Siguiendo a la Luna

Es medianoche, y en el cielo profundo e inerte desfila la Luna. Una soberbia luna llena, de esas que suelen aparecer en esas mediocres películas románticas de turno. Y el caso es que mientras más la miro e intento definir sus detalles, mientras más fumo y pienso en su forma circular e inmaculada, más puedo sentir como me voy perdiendo poco a poco en su resplandor; en esa resaltante configuración que deviene de su fulgurosa belleza, al desgarrar el telón oscuro de la noche. No sé. Son momentos en los que puedo escapar del dolor del tiempo, donde la picazón del mundo no me alcanza. Cómo si ella, piadosa de las inquietudes humanas, me ofreciera esa tan ansiada anestesia intelectual.  Pero, a pesar de la placidez de su encanto, no me engaño. Aprendí, tras incontables y minuciosas sesiones nocturnas, que más me interesa por lo qué es que por lo qué aparenta ser. Cual impostora inconsciente, se vale de la lejanía y del reflejo para definirse ideal, carente de irregularidades…perfecta. Alguna que otra vez, escuche rebuscadas teorías (por parte de cierto amigo muy apasionado en temas conspirativos) sobre su existencia o no, pero la verdad es que no me sirve si existe o no, o tal vez sí sirve. Hace mucho tiempo esa es la cuestión a la que le doy vueltas; la cuestión de las apariencias. Ni ella sabe que sino pudiera aferrarse a la seguridad de la distancia, grotescos surcos y una invariable extensión de cráteres la despojarían de su apariencia de planicie inmaculada y circular; ni ella sabe que si no pudiera contar con su poder de refracción sobre esa energía que le provee aquel inmenso astro de fuego, la originalidad de su brillo seria una farsa, al fin y al cabo.

Lo que quiero decir es que me gustan las noches de luna porque me ayudan a recordar cómo es que veo mis propias formas de vincularme con el mundo; todas la pretensiones que espero de las personas y todas las pretensiones que esperan de mí. La persecución desmesurada de las idealizaciones es una pase clavado a una llana desilusión. Yo mismo, muchas veces, soy como esa Luna, que brilla ahora mismo,  al reflejar algo que no es mio y al alejarme de todo y de todos para que no se vea lo que podría estar mal en mí; es más, yo mismo muchas veces soy presa (o elijo serlo) de todo eso de lo qué demás quieren mostrarme. . El gran genio Awada, suele decir que las personas se dividen en lo que realmente son y en lo qué piensan que son, y un poco a esa reflexión, entre otras cosas, se debe esta entrada. Es cierto que todos somos lo que no somos y escasas veces somos lo que pretendemos ser. Buscamos acomodarnos a todas esas formas y maneras aparentemente lindas y correctas que nos ofrecen los demás para intentar aplacar cualquier conflicto que pudiera generar a nuestras expectativas y, sobre todo, con la imagen que tenemos moldeada de ese otro. Es por eso que suele suceder, que cuando la otra persona da un paso que no nos convence o cuando atenta contra la tranquilidad de nuestras necesidades, emociones virulentas de frustración y desconfianza salen a flote; como si fuera algo imposible llegar a entender que el otro no siempre puede brillar de la forma que buscamos y que no siempre puede esconder todos esos cráteres e imperfecciones que nos cuesta asimilar. Y así caemos más y más, en la más profunda caída hacia la confusión cuando alguien no encaja o no quiere encajar con lo que uno necesita. Y de la misma forma que resguardamos en la espera de una respuesta correcta a nuestro llamamiento de seguridad, más creemos que los vínculos tambalean; entonces confundimos entrega con obediencia,  y entonces confundimos infidelidad con divergencia. Admito que muchas veces no puedo evitar caer en estas idealizaciones y en esta fácil frivolidad de intentar vender lo que no suelo ser y de comprar siempre lo que es mas cómodo para mí. A fin de cuentas, tal vez sea menester dejar esperar una entrega de lo ajeno, por lo menos dejar esperar que el otro nos sirva y nos complete nuestras dolencias, nuestras irregularidades. Admito que aunque me cueste mucho lo que suelo proponer, a paso lento, por esta vía la desilusión se me va aquietando, y es entonces que cuando las acciones de mi entorno no van en el mismo sentido que el de mis pretensiones intento asimilar que por algo busco rodearme de gente que no ofrece lo que yo ofrezco, que busca no servirme por suerte, que busca desarmarme la mayoría del tiempo. Pretendo que los demás me marquen mis miserias, pero mas aún, que me nieguen de vez en cuando lo que quiero que me den; no siempre es bueno que el mundo le sea servicial a uno, a veces, el conflicto es muy necesario para crecer.

Y es así, que, vestido con esta frágil certeza, y noche de por medio, no me queda mas que contemplar y disfrutar de todas estas lunas que me dicen ser pero que al fin… sé que no son.

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