pero estoy cansado de escribir acerca de ellas. No quiero caer en la emoción fácil y sentirme encadenado en su garúa como le pasa al Polaco, pero tampoco quiero sentirme con el peligro del optimista y fingir que esta agua no arde. Sé que esto tiene una duración finita, este frío en las manos cesará más temprano que tarde… espero. Pero igual las lluvias siempre me pueden, me tranquiliza el caminarlas, como la que hace una hora transite esta noche, de camino a casa. Es una caricia en el pelo, al alma quizás,  avanzar de a poquito la calle y verlas revelarse como chispas de agua ordenadas bajo la luz de los focos. Deslizarme a ciegas sobre el pavimento mojado mientras el suave sentir melódico de millones de impactos se derrama a través de mis oídos. Y de momento, solo quiero caminar un poco más, y ver si esta lluvia en realidad va a detenerse o si va a llover como alguna vez la supuse llover, caminar un rato bajo este horrible encanto, hasta que el ánimo se enfríe, o por lo menos hasta decidir mirar hacia arriba y ver que a través de esta nubes hay algo de posibilidad quizás.

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Fotografía: Alan Quiroga

Otro río

Es difícil, mejor dicho, soy un poco reacio tener que aceptar que el mundo irremediablemente da vueltas en un solo sentido. A veces me olvido de mi humanidad e intento correr por fuera de estas dimensiones, tratando de sacudirme inútilmente de esa impotencia que se nos impregna desde que nacemos en cada célula somática. A veces no soporto el hedor de esas verdades que no podemos mas que asimilar en nuestras limitaciones. Tal vez todo esto detonase al recordar, al ordenar viejos libros, esa frase de Heráclito que decía algo así “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Antes, el año pasado sobre todo, me gustaba investigar ciertos temas que toca la filosofía, aunque nunca estudie en profundidad aquella irrealizable disciplina, pero sobre todos los temas que me interesan este es el que me atrae con mayor fuerza, y sé que de alguna manera, mal seguramente, se refleja en las anteriores entradas. Creo entender con esta aficionar que nada permanece y que todo cambia, y que mucho no se puede hacer más que circular sus aguas con la esperanza de hacerlo lo suficiente como para no poder reconocerte. Es algo incomoda esa idea al no poder hacer mucho para revertir ese mecanismo universal e irreversible. Si todo desemboca en algo que no ya no es, así no se mantienen las formas sino que se siempre avanzamos hacia algún nuevo estadio junto, inmersos en esas aguas temporales que nos van lavando o ensuciando (depende el caso) a medida que su fuerza varia también. Que maestros de la figuras literarias que ya eran en el pasado, brutal metáfora de la vida, le calza justo. Y sé que me jacto de la incomodidad mental que desprende este concepto, y esta bien que sea así en sentido del conflicto, pero los ríos son fenómenos que me encantan; nunca me metí en alguno si lo pienso. En alguna ocasión futura, si mi estado, lo permite me gustaría intentar cruzar alguno de ellos a nado, de costa a costa, y ver de qué manera me cambia,  ver así, con qué saldré y antes no tenia o qué quedara de mí entre sus fauces. Tal vez así, le devuelva el favor y lo modifique en su fluir, de alguna manera.

