Una mañana de esas

Entre amargo y amargo y un poco de música, intento transitar la mañana. Anoche dormí muy pocas horas, pero de todas maneras me siento completamente funcional, como en los viejos tiempos cuando me iba de noche y volvía a casa de noche; extraño esa facilidad que tenia al organizar mi tiempo de forma que no sobrase nada pendiente para el otro día, la forma en que me repartía con eficacia para mis amigos, mis relaciones, mi familia, el trabajo, el estudio, para mi cosas. Pero no es más que la falta de practica, a la disciplina hay que trabajarla, y en eso andamos, pasandole el plumero a la perseverancia. Pues me gusta dormir un poco de más cuando puedo, me gusta quedarme pensando entre la vigilia y el sueño hasta que algunos de los dos se quede con ese pensamiento que casi nunca llega a madurar, pero también me gusta la sensación al sacarle provecho a la mayoría de las horas, de sentir que no hay cuentas pendientes para la versión del mañana. Es una mentira, ya lo sé, el error de creerse con el control y la dirección de los eventos, de pensar que la  necesidad de llevar a cabo la mayor cantidad posible de vivencias y tareas antes de que reloj llegue al fin, la podemos solventar con nuestra nimias rutinas y nuestras simples voluntades. Supongo que es necesario sentir que vamos a algún lado para poder levantarnos cada día y que no duela tanto una revoloteo de una duda o el viento mañanero que resbala cortante por la cara.

Estaba en…estaba en que la mañana es una mañana más, circulando liviana y sin pretensiones: chicos yendo al colegio encapuchados como duendes, los laburantes esperando colectivos que parecen jamas llegar, el sol que va cambiando el color de los techos de las casas y de los comercios, las charlas esporádicas con los vecinos madrugadores, Dario en la esquina contraria saludando con su infaltable habano en la mano, el mundo abriéndose de nuevo para este pedazo de tierra. En fin, el ritmo usual de cada amanecer, al cual no acostumbro aceptar con complacencia la mayoría de las veces pero hoy admito que resulta bastante grato. Estuvo Robert también, casi cuando terminaba de asentarme y de lidiar con la porquería de pos-net que siempre me deja a gamba. Robert seria una suerte de tío político, o mejor dicho, dadas las circunstancias, le queda mejor el titulo de amigo de la familia. Es de esas personas que no saben envejecer, pero que sin embargo parecen haber vivido centenares de años por la abundancia de anécdotas en su haber. Suele venir al negocio de vez en cuando, la mayoria de ocasiones para matar el tiempo antes de hacer algún viaje a capital. También suele autoproclamarse gran jugador de pool, cosa que me gustaría poner a prueba alguna vez. Buen tipo, que sé yo. Siempre está, sin que se lo pidan cuando necesitamos una mano. Lo único que tiene es un humor algo chocante a veces, sabe aparecer de repente por la puerta y en plan de simulacro de asalto. Pues nada, le ofrecí asiento y me acompañó con la mateada amarga, mientras me compartía con las memorias de sus andadas por la vieja Garin. De la existencia de todos esos bares, boliches y casas de fichines que formaban parte del circuito nocturno de la juventud de los noventa, de todos esos lugares que tuvieron vida acá, y en Escobar también. Lugares que de seguro me hubiera gustado visitar en alguna que otra noche donde se busca un poco de distracción. Pensar que ahora son tan solo locales de ropa o comercios insípidos, flacos de historias y de vidas tal cual como lo es este. Cambien me contó de como le iba en el día a día y un par de cosas que no vienen al caso. El asunto es que no suelo relacionarme con gente con perspectivas tan radicales a las mías, o mejor dicho no suelo echar tanta amistad con personas que hacen algunas cosas demasiado distintas a mi manera de hacerlas, no por intolerancia sino por una cuestión de evitar que en algún momento no puedan convivir esas diferencias, y una parte termine por absorber a la otra, con el tiempo, como que un parecer se termina acomodando a la otra; “yo estoy al derecho, dado vuelta estas vos”, se me viene a la mente esa frase a la que no todos sabemos escaparle. En cambio, el trato con Roberto es otra cosa. Debe ser que él escucha solamente y no quiere contagiarme de su proceder, como una suerte de consejería testimonial, como que tome lo que me parece que me sirva de sus errores. Son buenas charlas, conversaciones sueltas de condescendencia o comodidad, que te cuestionan ciertas miradas sobre lo que estas haciendo sin buscar condicionarte. Es bueno de vez en cuando el contraste con personas así. Después, al rato, se fue con el trafico fatal de la panamericana esperándolo seguramente, y así quede con mi mañana calma otra vez.

Ahora, al levantar la vista y ver en los alrededores de mi esquina, noto que la superposición de negocios también ocurre ahora mismo. Me doy cuenta de como los locales vacíos y oscuros que habitan cercanos, esperan ansiosos de ocuparse y aguardan a adoptar nuevos  nombres, nuevos sentidos, cuales cachorros de vidrio y de material que esperan en lamentos mudos la caricia de una persona que los resguarde del anonimato. Es una lástima advertir esto, que de tanto en tanto, camiones de mudanza deshacen tantas historias y memorias y se las llevan sin mucho esfuerzo a cuestas; se estaba armando una comunidad de comerciantes y vecinos, bastante solida, ademas de colaborativa. Pero es así, no queda más que estar de acuerdo con eso, del imbatible devenir de la vida. No queda más que flotar en la misma dirección en la que se desplaza esa idea, para así evitar volverse loco de lo contrario. No queda más por esperar que las compañías que ocupen esos espacios sean igual de amables o aún más que las anteriores.

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