El lugar de las buenas historias

Las personas que me conocen lo necesario saben que el cine, como arte en sí, forma parte de mis placeres. Siempre que puedo, disfruto mucho de una buena historia, y más cuando esta contada con la eficiencia justa, con los recursos necesarios y sin demasiados adornos ni vueltas. Razgos justos del cine independiente, si se quiere. Cuando vivi un tiempo en Córdoba, una que otra noche, solía ir a un centro cultural de la ciudad que funcionaba también como un cine. No soy una persona muy apegada a los lugares de mi infancia, pero ese centro era como cuando era chico y mis viejos me llevaban, después del colegio, a ver una película en ese cine casi olvidado, que solía haber en Escobar, en frente del colegio Sarmiento sino me equivoco. Era un golaso el hecho de que tu viejo te venga a buscar y te diga que te iba a llevar a ver una película, de esas cosas inesperadas pero lindas al fin; no importaba la película ( creo que uno, en ese entonces, disfrutaba sin demasiados complejos de la misma manera ya sea una película sencilla o una película que fuera mas exigente con el espectador). En realidad, en ese tiempo, lo que me llenaba de esa añorada algarabía infantil era el simple hecho de ir al cine, y mejor aún, acompañado del viejo, cosa rara porque siempre fue algo tosco al intentar encontrar momentos conmigo ( creo que una de las pocas semejanzas con él es esta curiosa afinidad por el cine). Y recién ahora me doy cuenta el porqué estar ahí generaba en mí como cierto brote de pertenencia, como si acaso hubiera recuperado un pedacito de algo olvidado por el camino. La verdad que era un cine chico, pero cabe resaltar que muy elegante dentro de su modestia. Recuerdo que no había muchas personas en las funciones, y también recuerdo que en general eran parejas adultas. Pocas vi gente de mi edad pero eso no importaba demasiado tampoco. Lo importante y lindo, de ese lugar, recaía en los títulos que pasaban. Películas de muy bajo presupuesto, en su mayoría, pero que se compensaban con la calidad de los guiones y la garra que se veían en ellas. Segura y lamentablemente,  muchas de esas películas deben seguir flotando por en los ámbitos de un anonimato injusto porque habían muchas historias que estaban muy bien realizadas ( a pesar que mi aprecio proviene desde un punto de vista narrativo, pues de técnica en cuanto cine se casi nada, por desgracia). Infaltable lugar fue en esos días fue aquel centro cultural casi olvidado, cual oculto refugio propio, en el mismo corazón de una ciudad tan hermosa e indiferente (para conmigo, por lo menos).

A veces la gente que viene a comprar al negocio, me cuenta de esa época, donde en cada barrio el cine, aunque modesto fuera, formaba una parte importante para todas esas generaciones, jóvenes o adultas, que querían solamente distenderse o pasar un buen rato. Me relatan como para ellos era algo tan habitual y accesible, casi inmediato diría, ir a ver una película en esa época, sin padecer de ese ritmo frenético y denso de los grandes shoppings o los grandes complejos . Y cuando los escucho, me apropio tanto de esa melancolía ajena, que me veo inmerso dentro de esas imágenes testimoniales y entonces no puedo dejar caerme en ellas sin evitar  imaginarme como era que el séptimo arte gozaba de tanta relevancia y vigor en esas décadas. Es una pena que, hoy en día,  lugares así se cuenten con las manos en Buenos Aires; si bien hay cines mas sofisticados y mas masivos, supongo que no es lo mismo, ya no es el motivo principal por el cual la gente sale; el carácter de ritual, que le era tan propio, se disolvió en una actividad frívola y de inercia comercial sobre todo; las historias dejaron de importar hace tiempo, ya la gente no se deja atravesar e impresionar fácilmente por algun contenido con intenciones artisticas.

Admito que últimamente no concurro mucho al cine, tal vez cuando estén dando un titulo realmente que me interese, pero como la mayoría de las cosas que me interesan no suelen circular en las carteleras, en las cuales las prioridades comerciales son lo primordial, me evito todo ese tramite. Y ojala que no sea así. pero con todo este surgimiento de los crecientes servicios de streaming, las barreras creativas y económicas para cine nacional y el progresivo e inevitable aumento en el precio de las entradas, el disfrutar de títulos en la pantalla grande cada vez se ve mas imposibilitado.