A fuerza de análisis nocheros y de charlas con amigos, y no tan amigos también, trato de encontrar esos puntos donde la estoy pifiando y en donde necesito mejorar quizás o replantearme ciertos vistazos. Estoy curándome quisiera creer de toda esta idea, la de no poder evitar frustrarme en mi nostalgia al, como es obvio, no poder modificar el curso del mundo, a la tendencia de querer regresar cuando ya es tiempo de seguir, hace tiempo que fue tiempo de seguir. Me nace en la frente un soplo de esperanza al pensar de que estoy cansado de no querer cambiar  y estar renegado con la aceptación a que las cosas cambian, y que nada permanece. Soy solo un tipo más, no puedo mantener la relaidad sujeta a alguna comodidad que reflejo alguna vez solo por conveniencia. Tengo ganas de cambiar, o por lo menos no hacer puchero con esa idea. Y así entonces, el molde que parecía ideal y brillante con el cual pretendía medir y juzgar el mundo, ya no me queda con lo que soy ahora, no me entra. Al principio esa idea, pudo haber sido angustiante, sumamente devastadora, pero ahora aunque ya los valores y las ideas que solía llevar ya no entren, es sumamente liberador dejarse llevar sobre el lomo de esa noticia. Porque significa que simplemente no hay que estar de acuerdo ni en contra con todas aquellas posturas con las que nos crucemos a lo largo la vida, que es inmensamente corta para andar ocupandola con prejuicios sobre andares ajenos. Y, que al tratar de entender esa frágil sentencia puede ser que el temor de caer pase a ser, ahora en más, una liberadora posibilidad para crecer de alguna manera; suelo seguido ostentar de logros jamas obtenidos, de superaciones empíricas de las cuales carezco, pues en muchas ocasiones maté, con culpa tardía, voluntades amigas al considerarme erróneamente como un modelo del cual podían valerse como guía. En ese sentido les falle al dejarlos que me sigan y deformen la autenticidad de sus acciones pensando que yo soy alguien con pasos precisos, inflado en mis falsos éxitos. De cosas así hablo, de creerme portador de valores pulcros y correctos, cuando en muchas ocasiones, y más en los últimos meses, esa virtudes se desmoronan en formas que había ignorado, sumido en una ceguera espiritual. Algo así, cual integrante de un eslabón perdido, intolerantes silenciosos, de todas aquellas diferencias que no se llegan a entender, o que por conveniencia, no se buscan entender: solía pensar que el otro me modificaría en algo indeseado, si me unía a su baile desconocido y aparentemente amenazante para mí, cuando en realidad nunca supe moverme bien (si es que existen movimientos adecuados en la vida), y luego, rechazar de la forma más amortiguada posible los pasos de esa persona que podría enriquecerme como individuo. Es triste pero a esa es mi ley me ate en muchas situaciones, una ley anticuada ya para estos veinti y pico que se caen de la billetera; como una regla propuesta y aprobada nada más que solo por mi, y para mí, sin darme cuenta que en la otredad del otro esta el avance, en la comunidad y su interacción reciproca esta la formación individual. Cosas que personas muchisimas mas diestras que yo, y con conocimientos densos sobre estos temas, viven dando a entender y comunicar. Porque es maravillosa, por más detestable o hermosa que nos parezca, la abundancia y similitudes de voces y rasgos que generan a un otro. Dado que nadie seria nada si no hubiera impactado contra la ajenidad de los amigos, de los amores y de los desamores, de los familiares, de los vecinos, de los extraños, de los indeseables, de los olvidados y de los recordados; sin importar por el cuando o por cuanto tiempo, siempre y cuando esas otredades lo hayan acompañado a uno, y hayan generado una variacion en la persona, al deslizarse o arremeterse esta misma, entre las asperezas y las suavidades de aquellas que la acompañaron. Yo mismo, yo mismo no seria nada, o seria otro, en todo caso.  Y confieso que demasiadas veces gasto los mismos pensamientos y me detengo en cuestiones que se refieren a esta multiplicidad de realidades que pudo haber llegado a ser si tan solo hubiera estado en el lugar y en un tiempo distinto al que se dió, si los nombres que ahora saltan en mi lista de contactos fueran diferentes. Pero es un error, e intento recordar eso con fuego mental, cada vez que salgo a la calle: de darle más bola a esa voz que me dicta que la pobre sociedad siempre, mediante todo lo que tenga imagen y sonido, se empecina en hacernos entender al revés el asunto, con sus publicidades incesantes, con sus estandarización moral disfrazado de arte, con su excesos y la subestimación de la novedad como credo. De lo que hablo y de lo que hace falta recordar…lo que me hace falta abrazar para salvarme a tiempo, es que es maravilloso todo lo que tengo,; toda lo simpleza que esta al alcance, como ese encanto olvidado que descansan polvoriento en la estantería, esas peliculas a las que debiera volver una y otra vez, hacer las preguntas adecuadas a las personas adecuadas en lugar de buscar a cada rato no aburrirse en . Tarde o temprano aminora la intensidad de cualquier pasión buscar incesante en lo nuevo ese algo que nos complete, y no estoy elogiando a una perspectiva conservadora de que no hay que moverse hacia lugares o intentar conocer nuevas persona, nuevas opiniones,  sino es que a veces lo poco que somos, o todo lo que no recordamos que somos, se respira en todos esos espacios familiares, que no esta mal volver a los comienzos, que en el pasado puede habitar esa fuerza que habíamos olvidado.

