Entre el mar y la arena

Se respiraba tanta calma, se respiraba tanto mar, se respiraba tanta inconciliable ruptura del tiempo y de la memoria, que sin saberlo tal vez fue un regalo que me hice, como una suerte de paréntesis para una realidad punzante y tosca. Estaba parado, sobre  el esplendor de una península de ensueño, dejándome inundar de la imagen de aquel gigante de agua que estaba frente mio, mientras que escuchaba como la gentil brisa peinaba toda una flora tropical que decoraba la curvatura de la costa y que se perdia en horizontes indistinguibles con la tez lunar mortecina que desplegaba en lo sideral, una luna exuberante y orgullosa. Creía estar solo, inmóvil, de cara hacia el mar, sin poder hacer más que mantenerme absorto en mi contemplación, observando sin mas, despojado de cuslwuuer pretensión de buscar perseguir algun porqué o algún cómo; cuál espectador y participe de una pintura dinámica e imposible en su conjunto. Con los burdos pies incrustados en la arena salitre de aquella playa, cuya blancura lacrada era interrumpida por las sombras de nubes inquietas que se paseaban en la penumbra del cielo azulado.  Pude pasar de ese espectáculo, cuando a mi izquierda, a un par de metros, supe reconocer a mi viejo en una posadera, aún con la falta de claridad,  que callado e hipnotizado, al igual que yo, se limitaba a atestiguar como el mar rumiaba inconsolable, sus sonetos nocturnos de viento y nostalgia. Entonces lo miro atento, y veo como en su cara, el resplandor crepuscular pronunciaba un halo de preocupacion y seriedad, al mismo tiempo que me hablaba pero que, sin embargo, no podia escuchar lo que decia. Pese a esta imposibilidad de escuchar sus palabras, de alguna manera entiendo lo que quiere decir y que lo me dice s relaciona con una necesidad de zambullirme de lleno en el mar. Dejo de mirarlo y dedico mi mirada hacia el mar otra vez, y es cuando, de repente, me veo desde lejos y siento como mi cuerpo comienza a tomar velocidad, primero trotando a pasos tímidos y luego trotando en zancadas atléticas, para despegar de la arena, en un salto en clavado imposible para mi, tan exageradamente extenso, que parecía que en lugar de adentrarme en el agua iba a planear sobre ella. No llegue a sentir el impacto brusco de una transición de texturas, pero si llegue a sentir su ruido en mis oídos, el sonido del latigazo del agua contra mi cuerpo, y el estupor de la gelidez de la masa marina, azotándome desde la cabeza hasta los pies, como un relámpago helado quebrandome por dentro. No sé cuanto paso, pero cuando pude o quise abrir los ojos fue similar a no abrirlos porque la oscuridad nocturna se acentuaba con mas ímpetu aun, ahí abajo. Y aunque no distinguía figuras ni dimensiones, sabia que la costa estaba muy lejos de donde yo me encontraba, como si al saltar y estar suspendido en el aire, el mar hubiera empujado la playa en tan solo un segundo por decenas de kilómetros.  Era afablemente perturbadora esa sensación de estar desprovisto de cualquier dirección, de puntos de referencia: estar flotando en el vientre lúgubre de la nada y a al mismo tiempo de todo. Sin embargo, sentía en el medio de esa profundidad aparente, la turbación del movimiento alrededor mio, que se agravaban por las sutiles alarmas que me susurraban que no estaba solo; la certeza ignorada que me declaraba la existencia cercana de sombras, que entre sombras, se desplazaban a una distancia cercana de mi, como si coronaran mi nadar. Suelo tener sueños similares, donde me encuentro en el agua, rodeado por criaturas acuáticas monstruosas y grotescas, que siempre se mueven en torno a mi, desprotegido en el medio de todas ellas, y sabiendo, al igual que ellas, que yo soy el intruso allo. Sin embargo, esta vez no podía ver nada, pero los demás sentidos me indicaban que el peligro se entreveraba en la oscuridad, o tal vez era la oscuridad misma la que me acechaba como un ente consciente. No me importo tal siniestra cavilación, porque tenia tanta libertad nadando en aquel océano tan imposible que hubiera sido un desatino diluir aquel momento de plenitud en preocupaciones tan repetitivas. Y ahí estaba, yo y una burbuja difusa de luz lunar que acompañaba mi nadar y que no me dejaba ver mas allá de mis brazos y piernas, otorgándome la favorable y ansiada tranquilidad de no tener que perseguir ningún pulso de de llegar a cierto punto, o de arribar en determinado lugar, la satisfacción de la falta de destino; tan simple como nadar por nadar, moverse por moverse. Y de esa manera es que me movía con un vigor y unos pulmones perpetuos, acariciando con mi nado el lomo de ese abismo ligero, como desfalleciendome aquellas aguas irreplicables, de aquellas aguas tan suaves y densas; sucedió como si hubiese sido apremiado por las caricias de una especie de dios, como algo absurdo y poderoso, algo tan inmenso e inteligible me contenía arrancándole al tiempo su ritmo anulando el peso de cualquier decisión.