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Quedándote o yéndote

Hace ya algunos días que no escribo algo. Se me rompió la netbook en el negocio, y cuando llego a casa lo menos que quiero hacer es estar frente a la computadora. Pero ahora me hice un tiempito para poder escribir sobre el viaje. Hace una semana volvimos de Córdoba. Puedo decir que fue una buena semana en verdad, en Alpacorral, un pueblo de tipo turístico, pero muy tranquilo vale mencionar. Fue la primera vez que viajo con amigos (aunque lamentable no todos pudieron ir), y a pesar de los numerosos que podríamos llegar a ser para la organización y la convivencia, nos manejamos bastante bien entre todos; incluso,  todo el planeamiento en conjunto del viaje se desarrollo casi sin complicaciones, sin destiempos, sin conflictos inesperados. Raro en nuestro grupo que una salida, sobre todo cuando somos mas de cinco, salga como la habíamos previsto desde un principio. Volviendo al viaje en sí, en general, lo disfrute mucho. Hice cosas que se me suelen darse muy a menudo en una semana: con Alan escalamos cerros que acariciaban las nubes, con Lucas nos zambullíamos en el rio tirándonos desde vertiginosas pendientes rocosas; con Mauro filosofamos en nocturnas caminatas bajo un cielo tan derrochante de estrellas y estelas siderales que parecía que se iba a desgarrar sobre nosotros; nos perdimos como tontos en el bosque, intentando abrir nuevos caminos entre las montañas; con Lautaro nadamos a través de los ríos, desafiando sus dimensiones, hasta que nos cansábamos y nos dejábamos llevar por su tranquilizadora fuerza, jugamos a la pelota, y pasamos vergüenza, con cierto orgullo feliz; fumamos y tomamos entre charlas y confesiones absurdas, conocimos gente linda pero también agradable (por cierto, muy directas y hermosas las cordobesas), bailamos, reímos, levantamos, corrimos, pero sobre todo disfrutamos de la ocasión, de esa inexplicable hermandad atada con alambre.

Para abreviar, me gusto mucho el viaje, fue como un lindo paréntesis entre tanta repetición. Y no es que no este agradecido de tan única experiencia, pero no sé si me hacia falta o si lo necesitara para poder comenzar el año con nuevas “pilas”, como suelen decir (habría que exiliar a la gente que sigue usando esa expresión). Más bien, no lo siento así, sino que lo siento como que me sirvió, pero, para otros motivos. Uno de ellos, como un catalizador para futuros viajes con los chicos; pues, me gustaría mucho que se vuelva una costumbre, esta la de ir a alguna provincia nueva cada año, y si es acompañado de alguien mejor.  Pero sobre todo, el motivo mas importante de este viaje fue para aprender un par de cosas sobre los demás y sobre todo de mi. Pues no me gusta cuando dicen que se necesita viajar para empezar de nuevo.  Muy al contrario de mi parecer, las cosas vuelven a moverse y no estoy haciendo demasiado al respecto para asimilar ese nuevo ritmo. Cada vez me choca mas la idea de saber que no puedo advertir las alteraciones alrededor, y peor aún, que tal vez no tenga la fuerza para ajustarme o llegar a tolerarlas. Y sucede que últimamente, ese pensamiento ocupa demasiado espacio en mi mente. Asustarme no me asusta, pero si me duele el hecho de que pueda llegar a ser un reacio a la novedad; puede que me cueste ver como algunas conductas o algunas costumbres se desvanecen y son reemplazadas por otras, a las cuales me cuesta adaptarme.

Creo que pueda llegar a aburrir a estas alturas hablar de esas cosas que me asustan, pero creo que es esto lo que más me asusta; y es tan absurda y hermosa esta contradicción en mí que no se con cual miedo quedarme. Querer escaparle a la permanencia rutinaria pero a la vez, temerle a la variación de lo invariable. Acaso seremos eso, esa lucha frenética entre quedarse quieto o andar. Pero no importa, porque lo tengo claro; ya me quede quieto mucho, mucho tiempo y es momento de volver a andar, de hacer la mía. Porque si tengo que elegir prefiero infinitamente romper las cadenas de la inmovilidad y el conformismo a no hacerle frente a lo que viene; prefiero siempre la novedad a lo ya establecido. Es un miedo suicida ese (creo que inevitable a veces), el de escaparle a la novedad. Pues creo que uno se va curtiendo mas a medida que domina aguas nuevas, a medida que batalla entre mas tormentas. Supongo… no sé. Quizá me equivoque y hay gente mejor parada y viciada de saberes en el mundo, que no sufrió o no debió caerse demasiado para valerse de conocimientos o anécdotas. Me refiero a esos que se valen de la intuición (hermosa y olvidada palabra, si las hay) para sortear el dolor y el esfuerzo, a esos pocos que logran sumar sin restar. Lo que si puedo llegar a decir que sé con seguridad, es que la intuición siempre fue algo escaso en mi repertorio de virtudes porque todas las cosas a las que accedí en mi vida jamas se me dieron sin darme uno o dos golpes primero, porque las cosas que no se padecen (para mal o para bien) carecen de valor. Los atajos no fueron muy claros para mí, y si lo hubieran sido no se si hubiera querido seguirlos. Pero no me digan que no es lindo cuando uno logra sobreponerse a esa dificultad, vestirse de determinación y perseverancia para recorrer esos nuevos caminos surcados de temor y extrañeza, para volver a tomar carrera y darse la cabeza ante nuevas dificultades sin importar si uno tropieza una o mil veces. En efecto, el dolor es lo que somos.

Es tan peculiar placer, tan gratificante, cuando la idea se convierte en hecho. Es tan bonito anhelo cuando la novedad se convierte en experiencia. Y lo puedo sentir…por suerte, aunque con un lindo temor, siento como para mí el mundo comienza moverse de nuevo y como algo en el pecho me incita a que me mueva con él. Como cada mañana, va brotando ese escalofrío tan esperado que te indica que se aproximan nuevos abismos con los cuales tropezar y, con ellos, esenciales dolores de los cuales apropiarse.