Ahora, a esos de las 12 y algo, me encuentro escuchando jazz, cosa impensada para mí hace tan solo cinco años atrás. y ahí yace ciertos vestigios que hablan de que manera este río me fue renovando la identidad, en algunos parámetros culturales, en cada corriente. Y sé que muchas cosas son diferentes desde no hace mucho tiempo siquiera: otro ejemplo, aparte de la música, es el deporte, ya no disfruto tanto un partido dominguero entre amigos, en cambio prefiero salir a correr un rato y pensar tranquilo en mi ritual de exaltación pulmonar; o de mi relación con la ropa y con la moda, pues es cierto que ya no me visto tanto en pos de la comodidad, sino que sin caer en el extremo, algo me importa mi apariencia (aunque no se note), me siento raro sino ando con un jean; o si nos ponemos más profundos, con los valores también siento cierta disonancia, pues con el amor ya no persigo esa perspectiva peligrosamente ideal e irreal también con el que tanto tiempo me maneje, descubrí a las malas (como todos lo descubren) de que tiene mucho mas sombra que resplandor, de que es preciso fomentar valor con los vínculos considerando las necesidades de la otra persona, o con el sexo si se quiere, entendí que es mucho más disfrutable si se lo toma con cierta responsabilidad emocional, si los propósitos que se comparten no quedan solo en la piel, o por lo menos para mí. Muchísimos elementos más que no serán las mismos, o tal vez sí en algún futuro vuelvan a un estadio similar, eso es lo fascinante de no saber la impredecibilidad de nuestro acceso con esta masa dinámica que es la sociedad y sus múltiples contextos.  Me siento solo, necesariamente solo en estos días. Y es bueno eso porque me estoy desilusionando de ciertos cascarones que daba por validos, como aquel que juraba de que el tiempo no imprimía alteraciones en mi identidad. Puedo considerarme como cambio, puedo saludar amable cada cosita que se doble o salga de su curso en mí, aunque sea mejor o peor que antes. Entender de que las voluntades ajenas no siempre apuntaran en la misma dirección que las mías  y que no tengo derecho ni debería sentirme frustrado o traicionado si sucediera así, que yo también traiciono, que yo también defraudo.

 