En cierto momento, después de algunas horas o quizás algunos segundos, recordé a mi viejo aguardando en la costa, y sin saber como volver, me atravesó el deber de regresar con urgencia donde se encontraba el. Pero al llegar, y abandonar el abrigo helado del agua, el viejo ya no estaba, y tampoco su posadera. Y consecuente a esta verdad, como si esta certidumbre de su ausencia detonase en los cimientos de aquel mundo momentáneo, tan imposible en su calma, todo empezó a derrumbarse y a desaparecer, y a ser reemplazados por elementos familiares hasta el hartazgo:  todo empezó a hundirse en un insoportable brillo rojizo, las palmeras, la arena, el gigante de agua a mis espaldas, la noche, el frió, el abismo de un terreno sin nombre ni tiempo, las nubes, el cielo, mi calma, hasta desembocar en la eternidad conclusiva y fatal de una apertura de parpados. Al darme cuenta, que había aterrizado en mi cama, abrí los ojos con fuerza e indignado, y luego pensé en cerrarlos rápidos para aferrarme a la chance de regresar y nadar un rato más, pero aunque lo hubiera hecho ya estaba demasiado lejos de ese crepúsculo onírico, ya estaba demasiado cerca de la incertidumbre predecible de un nuevo amanecer.

Lo gracioso quizás, es que mientras escribía todo esto, mi viejo apareció sin aviso en el local, justo antes de irme. Me alegró un rato la noche; hizo lo que pudo en su esfuerzo. Más alla de esto, resulta que percibo cierta ironía en el hecho de haberlo perdido en un sueño y haberlo encontrado en la realidad; entiendo que es una real tristeza cuando escucho situaciones en lo que ocurre al revés. Pues, me siento profundamente afortunado saber que ese no es mi presente, y solo me queda esperar que el futuro donde tenga que buscarlo en algun sueño este bien lejos.

Hoy, cuando la cabeza no pesaba mucho por las cadenas de otros pensamientos, intente rememorar ese sueño varias veces, intentando degustar el sabor a soledad y a paz que impregnaba en el pasar del día. Y mientras mas examinaba ese sentimiento, y esos sucesos fantasmas, más a la mente se me venían los versos de esa canción que supo sostenerme tantas veces, que me aconsejó en tantas ocasiones de que era hora de decidir. Y sin pensarlo mucho, creo que ya es tiempo de decidir entre el mar y la arena.

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De euforias antiguas o de borradores rescatados

Euforia. Como hacer para guardarla a beneficio de uno, digo, para usarla en momentos mas oportunos que los de hoy, que aprobé ese monstruo que me andaba persiguiendo desde que volví, no hace tanto Guardarla, en el cajón, como esas cosas que sabemos que podemos acceder en cualquier momento, en el momento adecuado. Me imagino dejarla bien acomodadita en una caja de zapatillas, o mejor, bien protegida en cierto capítulo de Rayuela, cosa que cuando flaquee la seguridad y la confianza, nada mas tenga que acercarme al estante donde se encuentra. A pesar que percibo, pero no puedo explicar bien, como la dotación de euforia se me va disipando de a poco, puedo decir que me siento bien. Muy bien de hecho. Sé que es una confianza infundada y hasta peligrosa, despojada de todo raciocinio y formalidad. Y es genial: poder acceder a esa sencillez mental donde las decisiones se reducen al sencillo mecanismo de acción y reacción. Cual ejemplo nostálgico, el de Mario agarrando esa estrellita flashera y se vuelve invulnerable a todo lo que tiene alrededor (casi todo, las caídas son inevitables). Bueno, algo así. Estúpidamente formidable me encuentro hoy. Es como si me encontrara en esas publicidades donde la gente se ríe por cualquier boludez (¿de qué se ríe esa gente?), y encima sin la necesidad de fumar nada extraoficial. De esa forma constructiva supuestamente, deteniéndome solo en las sonrisas, en las buenas intenciones y en la liviandad de lo positivo. Como una suerte de oportunidad única, como si el azar , enemigo y cómplice a la vez, esta vez, repartiera los mejores juegos para mí.

Sin embargo, guarda cierto engaño la euforia, euforia como esta que me azota al pulsar estas teclas.  En si misma es un efecto soporífero que nos sume en una suerte de embriaguez intelectual y física para dejarnos en bolas, en plena avenida 9 de julio, arma de doble filo con la cual admito, me gustaría cortarme mas seguido. Y es tan triste como repentina esa sensación, la de sentirse de a poco falto de fuerza cuando vuelve a amartillar la idea de que como todo lo pleno suele ser instantáneo. Porque mañana, mañana volveré a ser otro, y eso es una fija. Mañana mi motor volverá ser el de la angustia son nombre, mañana mis ojos volverán a flaquear al notar la pesadumbre y lo injusto que nos envuelve. En fin, mañana de seguro que todo volverá a doler; mañana, el refrescante ardor de saber que las pisadas que todavía no di, ya fueron borradas por el olvido futuro, y así las palabras que nunca dije,y así los afectos que jamas concretare, serán difuminadas en la espesura del olvido. Es aliviador en parte, saber que cualquier esfuerzo no tendrá un eco que perdure perpetuamente sobre el lomo del tiempo, que cualquier amistad o disputa, no significa demasiado mas que los valores temporales con los que los decoramos para que sientan mejor ante los ojos ajenos. Mañana todo volverá a doler, y eso es algo que deberíamos abrazar como consuelo, como un fatal recordatorio de que no importa el ardor de cualquier pasión o la amargura de cualquier tristeza. Que el brillo de cualquier entusiasmo no sirve para nada si irradia brillo tan solo para hacerse ver, pero que si adquiere significado si es que los depositamos en las personas o en los círculos que los merecen; tendrá mas provecho esa fuerza si con ella construimos con la poca euforia que le podamos escurrir, la sonrisa a un hermano o un soporte de caricias a la cara amada, no importa que tan momentáneos sean esos fulgores. Quizás así, solo así, las cosas no estén tan mal después de todo, quizás así mañana el mundo no duela tanto.