Instrucciones para no dormir

Cuando era chico solía imaginar en más cantidad, en mas proporción. Hablo obviamente de cuando era mucho mas chico de lo que soy ahora, de cuando las rueditas todavía seguían en la bici y los padres escondían bien su condición de frágiles mortales. En esas noches sucedía que, de vez en cuando, el sueño me esquivaba y entonces, para salir a su encuentro, me obligaba a clavar mis ojos en el cielo raso como un primer mecanismo para perder el hilo de la realidad con el tedio de sus detalles penumbrosos. Todo eso solía funcionar, o la mayoría de las veces, hasta que descubrí al advertir mediante el sosiego y la calma crepuscular, el traqueteo casi melódico de la autopista, que tan solo quedaba a una par de cuadras de la que era mi casa.  Y asi me dejaba embelesar en un ejercicio imaginativo, sin nunca entender de lleno el proceso que eso implicaba, al movilizarme desde mi cama hacia la sonoridad de aquellos ecos que parecian producir autos astrales; esos rugidos sónicos que partian desconsiderados el aire silencioso y pulcro de esas noches duras de dormirse y a los que me solía colgar y así irme con ellos en un viaje con aires anónimos. Siendo así, intentaba formar una historia con cada rumor que escuchaba: me disponía a pensar en que clase de personas manejaban esos autos, en sus caras, hacia donde iban, de donde venían, en el porque de sus viajes, en lo que estarían pensando, en lo que estarían viendo en ese momento de alucinación, en cuánta distancia estarían en dos, tres, treinta minutos después de ese pensamiento, de intentar de incorporarme en sus vistas fantasmas en cuerpos que de seguro no son de acorde a mi imagenes, de sentir la vibración del movimiento en las piernas, de las luces infinitas y mortecinas que en su candor amarillento agravan más la soledad de aquella carretera noctambula que sentia agotarse bajo el temblar metálico de aquel auto, y entonces, pasar por debajo de una pasarela quizás, y ver pasar un par de estaciones de servicio tal vez, y atravesar un puente, y otra estación de servicio que se pierde de vista por el retrovisor…y la autopista solitaria, y deslizarme entre los carriles desolados a mi antojo, y otra pasarela…y otro puente…y un destino desconocido al que debo llegar, y otra estación…y otro… y de repente el mismo implacable Sol que me despertaba en una nueva mañana. Siempre funcionaba ese ejercicio, no se si por el desgaste de pensamiento o si porque me perdía en mis propios silogismos hasta no poder distinguirlos con las fronteras oníricas, pero al fin y al cabo, los resultados somníferos eran casi siempre definitivos.

Hace algunos días, tirado sobre toda esa tan concurrida franja de pastura que se comprende en el estrecho espacio, entre la ruta y la colectora, volví a rememorar esas épocas, las cuales ya casi daba por perdidas. Me suelo pensar como a un bicho nocturno, de esos que se sienten mas a gusto en las horas tardías, mas no con las horas claras, pero allí, inmerso en ese fragmento de vida diurno, esa sensación era tan gentil y complaciente, tan simil a una olvidada alegría, que me olvidé de pronto de mi animo nocturno bajo la piel. Probablemente el siguiente intento de rendir un merecido cariño a esa situación banal y extraordinaria termine en ascuas descriptivas solamente de lo que verdaderamente fue sentirse ahí: nos cubría un Sol esplendido y suave, de esos otoñales que casi te besan la piel, y alrededor mio rondaba, entre saltos y juegos, la compañía de alguien que suelo pasar por alto muchas veces, y que, a diferencia de mí, no tiene el afán de dormirse enseguida, sino que siempre juega con ese impulso inadvertido de querer estar un poco mas despierto con cada mañana, de aprovechar su vigilia febril hasta el ultimo segundo aprovechable. Hablo de mi hermanito, que en momentos revoloteaba alrededor mio con su infaltable pelota, y en otros jugaba  a competir con su sombra a ver cual de los dos bailaba mejor (en alguna ocasión, mas oportuna, seguro que hable más sobre él. Hace tiempo quiero hacerlo, pero es tanto de lo que me gustaría contar, que no sabría bien por donde empezar, no me alcanzaría este falso espacio infinito de letras). En ese lugar eramos los dos, en el medio de un feriado hecho casi a medida, sin limites gregorianos inmediatos, el tan solo siendo niño y yo tan solo recordando serlo, limitándome a la entrega de esa orquesta de motores anónimos y fugaces que rasaban al otro lado del alambrado, perecidos a aquellos a los que solía decorar con historias, al irme con ellos en noches inventadas. Entiéndase, que no suelo aprovechar mi tiempo libre de esa manera, con la satisfacción orgullosa y la convicción de haberlo perdido en el buen sentido, no en el sentido improductivo al que tanto le rezamos y nos subyugamos, sino de haberlo desperdiciado por gusto propio. Esos simples rituales fugaces refrescan bastante el aire de cotidianidad al que nos acostumbramos a respirar: cerrar los ojos para suspenderse un rato, y sentir como a través de la curvatura y de la extensión de tu espalda todo el peso material, al igual que el inmaterial, se desparraman en el suelo hasta sentir que se puede hacer crujir, o perturbar al menos, toda la indiferencia de un mundo al que no le gusta mirar demasiado, de buscar desplomar tu gran y nimia presencia sobre su circunferencia invisible para de ese modo hacerle saber que algo podes ser en él, que estas ahí mismo, sobre él o debajo de él o en los bordes él,¡ pero no importa donde!, estás en él; de buscar hacerle entender con tu ridículo kilaje que también sos parte de él, aunque pedazo insignificantemente humano, que también contribuis en su ser, en su totalidad, y con esta absurda y muda pretensión debajo del lomo, pensar ser todo y buscar ser nada, o algo más que un montón de nada, no distinguir mucho más allá que una marcha improvisada de imágenes cristalinas y despreocupadas que destellan en la mente, o no distinguir mucho mas allá de una película anaranjada de sangre, al filtrarse en cascada solar la luz sobre tus parpados; buscar bloquearte de sentido pero a la vez no poder evitar sentirlo todo, cada eco y cada resonancia aledaña, cada silbido que el viento vocifera al erosionarse con el suelo, cada alarido de festejo por el despegue exitoso de un barrilete en el cielo pictórico, o escuchar complaciente cada rebote por los impactos incesantes de todas esas cosas por hacer o de aquellos nombres que se niegan a apagarse, o puede que escuches las deliciosas pisadas de algún hermano, mulliendo el pasto semi-seco y frondoso sobre tu cabeza, o que te remitas al fin, con deleite atemporal,  a esa sonoridad mecánica que te desciende, casi meciéndote, como una hoja deslizándose y cayendo sobre el pastizal de la memoria, a esas noches de infancia que creías olvidadas, a tus veladas de fantasía pragmática.

Ese momento, lamentablemente no supó durar mucho más de lo que duran los buenos momentos, pues Alan estaba inquieto y pedía, con razón, que lo segundee en sus juegos a los cuales le había prometido con anterioridad. Sin embargo,  lo que ocurre es que me urge desde la flor de mis tripas hasta el vació de la garganta, una necesidad alborotada de lograr registrar esos recuerdos con cualquier medio al alcance, y así intentar aguardarlos del olvido. Y resulta que las únicas cosas que conozco lo suficiente como para que hagan las veces de baúles reminiscentes o de depósitos memoriales son una pequeña libreta y esta computadora terca. Aunque, luego de cada resguardo, suele posar sobre mí una sensación critica que cuestiona todo este instinto nostálgico que se me escapa, al notarme incapaz de no lograr soltarle la mano a ciertos momentos para que  luego no caigan en los huecos de una memoria agujereada. Pero, no lo puedo evitar…no lo puedo evitar. Y también hay momentos en que me apena profundamente teñir este blog con párrafos melancolices y repetitivos y, aun mas, me apena teñirme a mi y manchar con mis manos un presente que se me presenta tan reluciente y prometedor todavía. Se que probablemente no logre alcanzar una cura definitiva, son ciertos dias solamente, pero al menos, como un paso que le sume a generar cierto progreso, me estoy limitando a depositar solo esas imágenes que derrochen dulzura, o enseñanzas provechosas en . También pienso en eso, mucho….en que debería revertir este sentido regresivo y escribir mas sobre lo venidero, y de todo eso claroscuro, que todavía no puedo definir bien. De la misma manera en la que me perdía en detalles desconocidos con aquellos autos y con aquellos conductores, dándoles caras e historias con la marca de mis ilusiones de cuna; alucinando un futuro que se acerca, pero que se niega a mostrarse de lleno. ¿O no? Podría intentarlo al menos. Pero también ocurre que la imaginación germina con fuerza en los espíritus creativos, en aquellos livianos de recuerdos, en cambio, a mi ya no me sale tan fácilmente subirme al gesto estrambotico de Bob Esponja; con los años, el arte de imaginar termina derivándose, en una forma, digamos, más “madura”, que es la idealización, pero descubrí a fuerzas de porrazos que no es nunca de gran ayuda darle forma previa a las cosas y esperar que sean de la mismas dimensiones a las que las habíamos previsto. Tal vez el errado, como suele pasar, sea solo yo y suceda que los grandes sí  pueden imaginar después de todo, desprovistos de pretensiones o ilusiones forjadas que no hacen más que agitar impaciencia durante la espera. Me resulta todo un tema esa templanza casi atlética, para no estar muy atrás, ni muy adelante de aquellas dos: Ansiedad y nostalgia. Por eso, ahora mismo, con la operistica rockera de Freddie de fondo, es que brindo (con algo de envidia, debo decir) por todos esos infelices (o felices) que logran oscilar sin esfuerzo entre el equilibrio de aquellas dos, y que no se precipitan en ninguno de sus abismos latentes…

 

 

 

 

 

…pensándolo mejor, en este momento, debería dedicarme a mí un brindis, o algo que funcione como aliento, algo que emule el mismo calorcito en la sien de ese Sol de carretera, cuaquier empujón que deslice sobre mi oreja un mentiroso “todo va a estar bien” ¿Pero acaso importa las razones? Voy a brindar, aunque sea con un café algo tibio o una cerveza aguada, pero voy a brindar ¡porque sí!, qué más da. Porque sí, tan solo por eso. Porque que sí quiero salirme de mí mismo, aunque todo grite lo contrario, solo que todavía no encuentro los modos, esos necesarios para modificar cualquier estructura mental. Juro que lo intento, juro que cada vez que me la doy fuerte contra algún desencuentro, intento vendarme bien rapido las hemorragias de ilusión para levantarme y volver a empezar una vez más. Lo hago, pero me es difícil encontrar los modos de ya no ser. Buen reflejo y ejemplo es este espacio, donde me gustaría también nutrirlo de otros temas, no sé… como habladurías de política, opiniones de libros, de peculiar,  hablar de cualquier otra cosa y evitar hundirme en cada momento en estos tópicos vuelteros. Tal vez, con el tiempo lo logre, tal vez pueda ver las cosas desde otro punto de vista en algún volantazo. Me gustaría verme con otros ojos, como los de mi amigo que hoy, como con otras tantas personas ademas de él , me dijo que tengo que dejar mirar sobre mi hombro, o en su modo, que me deje de joder y mire todo lo que se viene, a los que esperan por mí y a todos los eventos en los que preciso estar atento, con mi mejor versión afilada, que tan solo hay que seguir y dejar de buscar novedad mirandome las cicatrices de siempre. Pues yo también lo creo, o con fuertemente espero creerlo. En una introspección sincera, entiendo que no tengo una mala vida o que tengo complicaciones fatales que impidan reincorporarme cada vez que caigo. Lo entiendo y comparto ese enojo ajeno sobre mi abundancia de oportunidades. Solo es que me siento algo perdido a veces, solo que en alguna que otra noche me encuentro un poco aislado con mi soledad y con esta duda de no saber donde poner tanta energía. Yo sé que no soy especial o que no soy el único que carga con estas cuestiones, y que a veces me considero como un descarte del mayoral por sentirme portador de un sin sabor erróneamente privilegiado. Yo sé que estar inmerso en mi soledad me ciega fijarme en todo eso, en la imposibilidad de ver la misma cara de soledad en las soledades de los demás, de ver las caras verdaderas de la gente, las que no suelen escribir o vestir. Yo sé que no todos deciden buscar un lugar donde depositar tanta incertidumbre o incomprensión en su proceder, un lugar  testimonial y de catarsis como suele ocurrirme con este blog, Yo sé que debería dejarme de joder con tanta auto compasión y fijarme en todos los que me sonríen, en todo aquello que puedo controlar y despedirme de lo que no, luchar por mi presente y por los de los que me abrazan en los suyos. Yo sé que debería brindar más por eso, en encarar con firmeza las autopistas que tanto imagine y que escucho cada vez más cercanas. Yo sé que debería brindar más por mí.